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LOS
ZAFIROS
Los Zafiros dejaron un delicioso testimonio de su época.
Hicieron converger como pocos, en un mismo acontecimiento cultural, la pluralidad de gustos generacionales y musicales de los cubanos.
Rubén Padrón Astorga
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La
Habana
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Cada época tiene su signo, como cada generación su aspecto que la diferencia de las otras. El arte, como la política, suele ser el rasgo más visible del rostro de una época. La época de Los Zafiros fue de renovación, de enfrentamiento, de ruptura con el pasado. Su música y su éxito no se pueden comprender sino como parte de una amplia transformación en el espíritu de su tiempo.
La posguerra fueron años de silencio, de duda, de nostalgia, de pesimismo; pocas veces ha habido en la historia un sentir más homogéneo, enfocado con horror hacia los años pasados. La época de Los Zafiros cambió de signo. Las miradas se dirigieron al presente y se cargaron de jovial eternidad.
Todo lo que sus textos puedan decir es anémico comparado con el peso que tuvo la vocalización en el cuarteto. Los Zafiros surgieron en medio de una proliferación de grupos vocales. La posguerra fue una crisis de desconfianza en la palabra, y la voz se convirtió en argumento de libertad. La vocalización es la negación de la palabra. Liberar la voz es gritar sin palabras y sus canciones son duelos entre la letra y la voz.
No obstante, sus cortos textos son elocuentes. En La caminadora la mujer sale impetuosa a mostrar sus encantos, exageradamente, como si se tratara de un acontecimiento. Se la observa a cierta distancia pero sin llegar a ser inaccesible. Es tiempo de acercamientos, de comunión, por eso la frase "caminando va" se alarga indefinidamente con el paso de ella. Por primera vez el ambiente se hace respirable y el espectáculo agradable a la vista. La contemplación del universo es placer. En la caminadora, el fondo vocal que sostiene el texto no para nunca y reproduce con su sonido… el de una locomotora. El tren puede ser símbolo de fuga, de ruptura, pero también es letanía contemplativa. La joven que camina lo hace para ser absorbida por las miradas, no para huir de ellas; no para escapar sino para trazar un camino. El trazo de caminos es la cuestión vital.
Hermosa Habana es su ejemplo más significativo de nostalgia. Pero la nostalgia no la lleva el cuarteto a sus espaldas. Más parece un atributo de La Habana que de la canción misma, una marca que deja la ciudad en cuantos la piensan, en cuantos le dedican su canto "como gemir de violines". La frase "gemir de violines" es más nostálgica que todas sus canciones juntas y, sin que pase por alto, los violines sólo le tocan a la
Habana.
En cambio, Mis sentimientos desborda tristeza. Se trata de un bolero y, quién lo duda, los boleros se inventaron para cantar tristezas. Solo que hay que ver de qué tristezas se está hablando.
Mis sentimientos es tal vez el único éxito en que Los Zafiros se trasladan al pasado a recordar la ruptura de una relación amorosa. El que canta no se siente joven. Con su experiencia vislumbra el final y no puede concretar rumbo cierto. Rumbo cierto, final, experiencia, son términos de desentono en los Zafiros, de desacople en su aparato temático. En ellos no hay rumbo cierto sino esperanzas, no hay experiencia sino lozanía, no saben de finales sino de futuros. Por un extraño giro esta canción enfoca el pasado que se han dado en ignorar. Las excepciones que confirman reglas casi siempre salvan las discontinuidades de discursos tan lineales como el de Los Zafiros. Cantarle al pasado que se detesta, revivir el desamparo, son fórmulas de épocas más sedadas, de menos enfrentamiento; de épocas enfermizas, si se quiere. Las barricadas no se levantan para contemplar lo que hay tras ellas, sino para negarlo. A los Zafiros les pica la curiosidad, alzan la cabeza y el fogonazo los alcanza.
En cambio, Herido de sombra, otro bolero, también le canta a la ruptura, pero a la ruptura como antítesis de la felicidad que se busca. Esta es época de uniones a las que se confía la futura convivencia y
Herido de sombra es una reprimenda a todo lo que la impida, sin que por ningún lugar haya tristeza.
La exhortación al amor, muy jovial pero rotunda, es el nexo entre las canciones de Los Zafiros.
Herido de sombra y He venido son las rupturas más sobresalientes, pero el resto de sus grandes éxitos son temas que no admiten negativas, en los que el amor es el destino inevitable. Llama la atención particularmente en ellas las continuas vocalizaciones, que se entrelazan con los textos.
Bellecita, Y sabes bien, Puchunguita ven y Rumba como quiera son cantos a la posibilidad. No le piden a las cosas que cambien sino que se lo imponen. Le exigen al amor que se arquee a sus deseos, que se haga eterno; a la mujer que les ame, como en
Un nombre de mujer que en un grito interminable llama al amor desentendido.
En Rumba como quiera, su gran declaración renovadora, dicen: "…
baila la rumba mulata, pero báilala hasta afuera, porque esta rumba se baila, mi mulata como
quiera…" y luego "… baila la rumba como quiera, baila la rumba a tu
manera…".
Bailar mal, como quiera, es algo que el Señor Choteo nunca permitiría. En Cuba no saber bailar se tolera aunque para los que saben parezca antihigiénico, pero bailar
comoquiera es algo que nuestro sentido del ridículo no perdona. Los Zafiros, cubanos auténticos, creían lo contrario.
Es cierto que Los Zafiros nunca fueron un acontecimiento mundial, aunque reprodujeran un sentimiento que la humanidad incubó por más de una década. Pero no sólo dejaron un delicioso testimonio de su época sino que hicieron converger como pocos, en un mismo acontecimiento cultural, la pluralidad de gustos generacionales y musicales de los cubanos.
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MEMORIAS ANTERIORES
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