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El
Gran ZOO |
POR
AMOR AL CINE
Andrés
Reynaldo | Miami
La renuncia de Nat
Chediak a la dirección del Festival de Cine de
Miami es una catástrofe cultural. Si alguien cree
que exagero, acepto apuestas. Claro, esto es
Miami. Aquí, las tensiones de la pluralidad
étnica se alivian sobre un denominador común: la
incultura de las respectivas elites. Contra el
fondo de desidia espiritual, pereza intelectual y
mal gusto, Chediak levantó a pulso, a lo largo de
18 años, un festival que puso a Miami en el mapa
de la cinematografía internacional. Por supuesto,
no es para bautizar una calle (o un pedazo de
calle) con su nombre. Ese honor se reserva a
figuras de la magnitud de Luis Sabines o Don Shula.
Pero admitamos que esta historia pudo tener un
mejor final.
Como casi todos saben, desde hace dos años el
festival fue rescatado financieramente por la
Universidad Internacional de la Florida, tras
haber perdido una importante partida de fondos de
la ciudad y el puerto de Miami. En los últimos
días, algunos amantes del cine han vertido su
amargura contra nuestros políticos. ¿Cómo es
posible que las autoridades municipales, condales
y estatales no hubieran tomado nunca a pecho la
supervivencia del evento? No pidamos peras al
olmo. Esto es Miami. Tenemos un alcalde incapaz de
expresarse correctamente en cualquier lengua viva
y un superintendente de escuelas adjunto con
sicosis de policía, por citar dos casos
inmediatos. En esta oscura confluencia del Caribe
hispano, el sur negro y la marisma anglosajona, un
festival de cine estaba condenado a durar (para
decirlo poéticamente) lo mismo que un merengue en
la puerta de un colegio.
Sin embargo, Chediak derrotó la fatalidad. Año
tras año, el festival mejoraba su calidad y
ampliaba su influencia. Durante dos semanas, el
viejo teatro Guzmán (constantemente amenazado por
la indolencia municipal) acogía a un público
sediento de buen cine. Visto en retrospectiva, me
pregunto cómo se las pudo arreglar este hombre
para sortear esa permanente conjura de
mediocridades que asfixia la cultura de esta
ciudad, desde el patrocinador que reclama anunciar
sus productos hasta en los inodoros al impostor
que mueve a comisionados y representantes con tal
de exhibir su último bodrio de exaltación de las
minorías. Por su inclaudicable rigor, su voluntad
de apertura estética y, sobre todo, su amor al
cine, Chediak hizo historia. Culpémonos nosotros
de que no haya hecho escuela.
Un festival de cine es una aventura formal y, a la
vez, una fuerza modeladora de la cultura. La
constancia cíclica y la exigencia cualitativa
terminan por crear un entorno que cumple
múltiples propósitos: calibrar la industria
cinematográfica con el reconocimiento a sus
figuras y obras; así como contribuir a la
formación y depuración del público y, cuando se
trata de un gran festival, estimular los valores
críticos. El aporte de estas actividades a su
ciudad o país sede no se mide en dólares. Su
inestimable ganancia consiste en la fundación de
una creciente red de conexiones entre el
establishment cinematográfico local y extranjero,
el asentamiento de un prestigio que propone un
estándar al resto del orbe cultural y la
sedimentación de elementos tradicionales que
insuflan sentido de pertenencia y dinamismo a toda
la sociedad. Labor lenta, accidentada y sutil que,
en los lugares donde existe un legítimo interés
por la cultura, suscita el apoyo (si no la
veneración) de las autoridades y la ciudadanía.
Por lo demás, la puesta en marcha de un festival
con estas aspiraciones exige unidad de acción y
una sólida y específica visión, elementos
generalmente inalcanzables, en materia artística,
cuando se trabaja en equipo. No importa cuán
pragmático, entusiasta y numeroso sea el equipo.
(Por cierto, ya la organización de las
actividades del festival de este año, que no
estuvieron a cargo de Chediak, denotaba el
caótico frenesí de una dulcería militarizada.)
Detrás del festival de Cannes, por ejemplo, no
hallamos un comité de burócratas con tuxedo y
alambritos en los dientes, sino una leyenda de
carne y hueso, con 25 años en residencia: Gilles
Jacob. A esa estirpe de creadores pertenece
Chediak, y su obra habla por sí misma. Ignoro
qué tipo de festival querrá hacer FIU. De
momento, parece que ni siquiera saben lo que
quieren. Mal comienzo. Pésimo augurio. De los
funcionarios encargados de continuar esta joven
tradición, la más capacitada parece Pauline
Winick, que procede del Miami Heat. Lo que digo,
esto es Miami. Hay que agradecer que no hayan
puesto el festival en manos de un entrenador de
football. Tampoco puede juzgársele del todo mal a
la universidad. El síndrome está en el ambiente
académico de este país. Los grandes centros de
enseñanza ya no aspiran a convertirse en una meca
difusora de las ciencias y las humanidades. Su
modelo es el mundo corporativo. Un mundo
desacralizado, demagógico y progresivamente
totalitario donde la cultura tiene muy pocos
amigos. Recuerden: acepto apuestas.
(Publicado el viernes, 25 de mayo de 2001, en El
Nuevo Herald)
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