|
Mensaje de las
mayorías preteridas
LAS LECCIONES DEL
11 DE SEPTIEMBRE
Lisandro
Otero
|
México
El mundo despertó el
11 de septiembre, hace dos años, horrorizado ante la
visión apocalíptica de las ciudades de Nueva York y
Washington envueltas en llamas y humo. Los noticieros
internacionales ofrecieron imágenes del pánico
colectivo, de la histeria, el desorden, la angustia
causados en la población por los estremecedores
atentados. Los símbolos más sagrados del imperio, de su
poderío económico y militar fueron vulnerados. El World
Trade Center se desplomó totalmente y el Pentágono fue
parcialmente destruido. La isla de Manhattan fue
evacuada en su zona sur. El valor del dólar se desplomó
y aunque los mercados financieros cerraron, se pudieron
apreciar, desde Europa, fuertes caídas de los valores
bursátiles. Simultáneamente se produjo un aumento
vertiginoso del precio del petróleo. Las fronteras
fueron cerradas, todos los vuelos aeronáuticos
cancelados y los edificios públicos se evacuaron,
paralizando el funcionamiento del gobierno y las
finanzas; medidas de emergencia de tiempos de guerra.
Los agresores
seleccionaron cuidadosamente sus objetivos en esos
símbolos del orgullo nacional estadounidense para causar
una merma de la moral del pueblo norteamericano, más
severa aún que la causada por la derrota de Estados
Unidos en el conflicto con Vietnam. A ese menoscabo de
los emblemas hay que añadir la crisis de los mecanismos
de inteligencia. El gobierno en Washington gasta miles
de millones en servicios de espionaje e información. No
solamente los conocidos Buró Federal de Investigaciones
y Agencia Central de Inteligencia, sino el Departamento
de Estado, el Pentágono y el Consejo Nacional de
Seguridad, entre otros, sostienen poderosos organismos
de observación. ¿Cómo es posible que ninguno haya podido
detectar el menor indicio de lo que se complotaba?
Casi tres mil
personas perdieron la vida en el atentado. Esa pérdida
de vidas inocentes causó un repudio a los métodos
terroristas, pero más grave aún fue el terrorismo de
estado con el cual el brutal Bush respondió a la
masacre. Las invasiones de Afganistán e Iraq, el
arrasamiento de los testimonios de la cultura
mesopotámica, los asesinatos de dirigentes y
periodistas, todo ello fue el resultado cruento del
11-S.
El terrorismo
contemporáneo ha sido alentado y adiestrado por la
Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos.
Los secuestros de aviones fueron inventados por la
contrarrevolución cubana, incitados por la CIA desde
Estados Unidos. Los intentos de liberación nacional en
América Central recibieron la respuesta de los contras
que en Nicaragua y El Salvador asesinaron, dinamitaron y
destruyeron la estabilidad política en nombre de la
lucha anticomunista. Osama Bin Laden fue entrenado y
armado por la CIA para que se opusiera a la invasión
soviética en Afganistán. Los talibanes fanáticos son
hijos del gobierno estadounidense, fueron empollados y
azuzados por los servicios de inteligencia occidentales.
Estados Unidos se
enfrentó a la peor crisis de su historia con el más
inepto de los Presidentes en varias décadas. El impacto
sicológico causado se entiende porque Estados Unidos
nunca recibió en carne propia los terribles estragos de
la guerra, exceptuando la horripilante Guerra Civil.
Durante la Segunda Guerra Mundial las bajas sufridas
fueron ínfimas en comparación con los seis millones de
alemanes y los veinte millones de rusos. Los
norteamericanos destruyeron Hiroshima y Nagasaki, Dresde
y Rotterdam, sembraron de bombas el suelo europeo y las
islas del Pacífico, pero no sufrieron un simple rasguño
en su propio territorio.
Después, en la guerra
de Corea, sus pérdidas fueron diminutas en comparación
con el millón de muertos que el conflicto les costó a
chinos y coreanos. En Vietnam fue diezmada la población
civil con los defoliantes y el arrasamiento del
territorio. Los serbios han visto caer sobre sus cabezas
decenas de misiles teleguiados. Ese ataque del 11-S le
hizo conocer a los norteamericanos la terrible calamidad
que implica la guerra, que ellos estimulan en otros
territorios distantes de sus fronteras.
Aquello pudo haber
servido para que Estados Unidos escuchase a los pobres y
discriminados del mundo, a los hambrientos y
analfabetos, a los negros, los indios, los musulmanes, a
las grandes mayorías reprimidas y sufrientes que no
disfrutan de los bienes de la naturaleza. Pero en cambio
solo sirvió para desatar a la camarilla petrolera de la
Casa Blanca en su afán de dominio energético mundial. Se
acentuó el conflicto entre el llamado «mundo libre y
democrático» y los impulsores de la guerra irregular,
entre el universo pudiente, satisfecho y próspero y los
preteridos, míseros y humildes de este planeta.
|