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LA
VIDA EN CUADRITOS
Paquita
Armas Fonseca
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La Habana |
ALBERTO BRECCIA
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CARICATURAS DE ALBERTO BRECCIA
«Alberto Breccia es el Picasso de la historieta» me dijo
el cineasta Fernando Pino Solanas en un atardecer
de diciembre de 1992. El director argentino había venido
al festival de cine de La Habana a presentar su filme
El viaje. Quienes han visto esa cinta disfrutaron
de numerosos cuadros de Breccia realizados por él
especialmente para esa película.
Solanas sentía (o siente) una sana envidia por los
historietistas: «Ellos pueden hacer todo lo que quieran,
cualquier fantasía, en el cine existen límites», dice.
De hecho el reconocido cineasta (Tango, El exilio de
Gardel, Sur...) en sus inicios fue historietista,
pero su admiración por Breccia es singular: «Él logra,
me comentó entonces, una manera muy particular de hacer
historietas, y lo importante es que nunca se ha
estancado».
Dos
años antes de aquella charla con Solanas, yo había
conocido a Breccia, también aquí en La Habana, en el
Primer encuentro iberoamericano de historietistas, que
organizó la editorial Pablo de la Torriente. Llegó
precedido de la fama y el respeto que le confieren los
cultores y amantes del comic.
Yo
encontré a un hombre dulce, más bien tímido, que vestía
con una sencillez total y que ante los ojos profanos
podía pasar inadvertido. Pero Breccia cuando hablaba
irradiaba tal sabiduría que conquistaba inmediatamente
al interlocutor.
Una de
sus primeras confesiones me asombró: «Nunca fui un
lector de historietas. Veo los dibujos y ya, no recuerdo
que haya sido un consumidor de los comics».
Famoso
en toda Europa, por sus libros de autor, era casi un
desconocido en Argentina, donde vivía, aunque con
orgullo siempre nombraba a su país de origen: Uruguay.
Su
insobornable condición hacía que «se apretara el
cinturón para vivir» porque: «Trabajo en una proporción
de diez a uno, porque hago mi historieta y después busco
editor, y como no entro en concesiones al comercio,
tengo centenares de trabajos sin publicar».
Breccia fue hasta tripero en su juventud. Lavaba los
mondongos de los animales en un matadero y en los
papeles que encontraba hacía sus dibujos. No fue hasta
la década del 50, que comenzó a ser reconocido. Por esa
época trabajó con
Héctor Germán
Oesterheld y juntos crearon Sherlock Time, personaje
emblemático del comics argentino y mundial.
En los años 70, con
su prestigio consolidándose en Europa pero con escaso
trabajo en Argentina, afirmó: «... ya no me interesa
exponer en la Argentina, porque nunca me dieron bola y
me cansé. Ya no me importa. Antes me daba mucha bronca,
pero desde hace un tiempo no me interesa en lo más
mínimo. Publico en Europa, donde me respetan. Y eso que
no tengo un estilo fácil».
Comienza entonces
otra etapa creativa en la que aparece «El informe sobre
ciegos», historieta basada en la novela Sobre héroes
y tumbas, de Ernesto Sábato. Perramus es otra
obra de esos lustros y se cruza con múltiples referentes
literarios:
El Aleph,
título de un libro de cuentos de Borges, es el lugar
donde le conceden el olvido al personaje, la ciudad
donde transcurren los primeros episodios es Santa María
invención del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti en su
novela La vida breve, de 1950 y uno de los
personajes principales de la historia es... Jorge Luis
Borges.
En 1993 realizó una
serie de acrílicos sobre cartón para exponer en París,
basados en la obra de Borges. En Informe sobre
ciegos, publicado póstumamente volverá a descubrir
su amor literario, que lo llevó a decir en más de una
ocasión que no le gustaba la historieta.
Breccia, enfermo de
cáncer quiso venir a tratarse a Cuba, pero ya era muy
tarde. Murió en Argentina y seguro que aún no se han
publicado todos los dibujos del Picasso de la
historieta.
Ahora, dejo al
lector con declaraciones de Breccia realizadas en
diferentes oportunidades:
Al referirse a sus
orígenes:
He leído mucho, es
cierto. Siempre. Pero en ese entonces yo no era culto.
Era un pibe de barrio. Me acuerdo, por ejemplo, que
cambié, cinco libritos de Sexton Blake por las obras de
Poe prologadas por Baudelaire ¿Por qué? Por instinto.
Yo empecé como
humorista. Comencé dibujando porque me gustaba, pero
vino luego una época de mucha penuria en la Argentina
que se llamó la «década infame», eso ya la define, y
dibujé porque me gustaba, sin pensar en ganar dinero y
no lo gané... Empecé a dibujar en serio y por eso copié
de forma descarada a Hogarth, no porque me gustase, que
no me gustaba nada, sino porque me venía justo para una
historieta que yo estaba haciendo; además me costó mucho
aprender a dibujar, hasta los 30 años yo era un
dibujante que... Yo copiando, intentando, sufriendo,
como hacen todos, siempre cuesta aprender a dibujar; y
se trataba de hacer esto o seguir en un matadero
rasqueteando tripas hasta morir, así que me seguía con
ello o copiaba a Hogarth, porque además el personaje que
yo hacía era un tipo a lo Tarzán, nada más
enmascarado... ya después, yo diría que mi obra empieza
un poco con «Vito Nervio», que era lo más coherente que
hasta entonces había hecho —mientras que lo anterior
habían sido tiros en al aire, para comer— y que dibujaba
con guiones de Leonardo Wadel para Patoruzito. Es por
entonces cuando hice varias aventuras para «El Club los
Aventureros» y también hice «Armas de fuego», una serie
de oeste muy moderna que se ha vendido en Europa
también. En 1957 dibujé «Sherlock Time», que marca mi
cambio, eso tal vez sea lo más fundamental, se publicó
en Hora Cero, antes de que comenzase a trabajar
para Fleetway...
Un encuentro decisivo
...el cambio hacia mi
actual forma de ver la historieta y de dibujarla... yo
estaba paseando una noche con Hugo Pratt por Palermo
—Palermo es el equivalente a los jardines del Retiro en
Madrid—, que me dijo, en un coche, «Vos sos una puta
barata, porque estás haciendo mierda pudiendo hacer algo
mejor». Me dio mucha rabia, pero tenía razón. Entonces
yo estaba edificando mi casa y necesitaba plata, acepté
una propuesta de Oesterheld que me había hecho antes y
me dio un personaje, «Sherlock Time», que era un
detective del tiempo venido del espacio, un personaje
muy extraño, en cuya realización tuve mucho éxito. Hice
unas 150 páginas y lo abandoné para trabajar en la
publicidad...
¿Innovación de estilo
o de concepto?
...no, de concepto.
El estilo es relativo. Yo no creo en los estilos, los
estilos son amaneramiento. Aquello fue un cambio de
concepto y creo que fue muy importante, porque marca un
cambio muy grande para mí. Hay que tener en cuenta lo
difícil que es moverse en el arte, sobre todo, después
de muchos años de oficio. Después vino la etapa de
Fleetway, que duró muy poco porque me cansé, y les hice
cosas del oeste. Inmediatamente después, ya en 1962,
viene «Mort Zinder». En ese período mi esposa enfermó
muy grave, se le hizo un trasplante de riñón y al final
murió, esto me hundió en todos los sentidos, moral y
económicamente. Entonces dejé la historieta, cuando ya
había dibujado 206 páginas de «Mort Zinder», porque
mientras lo estaba haciendo yo tenía que ir a los
institutos de fabricantes de remedios y pedir
medicamentos con certificado de indigencia, porque yo
ganaba entonces 4.500 pesos a la semana y mi mujer
necesitaba 5.000 pesos diarios de remedios. Entonces me
dije «se va a la puta madre que la parió la
historieta», lo dejé todo y con unos amigos fundamos
una escuela que se llamó Instituto de Arte y de la que
fui director hasta 1971; llegó a tener cuarenta y cinco
profesores, lo mejor que se podía encontrar en Buenos
Aires para cada especialidad: dibujo animado,
ilustración, publicidad, historieta, cine, etc.,
llegamos a tener 700 alumnos. Sin embargo, aquello no
caminaba, los socios se dispersaron y por último, me
cansé y me fui...
¿Para quién dibujó «Mort
Zinder»?
...no estaba pensado
para una publicación concreta, salió porque salió, y se
publicó completo, en una revista semanal que no tenía
casi tiraje, que era muy pobre, hasta que se terminó. La
primera aventura no salió nunca porque había un problema
con «Mort Zinder», cuyo argumento estuvimos discutiendo
con Oesterheld tres meses, hasta que nació como nació.
Yo me puse a buscar el personaje, pero así, en frío...
Entonces le pedí, «mirá vos comenzás la aventura, pero
hasta quince o veinte páginas que no aparezca Mort
Zinder, que aparezca el viejo, que el viejo voy a ser
yo...».
¿La fotografía?
...no, no, yo no uso
fotografía para nada. Por ejemplo, para hacer la cara de
«Mort Zinder» acabé inspirándome en un amigo, jugador de
fútbol, pero no en fotografías suyas, sino directamente:
él estaba conmigo y me cebaba mate mientras yo dibujaba.
La fotografía no la uso absolutamente para nada.
Sobre los
historietistas argentinos:
Allá hay muchachos
muy jóvenes, muy auténticos en general, que cobran muy
poco y necesitan tener otro trabajo para vivir, pero
dibujan porque tienen un enorme amor por el dibujo y por
ello se someten a las condiciones de los editores. Es la
juventud que está muy interesada por lo que se hace de
nuevo en la historieta. Pero existe un problema sobre el
que ya se ha llamado la atención y es que los dibujantes
más representativos ya no dibujan para Argentina, puesto
que no hay un mercado interior que pueda absorberlos...
[Sic]
El modo de hacer:
No se le han
despertado inquietudes al público, y así, cuando alguien
intenta hacer algo nuevo, antes por lo menos, era un
tipo que estaba jodiendo... Ese fue mi sambenito eterno.
Es mi caso y el de un montón de dibujantes que no se
conformaban con hacer siempre lo mismo. Pero ahora
parece que la juventud se ha cansado de lo de todos los
días y eso ya no lo quiere más, patea contra todo eso. Y
es esto lo que está obligando a hacer una historieta
nueva, porque no es mérito de los dibujantes, yo pienso
que el dibujante se pone al servicio de lo que el
público exige y de la calidad.
En aquellos momentos
el mercado europeo deslumbró un poco a los dibujantes
[sic] argentinos con su paga, que era poca pero muy
superior a lo que se podía cobrar en Argentina, y eso
hizo que de pronto, en quince días, los mejores
dibujantes dejaran de trabajar para la Argentina. Y eso
fue un error, porque ninguno hizo nada en Europa —no
hablo ya de Pratt, que es europeo, pero Roux... La
mayoría se limitaron a cobrar tanto por página y vender
todos sus derechos, con lo que el mercado argentino ha
quedado de cara a Europa.
¿Qué es un dibujante?
Es que hay un error
básico en todo esto. El dibujante se cree un intelectual
y no sabe que es un trabajador. Yo admiro mucho más y
respeto mucho más a un plomero que va a casa a cambiarme
el grifo y me dice «mire usted esto vale 5.000 pesos y
si no le gusta llame a otro». Y yo le digo, sí señor,
cámbieme el grifo, por favor. A un dibujante lo llaman
de una editorial, lo hacen esperar cinco días, le pagan
cuando quieren y lo basurean, y el dibujante se aguanta,
porque está en el nivel del intelectual, el hombre que
no discute precios. Pero el dibujante ha de ser un
trabajador en el momento de los precios, después será
artista.
El Che
Hice después de Mort
Zinder...mucho grafismo, alguna historieta, ilustración
publicitaria, y en 1968, la «Vida del Che» y «El
Eternauta»...bueno, con el «Che» ocurrieron las cosas
más insólitas. Lo del «Che» puede ser un show. Fue un
mal negocio desde el punto de vista económico, pero muy
lindo para hacerlo. La «Vida del Che» provocó una oleada
de opinión, sobre todo en el gobierno de Onganía,
incluso se publicó un editorial en el diario La
Nación vapuleándome a muerte. Eso provocó que la
Embajada de los Estados Unidos lo comprara y a partir de
eso la Embajada da parte al SINE —Servicio de
Información del Estado— que fue a mi casa y me hizo una
ficha. La Embajada me llamó, nos llamó para felicitarnos
y encargarnos que hiciésemos la vida de Kennedy, que no
se hizo, aunque ellos compraban la edición... Y después
el Ejército —mientras el SINE me hacía ficha como
elemento subversivo— me pidió que hiciese una «Historia
del Ejército Argentino» para repartir entre los
soldados, yo pedí un precio altísimo por página y
entonces no se hizo... (El libro del Che) salió muy poco
tiempo, terminó siendo secuestrado y quemado, también
los originales... Todo.
¿Por qué se volvió a
dibujar «El Eternauta»?
...el editor
—Atlántida— vio lo de Solano y no le convenció, entonces
quiso algo nuevo, que tampoco le convenció porque en el
último número pidió disculpas a los lectores...
¿Intervino Oesterheld?
...no, él no pensó
resumirla, porque Oesterheld es un guionista, es decir,
es un cuentista excepcional, pero no es guionista; con
él hay que hacerlo todo, hay que cortar, hay que hacer
una cosa distinta de lo que él da; él escribe mucho y no
se da cuenta de que no se puede escribir tanto. «El
Eternauta» tiene textos y textos, demasiados, y él
prolongaba la historia; entonces yo decidí cortarla,
porque si no, iba a acabar siendo muy pesada. No es una
cosa lograda «El Eternauta»... después de todo esto, es
cuando decidí volver a dibujar historieta en forma
permanente...
Ganarse la vida:
El drama de todo
dibujante es tener que ganarse la vida dibujando, eso lo
sabe cualquier chico que comienza y lo sabe el
profesional más viejo, porque el dibujo termina
haciéndose oficio, que es lo que nunca debería hacerse.
Por eso, yo prefiero hacer una atrocidad como hago para
el Corriere, aunque dibujando con honestidad. Yo no soy
dibujante con vergüenza, por eso prefiero hacer estos
trabajos, que me permiten vivir y hacer las cosas que
pueden salvarme. También, después de «El Eternauta»,
hace un par de años dibujé en libro y en colaboración
con otros autores, la historia de Evita, que no se
vendió ni un ejemplar.
¿La pintura?:
… es lo que más me
gusta, pero ya no lo hago más.
¿Por qué?:
...porque, aunque es
lo que más me gusta, no me interesa comunicarme a través
de la pintura. Ahora estoy haciendo toda la saga de
Lovercraft, la adaptación a la historieta de los cuentos
de «Los Mitos de Cthulhu», y estoy haciendo unas
experiencias así... que no sé hasta qué punto pueden ser
totales.
¿La adaptación de
los guiones son suyas?
...en algunos sí, en
otros no. Pero he buscado gente que no tenga nada que
ver con la historieta, porque un guionista, digamos
profesional, en un momento dado pierde de vista las
profundidades del tema y cae en la repetición, en el
oficio; entonces estoy haciéndolo con un muchacho muy
joven; él hace la adaptación, yo hago el montaje. Tengo
ya acabados tres episodios, 37 páginas, y todos con
técnicas distintas; la verdad, es muy libre, porque si
no sería un folletín, claro que es bastante complejo
para hacer. Entonces he tenido que recurrir a técnicas
que no son muy habituales, no con el afán de parecer
original, sino porque si no, no puedo expresarme, pero o
dibujo como lo hago y al que le guste mi dibujo que lo
compre, o no dibujo; no me interesa si mi trabajo
necesita seis películas y cuesta dos millones de pesos
el reproducirlo. Ya aparecerá el editor, aparece para
cada obra. Pero hay que decir que lo más acabado de mi
obra es «Mort Zinder», a lo mejor lo sigo, voy a
intentarlo, aunque no sé si podré llegar a eso, ¿no? No
es por no hacerlo, sino porque no sé si podré hacerlo
con esa sinceridad... o ya es una etapa quemada de mi
vida.
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CARICATURAS DE ALBERTO BRECCIA
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