JOSÉ
SOLER PUIG
Josefina
Ortega
|
La Habana
«Las campanadas del
reloj de la Catedral resonaron entre los muros
centenarios, rebotaron, cruzando el parque, en el nuevo
edificio colonial del ayuntamiento y se esparcieron
sobre Santiago».
Es raro el literato
que se consagre en su primera novela y cuando ya la
madurez del ser humano ha desgajado sus flores y sus
frutos.
Pero como toda regla
tiene su excepción, un cubano, llamado José Soler Puig,
nacido en Santiago de Cuba en 1916, obtuvo el premio
Novela Casa de las Américas 1960, en su primera
edición con su novela Bertillón 166, cuando tenía
43 años.
A los quince años
Soler se propuso escribir un cuento diario, según
confesó en una entrevista; cuentos que después quemaría
junto a otros del manojo, resultado de una disciplina de
trabajo.
Un amigo rescató de
la hoguera una de aquellas piezas destinadas a priori
a ser cenizas y, a cuenta y riesgo lo envió a un lejana
y desconocida, que lo publicó.
Soler diría después
que tal circunstancia lo alegró, sin que creyera que
hubiera llegado a algún lugar.
Sin embargo, tiempo
después, la prestigiosa revista Carteles
publicaría otro cuento, y ya entonces el joven escritor
sintió algo más que curiosidad, aunque después no
volviera repetirse el milagro.
José Soler Puig, que
como todo ser humano debía ganarse el pan de cada día
con el sudor de su frente hizo de todo un poco, que
traducido al cubano en la primera mitad del siglo XX
significa «un buscavidas»: desde recogedor de café y
billetero a vendedor de líquido de freno.
Unos cuantos años
después entregó «En el año de enero» (1963), «El
derrumbe» (1964), «El pan dormido» (1975), «El Caserón»
(1977) y «Un mundo de cosas» (1984).
Pero Bertillón 166
le dio un premio relevante, —fue traducida a diez
idiomas y en Cuba tuvo cuatro ediciones— aunque él mismo
dijera que «no era gran cosa», sino por oportuna y
aunque era la que más quería, se sentía capaz de
reconocerle los defectos. Lo cierto es que más de una
generación de cubano se estremeció con la angustia de
una ciudad atrapada entre el horror y la muerte, entre
la vida y la lucha, palpitando en cada uno de sus
habitantes que cumple su destino contra la tiranía.
Se ha dicho que es
una novela con «atmósfera» y es naturalmente porque José
Soler Puig vivió la tensión que describe y tal vez
porque además no fuera solo el trasmisor de una realidad
que más de una vez demostrara ser superior a la
fantasía.
Santiago era —y es—
un sitio repleto de luces y sombras, pero envuelto
también en una convulsa situación política que
desbordaba sus caminos.
Toda la terrible
profundidad del drama vivido por los personajes se
asume finalmente en los últimos capítulos cuando Nemesio
el pordiosero despliega una de los periódicos en donde
se daban a conocer las defunciones del día, y tras las
palabra «Bertillón 166» se escondía la verdad de los
asesinados, gente joven sobre todo.
«El sordo entregó el
periódico al gordo. Se volvió a su puesto, en la
escalinata. Por la calle, pasaba la gente con la misma
cara seria, la misma angustia.
¡HASTA CUÁNDO SEÑOR!
»
José Soler Puig amaba
su Santiago, por eso nunca salio de allí sino para
regresar siempre y tal vez sus personajes deambulen por
sus escenarios como fantasmas buenos que protejan a los
que hoy viven en otras circunstancias, llevados de la
mano del propio autor, también transitando como luz y
sombra, por las calles de una ciudad hermosa y
legendaria a pesar del horror de un «Bertillón 166».