La Jiribilla | LETRA Y SOLFA             
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
NOTAS AL FASCISMO
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

  

VERSIÓN PARA IMPRIMIR
ANTERIORES

¿Hacia dónde huyó Caruso?
 

Miviam Ruiz Pérez (*) | La Habana
 


Llegada de Caruso a La Habana el 5 de mayo de 1920.

Uno de los más grandes y famosos intérpretes de la ópera romántica italiana y del repertorio verista de comienzos del siglo XX: Enrico Caruso, llega a La Habana, capital de Cuba, el 5 de mayo de 1920.  Hecho que nos permite remontarnos a trascendentales momentos del quehacer cultural de La Habana de las primeras década de la pasada centuria e indagar en cuestionamientos como: ¿Quién fue Caruso, qué simbolizó para el público habanero de su tiempo? ¿Cómo llega a La Habana, qué hace entre los cubanos de aquella época? ¿Qué acontece en La Habana de principios de siglo un poco antes y algo después de la visita de Caruso?

El por qué Caruso es invitado a la escena operística cubana tiene razones no por obvias, menos importantes. La primera es, por supuesto, su propia personalidad. La segunda (en la que queremos enfatizar antes de abordar la propia personalidad de Caruso) está relacionada con el ambiente musical que lo solicita, que respondía al auge y desarrollo que la ópera había alcanzado en Cuba, cultivándose desde el siglo XIX (1), teniendo en su haber  excelentes cantantes e importantes compositores extranjeros y cubanos. Lo que la había convertido no sólo en el arte preferenciado por el público asistente a los teatros, sino en un negocio frugal de empresarios y asociados negociantes que patrocinaban los teatros.

Reseñando el gusto musical de principios del siglo XX, Alejo Carpentier nos dice:

«Se quería tener –si acaso- un disco de Kubelik, de Kreisler, de Pachman-ídolos del día- para poder decir «Qué bien toca!». Por lo demás sólo interesaba la ópera (…). Y es que la ópera, con su poder de seducción, con las vanidades que se le añadían- había llegado a falsear totalmente la mentalidad del público. La Donna e Mobile o el Aria de la Locura, constituían las cumbres del arte musical para el público habanero» (2).

Y prosigue:

«Mientras los autos organizaban su cotidiana gravitación de tiovivo Prado arriba, Prado abajo, se intercambiaban noticias sobre la próxima llegada al país de Paoli, Lazaro, Tina Poli Randaccio. Esa pasión llegaba al absurdo. Un famoso diletante cubano de aquellos años exhibía orgullosamente, en su casa, un cofre que contenía… 32 versiones de La Donna e Mobile  por distintos cantantes»(3).

Con tal suerte de cosas los empresarios hacían sus temporadas procurando la visita al país de los divos y divas del momento, de las compañías italianas de renombre. Por supuesto, a todo ello también se debe la puesta en escena de las primeras óperas cubanas con la firma de compositores del patio de la talla de Eduardo Sánchez de Fuentes y José Mauri, como las de Doreya del primero y La Esclava del segundo. Obras de suma importancia para la cultura nacional, sobre las que volveremos luego.

Felizmente, ambos intereses, de públicos y de empresarios, harían que cantantes de ópera tan famosos como, María Barrientos, Stracciari, Titta Ruffo, Enrico Caruso y Chaliapin, también visitaran La Habana.

Enrico Caruso nace en Nápoles, Italia en 1873. No es nuestro objetivo hacer su biografía, sólo queremos reafirmar una vez más la fama alcanzada por el Maestro de la ópera italiana tras un amplio despliegue de su genio por las más diversas geografías operísticas, asombrando con su virtuosismo, sus capacidades vocales y técnicas y su musicalidad a los públicos de teatros como el Coven Garden de Londres, Liceo de Barcelona, Landres de Praga, Real de Ostende, Bélgica (que él mismo inaugurara). En América Latina el Colón de B. Aires, Solís de Montevideo, El Lírico de Río de Janeiro, el Esperanza Iris de México.

El famoso cantante italiano es contratado para visitar la escena operística  cubana en 1920. Por aquella fecha debutaba el tenor, como tantas otras oportunidades de su carrera, en el Metropolitan de Nueva York. Recibió y negó la petición del empresario Adolfo Bracale, cuentan que la suma que pedía llegó a ser exorbitante: en realidad no por necesidad económica, ni siquiera por vanidad, lo más creíble aunque hipotético, es pensar que ya el artista iba sintiendo en su cuerpo los indicios de la futura enfermedad. Pero, finalmente, ante la obsesiva insistencia del empresario cubano, que accedió a pagarle la estrafalaria suma de 90 000 pesos, caso insólito en los anales del teatro, Enrico Caruso, símbolo de la ópera italiana cantó en los escenarios cubanos.

En cronología escrita por el museólogo José Piñeiro sobre la vida de Caruso, se recogen los itinerarios de la estancia del cantante en Cuba:

·                                5 de mayo: Llega a La Habana a bordo del barco Miami.

·                                12 de mayo: Debuta con la ópera Martha de Flotow, acompañado por María Barrientos en el Teatro Nacional.

·                                Durante el propio mes interpreta en el mismo teatro: Elixir de Amor, Tosca, Los Payasos y Carmen.

·                                En junio interpreta Aída y se le ofrece un homenaje donde canta el 3er acto de Elixir de Amor y el 1ro de Los Payasos. Recibe Diploma de Socio de Honor de la Asociación de Prensa y pergamino y medalla de oro como recuerdo de su actuación en La Habana.

·                                El día 13 de junio interpreta Aída en el Teatro Nacional

·                                El 17 del mismo mes debuta en el Teatro La Caridad en Santa Clara.

·                                El 19 en el Teatro Terry de Cienfuegos, donde interpreta Aída.

El 24 de diciembre en el Metropolitan de New York cantaría la última función de su vida: La Judía, de Halevy. En 1921, el 2 de agosto, los médicos se preparaban para intervenirlo quirúrgicamente, pero fallece en su ciudad natal.

Hasta el año 1920 fue la ópera italiana la que más se difundió en Cuba, fueron las compañías italianas las que más visitaron sus teatros. Caruso se dedicó plenamente a la ópera italiana (romántica y verista). De ahí que podamos concebir que Caruso fue, en el siglo XX, el símbolo de la ópera italiana en y para el mundo. Podemos decir entonces que a Cuba, en 1920, llegó ese símbolo.

Según algunos, el Caruso que llega a Cuba «ya había visto pasar sus mejores momentos y suplía con su experiencia y técnica la pérdida de facultades vocales» (4), se encontraba, como meses después se comprobaría al umbral de una letal enfermedad. Esto no fue obstáculo para el excelente desempeño del gran cantante que la prensa elogiaría y conmovería al público habanero. Es importante destacar que el empresario Bracale en aquella temporada contrató junto a Caruso a las principales estrellas del Metropolitan Opera House: el barítono Strachiari, la soprano María Barrientos y las más brillantes segundas partes del momento, convirtiéndose aquella en una de las temporadas más relevantes en la historia de la escena operística cubana.

La visita sería ineludiblemente guardada para la historia de esta ciudad, no solo como fuente de memorias cultas, sino también como motivo de jocosas anécdotas que se repiten hasta hoy. Tal es aquella del día 13 de junio en el Teatro Nacional, cuando el estallido petardo en un baño del teatro provocara la caída del techo del camerino, donde el cantante se arreglaba para salir a otro acto de Aída, causando tal estruendo que hiciera al gran Caruso salir corriendo del teatro vestido de Radamés. Este suceso haría que algunos cubanos indiscretos y fabuladores se preguntaran ¿Dónde se refugió el gran divo?

A conjeturar sobre los avatares de Caruso en Cuba a partir del estruendoso momento se han dedicado periodistas y escritores a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Unos relatan que efectivamente el tenor corrió hasta una calle lateral del teatro, donde lo esperaba un auto que lo llevara a su hotel. Otros, más adictos a la imaginería popular, cuentan que el Radamés de Aída salió corriendo con todos sus atavíos siendo conducido por un policía  hasta una estación, donde el italiano debió esforzarse por ser reconocido. Un clímax fantasioso y sugerente en tales elucubraciones sobre la «huída» de Caruso en La Habana llega a proponer la escritora cubana Mayra Montero en su libro Como un mensajero tuyo, editado en La Habana en el 2001. En el libro, Caruso escapa hasta la cocina del Hotel Inglaterra, cercano al Teatro Nacional, donde es amparado por una mulata. A partir de este momento se inicia un romance tropical que va más allá del amor y la pasión entre dos personas, convirtiéndose en un pretexto para adentrarnos en el fascinante mundo de esencias y raíces que se imbrican en la identidad cubana, que constituyen el ser cubano.

Haciéndonos cómplices de la fabulación, imaginemos al cantante italiano sumergido en esa parte de nuestra cultura musical menos traída y llevada, aún para esa época, por los empresarios teatrales y que nada tenía que ver con el drama italiano. Nos referimos al mundo que socavaba desde dentro el legado de dos siglos de predominio de las influencias europeas y que va dibujando un controvertido y rico proceso identitario que abarca las primeras décadas del siglo XX.

Entonces, ¿hacia dónde fue Caruso?: Volviendo sobre la pesquisa pensemos que quizás, hiciera su «huída» al escenario de la gestación de una urdimbre de tradiciones, costumbres, modos de hacer, de pensar y de sentir la música que respondían a las preguntas anhelantes de definiciones del cubano de principios de siglo, el cubano de la Cuba que, al decir de Ambrosio Fornet «se descubre a sí misma»: ¿Quién soy, por qué y cómo? ¿Cuál es la esencia de lo cubano, sus orígenes, su dimensión?

Las primeras respuestas estaban ya en la superficie del propio panorama operístico en el contrapunto de enfoques sobre el tema cubano que se daba entre las visiones de Sánchez de Fuentes y  de José Mauri.

Pero la polifonía era mucho más rica, más compleja en el ambiente sonoro colateral al teatro: la música popular comenzaba a ser acogida por las disqueras, aparecían  nombres como María Teresa Vera, que debutara en 1911 y grabara por primera vez en 1915. Abundaban las tertulias de los cantadores habaneros a las cuales se dice asistió el gran cantante. Caruso disfrutó su estancia en Cuba asistiendo a cuanta peña, tertulia cultural hubiera, entre ellas la que realizara la familia Pérez de la Riva, en la casa que actualmente ocupa el Museo Nacional de la Música de Cuba. Se dice también que cantó junto al pequeño hijo de Sindo Garay, al que luego le llamaran el pequeño Caruso.

En estas primeras décadas del recién pasado siglo, se ensaya el concierto inusitado de y sobre lo cubano que  resuena  finalmente con la Obertura sobre temas cubanos de Amadeo Roldán en 1925, «manifiesto, bandera, polémica y escándalo» (5);  que destella igualmente en las obras de Alejandro García Caturla; que late en la edición en París de los Cuatro Sones Cubanos de Borbolla (6): bomba de tiempo, que tras compases de espera volverá a marcar nuevos, más rítmicos y audaces, en décadas posteriores.

El entramado estético se dibuja en el criollismo, el siboneísmo, en la «rehabilitación de los valores folclóricos afrocubanos» (7). La restauración de la identidad nacional comenzaba a germinar, el cubano se reencontraba con sus raíces. Encuentro, mixtura y espíritu que tan maravillosamente atrapa Mayra Montero en las primeras páginas de su libro:

«Esta es la historia de mi madre. Una historia que empieza el Día de Reyes del año 1920. Para esa fecha ella había cumplido 27 años. Era viuda y había perdido a su primera hija. El nombre de mi madre era Aida Petrirena Chen. Yo también llevo su apellido. Hija de Noro Chen Po, un emigrante chino que se hizo comerciante en Cuba y de Domitila Cuervo, parda que, a su vez, nació de los amores entre una negra de origen lucumí, que se llamaba Petrona y un español, cuyo nombre nunca supimos, pero sí el apellido, aquel Cuervo con que reconoció a su hija». (8)

Quizás, aquella noche el gran Caruso se aventurara en la tupida maraña (9) de lo cubano, en la que se tejían inauditamente las redes de lo ancestral de las antiguas culturas africanas, chinas, españolas, de lo legado y lo llegado de la Europa del propio cantante que huye desde el teatro en el corazón mismo de La Habana ¿hacia dónde?...

Notas:
1. De 1807 data el primer intento de obra lírica, presentada en el teatro Principal bajo el título de América y Apolo, que se presentara junto a tonadillas y seguidillas de la época.
2. Carpentier, Alejo. Ese Músico que llevo dentro, T. III, p. 272, 273. Ciudad de La Habana, 1980.
3. Ibídem.
4. Depestre, Leonardo. 100 Famosos en La Habana, p. 88, La Habana, 1999.
5. Carpentier, A. Ese músico que llevo dentro, T. III, p. 278. La Habana, 1980.
6. Cuatro Sones Cubanos, 1929, editada en París por ROLLAND Pére et Fils Grav. Imp. Paris Fg.St. Martin.
7. Ibidem.
8. Montero, Mayra. Como un mensajero tuyo, p. 19, Ciudad Habana, 2001.
9. Frase que acuña Carlo Borbolla en sus Apuntes sobre la música cubana, En: Fondo Carlo Borbolla, Museo Nacional de la Música (inédito)

* Musicóloga, Investigador Agregado
Museo Nacional de la Música

 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600