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Bladimir Zamora Céspedes | La Habana

EL UNIVERSAL SONERO DE SAN LUIS
 

Música de Ibrahim Ferrer en La Jiribilla.

Una tarde de 1997 conocí a Ibrahim Ferrer, que todavía vivía en su humildísima casa de la calle Indio número 12. Hacía muy poco, por un golpe inesperado de la suerte y la iniciativa de Juan de Marcos González, había sido llevado ante Ry Cooder, que se disponía a grabar un disco en los históricos estudios de la habanera calle San Miguel, sin todavía el propio guitarrista americano saber que lo llamaría Buena Vista Social Club.

Lo cierto es que Ibrahim participó en la mayoría de los temas de ese álbum que toma su título de un danzón de Orestes López. En ese trabajo fue varias veces voz solista, participó en los coros y hasta en la percusión menor. Y no solo cantó sones y guarachas, sino que realizó su sueño de grabar un bolero. Nada menos que «Dos Gardenias» de Isolina Carrillo.

A pesar de que en Buena Vista Social Club participan otras importantes figuras de la música cubana, que ya por aquellos días disfrutaban de proyección internacional, como Compay Segundo, Omara Portuondo y Eliades Ochoa; sin dudas Ibrahim se convirtió en una de las mayores atracciones del álbum, lo cual se reforzó cuando comenzaron las giras internacionales de los protagonistas de este proyecto.


Portada de Buena Vista Social Club, del año 1997.

Como consecuencia de este éxito del músico nacido en el poblado santiaguero de San Luis allá por 1927, el sello discográfico World Circuit decide que Ry Cooder le produzca a Ibrahim un disco en solitario, que apareció en 1999, bajo el título de Buena Vista Social Club presenta a Ibrahim Ferrer, que poco después obtendría un premio Grammy. En ese disco el cantante continúa demostrando que puede acometer con eficacia los más importantes ritmos de la música cubana. Y sobre todo que es capaz de versionar con acento muy personal, grandes piezas del ayer, que habían sido popularizadas por nombres de la música nuestra verdaderamente legendarios, piénsese tan solo en una «Bruca Manigua» tan cercana a Miguelito Valdés, o en «Mami me gustó» del mejor ejercicio de Arsenio Rodríguez, o en «Como Fue», un bolero que hasta entonces nos había parecido hecho solo para Benny Moré.


En 1999 aparece Buena Vista Social Club presenta a Ibrahim Ferrer.

En el tiempo transcurrido desde el lanzamiento multinacional de Buena Vista Social Club hasta los días que corren, Ibrahim se ha convertido en un personaje aclamado en los más importantes escenarios del orbe y no por ello ha dejado de ser el hombre de carácter humilde, respetuoso y con enorme sentido de agradecimiento, que yo conocí en la calle Indio. De regreso a su tierra y a su casa, nunca los nuevos compromisos que le impone la fama, le han impedido ser el padre, el esposo o el abuelo, de naturaleza queredora. Ni ha dejado de tener el tiempo oportuno para los amigos que le acompañaron, en tiempos de menor ventura artística. Con cada nuevo éxito, contrario a olvidar sus andares anteriores, se afianza más en sus recuerdos. Su comienzo en agrupaciones santiagueras que nunca llegaron a grabar y que ahora difícilmente nadie tenga en mente; su tiempo con Chepín, el largo encuentro con Pacho Alonso, con quien llegó a La Habana como integrante de Los Bocucos, su permanencia en esa orquesta a partir de 1967, cuando ya no era dirigida por Pacho y el día en que buscando voces «más actuales», el director le dio a entender que ya su presencia no funcionaba allí. Nada olvida Ibrahim y ha todo le saca provecho, con su sabia sencillez, para andar regando lo mejor de su música por el mundo.

Este año ha salido el segundo álbum que el sello británico World Circuit le ha propiciado a Ibrahim, también con producción de Ry Cooder y la dirección musical de Demetrio Muñiz: Ibrahim Ferrer. Buenos hermanos. Este disco prueba que no siempre la frase, «más de lo mismo» tiene que entenderse con una connotación negativa. Lo digo porque con el apoyo de la dirección artística, el cantante perfila cada vez más su capacidad de recorrer cualquier perfil de la música cubana y de dar lustre de recién aparecidas, a piezas que hace mucho tiempo son parte de nuestro mejor acervo. El son «Buenos hermanos» de Miguel Matamoros, el «Guaguancó callejero» de Ignacio Piñeiro, el bolero «Mil congojas» de Juan Pablo Miranda...


Buenos hermanos es su  más reciente disco.

Otro elemento que distingue este álbum, es la inclusión de muy sabrosas piezas de la autoría del propio cantante, como «Boquiñeñe» y «Hay que entrarle a palos a ese». La banda que secunda a Ferrer en estas grabaciones, es esencialmente la misma que en otras oportunidades. Con instrumentistas como el mismo Cooder, Orlando «Cachaito» López, El Guajiro Mirabal, Amadito Valdés, Manuel Galban. Y además entran a poner más sazón al plato importantes figuras como Chucho Valdés y el Flaco Jiménez.

Ibrahim Ferrer. Buenos hermanos, como las anteriores producciones musicales de World Circuit en las que ha paticipado el sonero de San Luis, ha sido distinguido por los Grammy. Esta vez en su versión latina, al concederle el Premio como Mejor Álbum Tradicional Caribeño. Lo penoso es que los organizadores del certamen no pudieran más que la ultraderecha de Miami, a quien molestaba de manera particular que los artistas cubanos residentes en la Isla, fueran a esa ciudad a recoger los premios y presionaran a las autoridades para que les negaran las visas. Es una pena para la dignidad del ser humano y para los cubanos todos, vivan donde vivan y piensen como piensen. En medio de diferencias políticas hasta ahora insalvables, si hay un terreno donde todos los cubanos podemos tener un sentimiento común, es alrededor de nuestra cultura, en particular la de más arraigo popular y muy especialmente en torno a esas músicas, que hace tanto tiempo andan en los vientos de Cuba, como un regalo para todos.
 

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