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BAJANDO POR CALLE
DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL
DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE
VIII-
LA MESA DE LOS TOREROS
Reinaldo Montero
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En la esquina con Aguiar, el café Europa, a escasos
veinte minutos de empezar a recorrer Calle Del Obispo,
que veinte minutos es suficiente para lidiar un toro con
trapío, puntas, y ávido para acudir al capote. Y al
fondo, la mesa de los toreros.
Ahí los tienes, sentados, más tiesos que los palos
delgados revestidos de papel que clavan en el
cerviguillo.
Obsérvalos uno a uno. Mazzantini, /que bonito capotea /
y pone las banderillas,
/ hace la memela al toro / y lo mata de rodillas,/ un
artista, que actuó hace poco en una obra de teatro a
beneficio, y en el tercer acto protagonizó con la
primera dama de la compañía el beso más escandaloso de
La Habana. El mexicano Ponciano Díaz, con rostro de
caporal, que prefiere los números de escalofrío, y
órale, Ponciano, lo saludan aquí por lo bajo, le gritan
en la plaza a voz en cuello. Martincho, que en el ruedo
es locura cuando ordena que pongan la mesa, y se para
sobre la marquetería, y le colocan el toro, y el toro
embiste, y en el momento justo, Martincho
salta con el pulso de un Calderón y la cólera de un Don
Quijote, dicen las gacetillas. El Habanero, que
banderillea con la boca, y en la corrida del domingo se
vio desarmado, en mala colocación, y no saltó la barda,
movió lento los brazos, quebró la figura en momento
preciso y hurtó el cuerpo, /Torero valiente / sin miedo
a la muerte./ Lorencillo, el hábil como no hay dos para
brincar sobre el testuz con una pértiga y caer a pie
firme, que en virtud de esa suerte le han pasado cosas
de gracia y de desgracia, de peligro y guasonas, como
quien dice para todos los gustos. Machaquito, el mejor
con los pies dentro de un sombrero, que el torero debe
dar ventaja al toro, ha dicho, y con pies ensombrerados
sube y baja los brazos don Machaquito, como convocando,
y las manos nunca rebasan la altura del hombro, que en
lo ortodoxo hay más mérito, también ha dicho, y en el
momento preciso,
salta del sombrero, y nunca ha recibido ni topetazo,
según dicen. Guerrita, que gusta citar al toro sentado
en una silla, ¿las piernas hacen falta para torear?, y
hasta capotea de espaldas porque es cuento lo de te
quitas tú o te quita el toro, él ni se quita ni lo
quitan, dice. Hermosilla, que prefiere los parones de
escalofrío, y qué conmoción cuando se acuesta y espera
sosteniendo con las piernas en alto una olla de harina
que al dar con el testuz estalla en oro. Lagartijo, que
debutó con mala sombra, pero ya está colocando
banderillas de escasas tres pulgadas, y no hace mucho
mató montado en zancos. Tancredo, el que se viste de
blanco para hacerse El Tancredo, /Hay que ver a don
Tancredo / subido en el pedestal,/ da miedo la manera de
no importarle ni toro ni corrida, y la idea le vino,
según dice, estando en el centro de la isla, por Las
Villas, cuando vio el comendador de Don Juan Tenorio. El
Limeño, que se arriesgó no hace mucho de la manera más
intrépida para salvar al picador, remató el lance con
gallardo adorno, y comentan que luego ejecutó suertes no
vistas con pases ideales que convirtieron a un toro
vicioso en ideal. El Gallo, que mata cruzando los
brazos, que quien no haga la cruz se lo lleva el
demonio, pero antes se coloca, hace que el toro se fije
en la muleta, le da salida, porque el toro que no
arranca, se le arranca, y solo entonces arrastra el pie
izquierdo, y con la mano derecha sostiene el estoque más
abajo del mentón, y a entrar con velocidad, o
recreándose si la res lo permite, que ahí es cuando
viene la cruz y el hundir la espada para matar más que
el cólera, mientras que otros con la mano en el tupé o
en el pecho, o con un volapié por lo alto de lo más
alto, matan menos que un estornudo, dicen. Cara Ancha,
muy orgulloso de mirar con lentes, y de estar con la
flor de la flor en café tan distinguido, y de que un
asta le haya partido la pleura cuando el toro quiso
clavarlo en el santo suelo, y a Cara Ancha lo sacaron
con una ancha sonrisa, desesperaba por tener una herida
para lucir la cicatriz, que un matador sin corná dónde
va a poner su orgullo, y en cuanto se levantó de la
cama, a ejercitar la fraternidad padre en este café, que
no duele la herida, sino la maldita sutura que es más
pequeña que un chiste. Conejito, que se arrima con el
capote y la muleta como cayendo encima de los bichos, y
los bichos como si tuvieran plátanos por cuernos, hasta
que un toro de Nandín pasó completo bajo la franela, y
de pronto, se encontró Conejito saltando por el aire,
¿cómo pudo ser?, pues todavía espera que alguien se lo
explique. El Tato, que alterna familiar y maestramente,
aunque andaba en mala racha, hasta que se le presentó un
segundo toro hace dos domingos, /Salga el bicho del
chiquero, / que lo maten los toreros / en medio del mes
de mayo / cuando los toros son bravos,/ y en la misma
puerta del toril lo saludó con el aletazo, y el toro se
revolvió con codicia, y él lo engañó a placer, y repitió
el toro, y repitió él, y empezó a achicarse el toro, y
él a crecerse en aquel redondel enorme, borracho entre
gallardas, serpentinas, molinetes, decidido a salir no
por sus pies, sino en hombros o en camilla, hasta que se
vio con la espada en la mano frente al toro, y el animal
le dijo, coge escopeta o te rompo las tripas, y él le
iba a explicar que los matadores no usan escopeta, pero
prefirió entrar a fondo sin más cuento, y mató, y nada,
que de haber sido otro el autor de la proeza, estarían
hablando hasta el día del Juicio. El Marinero, que toma
tanta manzanilla como detesta las suertes extravagantes,
porque el género modernista irá bien en variété, pero el
clásico es lo que cabe en la fiesta, y quizás por eso se
extrema, y en vez de lograr una lidia seria, reposada,
se la pasa rematando los pases sin brillo, ¿o tendrá el
mal fario?
Ahora vas a comprobarlo, porque no es cierto que los
toreros hablen con frases cortas entre largos silencios,
con aplomo rondeño sí, o con soltura sevillana también.
/Ronda con su Tajo / le dio la hondura, / Sevilla y la
Giralda, / alas y altura./ Aquí, en este café, un joven
llamado Parmeno, un niño llamado Joaquín Vidal y tú, los
escuchan.
Estoy que me atraganto de tanto toro bronco, bruto, que
no hay quien entienda. Los miuras son inlidiables, y
nada brutos, alzada escandalosa sí, pesar como elefantes
sí, el cuello que no se les acaba nunca sí, inteligencia
que asusta sí, y cuando da usted luces a un toro, ¿qué
queda para el matador?, y cuánto talento les regala a
esos bichos los pastos que me sé, porque yo trato de ser
perito en ideas de miuras, ¿o una espada no tiene que
matar lo que salga del toril, así sea el toro
evangelista? Algunos, al salir, te dicen, anda, atrévete
a barbarizar que soy un perdido, y a otros se los lía
uno a la cintura y les coge los cuernos arrodillado,
pero los más traen intensiones de incógnito, y te zumban
al aire en cuanto te descuidas, como el asesino de la
ganadería de Anastasio que me tocó hará tres semanas,
que era más bien pequeño, y parecía una piedra por lo
quedao, aunque arrancaba como un ciclón en lo oscuro, y
mugía como la infelicidad, y yo, sudando sangre, entonces
me dije, le llevaré la contraria, y él se empeñó, y ni
modo podía contrariarlo, hasta que di un pase que me
ilusionó, y al rematar, con el toro en los vuelos del
capote, bajé el brazo derecho, levanté el izquierdo,
giré un poco, y repetí cargando la suerte, y así varias
veces, soltándome, sintiendo el toreo, sin fijarme en
reglas, se torea como se siente, y el terreno que era de
la bestia, empezó a ser mío a fuerza de nervio y de ese
animal que convertí en una guitarra, y lo maté a gusto,
y no convencí más que a la chusma y a los intelectuales.
Las de ole que se saca si te arrodillas, y cuando uno se
arrodilla es porque la guitarra no suena bien. A escoger
entre el cornúpeta montaña y el que parece borriquete,
me quedo con el montaña, el peligro es el mismo, y con
el grande hay lucimiento, y con el chico, irrisión. Los
toros, con sol y moscas, y a torearlos con la gracia que
cada cual trajo al mundo. El toro bravo está en
decadencia, arremeten bien contra el caballo, luego se
aploman y pasan a la defensa, un desastre. No, los
buenos ganaderos van logrando el stradivarius, por
ejemplo, Domecq los hace cortejanos, agradables desde
las puntas de los pitones hasta la penca del rabo, y en
la casta Santa Coloma no falla la viveza y la boyantía
que necesita el arte. No me gusta que el apoderado y la
cuadrilla me hablen de los tres lotes de dos reses, y me
da buena espina que el toro sea negro como un tintero.
En la mesa de noche, mi mozo de espadas se mete una hora
para armar la capillita repleta de estampas, pero rezo
poco. A mí, una vez me dio por ofrecer misas al Gran
Poder de San Lorenzo de Sevilla, que como ustedes saben
es muy milagroso, y no seguí ofreciendo porque como soy
buen pagador, iba a torear para los curas. Esto del
toreo es política, el que no dispone de padrino, se
queda sin bautizar. No me gusta comer antes, quizás una
tortilla francesa, o mejor una naranja de las que no son
ni ácidas ni dulces, como las de un patio de Sevilla
donde madura un limonero, que por la noche ya vendrá la
cena fuerte con litros y litros de agua, y el estómago
de este tamaño por tanto susto. A mí me crece más la
barba, me cambia la voz, me pongo agrio, hasta los poros
se me agrandan, y sudo como lágrimas derramó La
Magdalena. Yo empiezo a tararear cien tonadillas y no
termino ninguna. Pues yo cuando entro en el traje casi
no quepo, y cuando suenan los clarines del miedo, me
sobra. A mí me impresionan más los timbales del
soponcio, el retumbe me dura hasta la noche. Nada
impresiona más que el toro plantao en los medios mirando
con cien ojos, hace que uno se acuerde de la familia, y
a rezar los caballeros, y las damas a llorar, /que
Cuatro caballos llevan / al que fue rey de toreros./
¿Puede haber algo peor que lidiar presintiendo la
desgracia, sufriendo el horror de ser matador? Y el
público suelta la mosca para que lo tengas sin resollar
de puro susto. Yo pienso siempre que dentro de dos horas
será de no-che y la corrida habrá terminado, es cuestión
de esperar, y nunca caer en el recuerdo, por ejemplo, de
la vez que los amigos me negaron una muerte en Talavera
con los ojos como tomates, tampoco necesité que
hablarán, y así cogimos el coche, y sin mirarnos, como
si hubiéramos reñido, llegamos a la plaza, y menos caer
en el recuerdo de mi madre, que no me parió para
ajedrecista, y vi un día cómo le rodaban lagrimones como
perlas, y le dije, ¿por qué llora usted?, y ella, que
por nada, hijo, porque me miras y me alegro. Se torea
porque los contratos se firman meses antes de tener que
cumplir, con fecha tan lejos como el Japón. Pero da
ilusión la faena, como si fuera una felicidad
perdurable. También da miedo ser feliz. Solo cuando uno
sale al ruedo con un nudo en la garganta porque
comprende que puede convertir la peligrosa realidad de
una bestia en algo sutil, es capaz de transmitir al
público la grandeza del toreo. Vendimiar una viña
burlando al guarda, que gracias a las viñas no mueren
los espadas jóvenes, llegar a la plaza de un pueblo
perdido abarrotada de gentuza que vocifera como
energúmenos, y en ese ambiente de encono pelear con una
bestia resabiada, ése es el puro arte taurino, lo demás
son muecas de húngaros, se lo digo yo, que soy de Ronda
y puedo llamarme Gayetano. Cuando la castaña cae del
árbol, viene la última corrida, y uno suspira hasta la
primavera, si al apoderado no le da por traerte a estos
sitios de América. Un purazo, y a vivir. /Tengo mi
cuerpo de coplas / que parece un avispero, / se empujan
unas a otras / por ver cual sale primero./ En cuanto
cogí el capote por el cuello y me lo eché de un golpe
sobre la muñeca, empecé a soñar con billetes grandes. Si
alguien nos garantizara lo necesario para vivir, se
acaba el toreo y este palique. Como no va a pasar, reto
a la humanidad taurina entera, que hasta en la forma de
pedir un café se me nota que soy hombre respetuoso de
cualquier bicho viviente, incluyo a los húngaros, que
con pandereta y oso han llegado al tercio final, y mucho
humo y manzanilla, y unas copas en el buche, que hay que
vivir alegre.
Y el joven Parmeno susurra algo al niño Joaquín Vidal.
¿Qué? No olvides estas reliquias, porque mañana, nuevos
toreros caerán en la cuenta de que la suerte de matar es
la más arriesgada, y de la suprema, que consiste en
recibir, pasarán al volapié, luego a la estocada en las
péndolas, hasta que lleguen al bochornoso bajonazo, y
como el tercio de quites mide el poder y la alcurnia, la
terna de diestros se pondrá de acuerdo y quitará los
quites, y como el toreo de capa es complicado, no va a
torear de capa ni Dios. Entonces, ¿no hay esperanza,
maestro? Sí, la hay, cuando en edad muy futura aparezca
uno que primero te olerá a pipiolo, y no, que deberás
llamarlo El Restaurador.
No están las señoritas toreras. La Fragosa, La
Garbancera, La Guerrita. Faltan en este café sin mujeres
que se llama Europa. Y falta también Europa, la hija de
Agenor, la de extraordinaria blancura, la raptada por
mercaderes cretenses y llevada en andas de un navío con
mascarón de proa en forma de toro, ¿o fue raptada por un
capitán llamado Tauro?, ¿o por un toro llamado Zeus? No
es anuncio a la americana como los de Ángel Arcos, pero
si Europa cupo en una isla, la Isola Cuba cabe en una
calle con café.
Vas a salir del café Europa, de esta plaza con lidia
variopinta, con dos siglos de vida taurina, y notas que
ya esto no es café, sino cafetería, cafetería a la americana,
con gente que acude a su pesebre, y come algo lo más
rápido posible, y a correr, siempre la prisa, ¿a la
muerte también puede llamársele prisa?, a la muerte bajo
arte taurino, no, y a la otra tampoco.
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