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Cambia
la Tecnología:
¿Cambiamos nosotros?*
Internet, como ninguna otra invención moderna, nos pone
ante la terrible paradoja de nuestro tiempo: el
desarrollo científico vuela, mientras la sociedad sigue
viviendo su prehistoria humana. El gran reto de Internet
no es tecnológico, sino político y filosófico. Una
cuestión ética.
Rosa
Miriam Elizalde|
La Habana
Internet despierta el estupor y la adoración, según la
perspectiva desde la cual se mire, como lo hicieron en
los sublimes años 60 la generación de Bob Dylan. «Acepto
el caos, pero no estoy seguro de que el caos me acepte a
mí», alerta una de sus canciones y esta frase, hija del
asombro frente a un mundo que no se comprende —y que no
nos comprende—, es una síntesis magnífica de la relación
que se establece entre el ser humano y la red, la niña
mimada de lo que se ha dado en llamar las nuevas
tecnologías.
Demasiado se teoriza, sí, y hay quien se adelanta a la
ciencia-ficción y nos dice que en cualquier momento la
máquina nos apaga a nosotros, como ironiza Joseph
Weizembaum, un sociólogo norteamericano experto en estas
lides [1]. Alrededor de las nuevas
tecnologías gravita una literatura de tipo milenarista
que en lugar de brujas parlotea acerca de los chips, con
la misma perspectiva cultural con la que hace 500 años
se hablaba de hechicerías. Que tengamos en la boca
permanentemente a Internet no significa que seamos
modernos. Muchas veces, detrás de la manera en que se
populariza esa herramienta todopoderosa en el ámbito de
las comunicaciones y los negocios, lo que en realidad se
está transmitiendo es un pensamiento conservador y
refractario de esa nueva tecnología.
De hecho, la primera actitud de los profesionales de la
prensa ante la digitalización —y no solo en Cuba— ha
sido la de establecer una postura defensiva: tienen
conciencia de una cierta marginación en un ámbito que,
al principio, parecía exclusivo de especialistas de la
computación y de adolescentes noctámbulos, sospechosos
de ejercer la piratería informática. ¿Qué ha cambiado,
en realidad? Mucho y nada.
Mucho, porque ha aparecido un canal que inaugura una
modalidad comunicativa totalmente inédita: la
interactividad. Se funden el lector, el oyente, el
televidente y, además, cada uno de ellos, en un mismo
cuerpo, es también un ser «replicante». Es decir, la
máquina permite que se complete todo el ciclo de la
comunicación oral, escrita y visual a veces en
fracciones de segundos. Por supuesto, se ha producido
ante nuestras narices y en muy poco tiempo una verdadera
revolución que amenaza con cambiar muchas cosas.
Pero
poco ha cambiado, si lo miramos desde otro ámbito.
Ernest Hemingway, por ejemplo, es un hombre de la
Internet, a pesar de que murió en un año en que todavía
nadie soñaba con ella. Cuando tiraba la máquina de
escribir por la ventana del Toronto Star, porque un
título se le resistía y vociferaba: «no quiero
adjetivos, sino verbos; quiero hechos», nos estaba
dictando la regla número uno del lenguaje en Internet,
donde lo más importante no es la extensión, sino la
profundidad, y donde el periodista tiene el mismo rol
que en la era de Gütenberg: mediar entre el
acontecimiento y otros seres humanos, entre la verdad y
su espejo, entre la razón y la acción.
Lo que quiero decirles es, sencillamente, que estamos
ante una disyuntiva similar a la que vivieron nuestros
antepasados cuando apareció la rueda, la imprenta, la
máquina de vapor o el avión... Estamos ante el dilema de
la relación, a veces incestuosa, del hombre y la
máquina, de quién domina a quién, pero sobre todo, ante
el dilema de la creatividad y de la información. ¿Para
qué nos sirve? ¿Cómo la usamos? ¿Basta con tener una
página en Internet? ¿Internet es solo Web? ¿Quién nos
asegura que podamos tener un diálogo con otros?
¿Conocemos el universo de nuestros potenciales
receptores? ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que
significa la palabra red? ¿Son computadoras que se
enlazan para felicidad de las arcas de la Microsoft, o
son seres humanos que intentan darse la mano con otros,
que buscan voces y experiencias humanas?
El ser humano es lo único que verdaderamente importa, e
incluyo en esta consideración a los fabricantes del
soporte tecnológico que miran el futuro al ritmo de sus
ganancias. El ser humano importa, porque la Internet no
es una cosa gigantesca y anárquica, como mucha gente
imagina. No es un diálogo de algoritmos. Ni una mera
base de datos de contenidos, por más extraordinaria que
sea. Internet son millones y millones de nichos
verticales que se suman debajo de ese sombrero, y que
pueden hablar entre sí, que dialogan cotidianamente, de
manera individual o por grupos. Internet es la primera
gran herramienta igualitarista que permite que una
empresa grande (una multinacional) pueda parecer
pequeña, en tanto que una minúscula semeja a un gigante,
y que un medio local se convierte en global, y
viceversa. La Internet hay que verla como lo que es: un
canal para construir comunidades —de personas en torno a
intereses— y de serles útiles; una herramienta que es
fruto de un contexto competitivo y que en un 80 por
ciento se dirige, no al corazón del ser humano, sino a
su víscera más rentable: el bolsillo.
Por eso, este canal se transforma a una velocidad
vertiginosa —cada 18 meses aparece un producto nuevo— y
hace rato dejó de ser solo computadoras conectadas entre
sí y mensajería electrónica, para instalarse en casi
cualquier objeto que facilite el servicio a una
comunidad: un teléfono celular, una terminal de
aeropuerto, el quirófano de un hospital, un lapicero...
Estamos a las puertas de una Internet sin cables ni
fibras: todo a través de ondas hertzianas. Se estima que
en el 2004 los usuarios en el mundo de la tecnología de
datos inalámbrica sumen 13 000 millones, frente a los
170 millones que la utilizaban en el año 2000. Pero «la
forma de las cosas que vendrán» —parodiando el título de
un libro de Eliseo Diego—, no es algo que se decide en
un laboratorio, sino en la práctica de la comunicación.
Lo deciden las personas. Lo decide el usuario.
EL USUARIO
Empleo
con total responsabilidad la palabra usuario —el
sacrosanto target de los analistas de la red—, porque no
se trata de un receptor cualquiera, sino de alguien que
además de recibir un mensaje y replicarlo, lo usa. Las
empresas del mundo digital saben muy bien que Internet,
como medio de comunicación, no se guía por la lógica de
la radiodifusión para las masas. En el mundo de la Net,
los mismos usuarios pueden difundir y son ellos quienes
estimulan la aparición de la información que quieren.
Por eso, las empresas de la economía y de la
comunicación que han descubierto el gran filón de
Internet, antes de gastar un centavo en tecnologías,
contratan a expertos en marketing para que estudien el
terreno: piensan todo el tiempo, obsesivamente, en la
relación con los clientes, y solo se aventuran en
productos y servicios que satisfagan necesidades del
usuario de Internet, que no es cualquier usuario —el 61
por ciento cuenta con tarjetas de crédito. El
razonamiento es simple: quien puede pagar, manda.
Tras esta lógica aparece el concepto de «personalización
de masas»: un público masivo, para un producto no
masivo, sino personalizado. Esto es muy importante para
nosotros, porque estamos habituados a hablarles a todos
por igual, a multitudes, sin diferenciar el lenguaje
para unos y otros. Ahora mismo está ocurriendo algo sin
precedentes: las empresas del mundo digital abordan a
las «masas», a la población, de un modo nuevo: se
responde a las demandas de información específicas de
cada usuario en particular. Es un modelo que tienden por
definición a eliminar los referentes comunes, a
individualizar, a dirigir el mensaje por perfiles:
demográficos, profesionales, culturales, económicos. Las
empresas encaran a la Internet como si fuera clientocéntrica,
como un mercado de mercados personales —el mercado de cada uno. Por supuesto, sacándole todo el
partido posible a lo que ha sido la regla de oro de la
publicidad: la síntesis gráfica. La razón es muy
sencilla: en Internet el tiempo vale dinero. La gente
mira —le bastan siete segundos—, y si lo que ve no es digno
de atención, le quedan todavía 800 millones de páginas
por explorar. ¿Adónde emigrará? Allí adonde sienta que
le hablan mirándole directamente a los ojos.
Por eso, la frase más conocida en la red —atribuida a Picasso— es «Yo no busco, encuentro». El encuentro es,
por así decirlo, anterior a la búsqueda: no hay más que
conectarse a la Internet y cualquier «home» o portada
que incorpore por defecto el navegador ya nos ofrece
infinidad de «bits» de información que, muy
posiblemente, no nos interesen en absoluto… ¿Qué decide?
La creatividad, que en Internet supone un
distanciamiento de la manera en que hasta ahora hemos
concebido la comunicación. En vez de decirnos
constantemente «tenemos una verdad que todo el mundo
está esperando», respondámonos una pregunta muy
sencilla: ¿qué podemos hacer para satisfacer una
necesidad, para ofrecer una solución a un grupo concreto
y para ayudar a reducir esa intoxicación por sobredosis
de información que es el mayor enemigo del navegante de
la red?
Visibilidad no es solo presencia en las arañas digitales
de la Red, como a veces se piensa. Visibilidad es
responder otra pregunta clave: ¿Por qué nos
seleccionarían a nosotros entre 800 millones de páginas
registradas en los buscadores? ¿Por qué nos leerían a
nosotros entre seis billones de caracteres de texto? (Para
tener una idea de lo que esta cifra significa, baste
decir que la biblioteca del Congreso de los Estados
Unidos, con sus 856 kilómetros de estanterías posee 20
billones de caracteres.)
El obstáculo técnico cada vez será menor, aunque en
nuestra cotidianidad —muchas veces lidiando con la
Robotron— esto nos parezca un delirio futurista. Buscar
información, filtrarla, contrastarla, editarla y
publicarla de acuerdo con su relevancia, oportunidad e
interés, era hasta ayer una facultad única de nuestra
profesión. Ya esto no permanece en el terreno exclusivo
de los comunicadores. Cualquiera puede hacerlo y en la
práctica cada día las herramientas se adaptan más y
mejor a las exigencias de los usuarios de la Internet,
cualesquiera que estos sean. Se pueden encontrar en la
red espacios para que una persona diseñe sin costo
alguno su página personal, hasta plataformas de
Content Manager System (Manager de Administración
Remota), a precios millonarios, que pueden
personalizarse e incorporar todas las novedades de la
red. Y que funcionan con la simplicidad y la eficacia de
una diligente secretaria. [2]
Uno de los mayores atractivos de Internet es su
capacidad para asimilar casi cualquier proyecto de
comunicación y diálogo, y esto obliga a un permanente
cambio, a la superación inmediata. La novedad cuenta.
Las nuevas ideas deciden. Según un estudio reciente
realizado por el Departamento de Investigación Económica
de Estados Unidos, el ritmo de aparición de nuevas ideas
en la Humanidad ha crecido de forma excepcional en los
últimos cinco años. Hace 25 mil años, eran necesarias
varias décadas para que surgiese y se aplicase una sola
idea que fuese capaz de hacer progresar a la humanidad,
mientras que en el siglo XIX, con el comienzo de la
Revolución industrial, el progreso se aceleró
notablemente hasta la media de 3 840 ideas innovadoras
al año. La media de ideas en lo que va de
siglo XXI fue
de unas 110 000 al año, básicamente asociadas a las
llamadas nuevas tecnologías.
Todo el mundo apuesta a que Internet ayude a incrementar
estas estadísticas a un ritmo vertiginoso. El tiempo
cuenta y el éxito aquí nunca llega tras la improvisación
o el azar. La Red es lógica, método y esfuerzo, aunque
desde afuera pueda parecernos anárquica y una invitación
al caos cantado por Bob Dylan. En el océano del mundo
virtual, al anarquista nadie lo ve, como no se distingue
una ola de otra en un mar encrespado. Prácticamente en
todos los foros internacionales relacionados con la
Red, se ratifica el concepto de que la comunicación es
un hecho histórico y cultural, que puede ser
construido. Si usted no lo intenta, no se preocupe:
otros lo harán. Cada día se registran en Internet 10 000
nuevos sitios.
El caso Google es paradigmático, un clásico de la
importancia de llevar a la práctica conceptos y no
dejarse deslumbrar (o amilanar) por la técnica. Dos
estudiantes de la Universidad de Standford, Segey Brin
(23 años) y Larry Page (24) crearon un sistema de
búsqueda casi perfecto, después de estudiar las virtudes
y los defectos de todos los buscadores que existían en
la red en 1997. Le llamaron Google, por la palabra que
en inglés significa «10 elevado a 100». La primera gran
diferencia con respecto a los demás buscadores estaba en
el diseño: una pequeña ventana, con una gran economía de
recursos y ninguna publicidad. En poco menos de un año,
el proyecto terminó convertido en el buscador número
uno de la red, con más de 25 000 000 de páginas
registradas y ganancias millonarias. Detrás de Google
solo hubo una máquina convencional y dos talentosos
estudiantes. Hoy tiene una plantilla de
ocho personas.
NADA HUMANO ME ES AJENO
La información solo nos hace más sabios y más sensatos
si nos acerca a los humanos. Pero con la posibilidad de
acceder a todos los documentos que necesitamos, aumenta
el riesgo de la deshumanización. Y de la ignorancia. La
clave de la cultura ya no reside en la experiencia y el
saber, sino en la aptitud para buscar la información a
través de los múltiples canales y yacimientos que ofrece
Internet.
Se puede ignorar el mundo, no saber en qué universo
social, económico y político se vive, y disponer de toda
la información posible. La comunicación deja así de ser
una forma de comunión. «¿Cómo no lamentar el fin de la
comunicación real, directa, de persona a persona? » —se
dolía José Saramago. Pronto sentiremos nostalgia de la
antigua biblioteca; salir de casa, hacer el trayecto,
entrar, saludar, sentarse, pedir un libro, tenerlo entre
las manos, sentir el trabajo del impresor, del
encuadernador, percibir las huellas de los lectores
precedentes, sus manos, palpar los signos de una
humanidad que ha paseado su vida por ellas, de
generación en generación.» [3] Y en
otro memorable ensayo advertía: «No nos olvidemos nunca
los escritores —y los periodistas, claro—que sobre el
papel en blanco se puede hasta llorar. Pero nunca sobre
la pantalla de una computadora.»
Internet, como ninguna otra invención moderna, nos pone
ante la terrible paradoja de nuestros tiempos: el
desarrollo científico vuela, mientras la sociedad sigue
viviendo su prehistoria humana. El gran reto de Internet
no es tecnológico, sino político y filosófico. Una
cuestión ética.
Siempre habrá fanáticos del entusiasmo que nos dirán que
alcanzamos la ribera de la comunicación total. Mentira.
Solo el 10 por ciento de los pobladores del planeta
tiene acceso a la computadora [4].
Siempre habrá apocalípticos, pesimistas profesionales,
que mirarán la Internet como un engendro diabólico.
Démosle su justo lugar a la Red: No es ni una cosa ni la
otra. Eso sí, Internet es una esperanza. Internet es en
estos momentos la vía más expedita para entablar puentes
con las redes sociales que han tejido su propio
entramado en la telaraña electrónica, y para catapultar
nuestra verdad por encima de los muros de silencio que
ha impuesto el pensamiento imperial a todo aquello que
se le resista.
Y esto es posible, además, por otro elemento del cual no
hemos hablado: en la Red no cabe la censura. Se puede
vigilar, pero no se puede impedir que alguien navegue
por donde quiera en Internet desde un país cualquiera y
mande mensajes electrónicos o los deje en páginas Web.
No hay manera de impedir que se publique lo que quiera
por Internet, salvo que se corten todas las
comunicaciones con el exterior. Pero, incluso si se
recurre a una medida tan drástica, sería insuficiente
con la telefonía móvil, que permite la navegación desde
los celulares con una tecnología, la WAP, que se
ha desarrollado en muy poco tiempo a un ritmo mucho más
acelerado que el llamado protocolo IP (la forma
de comunicación básica de la red).
Finalmente, aparece Cuba en el horizonte de la
posibilidad de una Internet solidaria. Su proyecto
tiene mucho más que aportarle a la Red, que lo que
nosotros mismos hemos sabido ofrecerle. Quiero repetir
algo que ya dije en este mismo lugar, cuando inauguramos
el sitio Antiterroristas.cu: contrariamente a lo que
afirman los ingenuos (todos lo somos alguna vez), no
basta decir la verdad. La verdad sirve muy poco en el
trato con las personas si no es verosímil, y tal vez
debiera ser esa su cualidad principal. La verdad es
apenas la mitad del camino, la otra mitad es la
credibilidad. En el caso de Internet, donde las reglas
para la comunicación no difieren esencialmente de los
medios tradicionales, la credibilidad pasa por la
aplicación de esas normas en el contexto de la
interactividad. Hay que tener muy claro que se puede
estar en la Red y existir solo para quienes diseñan y
administran la página Web.
Antiterroristas.cu y el periódico Vanguardia, de Villa
Clara, con su manager de administración creado por
estudiantes de la Universidad de Las Villas, prueban que
este país puede dialogar, tecnológicamente hablando, con
lo más avanzado que se produce hoy para navegar
cómodamente en Internet. El Quipus News de los
Chasqui es un trasatlántico, un insumergible, y hay
talento suficiente en nuestras universidades para
hacernos de una flota poderosa y resistente, tan buena o
mejor que la que cualquier transnacional pueda
proponernos. Conviviendo con la edad de piedra de la
comunicación, el futuro de Internet, desde el punto de
vista técnico, ya está entre nosotros. El reto sigue
siendo el mismo que con la máquina de escribir y la
pluma de ganso: comunicar.
No es el trasatlántico lo que hace falta, son los
navegantes. El desafío está en la marinería y en los
timoneles de los barcos. El desafío está en conocer el
mar y adivinar sus tormentas, en comunicarnos con esa
torre de babel que es el mundo y descubrir y enlazar
nuevas islas, en rescatar al náufrago y mover, si es
preciso, nuestra propia tierra para hacerla navegar mar
adentro. El desafío somos nosotros.
Citas:
1.
Joseph Weizembaum en «Usos y
Abusos de la Internet»
2. El problema
fundamental no es ni será el acceso a la tecnología
digital. Para que se tenga una idea de cómo van las
cosas, un estudio de la Universidad de Stanford da
cuenta que para llegar a los 50 millones de usuarios, la
radio demoró 38 años; la televisión, 14, e Internet,
solo 4 años.
3. José Saramago:
¿Para qué sirve la
comunicación?
4. DATOS
ESTADÍSTICOS DE USUARIOS DE INTERNET EN EL MUNDO:
Población Mundial: 6 267 262 700
Usuarios Internet (Dic/2000): 360 942 100
Usuarios de Internet (15 de julio del 2002): 590 103 094
Crecimiento de Dic/2000 a Jul/2002: 63.5 %
Los usuarios pasan un promedio de 10.4 horas en línea
semanalmente
El 76 por ciento accede a Internet desde su casa
El 13 por ciento se conecta con dispositivos
inalámbricos
La edad promedio del usuario es de 27 años
El 67 por ciento tiene entre 18 y 34 años, y son
mayoritariamente estudiantes y profesionales
El 78 por ciento pertenece al género masculino
El 61 por ciento dispone de tarjetas de crédito
*Intervención de Rosa
Miriam Elizalde, directora del Portal Cubasí, de ETECSA,
en el Festival de la Prensa Escrita, el 13 de diciembre
de 2002. |