Mylene
Fernández Pintado | La Habana
Llegaron
como a las cinco de la mañana. A esa hora, el glamour se convierte en miseria, el rojo elegantemente demoníaco en
obsceno y cansado carmesí. Los espejos que nunca se han
vuelto niebla que atravesar para llegar a otro sitio,
aburridos de tragar caras de gentes en éxtasis para
ellos efímeras y para nosotros interminables y ajenas,
nos devuelven la jugada aumentando de tamaño, de
intensidad y ferocidad el mobiliario anodino, el
interior lleno de fotos condenadas contra la pared como
reos sometidos a la pena capital, las alfombras raídas
y delatadas, las juntas del techo, las esquinas donde el
polvo y la suciedad se parapetan a salvo de las lluvias
de sprays
limpiadores y las cucarachas calculan que, una vez que
se han ido los invitados, nosotros somos de confianza.
Pero
los espejos nos hacen una peor, reflejan nuestras caras
donde los ojos son agujas de reloj invertidas, locas,
descontando el tiempo como un cronómetro porfiado y
lento, conteo regresivo de las horas que quedan desde
las seis de la tarde hasta las siete de la mañana, y ya
no sabemos cómo pasan más rápido, si cuando la cosa
está movida y la noche es un ajetreo de bandejas
sostenidas en ejercitado equilibrio siempre sobre los
mismos pasos, en medio de los gritos, la música, el
pedido que no llega, los que se quieren ir sin pagar,
las muelas que hay que aguantar por una propina, las
veces que te dan una miseria, o cuando estamos todos
detrás de la barra, inactivos pero sin descansar porque
eso no se puede hacer aquí, haciendo cuentos para
asesinar ese tiempo de bar y de vida, y al final sólo
queda un comemierda en la barra que parece que la mujer
lo dejó y no se va y Merlín nos tiene prohibido
insinuar el horario de cierre porque hay que ser
profesional y yo pienso siempre que profesionales éramos
en La Habana, donde eso y mierda era lo mismo y ahora
somos camareros, tenemos beepers,
carro y casi todo el tiempo, sueño.
Lo
peor son esas noches en las que crees que todo se acabó
más temprano. Erika y Barbie suben los pies en las
banquetas para que no les salgan várices, el ahijado
serpentea buscando objetos de valor que siempre resultan
ser un creyón de labios usado, una pulsera estéticamente
insolente o cajetillas con dos cigarrillos, Espartaco
bebe lo que le escamoteamos a los clientes cuando están
borrachos y Batman se inclina sobre la caja contadora y
las facturas que siempre termina haciendo a mano porque
desconfía de ese aparatico que quiere hacer tantas
cosas a la vez, para que cuadre la dichosa caja con la
resignación inconforme del Tío Vania, alumbrado por
esa lamparita kitsch
que es lo único que me parece auténtico aquí y
Marcos, que ha estado todo el tiempo mirando el piano de
reojo, como un hombre tímido mira a la mujer bella y
elegante que baila con otro mientras paladea por
anticipado el momento en que estará sola y podrá
acercarse, se mueve casi furtivamente, seguro cree que
así no lo vemos, y se sienta a tocar, bajito y con
timidez, como si ese hombre que finalmente se ha
acercado a la mujer deseada se avergonzara ante los demás
de su propia osadía y gastadas las energías en el
momento de decidirse a abordarla, la conversación
convincente y los gestos seguros de conquistador
quedaran en la fase de torpes movimientos y balbuceos
confusos de aprendiz.
Marcos
toca muy bien. Su madre lo enseñó, como también lo
enseñó a coser, bordar, tejer, cocinar, y vestir muñecas.
Esto no lo sabe nadie, pero tiene una guardada. Es una
muñeca pelirroja, con pecas, a la que cambia de ropa,
compra conjuntos caros y perfuma con Chanel.
El
día en que me la enseñó regresábamos de ver al
abogado de inmigración. Marcos es arquitecto y en un
viaje a España se quedó en Madrid. Después, hizo lo
usual en estos casos: se agenció un pasaporte falso y
llegó a Miami pero una vez aquí, en vez de botar ese
pasaporte que le había costado un ojo de la cara y
agarrarse al primer policía y decir yo soy cubano y que
ellos se encargaran del asunto —es verdad que los
cubanos tenemos ventajas, nos hacen despreciar a los
portorros, espaldas mojadas, salvadoreños, nicaragüenses,
dominicanos y hasta a los mismos americanos que son
tontos y no se merecen el país que con nuestra
iniciativa e inteligencia les hemos construido—.
Bueno, pues nada, se quedó con el pasaporte falso y
ahora está en una lista de deportación y no duerme
pensando en cómo va a salir de ésta.
El
abogado le pidió una cifra de ésas de El
padrino y Marcos se montó en el carro, donde yo lo esperaba
convencida de que las noticias iban a ser de las peores,
mientras miraba por el retrovisor unos viejos gordos que
jugaban dominó.
El
dominó tiene su banda sonora, su volumen alto, su tono
insolente, su pequeño diccionario cofrade. Es el juego
de la fanfarronería, el alarde, el que va
inevitablemente unido a la exaltación propia y a la
humillación del contrario. La jugada se anuncia, se
pregona victoriosa para desarmar al otro con la voz
antes que con el gesto. Las fichas resuenan duras, más
que puestas, impuestas y cada una lleva una frase que
suena al unísono con el golpe de madera sobre madera
como una percusión lúdica. Sí, el dominó es el juego
de los cubanos, de las barrigas que caen sobre los
cintos, del ron y la cerveza y es una especie de old classic en Miami. Es la prueba de que esta ciudad, hoy también
habitada por muchachas y muchachos bronceados, que casi
no hablan español, montan patines en Ocean Drive y se
maravillan extrañados ante las nalgas de Celeste
Mendoza en tiempo de guaguancó, fue hecha por hombres
recios, trabajadores, machos, que fundaron dinastías
que de tanto asimilar blandenguerías americanas hoy se
han amariconado y hasta les da lo mismo el Partido que
la Fundación.
Marcos
me miró y aunque sabía, hice la pregunta. El sonido
del carro al arrancar silenció la respuesta que no
necesitaba.
Conduje
por toda la US-1 hasta Swensen porque a Marcos y a mí
nos encanta este lugar rabiosamente gringo montado en
Dumbo que vuela hacia Nunca-Jamás con la manzana de
Blanca Nieves en la trompa. Mientras Marcos ensayaba el
pedido en inglés y yo paladeaba la palabra strawberry
como quien le canta al siempre campo de los Beatles llegó
el camarero, tomó el pedido en andaluz de la Pequeña
Habana y luego de marcharse con nuestra orden nos dejó
pensando que ni aunque modeles calzoncillos Calvin Klein
te libras de un part time de camarero.
Y
Swensen se convirtió en nuestro punto de reunión
secreto. El novio de Erika nos atendía, coqueteaba con
nosotros y nos hicimos amigos sin hablar otro lenguaje
que el del menú, el bill. Erika nunca supo de nuestros encuentros furtivos casi cómplices
ni de nuestros disfrutes voyeur,
tratando de adivinar, detrás de unos pantalones
negros de camarero, la naturaleza de las cosas del caro
Tito Lucrecio, «a la hora de las cosas».
Su
novio siguió siendo sólo el modelo Calvin Klein y
cuando él iba a recogerla, más que a buscarla, si nos
hemos visto antes no sabemos dónde, parecía ser el
santo y seña. En cuanto a Barbie, lo despreció al
instante por no ser Calvin Klein, sino un esclavo
semidesnudo en fotos y pasarelas, incapaz de sacarla de
aquel tugurio y proporcionarle la vida que ella merece y
para la cual ensaya cotidiana y aplicadamente.
—Que
te cueste caro, significa que al menos hay una solución
--le digo desde la altura de un Everest de nata,
sirope de chocolate, bizcochos y guindas.
—Si
todo lo que se solucionara con dinero fuera solucionable
no habría indocumentados ni gente con problemas. ¿De dónde
voy a sacar esa cantidad?
No
tengo ni idea. Y vivir sin papeles es la última carta
de la baraja. Y me dan ganas de hacer lo de siempre,
regañarlo por no haber botado el dichoso pasaporte,
para que él me responda con esas reflexiones sobre
bajarte en un sitio extraño sin tener siquiera un
nombre, como un bebé acabado de nacer de unos padres
indecisos. Porque cuando habla de eso, siempre termina
hablando de su madre y ese es su tema preferido. Su
madre bella, honrada y pobre, con las tristes virtudes
hacendosas de las buenas muchachas,
abandonada por su marido y volcada en este hijo
al que hizo a su imagen y semejanza, quizás por
exorcizar la carga genética de su progenitor.
—Si
para algo quiero resolver los papeles es para ir a
verla. No tiene a nadie más y se está muriendo de
pena. Vine para acá pensando en traerla conmigo después
o en que viviera allá como una reina. Y no he podido
hacer ninguna de las dos cosas. Se va a morir y no la
voy a ver. Pero hoy no es día para eso. ¿Me puedes
acompañar a la casa? Te quiero enseñar algo.
La
verdad es que tengo mil cosas que hacer. Esta ciudad es
muy diligente en eso de mantenerlo a uno todo el día
ocupado recorriéndola de una punta a la otra, para
resolver cosas tan complicadas que se vuelven estúpidas,
como un juego de esos de ir de una casilla a otra,
tragando cuadritos con afán neurótico. Pero hoy
tampoco es día de negarte nada.
—Vamos,
de todas formas lo de la chapa del carro me queda más
cerca desde allá.
La
muñeca está en un rincón del armario. No arrinconada,
sino resguardada de los curiosos y el exterior hostil.
Como un Elegguá,
exigente y poderoso. Tiene el pelo de ese rojo que uno
insiste en colocar en la cabeza de la lavandera
irlandesa. Es una pequeña diosa pícara, coquetamente
vestida, reinando en su altar.
—Siempre
fue mi preferida. Cuando no sabía que era gay,
pensaba que me gustaría tener una novia así, o una
hija. Me gustaba cambiarle la ropa y peinarla, a veces
hablaba con ella. Yo era un niño sin pandilla de
juegos. Lo que más disfrutaba de jugar en la calle, era
imaginar el momento en que me regresaría y mi madre me
estaría esperando para abrazarme a pesar de mi sudor y
suciedad, escuchar mis cuentos siempre sonriente y
preparar mis platos favoritos sin protestar porque yo no
los probara después. Para otros niños la calle era el
reino de la libertad, la tolerancia, y la casa un sitio
donde les esperaban un padre bruto y borracho, una madre
gorda y desaliñada y mil cosas indeseables. Mi casa era
un hogar, suave y claro. Una vez tuve unos amigos y los
llevé a mi cuarto. Eran buenos y me habían defendido
muchas veces de los abusos de los más grandes. Quise
enseñarles mi mayor tesoro. Me golpearon y me dijeron
maricón. Ahí supe que lo era y supe también que esa
golpiza era como las que reciben los caballeros andantes
por la doncella de sus sueños. Desde entonces, la he
llevado conmigo a todas partes. Es mi pequeña reina
bruja. Y mi caja de tesoros. Aquí guardo lo que no
quiero que nadie encuentre.
Muñecas,
novias, madres, hermanas, amigas, geishas, putas, monas,
maestras, vecinas. Evas, Julietas, Doncellas de Orleans
y Ladies Macbeth. Estrógeno casi oxígeno. Voluptuosas
de Rubens, gordas de Botero, cubistas de Picasso,
aldeanas de Goya, Margaritas de Goethe, Bulgakov,
Dumas... Alicias, Wendys y Cenicientas.
La
semana pasada Marcos llegó eufórico. Me arrastró al
baño y me dijo:
—Creo
que resolví el dinero. Tendré papeles y en cuanto me
den la residencia ¡a La Habana a ver a mi viejita!
—Se bajó los pantalones como quien se libera de sus
angustias, esperas y fracasos y me señaló unos
calzoncillos que aún debían tener la etiqueta con el
precio colgado. —¡Good
Save CK!
Nos
reímos y bailamos de alegría teniendo por banda sonora
un bolero lastimero de esos de los que el sufrimiento no
cabe en la partitura.
Llegaron
como a las cinco de la mañana, en una de esas noches en
las que piensas que ya se acabó. Barbie y Erika
conjuran sus várices, el ahijado husmea, Espartaco
bebe, Marcos toca a Cervantes y Batman saca cuentas.
Uniformados por la costumbre y el fastidio, deshicimos
la apacible escena y cada uno a lo suyo. A ponerles
salsa cubana como ejercicio costumbrista sádico, como
si el único estado de ánimo permanente y permitido aquí
fuera el saborear recuerdos desenfocados por tanta
edulcoración a distancia.
Lombroso
los hubiera acuñado criminales genéticos. La verdad es
que eran «de lo peor», con ese uniforme que les venden
en las tiendas a los que tienen dinero y mal gusto en
iguales proporciones y esa forma de caminar arrogante,
que es el resultado de sumar la inseguridad y la falta
de mundo con rollos de billetes de cien dólares en los
bolsillos y un portafolio caja de Pandora y Samsonite.
Se sentaron y Marcos los atendió.
Empezaron
a beber con esa calma que era pura crueldad para con los
que ya a esa hora lo que hacíamos era subsistir de
manera inapelable en aquel sitio. Entonces hicimos lo de
cuando queremos botar a alguien sin decírselo, variante
clandestina sólo empleable en ausencia de Merlín.
Barbie y Erika empezaron a recoger las sillas, Marcos
fue con los utensilios de limpieza para el baño y yo
empecé a fregar copas y vasos. Merlín sólo confía en
mí porque dice que los demás lo dejan con marcas de
pintalabios y olor a tabaco y esto no es una cafetería
del INIT.
Se
levantaron a dúo y fueron al baño. Siempre lo hacen
todos antes de irse y nos alegramos pensando que sólo
unos minutos nos separaban de la comida de La Carreta y
nuestras camas siempre destendidas, para que parezca que
las abandonamos por poco rato. Proust hubiera perdido el
tiempo queriendo escribir con un trabajo así. Espartaco
iba a apagar la música pero Batman dijo que no, que ya
le parecía demasiado y suena Mozart impecablemente
ejecutado por Willy Chirino.
No
dejaron propina. Bueno, no fuimos muy amables que
digamos, ya nos podemos ir. Desmontamos el set de
camareros diligentes que limpian su bar al terminar su
turno. Merlín dice que eso se hace de seis a nueve de
la noche, que estamos más descansados y con menos
desidia habanera.
Marcos
está tirado en el piso. El lavamanos se desborda y el
agua, al llegar a las baldosas decolora la sangre que
sale de su cabeza, abierta de manera irreversible.
Todo
lo que era Marcos, sus ganas de ver a su madre, sus
amigos crueles, sus miedos y su amor respetuoso por el
piano está esparcido en el granito frío del baño, en
forma de una masa que se mezcla con agua y
aromatizantes, alcohol, coca, marihuana, perfumes,
tabaco, vómito y orines.
A
su lado, con el pelo rojo revuelto, la ropa de marca
rasgada, los ojos sin vida, perfumada, violada y
despedazada, con las entrañas obscenamente revueltas
está ella y tiene, despojada ahora de la más mínima
atmósfera vital, una muerte auténtica que hace pensar,
casi con alivio sobrecogedor, que estuvo realmente viva.
Nadie
toca nada. Estamos en el país de las películas del sábado
por la noche. El único sonido es el del agua que corre
y se lleva los pensamientos de Marcos y los pasea hechos
río por todo el bar.
Nos
sentamos. Alguien toma agua, ron, cerveza, whisky,
aspirinas, cocaína, un cigarro. Hay que llamar a la
policía. Marcos está muerto y todos somos sospechosos.