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EL LECTOR INFINITO: CENSURAS Y LECTURAS EN EL TERCER MILENIO

Es muy probable, al menos en el caso de las colecciones en bibliotecas públicas y privadas cubanas, que los autores europeos y norteamericanos están proporcionalmente mejor representados que en sus homólogas del otro lado del Estrecho de la Florida.

Eliades Acosta Matos
| La Habana

El 17 de diciembre del pasado año publicó el periódico tinerfeño "El Día", en su página cultural, una breve pero hermosa entrevista a Roberto Fernández Retamar aprovechando su primera estancia en aquellas islas, que alguien llamó con delicadeza, "Islas Afortunadas".

"La escritura es mi fatalidad, mi destino y también mi alegría -declaró Retamar al entrevistador-A mi me produce mucha tristeza que el Premio Nobel se le haya negado a Borges, por ser de derechas, y a Alejo Carpentier, por ser de izquierdas...Hay que diferenciar los valores políticos de los literarios. Es algo que parece claro, pero muchas veces no se entiende. Ha habido escritores hostiles a la Revolución, acaso marginados por motivos extraliterarios, como Reinaldo Arenas, Lino Novás y Lydia Cabrera. Es algo que no me parece correcto."

Las lúcidas declaraciones de Retamar, a quien debemos un texto fundacional para el pensamiento tercermundista y revolucionario como es "Calibán", cercano ya a su treinta aniversario, son más brillantes en la medida que formulan la aspiración de un revolucionario, que lo es, precisamente, porque se ha alzado contra todas las exclusiones e injusticias de la Tierra, y constituyen la reafirmación de otra verdad, que a fuerza de ser tan evidente, se aprecia con dificultad: no debe existir otro canon distinto al de la calidad o valor intrínseco de una obra o autor para que esta pueda ser seleccionada y figurar en la colección de una biblioteca, el catálogo de una editorial ,los registros de una enciclopedia, las páginas de un diccionario o bibliografía, incluso, en el contenido de un curso de Historia de la Literatura o el Pensamiento.

Pero junto, o mejor dicho, por encima y primero que la Historia de la Literatura o del Pensamiento, condicionándolas, determinándolas, está la Historia Universal, la historia no sólo de los escritores y sus lectores, sino de todos los hombres y mujeres del Planeta, incluso los que no saben leer. También la de los hombres y mujeres que no tienen historia. 

Esta justa posición, este reclamo tan elemental, esta aspiración desde la utopía revolucionaria de toda la justicia para todos, tiene un pequeño inconveniente práctico para las sociedades en que vivimos: para formular un canon literario o científico, una elemental lista de preferencias personales acerca de los libros que se desearían leer, no hablando ya de la gravedad que reviste seleccionar los libros en los cuales invertir los fondos de las bibliotecas, siempre rezagados con relación a la oferta del mercado o las desideratas de los lectores, todo depende de la persona que elige, y esta a su vez, ineludiblemente de su época, y será así mientras no seamos sustituidos por el Hombre-Máquina, hechura de La Metrie antes que de la cibernética. Y aún en este hipotético caso, todo dependería, en última instancia, de quién o quiénes programen, diseñen, o den vida al Hombre -Máquina, o dicho resumidamente, de quien detente el poder.

Ninguna de las sociedades conocidas hasta el presente, ningún gobierno o doctrina política o social, ningún gobernante, por ilustrado que sea o se crea, ha logrado el milagro de formular un canon de lectura capaz de satisfacer a toda la sociedad. Permeados por las mediaciones de su cuna, su clase social, sus puntos de vista religiosos y filosóficos, su raza, su idioma, su cultura, sus gustos literarios y hasta sus debilidades más recónditas, los cánones de lectura han estado siempre condenados a vivir la vida, corta o dilatada, de sus creadores, y vienen al mundo para servir a sus creadores. Sólo la forma en que se instauren o impongan los cánones de lectura denotarán un grado mayor o menor de violencia o coerción cultural, de búsqueda del consenso y la aceptación, de comprensión y apoyo, y en sentido inverso, de repudio y rechazo, de protesta y resistencia.

Constituye un chiste de pésimo gusto, una monumental ingenuidad o una especie de burla refinada cuando, en un momento determinado de su desarrollo, una sociedad se comienza a soñar a si misma como poseedora de un cánon de lectura lo suficiente-mente amplio y universal, como para imponerlo al resto de la Humanidad.Pero el chiste comienza a rozar lo delirante y esperpéntico cuando se excomulga a los pueblos y naciones que no lo comparten; cuando se les sitúa al márgen de la ley supranacional al uso;cuando se les condena por tener un cánon diferente al proclamado.

Suele ser de buen tono en estos tiempos postmodernos correr tras la fácil bandera de la libertad de expresión individual y el libre acceso a la información,como si con ello se estuviera sacando un boleto para el Arca de la salvación ante el azote inminente del Diluvio universal.Sentados frente a su Péntium,desde el casi seguro anonimato del Yahoo,muchos creen hacer la buena obra del día enviando mensajes de protesta o apoyando reclamos en este sentido,tal y como piden hacer agitadores no menos anónimos,enganchadores cibernéticos de todas las causas posibles,sobre todo, sospechosamente,si los tales mensajes se dirigen contra países o gobiernos que no sean simpáticos a las naciones poderosas del Planeta.Pero las filas se aclaran,los reclamantes menguan,los mensajes se hacen más raros cuando se trata de reclamar derechos para grandes masas de desheredados,para los humillados y ofendidos del sistema;cuando se reclama justicia para millones de seres humanos excluídos,no ya de ciertas lecturas,no ya de cierto cánon,sino de todas las lecturas y todos los autores, y en consecuencia,de todos los cánones.

Es fácil entender, en nuestros días, que pueda concitar condena,por ejemplo,que a un autor se le censure por razones tales como su preferencia sexual,sus ideas políticas o su adhesión a un credo religioso.Defender verbalmente a Selman Rudshie; jugar a la ficción de que lo hemos protegido del fatal cumplimiento de la condena formulada en su contra por ciertas autoridades islámicas,mediante indignados y valerosos correos electrónicos que enviamos mientras tomamos el desayuno,parece ser el exorcismo o la penitencia que nos permite reconciliarnos con la mala conciencia que nos provoca,por ejemplo,no protestar ni darnos por aludidos cuando conocemos que los habitantes de New York tienen más teléfonos y computadoras,y en consecuencia,más acceso a Internet,que los habitantes de toda Africa; o que en los propios Estados Unidos hay 32 millones de analfabetos.

Ya que no nos conmueve el dilema de hombres y mujeres del Tercer Milenio incapaces de leer a Elliot y a Chesterton,a Ibsen y a Cervantes,y como somos tan respetuosos de las leyes y los íconos de las sociedades postmodernas,protestemos,al menos,porque se les excluye del sacrosanto derecho postmoderno de enterarse de la vida intima de los famosos,de las delicias intelectuales que implica llenar crucigra-mas y del sano ejercicio filosófico que resulta de estudiar el horóscopo.

Yo no coincido en felicitarme,como hace Karl Popper en su articulo "Los libros y el milagro de la democracia",( "Gaceta del Fondo de Cultura Económica".México, septiembre de 1991,número 249)al constatar..."que nuestra civilización puede ser definida como la primera civilización científica,porque procede del Mediterráneo,de la edición de libros en Atenas y del mercado de libros atenienses",porque esa hermosa definición oculta, precisamente,que el esplendor ateniense fue el resultado de la explotación y la ignorancia,del sufrimiento y la oscuridad espiritual de miles de esclavos que trabajaban para que sus amos se dedicasen a filosofar sobre la libertad,la democracia y la alta cultura;de una situación muy parecida a la actual,más de 26 siglos después,cuando el cánon universal de lecturas y el libre acceso a la información se basa en la ausencia de verdaderos derechos de millones de seres humanos para elaborar su propio cánon o acceder a la información.

La operación, radicalmente conservadora, mediante la cual se ha suplantado la lucha por la transformación del mundo real por la lucha ilusoria que busca crear un mundo virtualmente feliz y homogéneo sobre la base de la aceptación acrítica de ciertos "valores" y "principios" suprahistóricos y supranacionales,entre los cuales descuella,como adorno y glamour,el mito del libre acceso a la información y la libertad de expresión,se basa en la más cara invención del capitalismo:en los derechos individuales desgajados de los derechos de las clases,los pueblos y las naciones.Se vuelve a la extraña polémica de la filosofía medieval,a la discusión acerca de la posible existencia de lo particular desligado de lo general.Se vuelve al absurdo que tuvo en el Caribe la plasmación de los sueños de Libertad,Igualdad y Fraternidad de la Francia Revolucionaria,capaz de formular la hermosa "Declaración Universal de los Derechos Humanos" y de decapitar a los monarcas y nobles que se oponían a ellos,para negárselos,en la práctica, a sus esclavos negros de Haití o Martinica.

En conciencia, ¿derecho al libre acceso a la información para todos,o sólo para algunos?. ¿Derecho universal a la formulación de cánones de lecturas para todas las naciones,en igualdad de condiciones,o reservado sólo a aquellas que tienen un elevado PIB,o son potencias militares?

Al recibir el Premio "Principe de Asturias de las Letras",en 1999, Gunter Grass dijo en su discurso de aceptación algo que,a fuerza de estar de moda va dejando ya de serlo,o lo que es lo mismo,a fuerza de reivindicar para si el carácter de subversión de valores se ha convertido en la forma clásica de defender los valores de turno:

"Los testimonios presenciales de la Literatura tienen raíces muy profundas. Dan la palabra a los perdedores: a todos aquellos que no hacen la Historia,pero a los que,inevitablemente,la Historia les ocurre porque sus dictados los convierten en culpables o victimas,simpatizantes o perseguidores..." 

En rigor, la Literatura lleva ya muchos años aspirando cambiar a los ganadores dándole la palabra a los perdedores.A duras penas,y en el mejor de los casos,no ha logrado más que darle la palabra a los perdedores y llenar con ella kilómetros de estantes de las bibliotecas en un lamento infinito.Las reglas del juego continúan inalterables,generando ganadores y perdedores.No hay nada que satisfaga más a los primeros y aplaste más a los segundos que conceder y aceptar el permiso y la bendición literaria para decir o escribir la palabra derrotada,y por tanto, inofensiva.

Pocas prácticas se han vuelto más odiosas a los ojos del hombre culto del siglo pasado, y del presente,que el de la censura,como si su omnipresencia en todas las épocas de la Historia, y el cumplimiento de sus funciones coercitivas,reguladoras de las ideas y las actitudes sociales,hubiesen terminado por saturar y acabar con la paciencia de todos.

Tal y como se evidencia tras una rápida ojeada a la Historia,han existido tantos tipos de censura como han sido solicitadas por cada poder constituído.A las clásicas censuras religiosa o militar se suman la censura artistica, literaria,la cinematográfica,la radial y la televisiva. Más recientemente, la censura electrónica ha puesto sobre el tapete,una vez más,la actualidad y pervivencia de esta práctica tan antigua como las sociedades divididas en clases sociales.

Tan variados como los tipos de censura y lo reputado de censurable, son los sujetos que ejercen tal control. Muy pocas figuras sociales han escapado,en algún momento a este destino, y al cumplimiento de este encargo social:censores han existido entre los servidores de distintas religiones;entre las autoridades de los Estados esclavista, feudal,capitalista y socialista; entre alquimistas celosos con sus fórmulas para alcanzar la piedra filosofal y abuelas,no menos celosas,por mantener para su provecho exclusivo las recetas de la repostería doméstica:Censores hallamos entre comerciantes y editores de prensa; entre empresarios y moralistas,entre archiveros,bibliotecarios y encargados de las oficinas de patentes.Miles de ejemplos pueden demostrar que la censura no es patrimonio exclusivo de ningún Estado,en particular.La definición que se hace de ella,en un folleto promocional del "Comité para el libre acceso a la información y la libertad de expresión" (FAIFE) de IFLA, es sumamente elocuente y extrañamente reduccionista:

"Censura es la supresión de ideas e información que ciertas personas, grupos o funcionarios gubernamentales consideren objetables o peligrosas. Los censores intentan usar el poder del Estado para imponer sus puntos de vista acerca de lo que es cierto o apropiado,ofensivo u objetable. El censor intenta siempre prejuzgar los materiales."

En tiempos como los presentes,en que el valor de los Estados nacionales se encuentra seriamente devaluado por los embates neoliberales y las doctrinas globalizadoras,la anterior definición no es sólo limitada, sino también oportunista. Que todos los Estados de la Tierra y de la Historia censuran y han censurado es una verdad de Perogrullo,porque la regulación de las relaciones sociales, la preservación en el poder de los intereses de las clases que encarnan, y la necesidad de reproducir la visión del mundo que le beneficia, así lo demanda. Esa es una de las funciones ideológicas de los Estados, y quien diga encarnar un tipo de Estado ideal, reservorio de todas las libertades, garante de la más absoluta democracia, y en consecuencia, espejo sagrado en que mirarse quienes busquen la perfección, se burla descarnadamente de los incautos.Pero decir que la censura es ejercida, casi exclusivamente, por funcionarios estatales, dejando en cómoda penumbra a los más exitosos y despiadados censores de nuestra época, a los censores invisibles pero todo poderosos del Tercer Milenio, a los bisnietos y tataranietos on line de Inquisidores y guardianes de la fé; de interventores de facultades y comisarios políticos; de censores militares, fiscalizadores académicos y auditores de poemas y guiones teatrales, es, otra vez, oportunista.

Los encargados por las sociedades postmodernas para ejercer este oficio tan antiguo como el más antiguo de la Historia son ahora joviales y sonrientes yuppies de grandes y medianas editoriales,tipos simpáticos y un poco bohemios que dicen, no sin dolor, que la filosofía no vende,que el ensayo no vende,que el mercado odia la poesía,que al teatro no va nadie,que algunas novelas se podrían vender si sus autores dejasen de lado tantos pruritos artisticos y aceptasen las fórmulas consagradas del policia neoyorquino semialcóholico pero honesto,al que su mujer ama pero al que no soporta como policía, porque en el momento justo en que iba a darle la buena nueva de que sería papá, en la cama, claro está, recibe una llamada telefónica de la estación donde le comunican que debe presentarse enseguida porque el asesino en serie número 376 de la temporada acaba de masacrar a ocho maestras jubiladas que jugaban al bingo,para robarles sus bastones, las prótesis dentales y las sillas de ruedas.

Con candidez optimista digna de Rousseau,se proclama en el folleto aludido que la selección que un bibliotecario hace de los libros que conservará entre sus colecciones no se considerará censura ... "si se caracteriza por ser un proceso inclusivo, afirmativo,.respaldado por criterios de selección (lícitos) tales como la necesidad de evitar duplicados en la colección,la carencia de interes del material en cuestión para la comunidad,el costo de la adquisición y la falta de espacio para su almacenamiento. Si la decisión no se basa en la desaprobación de las ideas expresadas,ni en el deseo de mantener al público alejado de ellas, la selección hecha por el bibliotecario,no es censura". Sin lugar a dudas,agrego yo, una hermosa y apaciguadora definición,más útil para absolver de culpas y remordimientos,al estilo de las bulas papales de la Edad Media, que para evitar la concreción del mal. Analicémosla a la luz de la Historia, en una especie de parodia que podría ser el guión perfecto para un filme de Woody Allen.

Imaginemos por un momento que estamos en el recinto tenebroso donde los Doctores de la Fé juzgan a Giordano Bruno, y extrapolemos la seráfica definición del FAIFE a los argumentos que, en este justo momento, está exponiendo el Fiscal inquisidor para justificar la entrega del hereje de Nola al brazo secular, o sea, a la hoguera,tal y como se hizo,no sin antes cortarle la lengua contumaz con unas tenazas justicieras, para mayor gloria de Dios:

"No te juzgamos ni condenamos, hijo- dice en un casi inaudible susurro, transido de piedad el Fiscal-por las ideas de tus escritos, ni por tu defensa del pensamiento científico que niega el milagro de la Creación; no te torturamos ni te flagelamos, amado hermano,por tus críticas subversivas a los Reyes y el Papa, garantes del orden sacrosanto establecido por Dios en la Tierra; no prohibiremos la conservación, tenencia y publicación de tus obras, so pena de excomunión mayor y trabajos forzados a quienes desacatasen esta orden, por su irreverencia revolucionaria:Si nos vemos obligados a matarte,anularte y borrarte de la memoria de los hombres, violentando nuestra natural inclinación a la bondad y nuestra probada misericordia, se debe a que tus escritos,desafortunadamente,son redundantes con relación a los de otros herejes anteriores a ti; nunca serán leídos con interés por los hombres de nuestra época, ensimismados en su vida cotidiana llena de preocupaciones tales como eludir ser llamados a filas,engañar en los negocios a sus clientes o salvarse de la peste; son demasiado costosos, tanto como tres barricas medianas de vino o los favores de una cortesana,y para colmo,tan voluminosos que nos obligarían a comprar estantes nuevos para nuestras bibliotecas,para lo cual carecemos de fondos,pues todo el que poseemos está destinado a joyas y vestidos de terciopelo.En resumen,no somos nosotros quienes te condenamos,sino tú mismo.No te excluimos, sino te seleccionamos; no desaprobamos tus ideas, ni te asesinamos, simplemente te inmortalizamos."

La selección que todo bibliotecario realiza para completar o formar sus colecciones, no es en esencia censura, mientras ese bibliotecario no sea un censor, y esto último puede serlo, conciente o inconscientemente, por jubilosa decisión propia, por mandato de un Estado, pero también por presiones indirectas de la sociedad o el grupo,la clase social o la época en que vive. Nadie ejerce hoy mayor presión sobre los encargados de seleccionar libros para conservar o publicar en nuestro mundo globalizado que el Mercado, el pensamiento único y el modo de vida homogéneo y estandarizado de las sociedades de consumo, que repele, como al mismísimo Demonio, fuente de todos los infortunios revolucionarios y reformistas a los que tanto odia y teme, al pensamiento crítico, la individualidad creadora, las personalidades fuertes, lo diferente.

Pocos como Vladimir Nabokov,en su brillante epílogo al "Curso de Literatura europea", texto conocido como "El arte de la Literatura y el sentido común", expresó las angustias de los creadores y los hombres y mujeres simplemente pensantes, ante las sutiles y también desgarradoras presiones conque las que las sociedades "libres y democráticas" del presente borran toda diferencia entre sus ciudadanos,aplanan toda elevación distintiva del talento y la personalidad propia,eliminan o reducen en lo posible toda posibilidad de pensamiento original:

"Cuanto más brillante y más excepcional es el hombre,más cerca está de la hoguera.Stranger rima siempre con Danger.El humilde profeta, el mago en su cueva, el artista indignado, el pequeño escolar inconformista, todos comparten el mismo peligro sagrado. Cualquiera cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en la disciplina, lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del cerebro.Y sugiero, aunque sólo sea por diversión, que coja esa bomba particular y la deje caer sobre la ciudad modelo del sentido común."

¿Qué diría el sentido comun,la disciplina social en la que se ha formado un bibliotecario medio de una sociedad opulenta y conservadora del Primer Mundo a la hora de decidir,ya sabemos, "por razones de repetición de colecciones, falta de interés de la comunidad, poca disponibilidad de fondos y de espacio",entre "El Manifiesto Comunista" de Carlos Marx y Federico Engels o "Hannibal", la última parte de la saga del Dr Hannibal Lecter, el caníbal de "El silencio de los corderos"; o entre una biografía de Lumumba o "El Diario del Che en Bolivia", y la última novela de Stephen King o Anne Rice?

La notable ausencia, por ejemplo, de obras puramente literarias, no ya históricas o políticas, de autores cubanos residentes en la Isla , después de 1959,y que no hayan roto con la Revolución, en los estantes de las bien surtidas y mejor organizadas bibliotecas públicas y universitarias de los Estados Unidos, con muy contadas y honrosas excepciones, pone en duda y desafía la posibilidad de que se cumpla en la práctica, más allá de las declamaciones, el derecho que el ya citado documento del FAIFE concede al público... "de leer y ver los materiales y sacar sus propias conclusiones al respecto." Es curioso que muy pocos ejemplares de los más de 60 millones de libros que Cuba publicaba en sus mejores años postrevolucionarios se hayan ganado el espacio, el interés del público y el privilegio de concitar desembolsos dentro de las colecciones formadas en aquel país, mientras que por fondos cubanos se entendía, casi sin excepción, las colecciones de libros anteriores a 1959 o los publicados en Miami, u otros lugares fuera de Cuba.

Las excelentes colecciones cubanas que la Biblioteca del Congreso o algunas instituciones académicas norteamericanas poseen, y que han completado desde siempre con tenacidad y alto sentido profesional, no refutan lo dicho, sino que, a fuerza de excepcionales,confirman la regla.Y la preocupación puede aumentar si comenzamos a indagar acerca de la presencia de obras y autores africanos, árabes, asiáticos, caribeños y latinoamericanos en las bibliotecas y librerías del Primer Mundo, sobre todo si no son Premios Nóbeles. Es muy probable, al menos en el caso de las colecciones en bibliotecas públicas y privadas cubanas, que los autores europeos y norteamericanos están proporcionalmente mejor representados que en sus homólogas del otro lado del Estrecho de la Florida.

Nadie poseedor del sentido comun que tanto irritaba, con sobrada razón, a Nabokov, negaría el derecho de los bibliotecarios a escoger sus colecciones, porque tal negación sería el epitafio para tan venerables instituciones, y la instauración, casi segura, del cáos y la anarquía en el reino, casi prusiano, que tiene a Dewey como deidad central, lo cual, si bien podría servir para un magnífico cuento a caballo entre "Rebelión en la Granja", de Orwell, y "La Biblioteca de Babel", de Borges, acarrearía numerosos contratiempos. "Resulta decisivo escoger: -afirmaba José Lezama Lima en entrevista concedida a Félix Guerra en 1965 ("Gaceta de Cuba",marzo-abril de 1993) -el tiempo es corto y no a cualquiera le toca...Aunque, ¿cómo sabe quien escoge que escoge lo mejor?...Resulta que necesitamos guías. Por supuesto, no hay infalibilidad en los consejos.El mejor consejo tiene siempre una pata de palo. Pero entre esas sombras y esos asideros,escoger lo mejor.Escoger lo mejor no es ni lo más placentero, ni lo más fácil, ni el último hermoso tomo que te vendieron o compraste. Y mientras puedo escoger,persiguiendo las luciérnagas más fascinantes,permanezco con un pie aquí en los libros y bibliotecas y la humanidad narrada, toda la humanidad narrada,delante de mis ojos, todavía inmortales."

En efecto, todo bibliotecario puede escoger sus colecciones: en eso están de acuerdo los señores del FAIFE, el Comité de Directores de Bibliotecas Nacionales reunido en agosto del pasado año en Jerusalem,los defensores de todas las escuelas liberales y no tan liberales que dicen defender la libertad de expresión y el libre acceso a la información,los activistas de toda suerte de minorías, los diarios y las academias.Pero el asunto se torna diferente si los bibliotecarios que ejercen tal derecho viven en algunos de los países originales y diferentes, negados, en razón de su historia y su soberanía a diluirse acrítica y pasivamente en el torrente revuelto de la globalización neoliberal, entre ellos, Cuba. Para nosotros, bibliotecarios cubanos, tal derecho no existe, y toda selección que hagamos será reputada como el ejercicio de la más totalitaria censura,como si los espectros de cuantos inquisidores han sido, desde Tomás de Torquemada hasta Goebbels, desde McCarthy hasta Stalin, hubiesen reencarnado en nosotros, humildes mortales.

¿Puede desligarse el derecho a la información de quien lo ha de ejercer;pueden reclamarse derechos, en abstracto,sin tener en cuenta quienes lo ejercerán,en concreto? Y volviendo a la antigua disputa entre las escuelas realista y nominalista de la Filosofía Medieval, ¿Existe lo general si no es a través de lo particular?

Mal que le pese a los alquimistas ideológicos de la hora, a los que acusan de censores oficialistas a los bibliotecarios cubanos , no hay derecho a la libertad individual, ni al libre acceso a la información sin tener en cuenta al lector concreto de hoy, al hombre y la mujer concretos de nuestro país, con sus mediaciones, su historia y cultura a cuesta, con su rostro, sus aspiraciones y sufrimientos concretos, que lo hacen particularmente diferente, y a la vez similar,al lector de Helsinki, Bombay o New York.Para empezar, la población cubana tiene, desde hace muchos años y no por casualidad coincidiendo con el triunfo de la Revolución, un alto nivel de escolaridad y cultura general, una verdadera sed de conocimientos y lecturas, y un afán, muy cubano, por apropiarse de los conocimientos de punta y la información más actualizada del momento.No existe fuerza humana ni divina que pueda, ni haya podido en la Historia de Cuba, someter al pueblo cubano prolongadamente a la ignorancia, el aislamiento o las tinieblas.No se lo ha propuesto,ni se lo podría proponer un Gobierno en el poder, como el Gobierno Revolucionario, que lo primero que hizo fue alfabetizar, convertir cuarteles en escuelas, crear bibliotecas (eran apenas 32, hoy suman 388 y están en construcción varias más), hacer gratuita y general la enseñanza y fundar la imprenta nacional.

El sabio mandamiento del Evangelio, "por sus obras los conoceréis", parece que pierde su valor universal cuando algunos tratan de juzgar la obra cultural de la Revolución cubana, o los derechos de que gozan nuestros lectores.

Cuando en su "Mensaje que no es para ser publicado"un señor como Robert Kent, vocero de un fantasmal y autotitulado "Grupo de Amigos de las Bibliotecas Cubanas", con sede en New York y espíritu y materia carnal en Miami, imparte instrucciones a sus escasos seguidores sobre cómo enfrentar a sus oponentes en la reunión de un Subcomité de la Asociación de Bibliotecarios Norteamericanos, que examinó el pasado 13 de enero, en Washhigton, el tema de las llamadas "bibliotecas independientes" en Cuba, no es casual, y si muy elocuente que diga:

"Es esencial mantenerse nuestras intervenciones alrededor de un sólo tópico: la libertad intelectual. En el mismo momento que permitamos a nuestros oponentes cambiar de tópico, nuestros argumentos quedarán debilitados. Ellos tratarán de llevar la discusión hacia temas de política internacional, la política exterior de los Estados Unidos, la CIA, los planes de atentados contra el Presidente Castro, las estadísticas educacionales y de salud pública (de Cuba), las acusaciones contra el terrorismo y el caso del niño Elián González. Cada uno de nuestros ponentes deberá enfatizar en que el tema de la libertad intelectual es el UNICO tema a discutir.Todo el tiempo que podamos ceñirnos al tema de la libertad intelectual, seremos intocables.Los otro temas son irrelevantes..."

Esta tardía aspiración que se entreveé en las palabras señor Kent para lograr un papel dentro del reparto de la película de Brian di Palma que protagonizaron Sean Connery, Robert de Niro y Kevin Costner, podría parecer risible si no fuese la expresión palpable del más reaccionario y obtuso fundamentalismo intelectual,de la más incivil e inculta postura posible ante el tema de la libertad de expresión y el libre acceso a la información, blandidos aquí con la contundencia y la inobjetividad con que Ricardo Corazón de León aturdía y desmontaba en Tierra Santa , con su masa de acero, a los sarracenos que le osaban enfrentar.Es fácil de entender que nadie podía preciarse de haber convencido con argumentos racionales al Rey Ricardo, de que su presencia en Palestina, país del que nada sabía y suelo en el cual era un intruso, no era bienvenida ni correcta.

Concedamos, por un momento, al Señor Kent y a sus talibanes que lo único que realmente importa en un país es la libertad intelectual; que comer, saber leer y escribir, tener derecho al deporte y la salud no sean asuntos relevantes; que podemos desentendernos, los cubanos de 40 años de bloqueo y guerra económica que nos acompaña, a cada uno de nosotros y durante varias generaciones, de la cuna a la tumba; olvidemos que la CIA existe y que también existen, entre sus amigos de Miami, quienes nos amenazan con la petición de tres días con licencia para matar, los que expresan su pluralidad cultural quemando obras del Maestro Mendive, lanzando cocteles Molotov contra el teatro donde iba actuar Rosita Fornés y sueñan con arrancarle las cuerdas vocales a Silvio Rodríguez, como han expresado sin empacho a la prensa.Imaginemos que nunca vimos las imágenes de violencia fascista que presenciamos por televisión cuando regresó a Cuba el niño secuestrado, y que las turbas de los demócratas que tanto admira y defiende el señor Kent, no destrozaronjamás las propiedades de la CNN, ni apalearon a quienes expresaron a su paso su apoyo a la justicia de devolver un niño a su padre. Sigamos soñando y concedamos, además, que los bombardeos contra Irak y Yugoslavia respetaron la pluralidad de opiniones y el libre acceso a la información, por lo que no destruyeron nunca estaciones de radio y televisión, monumentos y bibliotecas; que el bloqueo contra Cuba no afecta para nada la educación, la cultura, ni el afán de leer de los cubanos; que podemos adquirir computadoras y scanners en los Estados Unidos, o beneficiar a nuestras instituciones con los generosos fondos que destinan a estos menesteres las fundaciones de ese país, con los cuales podríamos capacitar a nuestro personal y frener el deterioro del patrimonio bibliográfico; soñemos delirantemente con la utopía de que un envio de libros para nuestras bibliotecas, un simple envío de poesía norteamericana o los libros de Reinaldo Arenas o Cabrera Infante de la "Editora Universal" no tienen que emular con el Judío Errante, y en consecuencia, no necesitan viajar, de suelo americano a México, Canadá, Bostwana o Australia, para llegar a nuestras manos. Concedamos, en fin, que si este fuese el mundo en que viviésemos, el mundo real y no el virtual en que nos dice morar el Señor Kent,entonces no tendría sentido discutir,se decretaría la jubilación o excedencia de los encargados del FAIFE, las bibliotecas y los bibliotecarios respirarían más tranquilos y podrían dedicarse, sin tensiones, a hacer su trabajo.

Lamentablemente, no es el tema de la libertad intelectual ni el de la censura el que preocupa más a los hombres del planeta en el Tercer Milenio.Si tuviésemos que preocuparnos,por ejemplo, porque alguien situó fuera de su biblioteca a los libros de la serie de J.K.Rowling "Harry Potter", acusados de promover los trucos y la magia, como ocurrió frecuentemente en los Estados Unidos durante 1999, o por ubicar entre los libros más objetados por su contenido, en la década del 90 al 99, a "La Aventuras de Huckleberry Finn", de Mark Twain, "El guardián en el centeno", de J.D.Sallinger," El color púrpura" de Alice Walker y "La casa de los espíritus" de Isabel Allende, entonces no tendríamos el tiempo suficiente para preocuparnos y luchar, como desafortunadamente estamos obligados a hacer, contra la xenofobia creciente en Europa, el auge de los grupos neofascistas en Austria y Alemania, las hambrunas y matanzas étnicas en Africa, la represión contra el pueblo palestino en los territorios ocupados de Gaza y CisJordania, el aumento del narcotráfico y la corrupción institucional en América Latina,los crímenes de los paramilitares en Colombia, la crisis de la economía mundial, la falta de derechos para los 10 millones de indígenas mexicanos que reclama el SubComandante Marcos, la destrucción del medio ambiente, el tráfico ilegal de inmigrantes y órganos, las manipulaciones con el genoma humano, la prostitución infantil y el tiroteo y las masacres protagonizadas por adolescentes, en las escuelas norteamericanas.

Con inmensa alegría recibiremos el día en que los problemas de la censura y la defensa del libre acceso a la Información sean los asuntos esenciales que ocupen las energías creadoras de la Humanidad en este Milenio. Será una señal inequívoca de que habremos entrado realmente en una etapa nueva y superior de la Historia Universal, cuando libres del lastre de lo que Marx llamó con plena razón, "Prehistoria de la Humanidad", podamos dedicarnos a lo verdaderamente esencial y trascendente para el hombre. Pero mientras ese día no llegue, pensamos que en el mundo de la lectura, el libro y las bibliotecas, como en todos los mundos posibles, equivocar el enemigo o sobredimensionarlo, es eludir el enfrentamiento con el enemigo verdadero.

Por lo pronto, y dada la loable tenacidad del señor Ken y sus acólitos en ceñirse al único tema de la defensa de la libertad intelectual y el libre acceso a la información, puedo recomendarles que tienen ante si, en la lucha recién iniciada por Sudáfrica y Brasil, en pro de un uso y acceso no ruinoso ni prohibitivo, por sus astronómicos precios actuales, a las patentes norteamericanas de medicinas contra la epidemia del Sida, la posibilidad honrosa y gloriosa de blandir la contundente masa de acero de Ricardo Corazón de León contra quienes, con su actitud usurera y sus restricciones a la información, no se limitan a prohibir libros y autores, sino que propician el exterminio y la muerte lenta de naciones y pueblos enteros, en pleno Tercer Milenio.

Tal actitud se la agradecerían no sólo los enfermos de Sida,sino también el lector infinito.

La Habana,marzo del 2001





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