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Hiroshima
UN DILEMA MORAL
Lisandro Otero
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México
El seis de agosto de
1945 el avión Enola Gay volaba sobre los cielos del
Japón. A las ocho y dieciséis minutos de la mañana el
comandante Paul Tibbets tiró de la palanca que dejó caer
un voluminoso artefacto en la ciudad sobre la que
volaban. Cuarenta y cinco segundos más tarde, cuando el
ingenio se hallaba aún a 600 metros de la tierra, se
produjo una horrísona explosión, un relámpago intenso y
cegador se esparció a 1 200 kilómetros por hora y una
ola de presión devastadora derribó edificios como si
fueran de papel; la temperatura ambiente se elevó, en
segundos, a quince millones de grados centígrados; una
nube de humo rojizo en forma de hongo se alzó sobre la
ciudad. En ese brevísimo lapso ciento diez mil personas
perecieron y otras ciento noventa mil quedaron heridas,
con graves quemaduras o con mutilaciones deformantes de
su cuerpo. La ciudad de Hiroshima había dejado de
existir. Se iniciaba la era atómica. Hace apenas 48
horas se conmemoraron 58 años de ese infausto
acontecimiento. Aún se discute la procedencia de ese
acto de barbarie que algunos disfrazaron como una
necesidad militar. El presidente Harry Truman, quien
tomó la decisión final aconsejado por el Estado Mayor
del Pentágono alegó, entonces, que con esa demostración
de fuerza se evitaba el asalto final contra las islas
japonesas para culminar el conflicto armado en el
Pacífico, uno de los escenarios de la Segunda Guerra
Mundial. Los analistas de la Casa Blanca dijeron
entonces que con esas cien mil vidas japonesas se habían
ahorrado cien mil vidas norteamericanas, que es lo que
habría costado la invasión a Japón. Son muchos los que
difieren de ese estimado. Japón estaba prácticamente
derrotado. Alemania, su socio en el eje geopolítico,
había capitulado y Hitler se había suicidado. El otro
participante en la empresa totalitaria, Benito Mussolini,
fue fusilado por los guerrilleros italianos. Las
Filipinas, Iwo Jima y Okinawa habían caído bajo control
norteamericano, Tokio estaba siendo bombardeado, la
flota imperial había sido destrozada en la batalla de
Midway y resultaba poco menos que inoperante. Era
cuestión de tiempo la rendición del Mikado.
Desde que en 1942 el
presidente Roosevelt autorizó la puesta en práctica del
proyecto Maniatan, los científicos que experimentaban
con la fisión nuclear habían advertido de las terribles
consecuencias destructivas que ello pudiera tener para
la humanidad. El 3 de mayo de 1945, Robert Oppenheimer,
el principal investigador del esquema atómico había
declarado en nombre de sus compañeros de laboratorio:
«No nos responsabilizamos con la solución de problemas
políticos, sociales y militares planteados a partir de
la energía atómica». El propio Albert Einstein, quien
había advertido a Roosevelt sobre las posibilidades que
se abrían, también llamó la atención del ejecutivo
estadounidense de la necesidad de administrar
cautelosamente el poder del átomo desencadenado.
Los Estados Unidos y
sus socios británicos ya habían perdido la sensibilidad
ante esta destrucción masiva de vidas humanas. Los
bombardeos a la ciudad alemana de Dresde, en febrero de
1945 habían causado 245 mil muertos en dos días de
martilleo incesante de la aviación aliada. Una guerra
que había causado veinte millones de muertos rusos, seis
millones de polacos, cinco millones de alemanes y dos
millones de japoneses más seis millones de judíos, no
iba a conmoverse con la perspectiva de unos cientos de
miles de víctimas asiáticas añadidas. Por ello el 9 de
agosto se lanzó una segunda bomba atómica sobre la
ciudad de Nagasaki provocando la muerte de otras decenas
de miles adicionales.
Hiroshima ha quedado
como el símbolo de la bestialidad militarista de la
estupidez sin sentido, de la insania destructiva que se
apodera de los gobernantes cegados por la obsesión
triunfalista y el afán de conquista. Algo similar a lo
sucedido recientemente en Iraq donde cegada por la
ambición petrolera la administración republicana de Bush
desencadenó la destrucción de un país, de vidas humanas,
de su patrimonio cultural. Pese a sus pregonadas
tradiciones democráticas, Estados Unidos han procedido
de acuerdo a estas normas destructivas en Panamá, Santo
Domingo, Cuba, Nicaragua, El Salvador, Guatemala,
Afganistán y Palestina, por mencionar solo unos pocos y
recientes casos.
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