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LOS LABERINTOS DEL SILENCIO
Por la belleza de los trazos de sus viñetas y la
recreación de los tipos, el Catálogo de Boloña
es de la preferencia no solo de bibliófilos sino
de lectores sensibles, que admiran estos diseños
como maravillas del arte tipográfico.
Jorge R. Bermúdez |
La
Habana
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Portada
de la Edición de Letras Cubanas, 2001 |
Las imágenes visuales y los diferentes sistemas de
escritura han gestado el mayor de los silencios de la
comunicación humana. En un momento de la sociedad en
que la visualidad se presenta como la forma preferente
de la comunicación global, los laberintos del silencio
de las formas de comunicación por la imagen, desde las
primeras pinturas y grabados hechos en las paredes de
las cuevas hasta las codificadas para los sistemas
computarizados, traen a la actualidad las siguientes
palabras de san Agustín: «Lo que pronuncia la voz pasa
y se olvida; pero lo que se escribe se perpetúa.» En
1836, el impresor habanero José Severino Boloña, al
citarlas en su admirable catálogo de tipos y viñetas,
acotó:«...con mayor razón podremos decir lo mismo por
lo que se imprime».
En efecto, lo primero a destacar de Boloña es su
conocimiento del arte de imprimir, entendido éste no sólo
en relación con los procesos operativos propiamente
instrumentales que lo caracterizan, sino también con
su correcta conceptualización del hecho gráfico
que presupone estar en posesión
de un conjunto de operaciones técnico-proyectuales
necesarias para elaborar un modelo singular para una
determinada información visual. El catálogo de tipos y
viñetas –como lo llamaremos en este prólogo– es la
mejor prueba. Así lo pone de manifiesto la introducción
que Boloña tituló Noticias
del arte de la imprenta, cuando en ella escribe: «Con
el nombre de Imprenta significamos, tanto la misma Arte,
como el Obrador ú Oficio donde se ejerce. [...] El
nombre de Impresor, aunque tomado de la última operación
del Arte, que es imprimir, con todo eso es común á
todos los artífices ú oficiales de ella, así á los
Compositores ó Cajistas, como á los Prensistas ó
Tiradores; porque para el efecto de la impresión
todo es necesario, el estudio y la destreza de
unos, y el cuidado y las fuerzas de otros...»
Esta comprensión de la imprenta, le fue imprescindible a
Boloña para conocer el impreso. Dicho en otros términos,
estamos en presencia de un impresor que dominaba su
oficio y también el concepto que le asistía a la
consecución y plasmación de un objeto visual dado,
fuera este un libro, un periódico o un catálogo de
tipos y viñetas. Era el operario y el intelectual.
Dualidad que sólo entonces podía armonizarse en la
imprenta, dada la integralidad que reclamaba de sus
profesionales, al asentar su función social sobre la
base de la escritura y la imagen.
Para todo impresor como el que nos ocupa, la
imprenta no fue únicamente un taller de producción de
impresos, además constituyó un centro de cerebración
y culturización. El acto de adecuar un manuscrito a los
requerimientos técnicos y formales propios del impreso,
obligaba a impresores, grabadores y editores
–funciones que en los talleres de "poca
monta" se concretaban en una sola persona– a
estar en posesión de la lectura y la escritura, en un
momento en que ambas formas de comunicación eran
selectivas, sobre todo, en una sociedad como la cubana
de inicios del siglo XIX,
en la que era dominante el analfabetismo. Pero, sobre
todo, a adueñarse de un sistema de impresión y
producción en serie de mensajes visuales que, por sus
implicaciones técnicas, formales y conceptuales,
obligaba al trabajo interdisciplinario y en equipo. A
diferencia de la obra artística y literaria
tradicional, el mensaje escritural, generalizado como
impreso, no era obra de un solo hombre, sino de muchos.
Era un acto colectivo, en que cada una de las partes que
intervenían en el proceso de edición e impresión de
un objeto visual dado, contribuían en igual medida al
resultado final, al todo.
Si algo evidencia el catálogo de tipos y viñetas de
Boloña es su dominio de esta nueva realidad entre la
escritura y el arte. De hecho, el proceso editorial
representativo del Siglo de las Luces, del que es
legatario, es propio de la cultura cubana de la época y
desmarca la imagen de un contexto trivial, para hacerla
complemento orgánico del texto. El concepto utilitario
y didáctico con que este siglo y el siguiente tratan el
conocimiento humano como materia de información y
comunicación, desde las enciclopedias a los libros
infantiles, configura un paradigma editorial totalizador
a tono con las aspiraciones filantrópicas de la burguesía
como nueva clase revolucionaria de la sociedad. En
consecuencia, en Cuba, y a imitación de lo que a una
escala mayor sucedía en Europa,
el acto de impresión atenderá cada vez más a
integrar y armonizar las formas más avanzadas de la
expresión escritural
y las de la imagen visual.
José Severino Boloña no pasó por alto esta realidad.
Su obrar con tipos movibles, grabados xilográficos y
calcográficos, viñetas, orlas y demás elementos
tipográficos, así como con los contenidos propios de
los textos literarios a transcribir como impresos, lo
encaraba a diario con un sistema de codificación y
generalización de mensajes visuales realmente novedoso
que, junto con el grabador y el escritor, lo hacían
partícipe de un hecho estético y comunicativo
regulador del gusto y la opinión pública, tal y como
hoy día lo puede ser un programa de la televisión con
alto reating
de audiencia. De ahí que cada imprenta sintiera real
celo por lo que hacía, y que cada impresor o
propietario de imprenta viera en la calidad y hasta en
la exclusividad de su trabajo la única imagen de
identidad posible a relacionar con su obra. Sirva de
ejemplo el siguiente dato: Benjamin Franklin, conocido
hoy día como eminente político y uno de los firmantes
de la primera constitución norteamericana de
Filadelfia, además de inventor de los lentes bifocales
y el pararrayos, fue también tipógrafo, impresor de
profesión y editor del popular semanario The
Saturday Evening Post, el cual se publicó desde
1782 hasta hace pocos años. El gran hombre puso de
manifiesto su preferencia por esta última profesión,
cuando escribió la leyenda de su epitafio: « Aquí
yace el cuerpo de Benjamin Franklin, tipógrafo, como la
cubierta de un viejo libro roto, sin título ni dorados.
Es pasto de los gusanos, mas no será perdido todavía,
pues cree firmemente que reaparecerá en una nueva edición,
mejorada, revisada y corregida por el Autor.
» Sobran
los comentarios.
Estas particularidades del oficio, por el carácter
revolucionario de la respuesta comunicativa hacia la que
apuntaban, empezaron a condicionar un nuevo hacer para
un mejor decir. Lo que en nuestras tierras colonizadas
hizo también del impresor un nuevo promotor y
divulgador de ideas, y en no pocos casos maestro de
escritores y políticos. De hecho, el impresor-editor
–funciones muchas veces asumidas por una sola persona,
dadas las particularidades de la imprenta por esta época–
fue un hombre de ideas, activista de conciencias y, por
consiguiente, blanco primero de la reacción –tal y
como había acontecido en las colonias sublevadas contra
la metrópolis colonial en los territorios de la América
continental desde 1810, y tal y como acontecería en
Cuba a partir de la ejecución en "garrote
vil" del impresor habanero Eduardo Facciolo, el 28
de septiembre de 1852–.
Esta beligerante como relevante posición asumida
por los “antepasados” de los profesionales de la
comunicación en nuestro continente, adquiere una mayor
significación cuando atendemos al hecho cierto de que
muchos de nuestros mejores poetas, escritores y políticos
de este siglo, en algún momento de su aprendizaje y
formación para la vida pública, se vincularon a uno o
más talleres de impresión, cuando no llegaron
a ellos como simples operarios, sobre todo, los
de origen más humilde y pensamiento más soberbio.
Justo en un momento en que estos talleres empiezan a
involucrarse en el proceso de democratización de la
información que ya operaba a escala planetaria (génesis
de ese otro mayor que da en llamarse globalización), se
comprende que, junto al libro importado, la propia
actividad de impresión, en sus múltiples procesos y
manifestaciones –sin desatender sus implicaciones
tecnológicas, cada vez más vinculadas al desarrollo
científico que empezaba a signar la época–, fuera
con mucho activadora de un mejor decir y de un pensar y
hacer más radical y comprometido. Esto explica, tal
vez, por qué nuestras literaturas nacionales tuvieron
en su etapa formativa moderna las formas esenciales de
expresión las más aptas para el quehacer periodístico.
Hecho por el que prosperaría el mejor caudal de
influencias, para después determinar en la estructura y
estilo de no pocas de las obras literarias más
significativas del continente en el siglo XIX.
Por ejemplo, las narraciones satíricas de Lizardi, los
manifiestos de Bolívar, los artículos de
Sarmiento y Montalvo, y buena parte de la obra en
prosa de José Martí. Textos que, sin detrimento de su
calidad literaria, son asumidos desde el interés
cultural y político de sus autores como un acto de
justicia social, esto es, de comunicación.
II
Por la época de la publicación del catálogo de tipos y
viñetas de Boloña, La Habana era
ya una de las ciudades más importantes del
hemisferio. Abierta a la parte más activa del mundo, en
particular a Europa (España, Francia, Inglaterra) y
Norteamérica, como resultado de una floreciente economía
de plantación, podía mostrar orgullosa una breve pero
medular producción periodística. A saber: el Papel
Periódico de La Havana (1790), segunda publicación
impresa representativa del periodismo de la Ilustración
americana; el Correo
de las Damas (1811), primera publicación cubana
dedicada al "bello sexo", y una de las
primeras del continente; Filarmónica
Mensual (1812), primera publicación periódica
consagrada a la música; El
Patriota Americano (1811-1812), para Bachiller y
Morales «el mejor periódico de su especie publicado
hasta entonces en La Habana»; y la Revista
Bimestre Cubana
(1831-1834), considerada por la crítica extranjera de
su época como la mejor en lengua española dentro de su
clase y momento. Mientras que, en lo tecnológico, el
periódico El
Noticioso y Lucero de la Habana
introduce la primera prensa mecánica de alto
rendimiento. En el número correspondiente al viernes 10
de octubre de 1834, informa que ha hecho «venir de los
Estados Unidos de América una ingeniosa prensa mecánica,
la primera que se ha visto en este país, que tira 1,500
ejemplares por hora...» Aunque el periódico no específica
si esta "ingeniosa prensa mecánica" es movida
por vapor, es de inferir que sí, ya que una tirada como
la citada sólo sería posible con el uso de dicha energía.
Sin embargo, no podía decirse lo mismo en cuanto al uso
de imágenes visuales en los periódicos y otras
modalidades de impreso. La carencia en plaza de talleres
equipados con buenas imágenes, y la inexistencia de un
personal experto y actualizado en estos menesteres,
aparecía como la mayor deficiencia de la imprenta
cubana en este decenio. Para mayor mal, entre 1830 y
1838, recesa toda actividad litográfica en La Habana.
Los principales grabados de vistas de la ciudad y sus
alrededores hechos en estos años, se imprimen –como
antaño– en Europa.
La actualización del periódico en la Isla
–devenido entonces símbolo de las urbes modernas y,
por consiguiente, de toda sociedad que se llame
civilizada–, hasta
entonces se ha dado en relación con los contenidos de
las publicaciones y la propia conceptualización del
hecho periodístico de nuevo tipo, en tanto expresión
del sentimiento de nacionalidad que empieza a madurar
entre la burguesía criolla ilustrada. En el aspecto
tecnológico, por el contrario la situación difiere,
sobre todo, si tenemos presente que no se introducirán
nuevas prensas mecánicas
hasta la siguiente década, y no se establecerá
taller litográfico alguno en La Habana hasta 1938.
La letra manuscrita (epístolas) o impresa (periódicos),
en tanto complemento de la
voz, es aún con mucho la forma de comunicación
idónea para generalizar
las polémicas y manifestaciones literarias que en este sentido empiezan a
caracterizar la vida pública y cultural de la ciudad.
Como en otros momentos del desarrollo social, el
enfrentamiento de los criollos hacia el modo de producción
que le impone el colonialismo se manifiesta primero en
el campo de la cultura. Dos de sus figuras emblemáticas:
Félix Varela y
José Antonio Saco, han tenido que abandonar la Isla. La
filosofía, la literatura, la teoría y la crítica
literarias, en tanto expresiones de un saber en
construcción, en franco roce con los presupuestos económicos
e ideológicos representativos del poder de lo
establecido, recurrirá a revistas especializadas y
diarios para expresarse y activar conciencias. En
consecuencia, el general Tacón –nuevo capitán
general de Cuba desde 1834– aborta la proyectada
Academia Cubana de Literatura e impone una férrea
censura a toda publicación de carácter político,
filosófico, religioso y social. No obstante, permite
obtener licencia para imprimir obras generalmente
identificadas con la llamada "amena
literatura", que los suscriptores recibían por
entregas. Esta brecha será aprovechada por la joven
intelectualidad cubana, que ya había gustado de la
libertad de imprenta en dos ocasiones (1810-1814;
1820-1823), para desarrollar, fuera de los cauces
oficiales u oficiosos, una literatura nacional (novela,
poesía y narraciones costumbristas a la manera del
romanticismo europeo), la que tendrá en las revistas
llamadas "de recreo" su mejor vía de expresión
entre 1837 y 1841.
Mientras que en los diarios se redoblan los
esfuerzos por poner al día, en relación con Europa y
Norteamérica, todo lo concerniente a la información
cultural y científica, como la forma más expedita de
hacer realidad el empeño de la burguesía habanera de
encauzar, en el progreso material y cultural de la Isla,
los ímpetus progresistas que como tal se le había
prohibido consagrar a la política, al ser privada de
representación en las Cortes (1836).
No es de
extrañar, pues, que en este contexto, en demasía
azaroso en política como activado al cambio en lo
social, tecnológico y cultural, José Severino Boloña
imprimiera su catálogo de tipos y viñetas como
manifestación primera de su renovada imprenta. Empresa,
por demás, que viene a constatar en lo que a la impresión
y reproducción de imágenes visuales se refiere, el tránsito
entre la incipiente producción litográfica de la
primera hora (1822-1830) y el auge de la imagen litográfica
en álbumes y revistas a partir de la inauguración de
la Imprenta Litográfica de la Real Sociedad Patriótica
de La Habana a fines de 1838.
III
José Severino Boloña, hijo de Esteban José Boloña («Impresor
de Cámara del Rey Ntro. Señor», como hacía constar
en algunas de las obras que imprimió, y uno de los
cuatro propietarios de imprenta en La Habana a fines del
siglo xviii),
tenía ya probados méritos como impresor y hombre de
letras, cuando publicó en 1836 su famoso catálogo de
tipos y viñetas. En 1817, año de la muerte del padre,
al asumir la responsabilidad del taller, mostró igual
celo que su predecesor por mantener el prestigio de que
ya gozaba dicho establecimiento de impresión en el ámbito
gráfico habanero. Sin embargo, no es hasta 1819 que por
primera vez aparece su nombre asociado a un impreso. En
el segundo período constitucional de la Colonia
(1820-1823), su imprenta publicó el periódico La
Muger Constitucional, el cual tenía por lema: «No
siempre las mugeres / Han de tratar de diges y
alfileres.» José
Severino, tal y como hizo su padre, siguió fabricando
el barniz de sus tintas, que otros impresores adquirían
del extranjero y continuó la tradición de ofrecerle a
sus clientes la impresión de grabados en metal, de la
que después con tanto acierto, haría derroche. A esto
se suma la vinculación de su taller con algunas de las
publicaciones representativas del particular momento de
conmoción política y cultural que vive La Habana en el
siguiente decenio, entre éstos, uno de los números de
la Revista
Bimestre Cubana y los libros Colección
de Poesías arregladas por un aficionado a las Musas
e Historia de la
Casa de
Maternidad de esta ciudad, ambas de 1833. Por último,
la renovación de la imprenta, para lo que ha «hecho
venir todo con especial encargo de España, Francia y
los Estados Unidos de América», dejaría preparada la
escena para la aparición de la obra que más ha
trascendido de este impresor: Muestras
de los caracteres de letras de la Imprenta de Marina de
la propiedad de Don José Severino Boloña
establecida en la casa número noventa y cinco
calle de Villegas 1836.
Un primer acercamiento a esta obra, joya de la bibliografía
cubana del siglo xix,
bien se aviene a lo que expresara el poeta cubano Eliseo
Diego sobre los dos impresos de Boloña arriba citados:
«...obras tan armoniosamente
impresas y encuadernadas, que de algún modo
recuerdan pequeños templos Neoclásicos, más del gusto
del recién desaparecido siglo xviii
que del nuevo...»
En efecto, lo mismo puede decirse del catálogo de tipos
y viñetas, como hemos dado en llamar a las Muestras...,
en este prólogo.
Justo por la fecha de su publicación, La Habana ya es
una ciudad entre barroca y neoclásica, aunque con un
predominio del primero de los estilos apuntados. Sin
embargo, el neoclásico deviene por entonces la expresión
representativa de lo nuevo, dada su correspondencia
cronológica e identificación ideoestética con la
burguesía como clase moderna: con la definición de su
específico proceso productivo y sus luchas por la
conquista del poder político. Los antecedentes están a
la vista en las más disímiles manifestaciones de la
actividad cultural de la burguesía habanera antes de
1836: la reforma religiosa del obispo Espada, y la
consiguiente sustitución de los altares barrocos de la
Catedral de La Habana por otros de evidente estilo neoclásico; la fundación de la
Academia de Bellas Artes San Alejandro, en 1828, bajo
los preceptos docentes de la estética neoclásica en
cuanto al dibujo, la escultura y la pintura; el cultivo
de una poesía neoclásica, que tendrá en el poeta
habanero Manuel de Zequeira uno de sus principales
exponentes y, sobre todo, el primer edificio cubano
construido en este estilo: El Templete habanero de la
Plaza de Armas, levantado –no por casualidad– a la
sombra de la supuesta ceiba que sirviera de cobija a la
primera misa y cabildo de la villa de San Cristóbal de
La Habana.
Es muy probable que José Severino Boloña desconociera
que la lápida en escritura lapidaria romana que se
encuentra en la base de la columna Trajana, en Roma, fue
referente de toda la revolución tipográfica que se
inició con el Renacimiento italiano a partir de la
invención de la imprenta (1445-1455). Pero lo que sí
no dudamos, es que nuestro impresor fue
consciente de la relación que entre la
arquitectura y el libro moderno establecieron los
grandes impresores renacentistas y barrocos europeos.
Hombre iniciado en el arte de las letras, pero aún más
en el de imprimir, quizás, a la sombra del gran portal
del palacio del Segundo Cabo –siglo y cuarto antes de
que éste se convirtiera en sede del Instituto Cubano
del Libro–, contempló más de una vez El Templete,
para concebir la estructura de su catálogo. Sea como
fuere, nuestro interés por poetizar la etapa de
concepción del catálogo de Boloña no desmiente la
siguiente homología: este es a la imprenta de la
primera mitad del siglo xix cubano, lo que El Templete a su arquitectura.
En lo referente al desarrollo de la comunicación visual
en este período, el estilo neoclásico encuentra su
mejor iniciación con el catálogo de tipos y viñetas
de Boloña. Su estructura, racional y simétrica, divide
la obra en dos cuerpos de imágenes bien diferenciados:
el que se construye en relación con las familias tipográficas
y el que atiende a los complementos propiamente icónicos
del proceso tipográfico como filetes, orlas y viñetas.
En este sentido, su estructura, en tanto distribución
de los "productos" a mostrar a los clientes,
es en extremo funcional y comercial, y no resultado de
un alma "inspirada", como muy a su gusto de
poeta nos hace ver Eliseo Diego en su Libro
de las maravillas de Boloña. De igual modo, las
piezas de impresión, en su mayoría importadas,
presumiblemente de los mismos países de donde hace
traer el nuevo equipamiento: España, Francia y los
Estados Unidos de América. A lo que hay que añadir,
por último, el buen tino de José Severino Boloña para
elegir el momento de impresión del catálogo, justo
cuando la carencia de taller litográfico en La Habana,
más que un impedimento es un estímulo, a sabiendas de
lo que esta técnica de impresión ha influido en las
publicaciones europeas y norteamericanas en cuanto a la
sustitución de las arcaicas prensas por los nuevos
ingenios mecánicos, la ampliación de los formatos de
papel a imprimir y, sobre todo, las nuevas e
indiscriminadas expectativas que al diseño de letras le
ha abierto (lo que se verificará en Cuba a partir de la
segunda mitad de siglo, en las marquillas de cigarros y
en los envases de habano), mientras la tipografía, para
no quedarse a la zaga, se suma también a esta carrera
frivolizante.
En cuanto a la primera parte de la obra, destácase la
amplia muestra de familias tipográficas, generalmente
en altas y bajas, y con sus respectivas cursivas. También
los nombres de los tipos, en un momento en que todavía
no se acostumbraba a designarlos por puntos, según su
cuerpo y tamaño, como es norma hoy día. A saber:
nomparel (tipo de 6 puntos), miñona o glosilla (7
puntos), breviario (8 puntos), entredós (10 puntos),
atanasia (14 puntos), etcétera, hasta llegar al enorme
doble canon (de 48 a 56 puntos). Asimismo, para la
actual negrita, se emplea el nombre de gordo o gorda,
según el carácter masculino o femenino del nombre del
tipo.
A esta primera muestra le sigue otra, en la que se
repiten muchas de las familias tipográficas de la
anterior, pero en altas (mayúsculas). A su vez se
incorporan nuevas tipografías, de carácter más frívolo
y ornamental, como las caladas, floreadas, sombreadas,
antropomorfas, etcétera. En todos los casos, predomina
el tipo con base. No existe en todo el catálogo ejemplo
alguno que nos remita al tipo de palo seco (sin base o serif),
que con tanta pertinencia obrara entonces en la tipografía
de aquellos países europeos recién estrenados en la
publicidad como resultado de su desarrollo
industrial, notablemente Inglaterra y Francia. En
consecuencia, puede inferirse cierto desfase entre el
catálogo de Boloña y lo último que se hacía en este
campo por las naciones de mayor desarrollo de la época,
pero no así en cuanto al neoclasicismo como estilo gráfico
dominante en el mismo. El Romanticismo, primer
movimiento artístico y literario que reacciona contra
el último estilo histórico de la cultura occidental:
el neoclásico, será por estos años todavía un estilo
del ser, que sólo se expresa con verdadera originalidad
por la música y la literatura, pero no de igual forma
por la arquitectura y la gráfica. Esto explica que su
identidad tipográfica sólo esté dada por la relación
cronológica que establece con los nuevos tipos de
letras –de palo seco–
puestos al uso por el desarrollo comercial y
publicitario de las urbes modernas europeas, y no por
rasgo estilístico alguno.
Por lo que habrá que esperar todavía la segunda
mitad del siglo para encontrar una tipografía de signo
romántico, lo que se producirá con la obra gráfica de
William Morris al frente de la Kelmscott Press.
Hecha la salvedad, puede decirse que el catálogo
de tipos y viñetas de Boloña, en su concepción y
expresión neoclásica, está en correspondencia con el
perfil ideoestético del componente burgués de la
sociedad cubana y americana, inmersa desde 1810 en la
consecución de sus respectivos estados nacionales y,
por consiguiente, con el modelo comunicativo específico
de esta etapa de la imprenta colonial.
Esta particularidad estilística se pondrá de manifiesto
también en la segunda parte del catálogo, quizás,
hasta con más énfasis que en la primera, por tratarse
de la
muestra correspondiente al utillaje tipográfico, como
signos, filetes, orlas y viñetas. En este muestrario de
imágenes, concebido como complemento visual de las
tipografías en los más variados impresos comerciales
(anuncios, menús, invitaciones, folletos, marcas,
monogramas, tarjetas, esquelas funerarias), la viñeta
ocupará el lugar preponderante,
en consonancia con su destaque visual y artístico. De
ahí, tal vez, el tránsito visual que crea Boloña
entre la parte tipográfica del catálogo y la reservada
propiamente a las viñetas, cuando le intercala varias páginas
de signos, filetes y orlas. Entre los signos merecen
destacarse los matemáticos, astronómicos y de peso, a
más de las "abrazaderas" o llaves y entre los
filetes y las orlas, los llamados "vigotes"
(bigotes): raya horizontal gruesa por el centro y fina
por sus extremos, que se utilizaba para separar títulos,
subtítulos y entre notas. Mientras que en el rubro de
orlas, aparece el espectro más amplio de motivos
ornamentales dentro de esta subdivisión: palmetas,
grecas, cuerdas, flores, rosetones, rayados, motivos
comerciales y musicales de carácter geométrico y
floral, volutas, copas, medallones, escudos, calaveras,
coronas reales y una gran etcétera. Sólo después,
vienen las viñetas...
Este cuerpo de imágenes visuales es el más sugerente y
atractivo del catálogo. Si el catálogo de Boloña es
todavía de la preferencia del público lector, se debe,
en buena medida, a las viñetas. Su hechura,
eminentemente artística, así como su función
ornamental o ilustrativa, según el carácter del
mensaje que la porta, la hace el adminículo por
antonomasia del diseño de ornamentos complementarios al
texto impreso. A lo que, igualmente contribuye, su
versatilidad para ordenarse en espacios visuales unívocos
y restrictivos, así como para extrapolarse a cuantos
impresos requieran de un complemento visual de la
expresión tipográfica.
Más que un principio poético, es uno comercial: el
reclamo del público de todas las épocas al horóscopo,
el que mueve a Boloña a iniciar su muestra de viñetas
con las relativas al zodiaco. El interés humano, como
en el periodismo de nuevo tipo, es el que prima..., y la
venta. Así lo hace saber el impresor en la última página
del catálogo, cuando le informa al público «...ofrecer
nuevamente su Oficina, la que ha surtido completamente con un gran acopio de hermosos caracteres y viñetas,
cual no se habian visto hasta el día en esta ciudad».
En la cita, como se ve, hemos subrayado el verbo surtir,
de frecuente uso en el vocabulario comercial, y que nos
sugiere la condición de producto importado que tenía
entonces la mayor parte del utillaje tipográfico en uso
en las imprentas cubanas. A la serie del zodiaco le
sigue la de las estaciones del año, de igual atractivo
visual. En ella, la concepción neoclásica se hace
evidente por el asunto y el dibujo; los paisajes y los
personajes son representativos de Europa, en particular,
de Francia. Ambos temas, el del zodiaco y el de las
estaciones, se repetirán, pero con diferentes calidades
artísticas, como una prueba más del manifiesto carácter
comercial presente en la selección, igualmente implícito
en el texto con que el impresor encabeza cada tipografía
o serie de viñetas: Uno (Dos, Tres) de cada clase. A ésta
le siguen las que representan un número variado de
motivos sociales y de animales, generalmente, con alguna
ambientación, inserta en formato de medallón o sin él.
De esta última serie es la estampa que muestra
un carey. En otra, las escenas se relacionan con un tema
muy específico: la lectura y la escuela, poniéndose de
manifiesto el espíritu de la Ilustración tanto por el
tema como por la ambientación neoclásica de las
escenas. Tampoco faltarán viñetas alusivas al tema
pastoril; para hacerlas más atractivas, se conciben en
formato de medallón, enmarcado en un rectángulo, a la
manera de las pinturas y los grabados cortesanos de los
períodos barroco y neoclásico. Entre las viñetas
mejor diseñadas dentro del dominante estilo neoclásico
y, por consiguiente, mejor ubicadas en el catálogo, están
aquellas que, presumiblemente, tuvieron una mayor
aceptación por parte de la sociedad ilustrada habanera.
Cada una de estas series, sin duda, respondía a una
demanda social muy bien delimitada por nuestro impresor
u otro cualquiera del gremio, en tanto garantía de
venta, y con las cuales también daba cumplido a su
relevante función social.
Otro grupo de interés es el relacionado con diferentes tópicos
visuales alusivos al comercio marítimo de la época.
Aquí sobresalen las viñetas de diferentes modelos de
veleros y, en particular, la de un barco a vapor de la
marina de los Estados Unidos de América. Asimismo, aparecen viñetas de símbolos y escudos (el león
ibérico, la flor de lis, las columnas de Hércules, el
águila norteamericana hecha a partir de rasgos caligráficos,
etcétera) de las naciones involucradas en el comercio
naviero con el puerto de La Habana, amén de los
socorridos tritones, anclas, restos de navíos, redes...
Una observación: en el neoclasicismo imperante en las
viñetas, hay cierta impronta barroca en aquellas que
hacen alusión al puerto de La Habana, generalmente
representado como alegoría, en la que tienen un lugar
destacado la mujer que simboliza la ciudad, el escudo y
las vistas del canal de entrada al puerto. De este
corte, es la que en su parte superior porta una banda
con la siguiente inscripción: La siempre fidelísima
ciudad de La Habana. De fondo, los castillos del Morro y
de La Punta, prefiguran, por su ubicación en la
estampa, la parte superior del escudo nacional cubano.
También con este tema se puede ubicar una viñeta de
excepción, de pequeño formato, que representa el
castillo del Morro, pero con una línea de grabación
tan arcaica como mal dibujada, que hace suponer que sea
obra de algún grabador asentado en La Habana.
Más heterogéneas en cuanto a los motivos que las
ilustran, son las series de viñetas que a continuación
siguen, como la que particulariza los más variados
objetos de uso: tijeras, paraguas, sombrero, navaja,
zapatos, etcétera; la de toros, toreros y otros tópicos
taurinos; la de relojes, cada uno con una hora
diferente; y la de escenas
costumbristas, de corte campestre, enmarcadas en
grandes recuadros rectangulares en sentido vertical.
Aparece intercalada, sin relación alguna con las
restantes series, la viñeta de un gallo, de vigoroso
diseño. Cierra el catálogo, no por casualidad, la
alusiva a motivos fúnebres: puertas de cementerios,
sauces llorones, lápidas sobre las que inclinan su
cabeza jóvenes neoclásicas
a manera de plañideras. En estas viñetas, en
general se deja un espacio en blanco que, supuestamente,
ocupará el texto tipográfico, según pedido del
cliente. La ubicación de esta serie, por razones obvias
al final del catálogo, es una prueba más del sentido
comercial que prevaleció en la concepción de su
estructura.
Después
del catálogo de tipos y viñetas no se conoce otra obra
de igual notoriedad salida del establecimiento de José
Severino Boloña, cuya actividad continuó hasta 1852,
presumible año de la muerte del impresor. La Habana,
como ya se dijo, era por entonces un hervidero de
publicaciones, sobre todo, de revistas: principal medio
impreso por el cual la intelectualidad criolla podía
evidenciar, ante un régimen despótico y
menospreciador, su capacidad y hasta superioridad en los
distintos campos del saber. El orgullo se traduce en
hechos, en obras. La poesía romántica cubana alcanzará
relieve continental con
Heredia, Plácido
y Milanés. Cirilo Villaverde empieza a escribir la
novela Cecilia Valdés: único mito creado por la literatura cubana. Las
nuevas prensas mecánicas imprimen revistas consagradas
a los más diversos géneros: teatro, geología,
medicina, historia, agricultura, crítica literaria,
educación, astronomía... La letra impresa restalla, el
silencio se hace estruendoso. Desde el Norte llega
clandestinamente el periódico El
Habanero, escrito y editado por Félix Varela. Los
suscriptores de las revistas de moda y de recreo
reclaman imágenes litografiadas a todo color, que serán
todavía importadas de Europa. Dos años después, este
vacío visual empezará a ser superado con la inauguración,
apenas con unos meses de diferencia, de la Imprenta
Litográfica de la Real Sociedad Patriótica de La
Habana (1838) y la Litografía Española de los hermanos
Costa (1839). Ambos talleres no sólo darán inicio al
llamado auge litográfico que a partir de entonces se
producirá en la Colonia, sino a la confrontación que
en el campo de la comunicación gráfica acontecerá
también entre criollos y peninsulares, expresión de
esa otra, que, treinta años más tarde, se derimirá en
el campo de batalla.
A 165 años de la impresión del catálogo de tipos y viñetas
de José Severino Boloña,
aplaudimos la feliz iniciativa de reeditar esta
obra, en más de un sentido precursora de la imagen
visual aplicada a los impresos en nuestro país. El
momento no puede ser más propicio. El voto de silencio
hecho miles de años atrás por el libro manuscrito e
impreso, se ha roto con el libro electrónico, tal y
como el cine lo hizo con la imagen visual grabada y
fotográfica. El libro no pasa, cambia. Asimismo, la
edición: primera tipología del diseño gráfico
moderno. La reanimación de la industria poligráfica
nacional, como en otros tiempos, contribuye a su
recuperación, a la vez que la confirma como una de las
formas de la comunicación más representativas de la
cultura visual cubana de todos los tiempos.
En esta nueva hora de la nación, nuestro
impresor, José Severino Boloña, parece hacer suyas las
palabras de Benjamin Franklin, pues creemos firmemente
que reaparecerá en esta edición facsimilar,
debidamente copiada, revisada y editada por Letras
Cubanas.
Prólogo
a Muestras
de los caracteres de letras de la Imprenta de Marina de
la propiedad de Don José Severino Boloña,
Letras Cubanas, 2001
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