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Carlo
Borbolla:
de los órganos de baile a la escuela de piano cubana, un
precursor
Miviam
Ruiz Pérez |
La Habana
«Carlo Borbolla
constituye el caso más extraordinario de la música
cubana contemporánea. Todo es singular y digno de
atención en este compositor: su formación, su
trayectoria al margen de los itinerarios propuestos al
artista criollo, su vida, sus actividades, su obra.»(1)
Así comienza Alejo
Carpentier su semblanza del compositor Carlo Borbolla
(1902 – 1990), en el libro La música en Cuba,
editado en 1946.
«Descubierto» por sus contemporáneos
(2)
en 1944, durante una audición de sus
Cuatro Sones
Cubanos para piano, publicados en París en 1929;
el
conocimiento sobre el Maestro, aún pasada una centuria,
se limita a exiguas ediciones de su
música didáctica y a una
escueta literatura; a las cuales se unen ahora,
felizmente, las grabaciones de algunas de sus danzas y
sones, traídas a la vida por el espíritu promotor del
pianista Ulises Hernández
(3).
Estos hechos esbozan solo un mosaico de la intensa
palestra de
una vida fructífera y
creadora, que se nos revela cuando nos aproximamos a
este caso extraordinario de la música cubana del
siglo XX e intentamos descorrer el velo de lo inédito, a
través del estudio de los apuntes, manuscritos, cartas y
un extenso catálogo de obras que del músico cubano se
atesoran en los archivos del Museo Nacional de la Música
de Cuba.
Sobre aquel
descubrimiento de Carlo Borbolla nos cuenta el cronista:
Hilario González,
el joven compositor cubano, es el autor del
descubrimiento. Un día me trajo un cuaderno de música en
cuya portada se leía este título: Cuatro Sones Cubanos,
por Carlo Borbolla (…) Uno de ellos está dedicado a
Louis Aubert (músico que por aquellos años disfrutaba de
gran fama en los círculos de la Escuela Normal de
Música), otro a Manuel Ponce, el compositor mexicano que
publicaba entonces su «Gaceta Musical» a orillas del
Sena… Pero del autor de estas obras nada sabemos. ¿Dónde
estudió?... ¿Dónde se formó?... ¿Vive aún?... A pesar de
la caprichosa ortografía de su nombre, es cubano (…)
Para escribir «Allá en Oriente, Má`Teodora», para
escribir «Un son entre las palmas», le fue necesario
haber nacido en Cuba y tener un profundo conocimiento de
nuestros ritmos y, más que nada, del espíritu de
nuestra música (…)(4)
Este
alentador encuentro con los compositores del Grupo de
Renovación Musical y la intelectualidad habanera
progresista del momento hace que
Carpentier sitúe el
«inicio de la historia del compositor» en dicha
fecha; momento hasta el cual la labor de Borbolla, desde
su llegada de Francia en 1930, donde cursó estudios
musicales, se había limitado geográficamente a
Manzanillo, su tierra natal. Sin embargo,
para la fecha del
sorprendente descubrimiento el compositor contaba ya con
una creación plena de ritmos y géneros que atestiguan
sobre un espíritu y un credo definidamente nacionales
«servir a la cultura cubana»
(5).
Espíritu musical profundamente cubano que va a impregnar
toda su obra y que no escapa de la suspicaz mirada del
genial escritor, que desde la primera audición de los
Sones intuye lo que aún hoy, para muchos, está por
descubrir.
De los Sones Cubanos
Carpentier expresara:
«muchos constituyen verdaderas toccatas en que lo
cubano es expresado sin esfuerzo alguno, con
procedimientos de escritura clásica.»(6).
Desde su más temprana
infancia estuvo Borbolla vinculado a la cultura musical
de su pueblo. Nacido en el seno de una familia de
comerciantes, creció viendo surgir y desarrollarse el
negocio de la adquisición y el alquiler, la construcción
y el cuidado de los órganos de baile; en el que los
Borbolla fueran precursores y al cual lo ligarían, por
el resto de su vida, lazos más profundos y espirituales.
Para la fecha en que
fuera revelado a la sociedad musical habanera, Borbolla
no solo había estado siguiendo el negocio de órganos que
desarrollara su padre desde inicios del siglo XX; sino
que había logrado sustituir el repertorio de polkas,
mazurkas y valses de los cartones perforados importados
de Francia, por una música raigalmente cubana: rumbas,
sones, pregones y danzones que hacen un total de 54
piezas, escritas entre 1937 y 1951, a las que él mismo
llamó organerías y que estaban destinadas a
amenizar cuanta fiesta se realizara en el pueblo de
Manzanillo y sus alrededores, a esparcir la tradición
del órgano de baile acompañado de otros instrumentos,
también enraizados en aquellas regiones, como los bunga,
(7) y a llegar a ser, al paso
del tiempo, una de las más atractivas tradiciones que
integran el acervo cultural cubano.
Haber nacido y vivido
en Manzanillo, ejercer el oficio de constructor de
órganos de baile y el haber tenido la posibilidad de
beber directamente de las fuentes de la música más
cercana a la «… rítmica sutil, deliciosa,
peligrosísima con su síncopa constantemente oculta pero
latente y característicamente eminente; de ese sincopado
suave que apenas sin notarse existía dentro de la maraña
de su famoso ‘cinquillo’; ese cinquillo de los boleros,
danzones, rumbas, de casi toda la música cubana; de toda
esa galimatía criolla sin pies ni cabeza, que no
entendía nadie, salvo el que pisaba firmemente tierra
criolla: que solamente la tocaban, con brío y malicia,
los músicos de la chusma y de los guateques …»(8)
sería decididamente lo que haría que, luego de sus
estudios en París y de su conocimiento profundo de la
cultura musical europea universal y contemporánea, el
compositor Carlo Borbolla compusiera sus Cuatro Sones
Cubanos para piano, en los cuales la intuición de
otro cubano real y maravilloso sintiera
un profundo conocimiento de nuestros ritmos y, más
que nada, del espíritu de nuestra música.
A
los Cuatro Sones…, y su descubrimiento, siguió la
inserción del compositor manzanillero en el mundo sonoro
de la capital habanera, en la esfera más progresista de
la cultura musical y artística de su época
(9). Esta vez Borbolla asistió
nuevamente de forma precursora, desarrollando
inquietudes pedagógicas latentes en él desde muy
temprano.
«... a través de mis observaciones sobre la enseñanza
musical aplicada en nuestros centros musicales notaba
siempre la ausencia absoluta de nuestra verdadera música
autóctona. La escuela musical en Cuba negaba su atención
a lo popular o nativo pero tenía, como parte de su
enseñanza, el estudio del folclore musical de varios
países... pero de Europa.»(10)
Entre las figuras
destacadas en la pedagogía musical en Cuba se
encontraban Joaquín Nin, María Muñoz, María Jones de
Castro, César Pérez Sentenat, Diego Bonilla, José
Ardévol, que integraban los claustros de los más
importantes conservatorios. No obstante, en el plano
específico de la enseñanza plasmado en el contenido de
disciplinas como Historia de la música, Armonía, el
Estudio de las formas y la ejecución pianística aún
primaban los enfoques eurocentristas, con el único
atisbo progresista del Conservatorio Hubert de Blanck
que para esa época extiende el estudio histórico de la
música cubana hasta la figura del compositor cubano
contemporáneo Amadeo Roldán.
En sus ideas acerca
de la enseñanza musical en Cuba, escritas en 1934
Borbolla se refiere a la necesidad de un método para el
estudio de la interpretación de la música cubana,
catalogada entonces por la academia como intocable:
«... Intocable
porque la escuela europea con toda la montaña de métodos
y sistemas no tenía uno para poder tecnificar su
asimilación. No existía tratado para hacer tragar esa
rítmica sutil, deliciosa, peligrosísima con su síncopa
constantemente oculta pero latente y característicamente
eminente.»
Hacia la década del
50 estas ideas han madurado en la mente del compositor,
que además ha encontrado el marco propicio, para
emprender una línea creativa en su quehacer compositoral
que será la respuesta a las tendencias eurocentristas
imperantes en la enseñanza musical.
Dentro de la creación
musical de Carlo Borbolla, que abarca aproximadamente
unas 450 obras, se dibuja una línea enmarcada entre 1954
y 1983 con objetivos
acentuadamente didácticos: Ejercicios en ritmos
cubanos No. 179 (1954 y 1955), Cinco
cuadernos seriados: Pre-Rítmica Cubana, Rítmica
Cubana Vol. I Mis primeras síncopas, Rítmica Cubana Vol.
II Música de mi guateque, (1955); Rítmica Cubana Vol.
III Ritmo en los dedos (1956) y
Rítmica Cubana Vol. IV Sonatinas (1957),
Juguetería Cubana ( 1973) y 24 Estudios Cubanos
(1945-1983).
Puestas en la
práctica docente desde el mismo momento de su creación
las Rítmicas del compositor manzanillero han
trascendido hasta nuestra actual escuela. En las mismas,
Borbolla logró sistematizar los principios didácticos y
concertar las dificultades técnico-interpretativas de la
música cubana y las de la escuela pianística occidental
para hacer asequible y digno de expresión el acervo
musical de nuestro país. Estos cuadernos contienen
indicaciones metodológicas: objetivos, aclaraciones
teóricas acerca de los compases, las duraciones, las
equivalencias, los ritmos, el tempo, el metrónomo, la
técnica, los esquemas y los ejercicios preliminares, en
los cuales se conserva el orden gradual de las
dificultades. Todo lo cual dota los cuadernos de un
contenido estrictamente didáctico.
Las tareas nacionales
musicales planteadas por el compositor se expresan en un
lenguaje universal, que utiliza tanto recursos
polifónicos, o aquellos de la armonía romántica, como
los que emanan de la sonoridad contemporánea europea;
conjugados con los motivos rítmicos, característicos de
la música cubana donde son constantes el trabajo con el
tresillo, el cinquillo y la síncopa. Todo ello, junto a
la introducción gradual en peculiaridades entonativas
nacionales, contribuye al
logro de la singular atmósfera polirraigal propia de
nuestra música.
Un ejemplo concreto
de lo anterior lo escuchamos en «Sonatinas» de la
Rítmica IV, en la cual lo cubano se imbrica
perfectamente en un género y sus leyes tradicionalmente
occidentales sin irrumpir o contrastar abruptamente
sino, «colándose» entre la elaboración melódica y
rítmica y un sutil trabajo en cuanto a la esfera
semántica de las estructuras, donde las tradicionales
partes de la sonatina clásica conservan su carácter a la
vez que amplían su horizonte entonacional, a partir de
la incorporación de las fuentes genéricas nacionales
cubanas.
Inevitablemente, las
Rítmicas de Carlo Borbolla son, junto a sus
Cuatro Sones Cubanos y a sus Organerías,
aquello que dibuja de manera más precisa el carácter
multidimensional de su quehacer creacional y también lo
que ha llegado de forma más sonada (con toda la
acepción de esta palabra) hasta nosotros. A través de
todas ellas, el compositor se nos aparece de forma
original y precursora: con los Cuatro Sones Cubanos,
en 1926 inaugura, junto a Roldán y Catarla, una etapa
mágica en la historia de la música cubana, etapa que, al
decir de Edgardo Martín, fue «…intensa, variada,
explosiva…y de grandes definiciones»
(11).
Con sus cuadernos de Rítmicas
Borbolla dota en su momento a la escuela de piano
cubana de un método necesariamente propio. Por su parte
las organerías del compositor manzanillero principian,
promueven y son en sí mismas una de las tradiciones más
autóctonas de nuestro país.
Finalmente, todas
estas obras/facetas borbollanas constituyen
elementos, particulares y significativos, que confluyen
en la proyección de las formas y procesos de la
identidad nacional cubana; en los cuales Carlo Borbolla
fue inevitablemente un precursor.
Notas:
1. Carpentier, Alejo. La Música en Cuba,
p.270, México, 1946.
2. Hilario González, Julián Orbón,
Edgardo Martín, Antonio Quevedo, María Muñoz de Quevedo
y el propio Alejo Carpentier.
3.
Nos referimos al CD
Dansoneos,
recientemente
premiado en el CUBASDISCO 2003.
4. Carpentier, Alejo
Un músico desconocido, en Rev. Musicalia, 8
de agosto, 1944.
5. De sus
Apuntes, en los cuales Borbolla reafirma constantemente
esta idea.
6.
Carpentier, Alejo.
La Música en Cuba, p.272, México, 1946.
7. Bunga: conjunto instrumental llamado así en
Manzanillo y zonas aledañas, compuesto por tres,
guitarra, bongoes y voces.
8.
Borbolla, Carlos, de sus Apuntes, marzo, 1954.
9. El contexto
ideoestético en el momento de la inserción de Borbolla
en el medio musical habanero se caracterizaba por la
existencia de una esfera de artistas, intelectuales,
músicos y pedagogos que, sintiendo en lo más hondo el
espíritu de cubanía, proyectan una actitud contestataria
a la oficialidad cultural del momento. Es importante en
este punto el hecho de que las fuerzas progresistas de
la cultura se nuclean con objetivos comunes a partir de
los cuales irradian tanto hacia la esfera de la creación
musical, como hacia la pedagógica.
10.
Borbolla. Carlo.
Apuntes, Manzanillo, 1934.
11.
Martín, Edgardo.
Panorama histórico de la Música en Cuba.
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