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BENNY MORÉ,
¡QUÉ BUENO CANTÓ USTED!
Hoy
reconocemos en cualquier comunidad del mundo, a
individuos sensibles y creadores que son capaces de
sintetizar intuitivamente elementos de la cultura de su
pueblo y, además, darle a esta una continuidad
histórica. Uno de esos ejemplos es Benny Moré, símbolo
de folclor cubano.
Raúl
Martínez Rodríguez
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La
Habana
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Hasta hace muy
poco tiempo prevalecía el criterio, expresado por muchos
y muy respetados estudiosos de las culturas populares,
de que solo debían ser aceptadas como folclor de un
pueblo, aquellas obras o expresiones que no tuvieran un
autor reconocido. Con ello se limitaba en cierta forma
el valor de la creatividad individual. Sin embargo, este
criterio ha variado en nuestros días en los medios de
investigación de carácter más científicos y
actualizados. Hoy reconocemos en cualquier comunidad del
mundo, a individuos sensibles y creadores que son
capaces de sintetizar intuitivamente elementos de la
cultura de su pueblo y, además, darle a esta una
continuidad histórica. Uno de esos ejemplos es Benny
Moré, símbolo de folclor cubano.
Bartolomé Maximiliano
Moré, conocido como Benny Moré, nació a las 7:00
am del 24 de agosto de 1919, en el barrio Pueblo Nuevo
del poblado de Santa Isabel de las Lajas, en la antigua
provincia de Las Villas, y en la actualidad
perteneciente a Cienfuegos. Sus padres fueron Virginia
Moré y Silvestre Gutiérrez, pero por razones de índole
familiar, Bartolomé llevaría como primer y único
apellido el de su madre: Moré. Virginia Moré trajo al
mundo dieciocho hijos, de los cuales Bartolomé fue el
mayor. Poco después del nacimiento del primogénito la
familia se mudó para el humilde barrio La Guinea,
también en Santa Isabel de las Lajas, donde transcurrió
la infancia de Bartolomé. Allí el niño recibió una
influencia determinante para su futura carrera como
músico, gracias a la existencia de una cofradía de
negros denominada Casino de los Congos o San Antonio,
fundada en el siglo XIX por un grupo de negros congos
libertos, traídos mucho antes del África central y
occidental. (1)
Por la rama materna
la familia Moré estaría muy ligada al Casino de los
Congos del barrio La Guinea, pues el apellido Moré
provenía de Ta Ramón Gundo Moré (esclavo del conde
Moré), quien según la tradición de los congos, fue su
primer rey en Santa Isabel de las Lajas. La historia
familiar contaba que el rey congo había establecido
relaciones amorosas con la esclava Julia Moré, también
propiedad del conde Moré, con la cual tuvo una hija
llamada igualmente Julia, que a su vez tuvo otra hija no
reconocida por el padre, nombrada Patricia, portadora,
por supuesto, del apellido Moré. Al intimar esta con un
acaudalado español nacieron cuatro hijas, también
“bastardas”, entre ellas Virginia Secundina Moré, madre
de Bartolomé Maximiliano, tampoco reconocido por su
progenitor.
Con el valioso aval
de tener como antepasado a figura tan ilustre como Ta
Ramón Gundo Moré, aceptado históricamente como el primer
rey que tuvo el Casino de los Congos en el barrio La
Guinea, Bartolomé Maximiliano Moré recibiría de ellos un
especial reconocimiento por la jerarquía de su origen
familiar. Con los miembros del Casino de los Congos no
solo aprendió a tocar el insundi, los tambores de
yuka, los de makuta y bembé,
invocadores de deidades (orishas), con los cuales
cantaba y bailaba a la perfección, sino también a
interpretar el son, la guaracha y la rumba. Según su
madre Virginia, desde pequeño demostró una gran vocación
para la música, pues se pasaba todo el día “chillando
como un demonio” una canción de moda o improvisando y
dirigiendo conjuntos compuestos por machetes, bongoes
hechos con latas de leche, guitarras fabricadas con una
tabla y clavos con las cuerdas de hilo de cocer, dos
palitos a manera de claves, etcétera. Con ellos se
acompañaba sones, boleros y tonadas campesinas creadas
por él, y a los diez años de edad “rallaba” un tres “de
verdad” que le habían prestado, con el cual se escapaba
de su madre a las fiestas cercanas a su casa. Siempre se
le podía encontrar de pie sobre una mesa cantando y
versando un son manigüero, rodeado de oyentes. Ha
narrado Virginia Moré:
“Una noche yo estaba
planchando y él se escapó para la fiesta; le dije al
otro hijo mío: ‘Teodoro, ¿a dónde está tu hermano?’
‘Está pa’llá p’al son. ¿Tú no oyes el son?’ Ya era como
la una de la noche y le digo: ‘Quédate aquí pa’cuidar a
tus hermanos, que yo lo voy a traer de allá’ Cogí un
chucho y me fui al son y me encontré que le tenían una
mesa en el medio de la sala, y él, sin zapatos,
encaramado allí encima, haciendo prosas a la gente y
diciéndoles versos. Y dígale: ‘Óyeme, vamos’. Entonces
él, en el momento, me saca una improvisación: Ha
llegado la señora, que no sé cuánto… (me elevó). Yo
le dije que se bajara un rato más. Ahora yo, en vez de
ir para mi casa, me quedé como una hora también oyendo
lo que él decía. (2)
La gran estrechez
económica familiar no le representó a la laboriosa
Virginia un obstáculo para que sus hijos aprendieran las
primeras letras. Al igual que su hermano Teodoro,
Bartolomé fue matriculado en la Escuela de Instrucción
Pública José de la Luz y Caballero, donde siempre se
destacó por su disciplina y aplicación. Según sus
maestros Lily Martínez, María Upiana Ross y Matilde
Ledesma, desde los siete años Bartolomé se distinguió
por su clara y natural inteligencia para las matemáticas
y la lectura, y su letra era una de las mejores de su
clase. Con el tiempo, y el nacimiento de otros hermanos
menores, aumentaron las obligaciones familiares, y
Bartolomé, por ser el mayor, tuvo que dejar la escuela
al finalizar el cuarto grado. Era necesario ponerse a
trabajar en el campo en tareas como chapear, y sembrar y
recolectar productos agrícolas. Desde muy jovencito le
nació la costumbre de trabajar la tierra y, a la vez,
estimular y recrear con sus cantos a los demás, con su
ingeniosa facultad como repentista. La voz potente y
aguda del mulatito delgado, inquieto y vivaracho, era
conocida a todo lo largo y ancho del humilde barrio de
La Guinea.
En 1930 Bartolomé
contaba once años de edad. Por esa época Virginia Moré
se había trasladado, en busca de trabajo, al central
Vertientes (hoy Panamá), en la provincia de Camagüey,
mientras Bartolomé y Teodoro se quedaban bajo los
cuidados de su abuelo, en Santa Isabel de las Lajas. Una
noche los niños, extrañando a su madre, y por iniciativa
de Bartolomé, se escaparon hacia Camagüey con el firme
propósito de verla y ayudarla en su trabajo como
lavandera de varias familias pudientes del lugar.
Bartolomé cooperaba con ella en todo: recogía y repartía
la ropa, después de lavada y planchada, y hasta se
quedaba despierto en las madrugadas, según él para
evitar que Virginia se durmiera y se quemara con la
plancha de carbón.
Desde principios de
la década del treinta, la vida de los Moré no dejaría de
estar vinculada a la provincia de Camagüey,
especialmente al central Vertientes, con estancias más o
menos prolongadas en Santa Isabel de las Lajas y La
Guinea, donde seguía residiendo el resto de la familia.
A medida que fue
creciendo, los primeros compañeros artísticos que tuvo
Bartolomé Maximiliano fueron José Luis Bolívar, Blas
Olamo, Enrique Benítez, Julio Escharri, Manolo Mena,
Víctor Landa, y Alejandro Castellanos, con quien
perfeccionó la manera de tocar el tres y la guitarra.
Junto a ellos participó en serenatas, enamoró mujeres y
se aficionó a los tragos de ron y aguardiente de caña.
Sin abandonar su labor como carretillero en el central
Vertientes, integró de forma un poco más profesional,
con varios jóvenes, el Conjunto Avance. Lo acompañaron
en dicha agrupación los músicos Horacio Landa, Enrique
Benítez y Cheo Casanova.
En 1936, y con quince
años de edad, Bartolomé era un mulato espigado, de gesto
nervioso y dueño de una hermosa y bien timbrada voz de
segundo, a pesar de ser una voz aguda. También se
acompañaba con soltura y musicalidad con el tres o la
guitarra. Con el Conjunto Avance ganó celebridad,
peregrinando por bailes, guateques y fiestas de pueblos
y caseríos, rodeado siempre de hombres alegres y mujeres
de cuerpos bronceados por el sol y olores a manigua y
caña de azúcar. Más tarde, y como un desprendimiento del
mencionado conjunto, se organizó un trío con Cheo
Casanova (voz prima y guitarra segunda), Enrique Benítez
(voz falsete y guitarra prima) y Bartolomé Moré (voz
segunda y maracas), antiguos componentes del Conjunto
Avance. Como era de suponer, la música no rendía lo
suficiente, ni siquiera para sobrevivir, y Bartolomé se
vio obligado a mantener en el central su puesto de
carretillero de sacos de azúcar.
Ese mismo año realizó
un intento de establecerse en La Habana, ocasión en que
se vería obligado, junto a su tío Tomás Armenteros, a
vender frutos menores de ínfima calidad por los portales
del Mercado Único de La Habana. A causa de su
inexperiencia y juventud, y a la pésima situación
económica en que se encontraba el país, a los seis meses
tuvo que regresar con los suyos. De nuevo en Camagüey,
hace pareja con su hermano Teodoro, esta vez para cortar
caña de azúcar. A la vez, prosigue su incansable vida de
andarín, de trovador, con la idea más fija que nunca de
conquistar la capital con su voz.
Con casi veinte años
de edad, en 1940 Bartolomé se despidió de su madre en el
hotel Ritz del central Vertientes, donde ella trabajaba,
y viajó escondido, indistintamente, en un tren y en un
camión, a la ciudad de La Habana. Antes de llegar a la
capital se bajó en el pueblo de Catalina de Güines, y,
sin conocerlo, se presentó al popular cocinero El Congo,
creador de unas famosas butifarras e inspirador del
conocido son “Échale salsita”, de Ignacio Piñeiro. El
Congo, al verlo tan joven, flaco y hambriento, le dio de
comer y le ofreció algún dinero para que pudiera seguir
hasta La Habana.
Esta vez venía
definitivamente a probar fortuna a la bulliciosa ciudad.
Desde entonces se le vería por el célebre barrio de
Belén, con una guitarra comprada en una casa de empeños,
deambulando por cafés, bares, hoteles, restaurantes, y
hasta prostíbulos. También actuaba para los turistas, en
los muelles de La Habana Vieja. De vez en cuando se daba
una vuelta por el cabaret Panchín, de la Playa de
Marianao, para oír cantar a Pachito Reset. En sus
momentos de soledad, aún recordaba lo que antes de
partir le había dicho a su madre Virginia: “Me voy para
La Habana a ver si triunfo en la música, para que tú no
tengas que lavar y planchar más.”
Existen referencias
de que en dos ocasiones se presentó en el programa de
radio La corte suprema del arte, de la antigua
emisora CMQ, de Monte y Prado, y en una de esas veces
ganó un primer premio. En el barrio de Belén, donde
residió en esa época, formó el dúo Bartolo–Anselmo, y
con él recorrió los recodos de la ciudad, cantando para
obtener como propina unas monedas acompañadas de un
trago, lo que resultaba común en el país entre los
llamados “artistas cubanos” ambulantes. Era muy usual
verlo trasnochado, con los ojos nublados por el ron
Palmita y con frecuencia enamorado, pero siempre
encantando a todos con su gracia criolla.
Por esos años,
Bartolo –con ese nombre lo empezaron a llamar en La
Habana– formó parte del Cuarteto Cordero y del Septeto
Fígaro, bajo la dirección de Lázaro Cordero, y con ellos
apareció en distintos espacios radiales de la emisora
CMW. Más tarde fue integrante del Conjunto Cauto, de
Mozo Borgellá. Por la precaria economía de esos años,
los contratos para bailes eran exiguos. Las plantas de
radio solo pagaban por una transmisión, cuanto más,
veinte centavos: diez para el pasaje del tranvía y los
otros diez para un café con leche. Daba entonces más
resultado trabajar la calle como artista ambulante.
Poseedor de una voz
fresca, de hermoso timbre, sensual y evocadora, de
campesino negro, no obstante su miseria, Bartolo seguía
cantando con toda la fuerza interior que le reclamaban
los ritmos cubanos. Para suerte de él y de la música
nacional, en una de sus correrías Siro Rodríguez,
integrante del famoso Trío Matamoros, lo escuchó cantar
en el bar del restaurante El Templete, de la Avenida del
Puerto, y quedó muy impresionado por la voz y afinación
del muchacho. Tal hecho, en ese momento sin mayor
trascendencia para Bartolo, más tarde repercutiría
favorablemente en la evolución de su carrera artística.
En 1944 el joven
vocalista se presenta, como otras veces, en la emisora
radial Mil Diez, junto al Septeto Cauto, de Mozo
Borgellá. Miguel Matamoros, guitarrista, compositor y
cantante, regresa en 1945 de un viaje, y de inmediato
tenía que cumplir con su conjunto un compromiso
contraído anteriormente con la mencionada planta radial,
pero estaba disfónico y debía hacer reposo de voz. La
solución fue pedirle a Borgellá uno de sus cantantes
primos, para que actuara con él durante los días que
durara el contrato, y, por supuesto, las sobradas
aptitudes, y las excelentes referencias que dio Siro
Rodríguez, hicieron que el escogido fuera Bartolo. Con
el tiempo, la meritoria labor y el buen carácter del
joven sonero se fueron haciendo imprescindibles al
Conjunto Matamoros, lo que motivó que se quedara fijo.
(3)
La entrada de
Bartolomé al conjunto de Miguel Matamoros se puede
considerar su verdadero debut como cantante profesional,
pues con dicha agrupación tuvo por primera vez un
trabajo estable como músico y realizó sus primeras
grabaciones en discos –de 78 revoluciones por minuto–,
entre ellas las tituladas “Penicilina”, de Alberto
Valdés; “Malos vecinos” y “Ofrenda criolla”, de Miguel
Matamoros, y “Mexicanita”, de Nené Enrizo. Oír por
primera vez su voz grabada le causó a Bartolo una rara
impresión. Se dice que se paseaba por todo el estudio de
grabaciones con las manos sobre la cabeza, llorando y
riendo como un niño.
A partir del
encuentro con Miguel Matamoros, la carrera como cantante
de Bartolo se puede catalogar de vertiginosa. No solo
tuvo un trabajo duradero, sino también realizó ese mismo
año 1945 su primer viaje a México, país en el que se
consagraría como cantor popular. En sus inicios en la
capital mexicana se presentó con el Conjunto Matamoros
en salones de baile, cabarets, teatros, y en varios
programas de la radio emisora XEW, la renombrada
“Catedral de la Radio de México”. Actuó además en los
centros nocturnos Montparnasse y Río Rosa, alternando
con el famoso conjunto Son de Veracruz, dirigido por
Raúl de la Rosa.
Cuando finalizaron
los contratos del conjunto en México, Miguel Matamoros
decidió regresar a Cuba, pues lo esperaban otros
compromisos, pero Bartolo determinó quedarse. Los
motivos fueron, en primer lugar, su casamiento con la
enfermera Juana Bocanegra, y en segundo, las relaciones
afectivas y de mutua estimación que se habían creado
entre él y el público mexicano. Al comunicarle su
decisión al famoso autor del son “El que siembra su
maíz”, Miguel Matamoros le respondería: “Está muy bien,
pero tienes que cambiarte el nombre de Bartolo, que es
muy feo. Con él no vas a ir a ninguna parte”. “Tiene
usted razón –le contestó Bartolo–, desde hoy me llamaré
Benny, sí, Benny Moré.”
En los primeros meses
del año 1946, empezó su residencia en la populosa ciudad
de México, con su desconocido pero definitivo nombre de
Benny Moré; artísticamente solo, y con escaso dinero, se
le presentaron algunas dificultades de tipo sindical,
que le impidieron por breve tiempo continuar con su
labor como artista en ese país. Esto pondría una vez más
a prueba su tesón y su definitiva voluntad de triunfar.
Entre las primeras personas que le ayudaron a salvar los
obstáculos estuvieron los mexicanos Pancho Aguirre,
dueño del cabaret La Rosa; el actor de cine Antonio Badú,
y el cubano Clemente Piquero (Chicho), bongosero
de la afamada orquesta del notable pianista, compositor
y arreglista mexicano José Sabre Marroquín.
En menos de un año
Benny Moré formó el Dueto Fantasma, en unión del
director de orquesta y cantante mexicano Lalo Montané, y
la calidad y afinidad de ambos les permitía alternar sus
voces de primo y segundo. Tuvieron tanto éxito, la
demanda del dúo fue tanta, que se vieron obligados a
doblar sesiones en el club Fénix y el cabaret La Rosa,
entre otros. Con el Dueto Fantasma Benny Moré efectuó
algunas grabaciones para los discos RCA Victor
acompañado por orquesta y conjunto bajo la dirección y
arreglos del propio Lalo Montané –entre ellas las
tituladas “Mucho corazón” (bolero), de Enma Elena
Valdelamar; “Encantado de la vida” (mambo), de Justi
Barreto; “Ensalada de mambo”, creación del propio Benny
Moré, y “A media noche” (bolero), de Pablo Cairo.
También para el sello RCA Victor grabó, con el
acompañamiento de la conocida orquesta del cubano
Mariano Mercerón, “Me voy pa’l pueblo”
(guaracha), de Mercedes Valdés, y “Desdichado”, de su
propia inspiración, entre otras obras. Desde los
primeros momentos estas versiones discográficas tuvieron
enorme éxito de venta, así como excepcional aceptación
en discotecas, programas radiales y victrolas
traganíckeles. Este éxito abarcó todo México y
diferentes países de la América de habla hispana, y tuvo
como consecuencia que, de inmediato, Mariano Rivera
Conde, director artístico de la ya mencionada firma
disquera, le hiciera firmar al Benny un contrato de
exclusividad, con la obligación de grabar una cantidad
de obras, en cualquier país en que el artista se
encontrara y con varias agrupaciones bajo la égida de la
RCA Victor, como las orquestas de Mariano Mercerón,
Rafael de Paz, Lalo Montané, Arturo Núñez, Chucho
Rodríguez y Dámaso Pérez Prado.
En 1947 Benny Moré
contaba veintiocho años de edad y se encontraba ya en un
momento de madurez artística y en plenitud de sus
facultades vocales y musicales. Con su innata intuición
podía, sin necesidad de transición, contar desde una
picaresca guaracha hasta un amoroso bolero; pasar de un
cadencioso son–montuno al vigor rítmico del merengue, la
plena o el porro, y luego acometer un sincopado mambo.
Para asombro de todos, esto lo hacía diariamente y con
la mayor naturalidad en sus actuaciones en vivo en la
radio, cabarets, teatros y en grandes y prestigiosos
salones de baile, para el disfrute de los buenos
bailadores que siempre han abundado en México.
A finales del año
1947 se suceden otros logros artísticos del cantante,
acompañado de nuevo por la agrupación dirigida por el
maestro Mercerón. Cada día se consolidaba más el nombre
de Benny Moré. Por todas partes se oían y tarareaban “La
cocaleca”, de Víctor Caballé, y “Parece que va a llover”
(Merengue), de Antonio Mata. La clave de la
entusiasta aceptación pública de estas obras –a veces
nuevas versiones de números de los cuales ya se tenían
referencias sonoras por anteriores intérpretes–
estribaban en la originalidad y el nuevo estilo
aportados por el cantante cubano, y el éxito alcanzado
con estas obras le permitió al artista penetrar en el
difícil mundo del disco en América Latina. Por otra
parte, tenía la gran posibilidad de grabar en buenos
estudios y sentirse respaldado por directores y músicos
dueños de acreditadas agrupaciones, bajo la regencia de
la internacional firma RCA Victor. Con Rafael de Paz
pueden recordarse sus chispeantes versiones de títulos
que aún siguen haciendo las delicias de los amantes de
la música latina en el mundo entero: “Yiriyiribón”
(mambo), de Silvestre Méndez; “Bobo de la yuca”
(guaracha), de Marcos Perdomo, y “Oh, Bárbara”
(mambo), de Miguel A. Valladora.
La entrada de Benny
Moré en 1948 como primer cantante de la que sería
posteriormente la célebre gran orquesta de Dámaso Pérez
Prado, resultó de suma trascendencia para su vertiginosa
carrera, pues le sirvió de puente para su consolidación
definitiva como mítico cantor. Con este encuentro se
reunieron dos genios: en Benny Moré estaban el talento y
la intuición natural; en Pérez Prado, además de todo
eso, el dominio de la técnica y una enorme facilidad
para hacer música. De esta feliz unión surgieron
infinidad de grabaciones que aún en nuestros días
mantienen intactos no solo sus valores musicales, sino
también su gracia y su frescura. Como ejemplo de lo que
afirmamos, nos vienen a la memoria títulos como
“Panchito e’ché” (mambo), de Alegro Tovar; “Rabo y
oreja” (mambo), de Justi Barreto; “Barbarabatiri”,
de Antar Daly, y “Bonito y sabroso” (mambo), del
propio Benny Moré. (4)
Una de las primeras
presentaciones que efectuó Benny Moré en vivo con la
famosa orquesta de Pérez Prado fue en 1949, en el
espacioso teatro Blanquita de Ciudad de México, ocasión
en que centralizaron el espectáculo “Al son del mambo”,
respaldado por la presencia de un público
particularmente entusiasta: tanto Benny Moré como Dámaso
Pérez Prado y su nuevo ritmo mambo, habían llegado a la
cima de la popularidad. Ya por esa época la voz de Benny
era conocida en Panamá, Colombia, Brasil, Puerto Rico,
Haití, Venezuela, y desde luego, en su natal Cuba.
En el alegre mundo de
la vida nocturna de Ciudad México, el cantante cubano
actuó en infinidad de teatros, entre otros el Margo, el
Blanquita, el Folliers y el cabaret Waikiki, alternando
con artistas de tanto renombre como la legendaria
vedette Yolanda Montes (Tongolele), la mexicana
Toña la Negra, y el destacado pianista y compositor
cubano Juan Bruno Tarraza, de quien Benny cantó el
bolero “Ya son las doce”. En la llamada “época de oro”
del cine mexicano, su imagen y voz fueron recogidas en
varias producciones cinematográficas, como “Novia a la
medida”, “En cada puerto un amor”, “Fuego en la
carne”, “Ventarrón” y “Carita de cielo”.
A Panamá viajó en
1949 junto a Pérez Prado, para actuar en los fabulosos
carnavales de aquel país, donde ya era muy conocido y
estimado.
Durante los cuatro
años de labor intensa como cantante en México, la voz de
Benny había adquirido una mayor extensión, especialmente
en los registros graves. Nuevos matices, expresividad y
una gran ductilidad estaban presentes en todo lo que
interpretaba. La faena diaria con profesionales de
sólida formación musical de la calidad de Mariano
Mercerón, Rafael de Paz y en especial los conceptos
novedosos de Pérez Prado, habían influido en el cantante
sensible que era Benny Moré, quien muy pronto asimiló un
criterio moderno de la armonía y la orquestación, que
procedía de las mejores agrupaciones norteamericanas de
tipo jazzband. Pero, por supuesto, todo ello filtrado y
recreado con un lenguaje, en lo melódico y en lo
rítmico, “a lo cubano”, y respaldado por la brillante
sonoridad de una verdadera banda, en la que sobresalían
los saxofones y las trompetas. Convencido de la validez
de este estilo, Benny Moré prácticamente había
renunciado a ser acompañado de otra manera.
Desde su temprana
época de trovador trashumante y de su dueto con Lalo
Montané, eran proverbiales el sentido armónico y las
amplias posibilidades vocales de Benny para “hacer
voces”. Viendo en ello un filón económico, la dirección
artística de la RCA Víctor le hizo grabar a lo largo de
los años varios discos de boleros y guarachas a dúo con
algunas afamadas figuras contratadas por el mismo sello.
Con ese magnífico tenor mexicano Pedro Vargas vocalizó
el Benny los boleros “Perdón y Obsesión”, del
puertorriqueño Pedro Flores, “Solamente una vez”
(bolero), del mexicano Agustín Lara, y “La vida es un
sueño” (bolero), del cubano Arsenio Rodríguez; en “Alma
libre” (bolero), de Juan Bruno Tarraza, unió su
voz a la del carismático tenor venezolano Alfredo Sadel.
Con el cancionero Tony Camargo cantó los boleros “Esta
noche, corazón” y “Sin razón ni justicia”, de Chucho
Rodríguez, y la guaracha “Deja que suba la marea”, de
Otilio Portal. Los acompañamientos corrieron a cargo de
las orquestas de Pérez Prado, Chucho Rodríguez, Benny
Moré y la notable agrupación del venezolano Aldemaro
Romero. Todavía se recuerdan sus dúos ocasionales con
Roberto Faz y Paulina Álvarez, y el histórico con
Joseíto Fernández, el creador de la célebre “Guajira
guantanamera”. En un programa de radio en que
coincidieron, ambos improvisaron con la música de la
famosa tonada, de lo cual, por fortuna, ha quedado
testimonio para la posteridad en una grabación. Estos
dúos ocasionales, caracterizados por el alto nivel
interpretativo de sus compañeros de canto, hicieron
posible al Benny lucirse vocalmente, pues sus cualidades
le permitían pasar, en una misma obra, de la voz prima a
la segunda, o de esta a la prima, de forma que puede
calificarse sin titubeos como virtuosa.
Desde 1945 hasta 1950
Benny Moré residió en Ciudad México. Aunque en ese
hermoso país, tan entrañable para los cubanos, había
forjado afectos, triunfado plenamente y adquirido un
sólido prestigio artístico, en el fondo no se sentía
realizado. La nostalgia por su familia y amigos, por la
patria, y el deseo de obtener laureles en su Isla, donde
consideraba que no era conocido lo suficiente, fueron
razones de peso para que a comienzos de los años
cincuenta el Sonero Mayor se encontrara definitivamente
en Cuba. Había dejado atrás comodidades, satisfacciones
materiales y espirituales, amigos y hasta los amores que
no suelen faltar a los triunfadores.
A su llegada a la
ciudad de La Habana, decidió estar un tiempo con su
madre Virginia Moré y sus hermanos en Vertientes y en su
querida Santa Isabel de las Lajas. Al regresar a la
capital coincidió con una de las estancias en Cuba de
Mariano Mercerón y su orquesta: muy identificados por
sus anteriores actuaciones en México, Benny y Mercerón
se ponen de acuerdo de inmediato y aceptan un primer
contrato para presentarse durante una larga temporada en
el estelar programa de radio De fiesta con Bacardí,
transmitido por la emisora Cadena Oriental de Radio
desde la ciudad de Santiago de Cuba hacia toda la Isla.
En esta oportunidad los cantantes Fernando Álvarez y
Pacho Alonso, en los inicios de su carrera como
vocalistas, le hicieron el coro a Benny Moré. Desde los
primeros programas que salieron al aire se suceden
varios éxitos en la voz de Benny con la orquesta de
Mercerón. Son los primeros en su tierra, a pesar de que
muchos de esos números eran populares en otros países.
No lo podía negar: era feliz.
Una vez finalizado el
compromiso en la casa Bacardí y el maestro Mercerón, en
1952 Benny Moré regresó a La Habana, reclamado por Amado
Trinidad Velazco, “El Guajiro de Las Villas”, dueño de
la emisora radial RHC Cadena Azul, una de las plantas
más poderosas de la época. La urgente solicitud sería
para que el cantante cumpliera una delicada misión:
según me dijera en conversación personal muchos años
después el destacado musicólogo cubano Leonardo Acosta,
“solo el Benny pudo con su hondo sentido asimilar y
ensayar el nuevo ritmo Batanga”, creado por el
sobresaliente pianista, arreglista y director de
orquesta cubano Bebo Valdés. Desgraciadamente, después
de la salida de varios programas, el ritmo batanga, a
pesar de ser interesante desde el punto de vista
musical, no tuvo la repercusión que se esperaba, es
probable que por la falta de un mejor horario y del
apoyo financiero de un anunciante que pagara los gastos
de la llamada Super–Banda de Bebo Valdés, sus arreglos y
excelentes músicos.
Contratado Benny por
la popular emisora Radio Progreso, la con justicia
llamada “Onda de la Alegría”, se hace acompañar por la
orquesta de Ernesto Duarte, una de las mejores
agrupaciones existentes en aquellos años. En estas
transmisiones diarias en vivo y con público que colmaba
el estudio–teatro de la planta, era donde se podía
entender la genuina identificación del artista con su
pueblo.
Como la RCA Victor
mantenía a Benny sujeto a un contrato, muy rápido
comienzan a salir sus discos de 78 y los primeros de 45
revoluciones por minuto, acompañados por la orquesta del
maestro Duarte, grabaciones que se vendían como pan
caliente en las tiendas y discotecas de la Isla. Ya por
esos años el Benny contaba con la facultad de convertir
simultáneamente varias de sus grabaciones en hits
parades en la radio, y sus números se oían en
cada esquina en que hubiera un bar con una victrola. El
bolero cubano iba adquiriendo con él connotación y
estilo nuevos, irrepetibles para otros intérpretes. Lo
que cantara el Benny, prácticamente no lo podía cantar
nadie más. Son de la preferencia popular en los primeros
años de la década del cincuenta los boleros “No me vayas
a engañar”, de Osvaldo Farrés; “Por ser como tú eres”,
de José Badán Slater, y “Cómo fue”, de Ernesto Duarte; y
asimismo los sones montunos “Adiós, Palma Soriano”, de
Ramón cabrera, y “Bombón de pollo”, de su compadre
Enrique Benítez.
Aunque desde los
primeros momentos la asociación Benny–Duarte dio
resultados positivos en los aspectos económicos y
artísticos, pronto se vio afectada por algunas
desavenencias entre ambos, que se fueron agravando hasta
llegar a la ruptura de su unión. Se dice que el motivo
fundamental fue la discriminación racial practicada por
Duarte, ya que el Benny se percató de que este mantenía
una orquesta integrada solo por blancos, para la
televisión, teatros, bailes y fiestas particulares.
Según decían, y él aseguraba haberlo confirmado, no lo
llevaban a él por ser negro. Benny Moré se quejó a la
RCA Victor, cuya gerencia le dio toda la razón, mantuvo
su parte en el contrato y reconoció que, entre los dos,
la figura real que “vendía” era la de Benny Moré. A
partir de ese instante se fortaleció de nuevo en el
cantor su viejo anhelo de cantar con una orquesta propia
que respondiera a sus intereses artísticos y, por
supuesto, económicos.
Mientras reflexionaba
acerca de cómo organizar su banda, a principios de 1953
a Benny Moré le ofrecieron grabar para la firma
discográfica cubana Panart, acompañado por la ya famosa
Sonora Matancera, de Rogelio Martínez. De plano se negó,
ya que, según sus propias palabras, “esa sonora nunca le
había sonado”. Pienso que el verdadero motivo de su
rechazo fue que ya por esos años, como se ha dicho,
estaba acostumbrado a sentirse apoyado por toda la
violencia sonora y los buenos arreglos de las bandas
integradas por metales. Sin embargo, por esa justa
determinación del artista, los coleccionistas perdimos
la gran oportunidad de contar en nuestra fonoteca con
alguna curiosa e inestimable grabación de las tantas
veces antologaza Sonora Matancera acompañando a Benny
Moré.
Con su fama y el
prestigio de su nombre, no le fue difícil a Benny
agrupar, por los meses de julio y agosto de 1953,
algunos de los mejores instrumentistas del país, con el
fin de formar su primera Banda Gigante, la legendaria
tribu, como le gustaba llamarla. Los primeros
participantes de su orquesta fueron Ignacio Cabrera,
Cabrerita (pianista y arreglista); Miguel Franca,
Santiago Peñalver, Roberto Barreto y Virgilio Bizama
(saxofones); Alfredo Santiago Chocolate
Armenteros, Rigoberto Jiménez y Domingo Corbacho
(trompetas); José Miguel (trombón); Alberto Limonta
(contrabajo); Rolando Laserie (batería); Clemente
Piquero, Chicho (bongó); Tabaquito (tumbadora) y
Fernando Álvarez y Enrique Benítez (cantantes–coro). Los
primeros ensayos se efectuaron en un local de la Calzada
de Infanta y Pedroso, en el barrio del Cerro. Por la
excelente calidad de los músicos y los arreglos, desde
los ensayos iniciales el sonido de la orquesta fue
impresionante y, como se dice entre músicos, “a lo
macho”. El esperado debut se produce el 3 de agosto de
1953, en el conocido programa Cascabeles Candado, de la
antigua CMQ Radio.
Por la alta audiencia
de la emisora, la nueva orquesta de Benny Moré fue
conocida de inmediato en toda Cuba, y los contratos para
amenizar bailes y verbenas no se hicieron esperar –el
primero de ellos se llevó a efecto en la Colonia
Española del pueblo de Placetas, hoy provincia de Villa
Clara. Por esta época, asimismo, realiza frecuentes
presentaciones en emisoras nacionales como CMQ Radio y
Radio Progreso; y en la televisión, en el Show del
mediodía y el Cabaret Regalías, del canal 6.
También en los famosos shows de variedades de los
fastuosos teatros Warner, del Vedado, y América, de la
calle Galiano, entre otros. Por supuesto, reanuda sus
comprometidas y esperadas grabaciones con su firma
discográfica, las cuales pronto se ponen a la venta en
toda América.
A mediados de 1954,
Benny Moré ya era conocido por el sobrenombre de El
Bárbaro del Ritmo, reiterado por un público que lo
idolatraba. El origen del apodo, según Israel
Castellanos (delegado de la orquesta), tuvo lugar en
Santiago de Cuba:
“… estábamos parados
en una esquina y pasó una muchacha que estaba bien y
Benny dijo: ‘¡Oh Bárbara!, y entonces, le salió
del corazón a un muchacho que estaba parado en la
esquina y contestó a Benny: ‘¡Qué va, compay, el bárbaro
es usted!’ Esa misma noche, en la CMKW, surgió El
Bárbaro del Mambo, y lo estuvieron llamando así hasta
que vino para La Habana. En la capital empezó en el
programa de Batanga y ya no le podían llamar el Bárbaro
del Mambo. Entonces Ibrahín Urbino, locutor del
programa, lo presentó como El Bárbaro del Ritmo.”
La Banda Gigante de
Benny Moré, desde los primeros meses de su integración,
tuvo una concepción única de la sonoridad. No importaba
que los arreglos fueran de Ignacio Cabrera (Cabrerita),
de Pedro Jústiz (Peruchín) o de Generoso Jiménez:
a todos ellos el Benny siempre les pedía con exactitud
lo que deseaba en relación con el ritmo, la armonía y
los efectos tímbricos. Como músico empírico, pues no
dominaba la escritura musical, se reunía con ellos en el
piano y les iba dictando la figuración rítmica que él
sentía, mientras los arreglistas iban transcribiendo lo
que Benny señalaba, que respondía a sus ideas sobre la
orquestación y el estilo. Contando con su prodigiosa
memoria musical, se aprendía los arreglos y dirigía la
orquesta mientras cantaba; daba las entradas y cierres a
sus músicos con gestos muy personales sumamente
expresivos, bailando y enardeciendo a “la tribu” y a los
bailadores. Con esto se producía una hermosa relación
técnica y una comunión de vida intensa entre todos.
Afirma su cantante y
compadre, Enrique Benítez:
“Cuando estábamos
ensayando y Benny mandaba a parar la orquesta,
olvídense, algo andaba mal. Muchos no nos dábamos
cuenta, pero él sí. Tenía un oído que era un radar. No
se le escapaba nada, por insignificante que fuera. Se
ponía las manos en la cabeza, dejaba de cantar y se
viraba: ‘¡Aguanten, aguanten ahí… Aquí hay alguien que
está atrasado…! Fíjense bien cómo es la cosa’. Entonces
se ponía a hacer con la boca: ‘Cum pa, cum patá, cum pa…’
hasta que la gente cogía el golpe”.
Benny Moré le
imprimió a su orquesta el aire típico de las antiguas
agrupaciones soneras cubanas, y desde los primeros años
de fundada la banda, sus discos se ponen a la venta en
Haití, República Dominicana, Venezuela y Cuba.
Una anécdota que
habla por sí sola de sus grandes dotes como organizador
de conjuntos, es contada por su médico de cabecera, el
doctor Luis Ruiz Fernández:
“Llegamos a un
restaurante campestre y allí estaba una [orquesta]
típica que parecía una pelea de gallos […] Cuando la
gente lo vio, vino la invitación, era inevitable: ¿qué
cantará? Terminó de comer, subió a la tarima y comenzó a
organizar aquello. Le pidió un tumbao al piano y a la
percusión. Los violines empezaron a guardar los
instrumentos. Los llamó y les dijo: ‘Pero, ¿no van a
acompañarme?’ Les marcó la melodía. La descarga duró dos
horas y aquello era música de la buena.”
Creo que es necesario
hacer un aparte y referirnos a la faceta creativa, de
inspirado compositor de Benny Moré. Músico cuyas ideas
creativas exhiben una asombrosa fluidez, en sus boleros,
sones–montunos, guarachas, rumbas y mambos, los giros
melódicos y armónicos, y las letras, son modelos de
sencillez, pero siempre muy bien hilvanados y con buen
gusto. Como en toda verdadera obra de arte, la lógica
artística y el agudo sentido estético eran el resultado
de una genuina y libre inspiración. Muestra de lo que
decimos se encuentra en sus boleros “Amor y fe”, “Conocí
la paz” y “Ahora soy feliz”; en el son montuno “Santa
Isabel de las Lajas”; en las rumbas “Rumberos de
ayer” y “De la rumba al cha cha chá”; en
la guaracha “Mi saoco”; en el afro “Dolor carabalí”, y
en los mambos “Bonito y sabroso” y “Ensalada de mambo”,
entre otras composiciones. La interpretación
personal que de ellos hacía el propio autor, les
confería el estilo justo para una acabada e
inconfundible realización.
Entre 1954 y 1958
Benny Moré y su Banda Gigante van consolidando su
renombre, no solo en Cuba sino también en otros países.
A partir de 1955 “El Bárbaro del Ritmo” inició giras por
Venezuela, Jamaica, Haití, Colombia, México y Estados
Unidos, donde fue recibido como un genuino ídolo y actuó
en bailes celebrados en ciudades importantes, como
Caracas, en Venezuela, y Cartagena, Barranquilla y
Medellín, en Colombia. En estas significativas plazas
alternó sus presentaciones con famosos artistas, entre
ellos la admirada vedette brasileña Carmen Miranda y el
barítono colombiano Carlos Ramírez. En Panamá obtiene
indiscutible éxito en las fiestas populares celebradas
en los toldos al aire libre, en el cabaret Dragón de
Oro, y en la ciudad de Colón, que lo reclamó.
Pero no todo fue
satisfacción para el artista en estos viajes; también
hubo sinsabores. En 1957, en Caracas, un empresario
fraudulento trató de guardarse parte del dinero obtenido
por las actuaciones de sus músicos, y el Benny, tomando
cartas en el asunto, obró drásticamente obligándolo a
devolverle el fruto de su trabajo y del de su “tribu”.
Fue este el famoso episodio en que golpeó la cabeza del
empresario con una cabilla, típica acción de “machismo”
tropical. Tuvo sobradas razones para acudir a un
artefacto como ese, pues conocía de las anteriores
prácticas de boxeo de su adversario, que en otras
ocasiones había engañado a artistas cubanos, entre ellos
la vedette Blanquita Amaro, el cancionero Fernando
Albuerne y el Trío Hermanas Lago. El pianista y cantante
Ignacio Villa (Bola de Nieve), que en ese momento
se encontraba en Caracas, y el cantante y amigo
venezolano Alfredo Sadel, utilizaron sus influencias y
lograron sacar de la cárcel a Benny y hacerlo regresar a
su país. Toda Cuba se sensibilizó con el incidente, y
apoyó la justa postura de Benny Moré.
Desde 1956 Benny
comenzó a grabar los famosos sones montunos dedicados a
distintas ciudades cubanas, como “Manzanillo”, de
Radamés Reyes; “Santiago de Cuba”, “Palma
Soriano” y “Marianao”, de Ramón Cabrera, y de su propia
autoría “Santa Isabel de las Lajas” y “Cienfuegos”.
Nadie le ha cantado a Cuba mejor que Benny Moré en
estos sones.
Viajó a los Estados
Unidos en 1957 y 1958 para presentarse en Los Ángeles y
Nueva York. En Hollywood amenizó la ceremonia de entrega
de los premios Oscar, y después actuó en la ciudad de
Nueva York. En una de estas ocasiones viajó solo y fue
acompañado por la famosa agrupación del mexicano Luis
Alcaraz. Ya por esos años, la que para muchos constituyó
su segunda orquesta, estaba integrada por los siguientes
músicos: Lázaro Valdés (pianista); Mauro Gómez, René
Aiyón, Fernán Vincent y Diego Loredo (saxofones); Aníbal
Martínez, Jorge Varona, Pedro Rodríguez y Pedro Caturla
(contrabajo); Jesús González (batería); Jesús López
(tumbadora); Enrique Benítez, Gil Ramírez, Delfín Moré y
Alfonso Eliseo (cantantes–coro); e Israel Castellanos
(secretario y delegado).
Entre 1958 y 1962 la
salud del Bárbaro del Ritmo se va deteriorando. Su
médico y amigo, el doctor Luis Ruiz Fernández, le
diagnostica una grave cirrosis hepática. El enfermo se
cuidó de su dolencia dejando de ingerir bebidas
alcohólicas, pero no hizo el imprescindible reposo, sino
todo lo contrario: incrementó su actividad musical. Era
constante su presencia en bailes, cabarets, radio y
televisión, y a pesar de su fortaleza física, cada día
se quebrantaba más su organismo. Por estos años actuó en
el Liceo de Consolación del Sur, en las sociedades de
blancos y negros de San Juan y Martínez, y en la Colonia
Española de Pinar del Río. Realizó fatigosos viajes a
las provincias orientales para presentarse en
Guantánamo, Manzanillo, Santiago de Cuba, Las Tunas,
Holguín, y en su amado pueblo de Vertientes, Regla,
Güira de Melena y Marianao.
Como era habitual en
él, estos lugares fueron escenarios de grandes triunfos,
especialmente en los tradicionales bailables de los
jardines de las cervecerías Tropical y Polar, en el
Salón Mambí de Tropicana, y en las monumentales fiestas
denominadas Papel y Tinta, organizadas por el periódico
Revolución y celebradas a todo lo largo del Paseo
del Prado, en la ciudad de La Habana, donde se agrupaban
los mejores conjuntos y orquestas, junto a bailadores de
toda Cuba. Y como si esto fuera poco, su criollísima voz
no faltaba en la vida nocturna habanera: los cabarets
Alí Bar Club, Sierra, La Campana, Night and Day; los
hoteles Habana Libre y Riviera, y el fabuloso Tropicana,
lo reclamaban una y otra vez. El Benny estaba extenuado,
pero no descansaba: se le veía también anunciando en los
teatros América, Martí y Tosca, y fue invitado de honor
al Primer Festival de Música Popular Cubana, efectuado
en 1962 en el teatro Amadeo Roldán (antiguo Auditórium).
El agotado y enfermo Benny Moré tenía tantos compromisos
con su pueblo, que por esos años cobró fuerza el mito de
su “informalidad”. Pero su público y quienes lo
conocieron bien, sabían que esa informalidad
circunstancial no fue lo más representativo de su
valiosa vida artística. Muestra de ello es que estuvo
ofreciendo lo mejor de su arte a la tierra que lo vio
nacer, hasta los últimos días de su agitada existencia.
No le tuvo temor a la
vida, sino al contrario, disfrutó de ella como si cada
instante fuera el último. No estaba consciente, por su
modestia, de su verdadera significación dentro de la
cultura cubana, y, en plena fama, era frecuente verlo en
cualquier bar o bodega de esquina, en un anónimo lugar,
bebiendo cervezas y rodeado de gente sencilla de su
pueblo, haciéndose él mismo la segunda voz sobre uno de
sus discos reproducidos en una victrola traganíckeles,
improvisando todo un fabuloso espectáculo que de seguro
sería ovacionado en muchos lugares del mundo. Fue
derrochador, de su energía física, de su talento y de su
sensibilidad. El calificativo de Sonero Mayor adquirió
su verdadera dimensión con él, a partir de sus
excepcionales facultades musicales, aunque dominaba no
solo los secretos del son, sino también los del bolero,
la guaracha, el guaguancó, el mambo, el changüí a la
hora de hacer un “guajeo” acompañado por los cueros y
metales, luciendo el saco largo y ancho, el sombrero
alón, los tirantes que suspendían los anchos pantalones
y el bastón. Aunque no todos los cubanos se vistieran
así, el pueblo se veía representado en él, por su gracia
viril y su criollismo bien definido, alejado lo mismo de
la ostentación que de la vulgaridad. Su manera de bailar
venía del estilo popular, pero depurado e insinuante.
El pueblo lo
consideró siempre como parte de la familia, pues en él
veía reflejadas muy preciadas virtudes de la tradicional
ética del cubano. Siempre tenía su bolsillo abierto para
un amigo, y hasta para un desconocido, y no olvidaba a
un amor del pasado cuando a este tocaba el infortunio.
En los últimos años de su vida tenía en su casa del
reparto La Cumbre, en las afueras de la ciudad, un
sembrado al que llamaba “El Conuco”, y que cultivaba él
mismo: allí criaba cerdos y aves de corral (tomeguines y
canarios también), a los que, en broma, les ponía los
nombres de artistas y amigos queridos, entre ellos los
de los cantantes Celeste Mendoza y Bola de Nieve.
A finales de 1962, al
Benny y a su Banda Gigante les propusieron realizar una
extensa gira por algunos países de Europa, pero declinó
la invitación: ya eran evidentes en el rostro del Sonero
Mayor los estragos de su enfermedad. Solo le quedaban
pocas semanas de vida, aunque su espíritu batallador lo
mantenía en pie. El 16 de febrero de 1963 tuvo que
regresar a La Habana, después de amenizar un festejo en
el pueblo de Palmira, actualmente provincia de
Cienfuegos, a causa de un intenso malestar. Muy grave,
fue ingresado en el antiguo Hospital de Emergencias de
La Habana. Durante los días en que estuvo en estado de
coma, numerosas personas acudían al centro hospitalario,
de día y de noche, para conocer los partes médicos sobre
la salud del Benny, antes de que estos se dieran a la
publicidad oficialmente por la prensa, la radio y la
televisión. Muchas veces esas mismas personas se
encargaban de echar a rodar por toda La Habana noticias
sobre algún cambio, menor o mayor, en la gravedad del
paciente.
A las 9:15 pm del día
19 de febrero de 1963, a la temprana edad de cuarenta y
tres años, se extinguió la vida del Bárbaro del Ritmo,
del Sonero Mayor. Sus funerales dieron la medida de su
inmensa popularidad. Desde que se supo la noticia, una
gran multitud de pueblo lo acompañó, pues su muerte
conmovió a todos los sectores de la sociedad. Por
petición expresa del artista, movió a todos los sectores
de la sociedad. Por petición expresa del artista, sus
restos fueron sepultados en su pueblo natal, Santa
Isabel de las Lajas. Durante todo el recorrido de la
caravana por la Carretera Central, los poblados y
ciudades paralizaban prácticamente sus labores para
darle el último adiós a su ídolo. Una vez en su pueblo,
en el barrio de La Guinea, la Sociedad de los Congos lo
despidió con un solemne rito funeral mayombero de origen
bantú, a base de banderas para abrir los caminos y
espantar los malos espíritus.
Bartolomé Maximiliano
Moré, el Benny, fue bohemio, trashumante, sincero,
desbordado, mujeriego, machista, sensual, tierno,
violento, derrochador, pero sobre todo, un cubano
auténtico. No fue un hombre perfecto. Los orishas
tampoco lo son.
Bibliografía Consultada (5)
Barral, Germinal (Don Galaor).
“¡Con guapería hay que matarme!” Bohemia (La
Habana), 5 de marzo de 1957.
________. “Lo llaman Bárbaro… y no
protesta”. Bohemia (La Habana), 16 de marzo de
1954.
Beiro, Luis. “Benny Moré”. Granma
(La Habana), 24 de agosto de 1985. 28 de diciembre de
1962.
Herrera, Pedro (Gabriel). “¿Qué
hay de nuevo?” Juventud Rebelde (La Habana), 24
de agosto de 1969.
León, Argeliers. Del canto y el tiempo.
La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984.
Martínez, Juan Carlos. “¡Ahí va el
Bárbaro!” Juventud Rebelde. (La Habana), 17 de
febrero de 1980.
Naser, Amín E. Benny Moré. La
Habana, Ediciones Unión, 1985.
Oramas, Ada. “El arte de Benny vive en
nuestro pueblo”. Tribuna de La Habana (La
Habana), 22 de febrero de 1986.
Orovio, Helio. Diccionario de la
música cubana. Biográfico y técnico. La Habana,
Editorial Letras Cubanas, 1981.
Quiroga, Orlando. “En el 50 aniversario
de Bartolomé Maximiliano”. Bohemia (La Habana),
agosto de 1969.
Robinson Clavet, Nancy. “A vivo ritmo de
febrero en febrero”. Trabajadores (La Habana), 19
de febrero de 1990.
Rodríguez, Ezequiel.
Benny
Moré in Memoriam.
La Habana, Instituto del Libro,
1969.
Rodríguez Doss, Jorge. “Elige tú que
canto yo”. Juventud Rebelde
(La Habana), 20 de febrero de 1983.
Rodríguez Fernández, Alberto. “El Benny”.
Granma (La Habana), 15 de febrero de 1986.
Torres Hernández, Lázaro. “A ocho años
del Benny”. Bohemia (La Habana), febrero de
1971.
Vázquez, Omar. “El Bárbaro sigue en pie”.
Granma (La Habana), 24 de agosto de 1989.
________. “Benny Moré… ¡Qué bueno sigue
cantando usted!” Granma (La Habana), 24 de agosto
de 1991.
Otras fuentes.
Revista Bohemia, números del 23 de
agosto de 1957, 1° de marzo de 1963 y 5 de abril de
1963.
Periódico Hoy, 24 de febrero de
1963.
Revista Mujeres,
abril de 1963.
Periódico El Mundo, 20 de febrero
de 1969.
Discografía
Gran serie Benny Moré, sonero mayor
[selección, notas y producción de María Teresa Linares].
La Habana, EGREM, 1983, 11 volúmenes.
NOTAS
1 Estos se mezclarían en la isla con
negros de otras regiones africanas, y a esta fusión
todos aportaron música, bailes, instrumentos musicales,
costumbres y, por supuesto, sus sistemas religiosos.
2 Los testimonios que se citan en este
trabajo han sido tomados de: Amín E. Naser. Benny
Moré. La Habana, Ediciones Unión, 1985.
3 El Conjunto Matamoros estaba integrado
por Miguel Matamoros, Rafael Cueto, y Siro Rodríguez
(guitarras primas y segunda, maracas y cantantes);
Bartolo Moré (voz prima); Ramón Dorca (piano); José
Macías y José Quintero (trompetas); Cristóbal Mendive
(contrabajo), y Agustín Gutiérrez (bongó).
4 Por un acuerdo entre el Rey del Mambo y
el sindicato de músicos mexicano, la orquesta tenía que
estar integrada por músicos de ambas nacionalidades. La
parte cubana de la agrupación de Pérez Prado la
componían Benny Moré (cantante), Modesto Durán
(tumbadora), Aurelio Tamayo (timbalero), Clemente
Piquero (bongosero), Florecita y Perique (trompetas), y
Dámaso Pérez Prado (pianista, arreglista, director y
compositor).
5 Los artículos publicados en revistas y
periódicos ha sido consultados en recortes que se
conservan en los fondos del Museo Nacional de la Música,
por lo cual no se han podido precisar con exactitud
todos los datos bibliográficos.
Tomado de Benny Moré. Editorial
Letras Cubanas, 1993. |