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A VEINTE CENTAVOS EL CAMELLO

Amado del Pino
| La Habana
 

Camello, José Fúster
óleo s/tela, 2003

   En el principio estuvo la frondosa imaginación cubana, el verbo rápido y antisolemne del Caribe. Llamar Camello a un largo ómnibus, arrastrado por un camión de gran potencia, es un primer paso hacia la broma, una forma de disimular su incomodidad.

   Más allá de anécdotas o de fotos pintorescas o exóticas, es bueno recordar que este medio de transporte —nombrado oficialmente Metrobús— llegó a La Habana a principio de los noventa, en un momento de asfixiante crisis económica. Sin el camello la única opción era pedalear kilómetros a bordo de las útiles, aunque pesadas bicicletas chinas. Su nombre entonces podría asociarse, además de  la peculiar joroba que ostenta en el medio, con un animal que se apareció en medio del desierto.

   Todos nos quejamos del camello, pero en un tono con algo de familiar. Por un precio insignificante (casi ningún objeto o servicio vale 20 centavos en moneda nacional) nos hace recorrer grandes distancias. Al final, llegamos a la cita o al trabajo  sudados, molestos, pero llegamos. Existe la certeza de que si la manada se extinguiera ahora mismo, las esperas en las paradas serían aún más fatigosas que las travesías a lomo del ruidoso animal.

   Otra opción criolla son los viejos automóviles norteamericanos que funcionan como taxis. A pesar del nombre, allí también viajas apretado, te estrujan, no llegas hasta la puerta de tu casa y... vale diez pesos, unas tres cuartas partes del salario de un día de muchos cubanos.

   En los camellos llegar a la barbacoa no es sencillo y significa una meta dentro del convulso mundo sobre ruedas. La palabra, de origen indígena, se utiliza para nombrar los agregados a las casas en una improvisada segunda planta. La orquesta Los Van Van le puso música en los ochenta a una obra teatral sobre la epidemia de las barbacoas. Esta otra es también en lo alto, también se repleta y en ella fluye, complicada y hermosa, la vida cubana.

   Dentro del camello imperan el calor y la impaciencia, pero se ríe a menudo por una frase popular o un personaje pintoresco. Algunos hablan de que han perdido el reloj o la cartera en sus apretados pasillos; otros han encontrado una amistad... y hasta el amor.

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