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CON PERDÓN DE LOS TERRÍCOLAS
F. Mond
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La
Habana
Varios miles de años
antes de que la atmósfera de Marte se pusiera hecha una
bazofia, sus habitantes habían abierto una complicada
red de canales que surcaban la superficie del planeta.
Más tarde, edificaron sus ciudades a orillas de estos
canales y como todas ellas tenían forma de poliedro, si
se las miraba desde cinco mil pies de altura, aquello
parecía un inmenso canal, o un cuadro abstraccionista de
Mondrian, o un amontonamiento de piedras. Pero no estaba
mal.
Korad era la principal ciudad marciana: daba nombre al
planeta y se encontraba situada en la margen izquierda
del Gran Canal Meridional. Allí, en uno de los octaedros
que formaba parte del edificio central del Consejo
Supremo, se reunió un pequeño grupo integrado por tres
miembros de la comisión designada para conocer del
informe final sobre el «Caso Iílef». En la pequeña sala,
iluminada solamente por una tenue luz ambarina, los tres
marcianos, sin intercambiar palabras –porque eran
telépatas–, pusieron en funcionamiento sus cinturones
anti-grav para flotar cómodamente, mientras se
aprestaban a escuchar al sintetizador analógico
encargado de recibir los datos sobre el caso,
memorizarlos y, posteriormente, elaborar la exposición.
El «Caso Iílef» había tenido mucha repercusión. Dadas
las circunstancias en que se produjo y la trascendencia
de los hechos, el máximo órgano de gobierno había puesto
en juego todos los recursos para investigar hasta los
más mínimos detalles del asunto. No en balde los
semblantes del trío reflejaban una honda preocupación. Y
un marciano preocupado era algo muy serio.
La luz cambió del ámbar al verde; ahora las manos y las
caras se tornaron pálidas al fundirse ambas tonalidades
cromáticas. Una voz plana, caracterizada por la ausencia
de inflexiones, anunció:
Sintetizador Analógico XEK-3A. Elaboración Korad 42-157.
Informe a la comisión designada por el Consejo Supremo.
Caso Iílef.
El koradiano Iílef reemplazó, subrepticiamente, a uno de
los investigadores especiales encargados de registrar la
evolución en los hábitos de vida, desarrollo intelectual
y social de los habitantes que pueblan nuestro vecino
más cercano, el Séptimo Planeta.
El Séptimo Planeta era la Tierra, contando desde Plutón
hacia acá, como quien viene de la estrella Alfa Centauri,
a mano derecha. No hay pérdida.
Es conveniente hacer un poco de historia, a manera de
introducción, con el fin de ayudarnos a formar una idea
más precisa de las causas que contribuyeron a llevarlo
al Séptimo Planeta, así como de ciertos aspectos que
coadyuven a esclarecer su conducta posterior sin ser
partidarios, bajo ningún concepto, de justificarla.
Hemos estudiado con detenimiento su ficha y, en toda la
extensión de la banda magnética de su expediente
personal, no ha sido posible hallar índice alguno que
nos dé muestras de haber poseído una inteligencia
medianamente brillante. En el período de su vida
estudiantil, no se observa ni un solo destello que lo
haga sobresalir o destacarse entre sus condiscípulos.
Como es lógico, su coeficiente no va más allá de 3B;
prueba de ello lo constituye el hecho de que, aun
contando dos órbitas completas de edad, era incapaz de
reducir una ecuación fluctuante. Los informes periódicos
del monitor catódico muestran que la parte consciente de
su cerebro carecía del poder de concentración suficiente
que le permitiera asimilar el mínimo de conocimientos
estipulados como elementales para nuestro intelecto. Se
observa en él una marcada tendencia a divagar
mentalmente, a «soñar despierto», para ser más exactos.
Pedimos se nos excuse por el empleo de formas de
expresión ya obsoletas, pues se nos dificulta
sobremanera encontrar, dentro de la terminología actual,
el vocablo idóneo para referirnos a estas anomalías
psíquicas tan anacrónicas hoy día.
Todo parece indicar que puede afirmarse categóricamente
que Iílef era un perfecto imbécil en toda la extensión
de la palabra.
Su interés por el Séptimo Planeta comienza a hacerse
palpable al iniciar los estudios básicos de astrofísica.
Es durante esta etapa que construye un telescopio
mediante la utilización de materiales desechados por el
laboratorio de la Academia, basándose en unos diseños
muy antiguos que se conservan en el museo del referido
centro. Con este instrumento se dedicó a realizar toda
una serie de observaciones por cuenta propia; primer
eslabón en la cadena de errores que lo conduciría, como
es lógico, a conformar ese complejo de ideas absurdas
sobre las cuales habría de apoyar posteriormente su
disparatada tesis.
¿En qué consistía aquella «maravillosa» idea? He aquí un
resumen de la misma: Iílef pretendía ponerse en contacto
con los habitantes del Séptimo Planeta para instruirlos
hasta que alcanzaran nuestro nivel científico y acelerar
de esta forma su evolución. Dicho así no serían unos
propósitos censurables, sino todo lo contrario. Pero el
asunto adquiere otro cariz cuando se trata de una
civilización con un desnivel de desarrollo tan grande,
respecto al nuestro, que hace prácticamente imposible el
entendimiento mutuo, la afinidad de criterios y la
identidad de propósitos. Téngase en cuenta que la etapa
evolutiva más avanzada de ese planeta se corresponde con
la nuestra durante el período conocido por Era de los
Primeros Estados, cuyo florecimiento se produjo hace
alrededor de veinte mil órbitas completas.
Iílef no supo valorar esta situación y se empecinó de
tal forma, que esta idea llegó a convertirse en una
obsesión. A pesar de todos los argumentos opuestos que
seguramente encontró durante el proceso de elaboración
de estas conjeturas, el koradiano mantuvo sus criterios
invariables pues no tenía la intención de ceder ni un
ápice en sus puntos de vista, síntoma propio de los
cerebros cuyo funcionamiento sufre ciertas anomalías de
carácter excepcional en nuestros tiempos. No debe ser
motivo de sorpresa el hecho de que semejantes
razonamientos se produzcan en casos con antecedentes de
esta índole. Tampoco es nuestro propósito abundar en el
análisis neuropsiquiátrico de Iílef con el ánimo de
hallar el origen de las motivaciones que lo impulsaron a
elucubrar este compendio de ideas carente de buen
sentido y que más tarde lo indujeron a ejecutar acciones
contrarias a lo establecido por nuestras normas de
conducta.
El segundo eslabón en la cadena de errores esta
representado por la videotecaria. El trabajo de la joven
consistía en suministrar a las computadoras toda la
información recibida en videoramas; provenientes de los
grupos de investigadores diseminados por diferentes
puntos cercanos a la superficie del Séptimo Planeta.
Como es sabido, el acceso a estas informaciones se
encuentra limitado a los especialistas en la materia
para evitar que los neófitos pierdan su tiempo, y se lo
hagan perder a los especialistas, con indagaciones sobre
detalles que, a la postre, no son fundamentales.
Posteriormente, ya depurados, se ponen a la disposición
de cualquiera que los solicite.
Iílef se interesaba por las versiones originales que le
facilitaba su compañera, por lo que sus visitas a la
videoteca eran frecuentes. En la última de ellas terminó
por perder el juicio para ya no volver a encontrarlo
jamás.
Acababa de recibirse una información que correspondía a
una gran isla situada entre dos masas continentales; sus
habitantes la llamaban Atlantis. La joven,
después de revisarlas, consideró que serían de suma
importancia, pero, precisamente por eso, guardó cierto
recelo en mostrárselas a su amigo, pues, conociendo sus
ideas, aún no estaba muy convencida de la certeza clara
y manifiesta de las mismas. Es más, se hizo el firme
propósito de ocultárselas hasta tanto no tuviera pruebas
irrefutables de la sensatez de sus proyectos. Pero
aquella misma tarde la visitó Iílef.
No vamos a reproducir aquí la secuela de frases
ridículas con las que nuestro «héroe» saludó a su amiga;
sería recargar este informe de sensiblerías huecas. Sólo
diremos que éste llevó la conversación al asunto,
desplegando tanta fuerza y vigor en sus argumentos, que
la joven se extasiaba al escucharlo. Insistió con tal
vehemencia en sus razonamientos que, frases como «la
gran contribución al progreso de otros seres...»,
«...las miles de órbitas abreviadas»; el hecho de
«poner toda nuestra experiencia y nuestra cultura al
servicio de un mundo que nace...»; el «...acortar
la pesadilla del proceso intermedio...» y otros
disparates por el estilo la impresionaron tanto que,
«espontáneamente, le habló de los videoramas recibidos
sobre Atlantis. Sin detenerse a pensarlo dos
veces, y menos a examinar con cuidado las consecuencias
de su acción ni su responsabilidad por lo que de ésta
pudiera derivarse, facilitó a Iílef la posibilidad de
estudiar una información destinada a otros fines.
Proyectaremos ahora las mismas imágenes que tanto
impresionaron a nuestro sujeto. Debe desconectarse
cualquier equipo anti-grav pues su campo produce
interferencias.
Los integrantes de la comisión interrumpieron el
funcionamiento de sus cinturones, permaneciendo de pie
en el centro del recinto. Esto constituía una molestia
pues se habían acostumbrado a vivir flotando. Por eso
sus piernas ya se habían acortado un poco y todos eran
de canillas flacas.
La intensidad de la luz disminuyó hasta la oscuridad
absoluta, pero tan sólo por unos instantes. Poco a poco,
las tinieblas se fueron disipando y la imagen de una
ciudad los envolvió. El videorama adquiría el máximo de
nitidez.
A gran altura, un pequeño grupo de nubes se perfilaba
contra el cielo, cuyo azul se confundía en el horizonte
con las aguas del mar. El lugar correspondía a un
embarcadero que ocupaba ambas márgenes a la entrada de
un canal. Varias naves de diversas formas y tamaños se
encontraban fondeadas a lo largo de las orillas; otras
esperaban un poco mas lejos, meciéndose al compás de las
olas, como en un cachumbambé líquido. Era muy notable el
febril dinamismo desplegado por los cientos de hombres
ocupados en la carga y descarga. El continuo ir y venir
de la gente, el concierto de gritos y exclamaciones en
varios idiomas era realmente impresionante. Los rayos
ardientes del sol estival arrancaban destellos de las
inquietas aguas y hacían resplandecer los cuerpos
semidesnudos y sudorosos. Y los latigazos frecuentes,
repartidos aquí y allá, arrancaban tiras de pellejo de
las encorvadas espaldas. Esta circunstancia nos induce a
pensar que aquellos hombres andaban con todos aquellos
bultos a cuestas no muy contentos que digamos.
La voz del investigador que había tomado las vistas,
explicaba:
«Estas secuencias pertenecen a una zona del Séptimo
Planeta ubicada en 3R-2-2. Se encuentra rodeada por una
extensión de agua denominada Atlántico, al parecer, un
derivado de Atlantis, nombre con el cual se conoce a
esta isla. Nos encontramos en la desembocadura del Canal
Principal. Obsérvese ahora por qué lo llamamos así.»
De inmediato, el trío tuvo la sensación de ser elevado
hasta gran altura para contemplar a sus pies toda la
isla.
Al norte, una alta montaña exhalaba de su cima blancas
volutas de humo que ascendían hasta confundirse con las
nubes. Al sur, y desde el mismo pie de la montaña, se
extendía una planicie sobre la que se dibujaban tres
canales circulares concéntricos, los cuales eran
cortados por dos canales diametrales, perpendiculares
entre sí; estos últimos atravesaban las franjas
circulares de tierra entre uno y otro anillo acuático,
al mismo tiempo que servían para comunicar por cuatro
puntos diferentes el pequeño núcleo central donde
parecía radicar el punto neurálgico de aquel pueblo. A
aquellos que no hayan podido imaginarse este lío de
canales, les recomendamos se den un saltito hasta la
cocina y se fijen en la forma que tienen las hornillas
del fogón.
Cada porción de tierra se hallaba aislada de la otra: en
ambos extremos, por los canales diametrales; mientras
que, por los lados, limitaba con sus respectivos arcos
acuáticos de, tal, forma que el acceso a la misma sólo
era posible por vía naval. Los ocho sectores sólidos se
empleaban en la producción agropecuaria y eran habitados
por campesinos, tropas reales y miles de esclavos. El
centro resultaba ser un ruedo que albergaba al palacio
real, al templo en honor al dios Atlas, jardines y
viviendas de los miembros y de los servidores de la
corte.
Si en algo las ideas de Iílef mostraron cierta cordura,
fue en su apreciación de que ésta era la zona de mayor
desarrollo intelectual de todo el planeta. Un sistema
urbanístico de tal envergadura requiere del aporte
intelectual de un equipo de trabajo bien preparado, así
como de una ejecución apoyada en notables recursos
técnicos A continuación podrán verse otros detalles no
menos significativos: el sistema de canales.
El videorama trasladó nuevamente a los espectadores
hasta el lugar donde el llamado «Canal Principal»
desembocaba en el mar. Las vistas se habían tomado como
si viajara hacia el interior del complejo humano.
En la medida en que se remontaba el canal, ambas orillas
se iban haciendo más altas hasta alcanzar unos veinte
metros. Grandes bloques de piedra cubrían los taludes,
evitando así la acción excesiva de los elementos
naturales. En la intersección con el primer anillo –el
mayor de todos–, dos columnas sostenían una enorme viga
de madera de la cual colgaba la puerta de cobre que
servía para cerrar el paso a cualquier embarcación. Un
grupo de soldados, armados con lanzas y protegidos por
largos escudos, custodiaba el lugar. De igual forma se
protegía el resto de los cruces. Navegando por uno de
los canales circulares podía apreciarse que, en toda su
extensión, se encontraba bordeado por un muro que hacia
imposible el acceso a tierra, si alguien hubiera podido
subir por las escarpadas orillas. Sin duda alguna, todo
se habla planificado minuciosamente para cumplir un
triple propósito: convertir una gran ciudad en una
fortaleza inexpugnable; resistir indefinidamente
cualquier asedio y hacerles la vida imposible a las
ratas escaladoras de murallas.
«Pasemos ahora al núcleo central. He aquí una vista
aérea del palacio real, en el punto medio y más alto del
círculo.»
Formaba una construcción rectangular, sobre una especie
de meseta poco elevada, a la cual se llegaba subiendo
una rampa muy larga, de escasa inclinación. El edificio
era de piedra, en cuyo centro se abría un patio con
jardines y una fuente. Sobre el ángulo derecho, en la
parte delantera, y ocupando la mitad del frente, se
elevaba una torre cuadrada cuya altura sobrepasaba dos
veces a la de la edificación.
A la izquierda del palacio se hallaba la pirámide de
base cuadrada destinada a los sacrificios. Daba la
impresión de que sus escalones habían sido moldeados en
una enorme roca maciza, pero en su interior se abría una
gran bóveda rectangular donde podía apreciarse la
imponente figura del dios, adosada a la pared del fondo
y muriéndose de aburrimiento entre dos enormes columnas.
En el lado derecho del edificio central, se elevaban
cinco pabellones, rectangulares también, cuya función
era la de servir de alojamiento a los miembros del
gobierno y de la corte. La servidumbre ocupaba el último
de ellos, imitando con los jardines que se extendían
desde el fondo del palacio hasta el canal del tercer
anillo acuático.
El interior de la mansión real se encontraba dividido en
salones de paredes adornadas por pinturas. Algunas de
ellas recogían escenas de la vida cotidiana; otras,
batallas entre dos ejércitos de soldados muy
estilizados. En todos los dibujos las figuras eran
planas, con líneas bien marcadas, sin siquiera una
perspectiva lineal, mostrando el rostro de perfil y el
torso de frente. Verdaderamente, debía ser muy difícil
caminar así. Parece que se trataba de una costumbre muy
arraigada. O de algún culto ancestral al cangrejo. ¡Vaya
usted a saber!
En el ala del fondo había tres recintos; el del centro
servía de habitación al soberano; el de la derecha, a su
consorte y el otro fungía como sala de audiencias.
El videorama llegó a su fin. Un breve lapso de oscuridad
y otra vez la tenue luz verde. Los comisionados
volvieron a su posición anterior, flotando cómodamente,
a la vez que el sintetizador retomaba la palabra:
Cuando Iílef abandonó la videoteca, después de
presenciar estas escenas, una idea se había fijado, en
su cerebro, marcando el derrotero de sus próximos pasos:
viajar al Séptimo Planeta en calidad de investigador
especial y, una vez allí, entrar en contacto con la
civilización de Atlantis. Pero había una
dificultad a superar: su expediente. Él sabía que con
tales antecedentes no habría de ser declarado apto ni
tan siquiera para trabajar en las estaciones de nuestros
satélites naturales. Fue por eso que tomó una decisión
arriesgada: falsificar una ficha con el expediente de un
conocido suyo que se encontraba en esos momentos pasando
el examen físico de los investigadores especiales. ¿Cómo
pudo confeccionar la nueva tarjeta de forma tan precisa
que fuera capaz de engañar al robot Ident-B1? La
respuesta es simple: utilizó los mismos elementos que se
emplean en su fabricación, o lo que es lo mismo, «hizo»
un original falso. Tercer eslabón en la cadena de
errores: no haberse previsto que, aunque
excepcionalmente, existía la posibilidad de que el Ident-B1
fuera burlado. Por lo tanto, era necesario haber
establecido un control adicional que ampliara el margen
de seguridad hasta lo imprevisible. Continuemos.
El día 157 de la órbita 412, se reportó la salida de la
nave tipo PL, con rumbo al Séptimo Planeta. Nuestra
estación intermedia KRD-5 informó haberla detectado en
los parámetros de la ruta acostumbrada, pero ninguno de
los seis satélites artificiales que circunvalan el
Séptimo Planeta verificó su llegada a éste. Al parecer,
supo pasar inadvertido. Los pormenores de su estancia
allí aún se desconocen.
Iílef no cabía en sí de gozo. La idea de cambiar el
rumbo usual para acercarse al Séptimo Planeta sin ser
detectado por las estaciones marcianas había dado los
resultados previstos. Tan sólo la estación intermedia se
había percatado de su presencia, pero sin interrumpir el
viaje, señal de que aún era desconocida su jugarreta.
«Ya verán cómo, a la larga, tendrán que reconocer mis
méritos y darme la razón —pensaba—. Sólo me falta hallar
un sitio apropiado para ocultar la nave. Si reduzco la
potencialidad del campo, no me verán en la oscuridad.
Bueno, cualquier atlante que vea la nave desde abajo
pensará que es un plato o algo parecido, aunque en esta
posición, quedo cubierto por la montaña. La ciudad está
al otro lado y no creo que alguien pueda andar
merodeando por estos lugares tan inhóspitos. Es un
volcán, evidentemente. Quién sabe el tiempo que llevará
inactivo. El cráter expele una buena cantidad de humo,
me parece que no es un lugar muy adecuado para
descender. Seguiré buscando.»
La nave se deslizaba silenciosamente, paralela a la
vertiente septentrional. Parecía un plato tapado por
otro, pero su brillo no era el de la porcelana, sino
metálico. El equipo radiolocalizador detectó una
abertura de considerables proporciones. El vehículo
espacial se detuvo frente a ella y se le acercó. Unos
disparos ultrasónicos bien dirigidos fueron suficientes
para eliminar cualquier obstáculo, Iílef disminuyó aún
más la traslación horizontal, mientras los controles
automáticos se encargaban del resto. La caverna se
ensanchaba interiormente lo suficiente para albergar dos
naves; el acceso a la misma era prácticamente imposible
por otro medio que no fuera el aéreo, pues la entrada se
abría en un farallón a gran altura. Resuelta la
instalación de su «base de operaciones», Iílef abandonó
la nave por la escotilla superior y se elevó lentamente,
como regodeándose ante la perspectiva de comenzar a
poner en práctica su anhelado sueño. Desde lo alto de la
bóveda, contempló la silueta plateada del vehículo.
Luego se trasladó por el aire húmedo hacia la entrada,
donde la claridad de los primeros rayos solares había
hendido las tinieblas, abriendo una brecha en sus filas.
Ya en el exterior, la línea costera se dibujaba
tortuosamente a sus pies. Era la falda opuesta a la
ciudad, donde el monte descendía muy abrupto para
terminar en unos acantilados. Sólo un par de auras
fueron excepcionales testigos, mirando con recelo a
aquella figura humana que, enfundada en un traje gris
acero, invadía sus predios. Una de estas aves, ya
entradita en años, comentaba con otra no menos vieja, a
la vez que arreglaba unas briznas de paja en el nido:
—¡Qué barbaridad! La humanidad está perdida. Ni aun aquí
podemos vivir tranquilas. ¿Viste a ese hombre que salió
de la cueva?
Tras un suspiro, la otra aura movió entristecida su
calva cabeza.
—Sí —repuso con amargura—. Todos los días inventan una
locura diferente. Son tiempos difíciles, dona Carroña.
No dude usted que, cualquier día de estos, decidan
suprimir hasta el sacrificio de toros a tos dioses y no
tengamos ni una entraña que llevarnos a la boca.
—Eso sería el colmo. Las tripas de los animales
ofrendados constituyen nuestro único sustento desde que
los ejércitos dejaron de combatir. ¿Recuerdas qué
atracones nos dábamos después de aquellas grandes
batallas?
—No me lo recuerde, vecina, que se me erizan las plumas
del cogote. Aquéllos fueron años de esplendor; raro era
el día en que no contábamos con cientos de cadáveres
suculentos.
Doña Carroña estiró el pescuezo para secretearle a su
amiga:
—Dicen que ha sido obra del Gran Sabio, que mete las
narices en todo y tiene al rey hecho un babieca. Siempre
está ideando extravagancias que no lo dejan gobernar
como es debido.
—Tan serias que parecían sus intenciones cuando llegó
proponiéndole al soberano que construiría armas
terribles que acabarían con legiones enteras en un
santiamén, ¡farsante!
—Es un arribista. Después que obtuvo el cargo de Gran
Sabio, se acomodó y lo único que ha hecho es contar
historias inverosímiles de su lejana tierra y adular al
rey y regalarle chucherías a la reina.
—¿Y cómo fue que cayó aquí ese pelmazo, doña Carroña?
—Nadie lo sabe con certeza. Un día se apareció en el
muelle tratando de que algún dueño de barco le comprara
unos aparejos que según él, servían para extraer o
cargar bultos en las naves sin tener que estibarlos a
lomo de esclavo.
—¡Santo Atlas! Pero eso es absurdo.
—Claro que lo es. Por suerte nadie le hizo caso y tuvo
que llevarse sus..., polipastos, creo que así los
llamaba, sin éxito alguno. ¡Quitarles el trabajo a los
pobres esclavos! ¿Habráse visto injusticia mayor?
—Vamos hacia el caos, doña Carroña, hacia el caos. Son
los síntomas de la decadencia. Hoy día estamos a merced
de cualquier embaucador de pacotilla.
Ahora fue doña Carroña quien suspiró y dijo:
—Así es, vecina, lamentablemente —abrió sus alas en un
gesto de despedida—. Voy a ver si forrajeo algo por ahí.
Hasta la vista. Y ya sabe: fe y adelante.
—Vaya usted con Atlas, doña Carroña. Y tenga cuidado con
las fumarolas del volcán, pueden chamuscársele las
plumas si vuela bajo.
Doña Carroña se alejó, volando pesadamente, mientras la
vecina continuaba en sus labores domésticas.
Ajeno a todo este chismorreo, el marciano disfrutaba de
una deliciosa y primaveral mañana terrícola. El anti-grav
funcionaba a la perfección; lo mantenía en el aire como
una pluma. Empleó el día en describir circunvoluciones
sobre la isla, manteniéndose a gran altura. No obstante,
descendió en el borde humeante del cráter y en otras
regiones desiertas para tomar vistas de su flora y de la
fauna, tan diversa como abundante. También recogió
algunas muestras de rocas y minerales. Al caer la tarde,
regresó a su escondite con el propósito de estar listo
para su ansiada incursión nocturna al palacio.
El Gran Sabio del reino ocupaba el piso superior de la
torre cuadrada que se elevaba sobre el palacio real. El
recinto, como el resto de las habitaciones, era
espacioso y de altas paredes. A través de una elevada
abertura rectangular, practicada en una de ellas, podía
verse un pedazo de cielo. La débil llama de una antorcha
iluminaba tenuemente un ángulo de la estancia; su luz
mortecina reptaba por las paredes en un esfuerzo inútil
por alcanzar el techo»
Una mesa alargada ocultaba sus tablas bajo fragmentos de
tela o papiro, algunos enrollados; otros, desplegados,
mostrando símbolos y dibujos donde predominaban el rojo,
el amarillo y el negro.
El anciano se encontraba de pie, inclinado sobre la
mesa. El peplo azul le caía holgado sobre el cuerpo
enjuto, formando grandes pliegues. A su derecha,
diseminados sobre las piezas de tela, aparecían varios
objetos extraños, al parecer, rústicos instrumentos de
medición.
De no haber sido por el constante musitar del viejo,
hubiera podido afirmarse que el silencio era absoluto.
Iílef no quería asustarlo, por eso no se presentó de
forma súbita, sino que se deslizó furtivamente por la
abertura para ocultarse en la penumbra de un rincón. Lo
llamó por medio de una emisión telepática:
Gran Sabio...
Éste se
enderezó cuanto se lo permitía la cargada espalda y, aún
sin comprender lo que sucedía, su cerebro percibió el
otro mensaje:
Soy tu amigo, no temas.
Mas sorprendido que antes, se volvió hacia la entrada.
Estoy aquí,
en el ángulo a tu izquierda.
Ahora la mirada del viejo se dirigió hacia allí,
escudriñando en la oscuridad, pero no podía verlo; Iílef
se confundía con las sombras.
He venido para ayudarte en tus investigaciones. Me haré
visible y así podremos entendernos mejor.
Iílef fue cambiando la coloración de su figura hasta
volver al estado normal, a la par que los ojos del
anciano se abrían desmesuradamente. Luego parpadeó y
sacudió la cabeza para ahuyentar aquella aparición, pero
fue inútil, la visión se obstinaba en permanecer allí, a
veinte pasos de él.
Iílef rompió el silencio.
—Eres el primer hombre que entra en contacto con un ser
de otro planeta.
El anciano continuaba mudo, al parecer sin reponerse aún
de la sorpresa. Instantes después, con voz temblorosa,
pudo articular algunas palabras:
—Así que..., no eres una alucinación que...
—No —interrumpió el
marciano—, vengo del Sexto Planeta, represento a una
civilización más avanzada que la tuya.
—¡Menos mal! —dijo el anciano mientras cruzaba los
brazos y lanzaba un suspiro de alivio.
Esta vez fue Iílef quien se sorprendió. Le extrañó un
poco aquella salida del viejo y la aparente tranquilidad
que reflejó su rostro cuando tuvo la certeza de que no
estaba viendo visiones. Quiso impresionarlo y se elevó
lentamente, casi hasta tocar el techo. El viejo no
cambió su postura mientras lo seguía con la mirada hasta
que descendió a su posición anterior.
—Vaya, vaya, han progresado bastante, hasta el punto de
haber descubierto la naturaleza del campo gravitatorio.
—¡Cómo! —exclamó Iílef con voz de falsete.
—Sí, no hay dudas de que el desarrollo de la ciencia
adquiere las características de una progresión
geométrica.
Estupefacto, el marciano, sin saber cuáles debían ser
sus próximos pasos, aventuró una pregunta que al viejo
pareció tonta:
—Pero... ¿No me vas a confundir con un dios o con su
representante?
—No digas boberías, quizás si te hubieras aparecido ante
el Sumo Sacerdote, el muy imbécil lo hubiera creído así.
Pero mi primera impresión, y al mismo tiempo mis
temores, fueron otros.
—¿Cuáles, si se puede saber?
Una leve sonrisa se dibujó en los secos labios del
anciano. Sus ojos se achicaron y casi se perdieron bajo
las pobladas y blancas cejas. Descruzó los brazos y se
apoyó en el borde de la mesa.
—Que hubieras sido un producto de la materialización de
mi pensamiento.
—Pero...
—No, todavía no estoy muy seguro. Tendría que someterte
a algunas pruebas.
El Gran Sabio se sentó en una rústica banqueta de
madera, invitando a Iílef a hacer lo mismo en otra.
Ahora sus gestos eran más desenvueltos.
—Vamos, siéntate, hay mucho de qué hablar.
—Gracias..., pero, puedo sostenerme en el aire, es más
cómodo.
—Preferiría que te sentaras. No te inhibas de la
gravedad. En primer lugar, porque requerirías un
esfuerzo mental; en segundo, si piensas estar un
tiempito por aquí, debes adoptar las costumbres de esta
gente o de lo contrario notarían enseguida algo raro en
ti, son tan ignorantes como suspicaces.
—No acabo de salir de mi sorpresa. Mientras más hablas,
menos comprendo cómo sabes tantas cosas que yo...
¡Espera! ¿Dijiste que no me «inhibiera» de la gravedad
porque sería un esfuerzo..., mental?
—Claro. La inhibición gravitatoria puede lograrse
mediante un proceso de autosugestión. El cerebro puede
crear una radiación muy sutil, pero muy potente, que
contrarreste la acción del campo gravitacional y llegue
a neutralizarlo. ¿No lo sabías?
Iílef se dejó caer sobre la banqueta, más por la
sorpresa que por sus deseos de sentarse. El viejo movió
la cabeza indulgente y se entretuvo en hacer unos
plieguecitos en el peplo, sobre la rodilla. Su mirada
resbaló a lo largo de la pierna y se detuvo en los dedos
que se asomaban entre las tiras de su sandalia, los
contempló unos instantes, y llegó a la conclusión de que
necesitaba recortarse las unas.
—No puede ser, no puede ser... —repetía Iílef.
—¿Qué es lo que no puede ser? ¿La inhibición
psicogravitacional? Eso es más viejo que andar a pie. Al
principio se le llamó levitación, en ese afán de
ponerles nombres disparatados a las cosas desconocidas,
pero eso fue hace muchos siglos..., adelante. Iba a
decir «siglos atrás». Cuesta trabajo acostumbrarse a
pensar en lo que fue sin que todavía haya
sido, ¿comprendes?
Iílef quiso decir algo, pero el viejo, al ver la cara de
estúpido que puso, le tomó la delantera.
—No, creo que no has comprendido ni papa...
—¿Ni papa? ¿Qué quieres decir?
—Es una expresión muy antigua de mi país, luego te
explicaré. Hablemos de ti ahora. A ver..., dijiste que
te llamas Iílef, ¿no? Y que vienes del Sexto Planeta...,
a ver..., ¿el Sexto Planeta de este sistema solar?
—Si..., lo llamamos..., Korad.
—Nosotros lo llamamos Marte. Así que eres marciano,
vaya, vaya —dijo el viejo, pensativo, pasándose la mano
por la barba—. Debí habérmelo imaginado. Está claro, en
esta época Marte aún no había... Continúa, hombre, digo,
marciano.
—...Pues, he venido porque, de acuerdo con mis datos,
ésta es la zona más avanzada del Séptimo Planeta...
—Llámalo Tierra, ése es su verdadero nombre.
—...Bien, pues, como decía, ésta es la zona más avanzada
dé la Tierra. Ahora me lo explico. Quería poner en
práctica mi hipótesis sobre el desarrollo de las
civilizaciones, pero ya tú has trabajado en eso, desde
luego.
—Pues te equivocas, yo no tengo nada que ver con ese
asunto, estoy aquí por otra cosa bien distinta, no te
mandes a correr...
—¿Pasa algo? —preguntó Iílef asustado, mirando a su
alrededor.
—Nada. Pero no tomes al pie de la letra todas las cosas
que digo. Suelo usar frases o expresiones muy antiguas y
muy particulares que se me escapan inconscientemente.
Iílef comprendía cada vez menos. Llegó a pensar en que,
tal vez, hasta se hubiera equivocado de planeta.
El viejo se había puesto de pie con inusitada ligereza.
Caminaba de un lado a otro del recinto, frotándose las
manos. Su rostro, que parecía haber rejuvenecido,
mostraba una sonrisa sarcástica; los movimientos eran
muy vivos y hasta el peso que le doblaba la espalda
había desaparecido, mostrándolo en la plenitud de su
estatura. Era alto y de complexión fuerte según se
adivinaba bajo la túnica. ¿Sería aquél un investigador
de su mismo planeta que se le había adelantado? De ser
así, todo se había echado a perder. El viejo lo miraba
insistentemente. Destellos vivaces brotaban de sus ojos.
—No, Iílef, no soy marciano, soy de aquí. Ahora que ya
has pasado la prueba, puedo hablarte con más confianza.
Y digo que has pasado la prueba, porque ya estoy seguro
de que mi cerebro no te ha materializado. Eso es un buen
síntoma. Significa que aún estoy en completo dominio de
mis facultades mentales.
Hablaba con mucha desenvoltura, matizaba cada frase con
un gesto de sus brazos, ladeando la cabeza, avanzando un
pie más que otro, en fin, parecía cada vez más joven y
hasta un aire casi infantil se desprendía de él cada vez
que se volvía, agitando la falda de su túnica.
—Sí —continuó—, no sería la primera vez que el
aislamiento prolongado de nuestro medio habitual nos
hace crear imágenes corpóreas como una
compensación a ti soledad. El hombre siempre ha sido un
ser sociable y lo seguirá siendo, pero cada vez con
mayor complejidad...
Ya sé que en esta tela hay muchas personas más,
exactamente 42 137 hasta ayer por la tarde, pero éste no
es mi mundo, mi civilización. No puedo comunicarme con
ellos de la misma forma en que lo hago con uno de mis
contemporáneos. Estoy obligado a representar un papel,
por eso es que uno llega a sentirse limitado, aislado
socialmente. Así se crea una sensación de soledad que va
haciéndose cada vez más profunda y como consecuencia,
aparecen los síntomas del cansancio o del agotamiento
mental por incompatibilidad con el medio. De ahí que
nuestro organismo trate de restablecer el equilibrio,
suministrándonos aquello que nos falta, o sea, la
compañía de un semejante con el cual podamos establecer
un intercambio social acorde con nuestro propio nivel
comunicativo.
—Por eso creíste que yo...
—Que tú eras una
materialización producto de la tercera función psi.
Pero te sometí a varias pruebas: primeramente, fuiste
incapaz de interpretar algunas frases que son de mi
dominio muy particular; después, lo de la telepatía: una
imagen psi no emite irradiaciones telepáticas;
por último, en tu apariencia física hay detalles
diferenciantes: por ejemplo, el color y la forma de los
ojos, la textura de la piel... Una imagen psi
concuerda cabalmente con nuestros semejantes.
Iílef se aventuró a decir:
—Entonces.... pero, lo que no acabo de comprender es el
hecho de que tú...
—Claro, yo sé lo que estás pensando, percibo que te has
formado tremendo lío en tu cerebro tratando de adivinar
qué es lo que hago aquí, quién soy, y millones de cosas
más, pero hay que ir por partes. No te agites, ya verás
cómo todo se arregla, hombre, digo, marciano.
El viejo arrimó una banqueta a la de Iílef y toma
asiento. Se echó hacia atrás, apoyando los codos sobre
la mesa y cruzó una pierna sobre la otra
desfachatadamente.
—Mira, marciano, empiezo por decirte que soy de aquí,
pero no soy de aquí...
—Pero...
—Cálmate, compadre...
—¿En qué quedamos? ¿Soy marciano o soy compadre?
—Compadre
es un modismo muy antiguo. Ya te he dicho que suelo
hablar así, no te desesperes, lo comprenderás todo, ya
verás.
EL viejo se aprestó a comenzar su explicación mientras
la luz temblequeante proyectaba dos sombras a lo largo
del piso; una, quieta, como expectante; la otra,
gesticulando a más no poder, vivaz, dinámica y rematada
por una hirsuta cabellera.
—Me llamo Larx. Soy terrícola, es decir, soy de aquí,
pero no de este tiempo. No pongas esa cara,
es lógico que no entiendas. Tus conceptos sobre el
espacio y el tiempo son muy convencionales y estrechos.
Si pretendiera explicarte en un momento lo que ha
costado siglos de estudio a mi gente, sería algo tan
absurdo que ni valdría la pena intentarla siguiera.
—Pero, al menos... —interrumpió Iílef.
—Sí, al menos te diré que vengo del siglo XXVII,
exactamente del 2665, año en que se cumple el
aniversario 650 de la Gran Transformación. ¿Cómo he
podido «retroceder» hasta esta época? Bueno, fue posible
mediante un cambio de fase a través de la cuarta función
psi. Eso no te dice ni pitoche, pero, por el
momento, debes aceptarlo así y nada más. No creas que ha
sido algo accidental, todo lo contrario, he «venido»
aquí deliberadamente y con un propósito bien definido...
—Eso sí puedo adivinarlo, o mas bien, deducirlo. Dime si
he acertado: pretendes ayudar a esta civilización con
tus conocimientos para hacerlos avanzar y..., pero, ¿qué
te pasa?
Larx hacía esfuerzos casi inútiles por contener la risa.
Sus mejillas se habían puesto coloradas reprimiendo a
duras penas la carcajada que pugnaba por interrumpir al
marciano. Al fin, dio rienda suelta a su hilaridad. Rió
con todo el cuerpo a tal punto que tuvo que aguantarse
de la mesa para no caer.
—¡Jaaa, jaaa! ¡Qué buen chiste! No sabía que los
marcianos fueran tan jodedores.
—Hablo en serio —dijo Iílef, asumiendo una actitud
grave—. No le veo la gracia por ninguna parte.
—Pues yo sí —Larx se secaba las lágrimas con la parte de
la túnica que cubría su hombro. Se sacudió la nariz
estrepitosamente y ya más calmado, continuó:
—Lo único que he logrado en los doce años que llevo
aquí, es que se laven las manos antes de comer. Y eso lo
pude conseguir a base de mucho esfuerzo. Primero tuve
que disuadir al Sumo Sacerdote, a este de ahora, porque
al anterior, ni modo. Las únicas veces que se puso en
contacto con el agua, fueron aquellas en que un aguacero
lo cogió desprevenido. Cuando murió, tenía una costra de
churre...
Iílef permanecía incrédulo. Iba a pensar que el
terrícola no se había tomado interés suficiente
en el asunto, pero se contuvo; valía más «bloquear» sus
pensamientos repitiendo insistentemente una fórmula
matemática cualquiera. Larx pareció no captar esta idea
fugaz pues su cerebro se encontraba atareado en el
ordenamiento de las ideas que comenzó a exponer
seguidamente:
—Te decía que había venido aquí con una misión a
cumplir. Verás, soy historiador, especializado en el
estudio de las épocas sin historia; quiere esto decir
que, durante el desenvolvimiento de la vida en nuestro
planeta, existieron períodos en que los pueblos aún no
eran capaces de dejar constancia de los hechos más
significativos a lo largo de sus vidas y así
perpetuarlos para las generaciones futuras. ¿Te das
cuenta?
—Sí —contestó el marciano—, no habían escrito su
historia.
—¡Ahí está!
—¿Quién?
—Es una expresión afirmativa, compadre. Sigo. Pues yo me
dedico a estudiar esas «lagunas» en la historia, al
mismo tiempo que voy recopilando la información que nos
falta para completar la secuencia evolutiva de cualquier
pueblo o estadio de nuestra civilización.
Larx se había puesto de pie y nuevamente se paseaba de
un lado a otro sin dejar de mover los brazos; unas veces
los enlazaba a su espalda, otras, levantaba el índice
para puntualizar una frase.
—Como te iba diciendo: antiguamente, para reconstruir un
período histórico, había que basarse en la documentación
existente. En algunos casos ésta bastaba, pero en otros
era muy escasa, o los hechos se encontraban falseados
por completo. Puedo citarte el caso de una región
llamada Roma, de la cual se habían conservado unos
fastos triunfales correspondientes a una época muy
antigua, que contenían listas con el nombre de todas
aquellas personalidades que celebraron victorias sobre
sus enemigos con la fecha y la indicación del motivo del
triunfo. En ella se cita a Rómulo celebrando su triunfo
sobre los ceninenses. Falso, hemos podido saber que, en
esta guerra, Rómulo no le tiró ni un hollejo a un
ceninense, por la sencilla razón de que ya Rómulo estaba
hecho una birria y no podía ni con su alma. Pero le
atribuyeron la victoria porque los historiadores de
aquel tiempo querían congraciarse con el viejo.
El Gran Sabio cruzó los brazos sobre el pecho, señalando
la arrogancia del personaje sobre el cual disertaba. Era
un mimo excelente.
—Otro tanto ocurrió con la fecha en que fue fundada esa
misma ciudad: según Timeo, el hecho ocurrió 28 años
antes de la primera olimpíada, pero Fabio Píctor lo
sitúa en el primer año de la octava olimpíada; Cincio
Alimento, otro embaucador de aquella época, dice que fue
en el cuarto año de la duodécima olimpíada, mientras que
Catón opinaba que había sido fundada en e] primer año de
la séptima; por último, se aparece un tal Varrón
situando el asunto en el tercer año de la sexta
olimpíada. En resumidas cuentas, nadie contaba con
elementos veraces, pero todos querían dárselas de
eruditos. Nosotros tuvimos que «enviar» varios
historiadores a distintas comarcas, durante aquellos
tiempos, para que pusieran en claro el asunto. Y, ¿sabes
tú cuál de las fechas se ajustaba a lo cierto? ¡Ninguna!
Menudo lío se formó porque hubo que reajustar la
cronología de los acontecimientos ya que cada
historiadorzuelo de aquellos situaba los hechos
posteriores con relación a la fecha que él había dado.
Larx se detuvo ahora frente al marciano.
—Para no cansarte, Iílef, de la única forma en que hemos
podido saber lo que realmente sucedió, ha sido de ésta:
trasladando a nuestros especialistas a la época que
queremos investigar, mediante un cambio de fase. Por eso
me has encontrado en la Atlántida.
—Yo creí que...
—Estás despistado por completo —dijo Larx, volviendo a
tomar asiento al lado del visitante—. Ahora mi trabajo
consiste en saber qué provocó la desaparición de esta
gran isla. Sabíamos de su existencia y de su hundimiento
en el mar, que después llevó su nombre, pero nos faltan
por conocer las causas del fenómeno. Esos detalles
continúan envueltos en cierta atmósfera enigmática.
Hasta hacía muy poco tiempo, sólo sabíamos sobre la
Atlántida lo que se hallaba en las veinticinco páginas
que escribió un filósofo e historiador de una época
posterior a ésta, llamado Platón; después de él, se han
escrito veinticinco mil libros más sobre este asunto,
pero ninguno ha dado en el clavo.
—¿En qué clavo?
—Quiero decir, que ninguno ha acertado... ¡Espera!
El viejo se había levantado con un rápido movimiento y
se mantuvo expectante.
—¡Pronto! Viene alguien. Escóndete o desaparece de
alguna forma.
Iílef se levantó con presteza, cambió su coloración
hacia el negro y se colocó de un salto, ayudado por el
anti-grav, en un rincón oscuro, confundiéndose con las
sombras. Mientras, Larx volvió a asumir su papel: la
espalda se le encorvó y el rostro se le llenó de años.
Se inclinó sobre la mesa a la par que balbuceaba frases
ininteligibles.
Pekpi era uno de los esclavos que servía directamente al
rey de la Atlántida. Sus padres habían sido reyes
también, pero de una comarca lejana del norte africano
que había sucumbido a manos de los atlantes, unos diez
años atrás. Hecho prisionero cuando apenas era un
adolescente, Pekpi no sabía hacer otra cosa que no fuera
lo que hacía un príncipe: absolutamente nada. Y como
nunca había tenido necesidad de hacer algo, su cerebro
estaba medio embotado por la molicie. No valía gran
cosa, por eso el soberano había ordenado que sirviera de
blanco móvil a los arqueros del grupo que lo capturó.
Larx, quien por esa época acababa de asumir el cargo de
Gran Sabio, supo influir en el rey para que revocara su
mandato y lo tomara como paje. Fue éste su primer acto
contra la barbarie cotidiana que los soberanos empleaban
para poner de manifiesto su omnipotencia. ¡Y oiga usted
hablar después a los sesudos sobre la magnanimidad de
los reyes!
El criado nunca supo el porqué y el cómo de su
salvación; no obstante, siempre había sentido admiración
y simpatía por el Gran Sabio. No es de extrañar, pues,
que hubiera recibido con alegría la encomienda de
llevarle un recado al viejo. Y ahí estaba, envuelto en
su peplo azul, con la cabeza rapada por completo, ante
el umbral del precinto que ocupaba el sabio. Haciendo
una reverencia que Larx no pareció notar, dijo:
—La excelsa figura del reino me ha ordenado comunicarte,
viejo sabio Larx de Cuba, País de la Maternidad, que, a
la salida del próximo sol, desea hablar contigo.
El anciano se había erguido al escuchar el mensaje.
—Puedes comunicarle a su verraquísima Majestad que este
servidor suyo estará allí tal como se le ha ordenado.
Puedes retirarte.
—No sin antes recibir tu bendición —e inclinó la cabeza
en espera de las palabras del viejo.
—Que te vaya bien y que te arrolle un tren —dijo Larx,
dibujando una cruz en el aire con su dedo del medio
erecto.
El mensajero pareció muy feliz al escuchar aquella frase
pues se retiró sin levantar la cabeza. En cuanto se fue,
Iílef reapareció.
—¿Qué le dijiste? Daba la impresión de que le gustó.
—Sin embargo —dijo Larx—, si él supiera el significado
que tenían esa frase y ese gesto, allá por el siglo XX
en mi patria... Pero, bueno, de alguna forma tiene uno
que entretenerse dentro de este simulacro al que estoy
obligado día tras día. Para mí es una manera de
divertirme un poco; para ellos, esas frases y otras
cosas que he implantado aquí, tienen una significación
bien distinta, al mismo tiempo que a mí me sirven como
de desahogo. ¿Te imaginas lo bufonesco que resulta el
hecho de que a un rey se le trate de verraquísima
Majestad?
Volvieron a ocupar sus respectivos asientos y esta vez
fue el marciano quien inició el diálogo:
—No acabo de salir de mi aturdimiento —mirando a Larx—,
todo esto me parece tan irreal..., mis proyectos...
—Noto que te sientes un poco desalentado; vamos, hom...,
marciano. No te pongas así. ¿Qué proyecto es ése? Aún no
me has dicho lo que te ha traído aquí...
¿Un viajecito turístico? ¿Averías en la nave?
¿Investigaciones? Anda, cuénteme.
Iílef estaba apesadumbrado. Su piel reflejábalo así al
adquirir un tono cercano al gris. Suspiró.
—He venido porque tenía la intención de poner en
práctica mi teoría sobre el aceleramiento de los
procesos evolutivos en las sociedades con un bajo nivel
de desarrollo.
Larx frunció el entrecejo y miró al marciano de arriba a
abajo.
—A juzgar por el nombre, debe ser algo bastante
complicado —dijo—. Explícate un poco mejor, parece
interesante.
Se acomodó, volviendo a apoyar los codos en el borde de
la mesa. Estiró las piernas cuan largas eran y se
dispuso a escuchar. Por su parte, Iílef se sintió un
poco más dispuesto, quizás si exponiendo sus propósitos,
el viejo... Al menos no se burlaría de él como había
sucedido antes.
—Verás... Ya ustedes, quiero decir, los terrícolas de
esta época, han rebasado la etapa que nosotros llamamos
«post animal primaria». Cuentan con cierto desarrollo
intelectual, pero muy rudimentario. Casi se diría que en
embrión. Efectivamente, es una ciencia en embrión que
sólo se ocupa de la astronomía, la agrimensura, la
construcción de barcos y de edificaciones y de otras
cuestiones muy elementales de mecánica clásica
aplicada...
En la medida en que Iílef iba exponiendo sus
razonamientos, cierta confianza se apoderaba de él; se
hacía más locuaz y de sus ojillos irradiaba cierto
fulgor. Larx lo observaba impasible.
—...Biológicamente están dotados de las facultades
necesarias para alcanzar un nivel más alto, pero, al
ritmo actual, les llevaría miles de órbitas, años, según
su cómputo del tiempo. Por otra parte, nuestros equipos
de investigadores especiales, hasta el momento, se han
limitado a recopilar información sobre el proceso
evolutivo de ustedes; ignoro el porqué no se ha tomado
la iniciativa en cuanto a lo que constituye la parte
esencial de mi hipótesis y por lo cual he venido.
»Con nuestro nivel intelectual, que nos ha permitido
alcanzar una sociedad mejor, grandes logros en el campo
científico y un avance impetuoso en todas las ramas de
la cultura, podemos ayudarlos a salvar toda una serie de
obstáculos, provocando así un impulso extraordinario en
todos los sentidos. Por ejemplo: ¿por qué invertir
tantos recursos en la construcción de palacios para ser
habitados por un rey y su corte? ¿Y las fortificaciones?
¿Has visto el sistema de canales y murallas circulares
que se ha construido para aislar esta porción central?
Debe de haberse empleado una gran cantidad de hombres y
materiales para levantar todo esto a costa de un
esfuerzo enorme. Podría convencerse al soberano para que
edifique otras cosas que estarían al servicio de la gran
masa de la población: hospitales, escuelas y
universidades que nosotros pudiéramos dirigir para poner
a mucha gente en condiciones de asimilar nuestros
conocimientos; creo que en un par de siglos se habría
logrado un avance enorme.
Larx lo interrumpió:
—Y tú pretendes...
—Bueno, yo
«pretendía» ponerme en. contacto con algún individuo que
estuviera considerado como sabio en la corte del rey,
decirle quien soy, exponerle mis propósitos y comenzar a
instruirlo. Pensé que ese hombre serías tú, pero ya veo
que las cosas han tomado un giro imprevisto.
El viejo se puso de pie, esta vez con las manos unidas a
la espalda; caminaba lentamente: se alejó hasta un
extremo del recinto y desde allí comenzó a hablar
mientras regresaba.
—Lamento mucho haber sido la causa del gran chasco que
te has llevado. Ciertamente que tus intenciones son
altruistas y te agradezco, en nombre de los terrícolas
de mi tiempo, ese gesto tan noble. Por mí parte, estoy
dispuesto a hacer todo lo que esté a mi alcance por
ayudarte. ..
—¡Yiiiek! —exclamó Iílef, dando un salto—. Perdón, ha
sido una una expresión de alegría..., marciana.
—Déjame terminar la idea, no te adelantes. He dicho que
estoy dispuesto a ayudarte..., a salir de tu error. Has
hecho un razonamiento brillantísimo, sólo que tiene un
pequeño defecto: tus conclusiones son las más
disparatadas que he oído en mi vida. Semejante necedad
no se le hubiera ocurrido ni..., ni..., a un tal F. Mond
cuando escribía novelas de ciencia ficción, allá por el
siglo XX.
Iílef volvió a desplomarse sobre la banqueta, ya era el
segundo trastazo que se daba en el trasero.
—Mira, marciano, te aseguro que no ibas a llegar a
ninguna parte. Vuelvo a decirte que tus proyectos son
grandiosos y te reitero nuestra gratitud, pero no
lograrás nada por una razón muy sencilla: yo conozco
toda la evolución de este planeta y tengo la certeza de
que se ha producido por generación espontánea. Recuerda
que vengo del futuro, si algún cambio notable se hubiera
producido, lo sabría, lo hubiéramos detectado en mí
tiempo o mucho antes, algo hubiera dejado su
huella indeleble como sucedió en la América del Sur y
Central, en el Sahara o en varios puntos más donde el
desnivel en las civilizaciones ha sido extraordinario.
Quetzalcóalt es un ejemplo de ello, pero ni él ni los
demás vinieron aquí con propósitos similares a los
tuyos, sólo estuvieron transitoriamente, ya sea de paso
hacia otros sistemas o por alguna avería. Y lo más
importante: su presencia no produjo ningún cambio de
giro sustancial en el proceso evolutivo.
Iílef lo miraba atónito. Articuló algunas palabras.
Ahora, un gran cansancio se reflejaba en su rostro.
—¿Quieres decir que..., aunque haga la prueba..., sería
inútil?
—Completamente. Y creo que no te vendría mal un poco de
historia, para que te ayude a comprender mejor.
Larx apartó los rollos que cubrían la mesa y dejó un
espacio libre el suficiente para sentarse sobre ella con
las piernas colgando. Tomó la palabra:
—La humanidad, la sociedad, no evoluciona hacia formas
más perfectas de la manera en que tú pretendes que lo
haga: a empujones y campanazos, como se diría en
el siglo XX. Todo proceso requiere su tiempo de
gestación y de madurez. Los cambios sociales son
producto de la acumulación de una serie de pequeños
cambios cuantitativos que provocan cierto cambio
cualitativo. Cada sociedad o sistema social, lleva
implícito el motor que lo impulsa. Es cierto que, hasta
que se produjo la Gran Transformación, la historia de
este planeta no ha sido más que una sucesión de guerras
sustentadas por alcanzar el poder, la riqueza y por
ahondar más las diferencias entre los hombres, mediante
la concentración, cada vez mayor, de bienes que
producían grandes males.
»Desde que el primer
australopiteco se bajó del árbol, la humanidad comenzó a
evolucionar. Tuvieron que transcurrir más de un millón
de años, pero al fin se logró llegar a un estadio
superior. ¿Crees que el gran cambio se produjo en un dos
por tres? No. Las contradicciones Be fueron haciendo
cada vez más agudas, sobre todo a partir de los primeros
años del siglo XX, con el surgimiento de un nuevo
régimen social, en un gran país llamado Rusia, con unas
relaciones de producción nuevas, con ideas nuevas y con
todo nuevo. Y, como lo nuevo se impone a lo viejo, poco
a poco, los pueblos fueron adoptando aquel nuevo
sistema. El otro, el que imperaba hasta ese momento en
el mundo, vio surgir a su sustituto e hizo lo mismo que
todos los anteriores: revolcarse en su agonía, tratando
de subsistir, pero históricamente estaba condenado a
desaparecer, no sin antes dejar sus huellas macabras. Mi
país tuvo que pagar un precio muy alto cuando se decidió
por adoptar el nuevo modo de vida.
La mirada de Larx se había vuelto vaga; miraba, pero no
veía, al parecer meditaba o añoraba. Pero, un instante
después, volvió a tomar la palabra:
—Fue a principios del siglo XXI. Ya la mayor parte de
las llamadas «naciones» habían optado por el sistema más
avanzado. Los Estados Unidos de Norteamérica seguían
siendo, entre los pocos países con régimen capitalista
(la vieja forma), el más adelantado científicamente. Una
paz relativa, lograda sobre la base de un un gran
desnivel en la correlación de fuerzas, a favor del
socialismo, imperaba desde medio siglo atrás y todo
parecía que iba a continuar así. Pero, como te he dicho,
cada forma caduca lleva en ella misma el germen de su
destrucción. Verás que sucedió lo que tenía que suceder.
»La industria bélica pasó a un segundo plano en ese
país. La investigación científica se encaminó hacía el
campo de la cirugía y de la biología en dos aspectos
fundamentales: el primero de ellos fue perfeccionar cada
vez más las operaciones para cambiar el sexo de las
personas porque esa sociedad había llegado a un grado
tal de enajenación que la mayoría de la gente no estaba
conforme ni con el sexo con que lo había dotado la
naturaleza. Aquello era la locura del siglo; el que
nacía varón moría hembra y viceversa. Y se llegó hasta
lo sublime, cuando se hizo posible qué una persona
cambiara de sexo, alternativamente, varias veces durante
su vida. Imagínate, las mujeres, y los hombres también,
que no habían cambiado nunca, tenían un certificado
especial que lo hacía constar y lo mostraban como una
prueba de cordura. Las relaciones entre la pareja,
hombre y mujer, perdieron todo su encanto, desaparecía
la ilusión y la cópula se convertía en algo sucio y
aborrecible. El amor iba siendo amputado por el bisturí
como si fuera un tumor maligno.
»Pero lo peor fue lo otro, la investigación genética,
que Legó a producir seres humanos artificialmente: entes
que se formaban sin la intervención del hombre y la
mujer. Eran completamente artificiales pues lograron la
síntesis de las sustancias para la creación de células.
Y fabricaron niños. Era horrible, pero todo lo rodearon
de una propaganda tal, que hacía ver aquello tan abyecto
como algo que vendría a resolver muchos problemas: el
período de gestación, el parto y sus peligros, la
elección del bebé que más le gustara al que quisiera
comprarlo, óyelo bien: al-que-quisiera-comprarlo, porque
hasta eso se comercializó. En fin, crearon una serie de
complejos y los vistieran con un ropaje publicitario
descomunal, encaminado a vender su mercancía seudohumana.
»Hoy día resulta inconcebible o muy difícil de imaginar.
Tan sólo viviendo allí y analizando fríamente todos los
factores y los pequeños, casi insignificantes, detalles
que fueron conformando una mentalidad antinatural,
es posible que uno pueda hacerse una idea aproximada
de semejante degeneración. Hasta hubo filósofos que
trataron de justificar aquella situación, alegando que
las causas de los conflictos o los desacuerdos entre la
gente eran producto del enfrentamiento entre pasiones
humanas, y como se había logrado eliminar el antagonismo
de muchas de ellas, por ejemplo, las que surgían entre
tos miembros de una familia: entre hermanos, entre
padres e hijos, etcétera, se suponía que estos seres
asentimentales fueran hombres y mujeres perfectos.
Es cierto que lograron destacarse por su inteligencia,
pero, al cabo de cuatro generaciones, ellos mismos
fueron los causantes de la destrucción de aquel sistema.
Llegó el momento en que, mediante rejuegos muy sutiles y
propios del capitalismo, lograron tomar las riendas del
estado, lo cual llevó al país hacia el caos en todos los
sentidos: moral, político, económico y la madre de
los tomates..., perdón, quise decir, lo
inimaginable. Poco a poco, una parte de la población,
que supo mantenerse un tanto al margen de esa vida, y
que era la más explotada y la menos considerada, tomó
conciencia de que sobre sus espaldas era, en definitiva,
sobre las que se sostenía todo aquel andamiaje
diabólico. La agudeza de las contradicciones se
manifestó en una cruenta lucha y al cabo de algunos
años, la situación se les hizo insostenible a los
seudohumanos, hasta que fueron eliminados por completo.
»A la par que todo esto sucedía, la otra parte de la
humanidad, que vivía de un modo socialmente opuesto,
puso todo su empeño en satisfacer las necesidades de sus
respectivos pueblos mediante el trabajo conjunto, bien
dirigido, bien planificado, en estrecha unión.
»Es claro, nuestra sociedad no padeció aquella fiebre de
evasión que trajo consigo la inconformidad sexual ni la
otra locura, la de los niños artificiales. Fue todo lo
contrario. Es más, en contraposición, nuestra gente se
dio a la tarea de hacer aún más sublimes las relaciones
entre las parejas; el matrimonio se convirtió en un rito
elevado, enaltecedor y por ende, los lazos familiares se
hicieron más firmes. Se glorificó la maternidad. Desde
el momento en que la mujer concebía un hijo, recibía un
tratamiento especial, era considerada como propagadora
de la especie, honrada..., casi venerada como una diosa,
pero con otro sentido. Desde el comienzo del embarazo,
la mujer era enviada a los lugares de descanso que se
crearon con esos fines. Eso fue antes de la Gran
Transformación en la que cada «nación» o grupos de éstas
se especializaron en producir los bienes materiales,
para los cuales poseía mejores condiciones que las
demás. Surgieron así las naciones mineras, las de
industria pesada, las de industria ligera, las
artesanales y muchas más.
»A mi país se le escogió, a mediados del siglo XXIII,
para una función especial, a la vez que excelsa: fue el
País de la Maternidad. Toda nuestra población trabaja en
alguna función especializada al respecto pues, con el
surgimiento de nuevos medios de transporte, que
posibilitaron el traslado rápido y seguro a cualquier
lugar del planeta, era factible que todas las futuras
madres fueran a vivir para nuestra isla hasta que
tuvieran su hijo. Cuba fue la privilegiada por varias
razones: su clima, su posición geográfica, el hecho de
ser una isla —lo cual posibilitó la utilización de todas
sus costas para el descanso de las gestantes—, sus
bellezas naturales y ese no sé qué de los cubanos que
nos caracteriza por ser muy acogedores. Allí, la futura
madre era atendida por los mejores especialistas;
recibía un tratamiento especial, lejos de las tensiones
psíquicas de las grandes ciudades, en una atmósfera
natural y con un sol incomparable.
»Mis antecesores fueron oriundos de allí, según he
podido averiguar, hasta no sé cuantas generaciones
atrás. Mi padre era Obstetra del Primer Trimestre y mi
madre hacía investigaciones sobre Dietética Prenatal. Yo
me incliné hacia la exploración del pasado remoto y aquí
me ves...
Por unos momentos hubo silencio. Al parecer, éste fue
aprovechado por una claridad mortecina para irse
adentrando tímidamente en la habitación, a través del
alto orificio que servía de ventana, sobre cuyo dintel
comenzaba a arrastrarse, cohibido, un rectángulo de luz.
Es decir, amanecía, y Larx se dio cuenta de ello.
—Ya es casi de día —exclamó, saltando de la mesa—. Su
verraquísima Majestad quiere verme. Debes esperarme
aquí, ocúltate de alguna forma, si te ven, se
complicarían las cosas. Cuando regrese, desayunaremos
algo; tengo unos concentrados proteínicos riquísimos.
Larx salió del recinto y se encaminó hacia el salón de
las audiencias. El camino era bastante largo, a través
de extensos y sombríos corredores.
«Así que un marciano —pensaba Larx—, vaya, vaya. Es un
telepcé y sabe "bloquear" sus pensamientos; me di
cuenta de ello en cuanto comenzó a emitir aquellas
fórmulas matemáticas. No cabe duda de que está loco de
remate. Bueno, en un final, es preferible su compañía a
estar solo, representando este papel durante años, quien
sabe cuántos. Creo que, con los argumentos que le he
manifestado, ya se habrá convencido del despiste que
tiene. Lo malo es que se vaya con su música a otra
aparte. ¿Estarán buscando otro planeta para abandonar
Marte? No, aún no ha comenzado el proceso de
contaminación de su atmósfera. No quise decirle nada
sobre este asunto porque, el pobre, por muchos esfuerzos
que hiciera, no podría evitarlo. Y, además, en última
instancia, casi la mitad de sus habitantes lograron
trasladarse al planeta Burakán, el último descubierto
por nosotros en el sistema solar, si mal no recuerdo, a
principios del siglo XXI en el observatorio cuyo nombre
lleva, ¡qué memoria! Decía que..., ah sí, se
establecieron allí antes de que Marte se hiciera
inhabitable. Otra prueba de que todavía no afrontan
problemas con la atmósfera es el hecho de que aún ni
siquiera conocen la existencia del décimo planeta, de lo
contrario se hubiera referido a la Tierra como el Octavo
Planeta y no el Séptimo, creo que no lo descubrirán
hasta los primeros años de nuestra era. Tendrán que
pasar muchos siglos para que se den cuenta de la
catástrofe que se les aproxima. Menos mal que pudieron
mudarse y construir las edificaciones apropiadas para su
instauración definitiva. La última vez que supe de
ellos, en mi tiempo verdadero, ya habían
comenzado a prepararse para los vuelos sistemáticos
intersolares, con nuestra ayuda, desde luego, pero lo
han conseguido. Es un pueblo muy trabajador. Guardaré el
secreto.
»Ahora vamos a ver qué tripa se le ha roto a su
verraquísima Majestad. Ayer me dijo que se iba a pasar
toda la noche orando al divino Atlas para que le
indicara si debía invadir a los pueblos de cabelleras
largas —los asirlos—. No sabe pensar en otra cosa que no
sea enredarse a flechazos contra otro imbécil con el
único fin de convertir en esclavos a otros pueblos. Y lo
que más jode es que ninguno de los dos combate
directamente sino ordenan a sus generales, que a la vez
empujan a sus respectivos soldados, para que se rajen
los cráneos mutuamente, mientras ellos se pasan los días
echándose fresco.
»Es casi seguro que, después de la mala noche, le duelan
todos los huesos por hacer tantas reverencias al dios y
quiera que le alivie los dolores, proporcionándole el
sueño divino. Ojalá que su consorte no se antoje
también. No puedo soportar la peste que tiene, nunca se
baña, dice que para conservar su belleza, se embadurna
el cuerpo con hiel de hipopótamo. Con lo mal que me cae.
¿Cómo era que se decía cuando una persona nos resulta
antipática? Ah, sí, ya: "Me cae como una patada en los
mismísimos..., en los mismísimos...", no me acuerdo,
bueno, es igual.
»Ahí está la entrada al salón con sus guardianes, tendré
que decirles la contraseña especial establecida por mí.»
Larx se acercó a los soldados, que habían cruzado sus
lanzas cerrándole el paso. Se detuvo ante ellos y
exclamó:
—Abrakadabra.
Los custodios se hicieron a un lado para franquearla el
paso. El amplio recinto era de paredes altas, sin otro
adorno que los soportes de hierro que sostenían las
antorchas; sólo al fondo de la sala rectangular, unas
cortinas azules caían formando largos pliegues desde el
techo hasta el piso. Contra ellas, en el centro, se
alzaba un pequeño estrado; rematando el mismo, un trono
de metal dorado con un gran cojín forrado en seda,
parecía mantenerse en espera del rey, al igual que una
figura enjuta, rapada, con una nariz de dos palmos, tan
ganchuda como el pico de un ave de rapiña. Su cara
semejaba una máscara seca, de pómulos hundidos y mirada
penetrante. No había nada más parecido a un buitre que
el Sumo. Sacerdote, ni siquiera otro buitre. Al verlo,
Larx pensó:
«¡Vaya, lo que me faltaba! El brujo de mierda.»
—Que te vaya bien y que te arrolle un tren —exclamó el
sabio, haciendo una ligera reverencia.
El sacerdote inclinó la cabeza y contestó el saludo,
siguiendo las normas de cortesía establecidas:
—Mal rayo me parta.
—Que para bien sea.
Aclaremos que este intercambio de saludos era
considerado como de la más alta exquisitez. Desde luego
que se trataba de una farsa implantada por el viejo
sabio Ahora se dirigió al brujo:
—Su verraquísima Majestad me ha ordenado comparecer ante
su presencia, ¿a tí también, digno ministro de los
dioses?
—Cierto —contestó el buitre desplumado a la vez que
asumía una postura altiva—. Los dioses han hablado: un
cuervo cruzó volando hacia el puerto a la salida del
Sol.
«Y dale con los augurios. Cuando no les da por
interpretar los sueños, se agarran de cualquier cosa
para predecir el futuro. Quién sabe si el cuervo se
sentía nostálgico porque la cuerva se le fue con otro y
voló hacia la costa para derramar sus lágrimas de
tristeza a la orilla del mar. Sé lo que está pensando,
pero debo hacerme el alcornoque.»
—Perdona mi ignorancia, no soy capaz de interpretar el
mensaje de los dioses.
El brujo descruzó los brazos y levantó el dedo,
amenazante:
—Habrá guerra; los pueblos de largas cabelleras serán
derrotados por los atlantes.
«Yo sabía que en esto iba a parar la cosa. Veremos cómo
me las arreglo para poner el parche antes de que
salga el grano. Tengo que evitar conflictos.»
El estridente sonido de cinco trompetas interrumpió las
meditaciones de Larx. Era el anuncio de que el soberano
haría acto de presencia. Siguiendo a los trompetistas,
entró el resto del conjunto, formado por varios
tocadores de címbalo, tres tumbadoras, un bombo y un
cencerro. El grupo interpretaba la marcha real, pero era
algo verdaderamente ridículo: el rey, con todo su
séquito, se dirigía al estrado al compás de «La
Chambelona». No cabía duda alguna de que aquello había
sido obra del Gran Sabio. Su verraquísima Majestad ocupó
el trono e hizo una señal para despedir a los músicos a
la vez que decía:
—Calabaza, calabaza, cada uno para su casa. Los
instrumentos callaron y la comparsa se retiró sin dejar
de hacer reverencias. El rostro abofado del mandatario
reflejaba un gran cansancio. La papada le caía flácida,
circundando el mentón que apenas sobresalía. Únase a
esto la bola rapada de su cabeza y su aspecto de luna
llena en noche sin nubes será completo; añádase la
ausencia de pelos en la cara y su palidez extrema, por
haberse pasado la vida descansando a la sombra, y podrá
tenerse una idea aproximada de la facha que tendría una
enorme bola vestida de azul. Tomó asiento.
—Gran Sabio Larx de Cuba, País de la Maternidad, hacía
dos noches que esperaba el mensaje divino de Atlas —el
rey apoyó la cara en una mano regordeta—. Habló por
medio de un cuervo que alzó su vuelo hacia el puerto
como si quisiera decirme que no debemos demorar más
nuestro ataque a los pueblos de largas cabelleras, hijos
del abominable dios Marduk. Mis aguerridos soldados los
harán..., los harán..., ¿cómo se dice en el idioma de tu
lejano pueblo, Gran Sabio?
—Papilla,
verraquísima Majestad, papilla —apuntó Larx.
—Eso es; tú, viejo maestro, siempre has sabido
interpretar mis pensamientos al punto que pudiera
decirse que los adivinas.
«Tengo que aflojar la mano», pensó el viejo. La bola de
carne esbozó una sonrisa benévola y entornó los ojos. El
brujo tomó la palabra, alzando los brazos y el rostro
hacia el cielo, como si hiciera una invocación:
—¡Oh, fuerzas invencibles del divino Atlas! Guiarás
nuestras huestes contra los despreciables hijos de
Marduk. Serán nuestros esclavos y trabajarán por
millares en honor de nuestro soberano. Construirán su
palacio eterno, semejante al templo de su padre Atlas.
«¡Arrea! Quiere construir una pirámide como túmulo
funerario.»
—Explícame, oh Gran Sacerdote —dijo Larx—, pues no
comprendo qué quieres decir. Te reitero mi ignorancia en
asuntos divinos.
El brujo miró al rey como si esperara su consentimiento
para responder, éste inclinó la cabeza en señal de
aprobación.
—Los misterios celestiales están vedados para ti —se
jactó el sacerdote—, porque eres un simple mortal que no
ha sido elegido por los dioses para interpretar sus
designios.
«¡Brujo de mierda!», pensó Larx.
—Nuestro soberano, como hijo excelso del grande y
temible Atlas, debe preparar su morada para cuando
llegue la hora de ser llamado al reino de los dioses y
ocupar un lugar en el trono del Omnipotente y adquirir
poderío y dar órdenes a los vivos. Empuñará el cetro en
su mano para que reciban sus mandatos los seres cuyas
moradas son desconocidas. ¡Reinará sobre los vivos y los
iluminados y su espada será fuerte contra sus enemigos!
Su tumba debe ser un maravilloso templo, las más bellas
alhajas deben adornar su cuerpo. Nada debe faltarle:
ricas armas, vinos, criados que le sirvan obsequiosos,
esclavos que cultiven sus campos empíreos y hasta su
esposa le hará compañía.
«Le entró la fiebre de las pirámides, ahora empiezan a
almacenar esclavos, a pedirme proyectos de construcción,
inventos y veinte cosas más para la ejecución de los
trabajos. Ya me parecía que todo estaba "demasiado"
tranquilo.»
Larx, haciendo una reverencia, se dirigió al brujo:
—Solemnes han sido tus palabras, elegido de los dioses.
Me has conmovido. Mientras te escuchaba, no pude menos
que pensar en el símbolo de la sabiduría divina en mi
lejana tierra natal y compararte en todos los sentidos
con él: Gran Sacerdote, eres un ñame con corbata.
El buitre había cruzado sus brazos sobre el pecho. Se
sentía henchido por la «alabanza» del Gran Sabio.
—Todo eso está muy bien —interrumpió su verraquísima—,
pero lo discutiremos mañana. Ahora me encuentro muy
cansado, quisiera que el viejo maestro me proporcionara
el remedio para aliviar esta fatiga.
A la sazón, hizo su entrada el mismo criado que antes
había llevado el mensaje a nuestro sabio.
—Magnánimo hijo de Atlas —dijo, dirigiéndose al
soberano—. Tu amada
esposa, hija de las bellas divinidades, te ruega que la
recibas.
—Ahora sí le cayó comején al piano —dijo Larx,
sin poder contenerse.
—¿Musitaba preclaros pensamientos en lengua extraña
nuestro Gran Sabio? —preguntó el brujo, volviéndose a
éste.
—Decía que... Expresaba mi alegría por tan grata
sorpresa.
—Comunícale a la reina que la espero —accedió el rey con
un leve gesto de su mano.
El criado se retiró. Larx aprovechó un instante de
silencio para «sondear» los pensamientos del brujo.
«Está contento, se siente muy superior a mí, ésa es una
de sus mayores ambiciones. Evidentemente yo le estorbo.
Él quisiera ser el único al lado del rey para manejarlo
a su antojo. Ahora pretende ganar puntos a su favor con
la construcción de la pirámide y el cuento de la otra
vida. En realidad, para él no es un cuento. Está tan
metido dentro de su inconsciente papel, que se lo cree a
pie juntillas. Tengo que proceder con mucho tacto. El
rey no piensa nada, como siempre. Está cabeceando, se ha
pasado dos noches en vela, esperando que su dios le
hable. Ya la reina se acerca, lo sé por el olor.»
Tres doncellas, ligeramente vestidas, hicieron su
entrada en el salón y permanecieron cerca del umbral;
después, apareció la consorte del soberano. Era todo lo
contrario a su esposo: delgada hasta la exageración,
pero no pudiera afirmarse categóricamente que le faltaba
belleza, siempre que los componentes del rostro se
analizaran reparadamente. Sus ojos eran expresivos, pero
no venían bien con unas cejas tan gruesas; la nariz
debía ser menos aguileña para que hiciera juego con unos
labios demasiado abultados con respecto a la forma
ovalada de su cara. Larx decía que tenía cara de fibroma
uterino, lo cual resultaba incongruente, si se tiene en
cuenta que nuestro amigo nunca había visto un fibroma
uterino.
La soberana vestía una larga túnica azul pálido y
adornaba su cabeza con..., con... ¡No, ya esto es el
colmo! Con un birrete. Caminaba alzando la nariz como
los buenos sabuesos.
—Magnánimo esposo
—hablaba como en un susurro—, que la divina hija de la
tierra y el cielo ofrezca sus dones vivificadores para
que reines por muchas primaveras, complaciendo los
deseos de tu querido pueblo...
«Por mucho tiempo que llevo escuchando todas estas
fórmulas de cortesía barata, no llego a acostumbrarme a
oírlas sin que se me revuelvan las tripas. Total, tanta
perorata y lo que quiere es enterarse si por fin van a
invadir a los peludos asirlos. Ella también tiene sus
intereses en este chanchullo.»
—...Y brilles como el astro que nos ilumina —aquí
concluyó.
El monarca salió del embeleso en que estaba sumido y
dijo a su consorte:
—Sabrás que tu adorado esposo irá en busca de otros
pueblos y tos someterá bajo su dominio: vencerá a
Gilgamesh, de quien se cuenta que entabló combate contra
escorpiones con cabeza humana; traeré prisionera a la
misma diosa Ishtar para que te sirva de esclava. Todas
las riquezas de aquel gran reino, al otro lado de las
aguas, serán para nosotros. Y todos sus hijos se
convertirán en nuestros servidores.
La real boa de carne no pudo seguir adelante, la fatiga
lo vencía. Sus brazos dejaron de gesticular y colgaban a
ambos lados del trono. Con los ojos semicerrados ordenó:
—Déjenme solo con el Gran Sabio, necesito que me
proporcione el sueño divino que repare mis fuerzas.
Váyanse todos. Calabaza, calabaza..., y que te arrolla
un tren.
—Perdón, Majestad, la segunda parte debe decir: «cada
uno para su casa» —rectificó Larx.
—Bueno, eso mismo: lárguense todos.
Los presentes se fueron retirando con las reverencias
acostumbradas. El Gran Sabio permaneció en el recinto,
mientras su cerebro elaboraba el plan a seguir.
«Tengo que quitarle esa idea de la cabeza. No será muy
difícil. Le haré tener una pesadilla horrible que
seguramente interpretará como un presagio fatal. Son tan
supersticiosos que todo lo relacionan con el destino y
demás sandeces.»
—Mi Gran Sabio y
abnegado servidor, Larx de Cuba, País de la Maternidad,
proporciónale a tu rey el descanso de los dioses con tu
sapientísima experiencia.
—Oh, gran
verraquísima Majestad, enseguida te procuraré el alivio
que necesitas. Acomódate en el real trono, relaja tu
cuerpo.
Larx se había situado junto a la silla real. Su voz era
como un arrullo:
—Descansa, rey magnánimo, y oye esta grata historia que
tanto te agrada, escucha: Había una vez, una niña muy
bella a quien llamaban Caperucita Roja..., ya el sueño
te envuelve.... un día, camino de la casa de su
abuelita...
—Se encontró..., con el lobo..., feroz —balbuceó el rey,
aún medio despierto.
—...y el lobo le preguntó: ¿Dónde vas con mantón de
Manila?... Duerme, no puedes resistir el sueño, los
párpados te pesan, duerme..., duerme...
El rey se había acurrucado en el aliento, apoyando la
cabeza sobre el brazo del trono. Larx, seguro de que ya
lo había hipnotizado, hizo un ligero esfuerzo mental y
comenzó a «introducir» una figura horrible en el cerebro
del soberano: era la imagen de un viejo largo y flaco,
narizón, con barba de chivo, vistiendo un estrecho
pantalón de rayas, una levita negra y tocado con un
sombrero de copa, rayado como el pantalón, cuya cinta
adornaban muchas estrellitas. Los dedos de la mano
izquierda del soberano se movieron casi
imperceptiblemente y un temblorcillo apareció en la
comisura de sus labios, soñaba. En su letargo, la bola
de carne vio acercársele a la huesuda figura, ésta le
dijo: «Soy el Tío Sam, Gilgamesh es mi sobrino y no
podrás vencerlo.» El soberano se sintió agarrado por el
cuello, zarandeado y empujado contra el suelo rocoso, a
la orilla del mar. Esta vez, la imagen se le aproximó,
blandiendo un garrote. El rey quiso huir, pero las
piedras se habían convertido en una gran alfombra de
cáscaras de plátano. Larx observó que la frente del
soberano se perlaba de sudor y que su respiración se
había hecho agitada. Ahora el tío levantó la pesada
estaca y el rey la sintió caer repetidas veces sobre sus
costillas, a la vez que una voz ronca le decía:
«No podrás vencer a los de cabellos largos, tus
ejércitos serán aplastados como si fueran moscas, a ti
te haremos picadillo y te convertiremos en croquetas
para alimentar a nuestros cocodrilos en Wall Street.
Recuérdalo, si te atreves a atacamos, terminarás hecho
picadillo.»
Larx suspendió el «tratamiento». Acercó sus labios a la
oreja del rey y le dijo muy quedo:
—Cuando despiertes, te acordarás de este sueño; el
malestar habrá desaparecido de tu cuerpo, pero no
olvidarás las palabras del Tío Sam.
Nadie es capaz de imaginar lo triste que había quedado
Iílef; porque nadie puede hacerse una idea aproximada de
todo lo atribulado que llega a sentirse un marciano en
tales circunstancias. Como una de las características de
los dignos representantes del Planeta Rojo era la de
exteriorizar sus sentimientos con mayor intensidad que
cualquier otra criatura pensante del universo, nuestro
amigo ofrecía un cuadro desolador. Parecía haberse
encogido: sentado en la banqueta con las piernas
recogidas, los codos apoyados sobre las rodillas, la
cara apuntalada por ambas manos bajo la barbilla, las
orejas gachas y, sobre todo, ese aire de desolación que
emanaba de su mirada, lo hacían asemejarse a una flor
mustia.
Todas sus teorías echadas por tierra; todos los años
—perdón, las órbitas— de maduración de sus ideas —sólo
habían sido dos, pero de todas formas era un tiempo
perdido—; todos los recursos invertidos en equipos —es
cierto que nada más había utilizado materiales de
desecho, pero, aún así...—; todos los riesgos a que se
había expuesto en el viaje —la nave PL funcionaba
mediante un complejo computabilizado en una ruta más que
segura, pero existía una posibilidad entre cinco
millones para que sucediera una catástrofe. Más o menos
comparable al peligro que pudiera correr un atlante de
morir aplastado por un tranvía cuando aún no se habían
inventado los tranvías—. En fin, ya no había nada que
hacer.
«El viejo había sido más que explícito en sus
pensamientos —pensaba el marciano—. Conocía el futuro
porque venía de otro tiempo. No le había explicado eso
del cambio de fase por medio de la no-sé-cual función
psi, ni lo de la otra función psi. Daba la
impresión de que los terrícolas se habían dedicado a
estudiar y a explotar todas las posibilidades del
cerebro, era un asunto que su gente aún no dominaba a
tan altos niveles. Reflexionaba que, si actualmente su
pueblo aventajaba a los terrícolas en miles de órbitas,
ese desnivel se mantendría y en el tiempo de Larx,
estarían mucho más avanzados todavía. Pudiera afirmarse
que serían los más adelantados de todo este sistema
planetario y que ya las dichosas funciones psi no
constituirían secreto alguno.
»Qué extraño que el viejo no le hubiera hecho mención de
los marcianos, como solía llamarlos. Era algo
verdaderamente significativo. ¿Sería un embaucador cuyos
planes, similares a los suyos, ya estaba poniendo en
práctica? De ser así, indudablemente que los resultados
eran positivos. La civilización atlántica marchaba a la
cabeza de todas las demás en el planeta: Y dijo que esta
gran isla se había hundido a causa de un cataclismo sin
dejar huellas...»
—¡YIEEEK! —Iílef dio un salto como si lo hubieran
pinchado.
Pero la banqueta no tenía ninguna puntilla, por la
sencilla razón de que aún no se habían inventado, lo
cual nos hace suponer que la expresión y el brinco
fueron provocados por otra causa. Echó a andar el anti-grav
y se remontó a un rincón oscuro donde continuó rumiando
aquel pequeño detalle que había encendido una lucecita
en las brumas que envolvían su cerebro.
Larx había dicho que si él —Iílef— hubiera logrado algún
producto significativo con la puesta en práctica de sus
propósitos, entonces habría quedado alguna huella
evidenciadora y que la gente de su «tiempo» la hubiera
detectado. Pero ¡claro! No habían encontrado
rastro alguno porque... ¡La Atlántida se había hundido!
El cerebro del marciano comenzó a entrelazar
deducciones:
«¿Quién podía negar que todos los adelantos científicos
que él hubiera hecho materializar en la Atlántida no
hubieran sido sepultados por las aguas al igual que los
nuevos científicos, discípulos suyos? El palacio real
alumbrado con luz eléctrica; máquinas de vapor para
navegar por los canales; pozos de petróleo al pie del
monte Atlas; un consejo de gobierno administrando los
bienes del nuevo estado.»
La lógica de sus razonamientos era tan aplastante como
un ptq —ignoramos lo que es un ptq
marciano, pero parece que se trata de algo muy pesado,
quizás una aplanadora descomunal o alguna antología
poética vanguardista.
Todos estos avances, que hubieran sorprendido a
cualquier investigador, irían a parar al fondo del
océano, no se sabe cómo ni cuándo, quedando sepultado
por toneladas de agua. Por eso nadie habría
podido enterarse.
El terrícola estaba equivocado. Esta vez eran sus
razonamientos los que carecían de consistencia. Pero,
cómo no se le había ocurrido antes, cuando el viejo
disertaba tan seguro de sí. Bueno, siempre le sucedía lo
mismo: en las discusiones, los mejores argumentos, los
irrefutables, se le ocurrían después que ya todo había
terminado, por eso siempre salía perdiendo; menos esta
vez, porque ahora sí estaba decidido a seguir adelante.
—Tengo que buscar otro elemento a quien utilizar como
primer escalón en mis planes, ya del viejo no me puedo
fiar, seguirá empecinado con su tiempo, sus
funciones psi y demás tonterías incomprensibles
—dijo, en voz baja. Luego, se aventuró a pensar:
«¿Y si me valiera del Sumo Sacerdote? Parece que las
relaciones entre él y Larx no son del todo
satisfactorias. Necesito a alguien que confíe en mí y me
obedezca ciegamente. Creí que iba a poder lograrlo con
el viejo y que su mentalidad científica me facilitaría
el trabajo teórico y práctico, pero ante esta
circunstancia adversa debo empezar de nuevo. "Por muy
alto que vuele el ktt, siempre el jlrr la
pica"; nosotros también tenemos viejos proverbios.»
Iílef automatizó la coloración de su piel. Aclaremos.
que no era precisamente su piel lo que cambiaba de tono,
sino una membrana sintética muy fina que se ajustaba
exactamente al cuerpo, cubriendo su ligero y también
ceñido traje. Medíante un mecanismo muy ingenioso, esa
envoltura podía tomar la coloración de lo que estuviera
a su alrededor, por lo tanto, el marciano se hacía casi
invisible al confundirse con el medio circundante. Era
éste un sistema defensivo muy similar al que venían
empleando los camaleones terrícolas, desde hacía
milenios.
Partió del palacio real rumbo a la caverna, donde lo
aguardaba la nave PL. Descansó algunas horas y, una vez
repuesto, volvió sobre sus pensamientos.
«Veamos. El Sumo Sacerdote debe ser un imbécil, de eso
estoy seguro. Hacerlo razonar una cuestión tan
complicada como es la de que yo no soy un dios, sería
prácticamente imposible. Por lo tanto, es necesario
dejarlo así, al menos por el momento. Pero en esta
primera entrevista hace falta una prueba que no sea
divina,, un detalle material que lo impresione y que al
mismo tiempo lo haga sentirse confiado. Sería bueno
hacerle algún presente, darle alguna muestra de poder...
»Vayamos por partes: él es un "antiguo", casi primitivo.
Los primeros seres racionales adoraban los fenómenos
naturales, las aguas, el fuego... El fuego, el fuego.
Para obtener el fuego, los primeros seres tuvieron que
"tomarlo" del incendio que provocó un rayo. No pretendo
poner en manos del Sumo Sacerdote un rayo ni nada por el
estilo. Además, ya ellos obtienen fuego mediante la
fricción de dos piedras. Claro, esto resulta un poco
embarazoso, hay otros medios más... ¡Yieeek! ¡Ya lo
tengo! Le fabricaré un encendedor automático, de un
modelo muy antiguo, pero para él será algo nunca visto.»
No le fue muy difícil a nuestro amigo marciano destilar
un poco de gasolina a partir de unas muestras de
petróleo que había recogido a su llegada a la Atlántida.
Lo demás fue aún más fácil: una pequeña rueda dentada,
un poco de musgo seco para la mecha y una barrita de
eslabón. Le construyó un estuche metálico y ya tenía lo
que nosotros conocemos por una fosforera.
—Un buen regalo digno de su jerarquía —dijo—. Podrá
encender las antorchas y el fuego en honor a su dios en
un abrir y cerrar de ojos. Seguramente lo conservará
como un preciado talismán enviado por las divinidades.
Con eso tendrá lo suficiente como para pasarse varios
meses dudando entre el augurio del cuervo y la paliza
del Tío Sam» —dijo Larx al salir del salón donde había
dejado a su verraquísima Majestad echando un sueño.
Lanzó un suspiro de alivio y continuó hablando consigo
mismo:
»Menos mal que he podido ir capeando el temporal en
todos estos años. Y todavía este marciano desequilibrado
pretende hacer experimentos con la evolución y el
desarrollo social de los atlantes. ¿Qué se habrá creído
él, que somos conejillos de indias? ¡Por aquí!» —añadió,
haciendo un gesto que nos inclina a pensar que se trata
de una de aquellas expresiones que daban fuerza al
lenguaje de los cubanos en el siglo XX.
Por qué el Gran Sabio siempre hacía alusión o se
remontaba a dichos o a hechos del siglo XX? «Todo tiene
su explicación», según dijo Heráclito —pero también
dijo:
En los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos en los
mismos; y parecidamente somos y no somos», lo cual no
aclara nada. La cuestión radicaba en que Larx, en sus
investigaciones históricas, había logrado hilvanar
retrospectivamente toda su ascendencia hasta 1950, año
en el que el rastro desaparecía. Y había sido
precisamente sobre la segunda mitad del XX donde su
énfasis investigativo se había acentuado a un grado tal
que conocía este período mejor que nadie de su «tiempo»
o incluso mejor de lo que llegaron a conocerlo los
propios cubanos que vivieron en él. Tan influenciado
estaba que no podía evitar que lo cubano se le saliera
hasta por los poros.
Fue una época difícil —pensó—, pero hermosa; de
vicisitudes, pero llena de heroísmo. Fueron los años dé
plena decadencia del capitalismo. Por cierto, se me
olvidó contarle al marciano lo que hicieron los
científicos socialistas cuando se llegó a dominar por
completo todo e] proceso de la partenogénesis y de
síntesis del ADN. Es claro, las investigaciones en este
sentido tomaron un rumbo muy .distinto: se dedicaron
fundamentalmente a la reproducción en gran escala de
animales para el consumo humano, quedando resuelto así
el problema de la escasez de alimentos, provocada por el
desbalance entre las limitaciones de la producción y la
demanda mundial. En los Estados Unidos también se
incursionó en la producción artificial de animales, pero
en un país donde reina la anarquía de un sistema caduco
sucede lo de siempre: tres o cuatro consorcios
monopolizaron los resultados, se dedicaron a fabricar
gallinas, cerdos, reses, en gran escala y arruinaron a
los granjeros que vivían de la recría, lo cual desde
luego, vino a ser otro granito de arena en el conjunto
de contradicciones entre débiles y poderosos.
»Pero también tengo que explicarle lo de las funciones
psi, aunque al principio no entienda nada, al
menos podrá hacerse una idea aproximada de su
naturaleza. Creo que lo mejor sería comenzar por
explicarle la primera, la telepatía. Él la domina, al
parecer de una forma empírica solamente. Bueno, tendré
que empezar por relatarle cómo se comenzaron los
estudios científicos de las mal llamadas percepciones
extrasensoriales.»
Y ustedes, ¿no lo saben? Pues, mientras nuestro Gran
Sabio recorre salones y galerías ya conocidas por todos,
vamos a aprovechar el tiempo en decírselo y así se
enteran de algo nuevo.
Desde hacía muchos años, siglos, al hombre le
inquietaron ciertos fenómenos que se manifestaban en
algunos individuos. Y como su intelecto se encontraba
aún muy lejos de poder explicarlos a la luz de la
ciencia, se iba por los vericuetos tenebrosos de la
superstición y el oscurantismo. Cuántos telépatas
congénitos no fueron achicharrados en hogueras durante
la Edad Media, acusados de tener relaciones amistosas
con un representante del llamado Satanás o algo por el
estilo. Después la cosa fue cambiando y a los telep-I
(según la clasificación del siglo XXVII) se les
consideró como dotados de facultades sobrenaturales.
Desde luego que ellos mismos eran los primeros en
creérselo porque no tenían otra explicación; de ahí que
hubo una época en que la ignorancia creó médiums,
curanderos, espiritistas, santeros, adivinadores del
pasado y del futuro, charlatanes, farsantes y
comemierdas a granel.
Por otra parte, desde principios del XX, a los
lingüistas intrigaba el hecho de si la función del
lenguaje, tal como se manifestaba en el habla, era
enteramente natural, pues el lenguaje hablado se produce
por medio de la acción de las cuerdas vocales, que
consisten en unos repliegues de la cavidad laríngea cuyo
destino no es precisamente el de emitir sonidos.
Así mismo, en la articulación sonora, intervienen otros
órganos que no están preparados para eso: la cavidad
bucal, la nasofaringe, la glotis, la epiglotis. Es
decir, que nuestro aparato vocal no estaba hecho para
hablar como nuestras piernas para andar.
Tomemos otro ejemplo: los órganos de los sentidos. Son
ellos los encargados de ponernos en contacto con la
realidad objetiva circundante y cada uno está preparado
biológicamente para lo que debe hacer, por lo tanto,
todos los seres humanos oímos, vemos, olemos, de la
misma forma. Estas vías de percepción constituyen las
distintas modalidades con que el mundo exterior nos
impresiona. La otra cuestión, o sea, la manera en que
nos ponemos en contacto con nuestros semejantes, se
produce de un modo análogo, pero hay una diferencia bien
marcada: la existencia de distintas lenguas que implican
variantes en la forma de comunicación. Esta
circunstancia sólo podía explicarse aceptando el hecho
de que la lengua era un sistema de comunicación
artificial, creado por el hombre en el transcurso de su
existencia como tal, preñado de diversidades tan
significativas que llegan a hacer imposible la
comunicación entre dos individuos que no ha. bien el
mismo idioma, y aunque todos articulan signos
lingüísticos, su interpretación —significado— no tiene
la misma homogeneidad que las sensaciones antes
mencionadas.
Surgía entonces la interrogación: ¿cómo era posible que
el más desarrollado de los animales no posea un medio
biológicamente preparado que le permita una comunicación
indistinta con todos sus semejantes? Más tarde
aparecería la respuesta: el lenguaje articulado era una
forma de protocomunicación, por mucho que hubiera
evolucionado y perfeccionado. Este sistema primario
había surgido precisamente porque el hombre no estaba
preparado intelectualmente para establecer contactos que
implicaran una utilización más racional y compleja de su
cerebro. En la misma medida en que el trabajo
desarrollaba, el cerebro humano, este órgano/tuvo
necesidad de ampliar su modo de comunicación y
comenzar a utilizar ciertas zonas donde radican
actualmente los centros de percepción de los
significantes o CRC (centros receptores de conceptos),
que anteriormente habían permanecido inactivos, pero en
estado latente; a glándula pineal, por ejemplo, jugaría
un papel fundamental en la ejecución práctica de esta
primera función psi y en las restantes.
El hombre pudo desentrañar este secreto de la
comunicación, cuando la realidad de un mundo sin
contradicciones y sin necesidades materiales le permitió
dedicarse al estudio de sí mismo, de su propio cerebro,
del cual sólo estaba, aprovechando una pequeña parte...
Pero, ya el Gran Sabio sube los últimos peldaños y da el
tropezón de costumbre.
—¡Ay, coño! —exclamó— Este escalón ciento cincuenta es
un centímetro más alto que los otros, tengo que ordenar
que lo rebajen, pero siempre se me olvida.
«Espero que el marciano no se haya impacientado mucho»
—pensó.
—¡Iílef! —llamó, pero no hubo respuesta—. Marciano, ya
estoy aquí. ¿Dónde te has metido? —esperó unos instantes
hasta que se dio cuenta de que la habitación estaba
sola. Además, sus centros suprasensoriales no lo
captaban.
—Se ha marchado —dijo con desgano—. Es una lástima,
parecía buena gente.
Iílef esperó hasta bien entrada la noche pues estimaba
que era el momento más oportuno. Salió de la caverna y
se dejó llevar lentamente, poniendo el anti-grav a media
potencia. La brisa nocturna no era capaz de atravesar el
campo que lo rodeaba, pero aún así podía imaginar su
contacto; percibía el friecillo como si realmente rozara
su piel. El destello de la luna sobre el agua de los
canales te hizo recordar su planeta. Con una ligera
diferencia desde luego: en Korad había dos lunas que no
se recreaban en el cielo como ésta, sino que cruzaban
raudas por el firmamento en sentidos contrarios. Tampoco
eran redondas pues se trataba de un par de peñascos
capturados por el planeta .no se sabe cuándo ni dónde.
Y, aunque en Korad había muchos canales, eran rectos y
no circulares como los que se dibujaban allá abajo.
Bueno, en un final, aquello no se parecía tanto a su
tierra, pero le había hecho recordarla, mediante esa
facilidad de los cerebros para asociar cosas que no
tienen nada en común.
Muy pocas luces pespunteaban la dormida ciudad, sólo
brillaban en los puntos de intersección entre los
canales diametrales con los circulares, donde los
guardias custodiaban las grandes puertas que a estas
horas cerraban la navegación en los cruces. La entrada y
el patio central del palacio estaban iluminados y, a un
costado de éste, en el tope de la pirámide, una gran
hoguera rendía tributo nocturno al dios de la montaña.
Allí, en la base, estaban el templo y el Sumo Sacerdote.
No tuvo más que disminuir gradualmente la intensidad del
campo para descender con la suavidad de una pluma.
Luego se escurrió hacia el interior del templo, a la
altura de los capiteles, y continuó casi rozando el
techo. Atravesó la nave central, inspeccionó de cerca la
imponente cabeza de la escultura, fisgoneó aquí y allá
hasta dar con las habitaciones que buscaba: allí dormía
el brujo.
Visto desde lo alto, su semejanza con un buitre se
acentuaba aún más. Dormía sobre un lado, con los brazos
y las piernas muy recogidos, por lo que la espalda le
hacía un arco y los pliegues de la ancha túnica formaban
una combinación que, gracias a las sombras que producían
las antorchas, daba la impresión de estar cubierto de
largas plumas sobre las que acababa de caer un aguacero.
«Bueno, a comenzar de nuevo». Pensó Iílef. Y la historia
se repitió:
Sumo Sacerdote, despierta. No tengas miedo.
Pero el buitre no se movió, parece que tenía el sueño
pesado. Telepáticamente no es posible «gritar», pero sí
se puente aumentar la intensidad de la onda psíquica con
el fin de impresionar la zona receptora con mayor
fuerza. Eso tuvo que hacer, después de cuatro intentos
fallidos.
¡Despierta!
Y se le fue la mano, porque el brujo se sentó de un
salto, abriendo desmesuradamente los ojos.
—¿Qué? ¿Quién me llama? —exclamó jadeante.
Cálmate. No temas. Soy tu amigo, no voy a hacerte daño.
El Sumo se frotó los ojos con los nudillos y rebuscó con
la mirada por la habitación. Evidentemente no había
nadie. Por su parte, ya Iílef había presenciado una
escena igual hacia poco y no estaba dispuesto a perder
mucho tiempo. Dejándose de rodeos, volvió a la
coloración normal, se hizo visible para el brujo y
descendió casi con brusquedad.
No faltó casi nada para que tuvieran que volverse a
reunir en cónclave sacerdotal todos los viejos brujos
del reino a fin de elegir un nuevo Sumo. Tal fue el
susto que le hizo pasar. Primero perdió el color,
después perdió el habla y por poco pierde hasta la vida,
estuvo al borde de la apoplejía.
Iílef corrió a sostenerlo. No sabemos si por temor a que
se golpeara al caer o a que se desarmara formando un
reguero de huesos. Lo sacudió por los hombros a la vez
que le decía:
—Viejo, Sumo Sacerdote. Reanímate, no te me mueras
ahora, sería algo imperdonable —pero el viejo seguía más
desmadejado que una margarita mustia.
El marciano lo recostó en el lecho y le dio unas
palmaditas por donde todo el mundo tiene los cachetes,
menos el brujo, que no los tenía por ninguna parte.
—Vamos, viejito, despierta. No me digas que soy tan feo
que te has desmayado del susto. Bien se nota que no te
has mirado en un espejo.
El buitre suspiró profundamente y entreabrió los ojos,
instante que aprovechó el marciano para volver a
hablarle:
—No temas, no quiero hacerte daño —le dijo sonriente—.
No he venido a eso, sino a todo lo contrario: he venido
a darte el poder divino.
El viejo, ya reanimado, pero aún sin haber perdido todo
el estupor de los primeros momentos, tragó en seco y
pudo articular algunas palabras:
—¿Eee..., eres una encarnación del dios divino y
todopoderoso Atlas?
—Bueno, no exactamente, pero, por ahora, si quieres,
puedes aceptarlo así.
Acto seguido, el sacerdote se lanzó del lecho y se
postró ante el marciano, a la vez que extendía los
brazos y tocaba el suelo con la frente repetidas veces.
—¡Oh, divino entre los divinos, extiende tu protección
sobre tu hijo! ¡Custódialo y defiéndelo dé sus enemigos,
que también son los tuyos! ¡Malditos los que te
maldijeren y benditos los que te bendijeren!
Iílef lo interrumpió pues, de no haberlo hecho, el viejo
se hubiera rajado el cráneo por la vehemencia que ponía
en cada cabezazo.
—¡Déjate de ridiculeces y hablemos. Siéntate en la cama,
serénate. Mírame bien para que pierdas todo temor. Así.
¿Ves que soy un ser humano como tú?
—Sí, es cierto, hemos sido creados a imagen y semejanza
de los dioses. Se confirman las antiguas enseñanzas.
¡Alabado seas! —ya el brujo iba a lanzarse de rodillas
nuevamente, pero el marciano lo atajó.
—No, no. Está bueno ya de jaculatorias. Mira, viejo, mi
nombre es Iílef, vengo del planeta Korad...
—¿Planeta? ¿Qué quieres decir?
—Un planeta es un cuerpo celeste... Bueno, digamos que
es como las estrellas. Eso es, yo vengo de un planeta
que, desde aquí, se ve como una diminuta estrella roja.
¿Comprendes?
—¡Claro! —contestó el viejo—. Vienes del cielo, de la
morada de los dioses. No podía ser de otra forma, divino
Iílef. Bienaventurados aquellos que...
—Bueno, está bien. Si insistes en deificarme, no me
opondré, ya habrá tiempo suficiente para que cambies tu
manera de pensar. Ahora vayamos a lo más importante: te
decía que he venido del planeta Korad, representando a
una civilización más avanzada que la tuya. Mucho más,
nuestro saber es muy grande...
—Eso nos consta—interrumpió el Sumo—, la sabiduría
divina es inconmensurable. Muchas veces hemos tenido
muestras de ello; hace poco, indicaste a mi soberano que
saldría victorioso si atacaba a los pueblos de
cabelleras largas, pero lo hiciste en otro lenguaje muy
común a los dioses: un cuervo cruzó volando ante el rey
hacia el puerto, en los momentos en que éste imploraba
tus consejos. En otras ocasiones también has hablado en
las entrañas de los toros que hemos sacrificado en tu
honor.
Iílef no pudo evitar un gesto de fastidio: de nuevo el
Sumo entendía mal sus palabras. ¡Cómo no iban a estar
atrasados, si se pasaban el tiempo creyendo que todo era
obra de los dioses! Decidió entregarte el regalo que le
traía. Ya casi lo había olvidado.
—No vamos a discutir ahora sobre eso. Mira, te doy esto
en prueba de buena voluntad —y en su mano brilló el
metal pulido del encendedor.
Un ¡OOOH! asombroso llenó la habitación.
—¿Es acaso la sustancia de que están hechas las
deidades? ¿Lo podrán tocar mis manos profanas? ¿Me hará
invulnerable su contacto?
El rostro del buitre parecía el de un niño ante un
regalo inesperado, era una mezcla de gozo y turbación.
—Sólo se trata de un encendedor muy simple, observa —con
un rápido movimiento del pulgar, Iílef destapó la
fosforera y accionó la rueda estriada según había
aprendido en sus lecturas sobre cosas inútiles. La
llamita brotó ante las nances del buitre. Por poco se
desploma.
—¡AAAH! De tus manos brota el fuego celestial —dijo,
escurriéndose hacia un extremo del lecho.
—No es fuego celestial ni nada de eso, es un fuego como
otro cualquiera, como el de esas antorchas o como en el
que hay en el fogón de cualquier casa —Iílef volcó la
tapa sobre la llama y ésta desapareció.
—¡Lo has apagado! ¿Por qué? El fuego divino debe
alumbrar perennemente —dijo el brujo, un tanto
disgustado.
—Se gastaría el combustible —repuso el marciano—. El
mechero es sólo para que se encienda un instante y
comunicar el fuego a otro objeto preparado para que arda
más tiempo ¿comprendes?
—¿Quieres decir que
eso es como una reserva del fuego de los dioses para
que sea empleada nada más que para propagarlo?
Un ligero fulgor de
satisfacción iluminó el rostro del marciano. Ya iba
logrando algo, ya vislumbraba un ápice de razonamiento
en la respuesta del brujo. Ahora tan sólo había que
quitarle de la cabeza que aquel fuego venía de regiones
celestiales. Cruzó los brazos sobre el pecho, los volvió
a descruzar, se los llevó a la espalda y comenzó a
caminar de un extremo al otro de la habitación. Ordenaba
sus pensamientos para darle una somera explicación sobre
el origen, las propiedades, las características y los
elementos que componen el fuego. Inconscientemente
asumía la misma postura, con idénticos fines, que unas
horas antes había tomado para sí el Gran Sabio, cuando
se disponía a disertar sobre las funciones psi.
Alguien del mundo greco-latino diría varios siglos
después aquello de que. la historia se repite, la
segunda vez como comedia.
—Sumo Sacerdote, mis
verdades pueden contradecir las tuyas, pero son las
ciertas porque provienen de un análisis científico
respaldado por la práctica. Te haré saber qué es el
fuego —y se detuvo ante su «discípulo», abriendo la mano
para mostrarle el encendedor.
Con un gesto un poco
teatral, lo volvió a encender. La llamita reapareció y
el viejo parpadeó repetidas veces.
—¿Tendré el secreto
del fuego, yo, un mortal?
—Ya verás cómo no hay
tal secreto. Vayamos por partes.
Iílef se acomodó
nuevamente al lado del buitre, cuyos ojitos brillaron
con cierta malicia. Mostró el objeto metálico entre sus
dedos.
—Esto es un anticuado
y rudimentario utensilio que yo mismo he fabricado. La
llama brota porque acciono con mi dedo pulgar esta
pequeña rueda estriada, que al rozar un fragmento de
esta piedra que ustedes utilizan también, hace saltar
una chispa, la cual, al ponerse en contacto con esta
mecha de yesca empapada en gasolina...
—¿Gasolina? ¿Qué es
gasolina?
—La gasolina es un
producto derivado del petróleo...
—¿Petróleo?
—Sí..., el petróleo
es una mezcla de hidrocarburos saturados que...
—¿Hidrocarburos
saturados? ¿Son dioses del... ?
—¡No! Los
hidrocarburos saturados son elementos cuyas moléculas...
—¿Moléculas? ¿... ?
—Las moléculas están
compuestas por átomos...
—¿Átomos? ¿Hijos de
Atlas?
—Partículas
elementales formadas por electrones, protones y
neutrones...
—¡Ya sé! Los
electrones, protones y neutrones son las deidades que
podemos invocar para que el fuego se produzca.
Iílef calló y se
quedó mirando al rostro del viejo. Éste bajó la mirada
con timidez.
—¿Por qué todo
tienes que relacionarlo con los dioses y las
divinidades? ¿Tu cerebro no concibe que haya algo
que no tenga que ver con ellos?
El buitre se alzó con
dignidad.
—Los dioses lo han
creado todo y han puesto divinidades a cargo de cada
cosa salida de su inmensa sabiduría: los ríos, los
bosques, las montañas, los animales, los...
—Sí, ya sé —dijo
Iílef con un gesto de cansando—: el fuego, el agua, la
tierra y el aire; el universo dividido horizontalmente
en cuatro cuartos y verticalmente en tres niveles que
parten del centro formando siete puntos en total. Todo
eso me lo sé de memoria y lo sabe todo el mundo. Pero
quiero dejar bien aclarado que este objeto ha
sido hecho por mí sin que ningún Atlas ni ninguna
divinidad me haya inspirado porque ¡maldita sea la falta
que me hacen!
—Desde luego que no,
tú lo puedes hacer sin otro requerimiento, porque eres
divino en ti mismo —el viejo cayó de hinojos ante el
marciano y volvió a maltratar su frente contra el piso.
O viceversa.
Iílef hizo acopio de
paciencia para no perder la calma y estrangular al Sumo.
—Bien. Piensa como te
dé la gana. Aquí tienes el encendedor —y lo puso en las
manos del viejo, que aún permanecía a sus pies—. Vamos,
levanta la tapa y acciona la ruedita.
Torpemente, el brujo
logró hacer brotar la llama, después de media docena de
fallidos intentos. Cuando finalmente pudo hacerlo, la
expresión de su rostro reflejó una mezcla de confusión y
de placer malévolo.
—Domino el fuego
—dijo—. Lo puedo hacer brotar de mis manos a mi antojo;
soy poderoso, más poderoso que el Gran Sabio, le
mostraré mi fuerza divina...
—¡No! —saltó el
marciano—. Te prohibo que lo hagas. No hablarás con
nadie sobre esto ni harás la más mínima alusión a mí o a
cualquier cosa que esté relacionada conmigo. Te dejo ese
regalo para que lo uses en secreto. Nadie debe
saberlo..., y menos el Gran Sabio.
—Es cierto —el brujo
acercó su rostro al del marciano como si le confiara un
secreto—. Muchas veces he pensado que él se ha asociado
con las fuerzas del mal. No parece sentir respeto por
los dioses y pretende imponer sus criterios profanos
sobre la sabiduría divina —bajando aún más la voz, casi
en un susurro, dijo—. No confía en los augurios de los
dioses.
—Bien..., olvídate
del Gran Sabio. Ahora tendremos que ponernos de acuerdo
en algunas cuestiones. Yo puedo enseñarte muchas cosas
mediante las cuales serás todo lo poderoso que deseas,
sólo te impongo una condición.
—¿Cuál? —preguntó
ansioso el buitre—. La cumpliré sin reservas.
—Tu obediencia
absoluta. Solamente harás lo que te ordene.
—Ordena pues —dijo el
viejo, inclinando la cerviz.
En la Atlántida se
vivía con mucha lentitud. Era sorprendente, sobre todo
para alguien venido de una época tan distante en el
futuro como el siglo XXVII. Nuestro Gran Sabio se había
percatado de ese lento fluir del tiempo, de esa
monotonía casi exasperante que lo llenaba todo, embotaba
los sentidos y hacía desear que ocurriera algo, aunque
fuera una catástrofe. En su tiempo, cada minuto
surgía algo nuevo; en el estrecho marco de sesenta
segundos podía producirse un descubrimiento que
representaba hasta siglos.
Pero aquí era
distinto. Hacía ya seis meses de su encuentro con el
marciano y de la pesadilla de su verraquísima Majestad.
Iílef no había vuelto a aparecer después de haber tenido
la poca delicadeza de marcharse sin despedirse. Bien
pudo haberlo esperado, él no iba a demorar mucho.
Además, ¿por qué tanto apuró? «Bueno, cada loco con
su tema», había dicho Larx. «A propósito —se
preguntaba—, ¿estaría loco Iílef? Sería el colmo:
marciano y al mismo tiempo loco, era demasiado.»
Sobradas razones
tenía el sabio para pensar así, aunque hubiera ciertos
detalles que él desconocía: el primero de ellos era que
Iílef no andaba muy lejos; el segundo detalle sí andaba
muy lejos, a muchas millas de allí, hacia el este,
entrando por el Mediterráneo hasta la desembocadura...
No, vamos a dejamos de estar dando vueltas y digamos de
una vez que nos trasladamos hasta el reino de Apofis III,
en el Delta del Nilo.
Y ustedes se
preguntarán: «¿Qué relación tiene una cosa con la otra?»
Esperen un poco y ya verán cómo esto se complica de tal
manera que ni yo mismo sé cómo va a terminar. Lo que sí
puedo asegurarles, por el momento, es que este fulano,
Apofis III, era, además de hykso muy quisquilloso.
Los hyksos eran unas
tribus nómadas que cuando se aburrían de andar
vagabundeando de un lugar a otro, se ponían de acuerdo
para conquistar algún pueblo y entonces aburrirse en un
mismo lugar. Porque no me dirán ustedes que la vida en
una ciudad rodeada por el desierto, donde el paisaje se
reduce a kilómetros de arena por todos los puntos
cardinales, con un sol capaz de salcochar cocodrilos, y
respirando polvo las más de las veces, era tan amena
como para andar hecho unas pascuas.
Por eso Apofis ni
tenía tan mal carácter. Su único entretenimiento era
subir todas las tardes a la terraza de su palacio para
contemplar los espejismos. Y hasta eso ya estaba
perdiendo su atractivo, porque casi siempre eran los
mismos. Entonces, ¿qué le quedaba por hacer? Bueno,
dirán ustedes que podía entretenerse con su harén,
porque, seguro que tenía uno. Efectivamente, Apofis III
tenía su harén, que nada le envidiaba a los mejorcitos
de los alrededores. Pero su séquito de concubinas era
sólo convencional, impuesto por la costumbre. Apofis
tenía sus gustos muy particulares en los cuales nadie
debe meterse, y a las ciento catorce bellas mujeres que
esperaban por él, solamente las conocía de oídas. No sé
si ustedes me entenderán cuando digo que Apofis era un
poco..., vamos, que,.., hablemos claro: que prefería
salir a pasear por las tardes con un domador de caimanes
que con una mujer, ¿me explico?
Digamos también que
Apofis III había llegado al trono gracias a la muerte
repentina de su padre, Apofis II. El viejo se las daba
de gran guerrero y en cierta ocasión quiso impresionar a
sus generales, tomando parte en una escaramuza donde la
superioridad numérica de sus tropas era de cincuenta a
uno. El enemigo se retiraba a la desbandada, cuando el
rey, envalentonado, lanzó su camello en persecución del
pequeño grupo. Pero se puso tan fatal, que la única
piedra lanzada por un hondero del bando contrario, la
paró el Apofis viejo con su frente. Todavía no ha sido
posible explicar cómo el proyectil pudo haberle
penetrado hasta el occipucio. Los sabios de la época
atribuyeron la fuerza del impacto a la suma de las
velocidades de la cabeza que iba y de la piedra que
venía. Fue el único rey cuya momia tenía un seboruco en
el lugar del cerebro. Hizo época.
Apofis III, que había
sido su primogénito, era el indicado para ocupar el
trono, aunque los ministros y los sacerdotes no lo
vieran con buenos ojos. Su «debilidad» de carácter se
sumaba a la falta de estatura y a lo desproporcionado
que era. Imagínense ustedes un cuerpo de cinco pies que
ostente una cabeza hecha para una talla de casi siete y
podrán tener una idea aproximada de su figura. Parecía
un clavo de línea.
Precisamente aquella
mañana en que Larx se aburría en la Atlántida, el rey
hykso se levantaba malhumorado.
—¡Aktonikaaal! —ése
era el nombre de su esclavo-canchanchán, importado de
Asiria.
—¡Oh, gran majestad!,
¿reclamas mi presencia, divino hijo de Ea? Excelsa
figura, flor de...
Quien así se
expresaba era el criado, con la frente inclinada ante su
amo.
—No, es que estoy
ensayando para hacer la voz prima en el drama de la
pasión de Osiris en Abydos. Déjate de cumplidos. Hoy he
amanecido con dolor de cabeza, parece que tu dios Enki
se ha enfadado conmigo porque los toros que mandé
sacrificar ayer en su honor estaban un poco flacos, ¿de
dónde los trajeron?
—De los corrales
aledaños al templo de Hacktar, señor.
—Pues ordeno que le
machaquen los sesos al gran sacerdote de ese templo.
¿No se los dije? Este
Apofis tiene malas pulgas.
—Tus órdenes serán
cumplidas, oh, divina majestad. Pero aún no me has
comunicado para qué requieres a tu humilde esclavo, ¿es
ésa tu única voluntad?
Clavo de línea negó
con la cabeza mientras se llevaba la mano a la frente,
queriendo reprimir el dolor que lo atenazaba.
—No,
no fue para eso que te mandé llamar, ya casi se me
olvidaba, ¡qué memoria la mía! Quiero ir hasta la gran
pirámide. Que dispongan mis mejores camellos. Aktonikal
tragó en seco.
—Oh, excelsa diadema
que adornas la frente de Nebo, dios de la sabiduría. Oh,
flor de...
—¿Qué te pasa hoy,
Aktonikal? ¿Se te ha subido lo
de imbécil? Anda,
¡cumple lo ordenado! Quiero mis mejores camellos...
—Dromedarios, señor
—interrumpió el criado—. Sólo tenemos dromedarios
porque...
—¿Qué estás diciendo,
bastardo? —evidentemente que el rey iba cogiendo vapor—.
¿Dónde están mis camellos? ¡Habla!
—Verás, señor... Los
mercaderes que nos suministran los medios de transporte
dijeron que en lo adelante ya no criarían camellos, sino
dromedarios. Dicen que salen más económicos y que
resultan más manuables por ser más pequeños; Por otra
parte, adujeron que los camellos ya estaban pasados de
moda, que ningún rey que se preciara de distinguido era
capaz de exhibirse montado en un camello.
—¡Esto es el colmo! —Apofis
caminaba de un lado a otro de la habitación como un león
con urticaria—. Pero, dime, estúpido, ¡qué hicieron con
mis quince camellos!
—Pues..., verás...,
excelsa figura, preferido de los dioses, flor de...
—¡Al grano!
¡Contesta, antes de que se me agote la paciencia!
—Si..., decía que...,
como ya los camellos estaban en decadencia, el Kemir
Mayor decidió dejarse llevar por los consejos de los
mercaderes: éstos le dijeron que. a cambio de los quince
camellos, ofrecerían veinticinco dromedarios a precio
rebajado; que aprovechara porque pronto no podría salir
de ellos ni regalándolos; que se le daba esa oportunidad
porque ellos compraban camellos como material desechable
para hacer albóndigas y alimentar a los cocodrilos
sagrados de...
—¡Basta! ¡Basta! —Apofis,
anonadado, se había dejado caer sobre los almohadones
que cubrían el piso, llorando a moco tendido—. Mis
camellitos, los mejores de todo el Delta, mi orgullo...,
convertidos en picadillo para albóndigas...
—Pero, señor..., flor
de... —Aktonikal intentaba consolarlo, pero mientras más
hablaba, con mayor fuerza se desencadenaba la tormenta
de lágrimas de su soberano. Del moco tendido y
sentimental pasó a la perreta franca.
—¡Descuarticen al
Kemir Mayor! ¡Quemen sus despojos, esparzan sus cenizas
en la primera tormenta de arena que nos azote! ¡Borren
su nombre de todas partes, maten a toda su familia!
¡Desaparézcanlo! ¡Que no quede ni su recuerdo! —ya
aquello era más que una perreta, era un ataque de
histeria con pataleta acompañante.
—Señor..., el Kemir
Mayor no tuvo la culpa... Él actuó pensando en obtener
lo mejor para ti, oh, gran soberano, para ti y para tu
reino. Quienes lo embaucaron fueron los mercaderes que
te propusieron el trueque. Seguramente que ahora le
venderán a buen precio tus camellos a su rey. O tal
vez..., hasta fueron enviados por éste para hacerse de
las mejores cabalgaduras de todos los reinos...
Clavo de línea dejó
de patalear. Sacó la cabeza de debajo de la almohada
para prestar mayor atención a las palabras del criado.
Éste continuó:
—Sí, su alteza
divina, eres el más envidiado de todos los soberanos,
con seguridad que tu fama se ha extendido hasta las
lejanas tierras de esos comerciantes y su rey ha querido
herir tu alma quitándote tan preciadas piezas, oh, flor
de...
Apofis ni dio un
salto, se sentó y, aún haciendo pucheros, preguntó:
—¿De dónde venían
esos traficantes inmundos? ¿Quién es el bastardo que los
gobierna?
—Eran de una tierra
lejana, hacia donde se esconde el sol..., eran de la
Atlántida, señor y su soberano...
—¡Su bastardo!
—interrumpió el rey. Todo parece indicar que «bastardo»
era una gran ofensa. Aktonikal continuó:
—...Su bastardo
soberano es conocido como verraquísima Majestad,
señor...
Apofis se puso de
pie. Ya no lloraba ni hacia pucheros.
Su mirada se había
vuelto dura y los dientes le rechinaban.
—¡Llama al jefe de
mis ejércitos! ¡Pronto! ¡lo destruiré, lo haré tragarse
paletadas de arena, arrasaré sus ciudades, aniquilaré
sus ejércitos, convertiré en mis esclavos a toda su
parentela y a sus súbditos!
Vuelta a caminar de
un lado a otro como el león con urticaria ya conocido.
—No, no y no, vaya.
No les permitiré que se burlen de mí.
Y cuando Apofis se
empecinaba en una cosa, había que cogerle miedo. Aún
estaba muy fresco el incidente con el Sekhemra tebano
cuyo reino estaba en la orilla opuesta del Nilo, frente
al de los hyksos. No me digan que no saben ustedes lo
que sucedió, porque bastante ruido hizo la cosa.
Precisamente fue por una cuestión de ruido. Sí, resulta
que los hipopótamos de Tebas molestaban con sus mugidos
a los habitantes del Delta, y entre ellos a Apofis III.
La protesta hyksa no se hizo esperar ni la respuesta
tebana tampoco. En un intercambio de mensajes, cada vez
más subidos de tono, los del sekhemra dijeron que ellos
no podían evitar que los hipopótamos bostezaran;
bastante los había castigado Ra con tener que mirarles
las caras a los barqueros hyksos que cruzaban el río.
Apofis montó en cólera y dijo que no estaba dispuesto a
escuchar un mugido más ni aunque viniera del mismo
soberano de Tebas. A lo cual le respondieron que más
animal sería su abuelo, Apofis I. El asunto terminó con
el ataque de las tropas del Delta en el comienzo de una
guerra que habría de durar cinco años. Por aquí podrán
ustedes aquilatar los pantalones que se calzaba Apofis
III y el ciclón que le venía encuna a su verraquísima
Majestad.
En casi todas las
novelas cursis, los grandes acontecimientos ocurren en
una soleada tarde invernal. En ésta, por no ser menos,
también nos encontramos en una soleada tarde invernal,
en el patio del palacio real atlántico. Su verraquísima
Majestad se halla muy ocupado: cinco de sus ministros lo
auxilian en la difícil tarea en que se ha enfrascado,
después de ordenar que no se le interrumpiera bajo
ningún pretexto. Hace ya dos horas que sus ministros van
de un lado al otro del patio en la ardua y penosa labor
de alcanzarle al soberano los avioncitos de papel que
previamente había lanzado al aire.
En efecto, aquellos
avioncitos no podían ser obra de nadie más que del Gran
Sabio. «Mantengo entretenido en algo inofensivo y no
pensará en armar camorra», se había dicho Larx al
analizar lo que habíamos tratado en el capítulo
anterior: el tedio. No hay nada que traiga peores
consecuencias que el estar sin hacer nada»
históricamente, el aburrimiento de los monarcas siempre
ha sido funesto para la humanidad. Nuestro amigo lo
sabía, gracias a lo cual había evitado unos cuantos
conflictos desde que estaba allí. Por otra parte, sus
«invenciones» siempre fueron recibidas con agrado. Nadie
sería capaz de imaginar los meses que su verraquísima
Majestad se pasó haciendo bailar un yoyo que te regaló
el Gran Sabio como si lo hubiera traído» de tierras
lejanas. Gracias al yoyo se le bajaron los humos cuando
el asunto aquel con los escitas. Sucesivamente, siempre
que las circunstancias lo requirieron, el soberano había
recibido, orgulloso del viejo más sabio de todo el orbe:
el trompo, el rehilete y un manual de instrucciones para
jugar a la gallinita ciega. a las prendas y a las
viandas. Pero eso no era nada en comparación con lo del
verano pasado: el reino se conmovió al conocer el juego
de damas. Y ya estaba preparando las condiciones para
traer un parchís. Si aún no lo había hecho era porque
primero había que enseñar a contar hasta doce al
soberano y a la corte, y aquello era un asunto bastante
complicado que exigía su tiempo.
Larx observaba
complacido aquella escena apacible desde la ventana de
sus habitaciones. Pero la sonrisa beatífica se le
congeló en los labios cuando el jefe de la Guardia Rural
irrumpió por un extremo del patio. Venía agitadísimo:
las plumas del casco medio deshilachadas, la coraza al
revés y cojeando del pie izquierdo pues te faltaba una
sandalia.
—¡Majestad!
¡Majestad!
—¡Maldición! Que no
pueda uno tener ni siquiera un rato de solaz
esparcimiento sin que vengan a perturbarlo. ¿Qué sucede?
—M..., Ma...,
Majestad —balbuceó el jefe—, muchísimas naves guerreras,
que dicen ser de los hyksos, se encuentran prácticamente
a las puertas del reino...
—¡Pues que las
cierren! —dijo el soberano, dando una patada en el
suelo, que escachó por completo a un avioncito muy
espigado.
—Ése..., ése es el
problema, su verraquísima Majestad, los porteros se han
declarado en huelga porque hace tres meses lunares que
no se les paga el sueldo.
El rey, que contenía
a duras penas su ira, agarró al oficial por las correas
de la coraza y le espetó en pleno rostro:
—¿Y para qué están
ustedes?
—Es..., eees verdad,
excelsa figura. No había pensado en eso...., grande es
tu saber...
—¡Retírate y cumple
la orden! Oh, divino Atlas —se lamentó—, creí tener en
mi ejército hombres valiosos como los cedros del Líbano
y resulta que lo que tengo es una plantación de
alcornoques.
El capitán se retiró
haciendo reverencias y aplastando avioncitos.
—Esto se pone malo
—dijo Larx, que había oído toda la conversación—.
Esperemos a ver qué pasa con los hyksos. Que yo
recuerde, nunca tuve noticias de que se hubieran
aventurado hasta lugares tan distantes de su territorio;
ni tampoco los consideraba buenos navegantes. Bien,
lo que sea sonará.
No había pasado un
mes —lunar, desde luego—, cuando el soberano volvió a
ser interrumpido en los momentos en que celebraba un
partido de quimbumbia. Esta vez fue su ministro dé
finanzas quien se presentó ante él.
—Verraquísima
Majestad, una comisión de comerciantes y mercaderes del
reino reclama una audiencia urgente. El rey empezó a
coger vapor.
—¿Y qué demonios
quieren esos bandidos? ¿Quejarse de los impuestos?
—No han querido
decírmelo a mí. Majestad, dicen que es algo grave y de
tu directa incumbencia.
—Vamos a ver qué se
les ofrece. Con seguridad que vienen por el asunto aquel
del recargo, por no pagar a tiempo el impuesto sobre las
tinajas de boca estrecha, o la contribución de los
becerros cojos.
La bola majestuosa se dirigió hacia el salón de las
audiencias a través de los corredores, salas y pasillos
que ustedes conocen por haberlos recorrido más de una
vez. Ya se les puede soltar dentro del palacio qué
seguramente encontrarán el camino deseado sin tropiezo
alguno, ¿verdad? Tampoco creo necesario volver a
describir el salón de las audiencias, es el mismo de
siempre.
Los solicitantes formaban un grupo en un extremo del
amplio recinto. Con aire de sumisión y vestimentas un
tanto raídas —con el fin de aparentar una situación
económica rayana en la pobreza—, dejaron sus murmullos y
se inclinaron para reverenciar al soberano, quien en ese
momento subía al estrado para acomodarse en el trono.
—Veamos —dijo el verraquísimo—, pero sean breves porque
estoy muy ocupado. Qué los ha traído aquí y por qué ese
aspecto tan medroso.
La comitiva guardó silencio, mirándose a las caras, como
indecisos, hasta que al fin, un codazo mal encubierto en
el riñón de un fabricante de esterillas, lo obligó a
hablar.
—Magnánimo guía del estado atlántico, elegido de los
dioses...
—¡Está bueno ya de alabanzas! Acaben de decirme qué
quieren.
El fabricante, aún temeroso, continuó:
—Majestad, los hyksos están a las puertas de la
Atlántida...
—Ya he mandado cerrarlas, todas, las doce. Son de cobre
importado y aunque se cansen de llamar a ellas, con no
abrir ya es suficiente. Es más, al que se atreva a
quitar un solo cerrojo, lo mando hacer..., papilla. No
hay nada que temer, los hyksos no entrarán en el reino,
¡por el mismo Atlas que no! —y alzó la frente con gesto
altivo.
—Perdón, verraquísimo —replicó un mercader de camellos—,
pero así como nuestros enemigos no pueden entrar en la
ciudad, nosotros no podemos salir de ella; y yo, este
humilde servidor, se verá imposibilitado para traficar
camellos y el otro no tendrá donde comprar mercaderías
pues todas las rutas marítimas han sido cortadas...
—Ya se volverán a empatar. Y mientras tanto —dijo el
rey, abarcando a los mercaderes con un gesto de su brazo
extendido—, ustedes, si no pueden comerciar, pónganse a
jugar con un palito y arcilla, como hicieron los
babilonios, a ver si inventan algo mejor que la
escritura cuneiforme, hasta que los dichosos hyksos,
como diría nuestro Gran Sabio, se vayan con su música
a otra parte.
—Pero, ¿de qué vamos a vivir? —dijo una voz salida
del grupo.
—La arcilla no se come, al menos que uno tenga
lombrices... —afirmó un médico radicado en la ciudad.
—...Y a mis alfombras, no les entran ni las polillas ...
Las exclamaciones iban subiendo de tono hasta
convertirse casi en una algarabía incomprensible.
—¡A callar! —gritó el rey—. Pues ya que se encuentran
tan deseosos de continuar con su tráfico, ¡que se ordene
una leva y ustedes irán al frente a conquistar con las
armas en las manos los mares ocupados por los hyksos!
¿Les parece bien?
Además del soberano, en la sala reinó un silencio
absoluto, tan profundo que, si en aquellos instantes
hubiera suspirado una mosca, con seguridad que se habría
escuchado en todo el recinto. Pero las moscas no sus.
piran. Por eso, quien rompió el silencio fue un
fabricante de velas de cebo de hipopótamo para decir
tímidamente.
—Gran conductor del estado atlántico, sabias son tus
palabras, mas no debemos dejarnos llevar por la ira...
En mi humilde opinión, si parlamentáramos con Apofis III,
el rey de los hyksos, y les dejáramos gobernar la
Atlántida por un tiempito... La cosa podría arreglarse
con una honrosa claudicación de su verraquísima
Majestad... Se evitarían derramamientos de sangre,
destrucciones... Su verraquísima Majestad se retiraría a
cualquier otro país, al Alto Nilo, a Nínive, por
ejemplo... Y sus bienes serían respetados. Así nosotros
volveríamos al tráfico normal y el reino...
La bola majestuosa, enrojecido de cólera, no pudo evitar
ponerse de pie como si hubiera recibido un pinchazo.
—¿Claudicar yooo? ¡Jamás! ¿Cómo te atreves a proferir
semejante insulto? —si Larx hubiese visto al soberano,
con seguridad hubiera dicho que estaba cogiendo un
chivateo de altura—. Claro, a ustedes lo
único que les interesa son sus asquerosos negocios y la
usura. Siempre que haya plata en abundancia, no importan
ni el estado, ni el rey, ni la mismísima madre de Atlas.
¡Mercanchifles! Sepan que, de rendirme a los hyksos
¡NONES!
Aquella expresión si pertenecía al lenguaje del Gran
Sabio.
—¡Largo de aquí!
¡Malandrines! —prosiguió el soberano—. Convocaré a mis
consejeros para ver qué puede hacerse. Pero desde ahora
les digo que no consentiré que un solo asqueroso hykso
cruce ni el primer canal. Ésa es mi ultima palabra.
Y se retiró del salón como un bólido.
—Mal rayo me parta. Gran Sabio —dijo el criado según la
etiqueta de costumbre. Era Pekpi, ¿se acuerdan de él?
—Que para bien sea. Pero, acércate, no te quedes parado
ahí con esa antorcha en la mano, te pareces a la vieja
estatua de la libertad—era Larx, contestando el saludo
del criado. El Gran Sabio se puso de pie y dejó a un
lado los instrumentos que simulaba ajustar. Le extrañó
que vinieran a traerle algún recado del verraquísimo a
hora tan desusada, por eso concentró su atención y dejó
que su glándula pineal captara el canal de frecuencia
psíquica portador de los pensamientos del criado.
«Noto que está alegre porque habla conmigo. Ahora ordena
sus pensamientos para decirme que el rey desea verme al
mediodía. Piensa que ya le avisó al Sumo Sacerdote y que
éste le advirtió que no me dijera nada. Humm, aquí hay
algo raro, momentáneamente se ha preocupado por haber
oído al azar, algunas "palabras mágicas" que han quedado
grabadas en su memoria como... ¡triángulo isósceles!...
Ahora va a hablarme.»
—Su verraquísima Majestad me ha ordenado avisarte para
que te presentes ante él, cuando el divino sol...
—Sí, te comprendo muy bien. Pero, siéntate un momento.
.. Este... ¿Cómo te llamas?
—Está prohibido a los servidores como yo sentarnos ante
la presencia de nuestras grandes dignidades, Gran Sabio.
Me llaman Pekpi, señor.
—Bueno, es verdad, pero, si te ordeno algo, tienes que
obedecer, ¿no es así? Por lo tanto, te ordeno que te
sientes, deja la antorcha en el soporte. Ponte cómodo,
recuesta la espalda a la pared, así.
Ya podrán ustedes imaginarse cuáles eran las intenciones
de nuestro amigo el Gran Sabio. Quería «sondear» en el
subconsciente del criado.
—Así que te llaman Pepki, vaya, vaya. Ése es un nombre
que revela inteligencia y, en realidad, me he percatado
de que eres un chico muy listo —el tono de su voz iba
bajando gradualmente—, por lo tanto, te otorgaré el
título de Tracatán porque siempre andas llevando
y trayendo recaditos de su verraquísima Majestad.
—¿Puedo yo ostentar ese título? —preguntó halagado.
—Claro que sí, serás «Pekpito el Tracatán»; a propósito,
hubo en mi lejana tierra, hace mucho, pero muuucho
tiempo un niño llamado Pekpito, que quería tener una
bicicleta...
—¿Una bici..., cleta? —preguntó el Tracatán, cuyos
párpados iban irremisiblemente en picada.
—Sí, una bicicleta. Sus padres le dijeron que sólo
tendría la bicicleta si se dormía temprano... Por eso,
Pekpito siempre quería tener sueño, sueño..., mucho
sueño y dormir..., dormir...
Y Pekpito se durmió como una piedra. El viejo se sentó
frente a él.
—Vas a contestarme todas las preguntas que te haga —dijo
muy quedo, concentrándose—. ¿Qué te ordenó su
verraquísima Majestad hace un momento?
—Me ordenó avisarte a ti y al Sumo Sacerdote... No era
necesario que el viejo «oyera» el relato del criado
pues, agudizando su psicopercepción, «veía» dentro de su
propio cerebro todo lo que pensaba el otro, antes de
«codificar» su mensaje con signos lingüísticos o
palabras.
«Sale de las habitaciones reales y se encamina hacia el
templo para avisarle al brujo. Llega al gran salón, no
lo ve por ninguna parte y decide ir a sus habitaciones.
Se acerca a la entrada, escucha una voz extraña que
dice: "Triángulo isósceles porque tiene dos lados
iguales". La voz cesa. El brujo se asoma y lo detiene:
¿Qué quieres? Le pregunta.»
—¿No volviste a oír la voz, ni ninguna otra cosa que
dijera el Sumo cuando volvió a entrar en sus
habitaciones?
—No, nada más. Después vine hacia acá.
—Bien, Pekpito, buen muchacho. Ahora te despertarás,
pero no recordarás nada de lo que hemos hablado.
El viejo hizo chasquear los dedos ante el rostro
impasible del criado y éste parpadeó repetidas veces.
—Anda, Tracatán, puedes retirarte.
—No sin antes...
—Sí, ya lo sé, la bendición. A ver, baja la chola.
—¿La qué, señor?
—Ejem, la cabeza, quise decir la cabeza.
El criado inclinó la frente mientras el viejo repetía la
fórmula ya conocida, trazando una cruz en el aire con su
dedo enhiesto.
—Que te vaya bien y que te arrolle un tren.
Una dicha inefable se reflejó en el rostro de Pekpito,
quien se retiró haciendo reverencias. El viejo quedó
pensativo, pero no quería sacar conclusiones sin otros
elementos de juicio.
—Vamos a ver qué tripa se te ha roto ahora al
verraquísimo.
Y se encaminó hacia el salón de las audiencias.
—Abrakadabra
—dijo, sin detenerse ante los soldados.
La bola majestuosa era la viva estampa de la desolación.
Su obesa humanidad se desbordaba, sobrepasando los
límites de la silla real y su rostro era todo un poema,
el Poema del justo que sufre, diríamos, si
estuviéramos en Egipto. Un poco a la izquierda, con la
nariz más ganchuda que otras veces, el buitre guardaba
silencio. Tan atribulado estaba el soberano que ni
siquiera se percata de la llegada del Gran Sabio.
«Vaya, el brujo de mierda está aquí —se dijo Larx—, y la
bola verraca tiene cara de indigestión. No sé por qué,
pero presiento que aquí hay gato encerrado. Los
pensamientos del rey son un gran desorden, donde se
mezclan el augurio del cuervo, la gente de cabellos
largos, el Tío Sam y la paliza, unos mercaderes que
gritan y un combate entre no sé quienes. La verdad es
que no entiendo ni pitoche.»
—Mal rayo te parta, verraco por excelencia —saludó
el Gran Sabio.
El soberano apenas levantó la cabeza. Sólo un gesto
breve de su mano acompañó la respuesta,
—Que para bien sea.
—Aquí estoy a tu entera disposición, soberano que riges
la Atlántida. Ordena pues...
—Ni sé lo que voy a ordenarte, viejo sabio. Es por eso
que requiero de tus consejos y del de los dioses también
—volvió el rostro hacia el brujo, quien inclinó la
frente.
—¿Qué puede atribular al sereno y verraquísimo soberano?
—preguntó Larx, poniéndose más ridículo de la cuenta—.
¿Qué puede afligirte que no sea factible resolver entre
los dioses y la ciencia?
—Las naves de los llamados hyksos han interrumpido todas
las rutas de acceso a la Atlántida. Estamos rodeados,
asediados, ninguna embarcación puede llegar o partir sin
correr el riesgo de ser hundida. Los mercaderes
protestan y temo que, si esta situación continúa,
peligre la estabilidad del reino. Por eso, llegue hasta
ustedes, mis más fieles servidores, esta exhortación
para que, con el favor de los dioses y de la ciencia,
encuentren felizmente una vía que solucione este
intríngulis.
—¿Hay algún motivo para que nos ataquen estos pueblos
tan distantes de nosotros? —preguntó el viejo sabio.
—No lo sé —contestó el atribulado rey—. He mandado tres
embajadores para averiguarlo y me han colgado a los
emisarios del espolón de sus naves. Ya no hay oficial en
mi ejército que esté dispuesto a llevar otro mensaje.
—¡Oh, grande y divino rey de la Atlántida! —era el brujo
levantando los brazos al cielo—. Te propongo invocar al
padre de todos los dioses. Que el divino Atlas nos diga
qué debemos hacer, que hable por las entrañas del toro
más hermoso que nunca antes se baya sacrificado en el
reino, que su hígado sea el portador del encargo divino.
—Y cuando terminen de hablar con el hígado, se lo
entregan al cocinero para que me lo prepare a la
italiana —fue un exabrupto del Gran Sabio.
—¡Blasfemias! —exclamó el brujo indignado—. ¿Cómo te
atreves? El hígado del toro es sagrado y sólo puede
servir de ofrenda a los dioses —volviéndose al rey,
achicó los ojos con malicia—. Esta vez cuento con la
ayuda de los dioses. Seré yo quien halle la solución,
tendré el poder divino en mis manos, los dioses guiarán
mis pasos. Confía en mí, digno soberano.
Para el Gran Sabio no pasaron inadvertidas las palabras
del brujo, al contrario, le pareció muy significativa
aquella seguridad con que había hablado. Un poco de
concentración en la mente del buitre y sabría a qué
atenerse.
«Veamos qué tiene el brujo de mierda entre ceja y
ceja... ¡¿Cómo?! —Larx dio un respingo—. ¡Imposible,
pero cierto! El brujo me está bloqueando sus
pensamientos con la tabla de multiplicar por dos: dos
por uno, dos; dos por dos, cuatro; dos por tres,
seis.... ¡Aquí hay marciano encerrado!»
Luego afirmó:
—Mi poder impedirá que el enemigo pueda hacer daño al
país de los atlantes. Los detendré, es más, los
expulsaré de todos estos contornos.
El soberano agregó un sollozo de emoción.
—Sabía que mis fieles servidores no me fallarían en
estos difíciles momentos. Vayan el uno y el otro a
disponer de sus mañas y ya veremos cuál de los dos logra
su cometido.
La bola regia se retiró hacia sus habitaciones. Las
miradas del brujo y el sabio se cruzaron y por poco
sacan chispas. Larx pensó:
«Conque el marcianito te ha cogido para el trajín.»
Mientras, el cerebro del buitre desplumado
continuaba:
«...Dos por cuatro, ocho; dos por cinco, diez; dos por
seis. doce...»
El templo en honor al dios Atlas había sido edificado en
el interior de la pirámide de los sacrificios ya
conocida por ustedes. De lo que no hemos hablado mucho
es de su parte interna. Pero ni falta que hace porque,
aparte de la estatua del dios y de una pira
perpetuamente encendida, no había otra cosa que un gran
salón rodeado de altas columnas. Por el ala derecha se
llegaba a las habitaciones del Sumo Sacerdote. Por la
izquierda, no se llegaba a ninguna parte pues no había
espació ubre entre las columnas ya que éstas estaban
adosadas al muro, al igual que la gran escultura del
viejo Atlas.
La monumentalidad propia de las construcciones
religiosas era una de las características del templo,
cuyo ambiente de misticismo acentuaba la semipenumbra y
el silencio de los altos espacios. Siglos más tarde, el
arte gótico añadiría el vitral, y los monjes el tufo a
velas de sebo, incienso y ropa vieja mohosa. ¿Sería ése
el «olor de santidad»?
La estatua del dios era, aproximadamente, diez veces la
estatura de una persona. El dios se encontraba de pie,
adosado a la pared del fondo, sosteniendo algo parecido
a un cetro en su mano izquierda, lo cual no tiene por
qué inclinamos a pensar que era zurdo. Con la derecha
esgrimía una especie de garrote que simbolizaba la
fuerza y el poder. O quizás quería decir: «A dios
rogando y con el mazo dando.» La expresión de su rostro
no podía ser más hierática; con la mirada de sus ojos
convexos fija en la entrada, parecía estar pidiendo a
gritos que lo sacaran de aquellas cuatro paredes donde,
por suceder siempre lo mismo, nunca pasaba nada. Por eso
casi arrugó el pétreo ceño al ver entrar al Sumo como
una tromba, agitando sus vestiduras cual las plumas de
un asustado buitre.
El brujo se dirigió directamente hacia la pira, delante
de él, y alzó los brazos hacia su rostro de mármol. Con
voz un tanto perturbada por la emoción, invocó:
—¡Oh, divino entre los divinos! ¡Envía tu hijo celestial
a este servidor! ¡Hazlo llegar hasta mí» pues requiero
de su poder, que es el tuyo!
Sí, todo eso estaría muy bien, pero eran sólo las tres
de la tarde, e Iílef no venía al templo hasta que caía
la noche, circunstancia esta que era del conocimiento
del Sumo, pero, ante la urgencia que se había presentado
y su absoluta convicción de que el marciano era un dios,
creía que mediante la invocación lo iba a hacer venir a
tan desacostumbrada hora. Y miren si el fanatismo
religioso produce imbéciles que, cuando el otro se
apareció a la hora de siempre, el buitre creyó
firmemente que sus ruegos lo habían hecho venir.
El marciano, convencido ya de que no había forma humana
posible de quitarle de la cabeza al viejo religioso su
condición de enviado celestial, había decidido seguirle
la corriente a cambio de que éste lo obedeciera,
asistiendo a las clases, oyendo sus conferencias y
prestándole la colaboración necesaria a sus secretos
planes. Por eso, bajó lentamente desde lo alto de la
estatua, con toda la parsimonia propia de las
divinidades. De haberlo visto el terrícola, no hubiera
podido reprimir una de sus usuales expresiones y de
seguro habría exclamado: ¡Qué tupeee!
—¡Oh, deidad enviada por nuestro poderoso!
Escuchaste mis ansiosos ruegos y has acudido al llamado
de este humilde mortal —dijo el Sumo cuando tuvo al
marciano ante sí.
—¿Qué sucede? ¿Ha ocurrido algo extraordinario? ¿A qué
viene esa agitación?
El brujo comenzó a relatarle lo ocurrido con el rey y
los hyksos, al mismo tiempo que Iílef lo sondeaba
telepáticamente para no perderse ni el más mínimo
detalle de la situación. Sabía de la astucia que fuera
capaz de desplegar ante un oponente tan peligroso como
Larx, dependía el éxito de sus planes. Por eso quedó tan
pensativo al concluir el relato. Elevándose hasta un
rincón oscuro, permaneció en él durante un buen rato, al
cabo del cual volvió a descender. Ya su rostro reflejaba
cierta malicia que se acentuaba en el brillo de sus
ojos.
—Destruirás al enemigo —dijo, con cierto aire
profético—. Lo arrasarás con mi ayuda, te daré un poder
tal que nadie será capaz de poner en duda tu palabra.
Sólo te exijo que hagas exactamente lo que voy a
decirte.
El brujo se hinchó complacido. Podría demostrar ante
todos la supremacía de los dioses sobre las burdas
artimañas de un simple mortal como el Gran Sabio. No
pudo menos que ponerse de hinojos, extender los brazos y
tocar el piso con la frente en señal de obediencia.
Iílef exclamó:
—Escúchame bien: convocarás a una gran reunión en la
pirámide de los sacrificios, a la que asistirán: el rey.
los ministros y el Gran Sabio. Les dirás que tienes el
poder divino, que los dioses, cumpliendo tus deseos,
arrasarán de los mares a los odiados hyksos; que una
gran columna de humo y agua se elevará más alta qué la
del monte Atlas y hará zozobrar sus naves. Pero también
harás saber a todos que a partir de ese momento, tu
voluntad deberá cumplirse; cualquier deseo tuyo deberá
otorgársete para bien del reino, para que se formen tus
discípulos en el saber divino y la Atlántida sea el
centro de la cultura en todo el orbe. Luego, levantarás
tu brazo derecho y señalarás hacia más allá del puerto.
Todo eso harás y todo eso tendrás dispuesto para mañana
en la mitad del día.
Y, acto seguido, el marciano desapareció ante la mirada
atónita y estúpida del buitre.
No demoró mucho en llegar hasta su cueva. Había que
darse prisa pues otra oportunidad como ésta no se le
volvería, a presentar en largo tiempo. Ante la
pulimentada superficie de una mesa de trabajo, Iílef iba
puntualizando los detalles de lo que ya calificaba como
su primer gran paso después de su llegada.
«Hay que lograr una gran conmoción, hasta el mismo Gran
Sabio, con toda su sabiduría y sus funciones psi,
se caerá de espaldas. Ahora sólo tengo que solucionar
algunas dificultades: primero, fabricar un artefacto
explosivo como uno que, si mal no recuerdo, fue
utilizado hace trescientas órbitas para facilitar la
abertura de los canales cerca de donde nací. Segundo,
colocarlo en el fondo del mar, a una distancia tal que
no vaya a causar daños en la costa atlántica, pero que
al mismo tiempo elimine a las embarcaciones que se
encuentran por los alrededores; con unas cuantas que se
destruyan será suficiente para que las demás huyan
despavoridas. Una vez logrado el efecto, le diré al
brujo que exija del rey la autorización para utilizar
uno de los salones del palacio como centro de
instrucción. Allí reuniré a mis discípulos para
impartirles los conocimientos que este viejo estúpido no
acaba de asimilar.»
Era cierto, el Sumo había resultado muy bruto, siempre
que no entendía algo, y eso ocurría constantemente, se
conformaba con decir que era una cuestión divina y cosas
por el estilo. En más de una ocasión, Iílef casi pierde
la paciencia y lo estrangula. Como aquella vez en que el
marciano le había, mostrado una bombilla incandescente.
El Sumo no le veía utilidad, decía que no sería del
agrado de los dioses porque su luz no tenía el calor de
la llama que había sido tomada, del fuego celestial. Por
éstas y otras razones necesitaba otros alumnos, quizás
más jóvenes, no tan metidos dentro de las supersticiones
y misticismos como el viejo buitre.
«Pero antes hay que construir el explosivo —pensó—. No
será muy difícil, utilizando una ínfima parte de la
energía empleada por la nave PL podría lograrse una
espléndida detonación. Tan sólo una pequeña reacción de
energía trck —el que quisiera más detalles sobre
la energía trck, puede preguntarle al primer
marciano que se encuentre por ahí— y no digo yo si uno
el cielo y el mar.»
Toda aquella noche fue de una actividad febril para
Iílef. Concluyó la carga y el detonador, que sería
accionado por él mismo desde la falda del monte Atlas,
en el instante preciso en que, por medio de sus potentes
prismáticos viera al viejo levantar el brazo. Lamentaba
no poder encontrarse en el grupo de la pirámide, hubiera
sido detectado por Larx y aquello no era conveniente.
Casi al amanecer, partió con su artefacto hacia el punto
que había elegido para colocarlo: una grieta, al parecer
bastante profunda, en el fondo del océano que rodeaba la
isla. Había lastrado lo suficiente la carga para que
llegara al fondo sin desviarse demasiado. Se deslizó
casi rozando la superficie acuática hasta que su equipo
localizador le indicó que se encontraba sobre el lugar
escogido. Allí dejó caer un objeto cilíndrico, casi de
su tamaño, que al sumergirse inclinó uno de sus extremos
hacia abajo, buscando un fondo al que tardaría bastante
en llegar. Más de la cuenta.
El Gran Sabio Larx de Cuba, País de la Maternidad, no se
sorprendió mucho cuando el Tracatán le comunicó el
mensaje del brujo. Estuvo «sondeando» al criado y había
podido averiguar que el Sumo Sacerdote se propoma poner
fin al asedio de una manera espectacular. No sería la
primera vez que se convocaba al rey y su corte para
presenciar algún rito aparatoso en que el viejo buitre
casi siempre hacía el ridículo, sobre todo desde que
Larx estaba en la Atlántida.
«Pero estas circunstancias son diferentes —pensó el
viejo—. Ahora hay un marciano medio loco detrás de todo
esto, del cual se puede esperar cualquier cosa. Y el
brujo de mierda es otro que bien baila; con tal de
obtener prebendas del verraquísimo, es capaz de
sacrificar a su abuela. Pero bueno, no nos adelantemos a
los acontecimientos, lo que sea sonará.»
Larx recordó las veces en que tuvo que evitar algún
conflicto: la mayoría de ellas pudo resolver el asunto
de la misma forma en que lo había hecho hacía poco,
mediante las pesadillas que hacía soñar al rey para
quitarle la idea de la cabeza. Incluso, cuando algunas
naves egipcias se presentaron en zafarrancho dé combate,
un par de años atrás, indujo al soberano para que pagara
cierta cantidad a los agresores y. que se largaran en
paz. Al brujo no le había gustado esa salida, hubiera
preferido que se machacaran los sesos en un combate
donde ganaran los nuestros para obtener algún botín.
Pero en esta oportunidad, las naves enemigas parecían
decididas a no regresar hasta dejar la Atlántida hecha
un churro. Y él se había pasado la noche tratando de
encontrar una solución. Había pensado en la estratagema
aquella que le atribuyeron a Arquímedes cuando se le
ocurrió incendiar las naves romanas que asediaban a
Siracusa, mediante la utilización de espejos esféricos.
Pero Sliusariev había demostrado, siglos después, que
aquello no había sido más que un embuste escrito por
Luciano. Además ¿de dónde rayos iba a sacar espejos
esféricos?
«Bueno, dice el brujo que él ya a resolver el asunto»
murmuro—. «Veamos cómo Se queda el numerito con la ayuda
del marciano» —y se encaminó hacia la pirámide de los
sacrificios.
Varios cientos de personas —funcionarios, empleados,
artesanos— se hallaban reunidos frente al monumento. Al
parecer, la noticia se había difundido y todos esperaban
ansiosos como si aquello fuera un espectáculo. En lo
único en que se diferenciaba un poco del público
bullicioso y alegre que asiste a una función de circo,
era en las caras adustas de los mercaderes, quienes
aguardaban, muy poco esperanzados, por los artificios
mágicos del Sumo. El viejo sabio, como siempre, subió
los peldaños ayudado por dos lacayos, representando muy
bien su papel de hombre cargado en años. En la cima de
la pirámide sólo se esperaba la llegada de su
verraquísima Majestad y consorte. Ya todos los
ministros, los jefes, de los ejércitos, los altos
funcionarios y el brujo con séquito de canchanchanes
formaban un compacto grupo en el que se hablaba en voz
baja y se lanzaban miradas furtivos al Sumo Sacerdote y
al Gran Sabio.
La bola majestuosa y cara de fibroma uterino no se
hicieron esperar mucho. Las notas de la marcha real
llegaron hasta el selecto grupo. El viejo Sabio no pudo
reprimir una instintiva sonrisa que comenzaba a
juguetearle en la comisura de los labios, mientras
disimuladamente, llevaba el compás con el pie izquierdo
y en su cerebro repetía el estribillo: «Aé, aé, aé la
chambelona.» La esposa del verraquísimo lucía esta vez
un casco de explorador que le quedaba muy mono y le
hacía combinación con un abrigo de piel de conejo.
Estaba sólo un poco más ridícula que otras veces.
A Larx le extrañó no ver al marciano confundido en el
grupo, ni tampoco captó su presencia por los
alrededores. Sondeó el cerebro del brujo, pero éste
seguía, imperturbablemente, multiplicando por dos.
«Señal de que no has progresado mucho —pensó—, el
marciano no se imagina la clase de lio que se va a
buscar tratando de enseñarte algo. Ahí está la prueba,
empezó hace como ocho meses y todavía no has salido de
la tabla del dos.»
Cuando el verraquísimo llegó al tope, la charanga dejó
de sonar. Ocupó un estrado que había sido puesto allí y
se dirigió a los presentes en un discurso con ciertos
matices politiqueros. No era nada de extrañar:
Larx se había encargado, durante muchos años, de
instruir pacientemente al soberano en el arte de la
retórica al modo de su bien conocido siglo XX. En
consecuencia, la bola majestuosa se deshizo en elogios
hacia su persona durante media hora, al cabo de la cual
anunció, muy escuetamente, lo que el brujo pretendía
hacer. Ahora tocaba el turno al viejo buitre. Todos los
rostros se volvieron hacia él, pero no se inmutó,
permaneció muy seguro de sí mismo. Miró al Gran Sabio
como diciendo: «Ésta es la mía.» Y comenzó su alocución.
—¡Oh, grande y verraquísimo soberano, el más verraco de
todos! —el rey se irguió orgulloso, le gustaba mucho que
lo alabaran—. Tristes son los momentos que vive la
Atlántida. Las naves de Apofis III, guiadas por los
espíritus malignos, asedian nuestra ciudad. Nadie ha
sido capaz de hacerles frente —y sus ojillos enfilaron
hacia Larx— ni ha habido arte alguno que haya podido
hacerlos retroceder. Sólo los grandes dioses protectores
de los atlantes cuentan con la fuerza suficiente para
destruirlos...
La gente había hecho silencio y la voz gangosa del Sumo
llegaba hasta la multitud reunida a los pies de la
pirámide. Nuestro amigo el Gran Sabio no tenía la menor
idea de en qué iba a parar todo aquello, simplemente
esperaba, tolerante, a que terminara la perorata.
«¿Qué se traerán entre manos este par de locos?» —Se
preguntaba— «¿Habrán logrado algún pacto con los hyksos?
Lo dudo, esa gente no entra por razones. ¿Los habrán
asustado entonces con cualquier mojiganga? Sería lo más
probable.»
—...Y ha sido a mí a quien los dioses han conferido su
poder, soy yo quien barrerá al enemigo de nuestras
aguas, porque soy el elegido de las divinidades —el
brujo iba subiendo el tono—. tan grande es mi poder que
la fuerza de los dioses que habitan la montaña sagrada
obedecerá mi mandato, rugirá en los mares a la vista de
todos y desaparecerán las naves enemigas.
Dos oyentes, sobrecogidos, no quitaron sus ojos del
Sumo. Larx no pensaba, se limitaba a escuchar impasible.
—Pero los dioses me han ordenado que ponga una condición
—«chantaje», pensó el viejo sabio agudizando el oído. El
rey hizo un leve gesto afirmativo—. El Gran Sabio debe
ser desterrado bien lejos de la Atlántida...
Un murmullo de desaprobación, siguió a las palabras del
brujo.
—...Porque su presencia irrita a los dioses, porque los
desprecia...
El rumor del gentío iba en aumento y ya se hacía
ensordecedor, cuándo el verraquísimo levantó ambos
brazos, ordenando silencio. Se habrán dado cuenta de que
el brujo acababa de hacer una jugarreta muy sucia, pues
ésa mar era la obligación que debía situar, pero se
sentía tan seguro de su autoridad que se había permitido
aquel ligero desliz en aras de lograr uno de sus más
caros anhelos: librarse de la sombra que le, hacía el
sabio.
—¡Silencio! —gritó el rey, y todos callaron—. Extraña
condición es esta que nos impones. Sumo Sacerdote. Me
pides alejar de aquí a uno de mis más fíeles y caros
servidores. ¿Cómo los dioses pueden no ver con buenos
ojos a quien siempre ha puesto su saber en beneficio del
reino? No creo bien atinada semejante propuesta y te
digo que no estoy dispuesto a aceptarla. ¡Que se pudran
Apofis y todos los barcos de su flota en el sitio
de la Atlántida.»
Los mercaderes, al oír las palabras del rey,
prorrumpieron en gritos de desaprobación, que fueron
secundados por unos pocos a su alrededor.
Larx no pudo reprimir una sensación de remordimiento. En
un instante pasaron por su mente todas las bufonadas que
había inventado para burlarse de la pompa real.
«La verdad es que el verraquí.... digo, el rey, no se
merece que lo haya llevado tan recio» —se dijo—.
Ante la negativa del soberano, la cara del brujo no pudo
ponerse más fea; se había convertido en una máscara
horrible que metía miedo. Alzó la voz, temblorosa por la
rabia:
—Pues el reino padecerá infinitamente... Los dioses
enviarán plagas que destruirán todos nuestros sembrados;
las enfermedades irán diezmando a la población; las
deidades de los ríos envenenarán las aguas para que no
puedan ser bebidas y la sed quemará las gargantas. Un
viento abrasador lo calcinará todo y quedarán en la más
absoluta miseria y desamparo. Vendrán entonces los
hyksos para llevarse como esclavos a los pocos que aun
vivan y de la Atlántida no quedará ni el recuerdo.
Un silencio sepulcral siguió a las palabras del brujo.
—¡Fuera el Gran Sabio! —gritó en medio del silencio el
mercader de camellos. A él se unió la voz de otro
comerciante y, como una reacción en cadena, los grito»
aterrados de la multitud.
—¡Destierro para el viejo!
—¡No queremos morir!
—¡Viva yo!.—aclaremos que este alarido partió de un
borracho que estaba durmiendo la mona bajo una palma
datilera.
—¡Destierro! ¡Destierro! ¡Abajo el sabio!
Mucho trabajo costó aplacar los chillidos histéricos de
la muchedumbre. El buitre permaneció con los brazos
cruzados, observando satisfecho el efecto causado por
sus palabras. La bola majestuosa se había puesto pálido
ante el cariz que tomaban los acontecimientos, mientras
cara de fibroma uterino temblaba, refugiándose entre sus
doncellas. El rey habló y sus primeras palabras sonaron
a falsete:
—Bu .., bueno..., yo quise decir que..., sólo accedería
si el Sumo Sacerdote cumple fielmente lo que ha
prometido..., sería una prueba fehaciente de que los
dioses lo respaldan... —miró al Gran Sabio, como
disculpándose—. No podemos contravenir los mandatos
divinos...
«¡......!» Esto fue lo que pensó el viejo sabio ante la
flojera del soberano. Fue una sola palabra muy conocida
en los años del XX, que en sentido figurado definía como
ninguna otra la quintaesencia del cobarde. Ésa misma,
adivinaron.
El brujo lo miró y en sus ojos dejó reflejada la
satisfacción interior que lo embargaba. «Te gané», rumió
internamente. Avanzó hacia él centro del cuadrado e
invocó:
—¡Oh, fuerzas divinas! ¡Oh, poderes celestiales!
¡Desencadenen su furia en los enemigos de la Atlántida!
—Y señaló hacia el horizonte, donde cuatro o cinco
barquichuelos se balanceaban. Allá fueron las miradas de
todos, incluso la del Gran Sabio. Por unos instantes
nada ocurrió ni parecía que iba a ocurrir... Hasta que
una enorme columna blanca comenzó a ascender en la
lejanía. Después vino el choque de la onda expansiva:
todo se conmocionó, daba la impresión de que los oídos
iban a estallar. En un instante, desaparecieron las
embarcaciones y el tope de la columna se abombó,
formando un hongo. Un rumor de asombro y miedo partió de
todas las gargantas. Ya el brujo se volvía complacido y
orgulloso hacia el soberano, cuando una segunda
explosión, cien veces más potente que la primera,
sacudió la ciudad. Un sordo rugido venia del mar,
precediendo una gran ola que, como una montaña de
espuma, se precipitaba hacia la ciudad.
La tierra cedió bajo los pies, las columnas del templo y
del palacio se inclinaron hacia delante y la gran comisa
de piedra se desmoronó antes de llegar al suelo. Larx
sólo tuvo tiempo para exclamar:
—¡Coñó, se
jodió la Atlántida!
Inmediatamente sus ropas comenzaron a desprenderse. La
hirsuta cabellera, junto con la barba blanca, se
diseminaron en el aire. Otro cuerpo y otro rostro,
libres de arrugas, vigoroso y esbelto se elevaba,
enfundado en una finísima, y ajustada membrana, como una
segunda piel de color negro, negro absoluto, cual si
estuviera hecha de espacio intergaláctico.
Únicamente sentía que su cuerpo era un fluido capaz de
disociarse en moléculas; algo amorfo y sutil, vagando
por dimensiones del espacio-tiempo sólo accesibles a
través de la cuarta función psi.
...Y, de haber establecido algún tipo de contacto,
más o menos estrecho, con la civilización atlántica,
estimamos que será muy difícil de precisar. Sólo han
llegado hasta nosotros los datos exactos sobre las
explosiones, cuyas características nos indican que no se
trata de un fenómeno natural; al menos en lo que
concierne a la primera de ellas. Según consta en el
informe enviado por la tripulación del STL-4, el día 248
de la órbita 157, encontrándose sobre la posición
3R-1-3, los equipos registradores captaron una fuerte
alteración energética, concentrada en ese punto.
Inmediatamente se detuvo la marcha del satélite con el
propósito de estudiar a. fondo aquel hecho inusitado.
Fue entonces que el segundo estallido sacudió la isla.
Si analizamos los hechos con mayor detenimiento y de
acuerdo con los detalles suministrados, podemos concluir
que: inicialmente, se produjo una detonación cuya
potencia es equivalente a cinco secciones de energía
trck, de lo cual estamos completamente seguros pues
el análisis de las muestras del aire indican una alta
concentración de núcleos libres de ese elemento. Téngase
en cuenta que en el Séptimo Planeta no existe ni una
partícula de esa sustancia en estado natural; de ahí se
infiere que sólo pudo ser llevada allá por un koradiano:
Iílef, desde luego.
La segunda explosión, casi simultánea y de mayor fuerza,
fue una consecuencia de la primera. Todo parece indicar
que Iílef confeccionó una carga, con propósitos
desconocidos, y la hizo estallar en el fondo del mar,
cerca de Atlantis. Se ignora por qué la colocó
precisamente en el centro de una zona de falla
tectónica, donde el magma interno del planeta se
encuentra relativamente cerca ¿e la superficie. En esta
franja existe una profunda grieta que se extiende a lo
largo del fondo marino, pasando por debajo de la gran
isla. También cabe la posibilidad de que lo hubiera
hecho inconscientemente, por no haber consultado antes
la información geológica de que disponía en su nave PL.
Lo cierto es que el estallido del artefacto de energía
trck, en el fondo del abismo, provocó la ruptura de
la capa sólida que separa la materia ígnea de las aguas
del mar; enormes cantidades de masa líquida se
precipitaron hacia el fondo de la hendidura en el
momento en que un volumen considerable de materias en
fusión ascendía hacia la superficie. El encuentro de
ambos causó un descomunal estampido que trajo consigo
una secuela de cataclismos. Primeramente, el desajuste
de la corteza, terrestre provocó un gran sismo que hizo
descender la plataforma submarina de la isla a tal punto
que ésta quedó sepultada por las aguas, sin que hubiera
habido ni un solo sobreviviente. Por otra parte, al
ponerse en contacto la materia incandescente con la masa
líquida, se generó un volumen exorbitante de vapor de
agua que ascendió a las capas altas de la atmósfera;
luego las corrientes aéreas llevaron estos grandes
cúmulos hacia el este, donde se precipitaron por espacio
de cuarenta días. Toda esa región se inundó por la
lluvia y durante cierto tiempo, las aguas cubrieron una
extensa superficie.
He aquí los estragos materiales que provocó el cerebro
delirante del koradiano Iílef. Pero no menos importante
es también cierto aspecto subjetivo derivado del hecho
anterior. El fenómeno lluvioso, tan poco frecuente en
esas latitudes, ha sido interpretado como un castigo
enviado por un tal Jahvé, según se han dedicado a
difundir ciertos individuos que se hacen llamar
«profetas». Es imposible prever la influencia que esta
leyenda podrá ejercer sobre la población con el decursar
del tiempo; hasta el momento sólo conocemos el relato,
cuyo protagonista, un viejo llamado Noé, dicen que salvó
a la humanidad y a los animales al refugiarse él y sus
familiares, e introducir una pareja de cada uno de los
primeros, en una gran arca.
Como colofón a este informe, recomendamos que, en el
momento oportuno, cuando el progreso científico haya
alcanzado un nivel que permita la comprensión cabal de
estos hechos a la luz del razonamiento objetivo, se
explique a las autoridades máximas del Séptimo Planeta
todo lo acontecido y se les pidan excusas por los
trastornos que les hemos ocasionado.
Sintetizador Analógico XEK-3A
Tomado de Letras Cubanas,
1983.
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