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¡Ay,
qué pena, cómo le he ganado!
La
primera Maestra Internacional de Ajedrez en Iberoamérica,
fue una cubana. Y por si fuera poco semejante galardón,
a esta mujer, se le considera también la única persona
que recibiera clases directas nada más y nada menos que
de José Raúl Capablanca, el rey de reyes en el mundo de
las 64 casillas.
Josefina
Ortega
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La
Habana
La primera Maestra Internacional de
Ajedrez en Iberoamérica, fue una cubana: María Teresa
Mora Iturralde.
Y por si fuera poco semejante galardón, a esta mujer,
nacida el 15 de de octubre de 1902, se le considera
también la única persona que recibiera clases directas
nada más y nada menos que de José Raúl Capablanca, el
rey de reyes en el mundo de las 64 casillas.
La primera partida que jugó María Teresa, apenas una
niña, fue con su padre. Y la ganó.
Sus últimos encuentros los desarrolló en 1964, con 62
años, en el Primer Match Internacional celebrado entre
dos mujeres, mediante la radiotelefonía, frente a la
colombiana Anita de Sánchez.
La primera vez que el nombre de María Teresa Mora
Iturralde apareció en la prensa extranjera fue en 1917.
Según Jesús González Bayolo, periodista cubano
especializado en temas del juego ciencia, en el American
Chess Bulletin aparece un trabajo bajo el título “En La
Habana hay otro prodigio” y en donde se afirmaba que “no
contenta con haber dado a José Raúl Capablanca al mundo,
La Habana llama su atención a otro prodigio del ajedrez
en la persona de la niña María Teresa Mora”.
La crónica, firmada por el campeón de Washington, Edward
Everet, daba cuenta de la victoria de la cubanita sobre
él mismo –3 por 1, con tres tablas– en un encuentro en
La Habana.
Fueron muchos los triunfos de esta portentosa
ajedrecista. Pero ganar, en 1922, la Copa Dewar, del
Club de Ajedrez de La Habana, que entonces se
consideraba como el campeonato de Cuba, fue, sin duda,
una hazaña única en el país y pocas veces lograda en el
mundo: una mujer se alzaba con el galardón, para
comentarios que todavía duran y que se reactivaron
cuando el triunfo de Judith Polgar, en el campeonato de
Hungría.
Naturalmente, Ma Teresa no tuvo otra opción: en esa
época Cuba no tenía certámenes para féminas.
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Ya anciana, en entrevista concedida al propio Jesús G.
Bayolo, afirmó no haberle dado mucha importancia a este
particular: “en el tablero es donde se efectúa la
batalla.”– dijo.
El título de Campeona Nacional –obtenido en 1938– lo
mantuvo hasta 1960, fecha en que se retiró oficialmente
del tablero, aunque no del ajedrez. De hecho nunca
perdió una partida contra cubanas.
En el Campeonato Mundial femenino efectuado en Buenos
Aires, en 1939, Ma. Teresa finalizó séptima, con once
puntos. En el de Moscú, en 1950, ganó cuatro partidas,
entabló otras cuatro –una con la campeona mundial
Elizabetha Bikova– y perdió siete.
En ese mismo año se le concedió el pergamino de Maestra
Internacional, por su actuación de por vida en el
ajedrez, título primero entregado en Cuba y en
Iberoamérica.
¿Eran sus únicos méritos?
Pues, no. Considerada una mujer muy bella por sus
contemporáneos –juzguemos si no por las fotos– tuvo
también el don de la música. De pequeña había recibido
clases de violín y mandolina, y tuvo la posibilidad de
ofrecer en 1921 un concierto con el primero de estos
instrumentos.
María Teresa Mora Iturralde, quien murió el 3 de octubre
de 1980, vivió una anécdota que hoy nos ilustra
perfectamente una de las cualidades mejor formada en
esta gran cubana.
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La historia la contó el gran Maestro Silvino García al
colega J. G. Bayolo, quien luego la reprodujo. Por la
tremenda enseñanza, aquí hacemos eco:
“Recuerdo el Primer Campeonato Nacional Interorganismos
Estatales –contaba Silvino– Un torneo por equipo que se
jugó en 1960, cuando yo daba mis primeros pasos.
“María Teresa defendía el primer tablero del Ministerio
de Educación, donde trabaja, y tenía frente a sí a uno
de los más fuertes ajedrecistas del momento en el país.
“Desarrolló una partida brillante, hasta consumar su
victoria.
“Su oponente se enrojeció, un poco por la tensión, un
poco por haber caído ante una dama. Según la costumbre,
la felicitó y entonces María Teresa, con esa sencillez
suya, le dijo en tono bajo: ¡Ay, qué pena, cómo le he
ganado!”.
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