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ROBERTO ESPÍ
Sahily Tabares
“Escucha, escucha, con ese bolero, enamoré a tu madre.
Tremenda voz la de Espí”, decía el viejo, y se quedaba
embelesado junto al tocadiscos, que reproducía la
cadencia de una pieza enternecida por esperanzas, dichas
y otras impaciencias del corazón.
La voz “tremenda”,
abaritonada, de Roberto Espí, formó parte de la trilogía
de los grandes del conjunto Casino, junto a Roberto Faz
y Agustín Robot.
Alto, delgado,
octogenario, fumador impertinente, con la pasión de
recuerdos y anécdotas frescos en la memoria, lo recuerdo
en su casa del reparto Casino Deportivo, en La Habana,
donde vivió hasta su muerte hace poco.
Aunque en la
conversación a veces reclamaba precisiones “del asesor”,
su hijo René Espí, director de programas en Radio
Ciudad de La Habana, recorrió sin titubeos su paso
por la música y por el conjunto Casino, grupo musical
que alcanzó su mayor auge en la década del 50 y se
distinguió por la calidad del repertorio y las voces,
ajuste en los metales y acoplada sección rítmica.
La relevancia
artística del conjunto quedó registrada en grabaciones,
filmes, teatros, programas de radio y TV, y
especialmente en salones de baile en Cuba y numerosos
países de América Latina.
Trovador
empedernido
“En 1944, durante una
larga gira por México, quedé al frente del conjunto
Casino. Esteban Grau, anterior director, se enfermó y
tuvo que regresar. Por él llegué al septeto Casino. Él
quería firmar un contrato para actuar en el Gran Casino
Nacional de la playa, el centro turístico más importante
de la capital en aquella época, y quise ayudarlo.
“En el grupo tuve la
primera dificultad con el pianista, Enrique Rodríguez,
el diablo rojo. Tocaba de afición, y yo tenía que
ajustarme al tono en que él pudiera desenvolverse mejor.
Era un virtuoso, espectacular, pero rechazaba toda
propuesta de estudiar música.
“Para ser sincero, en
realidad no me gustaban los grupos grandes, con metales,
bajo, piano y tumbadora. Lo mío era la trova. Quizá por
influencia familiar, siempre preferí el acompañamiento
de la guitarra. Formé parte de dúos, tríos y cuartetos,
desde mi debut junto a Mario Soto (1935), en la emisora
de Cienfuegos, donde nací.
“Por la insistencia
de Grau, una persona excelente, siempre volvía al
Septeto. ‘Chico, necesito un bolerista como tú, no te
vayas’, decía. Y no es que él fuera muy romántico; sino
que los bailadores pedían boleros. Con la RCA Víctor
grabamos Cada noche, un amor, de Agustín Lara;
Canción del alma, de Rafael Hernández y en el
reverso, Con la lengua afuera. Todos fueron
éxitos de victrola.
“Te confieso, que lo
de septeto me chocaba. El nombre no se correspondía con
nuestro formato y empecé a luchar por la denominación de
conjunto. El pedido no le agradó al representante de la
casa discográfica. Argumentaba que el cambio
significaría ir contra el éxito comercial del producto.
No obstante, seguí insistiendo. Éramos ocho y después
doce. Teníamos piano, dos o tres trompetas y marímbula.
Esteban Grau tocaba el tres muy ritmático. Las razones
convencieron y el septeto comenzó a llamarse conjunto
Casino.”
Al duro y sin
guante
Roberto Espí no
ocultó su alegría al revisar fotos viejas, y tal vez,
para sí, repasaba algunos boleros, guarachas, sones,
mambos y rumbas que hicieron mover los pies a más de una
generación de cubanos.
“Antes había que ser
bueno para comer del canto. La cosa era al duro y sin
guante. No existían legislación laboral, ni jubilación.
Solo contábamos con cajas de retiro que desfalcaban los
gobiernos corruptos.
“Se exigía
profesionalidad, disciplina, correcta forma de vestir.
Nada de ir disfrazados o mal vestidos, como ocurre ahora
con músicos de algunas agrupaciones, y hasta salen por
televisión.
“El conjunto Casino
no logró popularidad de la noche a la mañana. Trabajamos
intensamente. Aquí se bailaba en toda la Isla a diario.
Por lo general, regresábamos de las provincias de
madrugada. Nos esperaba el Show del Mediodía,
programa de TV, en vivo, que amenizamos durante cinco
años.
“Soñolientos y
cansados mantuvimos ese rigor, y un programa estelar de
Radio Progreso, donde alternamos con artistas
destacados de varios países.
“No te niego que
teníamos algo muy particular, si un número tenía futuro,
le pedíamos al Niño Rivera, tresero y compositor, que
hiciera la orquestación. Ese fue un factor determinante
en los éxitos del conjunto Casino, con independencia del
talento y la maestría de sus integrantes.
“Puedo mencionarte
nombres significativos: Pepe Delgado, compositor y
arreglista; Robertico Álvarez, pianista formidable,
conocía el repertorio y los arreglos de todas las
agrupaciones de La Habana, lo llamaban para una
suplencia, y sustituía a cualquiera. Era excepcional. Y
qué decir de Nico Acevedo y Rolando Baró, pianistas
destacados, y de Roberto Faz y Agustín Robot, dos joyas.
“Los buenos brillaron
siempre. Teníamos un sistema de cooperativa para
estimular a las primeras figuras con porcentajes
pequeños que distinguían su personalidad y calidad
artística.
Las cosas como son
Espí no se ponía
serio para decir cuatro verdades y más. Hablaba con la
convicción de quien va por el lugar debido. Respetó
mucho el arte, la decencia, el compromiso con el
público, la música.
A los 85 años, claro
y receptivo, sagaz e intuitivo, reconoció que “es
excelente el estado de la música cubana. Adalberto,
Formell, José Luis Cortés, Issac Delgado, tenemos muchos
compositores y cantantes valiosos.
“Lamentablemente, no
todos los géneros tienen la difusión que merecen. Por
suerte, el bolero está ganando un espacio. A veces, en
el extranjero se escuchaban más boleros cubanos que en
nuestro país.”
¿Y la salsa?
Espí arruga el
entrecejo, y se mueve inquieto, más inquieto.
“Es nuestro ritmo;
incluso nuestro repertorio. Hay grupos salseros que
interpretan piezas de autores cubanos. Eso de la salsa
es una etiqueta. Las raíces, la esencia, todo sale de
Cuba.
“Un número con salsa,
era un número con ritmo. Pero no se le puede dar la
connotación de algo nuevo, diferente. Allá quienes se
dejan confundir. Eso es música cubana, donde quiera que
la toquen.
“Siempre me
emocionaron la fidelidad, la autoctonía. Recuerdo que en
1953 fuimos a Nueva York para actuar en el cabaret
Tropicana. Firmamos un contrato, y a la semana
surgieron dificultades con intérpretes cubanos y
caribeños, que se quejaron a la Federación de Músicos de
nuestra presencia en Estados Unidos.
“Hubo dos
excepciones: Gilberto Valdés y Arsenio Rodríguez. Ambos
subieron al escenario, y nos apoyaron. Arsenio, aquel
ciego maravilloso, dijo: ‘eso es un asunto patriótico, y
yo toco con ustedes’.
“Arsenio era muy
sensible y solidario, y aunque carecía del sentido de la
vista, tenía un oído fino. Un día Faz llegó al bar
Okay, en Zanja y Belascoaín, donde se reunían los
músicos cuando terminaban de actuar en centros nocturnos
y cambió la voz al saludarlo. Arsenio le contestó:
«Vamos, Faz, déjate de boberías, te conozco bien».
“Cuento todo esto,
porque me gusta la sinceridad, el modo de ser del
cubano. Vaya, las cosas como son.”
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