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NANCY MOREJÓN: SOBRE EL PUENTE [1]
(Fragmento)

María Grant | La Habana

 

–Tus dos primeros libros, Mutismos (1962) y Amor, ciudad atribuida (1964), fueron publicados por ediciones El Puente. Esa experiencia editorial inicial te marcó por connotaciones extraliterarias e incluso te hizo afirmar —con un dejo de amargura— que: “hay gente que nunca nos ha visto bien. No nos vio bien entonces ni después”. ¿De qué manera este hecho afectó tu ulterior desarrollo como escritora, como poeta, como intelectual...?

–El Puente resultó vital para nosotros, para mí, en el plano personal. Un buen día llegó José Mario Rodríguez, su director, y me pidió unos poemas... Fue la primera editorial desinteresada, que quiso publicar poemas míos, sin segundas ni terceras intenciones. Trataba de ser un espacio frente a todo el poder de distribución y de omnipresencia que tenía Lunes de Revolución. Eso es lo que sé, lo que se ha dicho, lo que todos reconocen hoy. No se trata de juzgar a Lunes...; en mi intención no lo está, pero fuimos como una especie de alternativa. A partir de entonces publicaron en El Puente personas de edades muy diferentes. Hay una teoría de que El Puente fue algo así como un grito generacional, como lo que fue el grupo Orígenes. Pero no creo que nos reuniéramos teniendo un proyecto o enarbolando valores generacionales. No. Era como un espacio donde otros escritores podían expresarse sin programa concertado. Alejo Carpentier propició la presencia de esta pequeña editorial en la red de publicaciones nacionales y empezó a auspiciarla.

Lo que ocurrió después, creo que tiene también mucha fábula... Sería interesante estudiar el fenómeno de El Puente como uno de los tantos grupos literarios que ha habido desde Ciclón, porque hasta llegamos a tener un número de una revista, que después abortó.

A mi juicio, lo interesante es la diversidad de la década de los 60, la apertura extraordinaria... cómo se abrieron y admitieron espacios literarios de distintos tipos. Naturalmente, la Revolución no es un paseo, como se sabe. Y hubo momentos en que se radicalizaron algunas ideas, algunos procesos... Hubo personas que fueron víctimas de errores —que reconocemos hoy todos—, y otras que tampoco comprendieron el rigor y la radicalidad de aquellos procesos. Algunos partieron al exilio, y otros no. Lo cierto es que quienes nos quedamos, lo que hicimos fue trabajar, escribir... incluso hemos sido escritores que hemos hecho una vida bastante local; específicamente en mi caso, es solo ahora que pudiera estar alcanzando una proyección internacional.

– ¿A quiénes recuerdas como autores publicados en El Puente?

–Pienso en dramaturgos como Nicolás Dorr y, por ejemplo, José Ramón Brene... para no hablar ya de amigos mucho más cercanos como lo es para mí Gerardo Fulleda León. Porque uno de los valores que tuvo El Puente fue estar muy cerca del mundo teatral y de los dramaturgos que se formaban entonces. Eugenio Hernández Espinosa nunca llegó a publicar en esa editorial —porque en realidad él terminó sus obras tiempo después—, pero sentimentalmente estuvo también cercano a nosotros. En El Puente se publicó la primera antología de poesía yoruba, perteneciente a Rogelio Martínez Furé, discípulo de Fernando Ortiz. También estuvo Ana Justina Cabrera, quien acaba de morir hace unos meses y dejó cosas escritas que yo quisiera recobrar y publicar para prologarlo. Y muchos otros autores, como la propia Ana María Simo, que se reveló como una gran cuentista, elogiada incluso por Julio Cortázar.

 

– ¿Hasta cuándo duró El Puente? ¿Qué significó entonces para ti?

 

–Hasta mediados de los 60, o sea, que fue una cosa bien temprana. Yo guardo un gran recuerdo de Nicolás Guillén, de Roberto Fernández Retamar, de Lisandro Otero... quienes dieron un paso al frente para entender todo aquel problema... Había gente que estaban siendo víctimas de los prejuicios hasta de su propia familia. Yo viví acomplejada muchos años, a tal punto que siempre he participado en comisiones, en esto o en lo otro... pero nada de hablar en asambleas. Todavía hoy a mí me cuesta intervenir en una reunión de ese tipo. Porque siempre siento —es inconsciente— detrás de mí como un mal ojo. En fin, había como una especie de mala voluntad y contra la mala intención no puedes hacer nada... porque éramos considerados algo así como seres endiablados. Te digo que a mí todavía en un Consejo Nacional de la UNEAC me da trabajo levantar la mano para decir algo, porque me parece que va a salir alguien y me va a decir: “Cállese usted, porque los de El Puente...” Ahora te lo puedo contar, pero antes no se hablaba de esas cosas...

[1] Tomado de  Opus Habana, La Habana, vol. VI, n.1, 2002, p. 18-19. : "En Los Sitios de Nancy Morejón". Nota del editor


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