LA JIRIBILLA
ESE SENTIMIENTO QUE
SE LLAMA... FILIN
 
Josefina Ortega|
La Habana

Casi todos coinciden en que nació en La Habana con la década de los cuarenta. Nadie intenta discutir que la cuna está en “Centrohabana”, en el mismísimo barrio de Cayo Hueso –cuna al parecer de unos cuantos partos de la cultura popular cubana. Y si de ser más preciso se trata, el lugar exacto está en el famoso Callejón de Hammel, una de las calles más cortas de la capital cubana, y hoy por hoy, una de las más  inclinadas a la conservación  de tradiciones  y la aportación de nuevas vertientes. Si el  vicio por la precisión se empeña -puertas más, puertas menos- en casa de Ángel Díaz se podrá encontrar el pesebre de lo que para un montón de cubanos es parte del acervo musical de la Isla y sus cayos adyacente: El filin.
 


Callejón de Hammel

No intente nadie dar una definición de qué es el filin. Ponerse a buscar lo que han dicho de él investigadores, musicólogos y sus propios protagonistas es interesantísimo: hay tantas definiciones que no hay definiciones. 

“Saludable proceso de aculturación (… ) renuevo de la canción nacional fraguada en el rico sincretismo, en la transculturación compleja que cristaliza en la más caribeña de las ciudades del área: Santiago de Cuba”. Según  este enunciado del estudioso Félix  Contreras, el filin es, por tanto, hijo de la vieja trova santiaguera. 

En la década de los cuarenta, en momentos en que las jazzband, “los combos” y las agrupaciones de formato mediano estaban haciendo furor, es significativo que comiencen a tener resonancia unos “locos” que con una guitarra y una voz en paz consigo misma -dijeran, más que cantaran- lo suyo, con sentimiento. 

Con el tiempo, unos cuantos criticaron que ese renuevo se llamara filin ( del inglés feeling, sentimiento) o que fuera una forma de expresión demasiado intimista, demasiado urbana o demasiado improvisada. Pero, al parecer, ninguna crítica dio en el blanco, y si dio, fue de rebote, que no hace efecto, sino un poco de aspavientos. 

Si como término que enuncia pasó de moda; si como movimiento no fue todo lo coherente que se esperaba –años después el Movimiento de la Nueva Trova lo tuvo por razones extramusicales- si como expresión musical tuvo fronteras no perfectamente delineadas, eso no importa mucho. 

Para un cultor como José Antonio Méndez el filin era buscar “la condición” y cantar con honestidad. Con su voz rajada podía no parecer ideal para cantar una canción de amor, pero quien haya oído su canción “Novia Mía” o “Si me comprendieras”, interpretadas por él mismo, tendrá que buscar otros argumentos, si desea opinar en contra. 

Una guitarra y una voz, y un ser humano que se devuelve a sí mismo hacia los demás. Eso es quizás “Rosa Mustia”, de Ángel Díaz, cantada por él mismo . Considerada por muchos como el “himno filinesco”, “Rosa Mustia” tiene el sentido exacto del sentimiento, sin patetismo ni melodramas. Y para el ángel del filin, sus intérpretes son personas intachables. Para otros, eran gentes progresistas, avanzados políticamente. 

César Portillo de la Luz uno de los más prolíficos autores del filin,  ha dicho que no buscaban cantar bien o lindo, “porque no teníamos pelo de cantantes, sino de comunicar con belleza algo”. Esto puede ser una confesión valiente en el mundo musical académico, pero de todos modos el tiempo demostró que eso tampoco importaba mucho. 

“El filin fue  un movimiento amplio, una obra de conjunto”, ha dicho el musicólogo cubano Helio Orovio: Una lista de cantores, compositores y guitarristas – muchas veces “tres-en-uno”confirman el aserto: Ángel Díaz, José Antonio  Méndez, César Portillo de la Luz, Tania Castellanos ( buena compositora y promotora de  tantas ideas a favor del filin junto a su esposo Lázaro Peña, famoso líder sindical –llamado Capitán de la Clase Obrera- tan preocupado por la cultura como por los reclamos de los trabajadores. A instancia de Peña, los “filineros” fundaron Musicabana, una disquera que salvó muchos temas de la absorción de los emporios transnacionales. 

La lista    se engrandece con Rosendo Ruiz Quevedo,  Ñico Rojas, el antológico dúo autoral de Piloto y Vera, Jorge Mazón,  Frank Domínguez, (más dado al piano) y otros nombres que pusieron lo suyo y que después, con la fuerza de la nueva generación, fundaron, desarrollaron y dieron madurez al Movimiento de la Nueva Trova. Un nombre basta para demostrarlo: Pablo Milanés. 

El propio Silvio Rodríguez ha dicho que se siente “hijo” de todos ellos.

“No hay mejores canciones para enamorar que esas” ( del filin). 

Aún hoy puede encontrarse el cuartel general del filin en el callejón de Hammel o en el cabaret El Pico Blanco del hotel St. John de la Calle O, entre 23 y 25, muy cerca de la Rampa habanera. 

Pero hay muchos lugares en la ciudad donde no es difícil respirar dos o tres acordes, como al descuido y una voz tranquila que dirá. Si pudiera expresarte/ como es de inmenso/ en el fondo de mi corazón mi amor por ti.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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