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LA CONFESIÓN DEL INOCENTE
A
pesar de las muchas máscaras desplegadas en sus
presentaciones públicas: la de teórico postmoderno, la
de reparador de erratas del Fondo de Cultura Económica,
la del devoto lector de Raúl Roa o Julio Antonio Mella y
hasta la del amigo tolerante y dadivoso, el histrión de
Guadalajara no pudo ocultar la faceta esencial que lo
caracteriza y define: la de medio básico de
cualquier maniobra anticubana.
Manuel
Henríquez Lagarde|
La
Habana
De la noche a
la mañana la National Endowment for Democracy ha
devenido una organización humanitaria que fomenta
proyectos sociales, intelectuales y culturales en
América Latina. Así por lo menos lo declaró en la última
de sus actuaciones, la vedette de Guadalajara, Rafael
Rojas.
La declaración vino
al caso cuando, durante la presentación de la revista
Encuentro, no le quedó más remedio que responder a
la reiterada acusación que cataloga a dicha publicación
como: “una operación política del gobierno de los
Estados Unidos”, financiada por la
National Endowment
for Democracy, una institución del gobierno
de Washington que, según el periódico
The New York
Times, funge como una pantalla de la CIA.
En su anticipado
adiós a las tablas de la FIL, —hay que reconocer que el
polifacético actor hizo mutis por el foro al dejar de
participar en tres de las siete apariciones que tenía
previstas— nuevamente desplegó con éxito sus dotes
histriónicas en magistral intento de confundir al
numeroso público que se dio cita en el salón Juan José
Arreola.
Pero, sin duda, no
tuvo igual suerte en su faceta de guionista. Por lo
visto, en vez de atender a las indicaciones del
apuntador de la obra, —probablemente el encargado de
información del consulado estadounidense en Guadalajara,
quien estuvo presente en la sala—, en un exceso de
protagonismo el actor acabó perdiéndose en los
vericuetos de una desatinada improvisación.
Revisemos algunos
fragmentos de su monólogo reproducidos por El Nuevo
Herald. Según el periódico, donde el
multifacético
Rojas se desempeña en ocasiones como teórico: “el
financiamiento de la publicación es plural y diverso, e
incluye tanto entidades y fundaciones norteamericanas
como la National Endowment for Democracy (NED) y la
Fundación Ford, como la Comisión Europea y partidos
socialdemócratas.(…) la NED promueve en la actualidad
numerosos proyectos democráticos en el continente, como
la Alianza Cívica, que dirige el activista Sergio Aguayo
y constituye una vital iniciativa en la conformación del
tejido social mexicano”.
Por supuesto, Rojas
olvidó aclarar que, en el caso cubano, además de la
revista que ‘el dirige, la NED ha financiado o financia
proyectos tan “democráticos” y “humanistas” como la
Fundación Cubano Americana”, que a su vez proveyó de
dinero al conocido terrorista Luis Posada Carriles,
quien estuvo involucrado en el derribo de un avión civil
cubano en 1976 con 73 personas a bordo y organizó, en
1997, una serie de explosiones en hoteles de La Habana.
De
igual forma, él, que desde hace una década reside en
México, pasó por alto que la subvención de la NED a la
Alianza Cívica provocó un gran debate en la prensa y el
Congreso mexicanos por la simple razón de que dicha
“promoción” fue considerada por muchos como una
injerencia de Estados Unidos en las elecciones
mexicanas.
En otro momento de su
desencontrado monólogo, y de acuerdo con el periódico
tapatío El Público, Rojas consideró las
imputaciones de Cuba como una descalificación burda:
“Dicen que somos agentes de la CIA, una descalificación
que recuerda los expedientes más manidos de la Guerra
Fría”, afirmó con su habitual cinismo, como si la Guerra
Fría estuviese superada y no fuese una realidad que perdura en
la guerra económica y propagandística —de la que
Encuentro forma parte—, que Estados Unidos mantiene
contra Cuba.
A propósito, el culto
e informado Rojas, debería consultar el libro La CIA
y la guerra fría cultural de Frances Stonor Saunder
(Debate, 2002), donde encontrará datos suficientes sobre
la revista Encounter, una publicación
supuestamente cultural creada en esa época por la
Agencia para enfrentar al comunismo en Europa y que,
para colmo de coincidencias, contaba entre sus
patrocinadores
Fundación
Ford la misma que hoy paga la
publicación que él dirige.
En su interpretación
de intelectual desentendido estuvo especialmente
convincente cuando relegó el subversivo papel de la NED
a los predios de la historia. “Probablemente, afirmó,
esta institución en el pasado tuvo contactos con
agencias de inteligencia de Estados Unidos y
probablemente apoyó las peores causas en América Latina:
los gobiernos autoritarios”.
Por lo
visto, entre sus múltiples ocupaciones, Rojas no tuvo
tiempo de leer el fragmento del The
New York Times
del 31 de marzo de 1997, donde se afirma: “la Nacional
Endowment for Democracy (Fundación Nacional para la
Democracia), que fue creada hace 15 años para llevar a
cabo públicamente lo que ha hecho subrepticiamente la
Agencia Central de Inteligencia durante décadas, gasta
30 millones de dólares al año para apoyar partidos
políticos, sindicatos, movimientos disidentes y medios
noticiosos en docenas de países…”
¿Será que para Rojas
1997, el mismo año en que a causa de los actos
terroristas financiados por la humanitaria NED murió un
turista italiano en La Habana, es una fecha perdida en
el tiempo, algo perteneciente al pasado? Tal vez no. Y
quizás fue eso lo que quiso decir cuando, tras
bambalinas, le comentó en tono de bolero que “ella (su
socia en el proyecto de Encuentro, Anabel
Rodríguez) era la culpable”, o sea, la encargada de
recibir los fondos “culturales”.
Más allá de su
excelente manejo de los recursos del político de
escenario y del uso que hicieron de su “independencia”
personajes como Enrique Krause, quien lo incluyó en una
carta de protesta sin consultarlo, (Roma usa a los
traidores y luego los desprecia), lo anunciado como obra
seria culminó en vulgar farsa.
Sobre la actuación
de Rojas en la FIL solo nos resta decir que,
a pesar de las muchas
máscaras desplegadas en sus presentaciones públicas: la
de teórico postmoderno, la de reparador de erratas del
Fondo de Cultura Económica, la del devoto lector de Raúl
Roa o Julio Antonio Mella y hasta la del amigo tolerante
y dadivoso, el histrión de Guadalajara no pudo ocultar
la faceta esencial que lo caracteriza y define: la de
condición de medio básico de cualquier maniobra
anticubana.
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