La Jiribilla | DOSSIER                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER 

EL GRAN ZOO 

PUEBLO MOCHO 

CARTELERA 

BUSCADOR 

LIBRO DIGITAL 

•  GALERÍA 

LA OPINIÓN 

LA CARICATURA 

LA CRÓNICA 
MEMORIAS 
APRENDE  
PÍO TAI  
EL CUENTO 
LA MIRADA
EN PROSCENIO 
TESTIMONIOS  
LA FUENTE VIVA 
Otros enlaces 
Mapa del Sitio 


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

CON PERDÓN DE LOS TERRÍCOLAS

F. Mond |
La Habana


Varios miles de años antes de que la atmósfera de Marte se pusiera hecha una bazofia, sus habitantes habían abierto una complicada red de canales que surcaban la superficie del planeta. Más tarde, edificaron sus ciudades a orillas de estos canales y como todas ellas tenían forma de poliedro, si se las miraba desde cinco mil pies de altura, aquello parecía un inmenso canal, o un cuadro abstraccionista de Mondrian, o un amontonamiento de piedras. Pero no estaba mal.

Korad era la principal ciudad marciana: daba nombre al planeta y se encontraba situada en la margen izquierda del Gran Canal Meridional. Allí, en uno de los octaedros que formaba parte del edificio central del Consejo Supremo, se reunió un pequeño grupo integrado por tres miembros de la comisión designada para conocer del informe final sobre el «Caso Iílef». En la pequeña sala, iluminada solamente por una tenue luz ambarina, los tres marcianos, sin intercambiar palabras –porque eran telépatas–, pusieron en funcionamiento sus cinturones anti-grav para flotar cómodamente, mientras se aprestaban a escuchar al sintetizador analógico encargado de recibir los datos sobre el caso, memorizarlos y, posteriormente, elaborar la exposición.

El «Caso Iílef» había tenido mucha repercusión. Dadas las circunstancias en que se produjo y la trascendencia de los hechos, el máximo órgano de gobierno había puesto en juego todos los recursos para investigar hasta los más mínimos detalles del asunto. No en balde los semblantes del trío reflejaban una honda preocupación. Y un marciano preocupado era algo muy serio.

La luz cambió del ámbar al verde; ahora las manos y las caras se tornaron pálidas al fundirse ambas tonalidades cromáticas. Una voz plana, caracterizada por la ausencia de inflexiones, anunció:

Sintetizador Analógico XEK-3A. Elaboración Korad 42-157. Informe a la comisión designada por el Consejo Supremo. Caso Iílef.

El koradiano Iílef reemplazó, subrepticiamente, a uno de los investigadores especiales encargados de registrar la evolución en los hábitos de vida, desarrollo intelectual y social de los habitantes que pueblan nuestro vecino más cercano, el Séptimo Planeta.

El Séptimo Planeta era la Tierra, contando desde Plutón hacia acá, como quien viene de la estrella Alfa Centauri, a mano derecha. No hay pérdida.

Es conveniente hacer un poco de historia, a manera de introducción, con el fin de ayudarnos a formar una idea más precisa de las causas que contribuyeron a llevarlo al Séptimo Planeta, así como de ciertos aspectos que coadyuven a esclarecer su conducta posterior sin ser partidarios, bajo ningún concepto, de justificarla.

Hemos estudiado con detenimiento su ficha y, en toda la extensión de la banda magnética de su expediente personal, no ha sido posible hallar índice alguno que nos dé muestras de haber poseído una inteligencia medianamente brillante. En el período de su vida estudiantil, no se observa ni un solo destello que lo haga sobresalir o destacarse entre sus condiscípulos. Como es lógico, su coeficiente no va más allá de 3B; prueba de ello lo constituye el hecho de que, aun contando dos órbitas completas de edad, era incapaz de reducir una ecuación fluctuante. Los informes periódicos del monitor catódico muestran que la parte consciente de su cerebro carecía del poder de concentración suficiente que le permitiera asimilar el mínimo de conocimientos estipulados como elementales para nuestro intelecto. Se observa en él una marcada tendencia a divagar mentalmente, a «soñar despierto», para ser más exactos. Pedimos se nos excuse por el empleo de formas de expresión ya obsoletas, pues se nos dificulta sobremanera encontrar, dentro de la terminología actual, el vocablo idóneo para referirnos a estas anomalías psíquicas tan anacrónicas hoy día.

Todo parece indicar que puede afirmarse categóricamente que Iílef era un perfecto imbécil en toda la extensión de la palabra.

Su interés por el Séptimo Planeta comienza a hacerse palpable al iniciar los estudios básicos de astrofísica. Es durante esta etapa que construye un telescopio mediante la utilización de materiales desechados por el laboratorio de la Academia, basándose en unos diseños muy antiguos que se conservan en el museo del referido centro. Con este instrumento se dedicó a realizar toda una serie de observaciones por cuenta propia; primer eslabón en la cadena de errores que lo conduciría, como es lógico, a conformar ese complejo de ideas absurdas sobre las cuales habría de apoyar posteriormente su disparatada tesis.

¿En qué consistía aquella «maravillosa» idea? He aquí un resumen de la misma: Iílef pretendía ponerse en contacto con los habitantes del Séptimo Planeta para instruirlos hasta que alcanzaran nuestro nivel científico y acelerar de esta forma su evolución. Dicho así no serían unos propósitos censurables, sino todo lo contrario. Pero el asunto adquiere otro cariz cuando se trata de una civilización con un desnivel de desarrollo tan grande, respecto al nuestro, que hace prácticamente imposible el entendimiento mutuo, la afinidad de criterios y la identidad de propósitos. Téngase en cuenta que la etapa evolutiva más avanzada de ese planeta se corresponde con la nuestra durante el período conocido por Era de los Primeros Estados, cuyo florecimiento se produjo hace alrededor de veinte mil órbitas completas.

Iílef no supo valorar esta situación y se empecinó de tal forma, que esta idea llegó a convertirse en una obsesión. A pesar de todos los argumentos opuestos que seguramente encontró durante el proceso de elaboración de estas conjeturas, el koradiano mantuvo sus criterios invariables pues no tenía la intención de ceder ni un ápice en sus puntos de vista, síntoma propio de los cerebros cuyo funcionamiento sufre ciertas anomalías de carácter excepcional en nuestros tiempos. No debe ser motivo de sorpresa el hecho de que semejantes razonamientos se produzcan en casos con antecedentes de esta índole. Tampoco es nuestro propósito abundar en el análisis neuropsiquiátrico de Iílef con el ánimo de hallar el origen de las motivaciones que lo impulsaron a elucubrar este compendio de ideas carente de buen sentido y que más tarde lo indujeron a ejecutar acciones contrarias a lo establecido por nuestras normas de conducta.

El segundo eslabón en la cadena de errores esta representado por la videotecaria. El trabajo de la joven consistía en suministrar a las computadoras toda la información recibida en videoramas; provenientes de los grupos de investigadores diseminados por diferentes puntos cercanos a la superficie del Séptimo Planeta. Como es sabido, el acceso a estas informaciones se encuentra limitado a los especialistas en la materia para evitar que los neófitos pierdan su tiempo, y se lo hagan perder a los especialistas, con indagaciones sobre detalles que, a la postre, no son fundamentales. Posteriormente, ya depurados, se ponen a la disposición de cualquiera que los solicite.

Iílef se interesaba por las versiones originales que le facilitaba su compañera, por lo que sus visitas a la videoteca eran frecuentes. En la última de ellas terminó por perder el juicio para ya no volver a encontrarlo jamás.

Acababa de recibirse una información que correspondía a una gran isla situada entre dos masas continentales; sus habitantes la llamaban Atlantis. La joven, después de revisarlas, consideró que serían de suma importancia, pero, precisamente por eso, guardó cierto recelo en mostrárselas a su amigo, pues, conociendo sus ideas, aún no estaba muy convencida de la certeza clara y manifiesta de las mismas. Es más, se hizo el firme propósito de ocultárselas hasta tanto no tuviera pruebas irrefutables de la sensatez de sus proyectos. Pero aquella misma tarde la visitó Iílef.

No vamos a reproducir aquí la secuela de frases ridículas con las que nuestro «héroe» saludó a su amiga; sería recargar este informe de sensiblerías huecas. Sólo diremos que éste llevó la conversación al asunto, desplegando tanta fuerza y vigor en sus argumentos, que la joven se extasiaba al escucharlo. Insistió con tal vehemencia en sus razonamientos que, frases como «la gran contribución al progreso de otros seres...», «...las miles de órbitas abreviadas»; el hecho de «poner toda nuestra experiencia y nuestra cultura al servicio de un mundo que nace...»; el «...acortar la pesadilla del proceso intermedio...» y otros disparates por el estilo la impresionaron tanto que, «espontáneamente, le habló de los videoramas recibidos sobre Atlantis. Sin detenerse a pensarlo dos veces, y menos a examinar con cuidado las consecuencias de su acción ni su responsabilidad por lo que de ésta pudiera derivarse, facilitó a Iílef la posibilidad de estudiar una información destinada a otros fines.

Proyectaremos ahora las mismas imágenes que tanto impresionaron a nuestro sujeto. Debe desconectarse cualquier equipo anti-grav pues su campo produce interferencias.

Los integrantes de la comisión interrumpieron el funcionamiento de sus cinturones, permaneciendo de pie en el centro del recinto. Esto constituía una molestia pues se habían acostumbrado a vivir flotando. Por eso sus piernas ya se habían acortado un poco y todos eran de canillas flacas.

La intensidad de la luz disminuyó hasta la oscuridad absoluta, pero tan sólo por unos instantes. Poco a poco, las tinieblas se fueron disipando y la imagen de una ciudad los envolvió. El videorama adquiría el máximo de nitidez.

A gran altura, un pequeño grupo de nubes se perfilaba contra el cielo, cuyo azul se confundía en el horizonte con las aguas del mar. El lugar correspondía a un embarcadero que ocupaba ambas márgenes a la entrada de un canal. Varias naves de diversas formas y tamaños se encontraban fondeadas a lo largo de las orillas; otras esperaban un poco mas lejos, meciéndose al compás de las olas, como en un cachumbambé líquido. Era muy notable el febril dinamismo desplegado por los cientos de hombres ocupados en la carga y descarga. El continuo ir y venir de la gente, el concierto de gritos y exclamaciones en varios idiomas era realmente impresionante. Los rayos ardientes del sol estival arrancaban destellos de las inquietas aguas y hacían resplandecer los cuerpos semidesnudos y sudorosos. Y los latigazos frecuentes, repartidos aquí y allá, arrancaban tiras de pellejo de las encorvadas espaldas. Esta circunstancia nos induce a pensar que aquellos hombres andaban con todos aquellos bultos a cuestas no muy contentos que digamos.

La voz del investigador que había tomado las vistas, explicaba:

«Estas secuencias pertenecen a una zona del Séptimo Planeta ubicada en 3R-2-2. Se encuentra rodeada por una extensión de agua denominada Atlántico, al parecer, un derivado de Atlantis, nombre con el cual se conoce a esta isla. Nos encontramos en la desembocadura del Canal Principal. Obsérvese ahora por qué lo llamamos así.»

De inmediato, el trío tuvo la sensación de ser elevado hasta gran altura para contemplar a sus pies toda la isla.

Al norte, una alta montaña exhalaba de su cima blancas volutas de humo que ascendían hasta confundirse con las nubes. Al sur, y desde el mismo pie de la montaña, se extendía una planicie sobre la que se dibujaban tres canales circulares concéntricos, los cuales eran cortados por dos canales diametrales, perpendiculares entre sí; estos últimos atravesaban las franjas circulares de tierra entre uno y otro anillo acuático, al mismo tiempo que servían para comunicar por cuatro puntos diferentes el pequeño núcleo central donde parecía radicar el punto neurálgico de aquel pueblo. A aquellos que no hayan podido imaginarse este lío de canales, les recomendamos se den un saltito hasta la cocina y se fijen en la forma que tienen las hornillas del fogón.

Cada porción de tierra se hallaba aislada de la otra: en ambos extremos, por los canales diametrales; mientras que, por los lados, limitaba con sus respectivos arcos acuáticos de, tal, forma que el acceso a la misma sólo era posible por vía naval. Los ocho sectores sólidos se empleaban en la producción agropecuaria y eran habitados por campesinos, tropas reales y miles de esclavos. El centro resultaba ser un ruedo que albergaba al palacio real, al templo en honor al dios Atlas, jardines y viviendas de los miembros y de los servidores de la corte.

Si en algo las ideas de Iílef mostraron cierta cordura, fue en su apreciación de que ésta era la zona de mayor desarrollo intelectual de todo el planeta. Un sistema urbanístico de tal envergadura requiere del aporte intelectual de un equipo de trabajo bien preparado, así como de una ejecución apoyada en notables recursos técnicos A continuación podrán verse otros detalles no menos significativos: el sistema de canales.

El videorama trasladó nuevamente a los espectadores hasta el lugar donde el llamado «Canal Principal» desembocaba en el mar. Las vistas se habían tomado como si viajara hacia el interior del complejo humano.

En la medida en que se remontaba el canal, ambas orillas se iban haciendo más altas hasta alcanzar unos veinte metros. Grandes bloques de piedra cubrían los taludes, evitando así la acción excesiva de los elementos naturales. En la intersección con el primer anillo –el mayor de todos–, dos columnas sostenían una enorme viga de madera de la cual colgaba la puerta de cobre que servía para cerrar el paso a cualquier embarcación. Un grupo de soldados, armados con lanzas y protegidos por largos escudos, custodiaba el lugar. De igual forma se protegía el resto de los cruces. Navegando por uno de los canales circulares podía apreciarse que, en toda su extensión, se encontraba bordeado por un muro que hacia imposible el acceso a tierra, si alguien hubiera podido subir por las escarpadas orillas. Sin duda alguna, todo se habla planificado minuciosamente para cumplir un triple propósito: convertir una gran ciudad en una fortaleza inexpugnable; resistir indefinidamente cualquier asedio y hacerles la vida imposible a las ratas escaladoras de murallas.

«Pasemos ahora al núcleo central. He aquí una vista aérea del palacio real, en el punto medio y más alto del círculo.»

Formaba una construcción rectangular, sobre una especie de meseta poco elevada, a la cual se llegaba subiendo una rampa muy larga, de escasa inclinación. El edificio era de piedra, en cuyo centro se abría un patio con jardines y una fuente. Sobre el ángulo derecho, en la parte delantera, y ocupando la mitad del frente, se elevaba una torre cuadrada cuya altura sobrepasaba dos veces a la de la edificación.

A la izquierda del palacio se hallaba la pirámide de base cuadrada destinada a los sacrificios. Daba la impresión de que sus escalones habían sido moldeados en una enorme roca maciza, pero en su interior se abría una gran bóveda rectangular donde podía apreciarse la imponente figura del dios, adosada a la pared del fondo y muriéndose de aburrimiento entre dos enormes columnas.

En el lado derecho del edificio central, se elevaban cinco pabellones, rectangulares también, cuya función era la de servir de alojamiento a los miembros del gobierno y de la corte. La servidumbre ocupaba el último de ellos, imitando con los jardines que se extendían desde el fondo del palacio hasta el canal del tercer anillo acuático.

El interior de la mansión real se encontraba dividido en salones de paredes adornadas por pinturas. Algunas de ellas recogían escenas de la vida cotidiana; otras, batallas entre dos ejércitos de soldados muy estilizados. En todos los dibujos las figuras eran planas, con líneas bien marcadas, sin siquiera una perspectiva lineal, mostrando el rostro de perfil y el torso de frente. Verdaderamente, debía ser muy difícil caminar así. Parece que se trataba de una costumbre muy arraigada. O de algún culto ancestral al cangrejo. ¡Vaya usted a saber!

En el ala del fondo había tres recintos; el del centro servía de habitación al soberano; el de la derecha, a su consorte y el otro fungía como sala de audiencias.

El videorama llegó a su fin. Un breve lapso de oscuridad y otra vez la tenue luz verde. Los comisionados volvieron a su posición anterior, flotando cómodamente, a la vez que el sintetizador retomaba la palabra:

Cuando Iílef abandonó la videoteca, después de presenciar estas escenas, una idea se había fijado, en su cerebro, marcando el derrotero de sus próximos pasos: viajar al Séptimo Planeta en calidad de investigador especial y, una vez allí, entrar en contacto con la civilización de Atlantis. Pero había una dificultad a superar: su expediente. Él sabía que con tales antecedentes no habría de ser declarado apto ni tan siquiera para trabajar en las estaciones de nuestros satélites naturales. Fue por eso que tomó una decisión arriesgada: falsificar una ficha con el expediente de un conocido suyo que se encontraba en esos momentos pasando el examen físico de los investigadores especiales. ¿Cómo pudo confeccionar la nueva tarjeta de forma tan precisa que fuera capaz de engañar al robot Ident-B1? La respuesta es simple: utilizó los mismos elementos que se emplean en su fabricación, o lo que es lo mismo, «hizo» un original falso. Tercer eslabón en la cadena de errores: no haberse previsto que, aunque excepcionalmente, existía la posibilidad de que el Ident-B1 fuera burlado. Por lo tanto, era necesario haber establecido un control adicional que ampliara el margen de seguridad hasta lo imprevisible. Continuemos.

El día 157 de la órbita 412, se reportó la salida de la nave tipo PL, con rumbo al Séptimo Planeta. Nuestra estación intermedia KRD-5 informó haberla detectado en los parámetros de la ruta acostumbrada, pero ninguno de los seis satélites artificiales que circunvalan el Séptimo Planeta verificó su llegada a éste. Al parecer, supo pasar inadvertido. Los pormenores de su estancia allí aún se desconocen.

Iílef no cabía en sí de gozo. La idea de cambiar el rumbo usual para acercarse al Séptimo Planeta sin ser detectado por las estaciones marcianas había dado los resultados previstos. Tan sólo la estación intermedia se había percatado de su presencia, pero sin interrumpir el viaje, señal de que aún era desconocida su jugarreta.

«Ya verán cómo, a la larga, tendrán que reconocer mis méritos y darme la razón —pensaba—. Sólo me falta hallar un sitio apropiado para ocultar la nave. Si reduzco la potencialidad del campo, no me verán en la oscuridad. Bueno, cualquier atlante que vea la nave desde abajo pensará que es un plato o algo parecido, aunque en esta posición, quedo cubierto por la montaña. La ciudad está al otro lado y no creo que alguien pueda andar merodeando por estos lugares tan inhóspitos. Es un volcán, evidentemente. Quién sabe el tiempo que llevará inactivo. El cráter expele una buena cantidad de humo, me parece que no es un lugar muy adecuado para descender. Seguiré buscando.»

La nave se deslizaba silenciosamente, paralela a la vertiente septentrional. Parecía un plato tapado por otro, pero su brillo no era el de la porcelana, sino metálico. El equipo radiolocalizador detectó una abertura de considerables proporciones. El vehículo espacial se detuvo frente a ella y se le acercó. Unos disparos ultrasónicos bien dirigidos fueron suficientes para eliminar cualquier obstáculo, Iílef disminuyó aún más la traslación horizontal, mientras los controles automáticos se encargaban del resto. La caverna se ensanchaba interiormente lo suficiente para albergar dos naves; el acceso a la misma era prácticamente imposible por otro medio que no fuera el aéreo, pues la entrada se abría en un farallón a gran altura. Resuelta la instalación de su «base de operaciones», Iílef abandonó la nave por la escotilla superior y se elevó lentamente, como regodeándose ante la perspectiva de comenzar a poner en práctica su anhelado sueño. Desde lo alto de la bóveda, contempló la silueta plateada del vehículo. Luego se trasladó por el aire húmedo hacia la entrada, donde la claridad de los primeros rayos solares había hendido las tinieblas, abriendo una brecha en sus filas. Ya en el exterior, la línea costera se dibujaba tortuosamente a sus pies. Era la falda opuesta a la ciudad, donde el monte descendía muy abrupto para terminar en unos acantilados. Sólo un par de auras fueron excepcionales testigos, mirando con recelo a aquella figura humana que, enfundada en un traje gris acero, invadía sus predios. Una de estas aves, ya entradita en años, comentaba con otra no menos vieja, a la vez que arreglaba unas briznas de paja en el nido:

—¡Qué barbaridad! La humanidad está perdida. Ni aun aquí podemos vivir tranquilas. ¿Viste a ese hombre que salió de la cueva?

Tras un suspiro, la otra aura movió entristecida su calva cabeza.

—Sí —repuso con amargura—. Todos los días inventan una locura diferente. Son tiempos difíciles, dona Carroña. No dude usted que, cualquier día de estos, decidan suprimir hasta el sacrificio de toros a tos dioses y no tengamos ni una entraña que llevarnos a la boca.
—Eso sería el colmo. Las tripas de los animales ofrendados constituyen nuestro único sustento desde que los ejércitos dejaron de combatir. ¿Recuerdas qué atracones nos dábamos después de aquellas grandes batallas?
—No me lo recuerde, vecina, que se me erizan las plumas del cogote. Aquéllos fueron años de esplendor; raro era el día en que no contábamos con cientos de cadáveres suculentos.

Doña Carroña estiró el pescuezo para secretearle a su amiga:
—Dicen que ha sido obra del Gran Sabio, que mete las narices en todo y tiene al rey hecho un babieca. Siempre está ideando extravagancias que no lo dejan gobernar como es debido.
—Tan serias que parecían sus intenciones cuando llegó proponiéndole al soberano que construiría armas terribles que acabarían con legiones enteras en un santiamén, ¡farsante!
—Es un arribista. Después que obtuvo el cargo de Gran Sabio, se acomodó y lo único que ha hecho es contar historias inverosímiles de su lejana tierra y adular al rey y regalarle chucherías a la reina.
—¿Y cómo fue que cayó aquí ese pelmazo, doña Carroña?
—Nadie lo sabe con certeza. Un día se apareció en el muelle tratando de que algún dueño de barco le comprara unos aparejos que según él, servían para extraer o cargar bultos en las naves sin tener que estibarlos a lomo de esclavo.
—¡Santo Atlas! Pero eso es absurdo.
—Claro que lo es. Por suerte nadie le hizo caso y tuvo que llevarse sus..., polipastos, creo que así los llamaba, sin éxito alguno. ¡Quitarles el trabajo a los pobres esclavos! ¿Habráse visto injusticia mayor?
—Vamos hacia el caos, doña Carroña, hacia el caos. Son los síntomas de la decadencia. Hoy día estamos a merced de cualquier embaucador de pacotilla.

Ahora fue doña Carroña quien suspiró y dijo:
—Así es, vecina, lamentablemente —abrió sus alas en un gesto de despedida—. Voy a ver si forrajeo algo por ahí. Hasta la vista. Y ya sabe: fe y adelante.
—Vaya usted con Atlas, doña Carroña. Y tenga cuidado con las fumarolas del volcán, pueden chamuscársele las plumas si vuela bajo.

Doña Carroña se alejó, volando pesadamente, mientras la vecina continuaba en sus labores domésticas.

Ajeno a todo este chismorreo, el marciano disfrutaba de una deliciosa y primaveral mañana terrícola. El anti-grav funcionaba a la perfección; lo mantenía en el aire como una pluma. Empleó el día en describir circunvoluciones sobre la isla, manteniéndose a gran altura. No obstante, descendió en el borde humeante del cráter y en otras regiones desiertas para tomar vistas de su flora y de la fauna, tan diversa como abundante. También recogió algunas muestras de rocas y minerales. Al caer la tarde, regresó a su escondite con el propósito de estar listo para su ansiada incursión nocturna al palacio.

El Gran Sabio del reino ocupaba el piso superior de la torre cuadrada que se elevaba sobre el palacio real. El recinto, como el resto de las habitaciones, era espacioso y de altas paredes. A través de una elevada abertura rectangular, practicada en una de ellas, podía verse un pedazo de cielo. La débil llama de una antorcha iluminaba tenuemente un ángulo de la estancia; su luz mortecina reptaba por las paredes en un esfuerzo inútil por alcanzar el techo»

Una mesa alargada ocultaba sus tablas bajo fragmentos de tela o papiro, algunos enrollados; otros, desplegados, mostrando símbolos y dibujos donde predominaban el rojo, el amarillo y el negro.

El anciano se encontraba de pie, inclinado sobre la mesa. El peplo azul le caía holgado sobre el cuerpo enjuto, formando grandes pliegues. A su derecha, diseminados sobre las piezas de tela, aparecían varios objetos extraños, al parecer, rústicos instrumentos de medición.

De no haber sido por el constante musitar del viejo, hubiera podido afirmarse que el silencio era absoluto.

Iílef no quería asustarlo, por eso no se presentó de forma súbita, sino que se deslizó furtivamente por la abertura para ocultarse en la penumbra de un rincón. Lo llamó por medio de una emisión telepática:


Gran Sabio...
Éste se enderezó cuanto se lo permitía la cargada espalda y, aún sin comprender lo que sucedía, su cerebro percibió el otro mensaje:

Soy tu amigo, no temas.

Mas sorprendido que antes, se volvió hacia la entrada.

Estoy aquí, en el ángulo a tu izquierda.
Ahora la mirada del viejo se dirigió hacia allí, escudriñando en la oscuridad, pero no podía verlo; Iílef se confundía con las sombras.


He venido para ayudarte en tus investigaciones. Me haré visible y así podremos entendernos mejor.

Iílef fue cambiando la coloración de su figura hasta volver al estado normal, a la par que los ojos del anciano se abrían desmesuradamente. Luego parpadeó y sacudió la cabeza para ahuyentar aquella aparición, pero fue inútil, la visión se obstinaba en permanecer allí, a veinte pasos de él.

Iílef rompió el silencio.

—Eres el primer hombre que entra en contacto con un ser de otro planeta.

El anciano continuaba mudo, al parecer sin reponerse aún de la sorpresa. Instantes después, con voz temblorosa, pudo articular algunas palabras:
—Así que..., no eres una alucinación que...

—No —interrumpió el marciano—, vengo del Sexto Planeta, represento a una civilización más avanzada que la tuya.
—¡Menos mal! —dijo el anciano mientras cruzaba los brazos y lanzaba un suspiro de alivio.

Esta vez fue Iílef quien se sorprendió. Le extrañó un poco aquella salida del viejo y la aparente tranquilidad que reflejó su rostro cuando tuvo la certeza de que no estaba viendo visiones. Quiso impresionarlo y se elevó lentamente, casi hasta tocar el techo. El viejo no cambió su postura mientras lo seguía con la mirada hasta que descendió a su posición anterior.

—Vaya, vaya, han progresado bastante, hasta el punto de haber descubierto la naturaleza del campo gravitatorio.
—¡Cómo! —exclamó Iílef con voz de falsete.
—Sí, no hay dudas de que el desarrollo de la ciencia adquiere las características de una progresión geométrica.

Estupefacto, el marciano, sin saber cuáles debían ser sus próximos pasos, aventuró una pregunta que al viejo pareció tonta:

—Pero... ¿No me vas a confundir con un dios o con su representante?
—No digas boberías, quizás si te hubieras aparecido ante el Sumo Sacerdote, el muy imbécil lo hubiera creído así. Pero mi primera impresión, y al mismo tiempo mis temores, fueron otros.
—¿Cuáles, si se puede saber?

Una leve sonrisa se dibujó en los secos labios del anciano. Sus ojos se achicaron y casi se perdieron bajo las pobladas y blancas cejas. Descruzó los brazos y se apoyó en el borde de la mesa.

—Que hubieras sido un producto de la materialización de mi pensamiento.
—Pero...
—No, todavía no estoy muy seguro. Tendría que someterte a algunas pruebas.

El Gran Sabio se sentó en una rústica banqueta de madera, invitando a Iílef a hacer lo mismo en otra. Ahora sus gestos eran más desenvueltos.

—Vamos, siéntate, hay mucho de qué hablar.
—Gracias..., pero, puedo sostenerme en el aire, es más cómodo.
—Preferiría que te sentaras. No te inhibas de la gravedad. En primer lugar, porque requerirías un esfuerzo mental; en segundo, si piensas estar un tiempito por aquí, debes adoptar las costumbres de esta gente o de lo contrario notarían enseguida algo raro en ti, son tan ignorantes como suspicaces.
—No acabo de salir de mi sorpresa. Mientras más hablas, menos comprendo cómo sabes tantas cosas que yo... ¡Espera! ¿Dijiste que no me «inhibiera» de la gravedad porque sería un esfuerzo..., mental?
—Claro. La inhibición gravitatoria puede lograrse mediante un proceso de autosugestión. El cerebro puede crear una radiación muy sutil, pero muy potente, que contrarreste la acción del campo gravitacional y llegue a neutralizarlo. ¿No lo sabías?

Iílef se dejó caer sobre la banqueta, más por la sorpresa que por sus deseos de sentarse. El viejo movió la cabeza indulgente y se entretuvo en hacer unos plieguecitos en el peplo, sobre la rodilla. Su mirada resbaló a lo largo de la pierna y se detuvo en los dedos que se asomaban entre las tiras de su sandalia, los contempló unos instantes, y llegó a la conclusión de que necesitaba recortarse las unas.


—No puede ser, no puede ser... —repetía Iílef.
—¿Qué es lo que no puede ser? ¿La inhibición psicogravitacional? Eso es más viejo que andar a pie. Al principio se le llamó levitación, en ese afán de ponerles nombres disparatados a las cosas desconocidas, pero eso fue hace muchos siglos..., adelante. Iba a decir «siglos atrás». Cuesta trabajo acostumbrarse a pensar en lo que fue sin que todavía haya sido, ¿comprendes?

Iílef quiso decir algo, pero el viejo, al ver la cara de estúpido que puso, le tomó la delantera.

—No, creo que no has comprendido ni papa...
—¿Ni papa? ¿Qué quieres decir?
—Es una expresión muy antigua de mi país, luego te explicaré. Hablemos de ti ahora. A ver..., dijiste que te llamas Iílef, ¿no? Y que vienes del Sexto Planeta..., a ver..., ¿el Sexto Planeta de este sistema solar?
—Si..., lo llamamos..., Korad.
—Nosotros lo llamamos Marte. Así que eres marciano, vaya, vaya —dijo el viejo, pensativo, pasándose la mano por la barba—. Debí habérmelo imaginado. Está claro, en esta época Marte aún no había... Continúa, hombre, digo, marciano.
—...Pues, he venido porque, de acuerdo con mis datos, ésta es la zona más avanzada del Séptimo Planeta...
—Llámalo Tierra, ése es su verdadero nombre.
—...Bien, pues, como decía, ésta es la zona más avanzada dé la Tierra. Ahora me lo explico. Quería poner en práctica mi hipótesis sobre el desarrollo de las civilizaciones, pero ya tú has trabajado en eso, desde luego.
—Pues te equivocas, yo no tengo nada que ver con ese asunto, estoy aquí por otra cosa bien distinta, no te mandes a correr...
—¿Pasa algo? —preguntó Iílef asustado, mirando a su alrededor.
—Nada. Pero no tomes al pie de la letra todas las cosas que digo. Suelo usar frases o expresiones muy antiguas y muy particulares que se me escapan inconscientemente.

Iílef comprendía cada vez menos. Llegó a pensar en que, tal vez, hasta se hubiera equivocado de planeta.

El viejo se había puesto de pie con inusitada ligereza. Caminaba de un lado a otro del recinto, frotándose las manos. Su rostro, que parecía haber rejuvenecido, mostraba una sonrisa sarcástica; los movimientos eran muy vivos y hasta el peso que le doblaba la espalda había desaparecido, mostrándolo en la plenitud de su estatura. Era alto y de complexión fuerte según se adivinaba bajo la túnica. ¿Sería aquél un investigador de su mismo planeta que se le había adelantado? De ser así, todo se había echado a perder. El viejo lo miraba insistentemente. Destellos vivaces brotaban de sus ojos.

—No, Iílef, no soy marciano, soy de aquí. Ahora que ya has pasado la prueba, puedo hablarte con más confianza. Y digo que has pasado la prueba, porque ya estoy seguro de que mi cerebro no te ha materializado. Eso es un buen síntoma. Significa que aún estoy en completo dominio de mis facultades mentales.

Hablaba con mucha desenvoltura, matizaba cada frase con un gesto de sus brazos, ladeando la cabeza, avanzando un pie más que otro, en fin, parecía cada vez más joven y hasta un aire casi infantil se desprendía de él cada vez que se volvía, agitando la falda de su túnica.

—Sí —continuó—, no sería la primera vez que el aislamiento prolongado de nuestro medio habitual nos hace crear imágenes corpóreas como una compensación a ti soledad. El hombre siempre ha sido un ser sociable y lo seguirá siendo, pero cada vez con mayor complejidad...

Ya sé que en esta tela hay muchas personas más, exactamente 42 137 hasta ayer por la tarde, pero éste no es mi mundo, mi civilización. No puedo comunicarme con ellos de la misma forma en que lo hago con uno de mis contemporáneos. Estoy obligado a representar un papel, por eso es que uno llega a sentirse limitado, aislado socialmente. Así se crea una sensación de soledad que va haciéndose cada vez más profunda y como consecuencia, aparecen los síntomas del cansancio o del agotamiento mental por incompatibilidad con el medio. De ahí que nuestro organismo trate de restablecer el equilibrio, suministrándonos aquello que nos falta, o sea, la compañía de un semejante con el cual podamos establecer un intercambio social acorde con nuestro propio nivel comunicativo.

—Por eso creíste que yo...

—Que tú eras una materialización producto de la tercera función psi. Pero te sometí a varias pruebas: primeramente, fuiste incapaz de interpretar algunas frases que son de mi dominio muy particular; después, lo de la telepatía: una imagen psi no emite irradiaciones telepáticas; por último, en tu apariencia física hay detalles diferenciantes: por ejemplo, el color y la forma de los ojos, la textura de la piel... Una imagen psi concuerda cabalmente con nuestros semejantes.

Iílef se aventuró a decir:

—Entonces.... pero, lo que no acabo de comprender es el hecho de que tú...
—Claro, yo sé lo que estás pensando, percibo que te has formado tremendo lío en tu cerebro tratando de adivinar qué es lo que hago aquí, quién soy, y millones de cosas más, pero hay que ir por partes. No te agites, ya verás cómo todo se arregla, hombre, digo, marciano.

El viejo arrimó una banqueta a la de Iílef y toma asiento. Se echó hacia atrás, apoyando los codos sobre la mesa y cruzó una pierna sobre la otra desfachatadamente.

—Mira, marciano, empiezo por decirte que soy de aquí, pero no soy de aquí...
—Pero...
—Cálmate, compadre...
—¿En qué quedamos? ¿Soy marciano o soy compadre?

—Compadre
es un modismo muy antiguo. Ya te he dicho que suelo hablar así, no te desesperes, lo comprenderás todo, ya verás.

EL viejo se aprestó a comenzar su explicación mientras la luz temblequeante proyectaba dos sombras a lo largo del piso; una, quieta, como expectante; la otra, gesticulando a más no poder, vivaz, dinámica y rematada por una hirsuta cabellera.

—Me llamo Larx. Soy terrícola, es decir, soy de aquí, pero no de este tiempo. No pongas esa cara, es lógico que no entiendas. Tus conceptos sobre el espacio y el tiempo son muy convencionales y estrechos. Si pretendiera explicarte en un momento lo que ha costado siglos de estudio a mi gente, sería algo tan absurdo que ni valdría la pena intentarla siguiera.
—Pero, al menos... —interrumpió Iílef.
—Sí, al menos te diré que vengo del siglo XXVII, exactamente del 2665, año en que se cumple el aniversario 650 de la Gran Transformación. ¿Cómo he podido «retroceder» hasta esta época? Bueno, fue posible mediante un cambio de fase a través de la cuarta función psi. Eso no te dice ni pitoche, pero, por el momento, debes aceptarlo así y nada más. No creas que ha sido algo accidental, todo lo contrario, he «venido» aquí deliberadamente y con un propósito bien definido...
—Eso sí puedo adivinarlo, o mas bien, deducirlo. Dime si he acertado: pretendes ayudar a esta civilización con tus conocimientos para hacerlos avanzar y..., pero, ¿qué te pasa?

Larx hacía esfuerzos casi inútiles por contener la risa. Sus mejillas se habían puesto coloradas reprimiendo a duras penas la carcajada que pugnaba por interrumpir al marciano. Al fin, dio rienda suelta a su hilaridad. Rió con todo el cuerpo a tal punto que tuvo que aguantarse de la mesa para no caer.

—¡Jaaa, jaaa! ¡Qué buen chiste! No sabía que los marcianos fueran tan jodedores.
—Hablo en serio —dijo Iílef, asumiendo una actitud grave—. No le veo la gracia por ninguna parte.
—Pues yo sí —Larx se secaba las lágrimas con la parte de la túnica que cubría su hombro. Se sacudió la nariz estrepitosamente y ya más calmado, continuó:
—Lo único que he logrado en los doce años que llevo aquí, es que se laven las manos antes de comer. Y eso lo pude conseguir a base de mucho esfuerzo. Primero tuve que disuadir al Sumo Sacerdote, a este de ahora, porque al anterior, ni modo. Las únicas veces que se puso en contacto con el agua, fueron aquellas en que un aguacero lo cogió desprevenido. Cuando murió, tenía una costra de churre...

Iílef permanecía incrédulo. Iba a pensar que el terrícola no se había tomado interés suficiente en el asunto, pero se contuvo; valía más «bloquear» sus pensamientos repitiendo insistentemente una fórmula matemática cualquiera. Larx pareció no captar esta idea fugaz pues su cerebro se encontraba atareado en el ordenamiento de las ideas que comenzó a exponer seguidamente:

—Te decía que había venido aquí con una misión a cumplir. Verás, soy historiador, especializado en el estudio de las épocas sin historia; quiere esto decir que, durante el desenvolvimiento de la vida en nuestro planeta, existieron períodos en que los pueblos aún no eran capaces de dejar constancia de los hechos más significativos a lo largo de sus vidas y así perpetuarlos para las generaciones futuras. ¿Te das cuenta?
—Sí —contestó el marciano—, no habían escrito su historia.

—¡Ahí está!

—¿Quién?
—Es una expresión afirmativa, compadre. Sigo. Pues yo me dedico a estudiar esas «lagunas» en la historia, al mismo tiempo que voy recopilando la información que nos falta para completar la secuencia evolutiva de cualquier pueblo o estadio de nuestra civilización.

Larx se había puesto de pie y nuevamente se paseaba de un lado a otro sin dejar de mover los brazos; unas veces los enlazaba a su espalda, otras, levantaba el índice para puntualizar una frase.

—Como te iba diciendo: antiguamente, para reconstruir un período histórico, había que basarse en la documentación existente. En algunos casos ésta bastaba, pero en otros era muy escasa, o los hechos se encontraban falseados por completo. Puedo citarte el caso de una región llamada Roma, de la cual se habían conservado unos fastos triunfales correspondientes a una época muy antigua, que contenían listas con el nombre de todas aquellas personalidades que celebraron victorias sobre sus enemigos con la fecha y la indicación del motivo del triunfo. En ella se cita a Rómulo celebrando su triunfo sobre los ceninenses. Falso, hemos podido saber que, en esta guerra, Rómulo no le tiró ni un hollejo a un ceninense, por la sencilla razón de que ya Rómulo estaba hecho una birria y no podía ni con su alma. Pero le atribuyeron la victoria porque los historiadores de aquel tiempo querían congraciarse con el viejo.


El Gran Sabio cruzó los brazos sobre el pecho, señalando la arrogancia del personaje sobre el cual disertaba. Era un mimo excelente.

—Otro tanto ocurrió con la fecha en que fue fundada esa misma ciudad: según Timeo, el hecho ocurrió 28 años antes de la primera olimpíada, pero Fabio Píctor lo sitúa en el primer año de la octava olimpíada; Cincio Alimento, otro embaucador de aquella época, dice que fue en el cuarto año de la duodécima olimpíada, mientras que Catón opinaba que había sido fundada en e] primer año de la séptima; por último, se aparece un tal Varrón situando el asunto en el tercer año de la sexta olimpíada. En resumidas cuentas, nadie contaba con elementos veraces, pero todos querían dárselas de eruditos. Nosotros tuvimos que «enviar» varios historiadores a distintas comarcas, durante aquellos tiempos, para que pusieran en claro el asunto. Y, ¿sabes tú cuál de las fechas se ajustaba a lo cierto? ¡Ninguna! Menudo lío se formó porque hubo que reajustar la cronología de los acontecimientos ya que cada historiadorzuelo de aquellos situaba los hechos posteriores con relación a la fecha que él había dado.

Larx se detuvo ahora frente al marciano.

—Para no cansarte, Iílef, de la única forma en que hemos podido saber lo que realmente sucedió, ha sido de ésta: trasladando a nuestros especialistas a la época que queremos investigar, mediante un cambio de fase. Por eso me has encontrado en la Atlántida.
—Yo creí que...
—Estás despistado por completo —dijo Larx, volviendo a tomar asiento al lado del visitante—. Ahora mi trabajo consiste en saber qué provocó la desaparición de esta gran isla. Sabíamos de su existencia y de su hundimiento en el mar, que después llevó su nombre, pero nos faltan por conocer las causas del fenómeno. Esos detalles continúan envueltos en cierta atmósfera enigmática. Hasta hacía muy poco tiempo, sólo sabíamos sobre la Atlántida lo que se hallaba en las veinticinco páginas que escribió un filósofo e historiador de una época posterior a ésta, llamado Platón; después de él, se han escrito veinticinco mil libros más sobre este asunto, pero ninguno ha dado en el clavo.
—¿En qué clavo?
—Quiero decir, que ninguno ha acertado... ¡Espera!

El viejo se había levantado con un rápido movimiento y se mantuvo expectante.

—¡Pronto! Viene alguien. Escóndete o desaparece de alguna forma.

Iílef se levantó con presteza, cambió su coloración hacia el negro y se colocó de un salto, ayudado por el anti-grav, en un rincón oscuro, confundiéndose con las sombras. Mientras, Larx volvió a asumir su papel: la espalda se le encorvó y el rostro se le llenó de años. Se inclinó sobre la mesa a la par que balbuceaba frases ininteligibles.

Pekpi era uno de los esclavos que servía directamente al rey de la Atlántida. Sus padres habían sido reyes también, pero de una comarca lejana del norte africano que había sucumbido a manos de los atlantes, unos diez años atrás. Hecho prisionero cuando apenas era un adolescente, Pekpi no sabía hacer otra cosa que no fuera lo que hacía un príncipe: absolutamente nada. Y como nunca había tenido necesidad de hacer algo, su cerebro estaba medio embotado por la molicie. No valía gran cosa, por eso el soberano había ordenado que sirviera de blanco móvil a los arqueros del grupo que lo capturó. Larx, quien por esa época acababa de asumir el cargo de Gran Sabio, supo influir en el rey para que revocara su mandato y lo tomara como paje. Fue éste su primer acto contra la barbarie cotidiana que los soberanos empleaban para poner de manifiesto su omnipotencia. ¡Y oiga usted hablar después a los sesudos sobre la magnanimidad de los reyes!

El criado nunca supo el porqué y el cómo de su salvación; no obstante, siempre había sentido admiración y simpatía por el Gran Sabio. No es de extrañar, pues, que hubiera recibido con alegría la encomienda de llevarle un recado al viejo. Y ahí estaba, envuelto en su peplo azul, con la cabeza rapada por completo, ante el umbral del precinto que ocupaba el sabio. Haciendo una reverencia que Larx no pareció notar, dijo:
—La excelsa figura del reino me ha ordenado comunicarte, viejo sabio Larx de Cuba, País de la Maternidad, que, a la salida del próximo sol, desea hablar contigo.

El anciano se había erguido al escuchar el mensaje.

—Puedes comunicarle a su verraquísima Majestad que este servidor suyo estará allí tal como se le ha ordenado. Puedes retirarte.
—No sin antes recibir tu bendición —e inclinó la cabeza en espera de las palabras del viejo.
—Que te vaya bien y que te arrolle un tren —dijo Larx, dibujando una cruz en el aire con su dedo del medio erecto.

El mensajero pareció muy feliz al escuchar aquella frase pues se retiró sin levantar la cabeza. En cuanto se fue, Iílef reapareció.

—¿Qué le dijiste? Daba la impresión de que le gustó.
—Sin embargo —dijo Larx—, si él supiera el significado que tenían esa frase y ese gesto, allá por el siglo XX en mi patria... Pero, bueno, de alguna forma tiene uno que entretenerse dentro de este simulacro al que estoy obligado día tras día. Para mí es una manera de divertirme un poco; para ellos, esas frases y otras cosas que he implantado aquí, tienen una significación bien distinta, al mismo tiempo que a mí me sirven como de desahogo. ¿Te imaginas lo bufonesco que resulta el hecho de que a un rey se le trate de verraquísima Majestad?

Volvieron a ocupar sus respectivos asientos y esta vez fue el marciano quien inició el diálogo:
—No acabo de salir de mi aturdimiento —mirando a Larx—, todo esto me parece tan irreal..., mis proyectos...
—Noto que te sientes un poco desalentado; vamos, hom..., marciano. No te pongas así. ¿Qué proyecto es ése? Aún no me has dicho lo que te ha traído aquí...

¿Un viajecito turístico? ¿Averías en la nave? ¿Investigaciones? Anda, cuénteme.

Iílef estaba apesadumbrado. Su piel reflejábalo así al adquirir un tono cercano al gris. Suspiró.

—He venido porque tenía la intención de poner en práctica mi teoría sobre el aceleramiento de los procesos evolutivos en las sociedades con un bajo nivel de desarrollo.

Larx frunció el entrecejo y miró al marciano de arriba a abajo.

—A juzgar por el nombre, debe ser algo bastante complicado —dijo—. Explícate un poco mejor, parece interesante.

Se acomodó, volviendo a apoyar los codos en el borde de la mesa. Estiró las piernas cuan largas eran y se dispuso a escuchar. Por su parte, Iílef se sintió un poco más dispuesto, quizás si exponiendo sus propósitos, el viejo... Al menos no se burlaría de él como había sucedido antes.

—Verás... Ya ustedes, quiero decir, los terrícolas de esta época, han rebasado la etapa que nosotros llamamos «post animal primaria». Cuentan con cierto desarrollo intelectual, pero muy rudimentario. Casi se diría que en embrión. Efectivamente, es una ciencia en embrión que sólo se ocupa de la astronomía, la agrimensura, la construcción de barcos y de edificaciones y de otras cuestiones muy elementales de mecánica clásica aplicada...

En la medida en que Iílef iba exponiendo sus razonamientos, cierta confianza se apoderaba de él; se hacía más locuaz y de sus ojillos irradiaba cierto fulgor. Larx lo observaba impasible.

—...Biológicamente están dotados de las facultades necesarias para alcanzar un nivel más alto, pero, al ritmo actual, les llevaría miles de órbitas, años, según su cómputo del tiempo. Por otra parte, nuestros equipos de investigadores especiales, hasta el momento, se han limitado a recopilar información sobre el proceso evolutivo de ustedes; ignoro el porqué no se ha tomado la iniciativa en cuanto a lo que constituye la parte esencial de mi hipótesis y por lo cual he venido.
»Con nuestro nivel intelectual, que nos ha permitido alcanzar una sociedad mejor, grandes logros en el campo científico y un avance impetuoso en todas las ramas de la cultura, podemos ayudarlos a salvar toda una serie de obstáculos, provocando así un impulso extraordinario en todos los sentidos. Por ejemplo: ¿por qué invertir tantos recursos en la construcción de palacios para ser habitados por un rey y su corte? ¿Y las fortificaciones? ¿Has visto el sistema de canales y murallas circulares que se ha construido para aislar esta porción central? Debe de haberse empleado una gran cantidad de hombres y materiales para levantar todo esto a costa de un esfuerzo enorme. Podría convencerse al soberano para que edifique otras cosas que estarían al servicio de la gran masa de la población: hospitales, escuelas y universidades que nosotros pudiéramos dirigir para poner a mucha gente en condiciones de asimilar nuestros conocimientos; creo que en un par de siglos se habría logrado un avance enorme.

Larx lo interrumpió:
—Y tú pretendes...

—Bueno, yo «pretendía» ponerme en. contacto con algún individuo que estuviera considerado como sabio en la corte del rey, decirle quien soy, exponerle mis propósitos y comenzar a instruirlo. Pensé que ese hombre serías tú, pero ya veo que las cosas han tomado un giro imprevisto.

El viejo se puso de pie, esta vez con las manos unidas a la espalda; caminaba lentamente: se alejó hasta un extremo del recinto y desde allí comenzó a hablar mientras regresaba.

—Lamento mucho haber sido la causa del gran chasco que te has llevado. Ciertamente que tus intenciones son altruistas y te agradezco, en nombre de los terrícolas de mi tiempo, ese gesto tan noble. Por mí parte, estoy dispuesto a hacer todo lo que esté a mi alcance por ayudarte. ..
—¡Yiiiek! —exclamó Iílef, dando un salto—. Perdón, ha sido una una expresión de alegría..., marciana.
—Déjame terminar la idea, no te adelantes. He dicho que estoy dispuesto a ayudarte..., a salir de tu error. Has hecho un razonamiento brillantísimo, sólo que tiene un pequeño defecto: tus conclusiones son las más disparatadas que he oído en mi vida. Semejante necedad no se le hubiera ocurrido ni..., ni..., a un tal F. Mond cuando escribía novelas de ciencia ficción, allá por el siglo XX.

Iílef volvió a desplomarse sobre la banqueta, ya era el segundo trastazo que se daba en el trasero.

—Mira, marciano, te aseguro que no ibas a llegar a ninguna parte. Vuelvo a decirte que tus proyectos son grandiosos y te reitero nuestra gratitud, pero no lograrás nada por una razón muy sencilla: yo conozco toda la evolución de este planeta y tengo la certeza de que se ha producido por generación espontánea. Recuerda que vengo del futuro, si algún cambio notable se hubiera producido, lo sabría, lo hubiéramos detectado en mí tiempo o mucho antes, algo hubiera dejado su huella indeleble como sucedió en la América del Sur y Central, en el Sahara o en varios puntos más donde el desnivel en las civilizaciones ha sido extraordinario. Quetzalcóalt es un ejemplo de ello, pero ni él ni los demás vinieron aquí con propósitos similares a los tuyos, sólo estuvieron transitoriamente, ya sea de paso hacia otros sistemas o por alguna avería. Y lo más importante: su presencia no produjo ningún cambio de giro sustancial en el proceso evolutivo.

Iílef lo miraba atónito. Articuló algunas palabras. Ahora, un gran cansancio se reflejaba en su rostro.

—¿Quieres decir que..., aunque haga la prueba..., sería inútil?
—Completamente. Y creo que no te vendría mal un poco de historia, para que te ayude a comprender mejor.

Larx apartó los rollos que cubrían la mesa y dejó un espacio libre el suficiente para sentarse sobre ella con las piernas colgando. Tomó la palabra:
—La humanidad, la sociedad, no evoluciona hacia formas más perfectas de la manera en que tú pretendes que lo haga: a empujones y campanazos, como se diría en el siglo XX. Todo proceso requiere su tiempo de gestación y de madurez. Los cambios sociales son producto de la acumulación de una serie de pequeños cambios cuantitativos que provocan cierto cambio cualitativo. Cada sociedad o sistema social, lleva implícito el motor que lo impulsa. Es cierto que, hasta que se produjo la Gran Transformación, la historia de este planeta no ha sido más que una sucesión de guerras sustentadas por alcanzar el poder, la riqueza y por ahondar más las diferencias entre los hombres, mediante la concentración, cada vez mayor, de bienes que producían grandes males.

»Desde que el primer australopiteco se bajó del árbol, la humanidad comenzó a evolucionar. Tuvieron que transcurrir más de un millón de años, pero al fin se logró llegar a un estadio superior. ¿Crees que el gran cambio se produjo en un dos por tres? No. Las contradicciones Be fueron haciendo cada vez más agudas, sobre todo a partir de los primeros años del siglo XX, con el surgimiento de un nuevo régimen social, en un gran país llamado Rusia, con unas relaciones de producción nuevas, con ideas nuevas y con todo nuevo. Y, como lo nuevo se impone a lo viejo, poco a poco, los pueblos fueron adoptando aquel nuevo sistema. El otro, el que imperaba hasta ese momento en el mundo, vio surgir a su sustituto e hizo lo mismo que todos los anteriores: revolcarse en su agonía, tratando de subsistir, pero históricamente estaba condenado a desaparecer, no sin antes dejar sus huellas macabras. Mi país tuvo que pagar un precio muy alto cuando se decidió por adoptar el nuevo modo de vida.

La mirada de Larx se había vuelto vaga; miraba, pero no veía, al parecer meditaba o añoraba. Pero, un instante después, volvió a tomar la palabra:
—Fue a principios del siglo XXI. Ya la mayor parte de las llamadas «naciones» habían optado por el sistema más avanzado. Los Estados Unidos de Norteamérica seguían siendo, entre los pocos países con régimen capitalista (la vieja forma), el más adelantado científicamente. Una paz relativa, lograda sobre la base de un un gran desnivel en la correlación de fuerzas, a favor del socialismo, imperaba desde medio siglo atrás y todo parecía que iba a continuar así. Pero, como te he dicho, cada forma caduca lleva en ella misma el germen de su destrucción. Verás que sucedió lo que tenía que suceder.
»La industria bélica pasó a un segundo plano en ese país. La investigación científica se encaminó hacía el campo de la cirugía y de la biología en dos aspectos fundamentales: el primero de ellos fue perfeccionar cada vez más las operaciones para cambiar el sexo de las personas porque esa sociedad había llegado a un grado tal de enajenación que la mayoría de la gente no estaba conforme ni con el sexo con que lo había dotado la naturaleza. Aquello era la locura del siglo; el que nacía varón moría hembra y viceversa. Y se llegó hasta lo sublime, cuando se hizo posible qué una persona cambiara de sexo, alternativamente, varias veces durante su vida. Imagínate, las mujeres, y los hombres también, que no habían cambiado nunca, tenían un certificado especial que lo hacía constar y lo mostraban como una prueba de cordura. Las relaciones entre la pareja, hombre y mujer, perdieron todo su encanto, desaparecía la ilusión y la cópula se convertía en algo sucio y aborrecible. El amor iba siendo amputado por el bisturí como si fuera un tumor maligno.
»Pero lo peor fue lo otro, la investigación genética, que Legó a producir seres humanos artificialmente: entes que se formaban sin la intervención del hombre y la mujer. Eran completamente artificiales pues lograron la síntesis de las sustancias para la creación de células. Y fabricaron niños. Era horrible, pero todo lo rodearon de una propaganda tal, que hacía ver aquello tan abyecto como algo que vendría a resolver muchos problemas: el período de gestación, el parto y sus peligros, la elección del bebé que más le gustara al que quisiera comprarlo, óyelo bien: al-que-quisiera-comprarlo, porque hasta eso se comercializó. En fin, crearon una serie de complejos y los vistieran con un ropaje publicitario descomunal, encaminado a vender su mercancía seudohumana.
»Hoy día resulta inconcebible o muy difícil de imaginar. Tan sólo viviendo allí y analizando fríamente todos los factores y los pequeños, casi insignificantes, detalles que fueron conformando una mentalidad antinatural, es posible que uno pueda hacerse una idea aproximada de semejante degeneración. Hasta hubo filósofos que trataron de justificar aquella situación, alegando que las causas de los conflictos o los desacuerdos entre la gente eran producto del enfrentamiento entre pasiones humanas, y como se había logrado eliminar el antagonismo de muchas de ellas, por ejemplo, las que surgían entre tos miembros de una familia: entre hermanos, entre padres e hijos, etcétera, se suponía que estos seres asentimentales fueran hombres y mujeres perfectos. Es cierto que lograron destacarse por su inteligencia, pero, al cabo de cuatro generaciones, ellos mismos fueron los causantes de la destrucción de aquel sistema. Llegó el momento en que, mediante rejuegos muy sutiles y propios del capitalismo, lograron tomar las riendas del estado, lo cual llevó al país hacia el caos en todos los sentidos: moral, político, económico y la madre de los tomates..., perdón, quise decir, lo inimaginable. Poco a poco, una parte de la población, que supo mantenerse un tanto al margen de esa vida, y que era la más explotada y la menos considerada, tomó conciencia de que sobre sus espaldas era, en definitiva, sobre las que se sostenía todo aquel andamiaje diabólico. La agudeza de las contradicciones se manifestó en una cruenta lucha y al cabo de algunos años, la situación se les hizo insostenible a los seudohumanos, hasta que fueron eliminados por completo.
»A la par que todo esto sucedía, la otra parte de la humanidad, que vivía de un modo socialmente opuesto, puso todo su empeño en satisfacer las necesidades de sus respectivos pueblos mediante el trabajo conjunto, bien dirigido, bien planificado, en estrecha unión.
»Es claro, nuestra sociedad no padeció aquella fiebre de evasión que trajo consigo la inconformidad sexual ni la otra locura, la de los niños artificiales. Fue todo lo contrario. Es más, en contraposición, nuestra gente se dio a la tarea de hacer aún más sublimes las relaciones entre las parejas; el matrimonio se convirtió en un rito elevado, enaltecedor y por ende, los lazos familiares se hicieron más firmes. Se glorificó la maternidad. Desde el momento en que la mujer concebía un hijo, recibía un tratamiento especial, era considerada como propagadora de la especie, honrada..., casi venerada como una diosa, pero con otro sentido. Desde el comienzo del embarazo, la mujer era enviada a los lugares de descanso que se crearon con esos fines. Eso fue antes de la Gran Transformación en la que cada «nación» o grupos de éstas se especializaron en producir los bienes materiales, para los cuales poseía mejores condiciones que las demás. Surgieron así las naciones mineras, las de industria pesada, las de industria ligera, las artesanales y muchas más.
»A mi país se le escogió, a mediados del siglo XXIII, para una función especial, a la vez que excelsa: fue el País de la Maternidad. Toda nuestra población trabaja en alguna función especializada al respecto pues, con el surgimiento de nuevos medios de transporte, que posibilitaron el traslado rápido y seguro a cualquier lugar del planeta, era factible que todas las futuras madres fueran a vivir para nuestra isla hasta que tuvieran su hijo. Cuba fue la privilegiada por varias razones: su clima, su posición geográfica, el hecho de ser una isla —lo cual posibilitó la utilización de todas sus costas para el descanso de las gestantes—, sus bellezas naturales y ese no sé qué de los cubanos que nos caracteriza por ser muy acogedores. Allí, la futura madre era atendida por los mejores especialistas; recibía un tratamiento especial, lejos de las tensiones psíquicas de las grandes ciudades, en una atmósfera natural y con un sol incomparable.
»Mis antecesores fueron oriundos de allí, según he podido averiguar, hasta no sé cuantas generaciones atrás. Mi padre era Obstetra del Primer Trimestre y mi madre hacía investigaciones sobre Dietética Prenatal. Yo me incliné hacia la exploración del pasado remoto y aquí me ves...

Por unos momentos hubo silencio. Al parecer, éste fue aprovechado por una claridad mortecina para irse adentrando tímidamente en la habitación, a través del alto orificio que servía de ventana, sobre cuyo dintel comenzaba a arrastrarse, cohibido, un rectángulo de luz. Es decir, amanecía, y Larx se dio cuenta de ello.

—Ya es casi de día —exclamó, saltando de la mesa—. Su verraquísima Majestad quiere verme. Debes esperarme aquí, ocúltate de alguna forma, si te ven, se complicarían las cosas. Cuando regrese, desayunaremos algo; tengo unos concentrados proteínicos riquísimos.

Larx salió del recinto y se encaminó hacia el salón de las audiencias. El camino era bastante largo, a través de extensos y sombríos corredores.

«Así que un marciano —pensaba Larx—, vaya, vaya. Es un telepcé y sabe "bloquear" sus pensamientos; me di cuenta de ello en cuanto comenzó a emitir aquellas fórmulas matemáticas. No cabe duda de que está loco de remate. Bueno, en un final, es preferible su compañía a estar solo, representando este papel durante años, quien sabe cuántos. Creo que, con los argumentos que le he manifestado, ya se habrá convencido del despiste que tiene. Lo malo es que se vaya con su música a otra aparte. ¿Estarán buscando otro planeta para abandonar Marte? No, aún no ha comenzado el proceso de contaminación de su atmósfera. No quise decirle nada sobre este asunto porque, el pobre, por muchos esfuerzos que hiciera, no podría evitarlo. Y, además, en última instancia, casi la mitad de sus habitantes lograron trasladarse al planeta Burakán, el último descubierto por nosotros en el sistema solar, si mal no recuerdo, a principios del siglo XXI en el observatorio cuyo nombre lleva, ¡qué memoria! Decía que..., ah sí, se establecieron allí antes de que Marte se hiciera inhabitable. Otra prueba de que todavía no afrontan problemas con la atmósfera es el hecho de que aún ni siquiera conocen la existencia del décimo planeta, de lo contrario se hubiera referido a la Tierra como el Octavo Planeta y no el Séptimo, creo que no lo descubrirán hasta los primeros años de nuestra era. Tendrán que pasar muchos siglos para que se den cuenta de la catástrofe que se les aproxima. Menos mal que pudieron mudarse y construir las edificaciones apropiadas para su instauración definitiva. La última vez que supe de ellos, en mi tiempo verdadero, ya habían comenzado a prepararse para los vuelos sistemáticos intersolares, con nuestra ayuda, desde luego, pero lo han conseguido. Es un pueblo muy trabajador. Guardaré el secreto.
»Ahora vamos a ver qué tripa se le ha roto a su verraquísima Majestad. Ayer me dijo que se iba a pasar toda la noche orando al divino Atlas para que le indicara si debía invadir a los pueblos de cabelleras largas —los asirlos—. No sabe pensar en otra cosa que no sea enredarse a flechazos contra otro imbécil con el único fin de convertir en esclavos a otros pueblos. Y lo que más jode es que ninguno de los dos combate directamente sino ordenan a sus generales, que a la vez empujan a sus respectivos soldados, para que se rajen los cráneos mutuamente, mientras ellos se pasan los días echándose fresco.
»Es casi seguro que, después de la mala noche, le duelan todos los huesos por hacer tantas reverencias al dios y quiera que le alivie los dolores, proporcionándole el sueño divino. Ojalá que su consorte no se antoje también. No puedo soportar la peste que tiene, nunca se baña, dice que para conservar su belleza, se embadurna el cuerpo con hiel de hipopótamo. Con lo mal que me cae. ¿Cómo era que se decía cuando una persona nos resulta antipática? Ah, sí, ya: "Me cae como una patada en los mismísimos..., en los mismísimos...", no me acuerdo, bueno, es igual.
»Ahí está la entrada al salón con sus guardianes, tendré que decirles la contraseña especial establecida por mí.»

Larx se acercó a los soldados, que habían cruzado sus lanzas cerrándole el paso. Se detuvo ante ellos y exclamó:

—Abrakadabra.


Los custodios se hicieron a un lado para franquearla el paso. El amplio recinto era de paredes altas, sin otro adorno que los soportes de hierro que sostenían las antorchas; sólo al fondo de la sala rectangular, unas cortinas azules caían formando largos pliegues desde el techo hasta el piso. Contra ellas, en el centro, se alzaba un pequeño estrado; rematando el mismo, un trono de metal dorado con un gran cojín forrado en seda, parecía mantenerse en espera del rey, al igual que una figura enjuta, rapada, con una nariz de dos palmos, tan ganchuda como el pico de un ave de rapiña. Su cara semejaba una máscara seca, de pómulos hundidos y mirada penetrante. No había nada más parecido a un buitre que el Sumo. Sacerdote, ni siquiera otro buitre. Al verlo, Larx pensó:
«¡Vaya, lo que me faltaba! El brujo de mierda.»
—Que te vaya bien y que te arrolle un tren —exclamó el sabio, haciendo una ligera reverencia.

El sacerdote inclinó la cabeza y contestó el saludo, siguiendo las normas de cortesía establecidas:
—Mal rayo me parta.
—Que para bien sea.

Aclaremos que este intercambio de saludos era considerado como de la más alta exquisitez. Desde luego que se trataba de una farsa implantada por el viejo sabio Ahora se dirigió al brujo:
—Su verraquísima Majestad me ha ordenado comparecer ante su presencia, ¿a tí también, digno ministro de los dioses?
—Cierto —contestó el buitre desplumado a la vez que asumía una postura altiva—. Los dioses han hablado: un cuervo cruzó volando hacia el puerto a la salida del Sol.

«Y dale con los augurios. Cuando no les da por interpretar los sueños, se agarran de cualquier cosa para predecir el futuro. Quién sabe si el cuervo se sentía nostálgico porque la cuerva se le fue con otro y voló hacia la costa para derramar sus lágrimas de tristeza a la orilla del mar. Sé lo que está pensando, pero debo hacerme el alcornoque.»

—Perdona mi ignorancia, no soy capaz de interpretar el mensaje de los dioses.

El brujo descruzó los brazos y levantó el dedo, amenazante:


—Habrá guerra; los pueblos de largas cabelleras serán derrotados por los atlantes.
«Yo sabía que en esto iba a parar la cosa. Veremos cómo me las arreglo para poner el parche antes de que salga el grano. Tengo que evitar conflictos.»

El estridente sonido de cinco trompetas interrumpió las meditaciones de Larx. Era el anuncio de que el soberano haría acto de presencia. Siguiendo a los trompetistas, entró el resto del conjunto, formado por varios tocadores de címbalo, tres tumbadoras, un bombo y un cencerro. El grupo interpretaba la marcha real, pero era algo verdaderamente ridículo: el rey, con todo su séquito, se dirigía al estrado al compás de «La Chambelona». No cabía duda alguna de que aquello había sido obra del Gran Sabio. Su verraquísima Majestad ocupó el trono e hizo una señal para despedir a los músicos a la vez que decía:

—Calabaza, calabaza, cada uno para su casa. Los instrumentos callaron y la comparsa se retiró sin dejar de hacer reverencias. El rostro abofado del mandatario reflejaba un gran cansancio. La papada le caía flácida, circundando el mentón que apenas sobresalía. Únase a esto la bola rapada de su cabeza y su aspecto de luna llena en noche sin nubes será completo; añádase la ausencia de pelos en la cara y su palidez extrema, por haberse pasado la vida descansando a la sombra, y podrá tenerse una idea aproximada de la facha que tendría una enorme bola vestida de azul. Tomó asiento.
—Gran Sabio Larx de Cuba, País de la Maternidad, hacía dos noches que esperaba el mensaje divino de Atlas —el rey apoyó la cara en una mano regordeta—. Habló por medio de un cuervo que alzó su vuelo hacia el puerto como si quisiera decirme que no debemos demorar más nuestro ataque a los pueblos de largas cabelleras, hijos del abominable dios Marduk. Mis aguerridos soldados los harán..., los harán..., ¿cómo se dice en el idioma de tu lejano pueblo, Gran Sabio?

—Papilla,
verraquísima Majestad, papilla —apuntó Larx.
—Eso es; tú, viejo maestro, siempre has sabido interpretar mis pensamientos al punto que pudiera decirse que los adivinas.

«Tengo que aflojar la mano», pensó el viejo. La bola de carne esbozó una sonrisa benévola y entornó los ojos. El brujo tomó la palabra, alzando los brazos y el rostro hacia el cielo, como si hiciera una invocación:
—¡Oh, fuerzas invencibles del divino Atlas! Guiarás nuestras huestes contra los despreciables hijos de Marduk. Serán nuestros esclavos y trabajarán por millares en honor de nuestro soberano. Construirán su palacio eterno, semejante al templo de su padre Atlas.

«¡Arrea! Quiere construir una pirámide como túmulo funerario.»

—Explícame, oh Gran Sacerdote —dijo Larx—, pues no comprendo qué quieres decir. Te reitero mi ignorancia en asuntos divinos.

El brujo miró al rey como si esperara su consentimiento para responder, éste inclinó la cabeza en señal de aprobación.

—Los misterios celestiales están vedados para ti —se jactó el sacerdote—, porque eres un simple mortal que no ha sido elegido por los dioses para interpretar sus designios.

«¡Brujo de mierda!», pensó Larx.

—Nuestro soberano, como hijo excelso del grande y temible Atlas, debe preparar su morada para cuando llegue la hora de ser llamado al reino de los dioses y ocupar un lugar en el trono del Omnipotente y adquirir poderío y dar órdenes a los vivos. Empuñará el cetro en su mano para que reciban sus mandatos los seres cuyas moradas son desconocidas. ¡Reinará sobre los vivos y los iluminados y su espada será fuerte contra sus enemigos! Su tumba debe ser un maravilloso templo, las más bellas alhajas deben adornar su cuerpo. Nada debe faltarle: ricas armas, vinos, criados que le sirvan obsequiosos, esclavos que cultiven sus campos empíreos y hasta su esposa le hará compañía.

«Le entró la fiebre de las pirámides, ahora empiezan a almacenar esclavos, a pedirme proyectos de construcción, inventos y veinte cosas más para la ejecución de los trabajos. Ya me parecía que todo estaba "demasiado" tranquilo.»

Larx, haciendo una reverencia, se dirigió al brujo:

—Solemnes han sido tus palabras, elegido de los dioses. Me has conmovido. Mientras te escuchaba, no pude menos que pensar en el símbolo de la sabiduría divina en mi lejana tierra natal y compararte en todos los sentidos con él: Gran Sacerdote, eres un ñame con corbata.

El buitre había cruzado sus brazos sobre el pecho. Se sentía henchido por la «alabanza» del Gran Sabio.

—Todo eso está muy bien —interrumpió su verraquísima—, pero lo discutiremos mañana. Ahora me encuentro muy cansado, quisiera que el viejo maestro me proporcionara el remedio para aliviar esta fatiga.

A la sazón, hizo su entrada el mismo criado que antes había llevado el mensaje a nuestro sabio.

—Magnánimo hijo de Atlas —dijo, dirigiéndose al

soberano—. Tu amada esposa, hija de las bellas divinidades, te ruega que la recibas.
—Ahora sí le cayó comején al piano —dijo Larx, sin poder contenerse.
—¿Musitaba preclaros pensamientos en lengua extraña nuestro Gran Sabio? —preguntó el brujo, volviéndose a éste.
—Decía que... Expresaba mi alegría por tan grata sorpresa.
—Comunícale a la reina que la espero —accedió el rey con un leve gesto de su mano.

El criado se retiró. Larx aprovechó un instante de silencio para «sondear» los pensamientos del brujo.

«Está contento, se siente muy superior a mí, ésa es una de sus mayores ambiciones. Evidentemente yo le estorbo. Él quisiera ser el único al lado del rey para manejarlo a su antojo. Ahora pretende ganar puntos a su favor con la construcción de la pirámide y el cuento de la otra vida. En realidad, para él no es un cuento. Está tan metido dentro de su inconsciente papel, que se lo cree a pie juntillas. Tengo que proceder con mucho tacto. El rey no piensa nada, como siempre. Está cabeceando, se ha pasado dos noches en vela, esperando que su dios le hable. Ya la reina se acerca, lo sé por el olor.»

Tres doncellas, ligeramente vestidas, hicieron su entrada en el salón y permanecieron cerca del umbral; después, apareció la consorte del soberano. Era todo lo contrario a su esposo: delgada hasta la exageración, pero no pudiera afirmarse categóricamente que le faltaba belleza, siempre que los componentes del rostro se analizaran reparadamente. Sus ojos eran expresivos, pero no venían bien con unas cejas tan gruesas; la nariz debía ser menos aguileña para que hiciera juego con unos labios demasiado abultados con respecto a la forma ovalada de su cara. Larx decía que tenía cara de fibroma uterino, lo cual resultaba incongruente, si se tiene en cuenta que nuestro amigo nunca había visto un fibroma uterino.

La soberana vestía una larga túnica azul pálido y adornaba su cabeza con..., con... ¡No, ya esto es el colmo! Con un birrete. Caminaba alzando la nariz como los buenos sabuesos.
 

—Magnánimo esposo —hablaba como en un susurro—, que la divina hija de la tierra y el cielo ofrezca sus dones vivificadores para que reines por muchas primaveras, complaciendo los deseos de tu querido pueblo...

«Por mucho tiempo que llevo escuchando todas estas fórmulas de cortesía barata, no llego a acostumbrarme a oírlas sin que se me revuelvan las tripas. Total, tanta perorata y lo que quiere es enterarse si por fin van a invadir a los peludos asirlos. Ella también tiene sus intereses en este chanchullo.»

—...Y brilles como el astro que nos ilumina —aquí concluyó.

El monarca salió del embeleso en que estaba sumido y dijo a su consorte:

—Sabrás que tu adorado esposo irá en busca de otros pueblos y tos someterá bajo su dominio: vencerá a Gilgamesh, de quien se cuenta que entabló combate contra escorpiones con cabeza humana; traeré prisionera a la misma diosa Ishtar para que te sirva de esclava. Todas las riquezas de aquel gran reino, al otro lado de las aguas, serán para nosotros. Y todos sus hijos se convertirán en nuestros servidores.

La real boa de carne no pudo seguir adelante, la fatiga lo vencía. Sus brazos dejaron de gesticular y colgaban a ambos lados del trono. Con los ojos semicerrados ordenó:

—Déjenme solo con el Gran Sabio, necesito que me proporcione el sueño divino que repare mis fuerzas. Váyanse todos. Calabaza, calabaza..., y que te arrolla un tren.
—Perdón, Majestad, la segunda parte debe decir: «cada uno para su casa» —rectificó Larx.
—Bueno, eso mismo: lárguense todos.

Los presentes se fueron retirando con las reverencias acostumbradas. El Gran Sabio permaneció en el recinto, mientras su cerebro elaboraba el plan a seguir.

«Tengo que quitarle esa idea de la cabeza. No será muy difícil. Le haré tener una pesadilla horrible que seguramente interpretará como un presagio fatal. Son tan supersticiosos que todo lo relacionan con el destino y demás sandeces.»
 

—Mi Gran Sabio y abnegado servidor, Larx de Cuba, País de la Maternidad, proporciónale a tu rey el descanso de los dioses con tu sapientísima experiencia.

—Oh, gran verraquísima Majestad, enseguida te procuraré el alivio que necesitas. Acomódate en el real trono, relaja tu cuerpo.

Larx se había situado junto a la silla real. Su voz era como un arrullo:

—Descansa, rey magnánimo, y oye esta grata historia que tanto te agrada, escucha: Había una vez, una niña muy bella a quien llamaban Caperucita Roja..., ya el sueño te envuelve.... un día, camino de la casa de su abuelita...
—Se encontró..., con el lobo..., feroz —balbuceó el rey, aún medio despierto.
—...y el lobo le preguntó: ¿Dónde vas con mantón de Manila?... Duerme, no puedes resistir el sueño, los párpados te pesan, duerme..., duerme...

El rey se había acurrucado en el aliento, apoyando la cabeza sobre el brazo del trono. Larx, seguro de que ya lo había hipnotizado, hizo un ligero esfuerzo mental y comenzó a «introducir» una figura horrible en el cerebro del soberano: era la imagen de un viejo largo y flaco, narizón, con barba de chivo, vistiendo un estrecho pantalón de rayas, una levita negra y tocado con un sombrero de copa, rayado como el pantalón, cuya cinta adornaban muchas estrellitas. Los dedos de la mano izquierda del soberano se movieron casi imperceptiblemente y un temblorcillo apareció en la comisura de sus labios, soñaba. En su letargo, la bola de carne vio acercársele a la huesuda figura, ésta le dijo: «Soy el Tío Sam, Gilgamesh es mi sobrino y no podrás vencerlo.» El soberano se sintió agarrado por el cuello, zarandeado y empujado contra el suelo rocoso, a la orilla del mar. Esta vez, la imagen se le aproximó, blandiendo un garrote. El rey quiso huir, pero las piedras se habían convertido en una gran alfombra de cáscaras de plátano. Larx observó que la frente del soberano se perlaba de sudor y que su respiración se había hecho agitada. Ahora el tío levantó la pesada estaca y el rey la sintió caer repetidas veces sobre sus costillas, a la vez que una voz ronca le decía:

«No podrás vencer a los de cabellos largos, tus ejércitos serán aplastados como si fueran moscas, a ti te haremos picadillo y te convertiremos en croquetas para alimentar a nuestros cocodrilos en Wall Street. Recuérdalo, si te atreves a atacamos, terminarás hecho picadillo.»

Larx suspendió el «tratamiento». Acercó sus labios a la oreja del rey y le dijo muy quedo:

—Cuando despiertes, te acordarás de este sueño; el malestar habrá desaparecido de tu cuerpo, pero no olvidarás las palabras del Tío Sam.

Nadie es capaz de imaginar lo triste que había quedado Iílef; porque nadie puede hacerse una idea aproximada de todo lo atribulado que llega a sentirse un marciano en tales circunstancias. Como una de las características de los dignos representantes del Planeta Rojo era la de exteriorizar sus sentimientos con mayor intensidad que cualquier otra criatura pensante del universo, nuestro amigo ofrecía un cuadro desolador. Parecía haberse encogido: sentado en la banqueta con las piernas recogidas, los codos apoyados sobre las rodillas, la cara apuntalada por ambas manos bajo la barbilla, las orejas gachas y, sobre todo, ese aire de desolación que emanaba de su mirada, lo hacían asemejarse a una flor mustia.

Todas sus teorías echadas por tierra; todos los años —perdón, las órbitas— de maduración de sus ideas —sólo habían sido dos, pero de todas formas era un tiempo perdido—; todos los recursos invertidos en equipos —es cierto que nada más había utilizado materiales de desecho, pero, aún así...—; todos los riesgos a que se había expuesto en el viaje —la nave PL funcionaba mediante un complejo computabilizado en una ruta más que segura, pero existía una posibilidad entre cinco millones para que sucediera una catástrofe. Más o menos comparable al peligro que pudiera correr un atlante de morir aplastado por un tranvía cuando aún no se habían inventado los tranvías—. En fin, ya no había nada que hacer.

«El viejo había sido más que explícito en sus pensamientos —pensaba el marciano—. Conocía el futuro porque venía de otro tiempo. No le había explicado eso del cambio de fase por medio de la no-sé-cual función psi, ni lo de la otra función psi. Daba la impresión de que los terrícolas se habían dedicado a estudiar y a explotar todas las posibilidades del cerebro, era un asunto que su gente aún no dominaba a tan altos niveles. Reflexionaba que, si actualmente su pueblo aventajaba a los terrícolas en miles de órbitas, ese desnivel se mantendría y en el tiempo de Larx, estarían mucho más avanzados todavía. Pudiera afirmarse que serían los más adelantados de todo este sistema planetario y que ya las dichosas funciones psi no constituirían secreto alguno.
»Qué extraño que el viejo no le hubiera hecho mención de los marcianos, como solía llamarlos. Era algo verdaderamente significativo. ¿Sería un embaucador cuyos planes, similares a los suyos, ya estaba poniendo en práctica? De ser así, indudablemente que los resultados eran positivos. La civilización atlántica marchaba a la cabeza de todas las demás en el planeta: Y dijo que esta gran isla se había hundido a causa de un cataclismo sin dejar huellas...»

—¡YIEEEK! —Iílef dio un salto como si lo hubieran pinchado.

Pero la banqueta no tenía ninguna puntilla, por la sencilla razón de que aún no se habían inventado, lo cual nos hace suponer que la expresión y el brinco fueron provocados por otra causa. Echó a andar el anti-grav y se remontó a un rincón oscuro donde continuó rumiando aquel pequeño detalle que había encendido una lucecita en las brumas que envolvían su cerebro.

Larx había dicho que si él —Iílef— hubiera logrado algún producto significativo con la puesta en práctica de sus propósitos, entonces habría quedado alguna huella evidenciadora y que la gente de su «tiempo» la hubiera detectado. Pero ¡claro! No habían encontrado rastro alguno porque... ¡La Atlántida se había hundido!

El cerebro del marciano comenzó a entrelazar deducciones:

«¿Quién podía negar que todos los adelantos científicos que él hubiera hecho materializar en la Atlántida no hubieran sido sepultados por las aguas al igual que los nuevos científicos, discípulos suyos? El palacio real alumbrado con luz eléctrica; máquinas de vapor para navegar por los canales; pozos de petróleo al pie del monte Atlas; un consejo de gobierno administrando los bienes del nuevo estado.»

La lógica de sus razonamientos era tan aplastante como un ptq —ignoramos lo que es un ptq marciano, pero parece que se trata de algo muy pesado, quizás una aplanadora descomunal o alguna antología poética vanguardista.

Todos estos avances, que hubieran sorprendido a cualquier investigador, irían a parar al fondo del océano, no se sabe cómo ni cuándo, quedando sepultado por toneladas de agua. Por eso nadie habría podido enterarse.

El terrícola estaba equivocado. Esta vez eran sus razonamientos los que carecían de consistencia. Pero, cómo no se le había ocurrido antes, cuando el viejo disertaba tan seguro de sí. Bueno, siempre le sucedía lo mismo: en las discusiones, los mejores argumentos, los irrefutables, se le ocurrían después que ya todo había terminado, por eso siempre salía perdiendo; menos esta vez, porque ahora sí estaba decidido a seguir adelante.

—Tengo que buscar otro elemento a quien utilizar como primer escalón en mis planes, ya del viejo no me puedo fiar, seguirá empecinado con su tiempo, sus funciones psi y demás tonterías incomprensibles —dijo, en voz baja. Luego, se aventuró a pensar:

«¿Y si me valiera del Sumo Sacerdote? Parece que las relaciones entre él y Larx no son del todo satisfactorias. Necesito a alguien que confíe en mí y me obedezca ciegamente. Creí que iba a poder lograrlo con el viejo y que su mentalidad científica me facilitaría el trabajo teórico y práctico, pero ante esta circunstancia adversa debo empezar de nuevo. "Por muy alto que vuele el ktt, siempre el jlrr la pica"; nosotros también tenemos viejos proverbios.»

Iílef automatizó la coloración de su piel. Aclaremos. que no era precisamente su piel lo que cambiaba de tono, sino una membrana sintética muy fina que se ajustaba exactamente al cuerpo, cubriendo su ligero y también ceñido traje. Medíante un mecanismo muy ingenioso, esa envoltura podía tomar la coloración de lo que estuviera a su alrededor, por lo tanto, el marciano se hacía casi invisible al confundirse con el medio circundante. Era éste un sistema defensivo muy similar al que venían empleando los camaleones terrícolas, desde hacía milenios.

Partió del palacio real rumbo a la caverna, donde lo aguardaba la nave PL. Descansó algunas horas y, una vez repuesto, volvió sobre sus pensamientos.

«Veamos. El Sumo Sacerdote debe ser un imbécil, de eso estoy seguro. Hacerlo razonar una cuestión tan complicada como es la de que yo no soy un dios, sería prácticamente imposible. Por lo tanto, es necesario dejarlo así, al menos por el momento. Pero en esta primera entrevista hace falta una prueba que no sea divina,, un detalle material que lo impresione y que al mismo tiempo lo haga sentirse confiado. Sería bueno hacerle algún presente, darle alguna muestra de poder...
»Vayamos por partes: él es un "antiguo", casi primitivo. Los primeros seres racionales adoraban los fenómenos naturales, las aguas, el fuego... El fuego, el fuego. Para obtener el fuego, los primeros seres tuvieron que "tomarlo" del incendio que provocó un rayo. No pretendo poner en manos del Sumo Sacerdote un rayo ni nada por el estilo. Además, ya ellos obtienen fuego mediante la fricción de dos piedras. Claro, esto resulta un poco embarazoso, hay otros medios más... ¡Yieeek! ¡Ya lo tengo! Le fabricaré un encendedor automático, de un modelo muy antiguo, pero para él será algo nunca visto.»

No le fue muy difícil a nuestro amigo marciano destilar un poco de gasolina a partir de unas muestras de petróleo que había recogido a su llegada a la Atlántida. Lo demás fue aún más fácil: una pequeña rueda dentada, un poco de musgo seco para la mecha y una barrita de eslabón. Le construyó un estuche metálico y ya tenía lo que nosotros conocemos por una fosforera.

—Un buen regalo digno de su jerarquía —dijo—. Podrá encender las antorchas y el fuego en honor a su dios en un abrir y cerrar de ojos. Seguramente lo conservará como un preciado talismán enviado por las divinidades.

Con eso tendrá lo suficiente como para pasarse varios meses dudando entre el augurio del cuervo y la paliza del Tío Sam» —dijo Larx al salir del salón donde había dejado a su verraquísima Majestad echando un sueño. Lanzó un suspiro de alivio y continuó hablando consigo mismo:
»Menos mal que he podido ir capeando el temporal en todos estos años. Y todavía este marciano desequilibrado pretende hacer experimentos con la evolución y el desarrollo social de los atlantes. ¿Qué se habrá creído él, que somos conejillos de indias? ¡Por aquí!» —añadió, haciendo un gesto que nos inclina a pensar que se trata de una de aquellas expresiones que daban fuerza al lenguaje de los cubanos en el siglo XX.

Por qué el Gran Sabio siempre hacía alusión o se remontaba a dichos o a hechos del siglo XX? «Todo tiene su explicación», según dijo Heráclito —pero también dijo:

En los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos en los mismos; y parecidamente somos y no somos», lo cual no aclara nada. La cuestión radicaba en que Larx, en sus investigaciones históricas, había logrado hilvanar retrospectivamente toda su ascendencia hasta 1950, año en el que el rastro desaparecía. Y había sido precisamente sobre la segunda mitad del XX donde su énfasis investigativo se había acentuado a un grado tal que conocía este período mejor que nadie de su «tiempo» o incluso mejor de lo que llegaron a conocerlo los propios cubanos que vivieron en él. Tan influenciado estaba que no podía evitar que lo cubano se le saliera hasta por los poros.

Fue una época difícil —pensó—, pero hermosa; de vicisitudes, pero llena de heroísmo. Fueron los años dé plena decadencia del capitalismo. Por cierto, se me olvidó contarle al marciano lo que hicieron los científicos socialistas cuando se llegó a dominar por completo todo e] proceso de la partenogénesis y de síntesis del ADN. Es claro, las investigaciones en este sentido tomaron un rumbo muy .distinto: se dedicaron fundamentalmente a la reproducción en gran escala de animales para el consumo humano, quedando resuelto así el problema de la escasez de alimentos, provocada por el desbalance entre las limitaciones de la producción y la demanda mundial. En los Estados Unidos también se incursionó en la producción artificial de animales, pero en un país donde reina la anarquía de un sistema caduco sucede lo de siempre: tres o cuatro consorcios monopolizaron los resultados, se dedicaron a fabricar gallinas, cerdos, reses, en gran escala y arruinaron a los granjeros que vivían de la recría, lo cual desde luego, vino a ser otro granito de arena en el conjunto de contradicciones entre débiles y poderosos.
»Pero también tengo que explicarle lo de las funciones psi, aunque al principio no entienda nada, al menos podrá hacerse una idea aproximada de su naturaleza. Creo que lo mejor sería comenzar por explicarle la primera, la telepatía. Él la domina, al parecer de una forma empírica solamente. Bueno, tendré que empezar por relatarle cómo se comenzaron los estudios científicos de las mal llamadas percepciones extrasensoriales.»

Y ustedes, ¿no lo saben? Pues, mientras nuestro Gran Sabio recorre salones y galerías ya conocidas por todos, vamos a aprovechar el tiempo en decírselo y así se enteran de algo nuevo.

Desde hacía muchos años, siglos, al hombre le inquietaron ciertos fenómenos que se manifestaban en algunos individuos. Y como su intelecto se encontraba aún muy lejos de poder explicarlos a la luz de la ciencia, se iba por los vericuetos tenebrosos de la superstición y el oscurantismo. Cuántos telépatas congénitos no fueron achicharrados en hogueras durante la Edad Media, acusados de tener relaciones amistosas con un representante del llamado Satanás o algo por el estilo. Después la cosa fue cambiando y a los telep-I (según la clasificación del siglo XXVII) se les consideró como dotados de facultades sobrenaturales. Desde luego que ellos mismos eran los primeros en creérselo porque no tenían otra explicación; de ahí que hubo una época en que la ignorancia creó médiums, curanderos, espiritistas, santeros, adivinadores del pasado y del futuro, charlatanes, farsantes y comemierdas a granel.

Por otra parte, desde principios del XX, a los lingüistas intrigaba el hecho de si la función del lenguaje, tal como se manifestaba en el habla, era enteramente natural, pues el lenguaje hablado se produce por medio de la acción de las cuerdas vocales, que consisten en unos repliegues de la cavidad laríngea cuyo destino no es precisamente el de emitir sonidos. Así mismo, en la articulación sonora, intervienen otros órganos que no están preparados para eso: la cavidad bucal, la nasofaringe, la glotis, la epiglotis. Es decir, que nuestro aparato vocal no estaba hecho para hablar como nuestras piernas para andar.

Tomemos otro ejemplo: los órganos de los sentidos. Son ellos los encargados de ponernos en contacto con la realidad objetiva circundante y cada uno está preparado biológicamente para lo que debe hacer, por lo tanto, todos los seres humanos oímos, vemos, olemos, de la misma forma. Estas vías de percepción constituyen las distintas modalidades con que el mundo exterior nos impresiona. La otra cuestión, o sea, la manera en que nos ponemos en contacto con nuestros semejantes, se produce de un modo análogo, pero hay una diferencia bien marcada: la existencia de distintas lenguas que implican variantes en la forma de comunicación. Esta circunstancia sólo podía explicarse aceptando el hecho de que la lengua era un sistema de comunicación artificial, creado por el hombre en el transcurso de su existencia como tal, preñado de diversidades tan significativas que llegan a hacer imposible la comunicación entre dos individuos que no ha. bien el mismo idioma, y aunque todos articulan signos lingüísticos, su interpretación —significado— no tiene la misma homogeneidad que las sensaciones antes mencionadas.

Surgía entonces la interrogación: ¿cómo era posible que el más desarrollado de los animales no posea un medio biológicamente preparado que le permita una comunicación indistinta con todos sus semejantes? Más tarde aparecería la respuesta: el lenguaje articulado era una forma de protocomunicación, por mucho que hubiera evolucionado y perfeccionado. Este sistema primario había surgido precisamente porque el hombre no estaba preparado intelectualmente para establecer contactos que implicaran una utilización más racional y compleja de su cerebro. En la misma medida en que el trabajo desarrollaba, el cerebro humano, este órgano/tuvo necesidad de ampliar su modo de comunicación y comenzar a utilizar ciertas zonas donde radican actualmente los centros de percepción de los significantes o CRC (centros receptores de conceptos), que anteriormente habían permanecido inactivos, pero en estado latente; a glándula pineal, por ejemplo, jugaría un papel fundamental en la ejecución práctica de esta primera función psi y en las restantes.

El hombre pudo desentrañar este secreto de la comunicación, cuando la realidad de un mundo sin contradicciones y sin necesidades materiales le permitió dedicarse al estudio de sí mismo, de su propio cerebro, del cual sólo estaba, aprovechando una pequeña parte... Pero, ya el Gran Sabio sube los últimos peldaños y da el tropezón de costumbre.

—¡Ay, coño! —exclamó— Este escalón ciento cincuenta es un centímetro más alto que los otros, tengo que ordenar que lo rebajen, pero siempre se me olvida.

«Espero que el marciano no se haya impacientado mucho» —pensó.

—¡Iílef! —llamó, pero no hubo respuesta—. Marciano, ya estoy aquí. ¿Dónde te has metido? —esperó unos instantes hasta que se dio cuenta de que la habitación estaba sola. Además, sus centros suprasensoriales no lo captaban.
—Se ha marchado —dijo con desgano—. Es una lástima, parecía buena gente.

Iílef esperó hasta bien entrada la noche pues estimaba que era el momento más oportuno. Salió de la caverna y se dejó llevar lentamente, poniendo el anti-grav a media potencia. La brisa nocturna no era capaz de atravesar el campo que lo rodeaba, pero aún así podía imaginar su contacto; percibía el friecillo como si realmente rozara su piel. El destello de la luna sobre el agua de los canales te hizo recordar su planeta. Con una ligera diferencia desde luego: en Korad había dos lunas que no se recreaban en el cielo como ésta, sino que cruzaban raudas por el firmamento en sentidos contrarios. Tampoco eran redondas pues se trataba de un par de peñascos capturados por el planeta .no se sabe cuándo ni dónde. Y, aunque en Korad había muchos canales, eran rectos y no circulares como los que se dibujaban allá abajo. Bueno, en un final, aquello no se parecía tanto a su tierra, pero le había hecho recordarla, mediante esa facilidad de los cerebros para asociar cosas que no tienen nada en común.

Muy pocas luces pespunteaban la dormida ciudad, sólo brillaban en los puntos de intersección entre los canales diametrales con los circulares, donde los guardias custodiaban las grandes puertas que a estas horas cerraban la navegación en los cruces. La entrada y el patio central del palacio estaban iluminados y, a un costado de éste, en el tope de la pirámide, una gran hoguera rendía tributo nocturno al dios de la montaña. Allí, en la base, estaban el templo y el Sumo Sacerdote. No tuvo más que disminuir gradualmente la intensidad del campo para descender con la suavidad de una pluma.

Luego se escurrió hacia el interior del templo, a la altura de los capiteles, y continuó casi rozando el techo. Atravesó la nave central, inspeccionó de cerca la imponente cabeza de la escultura, fisgoneó aquí y allá hasta dar con las habitaciones que buscaba: allí dormía el brujo.

Visto desde lo alto, su semejanza con un buitre se acentuaba aún más. Dormía sobre un lado, con los brazos y las piernas muy recogidos, por lo que la espalda le hacía un arco y los pliegues de la ancha túnica formaban una combinación que, gracias a las sombras que producían las antorchas, daba la impresión de estar cubierto de largas plumas sobre las que acababa de caer un aguacero.

«Bueno, a comenzar de nuevo». Pensó Iílef. Y la historia se repitió:


Sumo Sacerdote, despierta. No tengas miedo.

Pero el buitre no se movió, parece que tenía el sueño pesado. Telepáticamente no es posible «gritar», pero sí se puente aumentar la intensidad de la onda psíquica con el fin de impresionar la zona receptora con mayor fuerza. Eso tuvo que hacer, después de cuatro intentos fallidos.


¡Despierta!

Y se le fue la mano, porque el brujo se sentó de un salto, abriendo desmesuradamente los ojos.

—¿Qué? ¿Quién me llama? —exclamó jadeante.


Cálmate. No temas. Soy tu amigo, no voy a hacerte daño.

El Sumo se frotó los ojos con los nudillos y rebuscó con la mirada por la habitación. Evidentemente no había nadie. Por su parte, ya Iílef había presenciado una escena igual hacia poco y no estaba dispuesto a perder mucho tiempo. Dejándose de rodeos, volvió a la coloración normal, se hizo visible para el brujo y descendió casi con brusquedad.

No faltó casi nada para que tuvieran que volverse a reunir en cónclave sacerdotal todos los viejos brujos del reino a fin de elegir un nuevo Sumo. Tal fue el susto que le hizo pasar. Primero perdió el color, después perdió el habla y por poco pierde hasta la vida, estuvo al borde de la apoplejía.

Iílef corrió a sostenerlo. No sabemos si por temor a que se golpeara al caer o a que se desarmara formando un reguero de huesos. Lo sacudió por los hombros a la vez que le decía:

—Viejo, Sumo Sacerdote. Reanímate, no te me mueras ahora, sería algo imperdonable —pero el viejo seguía más desmadejado que una margarita mustia.

El marciano lo recostó en el lecho y le dio unas palmaditas por donde todo el mundo  tiene los cachetes, menos el brujo, que no los tenía por ninguna parte.

—Vamos, viejito, despierta. No me digas que soy tan feo que te has desmayado del susto. Bien se nota que no te has mirado en un espejo.

El buitre suspiró profundamente y entreabrió los ojos, instante que aprovechó el marciano para volver a hablarle:

—No temas, no quiero hacerte daño —le dijo sonriente—. No he venido a eso, sino a todo lo contrario: he venido a darte el poder divino.

El viejo, ya reanimado, pero aún sin haber perdido todo el estupor de los primeros momentos, tragó en seco y pudo articular algunas palabras:

—¿Eee..., eres una encarnación del dios divino y todopoderoso Atlas?
—Bueno, no exactamente, pero, por ahora, si quieres, puedes aceptarlo así.

Acto seguido, el sacerdote se lanzó del lecho y se postró ante el marciano, a la vez que extendía los brazos y tocaba el suelo con la frente repetidas veces.

—¡Oh, divino entre los divinos, extiende tu protección sobre tu hijo! ¡Custódialo y defiéndelo dé sus enemigos, que también son los tuyos! ¡Malditos los que te maldijeren y benditos los que te bendijeren!

Iílef lo interrumpió pues, de no haberlo hecho, el viejo se hubiera rajado el cráneo por la vehemencia que ponía en cada cabezazo.

—¡Déjate de ridiculeces y hablemos. Siéntate en la cama, serénate. Mírame bien para que pierdas todo temor. Así. ¿Ves que soy un ser humano como tú?
—Sí, es cierto, hemos sido creados a imagen y semejanza de los dioses. Se confirman las antiguas enseñanzas. ¡Alabado seas! —ya el brujo iba a lanzarse de rodillas nuevamente, pero el marciano lo atajó.
—No, no. Está bueno ya de jaculatorias. Mira, viejo, mi nombre es Iílef, vengo del planeta Korad...
—¿Planeta? ¿Qué quieres decir?
—Un planeta es un cuerpo celeste... Bueno, digamos que es como las estrellas. Eso es, yo vengo de un planeta que, desde aquí, se ve como una diminuta estrella roja. ¿Comprendes?
—¡Claro! —contestó el viejo—. Vienes del cielo, de la morada de los dioses. No podía ser de otra forma, divino Iílef. Bienaventurados aquellos que...
—Bueno, está bien. Si insistes en deificarme, no me opondré, ya habrá tiempo suficiente para que cambies tu manera de pensar. Ahora vayamos a lo más importante: te decía que he venido del planeta Korad, representando a una civilización más avanzada que la tuya. Mucho más, nuestro saber es muy grande...
—Eso nos consta—interrumpió el Sumo—, la sabiduría divina es inconmensurable. Muchas veces hemos tenido muestras de ello; hace poco, indicaste a mi soberano que saldría victorioso si atacaba a los pueblos de cabelleras largas, pero lo hiciste en otro lenguaje muy común a los dioses: un cuervo cruzó volando ante el rey hacia el puerto, en los momentos en que éste imploraba tus consejos. En otras ocasiones también has hablado en las entrañas de los toros que hemos sacrificado en tu honor.

Iílef no pudo evitar un gesto de fastidio: de nuevo el Sumo entendía mal sus palabras. ¡Cómo no iban a estar atrasados, si se pasaban el tiempo creyendo que todo era obra de los dioses! Decidió entregarte el regalo que le traía. Ya casi lo había olvidado.

—No vamos a discutir ahora sobre eso. Mira, te doy esto en prueba de buena voluntad —y en su mano brilló el metal pulido del encendedor.

Un ¡OOOH! asombroso llenó la habitación.

—¿Es acaso la sustancia de que están hechas las deidades? ¿Lo podrán tocar mis manos profanas? ¿Me hará invulnerable su contacto?

El rostro del buitre parecía el de un niño ante un regalo inesperado, era una mezcla de gozo y turbación.

—Sólo se trata de un encendedor muy simple, observa —con un rápido movimiento del pulgar, Iílef destapó la fosforera y accionó la rueda estriada según había aprendido en sus lecturas sobre cosas inútiles. La llamita brotó ante las nances del buitre. Por poco se desploma.
—¡AAAH! De tus manos brota el fuego celestial —dijo, escurriéndose hacia un extremo del lecho.
—No es fuego celestial ni nada de eso, es un fuego como otro cualquiera, como el de esas antorchas o como en el que hay en el fogón de cualquier casa —Iílef volcó la tapa sobre la llama y ésta desapareció.
—¡Lo has apagado! ¿Por qué? El fuego divino debe alumbrar perennemente —dijo el brujo, un tanto disgustado.
—Se gastaría el combustible —repuso el marciano—. El mechero es sólo para que se encienda un instante y comunicar el fuego a otro objeto preparado para que arda más tiempo ¿comprendes?

—¿Quieres decir que eso es como una reserva del fuego de los dioses para que sea empleada nada más que para propagarlo?

 

Un ligero fulgor de satisfacción iluminó el rostro del marciano. Ya iba logrando algo, ya vislumbraba un ápice de razonamiento en la respuesta del brujo. Ahora tan sólo había que quitarle de la cabeza que aquel fuego venía de regiones celestiales. Cruzó los brazos sobre el pecho, los volvió a descruzar, se los llevó a la espalda y comenzó a caminar de un extremo al otro de la habitación. Ordenaba sus pensamientos para darle una somera explicación sobre el origen, las propiedades, las características y los elementos que componen el fuego. Inconscientemente asumía la misma postura, con idénticos fines, que unas horas antes había tomado para sí el Gran Sabio, cuando se disponía a disertar sobre las funciones psi. Alguien del mundo greco-latino diría varios siglos después aquello de que. la historia se repite, la segunda vez como comedia.

 

—Sumo Sacerdote, mis verdades pueden contradecir las tuyas, pero son las ciertas porque provienen de un análisis científico respaldado por la práctica. Te haré saber qué es el fuego —y se detuvo ante su «discípulo», abriendo la mano para mostrarle el encendedor.

 

Con un gesto un poco teatral, lo volvió a encender. La llamita reapareció y el viejo parpadeó repetidas veces.

 

—¿Tendré el secreto del fuego, yo, un mortal?

—Ya verás cómo no hay tal secreto. Vayamos por partes.

 

Iílef se acomodó nuevamente al lado del buitre, cuyos ojitos brillaron con cierta malicia. Mostró el objeto metálico entre sus dedos.

 

—Esto es un anticuado y rudimentario utensilio que yo mismo he fabricado. La llama brota porque acciono con mi dedo pulgar esta pequeña rueda estriada, que al rozar un fragmento de esta piedra que ustedes utilizan también, hace saltar una chispa, la cual, al ponerse en contacto con esta mecha de yesca empapada en gasolina...

—¿Gasolina? ¿Qué es gasolina?

—La gasolina es un producto derivado del petróleo...

—¿Petróleo?

—Sí..., el petróleo es una mezcla de hidrocarburos saturados que...

—¿Hidrocarburos saturados? ¿Son dioses del... ?

—¡No! Los hidrocarburos saturados son elementos cuyas moléculas...

—¿Moléculas? ¿... ?

—Las moléculas están compuestas por átomos...

—¿Átomos? ¿Hijos de Atlas?

—Partículas elementales formadas por electrones, protones y neutrones...

—¡Ya sé! Los electrones, protones y neutrones son las deidades que podemos invocar para que el fuego se produzca.

 

Iílef calló y se quedó mirando al rostro del viejo. Éste bajó la mirada con timidez.

 

—¿Por qué todo tienes que relacionarlo con los dioses y las divinidades? ¿Tu cerebro no concibe que haya algo que no tenga que ver con ellos?

 

El buitre se alzó con dignidad.

—Los dioses lo han creado todo y han puesto divinidades a cargo de cada cosa salida de su inmensa sabiduría: los ríos, los bosques, las montañas, los animales, los...

—Sí, ya sé —dijo Iílef con un gesto de cansando—: el fuego, el agua, la tierra y el aire; el universo dividido horizontalmente en cuatro cuartos y verticalmente en tres niveles que parten del centro formando siete puntos en total. Todo eso me lo sé de memoria y lo sabe todo el mundo. Pero quiero dejar bien aclarado que este objeto ha sido hecho por mí sin que ningún Atlas ni ninguna divinidad me haya inspirado porque ¡maldita sea la falta que me hacen!

—Desde luego que no, tú lo puedes hacer sin otro requerimiento, porque eres divino en ti mismo —el viejo cayó de hinojos ante el marciano y volvió a maltratar su frente contra el piso. O viceversa.

 

Iílef hizo acopio de paciencia para no perder la calma y estrangular al Sumo.

 

—Bien. Piensa como te dé la gana. Aquí tienes el encendedor —y lo puso en las manos del viejo, que aún permanecía a sus pies—. Vamos, levanta la tapa y acciona la ruedita.

 

Torpemente, el brujo logró hacer brotar la llama, después de media docena de fallidos intentos. Cuando finalmente pudo hacerlo, la expresión de su rostro reflejó una mezcla de confusión y de placer malévolo.

 

—Domino el fuego —dijo—. Lo puedo hacer brotar de mis manos a mi antojo; soy poderoso, más poderoso que el Gran Sabio, le mostraré mi fuerza divina...

—¡No! —saltó el marciano—. Te prohibo que lo hagas. No hablarás con nadie sobre esto ni harás la más mínima alusión a mí o a cualquier cosa que esté relacionada conmigo. Te dejo ese regalo para que lo uses en secreto. Nadie debe saberlo..., y menos el Gran Sabio.

—Es cierto —el brujo acercó su rostro al del marciano como si le confiara un secreto—. Muchas veces he pensado que él se ha asociado con las fuerzas del mal. No parece sentir respeto por los dioses y pretende imponer sus criterios profanos sobre la sabiduría divina —bajando aún más la voz, casi en un susurro, dijo—. No confía en los augurios de los dioses.

—Bien..., olvídate del Gran Sabio. Ahora tendremos que ponernos de acuerdo en algunas cuestiones. Yo puedo enseñarte muchas cosas mediante las cuales serás todo lo poderoso que deseas, sólo te impongo una condición.

—¿Cuál? —preguntó ansioso el buitre—. La cumpliré sin reservas.

—Tu obediencia absoluta. Solamente harás lo que te ordene.

—Ordena pues —dijo el viejo, inclinando la cerviz.

 

En la Atlántida se vivía con mucha lentitud. Era sorprendente, sobre todo para alguien venido de una época tan distante en el futuro como el siglo XXVII. Nuestro Gran Sabio se había percatado de ese lento fluir del tiempo, de esa monotonía casi exasperante que lo llenaba todo, embotaba los sentidos y hacía desear que ocurriera algo, aunque fuera una catástrofe. En su tiempo, cada minuto surgía algo nuevo; en el estrecho marco de sesenta segundos podía producirse un descubrimiento que representaba hasta siglos.

 

Pero aquí era distinto. Hacía ya seis meses de su encuentro con el marciano y de la pesadilla de su verraquísima Majestad. Iílef no había vuelto a aparecer después de haber tenido la poca delicadeza de marcharse sin despedirse. Bien pudo haberlo esperado, él no iba a demorar mucho. Además, ¿por qué tanto apuró? «Bueno, cada loco con su tema», había dicho Larx. «A propósito —se preguntaba—, ¿estaría loco Iílef? Sería el colmo: marciano y al mismo tiempo loco, era demasiado.»

 

Sobradas razones tenía el sabio para pensar así, aunque hubiera ciertos detalles que él desconocía: el primero de ellos era que Iílef no andaba muy lejos; el segundo detalle sí andaba muy lejos, a muchas millas de allí, hacia el este, entrando por el Mediterráneo hasta la desembocadura... No, vamos a dejamos de estar dando vueltas y digamos de una vez que nos trasladamos hasta el reino de Apofis III, en el Delta del Nilo.

 

Y ustedes se preguntarán: «¿Qué relación tiene una cosa con la otra?» Esperen un poco y ya verán cómo esto se complica de tal manera que ni yo mismo sé cómo va a terminar. Lo que sí puedo asegurarles, por el momento, es que este fulano, Apofis III, era, además de hykso muy quisquilloso.

 

Los hyksos eran unas tribus nómadas que cuando se aburrían de andar vagabundeando de un lugar a otro, se ponían de acuerdo para conquistar algún pueblo y entonces aburrirse en un mismo lugar. Porque no me dirán ustedes que la vida en una ciudad rodeada por el desierto, donde el paisaje se reduce a kilómetros de arena por todos los puntos cardinales, con un sol capaz de salcochar cocodrilos, y respirando polvo las más de las veces, era tan amena como para andar hecho unas pascuas.

 

Por eso Apofis ni tenía tan mal carácter. Su único entretenimiento era subir todas las tardes a la terraza de su palacio para contemplar los espejismos. Y hasta eso ya estaba perdiendo su atractivo, porque casi siempre eran los mismos. Entonces, ¿qué le quedaba por hacer? Bueno, dirán ustedes que podía entretenerse con su harén, porque, seguro que tenía uno. Efectivamente, Apofis III tenía su harén, que nada le envidiaba a los mejorcitos de los alrededores. Pero su séquito de concubinas era sólo convencional, impuesto por la costumbre. Apofis tenía sus gustos muy particulares en los cuales nadie debe meterse, y a las ciento catorce bellas mujeres que esperaban por él, solamente las conocía de oídas. No sé si ustedes me entenderán cuando digo que Apofis era un poco..., vamos, que,.., hablemos claro: que prefería salir a pasear por las tardes con un domador de caimanes que con una mujer, ¿me explico?

 

Digamos también que Apofis III había llegado al trono gracias a la muerte repentina de su padre, Apofis II. El viejo se las daba de gran guerrero y en cierta ocasión quiso impresionar a sus generales, tomando parte en una escaramuza donde la superioridad numérica de sus tropas era de cincuenta a uno. El enemigo se retiraba a la desbandada, cuando el rey, envalentonado, lanzó su camello en persecución del pequeño grupo. Pero se puso tan fatal, que la única piedra lanzada por un hondero del bando contrario, la paró el Apofis viejo con su frente. Todavía no ha sido posible explicar cómo el proyectil pudo haberle penetrado hasta el occipucio. Los sabios de la época atribuyeron la fuerza del impacto a la suma de las velocidades de la cabeza que iba y de la piedra que venía. Fue el único rey cuya momia tenía un seboruco en el lugar del cerebro. Hizo época.

 

Apofis III, que había sido su primogénito, era el indicado para ocupar el trono, aunque los ministros y los sacerdotes no lo vieran con buenos ojos. Su «debilidad» de carácter se sumaba a la falta de estatura y a lo desproporcionado que era. Imagínense ustedes un cuerpo de cinco pies que ostente una cabeza hecha para una talla de casi siete y podrán tener una idea aproximada de su figura. Parecía un clavo de línea.

 

Precisamente aquella mañana en que Larx se aburría en la Atlántida, el rey hykso se levantaba malhumorado.

 

—¡Aktonikaaal! —ése era el nombre de su esclavo-canchanchán, importado de Asiria.

—¡Oh, gran majestad!, ¿reclamas mi presencia, divino hijo de Ea? Excelsa figura, flor de...

 

Quien así se expresaba era el criado, con la frente inclinada ante su amo.

 

—No, es que estoy ensayando para hacer la voz prima en el drama de la pasión de Osiris en Abydos. Déjate de cumplidos. Hoy he amanecido con dolor de cabeza, parece que tu dios Enki se ha enfadado conmigo porque los toros que mandé sacrificar ayer en su honor estaban un poco flacos, ¿de dónde los trajeron?

—De los corrales aledaños al templo de Hacktar, señor.

—Pues ordeno que le machaquen los sesos al gran sacerdote de ese templo.

 

¿No se los dije? Este Apofis tiene malas pulgas.

 

—Tus órdenes serán cumplidas, oh, divina majestad. Pero aún no me has comunicado para qué requieres a tu humilde esclavo, ¿es ésa tu única voluntad?

 

Clavo de línea negó con la cabeza mientras se llevaba la mano a la frente, queriendo reprimir el dolor que lo atenazaba.

 

—No, no fue para eso que te mandé llamar, ya casi se me olvidaba, ¡qué memoria la mía! Quiero ir hasta la gran pirámide. Que dispongan mis mejores camellos. Aktonikal tragó en seco.

—Oh, excelsa diadema que adornas la frente de Nebo, dios de la sabiduría. Oh, flor de...

—¿Qué te pasa hoy, Aktonikal? ¿Se te ha subido lo

de imbécil? Anda, ¡cumple lo ordenado! Quiero mis mejores camellos...

—Dromedarios, señor —interrumpió el criado—. Sólo tenemos dromedarios porque...

—¿Qué estás diciendo, bastardo? —evidentemente que el rey iba cogiendo vapor—. ¿Dónde están mis camellos? ¡Habla!

—Verás, señor... Los mercaderes que nos suministran los medios de transporte dijeron que en lo adelante ya no criarían camellos, sino dromedarios. Dicen que salen más económicos y que resultan más manuables por ser más pequeños; Por otra parte, adujeron que los camellos ya estaban pasados de moda, que ningún rey que se preciara de distinguido era capaz de exhibirse montado en un camello.

—¡Esto es el colmo! —Apofis caminaba de un lado a otro de la habitación como un león con urticaria—. Pero, dime, estúpido, ¡qué hicieron con mis quince camellos!

—Pues..., verás..., excelsa figura, preferido de los dioses, flor de...

—¡Al grano! ¡Contesta, antes de que se me agote la paciencia!

—Si..., decía que..., como ya los camellos estaban en decadencia, el Kemir Mayor decidió dejarse llevar por los consejos de los mercaderes: éstos le dijeron que. a cambio de los quince camellos, ofrecerían veinticinco dromedarios a precio rebajado; que aprovechara porque pronto no podría salir de ellos ni regalándolos; que se le daba esa oportunidad porque ellos compraban camellos como material desechable para hacer albóndigas y alimentar a los cocodrilos sagrados de...

—¡Basta! ¡Basta! —Apofis, anonadado, se había dejado caer sobre los almohadones que cubrían el piso, llorando a moco tendido—. Mis camellitos, los mejores de todo el Delta, mi orgullo..., convertidos en picadillo para albóndigas...

—Pero, señor..., flor de... —Aktonikal intentaba consolarlo, pero mientras más hablaba, con mayor fuerza se desencadenaba la tormenta de lágrimas de su soberano. Del moco tendido y sentimental pasó a la perreta franca.

—¡Descuarticen al Kemir Mayor! ¡Quemen sus despojos, esparzan sus cenizas en la primera tormenta de arena que nos azote! ¡Borren su nombre de todas partes, maten a toda su familia! ¡Desaparézcanlo! ¡Que no quede ni su recuerdo! —ya aquello era más que una perreta, era un ataque de histeria con pataleta acompañante.

—Señor..., el Kemir Mayor no tuvo la culpa... Él actuó pensando en obtener lo mejor para ti, oh, gran soberano, para ti y para tu reino. Quienes lo embaucaron fueron los mercaderes que te propusieron el trueque. Seguramente que ahora le venderán a buen precio tus camellos a su rey. O tal vez..., hasta fueron enviados por éste para hacerse de las mejores cabalgaduras de todos los reinos...

 

Clavo de línea dejó de patalear. Sacó la cabeza de debajo de la almohada para prestar mayor atención a las palabras del criado. Éste continuó:

 

—Sí, su alteza divina, eres el más envidiado de todos los soberanos, con seguridad que tu fama se ha extendido hasta las lejanas tierras de esos comerciantes y su rey ha querido herir tu alma quitándote tan preciadas piezas, oh, flor de...

 

Apofis ni dio un salto, se sentó y, aún haciendo pucheros, preguntó:

 

—¿De dónde venían esos traficantes inmundos? ¿Quién es el bastardo que los gobierna?

—Eran de una tierra lejana, hacia donde se esconde el sol..., eran de la Atlántida, señor y su soberano...

—¡Su bastardo! —interrumpió el rey. Todo parece indicar que «bastardo» era una gran ofensa. Aktonikal continuó:

—...Su bastardo soberano es conocido como verraquísima Majestad, señor...

 

Apofis se puso de pie. Ya no lloraba ni hacia pucheros.

 

Su mirada se había vuelto dura y los dientes le rechinaban.

 

—¡Llama al jefe de mis ejércitos! ¡Pronto! ¡lo destruiré, lo haré tragarse paletadas de arena, arrasaré sus ciudades, aniquilaré sus ejércitos, convertiré en mis esclavos a toda su parentela y a sus súbditos!

 

Vuelta a caminar de un lado a otro como el león con urticaria ya conocido.

 

—No, no y no, vaya. No les permitiré que se burlen de mí.

 

Y cuando Apofis se empecinaba en una cosa, había que cogerle miedo. Aún estaba muy fresco el incidente con el Sekhemra tebano cuyo reino estaba en la orilla opuesta del Nilo, frente al de los hyksos. No me digan que no saben ustedes lo que sucedió, porque bastante ruido hizo la cosa. Precisamente fue por una cuestión de ruido. Sí, resulta que los hipopótamos de Tebas molestaban con sus mugidos a los habitantes del Delta, y entre ellos a Apofis III. La protesta hyksa no se hizo esperar ni la respuesta tebana tampoco. En un intercambio de mensajes, cada vez más subidos de tono, los del sekhemra dijeron que ellos no podían evitar que los hipopótamos bostezaran; bastante los había castigado Ra con tener que mirarles las caras a los barqueros hyksos que cruzaban el río. Apofis montó en cólera y dijo que no estaba dispuesto a escuchar un mugido más ni aunque viniera del mismo soberano de Tebas. A lo cual le respondieron que más animal sería su abuelo, Apofis I. El asunto terminó con el ataque de las tropas del Delta en el comienzo de una guerra que habría de durar cinco años. Por aquí podrán ustedes aquilatar los pantalones que se calzaba Apofis III y el ciclón que le venía encuna a su verraquísima Majestad.

 

En casi todas las novelas cursis, los grandes acontecimientos ocurren en una soleada tarde invernal. En ésta, por no ser menos, también nos encontramos en una soleada tarde invernal, en el patio del palacio real atlántico. Su verraquísima Majestad se halla muy ocupado: cinco de sus ministros lo auxilian en la difícil tarea en que se ha enfrascado, después de ordenar que no se le interrumpiera bajo ningún pretexto. Hace ya dos horas que sus ministros van de un lado al otro del patio en la ardua y penosa labor de alcanzarle al soberano los avioncitos de papel que previamente había lanzado al aire.

 

En efecto, aquellos avioncitos no podían ser obra de nadie más que del Gran Sabio. «Mantengo entretenido en algo inofensivo y no pensará en armar camorra», se había dicho Larx al analizar lo que habíamos tratado en el capítulo anterior: el tedio. No hay nada que traiga peores consecuencias que el estar sin hacer nada» históricamente, el aburrimiento de los monarcas siempre ha sido funesto para la humanidad. Nuestro amigo lo sabía, gracias a lo cual había evitado unos cuantos conflictos desde que estaba allí. Por otra parte, sus «invenciones» siempre fueron recibidas con agrado. Nadie sería capaz de imaginar los meses que su verraquísima Majestad se pasó haciendo bailar un yoyo que te regaló el Gran Sabio como si lo hubiera traído» de tierras lejanas. Gracias al yoyo se le bajaron los humos cuando el asunto aquel con los escitas. Sucesivamente, siempre que las circunstancias lo requirieron, el soberano había recibido, orgulloso del viejo más sabio de todo el orbe: el trompo, el rehilete y un manual de instrucciones para jugar a la gallinita ciega. a las prendas y a las viandas. Pero eso no era nada en comparación con lo del verano pasado: el reino se conmovió al conocer el juego de damas. Y ya estaba preparando las condiciones para traer un parchís. Si aún no lo había hecho era porque primero había que enseñar a contar hasta doce al soberano y a la corte, y aquello era un asunto bastante complicado que exigía su tiempo.

 

Larx observaba complacido aquella escena apacible desde la ventana de sus habitaciones. Pero la sonrisa beatífica se le congeló en los labios cuando el jefe de la Guardia Rural irrumpió por un extremo del patio. Venía agitadísimo: las plumas del casco medio deshilachadas, la coraza al revés y cojeando del pie izquierdo pues te faltaba una sandalia.

 

—¡Majestad! ¡Majestad!

—¡Maldición! Que no pueda uno tener ni siquiera un rato de solaz esparcimiento sin que vengan a perturbarlo. ¿Qué sucede?

—M..., Ma..., Majestad —balbuceó el jefe—, muchísimas naves guerreras, que dicen ser de los hyksos, se encuentran prácticamente a las puertas del reino...

—¡Pues que las cierren! —dijo el soberano, dando una patada en el suelo, que escachó por completo a un avioncito muy espigado.

—Ése..., ése es el problema, su verraquísima Majestad, los porteros se han declarado en huelga porque hace tres meses lunares que no se les paga el sueldo.

 

El rey, que contenía a duras penas su ira, agarró al oficial por las correas de la coraza y le espetó en pleno rostro:

 

—¿Y para qué están ustedes?

—Es..., eees verdad, excelsa figura. No había pensado en eso...., grande es tu saber...

—¡Retírate y cumple la orden! Oh, divino Atlas —se lamentó—, creí tener en mi ejército hombres valiosos como los cedros del Líbano y resulta que lo que tengo es una plantación de alcornoques.

 

El capitán se retiró haciendo reverencias y aplastando avioncitos.

 

—Esto se pone malo —dijo Larx, que había oído toda la conversación—. Esperemos a ver qué pasa con los hyksos. Que yo recuerde, nunca tuve noticias de que se hubieran aventurado hasta lugares tan distantes de su territorio; ni tampoco los consideraba buenos navegantes. Bien, lo que sea sonará.

 

No había pasado un mes —lunar, desde luego—, cuando el soberano volvió a ser interrumpido en los momentos en que celebraba un partido de quimbumbia. Esta vez fue su ministro dé finanzas quien se presentó ante él.

 

—Verraquísima Majestad, una comisión de comerciantes y mercaderes del reino reclama una audiencia urgente. El rey empezó a coger vapor.

—¿Y qué demonios quieren esos bandidos? ¿Quejarse de los impuestos?

—No han querido decírmelo a mí. Majestad, dicen que es algo grave y de tu directa incumbencia.

—Vamos a ver qué se les ofrece. Con seguridad que vienen por el asunto aquel del recargo, por no pagar a tiempo el impuesto sobre las tinajas de boca estrecha, o la contribución de los becerros cojos.

La bola majestuosa se dirigió hacia el salón de las audiencias a través de los corredores, salas y pasillos que ustedes conocen por haberlos recorrido más de una vez. Ya se les puede soltar dentro del palacio qué seguramente encontrarán el camino deseado sin tropiezo alguno, ¿verdad? Tampoco creo necesario volver a describir el salón de las audiencias, es el mismo de siempre.

Los solicitantes formaban un grupo en un extremo del amplio recinto. Con aire de sumisión y vestimentas un tanto raídas —con el fin de aparentar una situación económica rayana en la pobreza—, dejaron sus murmullos y se inclinaron para reverenciar al soberano, quien en ese momento subía al estrado para acomodarse en el trono.

—Veamos —dijo el verraquísimo—, pero sean breves porque estoy muy ocupado. Qué los ha traído aquí y por qué ese aspecto tan medroso.

La comitiva guardó silencio, mirándose a las caras, como indecisos, hasta que al fin, un codazo mal encubierto en el riñón de un fabricante de esterillas, lo obligó a hablar.

—Magnánimo guía del estado atlántico, elegido de los dioses...
—¡Está bueno ya de alabanzas! Acaben de decirme qué quieren.

El fabricante, aún temeroso, continuó:

—Majestad, los hyksos están a las puertas de la Atlántida...
—Ya he mandado cerrarlas, todas, las doce. Son de cobre importado y aunque se cansen de llamar a ellas, con no abrir ya es suficiente. Es más, al que se atreva a quitar un solo cerrojo, lo mando hacer..., papilla. No hay nada que temer, los hyksos no entrarán en el reino, ¡por el mismo Atlas que no! —y alzó la frente con gesto altivo.
—Perdón, verraquísimo —replicó un mercader de camellos—, pero así como nuestros enemigos no pueden entrar en la ciudad, nosotros no podemos salir de ella; y yo, este humilde servidor, se verá imposibilitado para traficar camellos y el otro no tendrá donde comprar mercaderías pues todas las rutas marítimas han sido cortadas...
—Ya se volverán a empatar. Y mientras tanto —dijo el rey, abarcando a los mercaderes con un gesto de su brazo extendido—, ustedes, si no pueden comerciar, pónganse a jugar con un palito y arcilla, como hicieron los babilonios, a ver si inventan algo mejor que la escritura cuneiforme, hasta que los dichosos hyksos, como diría nuestro Gran Sabio, se vayan con su música a otra parte.
—Pero, ¿de qué vamos a vivir? —dijo una voz salida del grupo.
—La arcilla no se come, al menos que uno tenga lombrices... —afirmó un médico radicado en la ciudad.
—...Y a mis alfombras, no les entran ni las polillas ...

Las exclamaciones iban subiendo de tono hasta convertirse casi en una algarabía incomprensible.

—¡A callar! —gritó el rey—. Pues ya que se encuentran tan deseosos de continuar con su tráfico, ¡que se ordene una leva y ustedes irán al frente a conquistar con las armas en las manos los mares ocupados por los hyksos! ¿Les parece bien?

Además del soberano, en la sala reinó un silencio absoluto, tan profundo que, si en aquellos instantes hubiera suspirado una mosca, con seguridad que se habría escuchado en todo el recinto. Pero las moscas no sus. piran. Por eso, quien rompió el silencio fue un fabricante de velas de cebo de hipopótamo para decir tímidamente.

—Gran conductor del estado atlántico, sabias son tus palabras, mas no debemos dejarnos llevar por la ira... En mi humilde opinión, si parlamentáramos con Apofis III, el rey de los hyksos, y les dejáramos gobernar la Atlántida por un tiempito... La cosa podría arreglarse con una honrosa claudicación de su verraquísima Majestad... Se evitarían derramamientos de sangre, destrucciones... Su verraquísima Majestad se retiraría a cualquier otro país, al Alto Nilo, a Nínive, por ejemplo... Y sus bienes serían respetados. Así nosotros volveríamos al tráfico normal y el reino...

La bola majestuosa, enrojecido de cólera, no pudo evitar ponerse de pie como si hubiera recibido un pinchazo.

—¿Claudicar yooo? ¡Jamás! ¿Cómo te atreves a proferir semejante insulto? —si Larx hubiese visto al soberano, con seguridad hubiera dicho que estaba cogiendo un chivateo de altura. Claro, a ustedes lo único que les interesa son sus asquerosos negocios y la usura. Siempre que haya plata en abundancia, no importan ni el estado, ni el rey, ni la mismísima madre de Atlas. ¡Mercanchifles! Sepan que, de rendirme a los hyksos ¡NONES!

Aquella expresión si pertenecía al lenguaje del Gran Sabio.


—¡Largo de aquí! ¡Malandrines! —prosiguió el soberano—. Convocaré a mis consejeros para ver qué puede hacerse. Pero desde ahora les digo que no consentiré que un solo asqueroso hykso cruce ni el primer canal. Ésa es mi ultima palabra.

Y se retiró del salón como un bólido.

—Mal rayo me parta. Gran Sabio —dijo el criado según la etiqueta de costumbre. Era Pekpi, ¿se acuerdan de él?
—Que para bien sea. Pero, acércate, no te quedes parado ahí con esa antorcha en la mano, te pareces a la vieja estatua de la libertad—era Larx, contestando el saludo del criado. El Gran Sabio se puso de pie y dejó a un lado los instrumentos que simulaba ajustar. Le extrañó que vinieran a traerle algún recado del verraquísimo a hora tan desusada, por eso concentró su atención y dejó que su glándula pineal captara el canal de frecuencia psíquica portador de los pensamientos del criado.

«Noto que está alegre porque habla conmigo. Ahora ordena sus pensamientos para decirme que el rey desea verme al mediodía. Piensa que ya le avisó al Sumo Sacerdote y que éste le advirtió que no me dijera nada. Humm, aquí hay algo raro, momentáneamente se ha preocupado por haber oído al azar, algunas "palabras mágicas" que han quedado grabadas en su memoria como... ¡triángulo isósceles!... Ahora va a hablarme.»

—Su verraquísima Majestad me ha ordenado avisarte para que te presentes ante él, cuando el divino sol...
—Sí, te comprendo muy bien. Pero, siéntate un momento. .. Este... ¿Cómo te llamas?
—Está prohibido a los servidores como yo sentarnos ante la presencia de nuestras grandes dignidades, Gran Sabio. Me llaman Pekpi, señor.
—Bueno, es verdad, pero, si te ordeno algo, tienes que obedecer, ¿no es así? Por lo tanto, te ordeno que te sientes, deja la antorcha en el soporte. Ponte cómodo, recuesta la espalda a la pared, así.

Ya podrán ustedes imaginarse cuáles eran las intenciones de nuestro amigo el Gran Sabio. Quería «sondear» en el subconsciente del criado.

—Así que te llaman Pepki, vaya, vaya. Ése es un nombre que revela inteligencia y, en realidad, me he percatado de que eres un chico muy listo —el tono de su voz iba bajando gradualmente—, por lo tanto, te otorgaré el título de Tracatán porque siempre andas llevando y trayendo recaditos de su verraquísima Majestad.
—¿Puedo yo ostentar ese título? —preguntó halagado.
—Claro que sí, serás «Pekpito el Tracatán»; a propósito, hubo en mi lejana tierra, hace mucho, pero muuucho tiempo un niño llamado Pekpito, que quería tener una bicicleta...
—¿Una bici..., cleta? —preguntó el Tracatán, cuyos párpados iban irremisiblemente en picada.
—Sí, una bicicleta. Sus padres le dijeron que sólo tendría la bicicleta si se dormía temprano... Por eso, Pekpito siempre quería tener sueño, sueño..., mucho sueño y dormir..., dormir...

Y Pekpito se durmió como una piedra. El viejo se sentó frente a él.

—Vas a contestarme todas las preguntas que te haga —dijo muy quedo, concentrándose—. ¿Qué te ordenó su verraquísima Majestad hace un momento?
—Me ordenó avisarte a ti y al Sumo Sacerdote... No era necesario que el viejo «oyera» el relato del criado pues, agudizando su psicopercepción, «veía» dentro de su propio cerebro todo lo que pensaba el otro, antes de «codificar» su mensaje con signos lingüísticos o palabras.

«Sale de las habitaciones reales y se encamina hacia el templo para avisarle al brujo. Llega al gran salón, no lo ve por ninguna parte y decide ir a sus habitaciones. Se acerca a la entrada, escucha una voz extraña que dice: "Triángulo isósceles porque tiene dos lados iguales". La voz cesa. El brujo se asoma y lo detiene: ¿Qué quieres? Le pregunta.»

—¿No volviste a oír la voz, ni ninguna otra cosa que dijera el Sumo cuando volvió a entrar en sus habitaciones?
—No, nada más. Después vine hacia acá.
—Bien, Pekpito, buen muchacho. Ahora te despertarás, pero no recordarás nada de lo que hemos hablado.

El viejo hizo chasquear los dedos ante el rostro impasible del criado y éste parpadeó repetidas veces.

—Anda, Tracatán, puedes retirarte.
—No sin antes...
—Sí, ya lo sé, la bendición. A ver, baja la chola.
—¿La qué, señor?
—Ejem, la cabeza, quise decir la cabeza.

El criado inclinó la frente mientras el viejo repetía la fórmula ya conocida, trazando una cruz en el aire con su dedo enhiesto.

—Que te vaya bien y que te arrolle un tren.

Una dicha inefable se reflejó en el rostro de Pekpito, quien se retiró haciendo reverencias. El viejo quedó pensativo, pero no quería sacar conclusiones sin otros elementos de juicio.

—Vamos a ver qué tripa se te ha roto ahora al verraquísimo.

Y se encaminó hacia el salón de las audiencias.


—Abrakadabra
—dijo, sin detenerse ante los soldados.

La bola majestuosa era la viva estampa de la desolación. Su obesa humanidad se desbordaba, sobrepasando los límites de la silla real y su rostro era todo un poema, el Poema del justo que sufre, diríamos, si estuviéramos en Egipto. Un poco a la izquierda, con la nariz más ganchuda que otras veces, el buitre guardaba silencio. Tan atribulado estaba el soberano que ni siquiera se percata de la llegada del Gran Sabio.

«Vaya, el brujo de mierda está aquí —se dijo Larx—, y la bola verraca tiene cara de indigestión. No sé por qué, pero presiento que aquí hay gato encerrado. Los pensamientos del rey son un gran desorden, donde se mezclan el augurio del cuervo, la gente de cabellos largos, el Tío Sam y la paliza, unos mercaderes que gritan y un combate entre no sé quienes. La verdad es que no entiendo ni pitoche.»

—Mal rayo te parta, verraco por excelencia —saludó el Gran Sabio.

El soberano apenas levantó la cabeza. Sólo un gesto breve de su mano acompañó la respuesta,

—Que para bien sea.
—Aquí estoy a tu entera disposición, soberano que riges la Atlántida. Ordena pues...
—Ni sé lo que voy a ordenarte, viejo sabio. Es por eso que requiero de tus consejos y del de los dioses también —volvió el rostro hacia el brujo, quien inclinó la frente.
—¿Qué puede atribular al sereno y verraquísimo soberano? —preguntó Larx, poniéndose más ridículo de la cuenta—. ¿Qué puede afligirte que no sea factible resolver entre los dioses y la ciencia?
—Las naves de los llamados hyksos han interrumpido todas las rutas de acceso a la Atlántida. Estamos rodeados, asediados, ninguna embarcación puede llegar o partir sin correr el riesgo de ser hundida. Los mercaderes protestan y temo que, si esta situación continúa, peligre la estabilidad del reino. Por eso, llegue hasta ustedes, mis más fieles servidores, esta exhortación para que, con el favor de los dioses y de la ciencia, encuentren felizmente una vía que solucione este intríngulis.
—¿Hay algún motivo para que nos ataquen estos pueblos tan distantes de nosotros? —preguntó el viejo sabio.
—No lo sé —contestó el atribulado rey—. He mandado tres embajadores para averiguarlo y me han colgado a los emisarios del espolón de sus naves. Ya no hay oficial en mi ejército que esté dispuesto a llevar otro mensaje.
—¡Oh, grande y divino rey de la Atlántida! —era el brujo levantando los brazos al cielo—. Te propongo invocar al padre de todos los dioses. Que el divino Atlas nos diga qué debemos hacer, que hable por las entrañas del toro más hermoso que nunca antes se baya sacrificado en el reino, que su hígado sea el portador del encargo divino.
—Y cuando terminen de hablar con el hígado, se lo entregan al cocinero para que me lo prepare a la italiana —fue un exabrupto del Gran Sabio.
—¡Blasfemias! —exclamó el brujo indignado—. ¿Cómo te atreves? El hígado del toro es sagrado y sólo puede servir de ofrenda a los dioses —volviéndose al rey, achicó los ojos con malicia—. Esta vez cuento con la ayuda de los dioses. Seré yo quien halle la solución, tendré el poder divino en mis manos, los dioses guiarán mis pasos. Confía en mí, digno soberano.

Para el Gran Sabio no pasaron inadvertidas las palabras del brujo, al contrario, le pareció muy significativa aquella seguridad con que había hablado. Un poco de concentración en la mente del buitre y sabría a qué atenerse.

«Veamos qué tiene el brujo de mierda entre ceja y ceja... ¡¿Cómo?! —Larx dio un respingo—. ¡Imposible, pero cierto! El brujo me está bloqueando sus pensamientos con la tabla de multiplicar por dos: dos por uno, dos; dos por dos, cuatro; dos por tres, seis.... ¡Aquí hay marciano encerrado!»

Luego afirmó:
—Mi poder impedirá que el enemigo pueda hacer daño al país de los atlantes. Los detendré, es más, los expulsaré de todos estos contornos.

El soberano agregó un sollozo de emoción.

—Sabía que mis fieles servidores no me fallarían en estos difíciles momentos. Vayan el uno y el otro a disponer de sus mañas y ya veremos cuál de los dos logra su cometido.

La bola regia se retiró hacia sus habitaciones. Las miradas del brujo y el sabio se cruzaron y por poco sacan chispas. Larx pensó:

«Conque el marcianito te ha cogido para el trajín.» Mientras, el cerebro del buitre desplumado continuaba:

«...Dos por cuatro, ocho; dos por cinco, diez; dos por seis. doce...»

El templo en honor al dios Atlas había sido edificado en el interior de la pirámide de los sacrificios ya conocida por ustedes. De lo que no hemos hablado mucho es de su parte interna. Pero ni falta que hace porque, aparte de la estatua del dios y de una pira perpetuamente encendida, no había otra cosa que un gran salón rodeado de altas columnas. Por el ala derecha se llegaba a las habitaciones del Sumo Sacerdote. Por la izquierda, no se llegaba a ninguna parte pues no había espació ubre entre las columnas ya que éstas estaban adosadas al muro, al igual que la gran escultura del viejo Atlas.

La monumentalidad propia de las construcciones religiosas era una de las características del templo, cuyo ambiente de misticismo acentuaba la semipenumbra y el silencio de los altos espacios. Siglos más tarde, el arte gótico añadiría el vitral, y los monjes el tufo a velas de sebo, incienso y ropa vieja mohosa. ¿Sería ése el «olor de santidad»?

La estatua del dios era, aproximadamente, diez veces la estatura de una persona. El dios se encontraba de pie, adosado a la pared del fondo, sosteniendo algo parecido a un cetro en su mano izquierda, lo cual no tiene por qué inclinamos a pensar que era zurdo. Con la derecha esgrimía una especie de garrote que simbolizaba la fuerza y el poder. O quizás quería decir: «A dios rogando y con el mazo dando.» La expresión de su rostro no podía ser más hierática; con la mirada de sus ojos convexos fija en la entrada, parecía estar pidiendo a gritos que lo sacaran de aquellas cuatro paredes donde, por suceder siempre lo mismo, nunca pasaba nada. Por eso casi arrugó el pétreo ceño al ver entrar al Sumo como una tromba, agitando sus vestiduras cual las plumas de un asustado buitre.

El brujo se dirigió directamente hacia la pira, delante de él, y alzó los brazos hacia su rostro de mármol. Con voz un tanto perturbada por la emoción, invocó:
—¡Oh, divino entre los divinos! ¡Envía tu hijo celestial a este servidor! ¡Hazlo llegar hasta mí» pues requiero de su poder, que es el tuyo!

Sí, todo eso estaría muy bien, pero eran sólo las tres de la tarde, e Iílef no venía al templo hasta que caía la noche, circunstancia esta que era del conocimiento del Sumo, pero, ante la urgencia que se había presentado y su absoluta convicción de que el marciano era un dios, creía que mediante la invocación lo iba a hacer venir a tan desacostumbrada hora. Y miren si el fanatismo religioso produce imbéciles que, cuando el otro se apareció a la hora de siempre, el buitre creyó firmemente que sus ruegos lo habían hecho venir.

El marciano, convencido ya de que no había forma humana posible de quitarle de la cabeza al viejo religioso su condición de enviado celestial, había decidido seguirle la corriente a cambio de que éste lo obedeciera, asistiendo a las clases, oyendo sus conferencias y prestándole la colaboración necesaria a sus secretos planes. Por eso, bajó lentamente desde lo alto de la estatua, con toda la parsimonia propia de las divinidades. De haberlo visto el terrícola, no hubiera podido reprimir una de sus usuales expresiones y de seguro habría exclamado: ¡Qué tupeee!

—¡Oh, deidad enviada por nuestro poderoso! Escuchaste mis ansiosos ruegos y has acudido al llamado de este humilde mortal —dijo el Sumo cuando tuvo al marciano ante sí.
—¿Qué sucede? ¿Ha ocurrido algo extraordinario? ¿A qué viene esa agitación?

El brujo comenzó a relatarle lo ocurrido con el rey y los hyksos, al mismo tiempo que Iílef lo sondeaba telepáticamente para no perderse ni el más mínimo detalle de la situación. Sabía de la astucia que fuera capaz de desplegar ante un oponente tan peligroso como Larx, dependía el éxito de sus planes. Por eso quedó tan pensativo al concluir el relato. Elevándose hasta un rincón oscuro, permaneció en él durante un buen rato, al cabo del cual volvió a descender. Ya su rostro reflejaba cierta malicia que se acentuaba en el brillo de sus ojos.

—Destruirás al enemigo —dijo, con cierto aire profético—. Lo arrasarás con mi ayuda, te daré un poder tal que nadie será capaz de poner en duda tu palabra. Sólo te exijo que hagas exactamente lo que voy a decirte.

El brujo se hinchó complacido. Podría demostrar ante todos la supremacía de los dioses sobre las burdas artimañas de un simple mortal como el Gran Sabio. No pudo menos que ponerse de hinojos, extender los brazos y tocar el piso con la frente en señal de obediencia. Iílef exclamó:

—Escúchame bien: convocarás a una gran reunión en la pirámide de los sacrificios, a la que asistirán: el rey. los ministros y el Gran Sabio. Les dirás que tienes el poder divino, que los dioses, cumpliendo tus deseos, arrasarán de los mares a los odiados hyksos; que una gran columna de humo y agua se elevará más alta qué la del monte Atlas y hará zozobrar sus naves. Pero también harás saber a todos que a partir de ese momento, tu voluntad deberá cumplirse; cualquier deseo tuyo deberá otorgársete para bien del reino, para que se formen tus discípulos en el saber divino y la Atlántida sea el centro de la cultura en todo el orbe. Luego, levantarás tu brazo derecho y señalarás hacia más allá del puerto. Todo eso harás y todo eso tendrás dispuesto para mañana en la mitad del día.

Y, acto seguido, el marciano desapareció ante la mirada atónita y estúpida del buitre.

No demoró mucho en llegar hasta su cueva. Había que darse prisa pues otra oportunidad como ésta no se le volvería, a presentar en largo tiempo. Ante la pulimentada superficie de una mesa de trabajo, Iílef iba puntualizando los detalles de lo que ya calificaba como su primer gran paso después de su llegada.

«Hay que lograr una gran conmoción, hasta el mismo Gran Sabio, con toda su sabiduría y sus funciones psi, se caerá de espaldas. Ahora sólo tengo que solucionar algunas dificultades: primero, fabricar un artefacto explosivo como uno que, si mal no recuerdo, fue utilizado hace trescientas órbitas para facilitar la abertura de los canales cerca de donde nací. Segundo, colocarlo en el fondo del mar, a una distancia tal que no vaya a causar daños en la costa atlántica, pero que al mismo tiempo elimine a las embarcaciones que se encuentran por los alrededores; con unas cuantas que se destruyan será suficiente para que las demás huyan despavoridas. Una vez logrado el efecto, le diré al brujo que exija del rey la autorización para utilizar uno de los salones del palacio como centro de instrucción. Allí reuniré a mis discípulos para impartirles los conocimientos que este viejo estúpido no acaba de asimilar.»

Era cierto, el Sumo había resultado muy bruto, siempre que no entendía algo, y eso ocurría constantemente, se conformaba con decir que era una cuestión divina y cosas por el estilo. En más de una ocasión, Iílef casi pierde la paciencia y lo estrangula. Como aquella vez en que el marciano le había, mostrado una bombilla incandescente. El Sumo no le veía utilidad, decía que no sería del agrado de los dioses porque su luz no tenía el calor de la llama que había sido tomada, del fuego celestial. Por éstas y otras razones necesitaba otros alumnos, quizás más jóvenes, no tan metidos dentro de las supersticiones y misticismos como el viejo buitre.

«Pero antes hay que construir el explosivo —pensó—. No será muy difícil, utilizando una ínfima parte de la energía empleada por la nave PL podría lograrse una espléndida detonación. Tan sólo una pequeña reacción de energía trck —el que quisiera más detalles sobre la energía trck, puede preguntarle al primer marciano que se encuentre por ahí— y no digo yo si uno el cielo y el mar.»

Toda aquella noche fue de una actividad febril para Iílef. Concluyó la carga y el detonador, que sería accionado por él mismo desde la falda del monte Atlas, en el instante preciso en que, por medio de sus potentes prismáticos viera al viejo levantar el brazo. Lamentaba no poder encontrarse en el grupo de la pirámide, hubiera sido detectado por Larx y aquello no era conveniente.

Casi al amanecer, partió con su artefacto hacia el punto que había elegido para colocarlo: una grieta, al parecer bastante profunda, en el fondo del océano que rodeaba la isla. Había lastrado lo suficiente la carga para que llegara al fondo sin desviarse demasiado. Se deslizó casi rozando la superficie acuática hasta que su equipo localizador le indicó que se encontraba sobre el lugar escogido. Allí dejó caer un objeto cilíndrico, casi de su tamaño, que al sumergirse inclinó uno de sus extremos hacia abajo, buscando un fondo al que tardaría bastante en llegar. Más de la cuenta.

El Gran Sabio Larx de Cuba, País de la Maternidad, no se sorprendió mucho cuando el Tracatán le comunicó el mensaje del brujo. Estuvo «sondeando» al criado y había podido averiguar que el Sumo Sacerdote se propoma poner fin al asedio de una manera espectacular. No sería la primera vez que se convocaba al rey y su corte para presenciar algún rito aparatoso en que el viejo buitre casi siempre hacía el ridículo, sobre todo desde que Larx estaba en la Atlántida.

«Pero estas circunstancias son diferentes —pensó el viejo—. Ahora hay un marciano medio loco detrás de todo esto, del cual se puede esperar cualquier cosa. Y el brujo de mierda es otro que bien baila; con tal de obtener prebendas del verraquísimo, es capaz de sacrificar a su abuela. Pero bueno, no nos adelantemos a los acontecimientos, lo que sea sonará.»

Larx recordó las veces en que tuvo que evitar algún conflicto: la mayoría de ellas pudo resolver el asunto de la misma forma en que lo había hecho hacía poco, mediante las pesadillas que hacía soñar al rey para quitarle la idea de la cabeza. Incluso, cuando algunas naves egipcias se presentaron en zafarrancho dé combate, un par de años atrás, indujo al soberano para que pagara cierta cantidad a los agresores y. que se largaran en paz. Al brujo no le había gustado esa salida, hubiera preferido que se machacaran los sesos en un combate donde ganaran los nuestros para obtener algún botín. Pero en esta oportunidad, las naves enemigas parecían decididas a no regresar hasta dejar la Atlántida hecha un churro. Y él se había pasado la noche tratando de encontrar una solución. Había pensado en la estratagema aquella que le atribuyeron a Arquímedes cuando se le ocurrió incendiar las naves romanas que asediaban a Siracusa, mediante la utilización de espejos esféricos. Pero Sliusariev había demostrado, siglos después, que aquello no había sido más que un embuste escrito por Luciano. Además ¿de dónde rayos iba a sacar espejos esféricos?

«Bueno, dice el brujo que él ya a resolver el asunto» murmuro—. «Veamos cómo Se queda el numerito con la ayuda del marciano» —y se encaminó hacia la pirámide de los sacrificios.

Varios cientos de personas —funcionarios, empleados, artesanos— se hallaban reunidos frente al monumento. Al parecer, la noticia se había difundido y todos esperaban ansiosos como si aquello fuera un espectáculo. En lo único en que se diferenciaba un poco del público bullicioso y alegre que asiste a una función de circo, era en las caras adustas de los mercaderes, quienes aguardaban, muy poco esperanzados, por los artificios mágicos del Sumo. El viejo sabio, como siempre, subió los peldaños ayudado por dos lacayos, representando muy bien su papel de hombre cargado en años. En la cima de la pirámide sólo se esperaba la llegada de su verraquísima Majestad y consorte. Ya todos los ministros, los jefes, de los ejércitos, los altos funcionarios y el brujo con séquito de canchanchanes formaban un compacto grupo en el que se hablaba en voz baja y se lanzaban miradas furtivos al Sumo Sacerdote y al Gran Sabio.

La bola majestuosa y cara de fibroma uterino no se hicieron esperar mucho. Las notas de la marcha real llegaron hasta el selecto grupo. El viejo Sabio no pudo reprimir una instintiva sonrisa que comenzaba a juguetearle en la comisura de los labios, mientras disimuladamente, llevaba el compás con el pie izquierdo y en su cerebro repetía el estribillo: «Aé, aé, aé la chambelona.» La esposa del verraquísimo lucía esta vez un casco de explorador que le quedaba muy mono y le hacía combinación con un abrigo de piel de conejo. Estaba sólo un poco más ridícula que otras veces.

A Larx le extrañó no ver al marciano confundido en el grupo, ni tampoco captó su presencia por los alrededores. Sondeó el cerebro del brujo, pero éste seguía, imperturbablemente, multiplicando por dos.

«Señal de que no has progresado mucho —pensó—, el marciano no se imagina la clase de lio que se va a buscar tratando de enseñarte algo. Ahí está la prueba, empezó hace como ocho meses y todavía no has salido de la tabla del dos.»

Cuando el verraquísimo llegó al tope, la charanga dejó de sonar. Ocupó un estrado que había sido puesto allí y se dirigió a los presentes en un discurso con ciertos matices politiqueros. No era nada de extrañar: Larx se había encargado, durante muchos años, de instruir pacientemente al soberano en el arte de la retórica al modo de su bien conocido siglo XX. En consecuencia, la bola majestuosa se deshizo en elogios hacia su persona durante media hora, al cabo de la cual anunció, muy escuetamente, lo que el brujo pretendía hacer. Ahora tocaba el turno al viejo buitre. Todos los rostros se volvieron hacia él, pero no se inmutó, permaneció muy seguro de sí mismo. Miró al Gran Sabio como diciendo: «Ésta es la mía.» Y comenzó su alocución.

—¡Oh, grande y verraquísimo soberano, el más verraco de todos! —el rey se irguió orgulloso, le gustaba mucho que lo alabaran—. Tristes son los momentos que vive la Atlántida. Las naves de Apofis III, guiadas por los espíritus malignos, asedian nuestra ciudad. Nadie ha sido capaz de hacerles frente —y sus ojillos enfilaron hacia Larx— ni ha habido arte alguno que haya podido hacerlos retroceder. Sólo los grandes dioses protectores de los atlantes cuentan con la fuerza suficiente para destruirlos...

La gente había hecho silencio y la voz gangosa del Sumo llegaba hasta la multitud reunida a los pies de la pirámide. Nuestro amigo el Gran Sabio no tenía la menor idea de en qué iba a parar todo aquello, simplemente esperaba, tolerante, a que terminara la perorata.

«¿Qué se traerán entre manos este par de locos?» —Se preguntaba— «¿Habrán logrado algún pacto con los hyksos? Lo dudo, esa gente no entra por razones. ¿Los habrán asustado entonces con cualquier mojiganga? Sería lo más probable.»

—...Y ha sido a mí a quien los dioses han conferido su poder, soy yo quien barrerá al enemigo de nuestras aguas, porque soy el elegido de las divinidades —el brujo iba subiendo el tono—. tan grande es mi poder que la fuerza de los dioses que habitan la montaña sagrada obedecerá mi mandato, rugirá en los mares a la vista de todos y desaparecerán las naves enemigas.

Dos oyentes, sobrecogidos, no quitaron sus ojos del Sumo. Larx no pensaba, se limitaba a escuchar impasible.

—Pero los dioses me han ordenado que ponga una condición —«chantaje», pensó el viejo sabio agudizando el oído. El rey hizo un leve gesto afirmativo—. El Gran Sabio debe ser desterrado bien lejos de la Atlántida...

Un murmullo de desaprobación, siguió a las palabras del brujo.

—...Porque su presencia irrita a los dioses, porque los desprecia...

El rumor del gentío iba en aumento y ya se hacía ensordecedor, cuándo el verraquísimo levantó ambos brazos, ordenando silencio. Se habrán dado cuenta de que el brujo acababa de hacer una jugarreta muy sucia, pues ésa mar era la obligación que debía situar, pero se sentía tan seguro de su autoridad que se había permitido aquel ligero desliz en aras de lograr uno de sus más caros anhelos: librarse de la sombra que le, hacía el sabio.

—¡Silencio! —gritó el rey, y todos callaron—. Extraña condición es esta que nos impones. Sumo Sacerdote. Me pides alejar de aquí a uno de mis más fíeles y caros servidores. ¿Cómo los dioses pueden no ver con buenos ojos a quien siempre ha puesto su saber en beneficio del reino? No creo bien atinada semejante propuesta y te digo que no estoy dispuesto a aceptarla. ¡Que se pudran Apofis y todos los barcos de su flota en el sitio de la Atlántida.»

Los mercaderes, al oír las palabras del rey, prorrumpieron en gritos de desaprobación, que fueron secundados por unos pocos a su alrededor.

Larx no pudo reprimir una sensación de remordimiento. En un instante pasaron por su mente todas las bufonadas que había inventado para burlarse de la pompa real.

«La verdad es que el verraquí.... digo, el rey, no se merece que lo haya llevado tan recio» —se dijo—.

Ante la negativa del soberano, la cara del brujo no pudo ponerse más fea; se había convertido en una máscara horrible que metía miedo. Alzó la voz, temblorosa por la rabia:

—Pues el reino padecerá infinitamente... Los dioses enviarán plagas que destruirán todos nuestros sembrados; las enfermedades irán diezmando a la población; las deidades de los ríos envenenarán las aguas para que no puedan ser bebidas y la sed quemará las gargantas. Un viento abrasador lo calcinará todo y quedarán en la más absoluta miseria y desamparo. Vendrán entonces los hyksos para llevarse como esclavos a los pocos que aun vivan y de la Atlántida no quedará ni el recuerdo.

Un silencio sepulcral siguió a las palabras del brujo.

—¡Fuera el Gran Sabio! —gritó en medio del silencio el mercader de camellos. A él se unió la voz de otro comerciante y, como una reacción en cadena, los grito» aterrados de la multitud.
—¡Destierro para el viejo!
—¡No queremos morir!
—¡Viva yo!.—aclaremos que este alarido partió de un borracho que estaba durmiendo la mona bajo una palma datilera.
—¡Destierro! ¡Destierro! ¡Abajo el sabio!

Mucho trabajo costó aplacar los chillidos histéricos de la muchedumbre. El buitre permaneció con los brazos cruzados, observando satisfecho el efecto causado por sus palabras. La bola majestuosa se había puesto pálido ante el cariz que tomaban los acontecimientos, mientras cara de fibroma uterino temblaba, refugiándose entre sus doncellas. El rey habló y sus primeras palabras sonaron a falsete:

—Bu .., bueno..., yo quise decir que..., sólo accedería si el Sumo Sacerdote cumple fielmente lo que ha prometido..., sería una prueba fehaciente de que los dioses lo respaldan... —miró al Gran Sabio, como disculpándose—. No podemos contravenir los mandatos divinos...

«¡......!» Esto fue lo que pensó el viejo sabio ante la flojera del soberano. Fue una sola palabra muy conocida en los años del XX, que en sentido figurado definía como ninguna otra la quintaesencia del cobarde. Ésa misma, adivinaron.

El brujo lo miró y en sus ojos dejó reflejada la satisfacción interior que lo embargaba. «Te gané», rumió internamente. Avanzó hacia él centro del cuadrado e invocó:

—¡Oh, fuerzas divinas! ¡Oh, poderes celestiales! ¡Desencadenen su furia en los enemigos de la Atlántida! —Y señaló hacia el horizonte, donde cuatro o cinco barquichuelos se balanceaban. Allá fueron las miradas de todos, incluso la del Gran Sabio. Por unos instantes nada ocurrió ni parecía que iba a ocurrir... Hasta que una enorme columna blanca comenzó a ascender en la lejanía. Después vino el choque de la onda expansiva: todo se conmocionó, daba la impresión de que los oídos iban a estallar. En un instante, desaparecieron las embarcaciones y el tope de la columna se abombó, formando un hongo. Un rumor de asombro y miedo partió de todas las gargantas. Ya el brujo se volvía complacido y orgulloso hacia el soberano, cuando una segunda explosión, cien veces más potente que la primera, sacudió la ciudad. Un sordo rugido venia del mar, precediendo una gran ola que, como una montaña de espuma, se precipitaba hacia la ciudad.

La tierra cedió bajo los pies, las columnas del templo y del palacio se inclinaron hacia delante y la gran comisa de piedra se desmoronó antes de llegar al suelo. Larx sólo tuvo tiempo para exclamar:


—¡Coñó,
se jodió la Atlántida!

Inmediatamente sus ropas comenzaron a desprenderse. La hirsuta cabellera, junto con la barba blanca, se diseminaron en el aire. Otro cuerpo y otro rostro, libres de arrugas, vigoroso y esbelto se elevaba, enfundado en una finísima, y ajustada membrana, como una segunda piel de color negro, negro absoluto, cual si estuviera hecha de espacio intergaláctico.

Únicamente sentía que su cuerpo era un fluido capaz de disociarse en moléculas; algo amorfo y sutil, vagando por dimensiones del espacio-tiempo sólo accesibles a través de la cuarta función psi.

...Y, de haber establecido algún tipo de contacto, más o menos estrecho, con la civilización atlántica, estimamos que será muy difícil de precisar. Sólo han llegado hasta nosotros los datos exactos sobre las explosiones, cuyas características nos indican que no se trata de un fenómeno natural; al menos en lo que concierne a la primera de ellas. Según consta en el informe enviado por la tripulación del STL-4, el día 248 de la órbita 157, encontrándose sobre la posición 3R-1-3, los equipos registradores captaron una fuerte alteración energética, concentrada en ese punto. Inmediatamente se detuvo la marcha del satélite con el propósito de estudiar a. fondo aquel hecho inusitado. Fue entonces que el segundo estallido sacudió la isla.

Si analizamos los hechos con mayor detenimiento y de acuerdo con los detalles suministrados, podemos concluir que: inicialmente, se produjo una detonación cuya potencia es equivalente a cinco secciones de energía trck, de lo cual estamos completamente seguros pues el análisis de las muestras del aire indican una alta concentración de núcleos libres de ese elemento. Téngase en cuenta que en el Séptimo Planeta no existe ni una partícula de esa sustancia en estado natural; de ahí se infiere que sólo pudo ser llevada allá por un koradiano: Iílef, desde luego.

La segunda explosión, casi simultánea y de mayor fuerza, fue una consecuencia de la primera. Todo parece indicar que Iílef confeccionó una carga, con propósitos desconocidos, y la hizo estallar en el fondo del mar, cerca de Atlantis. Se ignora por qué la colocó precisamente en el centro de una zona de falla tectónica, donde el magma interno del planeta se encuentra relativamente cerca ¿e la superficie. En esta franja existe una profunda grieta que se extiende a lo largo del fondo marino, pasando por debajo de la gran isla. También cabe la posibilidad de que lo hubiera hecho inconscientemente, por no haber consultado antes la información geológica de que disponía en su nave PL. Lo cierto es que el estallido del artefacto de energía trck, en el fondo del abismo, provocó la ruptura de la capa sólida que separa la materia ígnea de las aguas del mar; enormes cantidades de masa líquida se precipitaron hacia el fondo de la hendidura en el momento en que un volumen considerable de materias en fusión ascendía hacia la superficie. El encuentro de ambos causó un descomunal estampido que trajo consigo una secuela de cataclismos. Primeramente, el desajuste de la corteza, terrestre provocó un gran sismo que hizo descender la plataforma submarina de la isla a tal punto que ésta quedó sepultada por las aguas, sin que hubiera habido ni un solo sobreviviente. Por otra parte, al ponerse en contacto la materia incandescente con la masa líquida, se generó un volumen exorbitante de vapor de agua que ascendió a las capas altas de la atmósfera; luego las corrientes aéreas llevaron estos grandes cúmulos hacia el este, donde se precipitaron por espacio de cuarenta días. Toda esa región se inundó por la lluvia y durante cierto tiempo, las aguas cubrieron una extensa superficie.

He aquí los estragos materiales que provocó el cerebro delirante del koradiano Iílef. Pero no menos importante es también cierto aspecto subjetivo derivado del hecho anterior. El fenómeno lluvioso, tan poco frecuente en esas latitudes, ha sido interpretado como un castigo enviado por un tal Jahvé, según se han dedicado a difundir ciertos individuos que se hacen llamar «profetas». Es imposible prever la influencia que esta leyenda podrá ejercer sobre la población con el decursar del tiempo; hasta el momento sólo conocemos el relato, cuyo protagonista, un viejo llamado Noé, dicen que salvó a la humanidad y a los animales al refugiarse él y sus familiares, e introducir una pareja de cada uno de los primeros, en una gran arca.

Como colofón a este informe, recomendamos que, en el momento oportuno, cuando el progreso científico haya alcanzado un nivel que permita la comprensión cabal de estos hechos a la luz del razonamiento objetivo, se explique a las autoridades máximas del Séptimo Planeta todo lo acontecido y se les pidan excusas por los trastornos que les hemos ocasionado.


Sintetizador Analógico XEK-3A

Tomado de Letras Cubanas, 1983.
 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2002
 IE-800X600