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EL PALPITAR DE SITIO YERA

Zoila Sablón | La Habana

No sé exactamente si Sitio Yera se encuentra en el corazón mismo del Escambray. Puedo decir que ahora su extraordinaria geografía física no es lo más significativo. Sitio Yera, de hecho, se localiza en una geografía común, en un lugar más cercano para todos que la distante cordillera que parte a la Isla en dos. Sitio Yera, como tantos otros «sitios» está en el mapa teatral de Cuba gracias a la gestión y vocación de un grupo de teatreros que ha mirado dentro. Pálpito y su director Ariel Bouza junto al actor Maikel Chávez, quien completa la nómina de este grupo habanero, tienen el extraordinario lujo de contar con un espacio de trabajo propio, exclusivo, pero no excluyente. Se trata de una casita en la comunidad de Sitio Yera al final de un camino abrupto, escoltado por las laderas de la cordillera escambrayana, treinta kilómetros arriba, después de Manicaragua, en la provincia de Villa Clara.

En colaboración con el grupo Los Colines, que lidera Ramón Silverio, también director de El Mejunje, en Santa Clara, Ariel ha decidido nombrar a este nuevo proyecto Buenaventura. De antemano sabemos, que esta palabra trasciende las peripecias y obstáculos naturales que esta buena aventura tendrá. Que un grupo capitalino apueste por una experiencia de esta naturaleza es un incentivo, visto de cualquier modo, y nos obliga a repensar que el teatro comunitario, en las zonas más intrincadas, reverdece. Por supuesto que una gaviota no hace verano. No hablamos aquí de un movimiento ni una ola de teatristas a las montañas o a regiones de difícil acceso; afirmarlo sería completamente falso. Pero, este tipo de proyectos, no hay que dudarlo, abre una puerta que pensábamos medio cerrada ya en la historia del teatro profesional del país. Nos encontramos con una posibilidad en la que el teatro no había probado más suerte desde el segundo lustro de la década anterior. Después de algunas experiencias, permanentes las menos e itinerantes muchas, el teatro comunitario en Cuba se destacaba más por una manera de hacer el teatro que no cruzaba las fronteras físicas y temáticas de su entorno de producción; o al menos la estancia en las comunidades donde se trabajaba de conjunto era muy breve. Me detengo aquí para comentar algunos ejemplos de este tipo de experiencia en otras regiones del país: en Guantánamo, a partir de la experiencia de la Cruzada Teatral y gracias a su práctica, el actor Ury Rodríguez labora con un grupo de campesinos en Dos Brazos; también Teatro Andante, con sede propia en la ciudad de Bayamo, ha desarrollado un proyecto que incluye largas estancias en la comunidad de Cabecera, en la cuenca del río Cauto; o la actividad de Teatro de los Elementos, en El Juvero, en Cumanayagua; y el grupo Teatro Escambray enraizado desde 1968 en esa cordillera. Son éstos algunos ejemplos a los cuales ahora se suma Buenaventura. Pálpito activa esta práctica, y lo hace de una nueva forma. Una zona del trabajo del grupo, que no dejará de producir espectáculos también para sala, se dirigirá, en colaboración con Los Colines, colectivo que domina muy bien ese territorio central, hacia la creación de puestas en escena más ligadas, por su temática y su planteamiento formal, a esas comunidades.

Para Ariel Bouza, conocedor profundo de la cultura campesina e hijo legítimo de esa zona, le resulta natural este discurso. De hecho, ya En proscenio abordó hace algunas semanas la estética que ha desarrollado Ariel desde la fundación de Pálpito en los noventa. Si el grupo siempre había tomado como recurso expresivo y también de estructuración dramatúrgica, el elemento campesino de la controversia, visto de igual manera en el nivel conceptual del diseño de la escenografía y de los personajes; con Buenaventura ello encuentra un espacio de diálogo excepcional. De esta forma, Ariel, que no se mudará para Sitio Yera totalmente, brinda un espacio que también sirve de taller, de lugar de intercambio, de trabajo, tan escaso en los circuitos urbanos establecidos.

Haciendo el viaje de un Yera a otro Yera, inició Buenaventura su travesía. Con la pieza Juan Quinquín en Pueblo Mocho, del notable escritor villaclareño y universal, Samuel Feijoo, nacido en el Yera de San Juan de los Yera, el trío Maikel-Ariel-Silverio inauguró esta nueva experiencia teatral.

En el circo de Juan Quinquín que nos propone Ariel reconocemos de igual forma los códigos con los que el grupo siempre ha trabajado. A pesar de ser un espectáculo concebido para espacios abiertos y que ofrece una precariedad en su estética y en la concepción de los personajes, relacionada con el concepto de la propuesta, al montaje le falta una frescura y simpatía típica de la novela de Feijoo y de los personajes que propone su director.

No obstante, con Juan Quinquín se da inicio a una buena aventura que, gracias a Pálpito y sus colaboradores, encuentra un punto en nuestro mapa teatral.

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