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Suite Habana: subir más alto
 
Es una ciudad que aprendió a soñar, y a luchar por sus sueños. La mirada de Fernando Pérez no es complaciente, no entrega guiños superfluos, no es epidérmica. Su película no se encierra en los personajes, nos alcanza a todos, prefigura la ciudad.


Enrique Ubieta Gómez | La Habana

 

Las ciudades son los habitantes. En vano quieren los turistas hacer que hablen las piedras, sin conocer el alma de sus antiguos y actuales inquilinos. Las construcciones, viejas o nuevas, responden siempre más a la espiritualidad de sus vecinos que a los planos, barrocos o posmodernos, de los manuales de arquitectura. Es cierto que en toda ciudad coexisten varias ciudades. Sobre ellas puede respirarse el aire común, el ángel misterioso de la identidad. Pero la esperanza encarna de manera diferente en cada individuo.

Fernando Pérez entrega con su película Suite Habanaestrenada con motivo del aniversario 44 del Instituto  Cubano de Arte e Industria Cinematográfica—, una reflexión artística profunda sobre la vida, y descubre el verdadero rostro de algunos seres anónimos que pueblan nuestra ciudad. Las historias y los personajes son reales, pero el director no se oculta. Opina con su cámara. No juzga. Mezcla géneros, aprovecha todos los recursos expresivos para mostrar la transformación mágica de los protagonistas. No presume de un objetivismo indolente, por demás falso; reconstruye la vida y la poetisa sin convertirla en ficción. La cotidianidad, dura y tierna, aparece en los pequeños detalles que evocan la grandeza diaria. No son «triunfadores» sus personajes. Padecen el rigor de vivir en una ciudad bloqueada, en un país pobre. Pero triunfan de una manera impredecible, y saltan sobre todos los esquemas.

Al caer la noche, la palabra Revolución se ilumina en un edificio de la ciudad. Y acontece la pequeña y fundamental revolución individual de los protagonistas. El cambio es externo e interno: se maquillan, se afeitan, se engalanan, se iluminan. Todos son transformistas. Pero no se transforman para ocultarse, no juegan a una doble cara, se buscan (y se encuentran) a ellos mismos. Son auténticos. Hay un caso peculiar: lo que apreciábamos durante el día, de apariencia abúlica, intrascendente —un joven reconstructor de su propia casa—, era ya la transformación esperada. La noche revela por el contrario su identidad pública. En esa casa que reconstruyen se asoma, una y otra vez, el rostro del Che. Es uno de los símbolos. El otro es John Lennon, en su parque habanero. Unos cuidadores excesivamente celosos vigilan su estatua día y noche, bajo el sol o la lluvia. Cuidan nuestros sueños.

La bicicleta es el transporte común de todos: el arquitecto, el médico, el trabajador de servicio de un hospital, el liniero de los ferrocarriles. El pedaleo ensimismado recuerda a Madagascar, su laureado filme anterior. En este, sin embargo, los personajes están vivos. No remiten sus sueños a un lugar y a un tiempo imaginarios. Aspiran a más, pero buscan aquí, ahora, la manera de encauzarlos. Incluso la anciana que ya no sueña muestra su perfil heroico. La Habana que representan, guarda secretos de espiritualidad, de ternura, y revela caminos desconocidos. También cambia, construye y se reconstruye, vive y crea. El hijo que se va mira con dolor el paisaje entrañable que deja. Y mientras el avión muestra la bandera de su destino, el hijo que se queda, transformado, convierte un pañuelo en la bandera patria y lo pone en las manos de una niña. No hay retórica. Si la propaganda a veces se distancia de los hechos, estos misteriosamente la superan en los más inesperados e íntimos sucesos.

Los que solo ven casas maltrechas, viejos carros y rostros apesadumbrados no entienden esta ciudad, este país único. No conocen las claves humanas, individuales y colectivas de la resistencia, de la creación. No han visto cómo se estrella la furia del mar contra la ciudad-roca. En un salón de baile, en la azotea de una humilde casa, en un teatro, en una escuela, en una iglesia, en un estadio de pelota, en un centro nocturno, se cumple algún sueño cada día, cada noche, y se fundan otros. Es una ciudad que aprendió a soñar, y a luchar por sus sueños. La mirada de Fernando no es complaciente, no entrega guiños superfluos, no es epidérmica. Su película no se encierra en los personajes, nos alcanza a todos, prefigura la ciudad. La Habana, sucia, acogedora y desafiante, trabajadora y coqueta, en sus contrastes únicos de luces y sombras, vista desde el mar o desde lo alto, es la última, la más hermosa de sus protagonistas. El sueño del niño que contempla la luna junto a su padre resume el de todos (cada quien a su modo): «subir más alto». Suite Habana, logra ese milagro.

Tomado de:
Juventud Rebelde, La Habana, 30 de marzo de 2003
 

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