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El nueve de junio hace un año de la muerte de Elena
Burke. Se nos ha venido encima ese tiempo, sin
todavía explicarnos cómo se puede vivir sin tener
siempre pendiente una cita con ella en algún rincón
de La Habana, donde poder sujetarnos a su voz como
al más poderoso talismán.
Ahora cuando uno se reúne con otros también
entregados a su manera de hacer la canción, o cuando
reflexiona solo, mientras ella vuelve a cantar como
si fuera la primera, desde el aparato de discos
compactos; se impone la necesidad de buscar las
razones, a partir de las cuales se la puede
considerar una artista irrepetible.
Sus
datos biográficos, analizados con frialdad, arrojan
una trayectoria muy semejante al de muchas otras
figuras de la música cubana, que cobraron mucha o
poca trascendencia, pero que de ninguna manera se le
pueden comparar. Nacida en La Habana de 1928 y en un
hogar humilde, no cursó altos estudios, ni de música
ni de alguna otra materia. Y en una ciudad que es un
hervidero de figuras establecidas en el mundo del
espectáculo, cuando ella era apenas una jovencita,
se siente fuertemente atraída por cantar. No
faltaría mucho para que algunos experimentados
advirtieran sus sorprendentes dotes vocales.
Comenzó a frecuentar el ambiente del feeling, cuando
todavía sus más significativos compositores no eran
reconocidos como figuras cimeras de la cancionística
cubana. Tomó de ellos y de otros valiosos autores
que se habían dado a conocer en los primeros años
cuarenta, un repertorio del más alto nivel. Nadie
podría sospechar entonces que Elena iba a ser la más
alta expresión interpretativa de ese movimiento que
comenzó a gestarse en el Callejón de Hammel.
Talló su voz en varias agrupaciones vocales, donde
se ejercía la más depurada técnica. Los cuartetos de
Orlando de la Rosa y Aida Diestro y ya en 1958 el
sello Gema le produce su primer disco en solitario.
Al escucharlo en estos momentos, se hacen elocuentes
todas las cualidades que le permitirían adueñarse de
cualquier canción. Decirla de una manera que nadie
más podría hacerlo, como si ella hubiera inventado
la palabra sentimiento. Estuvo cantando
prácticamente hasta su hora final. Siendo fiel a las
composiciones con que se mostró las primeras veces
en público y muy atenta a las nuevas composiciones,
a las cuales su voz le alimentaba como una
bendición.
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Cuarteto `D'
Aída. Elena Burke a la derecha. |
Elena no solo fue la intérprete de oído absoluto y
esa voz inefable de la que les vengo hablando. Ella
también, como es natural en los genios de la música
popular, tenía una sabia intuición para descubrir el
síntoma de lo nuevo, los primeros brotes de
creadores que después serían sólidos árboles en el
bosque de la música cubana. Juan Formell ha
confesado hace poco, que cuando ella cantó sus
primeras composiciones, él estuvo seguro de que por
fin había llegado a un hito importante en los
inicios de su carrera. Pablo Milanés y Silvio
Rodríguez, cuando no llenaban plazas del patio, ni
foráneas, tuvieron también el espaldarazo de la
Burke.
Cualquiera podría pensar que esta mujer tan gozadora
del ambiente de los grandes cabarets y los pequeños
clubes nocturnos, amante de las inmortales canciones
de amor y desamor, y capaz de hacer temas de pura
burla y picardía femenina; no se interesaría por esa
que han llamado desde hace mucho, canción
comprometida. Afortunadamente las muchísimas
grabaciones que se conservan demuestran lo
contrario. La misma cantante que dimensionó “En
nosotros”, de Tania Castellanos, grabó de esa misma
compositora, una canción hecha inmediatamente
después de la muerte de su esposo Lázaro Peña. Y es
de las pocas intérpretes cubanas, que grabó varias
composiciones del entrañable cantor chileno Víctor
Jara.
Ella
ya ha muerto y hace más de un año que no puede mover
desde sí misma todas las canciones que echó en
magnífico zurrón de su voz. Alienta saber que en los
archivos cubanos hay quienes no descansan, buscando
todos los temas inéditos interpretados por ella.
Pero no basta. Si uno fuera egoísta, estuviera
contento con el privilegio de haber disfrutado hasta
hoy del magisterio de Elena Burke y de poderlo
llevar hasta el final como parte del equipaje
imprescindible. Queda pendiente aún que mucha gente
que vive también al resplandor de las buenas
canciones, mucho más allá de nuestras aguas
territoriales se las vea de momento bajo los ramajes
de su voz, sin duda, una de las más importantes del
cancionero del siglo XX.
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