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COSME PROENZA:
LA FECUNDA MÚSICA DEL SILENCIO

Cosme Proenza es, desde sus inicios, un artista de la Alegoría, su obsesivo manierismo en el tratamiento de las composiciones, el empleo de fuentes estilísticas diversas, tienen como fin personificar símbolos de la naturaleza humana. Los transmite de una forma que place a la norma del gusto, y bien pudiera desviar la atención, al provocar que nos deslicemos por esas deliciosas narraciones, cuyo trasfondo implica significados relativos al hombre y que han hallado su expresión bien sedimentada en el objeto de la historia del arte.


Carina Pino-Santos
|
La Habana


Recientemente hemos venido asistiendo al nacimiento de un espacio que propicia la plenitud más vasta en cuanto a la integración de las artes y a la fusión de las más indistintas manifestaciones y géneros se refiere: el Museo Nacional de Bellas Artes se ha convertido de hecho en un centro cultural y generador de interrelaciones artísticas.
 


 

Sin título, 1999. Óleo/tela; 100x76  cm

En la tarde del miércoles la presentación de la muestra “Voces del silencio” de Cosme Proenza fue una expresión de esa entusiasta y, al parecer, casi espontánea suma de propuestas, motivadas por la exuberante invitación visual que son los óleos del pintor. Poemas, fábulas, canciones, zarzuela cubana, performance, música y danza del renacimiento tuvieron como punto de partida los grandes temas delineados por el artista (acompañados de la proyección de sus obras, cual motivos y escenografía inspiradora al fondo de las actuaciones), todo lo que culminó como un rotundo homenaje al artista cubano.

La muestra abarca óleos del artista desde el 94 —año en que crea series que intituló Boscomanías y que acentuaban la propia decisión del autor de evidenciar límpidamente el revival del genio holandés, toda vez que no desdeñaba tampoco el de apropiarse de los seguidores de aquel en la historia del arte occidental— y alcanza hasta una última serie, Los dioses escuchan, cual variaciones sobre un mismo tema musical.

Aquellas sus anteriores figuras humanas en constante metamorfosis parecen hallar ahora una continuidad en cuadros bucólicos, en los que a la invención de escenas paradisíacas o fantasmagóricas, realizadas con plena maestría del oficio pictórico, se suman piezas protagonizadas por personajes neoclásicos como salidos de un relieve romano y a la vez plenos de una lírica placidez, rodeados por un entorno paisajístico, a veces paradójicamente tropical, o en ocasiones, muy por el contrario, regido por el ordenado desconcierto del reino de la fantasía gótica.
 

Los dioses escuchan VIII (serie), 2001. Óleo/tela; 100x81  cm

Lujuria desenfrenada de alquimia pictórica, más que fértil imaginación, y más que citas, revelaciones de dedicatorias al arte greco-romano, flamenco, barroco. ¿Qué registros pudiera, entonces, objetivamente exponer el crítico de arte o el historiador al intentar examinar y develar al lector las claves de este repertorio, cuyo fin máximo parece ser seducir únicamente?

Cosme Proenza es, desde sus inicios, un artista de la Alegoría, su obsesivo manierismo en el tratamiento de las composiciones, el empleo de fuentes estilísticas diversas, tienen como fin personificar símbolos de la naturaleza humana. Los transmite de una forma que place a la norma del gusto, y bien pudiera desviar la atención, al provocar que nos deslicemos por esas deliciosas narraciones, cuyo trasfondo implica significados relativos al hombre y que han hallado su expresión bien sedimentada en el objeto de la historia del arte.
 

Los dioses escuchan VIII (serie), 2001. Óleo/tela; 100x81  cm

Y si El Bosco expresó en la inmensidad de su creación, una era de crisis espiritual y de horror a la oscuridad del medioevo, y su arte fue el de las pesadillas únicas, el de las parábolas inconmensurables sobre la condición del hombre, Cosme en cambio, parece responder a su época, paradójicamente similar en muchos sentidos a aquella, de manera menos sobrecogedora; él parece desplazarse livianamente por los estilos históricos y lo hace con exquisita meticulosidad artesanal. (Cosme aprendió su oficio en Rusia, una de las mejores academias de Europa). Él recrea sus fantásticas visiones con una proyección más lineal, más alejada de una vertiente de expresión del neohistoricismo cubano, cuyo ejercicio más agudo es la recreación de lo contextual.

Sin embargo, la obra del artista no deja de remitirnos, con levedad, a otros significados, por ejemplo, en sus paisajes de seres mutantes e incógnitos (Sin título del 2002) que parecen desvanecerse y fundirse al mismo tiempo en su anonimato exterior. La transmutación de las imágenes en otros seres ocultos, la transformación de cualquier elemento del paisaje halla su explicación en las conexiones con fuentes mitológicas diversas. Sus seres en constante transfiguración aluden a significados míticos, al disfraz que enmascara lo verdadero, o a su inversión, es decir, a cuánto de hechicera simulación puede hallarse en las muy indistintas formas de manifestarse lo falso.
 

Sin título, 1996. Óleo/tela; 100x120  cm

En su serie de “dioses que escuchan” (con signo de interrogación en una obra, cual inquisitiva hacia los órdenes superiores), los personajes, al centro de la composición se manifiestan cual protagonistas de un acto tocando sus cornos antiguos y fabulosos, instrumentos cuya función alternativa en el medioevo era el convocar a los ciudadanos o transmitir señales de alerta.

Las de Cosme, son metáforas sutiles, más eficientes desde la destreza de su técnica y su anchurosa facultad para la invención: obras que cantan la insondable música del hombre desde la fecundidad de aquella su más encubierta mudez.

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