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NIÑOS COMO YO
Enrique
Ubieta Gómez|
La Habana
Así se titula un libro bellamente editado en México con
la colaboración del Fondo de las Naciones Unidas para la
Infancia. Llegó este año a las manos ávidas de mi hijo.
Página a página, el libro presenta en fotografías a
color el mundo íntimo y colectivo de 36 niños,
procedentes de 31 países, de América, Europa, Asia,
África y Australia. Tradiciones, etnias, modos de vida,
creencias, sueños, promueven el conocimiento y el
respeto a la diversidad, sin ignorar la identidad de lo
humano. Pero la diversidad no siempre es respetable. Las
fotografías muestran algunas diferencias incómodas: hay
niños descalzos, con la ropa raída, sucia y niños bien
calzados y vestidos.
La
mirada de los compiladores es antropológica, no
política. Se constatan realidades, no se explican. Por
ejemplo, el boliviano Óscar, de nueve años de edad, es
retratado en el surco con el pico en las manos. El pie
de foto dice: “En esta fotografía Óscar está preparando
la tierra para sembrar papas. Las papas son la cosecha
más importante en el Altiplano. Crecen de manera
silvestre en Bolivia mucho antes de que los
conquistadores las llevaran al resto del mundo”. ¿Por
qué Óscar trabaja en el campo, en lugar de dedicar su
tiempo al estudio y al juego? Curiosa tradición. Las
fotos de los niños muestran su vestimenta típica. Se
señala y comenta cada prenda.
Celina vive en la selva amazónica de Brasil. Tiene nueve
años como Óscar. Una flecha señala sus pies descalzos:
“Siempre ando descalza –nunca he tenido zapatos. No
obstante, casi nunca me he lastimado los pies”. Aseye,
de Ghana o Meena, de la India, ambas de siete años,
viven en sus ciudades capitales, pero nunca han tenido
zapatos como Celina.
También son diferentes las viviendas. Hay casas de
adobe, de madera, casas de mampostería, de una sola
habitación, o de dos pisos, casas precarias y
apartamentos modernos. Así son, según muestra el libro,
las respectivas tradiciones. Los niños, sin embargo,
parecen felices. Tan felices como pueden serlo el negro
neoyorkino Taylor (6 años), de padre abogado y madre
modista, que vive en un edificio del centro de la
ciudad, el finlandés Ari (11 años), que habita en un
pueblo ganadero al norte de su país o la francesa Rachel
(9 años), que vive en un antiguo y lujoso castillo de 16
habitaciones, perteneciente, desde 1715, a su familia.
Sin duda, es una tradición. Ella dice: “Quisiera llevar
mis alhajas a la escuela, pero mi mamá siempre me dice
que no es correcto”.
Todos los niños del libro son iguales de derecho. Pero
no de hecho. El libro muestra las diferencias que nos
caracterizan, las justas y las injustas, las naturales y
las artificiales, como si todas formaran parte de las
tradiciones nacionales o étnicas. Calla otras. Nos insta
a respetarlas. Es decir, a dejar las cosas como están. A
veces, cuando alguien recomienda no decir de forma clara
la verdad, o que se enmascare de manera tal que nadie
sienta que sus intereses peligran, nos aconsejan:
utiliza el lenguaje de Naciones Unidas. Se supone que es
un lenguaje neutro. Pero ya sabemos que nada es neutro
en este mundo. Los antepasados del boliviano Óscar y los
de la francesa Rachel viven uno en su choza de adobe y
otra en su palacio desde 1715, probablemente desde
antes. ¿Debemos respetar esa tradición?
Quizás, el mérito mayor del libro está en hacernos ver
que todos son niños y como tales teóricamente iguales.
Es una propuesta de reflexión tímida. Ponderada. “Es que
unos son ricos y otros son pobres”, intenta explicarse
Víctor, mi hijo de ocho años, y es como si dijera:
algunos son más desiguales que otros, ni siquiera tienen
derecho a la niñez. Mi pequeño hijo intuye que el libro
evade la pregunta más importante: ¿por qué?
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