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LAS BIBLIOTECAS COMO CAMPO DE BATALLA
Existen
infinitas formas de censurar y bloquear el acceso a la
información de las personas, y de tratar de influir
sobre su postura intelectual. El bloqueo norteamericano
contra Cuba se precia de no prohibir aquellas acciones
que tiendan a garantizar el intercambio de información,
así como tampoco el intercambio académico. Veamos qué
hay de cierto en ello.
Eliades Acosta
Matos | La Habana
Un frente casi desconocido de la guerra infinita
desatada por el gobierno de los Estados Unidos contra
su propio pueblo y el resto de la Humanidad, a partir
del 11 de septiembre, es el frente de la cultura, la
información y las bibliotecas.
Cuando
unos estrategas al estilo de Rumsfeld o Cheeney, hacen
de los estantes y las colecciones de libros de una
biblioteca un blanco válido, o de los bibliotecarios
propios o extraños, soldados enemigos a aniquilar, es
que todo límite humano o divino ha sido traspasado y
toda ley mancillada.
No
exagero un ápice: es lo que está ocurriendo, en este
mismo momento, ante el silencio cómplice de unos y la
complacencia bovina de otros. Es lo que, con toda
intención hacen con escalofriante impunidad los que
desde el gobierno de Bush se esfuerzan por concretar, a
escala planetaria, el perverso proyecto del “Nuevo Siglo
Americano” en el terreno de las ideas y la cultura,
aunque en el texto de dicho proyecto no se mencione
expresamente la palabra “cultura”.
Ya se
sabe: cuando el imperio asegura que no atacará un
objetivo determinado eso significa que los motores de
sus bombarderos están calentando en las pistas de
despegue, y alguien ya está acariciando el botón que
libera el vuelo de sus misiles asesinos. Que el
“Proyecto por un Nuevo Siglo Americano” no establezca
una estrategia clara sobre los desafíos culturales a
enfrentar por los líderes imperiales solo quiere decir
que no se establecen límites ni reglas a la hora de la
acción, o lo que es lo mismo, que todo vale.
Que el
imperio no declare abiertamente sus objetivos culturales
estratégicos no quiere decir que no los tenga, sino que
está actuando en silencio porque le conviene. Y en
absoluto silencio ha comenzado una verdadera cruzada
contra la libertad de expresión y el libre acceso a la
información de millones de personas en todo el mundo, y
en primer lugar, de los propios norteamericanos,
mientras redobla sus consabidas letanías en la supuesta
defensa de tales derechos y libertades.
Las
aplicaciones policíacas y neofascistas del “Acta
Patriótica” sobre la vida cultural y la privacidad de
los norteamericanos, sobre sus instituciones, no son
más que el ensayo público de programas mucho más
radicales y peligrosos que presumiblemente ya están en
marcha, sin respetar frontera alguna.
BASTA CON SU NOMBRE Y SU NÚMERO TELEFÓNICO...
El 10 de
septiembre de 2001, probablemente a la misma hora en que
un puñado de suicidas abordaba con sus abrelatas y
cuchillas los aviones civiles que pondrían de rodillas
al imperio, como jamás lo hicieron los submarinos
nucleares ni los misiles estratégicos soviéticos, un
sitio Web de INTERNET ,MorePrivacy.com, publicaba un
artículo de Michael S. Hyatt titulado “Your Privacy for
Sale” donde demostraba que ... “basta su nombre y su
número telefónico para que cualquiera pueda adquirir on
line...” 25 datos esenciales en la vida de cada persona,
tales como la dirección particular, el número de beeper
y teléfono celular, las cuentas bancarias, los números
de las tarjetas de crédito, el expediente laboral, su
curriculum, las listas de las llamadas telefónicas
recibidas o realizadas, etc.
Si esto
podía hacerlo cualquiera antes de la aprobación del
“Acta Patriótica”, ¿qué pueden estar haciendo los
grandes sistemas de inteligencia y contrainteligencia
imperiales ahora que toda prohibición o límite ético ha
sido eliminado y se reconoce, abiertamente, que espiar,
interceptar llamadas telefónicas, acosar personas,
husmear en sus récords de lectura o buzones de e-mail,
en sus historias clínicas, no solo es deseable, sino,
además “patriótico”?
Se sabe
que lo que conocemos por “Acta Patriótica” es un
documento de 119 páginas y 128 secciones que fue
redactado, pasó por todos los subcomités y comités, y
fue finalmente aprobado por la Cámara y el Senado en
menos de seis semanas. Se sabe también que la inmensa
mayoría de los legisladores que lo aprobaron ni siquiera
lo habían leído. Su nombre completo es “ Acta del
2001:
Uniendo y fortaleciendo a los Estados Unidos al
dotarlo de las herramientas adecuadas para interceptar
y obstruir al terrorismo”, conocido por las siglas en
Inglés de USAPA. Fue definitivamente puesto en vigor,
mediante firma del presidente Bush, el 26 de octubre de
2001.
Como si
no bastase a los fines previstos, el “Acta Patriótica”
introduce enmiendas sensibles, además, a quince leyes
federales. En todos los casos, se trata de reforzar las
facultades otorgadas a los organismos de inteligencia y
seguridad, o sea, a las herramientas del imperio para
reprimir a quienes lo cuestionen, sean estos sospechosos
de terrorismo, o activistas antiglobalización,
disidentes, librepensadores y pacifistas, entre otros.
Ya no se
requiere orden judicial alguna para que un agente de la
CIA o el FBI exija y obtenga de los bibliotecarios
norteamericanos, por ejemplo, un listado de los libros
que lee cualquier persona sospechosa, pueda acceder a
los sitios web por los que navega en INTERNET, o leer el
texto de los correos electrónicos que envía o recibe
desde computadoras puestas al servicio de los usuarios
en estas instituciones. No es broma: según un artículo
de Susan Hildreth publicado en el “San Francisco
Chronicle” el pasado 29 de mayo,... “el pasado febrero,
en una biblioteca de Santa Fe, New México, un usuario
que usaba una computadora de la biblioteca y participaba
en una sesión de chat, fue arrestado, esposado e
interrogado por haber enviado comentarios burlones sobre
el presidente Bush...”
Los
bibliotecarios norteamericanos, inmediatamente después
del 11 de septiembre, comenzaron a circular un
llamamiento firmado por el Sr John Berry, que entonces
era presidente de la Asociación de Bibliotecarios
Norteamericanos (ALA) pidiendo solidaridad a sus colegas
del mundo ante la campaña que ya se veía venir contra
los derechos y libertades de los bibliotecarios y
usuarios de las bibliotecas. Sirvió de pretexto lo
alegado por las autoridades: varios de los supuestos
autores de los atentados del 11 de septiembre habían
utilizado computadoras ubicadas en bibliotecas públicas
para comunicarse entre sí. En rigor, de acuerdo a esta
extraña lógica de las autoridades, debieron también
decretarse leyes para regular en la Unión el uso de los
abrelatas o para investigar secretamente a quienes los
adquiriesen.
De
entonces a la fecha, un espeso manto de elocuente
silencio ha rodeado a la aplicación de dichas normativas
en las bibliotecas norteamericanas. Se conoce que no ha
sido aceptada pacientemente por usuarios ni
bibliotecarios, y que varias municipalidades, sobre todo
de California, han promulgado ordenanzas locales que
prohíben la aplicación en su territorio. Existe una
declaración de ALA sobre este particular, pero es el
único documento de su página Web que requiere de
identificación para poder ser consultado.
Existe
un comité de IFLA (Federación Internacional de
Asociaciones de Bibliotecarios), exclusivamente dedicado
a monitorear cómo se cumplen o se violan en los
diferentes países del mundo los derechos a la libertad
de expresión y el libre acceso a la información. Dicho
comité, conocido por FAIFE, ha considerado meritorio
indagar por dos ocasiones la situación en Cuba, lo cual
realizó en los años 1999 y 2001, sentando un precedente
que se ha olvidado, sorprendentemente, cuando han
transcurrido 20 meses de la puesta en vigor de esa
monstruosa violación de los códigos éticos y los
principios que comparten los bibliotecarios de todo el
mundo, y que conocemos como “Acta Patriótica”, sin que
hasta el momento se haya dignado a colegiar
pronunciamiento alguno al respecto.
No debe
asombrarnos: recientemente el FAIFE, o mejor dicho, el
Sr. Alex Byrne, que lo preside, ha rechazado la
solicitud de las asociaciones de bibliotecarios cubanos
y de los principales sistemas de información del país de
que se investigue al bloqueo norteamericano contra Cuba
como violación al derecho de once millones de
compatriotas al libre acceso a la información y la
libertad de expresión. La negativa antidemocrática y
parcializada del Sr. Byrne, ha vuelto a poner sobre el
tapete lo que ya se sabía: la doble moral y la cobardía
política de quienes temen a la cólera divina del imperio
y trabajan satanizando a las víctimas y no a los
verdugos.
De
semejantes demócratas, de tales libertarios, ¡aléjanos,
Señor!
CÓMO PERDER AMIGOS AL TRATAR DE INFLUIR SOBRE LAS
PERSONAS.
En medio
de la polémica aún no concluida con el FAIFE, vienen a
mi mente aquellos libros de Dalie Carnegie, que
pretendía dominar el difícil arte de hacer amigos e
influir sobre las personas, mediante técnicas destinadas
a escoger corbatas de acuerdo al tipo de negociación que
se deseaba entablar, o los rancios consejos de quebrar
la voluntad del adversario mirándole fijamente al
entrecejo. De nada vale que gente como el Sr. Byrne nos
endilgue a cada paso un inspirado discurso acerca de la
indiscutible belleza y conveniencia de gozar de derechos
y libertades, cuando de lo que se trata es de evitar que
nos lo supriman, o al menos, de tener la oportunidad de
luchar por ellos. Mientras no primen las posiciones de
principios, y se sigan utilizando estos mecanismos
internacionales como fortines culturales avanzados de la
reconquista del imperio, o de su lucha mundial contra
aquellos que se le opongan, la confianza en semejantes
“amigos” seguirá cayendo.
Nadie
puede asegurar que la humanidad esté avanzando
resueltamente hacia un mundo donde primarán la igualdad
de oportunidades, la justicia social, el derecho
garantizado a la educación para todos, la posibilidad de
expresarse y ser escuchado, de participar en las
decisiones transcendentales que atañen a las mayorías, y
por último, el derecho a la diversidad, el disenso, la
pluralidad, en fin, a la verdadera cultura. Es correcto
oponerse a la censura, pero no lo es comulgar con
ciertas formas de censura “patrióticas”, que son
toleradas, en tanto imperiales.
Existen
infinitas formas de censurar y bloquear el acceso a la
información de las personas, y de tratar de influir
sobre su postura intelectual. El bloqueo norteamericano
contra Cuba se precia de no prohibir aquellas acciones
que tiendan a garantizar el intercambio de información,
así como tampoco el intercambio académico. Veamos qué
hay de cierto en ello.
Según se
sabe, en 1988 el Congreso de los Estados Unidos
estableció excepciones en las prohibiciones del comercio
con Cuba, exceptuando lo que definió como “materiales
informativos”. Era la época en que el glamour de la
glasnots inundaba la arena internacional y se creía que
el socialismo se derretiría ante la libertad de
expresión y el libre acceso a la información, como
Drácula ante un espejo. La iniciativa del representante
por California Howard Berman en este sentido sería
conocida como “Ley para el comercio de ideas”, o
“Enmienda Berman”. En 1994, en pleno Período especial
cubano, cuando nadie daba un céntimo por nuestra
sobrevida, y ya no quedaba nada que volatilizar, excepto
la isla rebelde, el Congreso, en otro gesto
calculadamente magnánimo, amplió aún más el alcance de
la “Enmienda Berman”.
¿Qué
queda de tanta magnanimidad, de tan conmovedor apego a
los derechos y libertades sacrosantas, de tanta
profesión de amplitud mental, tolerancia y humanismo,
apenas diez años después?
La
reciente denuncia, el pasado mes de mayo, de que
especialistas del centro “Cubarte”, del Ministerio de
Cultura de Cuba fueron vetados al intentar acceder, como
usuarios, a los servicios profesionales de información
en red mediante abono que ofrece la firma Safari (safari.oreilly.com),
se confirmó mediante el mensaje que el Sr Todd Mezzulo
envió a su contraparte cubana con fecha 4 de junio:
“...desafortunadamente tengo que dar por concluido el
acceso gratuito a la tienda (por un mes de prueba, tal
y como se establece antes de cerrar la negociación para
el abono- N del A.). Me apena esto. Yo no estaba al
tanto del embargo. Yo solo vendo libros.”
También
a fines de mayo, la Subdirectora de Procesos Técnicos de
la Biblioteca Nacional “José Martí”, resultó sorprendida
al recibir la siguiente respuesta del Sr. Nicholas Cop,
director de la División para América Latina de OCLC, a
su petición de abonar a la institución para recibir los
servicios de catalogación en línea que ofrece esta
prestigiosa corporación mediante el pago de un abono:
“Lamento
tener que decirle que no estoy en posición de ofrecerle
los servicios de OCLC por el embargo que los Estados
Unidos tiene sobre Cuba.”
Para
aquellos optimistas a toda prueba queda el amparo,
aunque precario, de afirmar que, al menos los
intercambios académicos escapan a esta manía
persecutoria del imperio. La triste realidad es que
tampoco en esta esfera puede hoy hablarse de libertades
ni derechos respetados, ni garantizados por enmienda ni
ley alguna. Veamos los hechos al desnudo:
En lo
que va de año, el gobierno de los Estados Unidos ha
negado las visas a tres bibliotecarias cubanas que se
disponían a visitar ese país y Puerto Rico. Una de
ellas había sido invitada a participar en un curso de
restauración de colecciones fotográficas organizado por
el Centro de Conservación del Noreste. Las otras dos
debían participar como delegadas en la Asamblea anual de
ACURIL (Asociación de Bibliotecas Universitarias, de
Investigación e Institucionales del Caribe). Una de
ellas es Concejal de ACURIL desde el año 2001, ocasión
en que presidió el Comité Organizador cubano encargado
de coordinar la muy exitosa celebración en La Habana de
la asamblea anual de aquel año. Dicho sea de paso, en
aquella asamblea participaron todos los delegados que
quisieron hacerlo, sin distinción de país de procedencia
o ideas políticas.
Otro
caso de solicitud de visado de un directivo de la
Biblioteca Nacional, invitado a la firma de un convenio
de colaboración con la biblioteca de la Universidad de
Chapell Hill, Carolina del Norte, lleva nueve meses
esperando una respuesta por parte de la Oficina de
Intereses de los Estados Unidos en La Habana.
¿A qué
se debe el abandono de las tácticas conciliatorias, de
la generosa apertura informativa, de los abrazos
profesionales, de la condescendencia al intercambio?
Se debe,
en primer lugar a que la situación política y las
aspiraciones imperiales de destruir la Revolución cubana
desde adentro han fracasado. Se debe al reconocimiento
realista de que en el intercambio académico y pueblo a
pueblo, contrario a lo ocurrido con los países de Europa
del Este y la URSS, la Cuba revolucionaria, aunque
agredida, pobre y bloqueada, ha vencido, y lejos de ser
influida está influyendo.
Como
nunca antes estos vaivenes de la política imperial y el
ridículo plan de fabricar “directores” y “bibliotecas
independientes” virtuales, rechazado y condenado por la
comunidad internacional de bibliotecarios en la asamblea
anual de IFLA, celebrada en Boston en el 2001, conforman
algunas de las direcciones principales de la patética
ofensiva cultural contra Cuba, que ha visto al campo
de las bibliotecas convertidos en campos de batalla.
Pues ya
lo saben los tenaces avestruces de siempre, aquellos que
creen, de verdad y a pie juntillas, que el mismo sistema
capaz de fisgonear en los registros bibliotecarios y
perseguir con furia senil el intercambio de información
y profesionales entre los Estados Unidos y Cuba, es un
abanderado decente de libertades y derechos.
Si no
les basta con las bibliotecas iraquíes bombardeadas y
saqueadas, quemadas y esquilmadas; si no les basta con
las pruebas irrefutables de los virus que nos envían a
nuestros correos electrónicos los amigos mafiosos del
Sr. Robert Kent, enemigo jurado de las bibliotecas y los
bibliotecarios cubanos, y vocero de algo amorfo que se
autotitula “Amigos de las bibliotecas cubanas”, como el
grupo de Al Capone se autotitulaba “Amigos de la Ópera
italiana”, remito a los escépticos, a los que siguen
pensando que esta guerra global del imperio es solo
hacia el exterior de los Estados Unidos, a que revisen
las listas de los libros más censurados en ese país, que
puede hallarse en la página Web del FAIFE.
Cuando
constaten que entre ellos está “Huckleberry Finn”, “La
casa de los espíritus” y “El color púrpura”, por solo
citar algunos de ellos, es probable que piensen
involuntariamente en la gran quema de 25 mil libros
protagonizada por los estudiantes fascistas de Berlín,
la noche del 10 de mayo de 1933.
En
efecto: la batalla ha comenzado. |