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UN INSTANTE DE LUZ
Estando en el teatro, del público salió una voz que
preguntó: “Ahora que está aquí en Miami,
¿piensa volver a Cuba?” Y le dije: “Y a dónde
voy a ir si no es a mi patria. Allí estoy muy
bien”. Entonces otro me preguntó: “¿Y en Cuba
usted puede escribir lo que quiera?” Y
le dije: “Lo que quiera, absolutamente”.
Entrevista exclusiva con la poetisa cubana
Serafina Núñez.
Manuel Henríquez Lagarde
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La
Habana
Cuando la llamé por teléfono para concertar una cita,
Serafina Núñez desechó todas mis inmediatas propuestas
de encuentro. “Tendría que ser más adelante, dijo la
poetisa de 87 años, la semana que viene tal vez, porque
por estos días he tenido mucho frío”.
Una calurosa tarde de
enero, cuando estuve frente a ella en uno de los cuartos
del apartamento de su hija en un edificio de
microbrigada, en el Vedado, fue más explícita: “Sabe
joven —me advirtió con su voz casi inaudible la autora
de Mar cautiva—, me gustaría que fuera breve
porque por estos días no me siento bien. Hice un gran
esfuerzo por cumplir con una invitación que me hicieron
en la Universidad de la Florida y ese esfuerzo me lo
estoy sintiendo ahora. Antes de irme, me di una caída
que me ha dejado mucho dolor en la pierna derecha. Allí
no me dolió, tal vez por la voluntad de no hacer el
papelazo...”
—Sólo tres preguntas
—le dije.
Pero Serafina, toda
vestida de blanco, sentada a mi lado en un sillón, no
parecía muy dispuesta, a pesar de su edad y sus
dolencias, a escatimar recuerdos.
—¿Puede decirse que Serafina entró al mundo de la
literatura cubana de la mano de Juan Ramón Jiménez?
—Puede
decirse. Yo escribía desde siempre, antes de tener 20
años, pero como no sabía si servía o no, no le daba
importancia a lo que hacía. Yo era maestra y no le
enseñaba a nadie mis poemas. Pero cuando llegó Juan
Ramón —él venía muy adolorido de la terrible guerra
española— hizo una convocatoria a finales del 36 para
aquellos poetas que todavía no habían publicado y para
los jóvenes que lo habían hecho, pero que estaban
desvinculados de la literatura y podían tener grandes
obras. Yo, muy modosita y apenada, copié mis cosas y
presenté siete poemas. Era una comisión formada por él,
el doctor Chacón y Calvo y Camila Henríquez Ureña. La
idea original era que aquí todos los años se hiciera una
antología de poesía cubana y se quería comenzar de esa
manera. Desde luego, ayudada y auspiciada por Fernando
Ortiz. Como a los tres o cuatro días él me mandó a decir
que todos mis poemas habían sido aceptados. Después se
hizo un recital muy bonito en el teatro Campoamor que se
llamó el Festival de la Poesía. Se le dio un banquete a
todos los poetas que habíamos tomado parte en el
concurso. Entonces escogieron ellos a un representante
por cada poeta, parece que a gusto, a simpatía, no sé
por qué. El caso fue que me escogieron a mí. Entre los
hombres estaba el reverendo Gaztelu, Florit. Ballagas no
estaba y otros tantos que no recuerdo. Los discursos no
podían ser largos, los llamaban discursos comprimidos,
de cinco minutos. Aquello quedó para publicarse y creo
que a principios del 37, él publicó la antología de la
poesía cubana. Después de eso él me dijo: “Serafina
quiero que sigamos amigos, usted me viene a ver o yo voy
a su casa. Él estaba en el Hotel Vedado con su señora.
Me viene a ver por las tardes, nos comunicamos por
teléfono y hablamos de poesía lírica o del ambiente de
Madrid, de lo que usted quiera y de o que yo quiera, de
lo divino y de lo humano”. Así establecimos esa amistad
y tres veces a la semana, dos veces a la semana yo iba
por las tardecitas. Nos sentábamos en la terracita del
hotel Vedado y hablábamos de todo. Nunca tuvo empaque de
maestro, ni esa hostilidad que la gente dice que tenía;
por lo menos conmigo no la mostró nunca. Siempre fue
amable, gentil y respetuoso, sobre todo, muy respetuoso.
Jamás me dijo quíteme esta a o póngame este
acento en un verso, pudiéndomelo decir. Lo único que me
decía era este poema me gusta muchísimo, el otro no, con
un tono distinto. Salió la antología y nos seguimos
viendo. Y cuando el se marchó en el año 39 quería de
todas maneras que yo me fuera a estudiar a Puerto Rico.
El me dijo que podía vivir en el Liceo de Señoritas y
podía estudiar en la Universidad, pero yo era muy
jovencita y no tenía fuerzas para dejar a mi familia,
sobre todo a mi papá que me quería muchísimo. Me quedé
en Cuba y él se marchó. Y aunque yo soy muy remisa para
escribir, de vez en vez, nos mandábamos recados.
En el año 38 llegó la
Mistral y tuve la suerte de que me acogiera como si yo
fuera una hermana chiquita. Quería que yo desayunara,
almorzara y comiera en el hotel donde vivía y yo le
decía: “Pero no puede ser Gabriela, alguna vez vendré”.
Y ella decía: “No, no, todos los días tienes que venir”.
Fui a recibirla al barco pero con un temor terrible
porque yo no tenía vida literaria, solamente había
publicado mi primer libro que era Mar cautiva con
el peculio de Juan Ramón Jiménez. Es un librito de pocas
hojas que no tiene humos de gran cosa pero que era mi
primera obra seria para entrar en la literatura cubana.
El libro fue bien acogido por todo el mundo y cuando
vino Gabriela Mistral ya yo había publicado un segundo
libro. Los amigos que se habían puesto muy contentos con
el primero me dijeron que me empleara en hacer otro y
entonces publiqué Isla en el sueño, que era un
libro con más páginas. Fui a casa de Gabriela, estaban
las escritoras, los escritores y yo estaba en un rincón
apartada porque me parecía que no debía estar entre
ellos. Pero ella, que era muy perspicaz, levantó la
cabeza y me dijo: “Ven acá mi niña , porque ella me
decía mi niña, ¿qué le pasa que está tan apartada y no
la veo mezclarse con sus compañeras” Y lo le dije:
“Gabriela, ellas son personas que tienen una obra hecha
hace rato en la literatura y yo empiezo ahora. Lo único
que traigo de presentación es este librito”. Ella dijo
me da ese libro y yo le doy uno de los míos para que
vaya a verme y si no conversamos de libros conversamos
de otras cosas, pero yo este le libro le prometo que lo
voy a leer, no una sino varias veces”. Yo me fui para mi
casa contentísima, como si hubiera recibido una estrella
en la mano. Estuve una vez en su casa y a partir de
entonces empezamos a vernos casi a diario. Una vez me
pidió que la acompañara a ver a Juan Ramón. Los dos se
abrazaron con cordialidad y a él se le saltaron las
lágrimas cuando ella le ofreció que todo el dinero que
se ganara por un libro que le iban a publicar, Talía
creo que se llamaba, se lo dedicaría a los niños
huérfanos de la guerra. Entonces aquella leyenda de que
tenían discrepancias...Quizás las hubieran tenido, pero
bueno, eran menores cuando se trataron de esa manera. Al
marcharse, ella me dijo la espero en Florida, pero en
Florida vino la muerte. Y yo estaba estudiando y no
estaba acostumbrada a estar manejándome sola. Mi padre
era un hombre muy recto y después se fue dando cuenta
del ambiente y de que tenía que dejar moverme. Desde ese
momento, ya entré en la literatura.
Vino Mar cautiva,
costeado por Juan Ramón, Isla en el sueño,
costeado por mis amigos. Entonces no existía la imprenta
y nosotros teníamos que pagar los libros si los
queríamos publicar. Se hicieron unos bonos, cada amigo
dio lo que pudo, se hizo el libro y quedó bastante bien.
Era un libro con varias partes, tenía sonetos. El
primero solo tenía un soneto que nadie me enseñó a
hacer. Lo hice sin otras lecciones que las lecturas.
Después apareció Vigilia y secreto que ya es un
libro que me prologa Juan Ramón. Estando residiendo
aquí, él se fue a los Estados Unidos durante poco tiempo
y me dijo que le mandara mis escritos. Yo se los mandé y
el me mandó el prólogo. Un prólogo corto pero muy
bonito. Después de eso vino Paisaje y elegía, mi
cuarto libro que para mí es un libro bastante maduro
como dice la gente y que estaba prologado por Luis
Alberto Sánchez. El libro se publicó en México porque
nos invitaron a Luis Alberto y a mi. El dio una
conferencia y yo un recital y el libro se publicó en los
talleres del periódico Excelsior. Quedó muy bien,
pero no tuvo casi promoción por la guerra, las
condiciones no eran las más propicias para la poesía.
Así pasaron los años
y yo empecé a tenerle miedo, pudiéramos decir, al
ambiente literario y seguí escribiendo pero no me
mezclaba. Era amiga de Lezama, soy amiga de Cintio y de
Fina.
—¿En esa época cuáles fueron los poetas que estuvieron
más cerca de usted, los que más la influyeron?
— Bueno, la misma
Gabriela, Juan Ramón. Cintio, no tanto como poeta, pero
sí como ensayista y narrador. Desde luego, yo tenía una
gran admiración también por los clásicos. Sobre todo me
gustaba mucho Teresa de la Cruz, su fuerza al hacer los
versos y de Gabriela me gustaba también su gran fuerza
de léxico. Pero no tenía la dirección de Gabriela, ni la
de Juan Ramón. Era más bien un poco extraña a todo, con
las influencias de la época como es natural, pero sin
que fueran muy notorias. También Lorca. Yo amaba a
Lorca. Le hice una elegía muy sentida porque lo amaba.
Miguel Hernández me gustaba mucho, por sus sonetos sobre
todo. Y algunas traducciones de Rainer María Rilque. Las
elegías de Rilque a mi me conmovieron muchísimo y creo
que, desde entonces, soy elegiaca.
—¿Cuál es su concepto de la poesía?
—La poesía debe ser,
primero, un instante de luz. Pero además de eso debe
encerrar no solamente belleza, sino conceptos para que
no sea solamente palabra hueca, debe tener también
sentimiento belleza, quizás un poco de filosofía.
Yo le diría a los
jóvenes, a los que aman la poesía, a los sensibles que
entren un poco en sí mismos, que se sienten aunque sea
cinco minutos durante el día a pensar, a meditar en sus
acciones, en sus emociones, en lo que han vivido, visto,
en lo que tienen alrededor; porque para mí los temas
principales del hombre son el ser mismo, la muerte, el
amor. No es que les diga que hablen de esos temas.
Pueden hablar de la primavera, pero no porque salieron
flores y esas cosas, sino pensando en lo profundo de lo
que están diciendo, en lo que lleva encerrado la palabra
primavera.
—¿Cuénteme cómo le fue por la Feria de Miami?
—En la Feria de Miami
me trataron como si yo fuera la primera actriz. Desde
que bajé en el aeropuerto estaba allí un periodista de
Telemundo que me preguntó que le podía decir de mi
poesía. Después, estuvimos en una especie de teatro de
la Universidad de la Florida, que era la que me
invitaba. Me recibieron, se pusieron todos de pie y me
dieron un gran aplauso. Estaba presente Vargas Llosa, el
Nobel de Literatura y personas que yo había conocido en
Cuba. Me saludaron con mucho cariño, pero no usaron
conmigo lo que yo hubiera considerado una falta de
respeto. Es decir, preguntas capciosas sobre la
situación de Cuba o sobre filiación política. Jamás. No
se refirieron para nada a eso. Luego me iban a buscar el
reverendo Gaztelu; Máximo, el que me hizo el libro y el
hijo de Guy Pérez Cisneros, un importante crítico que
hubo aquí del que usted debe haber oído hablar. Me iban
a buscar para almorzar casi siempre dos o tres veces a
la semana. Nunca almorcé en mi casa. Hablábamos de todo,
pero nunca tratamos el tema de filiación. Estando en el
teatro, del público salió una voz que preguntó: “¿ Ahora
que está aquí en Miami, piensa volver a Cuba?” Y le
dije: “Y a dónde voy a ir si es mi patria. Allí estoy
muy bien”. Entonces otro me preguntó: “¿Y en Cuba usted
puede escribir lo que usted quiera?” Y le dije: “Lo que
quiera, absolutamente”.
—A
propósito, ¿por qué Serafina Núñez no escribió durante
casi tres décadas?
—Escribía, lo que no
hacía era publicar. Había una arribazón tan grande de
muchachos, se puede decir, porque eran jóvenes casi
todos, y de personas a quien yo no consideraba con gran
valor, pero que empujaban las ventanas, tenían amigos y
publicaban. Entonces, yo qué iba a hacer. Yo no podía
ponerme en ese plano. Yo escribía en el desvelo de la
madrugada. Y el libro Los reinos sucesivos está
escrito de ese modo. Siempre seguí escribiendo pero son
cosas, se puede decir, recientes, del 90 para acá. Un
día llegó Luis Suardíaz y dijo “Pero cómo tu vas a andar
metida en tu casa. No, de ninguna manera, hay que
hacerte una antología de todas formas”. Llegó el Período
Especial, no se pudo hacer la antología grande que
quería él y un día, Teresita Hernández fue a la UNESCO a
llevar unos libros, Edgardo Montiel que era, además de
amigo mío, muy fiel a la poesía, le dijo: “¿Y no se
podrá hacer una antología, aunque sea pequeña, de los
sonetos de Serafina?” Ella se tomó la demanda, me llamó
y me lo dijo. Yo se lo agradecí mucho pero le dije que
si a estas alturas la UNESCO me iba a ayudar a hacer una
antología debía ser de mi obra completa. Ella me dio
toda la razón y fue así como salió la antología En
las serenas márgenes, (Letras Cubanas, 1999)
que anda por ahí, es reciente.
No publiqué en ese
tiempo por cuestiones familiares, por lo que ya le he
explicado y por algo sentimental.
—¿Va a salir algo suyo ahora en la Feria de La Habana?
—Voy a lanzar un
libro que se llama El herido diamante, (Letras
Cubanas, 2001) tiene prólogo de Fina García
Marruz, es nuevo y bastante nutrido. La forma en que
está escrito es distinta hasta la que ahora he hecho.
Sin ser diferente, pero es distinta y además tengo en la
editorial Gente Nueva un libro que se llama
Canciocillas para niños y jóvenes. Y tengo un libro
inédito que no sé cuándo me lo publicarán que se llama
Penélope, un libro que tiene un pequeño poema de
Juan Ramón a mí. No es muy grande, tiene poemas de amor,
en fin, es variado. Yo acostumbro en todos mis libros a
pasearme por todas las formas métricas, sonetos,
décimas, verso blanco...
—¿Sigue escribiendo?
—Desde que estoy en
esta casa después de la mudanza, solo he escrito un
soneto. Pero hasta hace un año escribí esos libros.
—Para escribir, Dulce María esperaba por la inspiración,
¿qué hace Serafina?
—Yo me desvelo y me
empiezan las ideas a rondar la imaginación y si no
quiero hacer el esfuerzo me molesta para dormir. Tengo
al fin que escribir aquello, luego al cabo de los días
lo reviso. Si no me gusta lo rompo. Y en este libro que
acaba de salir hay una elegía que se llama “Elegía por
mis arrugas” que yo iba a romper, pero Susana Pérez lo
vio y dijo: “¿Cómo vas a romper eso?” Ella lo recita
cada vez que puede y tiene un éxito de público tremendo. |