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DESAFÍOS DEL MILENIO
AMÉRICA ANTE EL ABISMO
No es
posible extender más tiempo el despilfarro de recursos
de la sociedad de consumo. No puede continuar la brecha
abierta entre el potencial del avance científico y su
aplicación a las demandas sociales.
Lisandro Otero |
México
El nuevo milenio que recién comenzó plantea a nuestro continente
latinoamericano serios desafíos. Algunos de ellos han sido definidos por
el economista Enrique Iglesias, Presidente del Banco Interamericano de
Desarrollo. Tenemos un continente de 500 millones de habitantes que en
tres decenios aumentará 200 millones más. La mitad tiene menos de 24
años. Esa juventud enfrenta problemas de acceso limitado a la
Educación, asi como enfermedades de transmisión sexual, consumo de drogas y
alcoholismo. Los indicadores de crecimiento no se reflejan en una
reducción de la pobreza, al contrario, la desigualdad aumenta.
Quienes se encuentran en la cúpula (el 10% de esa población), tienen
ingresos ocho veces superiores a los que se hallan en el 30% de la base
de la pirámide poblacional. El desafío abierto nos provoca la pregunta
¿qué puede hacerse para impedir el incremento de esa desigualdad? Si no
logramos impedir la creciente polarización de la riqueza ¿cuál será el
costo para la democracia? ¿Cómo puede enfrentarse la inestabilidad inherente a
la globalización? Hay que tomar medidas, desde ahora, para que los jóvenes
puedan tener acceso al mercado laboral, sugiere Iglesias.
Hay que prever que las grandes mayorías tengan una participación
incrementada en la adopción de decisiones. La revolución cubana dio a
los latinoamericanos una posible respuesta a todos esos males al iniciarse
a década del sesenta. Pero su ejemplo fecundo sufrió trabas y obstáculos
que impidieron su proliferación. El final del siglo nos atrapa con la
incógnita no resuelta y todos los problemas abiertos.
Hasta ahora todos los sistemas han demostrado la imposibilidad de
soluciones mágicas. La social democracia ha pretendido escapar de la
trampa capitalista. Los reformistas rusos, encabezados por Gorbachev,
pretendieron dejar atrás el comunismo burocrático y centralizador. Ni
unos ni otros han logrado sus objetivos. La revolución conservadora de Reagan
y Thatcher, que inventó las privatizaciones, terminó en la corrupción del
affaire Irán-contras y en la invasión de las Malvinas.
La recesión en el Japón, las tambaleantes economías asiáticas,
demuestran que habitamos un edificio con cimientos asentados en el lodo.
La competencia exacerbada de la economía de mercado conlleva un
despilfarro intolerable. Las agresiones el ecosistema van degenerando
nuestro habitat. El cese de la Guerra Fría ha dejado a Estados Unidos
como dueño incontestado del planeta, lo cual le permite bombardear
impunemente cuanto se le antoje. América Latina es una víctima de este proceso
interactuante de fuerzas dinámicas.
En 1998 la crisis que comenzó en las bolsas asiáticas y con una devaluación monetaria se extendió por todo el mundo. Japón cayó en una
recesión profunda, la primera desde el término de la Segunda Guerra
Mundial; en Rusia el rublo se fue al abismo y en América Latina, Brasil
sufrió una emigración masiva de capitales. El nuevo milenio no presenta
un rostro grato para nuestro continente.
Los países marginales reclaman su derecho a una vida plena y la
equitativa distribución de su riqueza nacional. Para garantizar la
supervivencia de la especie humana es necesario efectuar reajustes y
transformaciones en los procedimientos productivos, las tecnologías y
las
relaciones económicas. No es posible extender más tiempo el despilfarro
de recursos de la sociedad de consumo. No puede continuar la brecha abierta
entre el potencial del avance científico y su aplicación a las demandas
sociales.
En Estados Unidos el 10% de la población disfruta los dos tercios
de la fortuna nacional. El patrimonio de las familias opulentas
aumentó en
un 40% desde 1980, sin embargo en noventa millones de hogares
disminuyeron 10% los ingresos. El trabajador estadounidense gana hoy
menos que hace una década pero gasta más y su productividad desciende,
la deuda se acumula.
La quiebra de las instituciones que el ser humano ideó para
organizar su vida exige el hallazgo de enmiendas, compromisos y
soluciones. La explotación irracional de nuestro ecosistema, unida a
la explosión demográfica que duplicará la población mundial al final del
primer tercio del siglo XXI, causan preocupación a sociólogos y
economistas y los haga prever legiones famélicas lanzarse a una
reclamación violenta de sus más elementales necesidades.
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