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UN
AMERICANO EN LA HABANA
Aunque en muchos de sus textos Noam Chomsky se había
referido una y otra vez a Cuba, nunca había visitado la
Isla. Según el americano «imprescindible» o
«imprudente», como algunos lo han llamado, por la
agudeza y constancia de sus críticas al establishment
norteamericano, aunque su relación con la Isla se
remonta a los inicios de la Revolución, esa relación
había sido hasta ahora abstracta.
M. H.
Lagarde |
La Habana
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Aunque en muchos de
sus textos Noam Chomsky se había referido una y otra vez
a Cuba, nunca había visitado la Isla. Según el americano
«imprescindible» o «imprudente», como algunos lo han
llamado por la agudeza y constancia de sus críticas al
establishment norteamericano, aunque su relación con la
Isla se remonta a los inicios de la Revolución, esa
relación había sido hasta ahora abstracta. Solo existía
a través de documentos o libros de historias. De hecho,
en su familia, él es tal vez el único que no ha tenido
la experiencia de vivir o de visitar la Isla.
Para poder venir por
primera vez a Cuba, el académico norteamericano tuvo que
presentar una enjundiosa documentación para demostrar
que CLACSO, la organización que lo invitaba a participar
en una conferencia en La Habana, era una red de centros
de investigación y docencia en Ciencias Sociales que
integra a 144 centros de investigación y enseñanza de
América Latina y el Caribe, y no una especie de
pantalla del Gobierno cubano ni una enmascarada compañía
de viajes para facilitar el acceso ilegal de los
norteamericanos a La Habana. Para convencer de esto a
los funcionarios del Departamento de Estado, a Chomsky
no le quedó otra opción que presentar un informe de la
Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires que
certificaba que CLACSO era una organización inscrita
jurídicamente.
Ya con el permiso
para viajar en la mano, le advirtieron: «Bien, pero
usted no puede pagar un centavo en Cuba». Al respecto,
Chomsky presentó una declaración jurada.
A la hora de comprar
el boleto, según la agencia de viajes, el formulario
que le envió el Departamento del Tesoro de Estados
Unidos resultaba inadecuado. El profesor llamó a
Washington para pedir un nuevo formulario donde
aseguraba que no desembolsaría ni un céntimo en Cuba.
Para que el Departamento de Estado emitiera
el permiso fue
necesario demostrar, además, su pertenencia a una
institución académica en Estados Unidos: el Massachusetts Institute of Technology.
La gestión volvió a
complicarse cuando los funcionarios gubernamentales
supieron que Chomsky pretendía viajar a la Isla
acompañado por su esposa Carol Schatz. Para que ella
pudiera viajar debía realizar los mismos engorrosos
trámites.
La esposa de Chomsky
dedicó tres semanas a conseguir su permiso. Y cuando
por fin parecía que ya todo estaba listo para que el
viaje se consumara, un funcionario del gobierno envió un
correo electrónico advirtiendo que Noam Chomsky no podía
viajar a nombre de una institución, porque si surgía
algún problema era preciso saber quién sería el
responsable. El Secretario ejecutivo de CLACSO se echó
sobre sus espaldas los «problemas» y los gastos de su
invitado.
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Noam Chomsky en
CLACSO |
Sorteada la madeja de
contratiempos de las restricciones impuestas por el
Gobierno de Estados Unidos para impedir que los
norteamericanos viajen a la Isla, el prestigioso
lingüista del Massachusetts Institute of Technology,
pudo arribar por fin a la Isla para participar al evento
de CLACSO que del 27 al 31 de octubre se efectuaría en
esta capital.
UNA
CITA CON LA HISTORIA
•
Galería de fotos en el Museo de la
Alfabetización
Después de ofrecer su
conferencia magistral durante el encuentro de CLACSO, lo
primero que hizo Noam Chomsky en La Habana fue
encontrarse con la historia. A las 11 de la mañana del
día 29, el intelectual norteamericano visitó el Museo
Nacional de la Alfabetización, un pequeño local ubicado
en la Ciudad Escolar Libertad, antiguo cuartel Columbia,
sede principal de las fuerzas armadas del régimen de
Batista.
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Chomsky y su
esposa Carol en el
Museo Nacional de la Alfabetización |
Situado al frente del
antiguo polígono, y a solo unos pocos metros de la
mansión que el tirano ocupaba cuando andaba en funciones
de General, la pequeña institución atesora en sus
estantes, entre otros objetos, muestras de los uniformes
utilizados por los alfabetizadores, cartillas,
manuales, un pizarrón agujereado por las balas durante
la invasión de Playa Girón, fotos y objetos personales
de los maestros asesinados durante la campaña por las
bandas contrarrevolucionarias y los faroles chinos
utilizados para iluminar las noches en los lugares más
intrincados del campo cubano.
Noam Chomsky,
acompañado de su esposa, observó los distintos objetos
en exposición al tiempo que escuchó detalles de la
epopeya educacional cubana narrados por la Directora del
museo.
En la biblioteca de
la modesta institución, el intelectual norteamericano y
sus acompañantes se encontraron con un grupo de
visitantes de Ecuador que realizaban una investigación
sobre la experiencia cubana.
La Directora del
museo aprovechó la ocasión para decir que la campaña no
había sido hecha solamente por cubanos. En ella habían
participado un ecuatoriano y también estudiantes y
maestros norteamericanos. «En el mes de agosto de este
año, dijo la Directora, murió una de las maestras
norteamericanas que alfabetizó en Cuba».
La maestra
norteamericana, según recoge la historia, durante la
campaña no solo se dedicó a enseñar, sino que además fue
responsable de catorce estudiantes devenidos educadores.
Ella estaba en Cuba con sus dos hijos, la mayor, una
niña de doce años, también enseñó a leer y a escribir.
«Por eso, dice la
Directora, estamos ayudando a todos los que nos
soliciten asesoramiento en alfabetización para de alguna
manera contribuir a erradicar los 800 millones de
analfabetos que hay en el mundo.»
Cuba presta
colaboración en este sentido en varios países del mundo,
México, Nicaragua, Haití, Guinea Bissau y en Nueva
Zelanda.
Después, en uno de
los salones del museo, Chomsky recibió una detallada
explicación sobre la campaña de boca de uno de sus
principales protagonistas: Armando Hart, el entonces
ministro de Educación en funciones.
Hart explicó que
antes de comenzar la alfabetización lo primero que
hicieron los dirigentes del gobierno revolucionario fue
recorrer el país de una punta a la otra. En todas
partes, la gente pedía esencialmente dos cosas: maestros
y médicos.
La primera medida fue
buscar recursos para poder realizar la campaña. En la
Cuba de entonces, el 50 por ciento de los niños en edad
escolar no tenían escuelas y existían 9 000 maestros en
similar situación. Con los recursos que contaba en ese
entonces el Ministerio de Educación se podían crear 5
000 aulas. Cuando Fidel tuvo conocimiento de ello,
propuso pagarles la mitad del salario a los maestros y
crear el doble de aulas. Para llevar a cabo una campaña
de alfabetización era necesario acabar primero con la
principal fuente del analfabetismo: la falta de
escuelas.
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«Entonces Fidel
—recordó Hart, mientras Chomsky y Carol lo observaban
atentos desde sus asientos colocados en círculo
alrededor de un único ventilador—, planteó en el año
1960 en las Naciones Unidas que en el 61 Cuba sería
alfabetizada. Se creó un consejo popular de la educación
integrado por todas las organizaciones de masas del
país. Los maestros existentes sirvieron fundamentalmente
para orientar a los 100 mil maestros voluntarios y a
todas las personas que tenían sexto grado se les pidió
que enseñaran a alguien. Entonces teníamos una consigna:
«Que cada analfabeto tenga un alfabetizador, que cada
alfabetizador tenga un analfabeto».
La campaña que
comenzó el primero de enero de 1961 culminó el 22 de
diciembre de ese mismo año. En solo nueve meses, Cuba se
declaró libre de analfabetismo.
Antes de marcharse,
Chomsky y su esposa revisaron algunas de las 700 mil
cartas que los alfabetizados, de su puño y letra, le
enviaron a Fidel. A los visitantes les llamó
especialmente la atención una de ellas, una carta
enviada por un campesino de 86 años y la de una mujer de
102, así como otra que decía:
«Fidel:
Nunca me he sentido
cubano hasta que aprendí a leer y a escribir.»
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Consultando las
cartas enviadas por los alfabetizados |
EN
LA HABANA VIEJA
•
Galería de fotos en el
Instituto Cubano del Libro
Cuando Chomsky
intercambia opiniones con periodistas o lectores
recuerda a uno de esos grandes maestros del ajedrez
expertos en simultáneas. Siempre tiene una respuesta
dispuesta para cada interlocutor que procura sus
razonamientos sobre algún tema de actualidad. De hablar
parsimonioso, gestos escasos y mesurados, Chomsky
expresa sus criterios apelando a ese estilo de
argumentar muy suyo en donde su dominio del acontecer
político se alterna con una profunda sabiduría de la
historia de los Estados Unidos. No es extraño que suceda
que una sola de sus respuestas termine convirtiéndose en
toda una conferencia.
Algo así sucedió
durante la presentación del libro Chomsky en
La Jornada, —una recopilación de textos del
politólogo norteamericano aparecidos en el periódico
mexicano del mismo nombre— que tuvo lugar en el portal
del edificio colonial, antiguo Palacio del Segundo Cabo,
que hoy ocupa el Instituto Cubano del Libro, en pleno
corazón de la Habana Vieja.
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Presentación de
Chomsky en La Jornada, en el Instituto Cubano
del Libro |
Después de las
palabras de presentación de Ricardo Alarcón, presidente
de la Asamblea Nacional de Cuba, —quien, junto a Eduardo
Galeano y el recientemente fallecido escritor español
Manuel Vázquez Montalbán, es uno de los prologuistas del
libro—, y luego de una breve intervención del propio
Chomsky, el politólogo estadounidense accedió a
intercambiar con un público integrado por escritores,
periodistas, lectores o curiosos que simplemente pasaban
por una de las plazas más concurridas de la ciudad.
En esta ocasión, la
primera pregunta la hizo el novelista cubano Jaime
Saruski.
Saruski:
Hace tres días en
La Jornada salió publicado un artículo suyo que al
final decía que había sido publicado en The
New York Times. ¿Significa eso que la gran prensa
norteamericana le está abriendo el candado que durante
muchos años le ha cerrado a usted en los Estados Unidos?
Otra pregunta: Tengo entendido que usted está
estrechamente vinculado, desde el punto de vista
familiar, con una persona del país Vasco. ¿Cómo ve usted
la relación entre el gobierno de Aznar y el país Vasco?
Noam Chomsky:
No fue un trabajo
publicado en The New York Times, sino un trabajo
publicado en el The New York Times Sindicate.
Está la corporación del The New York Times y una
de sus secciones recibe artículos enviados de distintas
partes del mundo y yo tengo muchos artículos publicados
de esa manera en esa sección. Pero muy pocos periódicos
dentro de los Estados Unidos aceptarían esos artículos
para su publicación. No obstante, su apreciación es
correcta. Eso significa una gran apertura para la prensa
fundamental y es un cambio significativo en cuanto a la
conciencia. Después del 11 de septiembre, ha ocurrido
una especie de apertura en la sociedad de Estados
Unidos. La sociedad estadounidense es una sociedad muy
hacia dentro y no conoce mucho de lo que ocurre en el
exterior, ni se interesa mucho por lo que ocurre en el
resto del mundo. Esto hizo estragos en la década de los
80 cuando el tema fundamental era la guerra contra
Nicaragua. Una buena parte de la gente en Estados Unidos
pensaba que el Gobierno de Estados Unidos estaba
apoyando al Gobierno nicaragüense en su guerra contra la
guerrilla. Mi esposa y yo visitamos Nicaragua en
diversas oportunidades durante los años ochenta, porque
mi hija y su familia vivían allá. Amigos de ella,
personas educadas, suponían que nosotros íbamos a
visitar a los contras y la razón de este pensamiento
estaba en que siempre se decía que Estados Unidos
apoyaba a los gobiernos en contra de las guerrillas.
Ellos sabían que nosotros teníamos unas ideas un poco
locas y, por supuesto, seguro que íbamos a visitar a las
guerrillas.
Los ataques
terroristas del 11 de septiembre llevaron a muchas
personas a darse cuenta de que es mejor conocer un poco
más acerca del mundo y del papel desempeñado por Estados
Unidos en el mundo. Eso ha ayudado a liberar las
conciencias de muchas personas.
Un ejemplo de esto es
que The New York Times, después de las grandes
manifestaciones que tuvieron lugar en febrero en contra
de la guerra en Iraq, decía en su portada: «Ahora hay
dos superpotencias en el mundo: el Gobierno de Estados
Unidos y la opinión pública mundial» y esto incluye una
gran parte de lo que piensa de manera general la gente
dentro del país.
Desafortunadamente,
estos cambios no han tenido el alcance que debieran
tener. El caso de los cinco compatriotas cubanos ilustra
muy bien este hecho. Prácticamente nadie conoce los
detalles del caso, y la pequeñísima fracción de la
población que lo conoce, piensa que estos cinco cubanos
estaban allí para informarles al Gobierno de la Isla y
que están vinculados al derribo de la avioneta. Existen
numerosos ejemplos de cuánto nos queda por andar en ese
sentido, para que exista una comprensión realista de lo
que ocurre en el mundo y cuáles son las
responsabilidades de la gente en Estados Unidos. Pienso
que al final se llegará a un punto en que ocurran esos
cambios fundamentales.
Usted pregunta sobre
el caso de Aznar y la población española, y voy a hablar
de la población española de manera general. Esta
relación puede demostrarse con el hecho de que Aznar
decidió lustrar las botas de Bush y Blair al apoyar la
guerra en Iraq, aun cuando el 80 por ciento de la
población española se oponía firmemente a esta guerra.
El mundo se da cuenta de que él sigue las órdenes de
Texas y no toma en cuenta las opiniones de su propio
país. Después del 11 de septiembre, muchos gobiernos del
mundo, influidos por Estados Unidos, se han dado cuenta
de que tienen la posibilidad de imponer un control aún
mayor sobre sus poblaciones y aumentar la represión
interna con el pretexto de la protección contra el
terrorismo. Este es un fenómeno de alcance mundial y
desde hace unos años esta represión es aún mayor en el
país Vasco. No obstante, debemos reconocer que se han
producido acontecimientos positivos en años recientes
porque se ha logrado un nivel significativo de
independencia económica en el país Vasco, en Cataluña y
en otras partes de España. En ese sentido, España ha
sido más avanzada que otros países de Europa.
CON
Chomsky EN POGOLOTTI
•
Galería de fotos en
Pogolotti
Fundado el 24 de
febrero de 1911, el barrio de Pogolotti, fue el primer
barrio obrero de Cuba. Enclavado en el municipio
habanero de Marianao y con un 80 por ciento de su
población perteneciente a la clase trabajadora,
Pogolotti desde siempre ha tenido fama de ser un barrio
marginal. De un tiempo acá, sin embargo, Pogolotti ya no
solo es memorable por sus peleas solariegas o la fama de
sus santeros o espiritistas. El barrio ahora se
vanagloria también de sus progresos sociales y así lo
pudo constatar Noam Chomsky en un recorrido por esa
comunidad que duró gran parte de la mañana del jueves.
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En el bario de
Pogolotti |
El importante
intelectual norteamericano fue recibido por el
presidente de la Asamblea Nacional Ricardo Alarcón en la
Casa Comunitaria y del adulto mayor de 57 y 92, un
lugar, donde según la presidenta del Consejo Popular de
Pogolotti, Odalis Verana, se realizan diferentes
actividades con niños, jóvenes y adultos, pero que
dirige su trabajo fundamentalmente al adulto mayor.
Durante toda la
mañana, una y otra vez, el lingüista y politólogo
norteamericano, devenido periodista improvisado,
asediaría con sus preguntas a sus anfitriones:
—¿Hay mucha población
de ancianos en este barrio?
—Este reparto se
caracteriza por tener una gran población de ancianos y
tenemos la suerte de contar con un centro
interdisciplinario de salud. —responde la presidenta del
Consejo Popular.
—¿A partir de qué
edad se considera a una persona adulto mayor? —pregunta
Carol.
—A partir de los
sesenta…
Chomsky y Carol
intercambiaron una cómplice mirada y compartieron una
carcajada.
Pero mientras recorre
las calles del barrio ante la mirada curiosa de los
vecinos, Chomsky se interesa por asuntos mucho más
serios.
—¿Qué es un Consejo
Popular, cómo se llega a Presidente?
—Tenemos 16
circunscripciones —le explica la Presidenta mientras
avanzan caminando por el medio de la calle 55—. Luego
que se eligen sus 16 delegados, ellos determinan quién
los va a dirigir y así surge la dirección del Consejo
Popular. Son varios barrios, en el caso nuestro hay
barrios y fincas.
—¿Cuál es la función
del Consejo respecto a la vida de los vecinos? —indaga
Chomsky
—Controla, fiscaliza
las actividades administrativas, pero además aglutina,
coordina y agiliza cualquier trámite de la población.
—¿Pone servicios a
disposición de la población, tienen responsabilidad
sobre las escuelas y centros de salud?
—Sí y de las
industrias, las empresas. Todo lo que esté enclavado en
el territorio…
—¿Cuál es aquí la
principal fuente de trabajo? —pregunta el politólogo.
—La gente se traslada
a otros lugares de la ciudad, no tenemos grandes
fábricas —le dice la Presidenta.
En el recorrido
Chomsky visita, además de un centro comunitario de
conservación de alimentos, el consultorio médico que
está en la esquina de 100 y 57. El consultorio, un
pequeño apartamento de cuatro habitaciones, está ubicado
en la planta baja de un edificio.
Él y su esposa
quieren saber todo acerca del funcionamiento de este
centro de atención primaria de la salud. Luego de
innumerables preguntas sobre la lactancia materna y la
atención a las madres embarazadas, dice Chomsky:
—¿Han tenido algún
caso de desnutrición entre los niños?
—Solo uno una vez —le
responde la doctora del consultorio. Su nombre es Marta
y debe tener unos 30 años—, pero su desnutrición tenía
que ver con una patología asociada.
—¿Tienen problemas de
enfermedades contagiosas?
—Existe un grupo de
riesgo, pero es sistemáticamente atendido.
—¿Enfermedades
tropicales?
—Recientemente hubo
un brote de dengue, pero nosotros tuvimos muy pocos
casos.
Chomsky pregunta si
es muy difícil para la población el acceso a la atención
médica.
—La gente viene y se
les atiende lo antes posible —dice Marta.
—Hace poco —dice
Chomsky— tuve un sangramiento incontenible en la nariz.
Al único lugar que podía ir, era al mejor hospital de
Boston. Tuve que esperar tres horas para que me
atendieran.
—Esto es superior
—dice Carol sonriente.
ESTO NO ES EL PARAÍSO
Después de visitar la
escuela primaria Hermanos Montalvo, donde Chomsky y sus
acompañantes se pusieron al tanto de las más recientes
reformas educacionales cubanas y de visitar el Joven
Club de computación de Pogolotti, la comitiva visitó el
Centro Memorial Martin Luther King Jr.
El reverendo Raúl
Suárez, director de la institución religiosa, les sirvió
a los visitantes de guía por las diferentes
instalaciones y luego, en una de las habitaciones del
centro, informó a Chomsky sobre la historia y las
funciones del Memorial.
Sentados en un sofá,
mientras toman un jugo de naranja, Chomsky y Carol
escuchan al reverendo.
—Tratamos de
demostrar que la teología de la liberación no pertenece
al pasado porque la razón de ser del pobre todavía
existe. El esquema que nos enseñaron los religiosos
norteamericanos entró en crisis con el humanismo de la
Revolución. Antes de terminar la década del 60, el 70
por ciento de los pastores se habían ido hacia los
Estados Unidos. Los que nos quedamos no teníamos una
base teológica para responder a los desafíos que nos
planteaba la nueva situación. Martin Luther King nos
enseñó que hay suficiente base bíblica y teológica para
vivir la fe en un proyecto socialista mucho mejor que en
un país capitalista. No tenemos que decirle que creemos
en la Revolución. La Revolución es una alternativa al
capitalismo por lo que tenemos una base bíblica
suficiente para sentirnos parte del proceso
revolucionario. A veces, me emociono cuando defiendo la
Revolución, y algunos norteamericanos me han dicho: «
¿Entonces Cuba es el reino de Dios?». Yo les contesto
con los versos de una canción de un cantautor cubano que
le canta a una mujer ideal. Él dice: «No es perfecta,
mas se acerca a lo que yo siempre soñé». Cuba no es el
reino de Dios, pero ha demostrado que los ideales
cristianos pueden realizarse aquí en la tierra, que no
hay que esperar el cielo.
El reverendo le pide
disculpas al intelectual norteamericano por el sermón.
Chomsky, asiente comprensivo. El día anterior, durante
el lanzamiento de su libro en el antiguo Palacio del
Segundo Cabo, había dicho: «Soy una de las muchas
personas que alrededor del mundo ha admirado el valor y
el compromiso del pueblo de Cuba para defender su
independencia ante acciones criminales que se remontan a
muchos años.
«Ahora, ya se sabe,
cuán enorme ha sido la contribución de Cuba a la
liberación de África, a la libertad y el desarrollo de
otros países, como es el caso de Venezuela hoy. En la
actualidad, no hay ningún país en el mundo que, en este
sentido, pueda compararse con Cuba. Sus contribuciones
son realmente sorprendentes: la defensa de Angola contra
la agresión Sudafricana y el envío de médicos, a zonas
remotas donde pocas personas trabajarían, para llevar a
otros los logros de la Revolución cubana. Los logros que
ha obtenido Cuba en la educación, en la salud pública,
ahora sirven para aliviar el sufrimiento de otros
pueblos. He podido apreciar esas contribuciones a través
del contacto personal, de la calidez y el entusiasmo de
un pueblo maravilloso.»
Después de tan
ajetreada mañana, a Chomsky, el hombre que según se dice
suele simultanear criterios en sus presentaciones con
miles de personas, se le nota cansado. No obstante,
antes de partir, al más reconocido crítico del Gobierno
de Estados Unidos, todavía le quedan fuerzas para
contestar —para un documental producido por el Centro—,
un racimo de preguntas sobre el movimiento
antiglobalización…
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