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Zoila Sablón | La Habana

El próximo año se celebrará el aniversario cuarenta de la revista de teatro latinoamericano Conjunto, adscrita a la Casa de las Américas y fundada por el dramaturgo Manuel Galich.

Hace algunas semanas la Casa dedicó su espacio habitual Café Concert al papel del actor y para ello convocó al director de Argos Teatro, Carlos Celdrán y una representación del equipo de Roberto Zucco, entonces no estrenada aún. La Dirección de Teatro había previsto presentar en ese momento el no. 128, abril-junio de 2003, de Conjunto. Varios obstáculos impidieron ese lanzamiento; lo que habría sido un buen colofón para el diálogo que sostuvo Argos Teatro en la Galería Haydée.

Este número más reciente de la revista ilustra su hermosísima portada con una imagen en la que aparece un actor de Teatro La Candelaria en un pasaje del espectáculo En la raya, llevando un caja de madera, muy pesada, donde puede leerse la palabra «Frágil», al bajar la vista nos topamos con el lema que hilvanará las páginas de la publicación: Territorios infinitos del actor y para rematar el texto dramático Míster Soul, de Raquel Diana, actriz, directora y dramaturga uruguaya, miembro de El Galpón desde hace casi veinte años.

Los territorios infinitos del actor divergen y coinciden con la participación intelectual de una veintena de artistas, entre investigadores, profesores y críticos que abordan el tema desde diversas aristas.

El equipo editorial de Conjunto lanzó a un grupo de actores un puñado de preguntas relacionadas con el sentido del actor en el teatro contemporáneo, los caminos a seguir entre texto, representación y nuevas maneras de asumir el teatro, la definición de actor, cuáles son los métodos de trabajo, sobre el performero y sus vulnerables fronteras.

Testimonios de actores del continente, junto a textos de teóricos e investigadores de esta zona del teatro, siempre la más sensible a indeterminaciones y subjetividades radicales, conforman la arquitectura visceral de este número.

A mi juicio, lo más interesante de esta entrega es cómo se van tejiendo las múltiples posiciones y nos ofrecen una variedad que no solo pasa por la experiencia de cada actor encuestado, sino que también se va construyendo una mirada ética, de marcado compromiso político hacia el teatro, la sociedad, y el hombre.

Seguimos reconociendo, al final de las páginas, el sacerdocio del actor, el mundo también como representación, el actor resistente, el mago, el oficiante, el político, el actor investigador. También la paradoja entre humildad y egocentrismo; los maestros que continúan marcando la escena contemporánea: Artaud, Antoine, Barba, Grotowski, el eterno Stanislavsky, Brecha, Meyerhold.

Amplias páginas se le reservan al maestro brasileño Antunes Filho, a su metodología, y en especial a su herencia viva a través del Centro de Pesquisa Teatral; se recogen sus bases teóricas que se ven atravesadas notablemente por el legado artudiano.

Resulta imprescindible en este recorrido por la construcción de la arquitectura total del actor, visitar la experiencia del Odin Teatret. En primerísimo lugar por el diálogo vivo que ha mantenido el grupo danés con Latinoamérica. Aquí Ian Watson enfoca hacia el entrenamiento barbiano en la solidificación no solo del actor, sino también del concepto de grupo.

Una zona de notable impacto en la revista la ocupan los textos críticos de Elly A. Konijn, Lorraine Pintal y Franco Ruffini, tomados de Les chemins de l’acteur. Former pour jouer, compilado por Josette Féral, y traducidas especialmente para este dossier, según se acota en la página inicial de este número.    

En Konjin podemos acceder, bajo el título Emociones del actor. Teoría de las emociones-tareas, a lo que según se apunta la profesora holandesa resulta de«la relación entre el actor y su personaje», y la posible «vinculación de la representación de las emociones de la obra, en diferentes teorías de actuación, como el método de las acciones físicas o la interpretación brechtiana, a los análisis psicológicos corrientes de las emociones tal como se sienten en la vida cotidiana».

Franco Ruffini, por su parte, conduce la mirada hacia el sentido de la verdad del actor por medio de un camino que toca puerto seguro en Stanislavsky y Copeau. «La sinceridad no es lo contrario de la mentira. Se puede creer en la ficción, pero no se puede creer en la mentira. Si la ficción es sincera, se convierte en verdad».

Más adelante Ruffini asegura: «Esta es la verdadera paradoja del actor. En realidad de la vida, fuera de la escena, se cree en algo cuando es verdad. En escena, algo se convierte en verdad cuando los actores y los espectadores creen en ello al mismo tiempo».

Continúa el actor en la palestra cuando el cuerpo principal de la revista concluye con la entrevista de Marilyn Garbey al actor chileno radicado en Alemania, Álvaro Solar, quien recientemente presentó en Cuba, por segunda vez, su unipersonal Johan Paddan descubre América, basado en el texto de Dario Fo, tan aplaudido en el pasado Festival de Teatro de La Habana, 2001.

Esta entrega 128 anuncia en sus momentos finales las publicaciones recibidas en su sede, y también en su habitual «Entreactos» otea el horizonte de lo acontecido en la Isla y en algunas latitudes de América Latina, donde destaca la lectura de Lisístrata en la Galería Haydée Santamaría, como un acto de solidaridad con la acción mundial que se convocó en el planeta contra la guerra contra Iraq. A las voces de muchísimos actores de varias generaciones, se sumaron los Premios Nacionales de Teatro de este año Verónica Lynn y José Antonio Rodríguez.

En la contraportada de la revista una foto del personaje de Medea, en la puesta de Antunes Filho cierra este intenso panorama sobre el actor, como paradigma en el que se unen la tradición más raigal del teatro occidental y una escuela latinoamericana que traduce, en muchas direcciones, el sentido profundo del actor y el teatro en esta parte del mundo.
 

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