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SABOR A BOLERO
ALGUNAS INTERROGANTES EN TORNO A LA HISTORIA Y OTRAS
PERIPECIAS DEL BOLERO LATINOAMERICANO*
Como fenómeno típicamente
internacional, tampoco me atrevo a decir simplemente que
el bolero sea cubano, sino apenas que su origen está
aquí y su epicentro está en el Caribe, dándole a este
una extensión que sobrepasa la acepción puramente
geográfica o política, étnica o lingüística.
Leonardo
Acosta
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La Habana
El bolero es
como un personaje de ficción, alrededor del cual se crea
una trama y se inventa una biografía con visos de
credibilidad. La palabra misma significa mil cosas
distintas: en España puede ser un novillero, un
mentiroso o una música que se baila al son de la
guitarra, pandereta y castañuelas; en nuestra América
puede ser desde un sombrero de copa (Guatemala) hasta un
humilde limpiabotas (México). En lo musical, la
biografía que nos han contado es algo escurridiza y nos
mueve a la sospecha, o al menos, al escepticismo.
Se
nos ha dicho que el bolero fue un aire musical muy
popular en España (y en Cuba) en el siglo pasado, tocado
en compás de tres por cuatro. Acudimos al Diccionario
de la música cubana, de Helio Orovio y nada nos dice
de España. Plantea en cambio que el bolero cubano
proviene de la vieja trova santiaguera, con Pepe Sánchez
como iniciador y Sindo Garay como baluarte principal.1 Este
bolero en compás binario de dos por cuatro, está marcado
por la controvertida figura del cinquillo, ese travieso
fantasma que pasa por la contradanza, la danza y la
habanera para instalarse como en casa propia en el
danzón y extenderse al bolero. Luego el cinquillo será
desplazado con la llegada del son, que se establecerá
como sello y emblema de nuestra música popular.
En
los años veinte, con la furia del son, pasan a un
segundo plano el danzón y el bolero tradicional. Pero
además, todo conspira contra el bolero cubano entonces,
desde la rumba de salón hasta el “descubrimiento” de los
pregones y la “canción-afro” por nuestros compositores
profesionales, que sacan de la manga hasta canciones de
cuna “afro”. Y todo ello matizado por la fugaz irrupción
del danzonete hacia 1933.
La
tradicional trova, iniciadora de aquel primer bolero, se
replegaba a las peñas y solo quedó como última trinchera
en el medio radial la llamada “trova intermedia”, cuyo
principal impulsor, Vicente González Rubiera (el
trovador y maestro Guyún) se destaca en nuestra
historia musical más como intérprete, innovador de la
guitarra y teórico que desafía todas las academias. Lo
más cercano a ese primer bolero era entonces la trova
yucateca, con Ricardo Palmerín, Pepe Domínguez y Guty
Cárdenas. Y en los años treinta nos llega desde tierras
mexicanas un bolero algo diferente que a su vez influirá
sobre los compositores cubanos.
En
su citado texto, Helio Orovio nos dice que el bolero
cubano adopta finalmente “el instrumental percusivo del
son” y con él la clave sonera, pero resulta aún más
difícil precisar fechas exactas para este proceso. Hasta
aquí, todo parece indicar que nos hallamos en presencia
de varios tipos de boleros y no de un género único ni de
una evolución orgánica, sino de un proceso de “saltos y
rupturas” —como diría Alejo Carpentier. Si acudimos a
Argeliers León en su libro Del canto y el tiempo,
notaremos esa cautela propia de los sabios. De las
primeras piezas cubanas acuñadas como boleros nos
advierte: “No eran modificaciones del bolero español.
Nada tenían de aquel”. Y más adelante: “La palabra
bolero quizás se utilizó después, en nuestro caso
simbólicamente, para designar un nuevo estilo
acompañante que era, a nuestros oídos, como el bolero
español lo fue al resto del folklore hispánico sembrado
en estas tierras”.2 En
otra parte, lanza esta hipótesis:
A no dudarlo, al
decaer el bolero español, al sobrepasar los mediados del
siglo, persistió en el pueblo la imagen de lo que era
boleado, ágil, móvil, circulante, y se le aplicó a otras
fórmulas rítmicas que admitían las mismas imágenes que
aquellas del bolero.
Dos párrafos después afirma: “Al finalizar el siglo
xix ya el
bolero había asimilado la forma de la canción...” Ahora
detengámonos para preguntar: ¿Y no será más bien que
dentro del ámbito de la canción hubo alguien que, para
diferenciar lo que hacía —más original o novedoso— de lo
anterior, adoptó el nombre de bolero? Porque si el
bolero fue hasta entonces una música ágil y movida,
ahora será ante todo una música romántica, con textos
amorosos y ejecutada en tiempo lento. Por eso ahora
debemos leer con cautela afirmaciones del propio
Argeliers como esta: “...luego el bolero asimiló los
elementos formales de la canción binaria, aunque con los
elementos rítmicos a que había llegado en su
acompañamiento. Estos motivos rítmicos sirvieron a su
vez para elaborar la línea melódica...”
Este fragmento es provocador y nos asaltan muchas
preguntas, de las que solo formularemos una: ¿De qué
bolero se habla? De nuevo esa especie de entelequia,
este metafísico personaje huidizo de ficción al que ya
nos referimos. Porque esos motivos rítmicos que
sirvieron para elaborar la línea melódica nos remiten de
inmediato al cinquillo danzonero y al bolero de la trova
santiaguera. Pero como paso de ternario a binario es
todavía un misterio. (Digámoslo de una vez: nunca
pasó de ternario a binario). En su excelente libro
Cuba y sus sones, el compositor Natalio Galán trató
de perfilar el esbozo biográfico del bolero mediante
especulaciones diversas, como la diferencia entre
pasacalle y pasacallo, con lo cual logra
confundirnos aún más.3
Resumiendo: primero tenemos una música española movida
en compás ternario, y por otra parte, canciones de
distintos tipos, ya sea de corte netamente europeo como
la romanza o modalidades como la habanera, la guajira,
la clave y la criolla, que poseen ya un sabor
cubano. En cuanto a los textos, muchos son patrióticos,
otros ensalzan las bellezas de la mujer o del paisaje,
algunos refieren una anécdota, historia o fábula. A
fines del siglo
xix, cuando aparece “Tristezas”, de Pepe
Sánchez como la primera canción a quien el autor
denomina —y subtitula— como bolero,
ya encontramos al cinquillo en acción, inclusive en el
acto de incorporarse a la línea melódica. Ya cuando en
los treinta nos llega de vuelta desde México se ha
perdido el cinquillo, presente aún en la trova yucateca.
Pero la cuestión más espinosa es saber cuándo adopta el
bolero la clave de son, junto con su instrumental
percusivo (o al menos parte de él), y cuándo se
convierte en una modalidad musical bailable.
Ambos hechos pareciera que ocurren simultáneamente,
pero esto no es sino una mera suposición. Porque puede
presumirse que el bolero se bailara hacia 1928, según se
ha dicho; pero esto se contradice con el auge
inmediatamente posterior del bolero mexicano, hasta ese
momento sin ninguna influencia notable del son cubano,
su clave o su instrumental.
Para colmo, la maleabilidad de lo que llamamos bolero,
hace que se multipliquen sus híbridos a través del
tiempo: canción-bolero, bolero-son, bolero-beguin,
bolero-moruno, bolero-tango, bolero-mambo, bolero-chá,
bolero-ranchera, bolero-gitano y hasta bolero-rock. La
vieja polémica sobre dónde surgió el bolero, ya
superada, debió centrarse en la pregunta: ¿Qué es el
bolero? Si es un tipo de canción romántica, ¿en qué se
distingue de la balada, la romanza, la habanera o la
criolla, a las cuales por cierto desplazó del gusto
popular en la propia Isla? Lo distintivo del bolero
¿es el ritmo, son los giros melódicos, la temática, la
manera de exponerla? ¿O será solo la manera de
interpretarlo, o acaso la “dramaturgia”? Las preguntas
son muchas, y no me siento en posesión de las
respuestas.
Como fenómeno típicamente internacional, tampoco me
atrevo a decir simplemente que el bolero sea cubano,
sino apenas que su origen está aquí y su epicentro está
en el Caribe, dándole a este una extensión que sobrepasa
la acepción puramente geográfica o política, étnica o
lingüística. Porque el mar Caribe y el Golfo de México
por el estrecho de Yucatán, es un verdadero camino que
históricamente nos une a tierras yucatecas y
veracruzanas. Y además, ¿cómo excluir de la cultura
caribeña a Veracruz, tierra de los sones jarochos y
madre adoptiva del danzón, aparte de ser la cuna de
Agustín Lara y Toña la Negra?
En
cuanto a la ubicuidad en espacio y tiempo del bolero y
sus inexplicables metamorfosis, vemos que el momento de
su expansión internacional (1928-1932) tiene como
principales exponentes a autores de tres países: Cuba,
Puerto Rico y México. Lo difícil es hacer un deslinde
entre los números que desde un principio fueron
“boleros” y los que se interpretaron primero (y/o se
compusieron) como canciones líricas, romanzas,
habaneras, etcétera. En esta “tierra de nadie” tenemos
piezas como “Un viejo amor” (Esparza Oteo), “Estrellita”
(Manuel Ponce), “Quiéreme mucho” (Gonzalo Roig),
“Júrame” (María Grever), “Amapola” (Joseph La Calle),
“Siboney” (Ernesto Lecuona), “Lamento borincano”
(Rafael Hernández) o “Aquellos ojos verdes” (Nilo
Menéndez). Poco más tarde, entre 1933 y 1939, emergen
como hits internacionales: “María La O” (Lecuona), “Tuyo
es mi corazón” (Lorenzo Barcelata), “Marta”
(Moisés Simons), “Cuando vuelva a tu lado” (María Grever),
“Frenesí” (Alberto Domínguez) y muchos otros.
Entre tantas habaneras y canciones líricas, zarzuelas y
operetas, ¿cuántas pueden considerarse “boleros de
nacimiento”?
Desde luego, a ese éxito mundial de las canciones
latinoamericanas contribuyó la gestión comercial de los
consorcios norteamericanos como las disqueras RCA Victor
y Decca, los productores de Broadway y Hollywood y las
editoras del Tin Pan Alley, los mismos que se
enriquecían con el tango, la rumba y el son. Valga
recordar también la gran confusión que existía entre los
norteamericanos respecto a los géneros musicales
cubanos, y no solo entre los empresarios y el público,
sino incluso los mejores compositores. Por ejemplo,
George Gershwin escribió un número que tituló
“Argentina”, quizás pensando en el tango, pero lo que
hizo en realidad fue más bien un bolero. Algo similar
sucedió a otro grande, Cole Porter, con “Beguin the
Beguine” que nada tiene de beguin martiniqueño y sí de
bolero, como ha demostrado el autor cubano Rosendo Ruiz
Quevedo.
Y
surge otra pregunta: ¿desde qué momento comienzan a ser
designados como “boleros” algunos de los grandes hits
latinoamericanos por los mass media
estadounidenses? Porque aquí el término lo acuñaron los
viejos trovadores a partir de Pepe Sánchez, y el término
se generalizó pronto, pues ya en 1906 Alberto Villalón
presentaba en el teatro Alhambra una revista titulada
El triunfo del bolero. Dentro de la industria
musical norteamericana, sin embargo, el primer número
promovido como “bolero cubano” de que tenemos noticias
es “Si llego a besarte” (1926). Presumimos que se trate
de “Si te vuelvo a besar”, de Luis Casas Romero, de
1921. Por su parte en México la primera “canción-bolero”
que aparece como tal es “Presentimiento”, de Emilio
Pacheco, en 1924.
Pero ya desde esa época el bolero como “género” era
fluctuante y evasivo, algo común en la música popular de
las Américas. Por ejemplo, “Siboney” fue acuñada
en Estados Unidos por las editoras como “danzón cubano”
y también como “foxtrot-tango” (!!!) lo cual, según el
sagaz crítico e investigador John Storm Roberts, es un
ejemplo de lo que él llama “típica esquizofrenia” de los
empresarios de USA al abordar nuestra música.4 Por
otra parte, hoy se interpretan como boleros muchas
piezas que iniciaron su trayectoria como canciones
líricas: así “Muñequita linda” (o “Te quiero dijiste”)
de María Grever, cuyos primeros intérpretes de renombre
fueron el tenor mexicano José Mojica y el barítono
colombiano Carlos Ramírez; “Mujer”, de Agustín
Lara, que dio a conocer al tenor Juan Arvizu; “Marta”,
de Moisés Simons, grabada por primera vez por Bengiamino
Gigli; “Quiéreme mucho”, de Roig, grabada por Tito
Schipa, y así sucesivamente, Negra consentida,
del mexicano Joaquín Pardave, fue primero una “rumba” y
después bolero, y “Aquellos ojos verdes” fue un foxtrot
que triunfó cantado en inglés por Bob Eberley y Helen
O’Connell con la banda de Tommy Dorsey; “Cuando vuelva a
tu lado”, bajo el título “What a difference a day
makes” y grabada en los años cincuenta por Sarah Vaughan,
es hoy un standard de jazz, aunque la última versión
novedosa nos llegó nuevamente “latinizada” por el
saxofonista argentino Leandro Gato Barbieri.
Como ya dijimos, el bolero nos llegó de carambola desde
México en los años treinta. Baste mencionar algunos
autores como Agustín Lara, Guty Cárdenas, María Grever,
Lorenzo Barcelata, Esparza Oteo, Gonzalo Curiel, Chelo
Velázquez... Es ya otro bolero, y aunque no podemos
fijar fechas exactas, las influencias van y vienen todo
el tiempo entre México y Cuba y nos llegan de Puerto
Rico, a veces vía Nueva York. En el muy documentado
libro Cien años del bolero del colombiano Jaime
Rico Salazar, se emplea un método, sin embargo, que
provoca cierto vacío, al tratarse el bolero por países.5 En
mi opinión, el ir y venir por el Caribe y toda
Latinoamérica será el que nos diga la última palabra.
Pues si bien los mayores creadores son caribeños, otros
países han aportado autores de primera y sobre todo
grandes intérpretes.
Notemos que junto a los más famosos intérpretes
mexicanos (Pedro Vargas, Ortiz Tirado, Juan Arvizu, Toña
la negra, María Luisa Landin, Chucho Martínez Gil,
Fernando Fernández, etc.), los cubanos (René Cabell,
Fernando Albuerne, Miguel de Gonzalo, Vicentico Valdés,
Olga Guillot, Benny Moré, etc.) y los puertorriqueños
(Daniel Santos, Bobby Capó, Ruth Fernández, José Luis
Monero, Hernando Avilés, Tito Rodríguez), también
figuran venezolanos como Rafa Galindo, Miguel Briceño y
sobre todo Alfredo Sadel, y colombianos como Nelson
Pinedo y Carlos Ramírez. Pero todavía estamos en el
ámbito caribeño. Lo curioso es que Argentina haya dado
boleristas como Gregorio Barrios, Roberto Yanes, la
propia Libertad Lamarque y sobre todo, Leo Marini.
En
su libro Ritmo afrohispano antillano el
venezolano Alberto Pérez Perazzo señala que entre
nosotros, Marini se dio a conocer con un número que por
su texto parece un tango, y que dice: “El amigo del alma
me robó un querer...” Y se trata de un bolero bien
antillano: “Amigo”, del puertorriqueño Rafael
Hernández.6 Más
tarde el bolerista argentino interpretó desde Llanto
de luna de Julio Gutiérrez hasta el mismísimo
Nacer y morir del ciego maravilloso, Arsenio
Rodríguez. Y Jaime Rico Salazar nos recuerda que incluso
el gran Carlos Gardel, encarnación misma del tango,
grabó dos boleros en Nueva York, con la orquesta del
cubano Don Aspiazu. También le tocaría luego su turno a
Chile, con Mona Bell, el dúo Sonia y Miriam y Lucho
Gatica, ese insólito fenómeno de los años cincuenta. Por
su parte, luego de sus boleros tipo romanza, su trova
yucateca al estilo de la santiaguera y su época
“clásica” centrada en Agustín Lara, los mexicanos
cultivaron aquel bolero-ranchero que tuvo como
máximos autores a Rubén Fuentes y Alberto Cervantes, y
dos intérpretes tan excepcionales como Pedro Infante y
Javier Solís. Pero incluso en el Brasil, son
innumerables los autores que han incursionado en el
bolero, aunque en parte el idioma, y también ciertos
acentos ritmáticos, le dan su inevitable sabor a
bossa nova, sin contar con la canción tradicional
brasileña. Entre esos compositores (e intérpretes) se
hallan Luisinho Rodrígues, Gilberto Gil, Roberto Carlos,
Miltinho, Carlos Lyra, Vinicius de Moraes, Ivan Lins y
Caetano Veloso, quien últimamente (sobre todo con su CD
Fina estampa), ha demostrado ser excelente
intérprete —en español— de toda la cancionística
hispanoamericana.
Terminaré esta desmesurada introducción a mi tema —que
eso es— mencionando una experiencia auditiva que me ha
reafirmado esta “duda metódica” sobre el bolero. Hace
unos años, un amigo chileno residente en Italia, el
poeta Hernán Loyola, me envió un casete de un gran
pianista de jazz catalán: Teté Montoliu, con una
selección de boleros “jazzeados” y un típico
acompañamiento cubano en el bajo y la percusión. De
diecinueve números, doce son mexicanos, seis cubanos y
uno del catalán cubanizado Enric Madriguera. Hay boleros
clásicos como “Bésame mucho” (Chelo Velázquez),
“Solamente una vez” (Lara) y dos de Osvaldo Farrés:
“Tres palabras” y “Quizás, quizás”. Los
demás números también son clásicos, pero no siempre
fueron boleros, o ya no lo son. Por ejemplo “Vereda
tropical”, que ningún cubano puede creer sea del
mexicano Gonzalo Curiel, fue primero catalogado como
slow rumba en USA y en las versiones de Armando
Oréfiche y los Lecuona Cuban Boys, de Don Aspiazu y de
Xavier Cugat. Hoy “Vereda tropical” es conocida en Cuba
como un chachachá en la voz de Tito Gómez y con la
orquesta de Enrique Jorrín. Pero hay más, “Noches de
ronda”, digamos, fue inicialmente un vals-canción, y
“María la O” fue una canción para el teatro
lírico. “Siempre en mi corazón” (Lecuona) y
“Amor, amor” (Gabriel Ruiz) fueron ante todo
canciones románticas o baladas, así como “Tuyo es mi
corazón”, de Lorenzo Barcelata, conocida en USA
como “María Elena”, tema de un film de Hollywood con el
cantante Andy Russell (en realidad Andres Rosales,
mexicano). Y “Adiós” (Enric Madriguera) fue un súper
exitoso foxtrop lento de la banda de Glenn Miller, como
también fueron foxtropts y llegaron a ocupar,
simultáneamente el 1 y el 2 en el hit parade
norteamericano Frenesí y perfidia, ambos
de Alberto Domínguez. En cambio, “Contigo en la
distancia” y “Tú mi delirio”, de César Portillo
de la Luz los asociamos con el filin de los años
cincuenta, a su vez relacionado con el “nuevo bolero”
mexicano de la propia década y del cual Teté Montoliu
toca tres números: “Amor mío”, de Álvaro Carrillo; “No
me platiques”, de Vicente Garrido y “La puerta”, de Luis
Demetrio. Al final de la jornada, Montoliu nos ha
complacido con un excelente potpurrí de boleros y
brillantes improvisaciones jazzísticas.
La
pregunta que me hago ahora es: ¿por qué este álbum es
para mí ante todo un potpurrí de boleros?
Evidentemente, aparte de ciertos números, porque el
ritmo, el tempo y el fraseo tienen un sabor típicamente
bolerístico. Así llegamos al final del absurdo: una
cosa es bolero porque tiene sabor a bolero. No es
mucho, pero contamos ya con ciertos patrones rítmicos y
cierto “sabor” que en parte asociamos al son, desde el
ya lejano precursor bolero-son “Lágrimas negras”,
de Matamoros. (Pero esta afinidad es también un
espejismo, o como diría Jorge Luis Borges, “una
superstición cubana”). Y esto porque en los años veinte
y treinta se fue imponiendo en toda nuestra música
popular un algo del pulso rítmico del son, desplazando
al cinquillo, como vimos. Esta “penetración” del son se
hizo mayor en los años cuarenta, década que en otra
parte hemos llamado “La era de los conjuntos”. El
repertorio de esos conjuntos cuyo formato fue creado por
Arsenio y se basaba precisamente en dos géneros, el
bolero y el son, aunque luego incorporaron, con toda
lógica, el bolero-mambo.
SEGUNDA PARTE: Donde se habla de nuestros bolerones
Abordemos ahora un
aspecto menos tratado en la historia del bolero, y es el
referido a las distintas fases por las que ha pasado en
su aspecto temático. Por ejemplo, de una fase idílica,
comparable a las novelas pastoriles y, claro está, a dos
variantes del cancionero cubano como la criolla y la
guajira, con sus bohíos y palmas y serenatas bajo la
luna, el bolero pasa a una fase más realista,
menos evasiva y fundamentalmente urbana, que suele
devenir trágica, melodramática y a veces tremendista.
Haremos énfasis en un tipo de bolero que prolifera en
los años cuarenta y cincuenta y que denominaremos
instintivamente “bolero de conjunto”, “bolero
arrabalero”, “bolero orillero” o “bolero de victrola”, y
que hoy designamos cariñosa y nostálgicamente como
“bolerotes”. En algunos rasgos de estos hallamos algo
así como la quintaesencia de ese “sabor bolerístico” al
que hicimos referencia, y en sus textos vemos aparecer
algunos tipos o variantes más o menos definidos. Por
supuesto, que no pretendemos establecer otra categoría
más dentro del género o modalidad, pues muchos de estos
rasgos aparecen en obras anteriores como el tango o la
ranchera.
Este bolero arrabalero ha sido motivo central de varias
polémicas suscitadas en Cuba, donde se le ha acusado de
vulgar, chabacano, cursi, melodramático, machista,
comercial y hasta kitsch, término alemán que
estimamos fuera de contexto y aplicable si acaso, a la
canción pop internacional o “canción de consumo”,
como la definió Humberto Eco. A esta temática dedicamos
un trabajo anterior.
El bolero y el kitsch7
También se ha
polemizado en torno a la discriminación racial en la
historia de la música popular cubana, y es mi opinión
que si el danzón y el son —luego aceptados— fueron en
distintos momentos discriminados por “negros”, algo
similar (aunque no idéntico) ocurrió con este bolero
arrabalero o de victrola. Este último término lo
acuñamos porque el medio que con más eficacia lo
difundió fue la llamada rockola en Venezuela,
sinfonola en México, radiola en Colombia,
vellonera en Puerto Rico, y en Cuba victrola o
vitrola. En USA se le llamó nickelodeon y
luego juke-box.
Había boleros —y boleristas— aceptados por todas las
clases sociales. Pero es innegable que la clase media
blanca tenía marcada preferencia por autores como
Sánchez de Fuentes, Lecuona o Roig, así como por
cantantes mexicanos como Pedro Vargas, Ortiz Tirado,
Juan Arvizu, Ramón Armengol, Eva Garza o María Luisa
Landín. Claro, si eran mexicanos no eran negros. La
propia veracruzana Antonia Pelegrino (Toña la negra)
resultaba un poco sospechosa. Con los argentinos no
había problemas. Y si los cubanos René Cabell, Wilfredo
Fernández o Fernando Albuerne eran bien recibidos, nunca
lo fueron cantantes de la excelencia de Reinaldo
Henríquez, Pepe Reyes y Miguel de Gonzalo, a pesar de
que el filin, corriente que ellos representaban, era de
un inusual refinamiento (en letra y música) comparado
con el típico bolero arrabalero. El panorama en ese
sentido es más complejo de lo que parece a simple vista.
Por ejemplo, una bolerista que respondiera a los cánones
mistificadores de la “mulata sensual” a lo Cecilia
Valdés, como Olguita Guillot, podía triunfar, no así una
negra como Olguita Rivero, antecesora y verdadera
creadora del estilo que hizo famosa a la Guillot.
Otro ejemplo: un negro podía triunfar como rumbero o
guarachero, pero difícilmente como cantante de música
romántica, de esa que se dice o transmite de tú a tú,
como el bolero. No hay espacio para analizar a fondo la
cuestión ni las excepciones y sus motivos. Que el
problema racial era también de clase lo prueban los
muchos cantantes blancos que por su estilo arrabalero
fueron subestimados: (recordemos la categoría de “blanco
pobre”, “blanco sucio” o “blanco de orilla”). Y en el
caso de los citados cantantes de filin, eran todos
mulatos claros, mientras un negro prieto como Ignacio
Villa (Bola de Nieve) enloquecía a los blancos
ricos por múltiples razones, desde su repertorio y sus
aptitudes histriónicas hasta el hecho de haber triunfado
en el extranjero. Pero todo esto tenía su contraparte en
los barrios pobres, ya fueran proletarios o marginales.
En
cada pequeño bar, café y hasta bodega de La Habana (y no
desestimemos por falso pudor a los burdeles de los
barrios de Colón, La Victoria y el San Isidro, en el
puerto) había una democrática victrola, y estamos de
acuerdo con Pérez Perazzo cuando las define como
democráticas. Pues si bien ya había ciertos
intermediarios que distribuían gratis las últimas placas
de Panart, Puchito, Gema, Kubaney u otras marcas
disqueras, por mecanismos que no podemos detenernos a
analizar, el resultado era siempre más democrático a la
hora de elegir, incluso más que en la radio, y ésta a su
vez no distinguía los colores como sí hacía la
televisión, que entonces era precisamente en blanco y
negro. Además los ídolos de las victrolas casi nunca
trabajaban en Sans Souci, Tropicana, Montmartre o los
grandes hoteles turísticos, sino en los cabarets de
segunda o tercera como el Alí Bar, el Sierra, el Night
and Day, el Palermo o el Morocco. Y la sonoridad
dominante, salvo excepciones, era la del conjunto,
en vez de la jazzband o la orquesta de estudio con
sección de cuerdas.
Los cantantes preferidos en las victrolas “arrabaleras”
de La Habana eran gentes como Orestes Macías con el
conjunto Kubavana, Orlando Vallejo y Roberto Espí con el
Conjunto Casino; Roberto Faz con el Casino y con su
propio conjunto; Lino Borges con el Saratoga; Roberto
Sánchez con Gloria Matancera; Bienvenido Granda con la
Sonora; Nelo Sosa con su Conjunto Colonial, y en fin,
Orlando Contreras, Ñico Mambiela, Celio González,
Wilfredo Mendi, y más tarde Rolando Laserie, José
Tejedor y tantos otros. Hay excepciones entre los
cantantes en cuanto a la utilización del formato de
conjunto. Ellos eran: Benny Moré, quien después de su
experiencia con Pérez Prado prefirió siempre el formato
de jazzband, que él llamó “banda gigante”; Tito Gómez,
con la orquesta Riverside; Fernando Álvarez, con su
“sabor filinesco” y a veces con orquestas de estudio, y
claro, Vicentico Valdés, que como Panchito Riset nos
llegaba en grabaciones desde Nueva York, pero que
conservaban su típico sabor de cantantes de conjuntos.
Panchito había cantado con los sextetos Atarés y Cauto
en los años treinta, Vicentico nada menos que con el
Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro hacia la misma
década, y Benny Moré —recordemos— había comenzado con el
Conjunto Matamoros en los cuarenta. Y entre los
boleristas extranjeros preferidos por el público
victrolero, a pesar de Lucho Gatica o Pedro Vargas,
descolló siempre el boricua Daniel Santos, con la Sonora
Matancera. Señalemos que las voces de algunos de estos
boleristas no eran precisamente las mejores timbradas;
que había voces con un timbre algo de nasal o gangoso, y
a veces resultaba difícil a los no iniciados distinguir
a uno de otro, cosa que me sucedió y me sigue sucediendo
en ocasiones. Mas es justo consignar que esa forma de
emisión vocal es típicamente cubana y frecuente en la
interpretación de la guaracha, el guaguancó y la música
litúrgica afrocubana de donde quizás proceda. Por otra
parte, el caso de las intérpretes femeninas, boleristas
y cancioneras, es distinto y digno de atención; a menudo
su éxito comercial o fracaso dependía de su presencia
física, y este es tema que merece un estudio aparte, aún
está por realizar. Recordemos solamente el caso de María
Victoria en México, lanzada publicitariamente como una
especie de “Tongolele de la canción”.
En
cuanto a los autores y repertorios del bolero
arrabalero, es imposible generalizar. Tanto el cantante
como el conjunto (y el arreglista, pieza fundamental del
engranaje) podían hacer que un número traspasara
cualquier frontera, en una u otra dirección. No
obstante, podemos considerar típicos éxitos de victrola
(hit parade de los arrabales) números como
“Deuda” y “Plazos traicioneros”, de Luis Marquetti;
“Encantado de la vida”, de Justi Barreto; “Dueña de mi
corazón”, de Pepe Delgado; “Nacer y morir”, de Arsenio
Rodríguez; “En el balcón aquel” y “La
súplica”, de Leopoldo Ullova; “Los aretes
de la luna” y “Camarera del amor”, de José Dolores
Quiñones; “El cuartito”, de Mundito Medina; “Total”, de
Ricardo García Perdomo; “Humo y espuma”, de Rolando
Rabí; “Qué pena me da”, “Si en un final” y “Ese
que está allí”, de Juan Arrondo; “No quiero matarte”, de
Walfrido Guevara; “Mil congojas”, de Juan Pablo Miranda;
“Tinieblas”, de Alberto González; “Fidelidad”, de Piloto
y Vera; “Oh, vida”, de Yáñez y Gómez; “Ven aquí a
la realidad”, de Ernesto Duarte; “Alma con alma”, de
Juanito Márquez, y tantos otros.
Muchos números pasaron la frontera por diversas rutas,
entre ellos los del filin, corriente que sobrepasaba al
bolero arrabalero por una parte y a la canción-bolero
sentimental de los años treinta, por otra. Un ejemplo
típico es “Quiéreme y verás”, de José Antonio Méndez,
que se impuso en nuestras victrolas gracias al arreglo
de Andrés Hechevarría (El Niño Rivera) para el
Conjunto Casino y en la voz de Roberto Faz. Lo mismo
sucedió con otros números de José Antonio, traspasaban
todas las fronteras y nos llegaban de regreso en las
voces de Los Tres Diamantes y de Toña La Negra, tal como
nos llegó “Contigo en la distancia”, de Portillo en las
voces del trío Hermanos Rigual y de Fernando Fernández.
A su vez Frank Domínguez penetraba en los arrabales con
“Me recordarás”, grabada por Fernando Álvarez, y en el
ámbito internacional con “Tú me acostumbraste”, mientras
Martha Valdés entraba en nuestro mercado victrolero a
través de New York, cuando Vicentico Valdés grabó “En la
imaginación”.
Algunas piezas seguían un destino inesperado, como los
personajes de las letras: así “Dos gardenias”, de
Isolina Carrillo, convertida en éxito arrabalero en la
voz de Daniel Santos y luego perpetuada por Fernando
Álvarez. Y “Qué es lo que pasa”, de Julio Gutiérrez, así
como “Sabor a mí”, emergían transmutados y casi
golpeados por la voz guaguancosera de Rolando Laserie,
“el guapo de la canción”. Lo que nos motiva la pregunta:
¿pero qué bolero tiene más sabor cubano que “Sabor a
mí”, del mexicano Álvaro Carrillo?
La
misma buena suerte victrolera corrieron números tan
ingenuos (pertenecientes más bien a la “etapa idílica”)
como “Que te vaya bien”, del mexicano Federico Baena y
“Mira que eres linda”, del cubano Julio Brito.
Cualquiera fuese su origen, el número más exquisito
podía convertirse en delicia del arrabal, transmutado
por arte de magia, o por intérpretes de estilo muy
definido. También ocurría el caso opuesto, cuando un
número arrabalero se sometía a la alquimia de ciertos
magos como el Trío Los Panchos. O podía suceder que un
bolero como “Miénteme”, del Chamaco Domínguez y
melodramatizado por Olga Guillot, se hiciera pieza
obligada de las intérpretes femeninas.
En
este punto podemos arribar a ciertas conclusiones
provisionales y mencionar ciertos vacíos que vendrían a
ser áreas propicias a la investigación. El bolero es
latinoamericano, caribeño y de origen cubano, con una
evolución bastante imprecisa en la etapa que va de Pepe
Sánchez a los años treinta (y casi mítica antes de Pepe
Sánchez). Para llenar algunos vacíos, creo que una vía
importante es el estudio de las interinfluencias o
confluencias (intertextualidad, en la crítica
literaria), y analizar mejor la trova yucateca y los
comienzos del bolero en México antes del despegue de
Agustín Lara en 1928; estudiar bien la obra de los
puertorriqueños como don Pedro Flores y el gran Rafael
Hernández; establecer una cronología de la canción
latinoamericana antes y durante las décadas cruciales
del bolero; prestar atención a todos esos híbridos que
hemos visto (para no repetirlos, tomemos como ejemplo
“Una rosa de Francia”, de Rodrigo Prats, editada
en 1926 como criolla-bolero); precisar la influencia
mexicana en la producción cubana de los años treinta y
cuarenta. Y sobre todo, abandonar los esquemas que de
tanto repetirse llegan a convertirse en dogmas que
impiden conocer realmente nuestra historia.
Y
hasta donde hemos llegado, el bolero sin compás de tres
por cuatro ni cinquillo y con sabor caribeño (y no en
dos por cuatro, sino ya en cuatro por cuatro) lo
encontramos los habaneros ante todo en los bolerones
conjunteros que de alguna forma siguen las huellas del
innovador Arsenio Rodríguez. No queremos decir con esto
que un bolero pueda llevar un arreglo a base de cuerdas
ni tenga que ajustarse a la sacrosanta clave sonera,
como sostienen muchos. Hay boleros que “se montan” con
esa clave, y no por eso dejan de ser boleros. Acudiremos
por tanto a aspectos más bien extramusicales para
intentar un mejor acercamiento —nunca una definición—
a ciertos rasgos significativos que identifican al
bolero.
Ante todo, pensamos que en el bolero hay una estructura
dramática, al igual que en cualquier obra cantada, texto
poético o pieza musical. En su libro Fenomenología
del bolero, el venezolano Rafael Castillo Zapata se
refiere a “los poderes del discurso bolerístico, su
realismo, su eficacia dramática”. Hablamos aquí de un
texto que narra una historia o anécdota, describe un
ambiente o atmósfera y sin duda posee una dramaturgia.
Esa historia puede ser muy diversa y oscila entre la
fábula y el melodrama8 ¿Y
por qué no? Si los actuales video-clips
musicales de la TV tienen un antecedente en los
comerciales televisivos (al menos esa es mi opinión),
creo igualmente válida la comparación entre el drama —o
microdrama— que encierra el texto de un bolero y
la forma extrema por desmesurada de un melodrama seriado
o serial radial televisivo. También Castillo Zapata ha
detectado en el bolero el “legado del melodrama
decimonónico y el actual”, y de las radionovelas, junto
con las maneras estilísticas de la poesía romántica,
modernista y postmodernista latinoamericana. Claro que
otras formas musicales populares se prestan más a la
comparación con una acción dramática, por ejemplo los
corridos mexicanos, las balladas del oeste
norteamericano, el guaguancó o las obras de Atahualpa
Yupanqui y de la nueva canción latinoamericana. Pero
también hay drama —y melodrama— en el tango como en el
bolero.
Nos planteamos ahora la coincidencia entre la fábula
y la realidad, por una parte y el melodrama
por otra, con dos de los más clásicos boleros cubanos:
Te odio y te quiero, de Félix B. Caignet y
Nosotros, de Pedro Junco. El primero es un número
que fue atacado hace unos años en la prensa cubana y que
en mi respuesta consideré como representativo de la
esencia del bolero en cuanto a su eterno conflicto
amor-odio. Y su autor es nada menos que el padre de
los melodramas radiales con El derecho de nacer,
luego filmado dos veces en México y convertido en serial
televisivo también por los mexicanos (no queremos más
profetas en nuestra tierra, parece ser la actitud
cubana). Félix B. Caignet resulta ser por tanto el
iniciador de los seriales melodramáticos
latinoamericanos, radiales o televisivos. En el segundo
caso, por el contrario, nos encontramos ante un hecho
real y trágico, pues “Nosotros” solo expresa la
reacción real del autor al conocer la inminencia de su
propia muerte, lo cual nos trae a la mente algo que
planteó Mario Benedetti sobre la validez del melodrama,
que a menudo responde a una situación real. En el bolero
“Nosotros” nos hallamos precisamente en una
situación dramática que surge directamente de la vida
real, expresada poética y musicalmente.
Estos microdramas, anécdotas o fábulas los encontramos
en muchísimos boleros de distintas épocas. “Y tú que has
hecho”, de Eusebio Delfín (conocida como “En el
tronco de un árbol”) es una verdadera fábula que nunca
envejece, como no envejecen Lafontaine ni Andersen. Hay
drama y anécdota en “La cleptómana”, de Manuel Luna,
basada en el poema de Agustín Acosta. Otra época y otras
anécdotas en “Tú me acostumbraste”, de Frank Domínguez.
Y por su atmósfera, por esa faceta de la narrativa que
constituye la descripción, o la “ambientación” en las
artes escénicas, tenemos un buen ejemplo en “El
cuartito”, de Mundito Medina, famoso en la voz
arrabalera de Panchito Riset, o “En el balcón aquel, de
Leopoldo Ulloa, y en “Canción de un festival”, de
Portillo de la Luz. Números evocadores de un ambiente y
un paisaje urbano que nada tienen ya de la descripción
típica de la canción-guajira de antaño, con sus bohíos,
sus guajiritas con “una manita blanca que me dice adiós”
o sus “palmeras borrachas de un sol”. Un proceso similar
al que se dio con la ranchera campirana y la
ranchera urbana en México.
Un
libro (que sepamos aún inédito) de Jaime Pérez Dávila,
de México, sobre la música caribeña o “tropical”,
intenta una interesante clasificación del bolero por su
temática. Dando por sentado que el tema fundamental es
el amor, Pérez Dávila subdivide esta temática en cinco
tipos fundamentales: 1) amor por alguien; 2)
requerimiento amoroso; 3) deseo; 4) carencia dolorosa de
amor; y 5) daño. Con las reservas del caso, adoptaremos
esta clasificación para nuestros propósitos.9
En su citado libro, Castillo Zapata intenta otra más
compleja, pero en su caso se trata más bien de lo que él
mismo llama “figuras” o “emblemas” del bolero, que
considero en realidad como distintos momentos, matices o
temas y subtemas que se entrelazan.
Prescindo también de las distinciones entre 1 y 2 que
hace Pérez Dávila, que tan a menudo se confunden en un
mismo texto. Ejemplos: “Novia mía”, “La gloria eres tú”,
“Nuestra canción”, “Muñequita”, “Dos gardenias”, “Tú no
sospechas” y tantísimos textos más que expresan a un
tiempo “amor por alguien” y constituyen un
“requerimiento amoroso”. Los puntos 2 y 3 (deseo)
también suelen confundirse en el bolero, no así en
géneros como la guaracha, pues no pueden calificarse
como de simple deseo textos como “Anhelo
besarte”, de Ernestina Lecuona o “Bésame mucho”, por
ejemplo. En cambio resaltamos el subtema propuesto como
número 4 (carencia dolorosa de amor), que equivale a lo
que podemos designar como “alejamiento amoroso”. Esta ha
sido una constante del bolero y ha producido hermosas
creaciones. Lo encontramos tipificado en los años veinte
en Ausencia de Jaime Prats: “ausencia quiere
decir olvido...”, imagen expresada treinta años después
en casi idénticos términos por Roberto Cantoral en “La
barca” (“Dicen que en la distancia está el olvido...”) y
plasmada en otras obras maestras como “Contigo en la
distancia”.
El
subtema 5, es decir, del “daño” debido a la
incomprensión, a no ser correspondido o, peor aún, a la
traición, es acaso el más típico dentro del realista
bolero arrabalero, y el que ha sido blanco preferido de
los críticos y detractores del género. En este sentido,
“Total”, de Ricardo G. Perdomo o “Mil Congojas”
(Juan P. Miranda) serían “boleros ejemplares”. Cierto
que muchos textos insinúan algo siniestro, como cuando
oíamos a Benny Moré decir: “porque yo sería capaz de
dejarte sobre la tierra tendida”. Algo que nunca alarmó
a ningún jefe del Buró de Homicidios, pero que afecta a
los puritanos de ayer y los culturólogos de hoy. Por
supuesto, los mexicanos no se quedaron atrás, apoyados
además por el cine. Títulos como “Callejera”,
“Perjura”, “Traicionera”, y que a menudo llevaban al
cine (recordemos “Perdida”, de Lara, o “Carne de
cabaret”, “Pervertida” y “Cortesana”),
reflejan ese subgénero machista que Yolanda Moreno Ríos
ha designado como “bolero-cabaretero” o mejor aún,
“bolero-gángster”.10
Volviendo a la tipología sugerida por Pérez Dávila,
pienso que puede enriquecerse sin salirnos del tema
amoroso. Sugiero al menos otro subtema: el
“amoroso-clasista”. Se trata por lo general del drama
entre la mujer rica y el hombre pobre,
típico de las películas de Pedro Infante y también del
bolero, y que es curiosamente la antítesis del conflicto
típico de la novela rosa o el serial melodramático, que
ocurre más bien entre la mujer pobre y el
hombre rico. Este bolero se hace menos machista y
más clasista, como en “Amor de cobre” (Luis Marquetti),
“Con mi corazón te espero” (Humberto Suárez), “Quinto
patio” (Luis Arcaraz) y “El bardo”, del boricua Bobby
Capó y que llegó a la fama en la voz de Lucho Gatica.
El
análisis de Pérez Dávila resulta muy sugerente sobre
todo en el tema del “daño”, porque como él plantea, esos
textos a veces agresivos responden a mecanismos bien
conocidos como el “complejo de culpa”. Pues bien, esa
carga emotiva contra “el otro” (o la otra) es, sin duda,
un mecanismo defensivo para borrar la culpa propia, ya
que lo usual y corriente en estos casos es que haya
culpa por ambas partes. Hay unos pocos boleros que así
lo admiten: “Me conformo porque sé que pago mi maldad de
ayer” (“Miénteme”). Casos de autoconciencia y
autocrítica excepcional. Pues por lo general en estos
casos extremos, el que se siente o sabe traicionado
quiere olvidar su parcela culposa (por leve que sea) y
demostrar —y demostrarse a sí mismo— su propia
inocencia.
Esto es lo que
expresan esos bolerones, y acaso por esos motivos
psicológicos sean tan populares, ya que procuran cierto
grado de catarsis: casi todos nos hemos visto envueltos
en una situación similar, y cada cual se siente
identificado (o identificada) y al mismo tiempo
gratificado por el mensaje que llega en una voz,
familiar o desconocida, que convierte por arte de magia
su problema personal en algo más impersonal,
generalizado o arquetípico, aliviando un tanto la culpa
propia y el sentimiento de soledad y abandono. Si a
todo esto agregamos el común temperamento y carácter,
más el lenguaje musical tan nuestro, podremos comenzar a
explicarnos por qué el bolero es tan universal y al
mismo tiempo tan caribeño, tan latinoamericano, con ese
peculiar sabor... a nosotros.
Notas
*
Ponencia presentada en el IV Coloquio Internacional
sobre el Bolero, La Habana, junio de 1990.
1
Helio Orovio.
Diccionario de la música cubana. La Habana,
Editorial Letras Cubanas, 1981.
2
Argeliers León. Del canto y el tiempo. Ciudad de
La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1974, p. 196.
3
Natalio Galán: Cuba y sus sones. Valencia,
España, 1983.
4
John Storm Roberts. The Latin Tinge.
New York, 1979.
5
Jaime Rico Salazar. Cien años del bolero.
Bogotá, 1988.
6
Alberto Pérez Perazzo. Ritmo afrohispano antillano,
1865-1965. Caracas, 1988.
7
Leonardo Acosta. El bolero y el kitsch. En
Revista Letras Cubanas, No.9, julio-septiembre,
1988.
8
Rafael Castillo Zapata. Fenomenología del bolero.
Caracas, 1990.
9
Jaime Pérez Dávila. Del amor y la fiesta en el son.
México, 1988.
10
Yolanda Moreno Rivas. Historia de la música popular
mexicana. México, 1979.
Tomado del libro NOSOTROS Y EL BOLERO, Prólogo y
selección de Alicia Valdés Cantero, Editorial Letras
Cubanas, 2000. |