|
SOBRE EL MARTÍ CRONISTA*
En
sus crónicas, Martí mezcla lo referencial, lo noticioso,
con sus imágenes poéticas exaltadas y deslumbrantes, y
esto genera un orden de relaciones y resonancias que
solo existen dentro del texto.
Ernesto Sierra
|
La
Habana
Hace unos
años
el azar,
con nombre de poeta, puso
en mis manos un pequeño volumen de Alianza Editorial que
trae en la portada un conocido retrato de José Martí, y
en su interior una variada selección de sus crónicas.1
Al decir de Rubén Darío –me zambullí enseguida en una
lectura prejuiciada y de concentración, con toda la
avidez del iniciado. Encontré diecinueve de las más de
cuatrocientas crónicas sobre Hispanoamérica, los Estados
Unidos y Europa escritas por Martí entre 1880 y 1892,
desde su puesto como corresponsal en Nueva York, que
aparecieron publicadas en los principales periódicos del
Continente. Algunas me eran conocidas, otras no; de
todos modos me atrapó la prosa febril, la descarga de
imágenes poéticas, la capacidad de asombro, la
contagiosa exaltación martiana por el descubrimiento de
nuevos acontecimientos y realidades, y la inigualable
conjunción de su verbo iluminado, incontenible, con la
voluntad de ceñirse a la noticia, al dato preciso, a la
modestia del detalle. Batalla ejemplar entre el
desbordante espíritu del poeta y la pretendida
objetividad del periodista.
Mientras leía, no podía apartar el cosquilleo de una
inexplicable inquietud que, si bien era pequeña, no
cedía en su constancia. Las crónicas me ofrecían la
posibilidad de una lectura enriquecida, al estar
precedido cada texto por certeros y esclarecedores
comentarios que, en su brevedad, aportan siempre algún
dato de interés o advierten y revelan diferentes ángulos
de interpretación. A la altura de “El puente de Brooklyn”
reparé en mi descuido y busqué el nombre del realizador
de esta antología crítica: Susana Rotker. Mi memoria
bibliográfica disipó entonces mi inquietud, pues recordé
que hace unos dos años leí un libro escrito por ella que
versaba sobre estos contenidos, y mereció el Premio Casa
de las Américas de Ensayo en 1991.2
Con su esfuerzo investigativo Susana Rotker ha logrado
crear una especie de remanso literario que invita a
detenerse en el análisis de la zona de interacción y
diálogo que, por encima del tiempo, se establece entre
los dos textos. Fundación de una escritura... se
propone el análisis del voluminoso corpus de
crónicas martianas desde perspectivas diversas. Su
estrategia consiste en reconstruir el panorama
histórico-cultural que alimenta la génesis de ese
segmento de la obra martiana, y del Modernismo, para
adentrarse en la revisión epistemológica del período con
los argumentos y conceptos que le proporciona la
hermenéutica moderna. De esta manera logra sostener un
diálogo crítico que le permite encontrar los criterios
predominantes en la historiografía literaria de la época
que han coadyuvado a la marginación estética de la
crónica martiana y de la modernista en su conjunto.
El libro defiende como tesis fundamental que la
renovación de la prosa en Hispanoamérica se inicia con
la crónica de José Martí. A partir de ahí se establece
una amplia ramificación de análisis y conclusiones
parciales que ayudan a demostrarlo.
Desde el inicio se pregunta la autora por qué la crítica
ha dejado a un lado el estudio de las crónicas martianas
si constituyen más de la mitad de su obra escrita. Las
páginas introductorias de su estudio están dedicadas al
planteo de esa problemática. En ellas se recorren los
conceptos e ideas sobre el arte y la literatura, sobre
la crónica y los géneros literarios, las pautas de
lectura, la idea sobre el periodismo, en fin, los
cánones estéticos y literarios que circundan a Martí y
al Modernismo. Allí se presentan los elementos
esenciales que alimentan la polémica modernista sobre
los géneros literarios, los mismos que llevan a
entronizar la poesía como “literatura” y estigmatizar la
crónica como “no arte” por el hecho de ser un trabajo
remunerado. Se presenta esta problemática como un acto
de interpretación, inducida por los propios escritores
modernistas, ya que, sin llegar a la exaltación de los
manifiestos de la vanguardia, se encargaron, ellos
mismos, de sugerir modos de lectura y su propia crítica
en numerosos prólogos y artículos.
Después del esbozo general de toda esa problemática, el
ensayo penetra en una zona ineludible: el diálogo con
los principales pensadores e ideas de la modernidad; la
herencia romántica y de las más notables corrientes
estéticas y del pensamiento del siglo pasado. Con mucha
amenidad se desplaza la autora en el complejo entramado
teórico que presupone esta sección de su análisis. En
ella intenta deslindar los conceptos de Modernismo y
modernidad con el replanteo de los tópicos fundamentales
que están en su origen: industrialización, desarrollo
tecnológico, auge del espíritu burgués, acelerada
urbanización, apogeo de la racionalización, en fin, el
progreso, el cosmopolitismo, y la desintegración de los
viejos cánones con el ensanchamiento del mundo. Para
ello hace interactuar un amplísimo abanico de autores y
textos que van desde Sarmiento y Alberdi hasta el Ángel
Rama de La dialéctica de la modernidad en José Martí
y La ciudad letrada o el Octavio Paz de Los
hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia,
pasando por Max Weber, los modernistas de Hispanoamérica
y sus contemporáneos de Francia y los Estados Unidos.
Continúa adentrándose en el conocimiento de los
principales resortes de la época, pero ahora con el
análisis de categorías estéticas y literarias como los
conceptos de moral y belleza, los clichés mentales
acerca de la recepción de la literatura, el estudio de
la profesionalización del escritor y el periodista, de
la crónica como género, sus antecedentes y relación con
el periodismo y la literatura, que nos acercan más al
objetivo central del ensayo.
Al demostrar, con el estudio de ese vasto campo
referencial y teórico, que en los interiores de la nueva
sociedad que va emergiendo en los finales del siglo
xix existe
un mecanismo de distribuciones del poder que genera y
determina nuevas categorías acerca de lo literario, la
autora pone el dedo sobre una de las heridas sangrantes
de la relación Modernismo/Modernidad y deja preparado el
terreno para entrar en la otra parte de su libro que ha
venido prometiendo: el estudio pormenorizado de la
crónica martiana.
A demostrar la condición de nuevo género literario de
las crónicas martianas –su carácter fundacional– a
través de su estudio, se dedica en lo adelante el ensayo
de Susana Rotker. Muchas de las conclusiones expuestas
parcialmente en la primera parte son extraídas ahora del
análisis de las crónicas más representativas del estilo
martiano. Son algunas de las incluidas en la antología
que dio lugar a estos comentarios apresurados: “El
puente de Brooklyn”, “El terremoto de Charleston”, “Emerson”,
“El poeta Walt Whitman”, “Jesse James”.
La autora expone que en tanto método de
conceptualización de la realidad, que oscila entre el
discurso literario y el periodístico conformando un
espacio propio, la crónica martiana se revela como nuevo
género literario. Explica cómo la “literariedad” –tan
cara a Martí– expresada en procedimientos como la
poetización de lo real, rebasa los límites de la noticia
periodística y le confiere a la crónica martiana el
carácter de texto poético que renueva el lenguaje y
renombra la realidad; hay en este gesto un acto
fundacional.
En sus crónicas, Martí mezcla lo referencial, lo
noticioso, con sus imágenes poéticas exaltadas y
deslumbrantes, y esto genera un orden de relaciones y
resonancias que solo existen dentro del texto. La
analogía, el simbolismo, el expresionismo, el
impresionismo, la musicalidad, son figuras literarias
con las cuales Martí crea ese orden poético trasgresor
del lenguaje periodístico tradicional. De ese orden
escritural resulta una crónica que, sin desvirtuar el
hecho de referencia, sitúa al lector en un rango de
percepción e interpretación casi míticas.
Otro rasgo novedoso del Martí cronista es su manejo
subjetivo de la noticia. No se detiene en los preceptos
básicos del periodismo, sino que violenta la estructura
narrativa con comentarios, exclamaciones, saltos
cronológicos, lleva y trae al lector por ese mundo de
asociaciones que le es tan propio. Aun así, el “yo”
martiano no tiende a ser una expresión individualizadora
o personalista. Dadas sus concepciones históricas y
sociales, Martí subvierte ese “yo” modernista en un “yo”
colectivo que asume la cultura como patrimonio de todo
el género humano; un “yo” que intenta resumir la esencia
del ser y, por tanto, se generaliza para convertir la
escritura y su recepción en un espacio más amplio y
democrático.
Muchos otros elementos caracterizan la crónica martiana
y la modernista en general. En lo temático se aprecia la
preferencia por los temas de actualidad, la ciudad como
escenario y el manejo de la cultura como propiedad
natural. En lo formal existe la tendencia a lo
fragmentario, a la visión múltiple, al uso de numerosos
recursos estilísticos, al estilo referencial y
autorreferencial, y a la irrupción de lo subjetivo,
entre otros.
En esto y en muchas otras cosas abunda Fundación de
una escritura... Sin duda, es también un libro
fundacional, no solo por su aporte a la bibliografía de
los estudios martianos, sino por alumbrar una zona
prácticamente inexplorada de su obra. Es, además, un
libro polémico por el diálogo crítico que sostiene
internamente con otros autores, obras e ideas, y por sus
propios contenidos.
Una nostalgia me dejó su lectura: el silencio sobre la
crónica de Indias. ¿Puede hablarse de crónica en
Hispanoamérica sin mencionar a los cronistas de Indias?
En su libro Susana Rotker dedica un epígrafe a los
antecedentes de la crónica y allí dice: “La crónica
tiene como antecedente los cuadros de costumbres francés
e inglés”.3 Luego explica cómo funciona esa
influencia y la del periodismo de los Estados Unidos,
sin mencionar siquiera la tradición hispánica del
cronista. Creo que estudiar la crónica martiana y
modernista desde la perspectiva de la tradición que
legaron nuestros cronistas, le sumaría a este ensayo un
rasgo importante. Martí fue un buen lector del padre Las
Casas, del Inca Garcilaso, de la literatura colonial de
Hispanoamérica.
Cuando Alejo Carpentier dice que no ve otro camino para
el novelista nuestro de fin de siglo que el de aceptar
la condición de cronista mayor, de cronista de Indias,
resulta imposible no pensar en Martí, o en Nájera y
Casal, que también vivieron su fin de siglo –convulso
como este nuestro– y no vieron camino mejor que la
crónica para intentar aprehender algo de la realidad que
les cambiaba día a día.
Esto también sugiere Fundación de una escritura...,
aunque no esté allí explícitamente. Tiene el mérito
indiscutible de acercarnos más a la obra y la figura de
José Martí y de hacernos reflexionar sobre nuestra
cultura toda. Es, con mucho, un texto fundamental dentro
del corpus de estudios martianos.
No se me ocurre mejor homenaje al Maestro que revivirlo
con la lectura de su obra. Este remanso de agua fresca
que nos brinda Susana Rotker con la selección de
Crónicas y Fundación de una escritura... es
una invitación a hacerlo.
NOTAS
* José Martí: Crónicas, selección
y notas de Susana Rotker, Madrid, Alianza Editorial,
1993.
1
Después de una conversación sobre temas sacros y
profanos Roberto Fernández Retamar me sugirió la lectura
de la antología.
2 Susana Rotker: Fundación de una
escritura: las crónicas de José Martí, La Habana,
1992.
3 Ibid., p. 128.
|