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La seudo ciencia estalinista mantenía que la
homosexualidad era una manifestación de la
"decadencia burguesa" y una
"degradación de la moral." Freud, quien
aconsejó que la homosexualidad era un fenómeno
sexual que ocurría naturalmente, fue proscrito.
En la URSS las mujeres que tenían múltiples
partos eran retribuidas con dinero y condecoradas
con medallas. Hasta 1971, la recién publicada
Gran Enciclopedia Soviética, definía a la
homosexualidad como "una perversión sexual
que consiste en una atracción antinatural entre
personas del mismo sexo. Ocurre en los dos sexos.
Los estatutos penales de la URSS, los países
socialistas y hasta algunos estados burgueses,
penalizan la homosexualidad." Y esto,
después de que la rebelión de Stonewall en la
ciudad de Nueva York en 1969 se convirtiera en el
inicio simbólico del movimiento moderno por la
liberación homosexual. Hasta 1973 esto fue
también la perspectiva, en palabras más
"científicas", de la asociación de
siquiatras más prestigiosa en los Estados Unidos.
Fue en el contexto de esta
"ortodoxia" que los revolucionarios
cubanos alcanzaron su mayoría de edad, en los
años 50, al adoptar el marxismo, primero en el
Partido Socialista Popular pro moscovita, el cual
accedió a también tomar las armas en el último
año de la guerra revolucionaria. Su liderazgo y
miles de cuadros representaron un componente
importante en la serie de grupos revolucionarios
que surgieron después de la toma del poder en
1959, culminando en la formación del Partido
Comunista de Cuba en 1965. Este proceso llevó a
la nueva generación a establecer relaciones con
la URSS, China y el "movimiento comunista
mundial." Fue a través de este lente
distorsionado que vieron la marcha de la historia
y la última palabra sobre cuestiones que antes
estuvieron en disputa. Fue en este año del 2001
que la asociación de siquiatras de China
abandonó su posición histórica que la
homosexualidad es una enfermedad.
Para alcanzar una posición "en armonía
con las conclusiones de la ciencia
contemporánea", los jóvenes revolucionarios
cubanos enfrentarían la tarea titánica de
limpiar un camino en medio de la basura del
"marxismo oficial" en todos los campos,
buscando una vía hacia las ideas emancipadoras y
las experiencias del joven régimen soviético,
dirigido por el partido bolchevique de Lenin.
Estos fructíferos debates, documentos,
resoluciones y archivos de los acontecimientos
fueron sepultados por los infalibles comisarios
del "socialismo desarrollado." Sus
instructores, catecismos y manuales —reforzados
por los golpes de garrotes y botas— no
permitieron ninguna pregunta, peor aún
oposición.
Careciendo de toda conexión viva con la más
avanzada posición científica de las primeras
generaciones de revolucionarios, los militantes
cubanos surgieron en un entorno internacional en
el cual la homosexualidad era severamente
reprimida en el llamado mundo desarrollado, un
tabú incalificable en el Tercer Mundo y condenada
como un crimen contra la naturaleza por quienes,
en nombre del comunismo, tenían las riendas del
poder en el resto del planeta.
CUBA NO ES INMUNE A LA REALIDAD
No se podía esperar que la Revolución cubana
ni entonces ni en retrospectiva, diera un salto
por sí sola sobre tan grandes obstáculos
históricos e internacionales. Es más, algunos
—por ignorancia o demagogia, o ambos—
identificaron la homosexualidad masculina con la
pornografía y la comercialización del sexo
endémico en La Habana antes del triunfo de la
Revolución. La atracción al sexo homosexual
ilícito era un componente de la industria de la
prostitución que esclavizaba y explotaba cerca de
100 000 mujeres (en una población de seis
millones de habitantes) para servir al negocio del
turismo, convirtiendo a La Habana en el burdel
más grande del Caribe. El negocio del sexo
encasilló perfectamente junto a otros negocios
lucrativos como los casinos, el juego y la droga;
elementos soeces que embadurnaron a Cuba.
Tomará tiempo y será necesario llevar a cabo
luchas para resolver las contradicciones entre el
contenido profundamente progresista de los cambios
realizados colectivamente por el pueblo cubano,
por un lado y, por el otro, la homofobia. Este
fenómeno se basa en la poderosa combinación del
machismo (con sus cimientos en las relaciones
sociales y económicas del capitalismo colonial) y
el atraso cultural que refleja, reforzado por la
reacción clerical y el oscurantismo de la Iglesia
Católica. Todo esto apuntalado por la tutela
"científica" de Moscú.
Mientras que se aceptaba que "un
homosexual" podía tener "una correcta
posición política", Fidel Castro dijo al
periodista norteamericano Lee Lockwood en una
entrevista extensiva en 1965 (publicada como el
libro Cuba de Castro, Fidel de Cuba)
"nunca hemos creído que un homosexual pueda
personificar las condiciones y requisitos de
conducta que nos permita considerarlo un verdadero
revolucionario, un verdadero comunista. Una
desviación de esa naturaleza choca con el
concepto que tenemos de lo que debe ser un
militante comunista."