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23 Y 12
Amado del Pino
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La Habana
La simple mención de
los dos números evoca una sucesión de imágenes y
referencias para cualquier habanero o visitante asiduo.
Esquina céntrica, hacia abajo, el mar se deja ver con
una franja de azul. En ocasiones la perspectiva y el sol
hacen parecer vertical el malecón, desde la distancia de
23. Hacia arriba el extenso y lujoso cementerio de La
Habana, lugar que apenas se menciona por la pertinaz
sensualidad de los cubanos, el culto al esplendor de la
vida nos lleva a reflexionar poco y rápido sobre la
muerte. Pero ahí está, casa de los antecesores,
presencia inevitable. Una amiga me decía una vez,
ponderando las virtudes del barrio del Vedado, “aquí lo
tenemos todo; cines, teatros, restaurantes... hasta el
cementerio de Colón”. También he oído a algún abuelo,
contento con su nueva casa:”Qué va, no me mudo más, de
aquí para 23 y 12”.
Rumbo al cementerio,
subiendo por 12, fue el muy recordado acto de 1961 en
el que Fidel, despidiendo el duelo de las víctimas de un
ataque imperial, previo a los sucesos de Playa Girón,
hizo público el carácter socialista de la Revolución
Cubana. Junto a la sobria placa que deja testimonio de
aquel hecho sigue fluyendo la vida cotidiana: la galería
de arte, el correo donde un joven estudiante cobra un
giro con los pesitos que le manda la familia desde “el
interior”, un anciano porta la chequera de su jubilación
o alguien recuerda la casi olvidada costumbre de
prometer fidelidad, desde la caligrafía escueta de un
telegrama.
Frente al correo, La
Pelota, esa cafetería tantas veces reparada que debe su
nombre a que años atrás funcionó allí una febril peña
beisbolera. Para mi generación, a pesar de las fotos con
jonrones o grandes fildeos que adornaban las paredes, no
significó prolongación del stadium, ni siquiera para los
que adoramos el deporte de las bolas y los strikes. Este
era el sitio de una apresurada y barata merienda para
seguir el camino o hasta para “cerrar” una noche de
incipiente bohemia. El portal de La Pelota sirve como
sitio de referencia o para vigilar alguno de los
antiguos y esquivos taxis que pueden “adelantarte” hacia
Coppelia, el Capitolio u otra parte de la agitada
ciudad.
La clásica esquina es
también, desde hace más de cuarenta años, sinónimo de
cine. A media cuadra de la esquina están las oficinas
del ICAIC y la Cinemateca de Cuba. Después de años de
asistencia irregular he vuelto al cine Chaplin con su
amplio vestíbulo y su oferta cinematográfica
generalmente rica y variada. Allí están los enamorados
que se sienten doblemente elegidos por Cupido y por el
buen gusto. Grupos de estudiantes, personas mayores que
un día, con acné y desconcierto, descubrieron a los
clásicos de la pantalla.
Regresando a la
esquina, la amplia pizzería Cineccita, con su nombre
bien puesto porque allí, viendo pasar a conocidos y
extraños por 23 y 12, se habla de lo humano y lo divino;
se recuerda o se sueña, pero casi siempre con la
certeza, la ilusión, la compañía probable de una buena
película. |