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PIÑERA:
EL SÍ DE LOS NOVENTA
La
obra toda de Piñera se alzará sobre
nuestros desquiciamientos, léase angustias, absurdos,
despropósitos. Lo cierto es que Virgilio es como otra
cara de la luna en la poética del arte insular.
Omar Valiño
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La Habana
Virgilio Piñera cumple noventa años, pero el número del
título no obedece a esta celebración sino a otra, aunque
me alegre la coincidente ambigüedad. La fiesta a que me
refiero ha sido más larga que un cumpleaños, ha
atravesado los últimos dos lustros del siglo XX,
precisamente, eso sí, en la novena década de vida del
autor. Durante estos años tan desgarradoramente intensos
y particulares, la obra y la presencia de Virgilio nos
han querido acompañar sin servirse de aniversarios u
otros congéneres similares.
Después del injusto silencio al que lo sometió la errada
política cultural de los setenta, década al término de
la cual muere en anonimato, relativamente
joven aún; el peso de Virgilio ha ido reconquistando su
lugar en el concierto de la cultura del país.
De forma paulatina en los ochenta, parte de su obra se
edita (Una broma colosal, Muecas para
escribientes y Fogonazos, por ejemplo), se
estudia (podríamos mencionar aquí a Bárbara Rivero,
Raquel Carrió y Rine Leal), y la drámatica comienza a
representarse luego de muchos años fuera de los
escenarios (no olvidemos los montajes de Abelardo
Estorino sobre Aire frío, de Flora Lauten sobre
Electra Garrigó y el menos recordado de Leonardo de
Armas y Osvaldo Doimeadiós sobre Un jesuita de la
literatura, en este caso adaptación de un cuento.
Justo en 1990 aparece aquella verde revista Unión
con un amplio dossier sobre su vida y obra, afirmando en
su nota editorial que Virgilio “tal vez sea entre
nosotros el autor más ignorado, célebre y olvidado.” Sí
y no. Arribábamos a la explosión piñeriana.
Aquel año Roberto Blanco estrena en Cuba Dos viejos
pánicos y más tarde Electra Garrigó, la
primera sirvió para marcar el inicio de ese período de
nueva visibilidad de la obra de Virgilio. A partir de
ahí, directores de varias generaciones se hacen cargo de
sus piezas, convirtiéndolo en el dramaturgo cubano más
representado de la última década del siglo. Pepe Santos
da a conocer Una caja de zapatos vacía; Raquel
Revuelta, El no; Tony Díaz, Jesús; Alexis
Díaz de Villegas, El trac; María Elena Ortega,
Arropamiento sartorial en la caverna platómica.
Carlos Díaz con Teatro El Público ha realizado La
niñita querida y María Antonieta o la maldita
circunstancia del agua por todas partes, espectáculo
este último que en su primera versión usaba la poética
virgiliana como subtexto; algo similar a lo que Nelda
Castillo hizo en El ciervo encantado al usar
La isla en peso. Pancho García sintetiza Aire
frío. Raúl Martín con Teatro de la Luna ha
construido todo un repertorio piñeriano: El flaco y
el gordo, La boda, Los siervos,
Electra Garrigó, El álbum y varias coreografías a
partir de poemas. En la danza, han sido de primera
importancia María Viván, de Rosario Cárdenas y
El pez de la torre nada en el asfalto, de Marianela
Boán. Se ha montado también en Ciego de Avila, Santiago
de Cuba y Sancti Spíritus. Y para colmo de bienes,
primero William Fuentes y luego José Milián lo han
convertido en personaje.
No es poco, pero por qué. Desde que, precisamente, con
“La isla en peso” (quizás el poema más polémico del
siglo XX cubano), abandonara todo pintoresquismo, toda
complacencia con el ser nacional y lo presentara, si
bien a través de la mediación de la poesía, de una
manera otra; la obra toda de Piñera se alzará sobre
nuestros desquiciamientos, léase angustias, absurdos,
despropósitos. Lo cierto es que Virgilio es como otra
cara de la luna en la poética del arte insular.
Por tanto, el sí de los noventa no tiene que ver nada
más, ni esencialmente, con que a la obra piñeriana le
“tocaba”, o con una restauración con objetivos
políticos. Si no con la profunda correspondencia entre
el espíritu de la época, de los lenguajes artísticos
contemporáneos y la vitalidad propia de tal teatro.
La desesperación resultante de la situación económica;
la crisis ideológica; la transformada organización
social, hasta entonces dominante; el primer plano ganado
por la heterogeneidad y el reconocimiento de la otredad;
la nueva conciencia sobre la insularidad; y por otra
parte la prevalencia en las artes de fin de siglo del
juego, el humor, la ironía, el absurdo, el grotesco, la
máscara, la reflexión sobre la familia o el poder...
explican los sucesivos abordajes a la obra de Virgilio.
Ha sido el intento de hallar definiciones sobre la
circunstancia humana y social de la Cuba finisecular. Y
Piñera fue, aun por vía negativa, un definidor. Su
poética es una permanente búsqueda ontológica sobre la
cubanidad; y la desestructuración padecida por la
sociedad insular ha obligado a una mirada ontológica que
se convierta en un asidero más sólido que cualquier
estado transitorio.
Ese desplazamiento en el arte nacional de un canon
sociológico hacia un canon ontológico (que no excluye
rasgos del anterior), ubica el triunfo virgiliano.
Piñera nos enseña a ver y pensar la cubanidad de un modo
inédito, como inéditos han sido lo últimos años de esta
su Isla, rodeada de agua por todas partes.
Nota:
Texto leído por su autor en el evento
"Noventa Virgilios", organizado por la revista Tablas
que él dirige en homenaje a los noventa años del
natalicio de Virgilio Piñera, jornadas de las cuales
La Jiribilla dará cobertura en el próximo
número.
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