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Redoble por Manuel Scorza
Donde el zahorí lector es invitado a recordar a un
importante novelista peruano, que falleciera hace 20
años y que conviene releer, en medio de tanta literatura
violada por el mercado y tantas plumas vendidas a las
tendencias de moda.
Jorge
Sariol |
La Habana
Pocas
veces he disfrutado tanto leyendo una tragedia como
cuando leí la novela Redoble por Rancas, del
novelista peruano Manuel Scorza. O tal vez pudiera
decir que pocas veces tal lectura me dejaba, no una
sensación de opresión y fatalidad, sino la percepción de
continuidad y «luz larga», de esas que tiene sentido de
la esfericidad y hasta pueden asumir las esquinas y los
recodos.
Redoble por Rancas
—editada en Cuba por Arte y Literatura— expone el tema
de las luchas campesinas en pueblos perdidos en la
inmensidad de la cordillera de los Andes, lugares que
en palabras del escritor solo eran visibles «en las
cartas militares de los destacamentos que los
arrasaron».
Sin embargo, no hay
tristeza ni pesadumbre. Es, claro, una tragedia humana,
contada en profundidad, sin que la atmósfera épica
termine por arrasarnos como a los pueblitos de Rancas,
Yanacocha, Yanahuancas, Chinche o Huancayo.
Es una novela seria y
divertida —y aquí que cada cual entienda como pueda—,
porque forma y contenido establecen un raro equilibrio
con el nivel de los hechos, el nivel ideológico y el
nivel del lenguaje.
Todo lo que el autor
refleja en la obra se corresponde con la realidad.
Frente a las injusticias de una transnacional como la
Cerro De Pasco Corporation —con la anuencia de la
oligarquía nacional—, se desbordó la ancestral paciencia
indígena, se alzaron las masas con la ley del Talión, y
nacieron líderes campesinos como Héctor Chacón,
protagonista —agente actante— del libro y de las
revueltas.
El titulaje de los
capítulos, hecho a la manera cervantina, son
elaboraciones sugerentes en fino humor, ironía y
sarcasmo, que en el carácter de ideotemas estructurales
engarzan más de una paradoja teniendo en cuenta las
circunstancias que se narran.
«Donde el zahorí
lector oirá de cierta celebérrima moneda», es el título
del primer capítulo, en el que aparece el doctor
Montenegro, personaje actante oponente antagónico,
representante del poder siniestro. «Sobre la pirámide de
ovejas que sin ánimo de emular a los egipcios levantaron
los ranqueños» es el título de capítulo 20.
Todos los títulos, y
la obra misma, respiran tales licencias. Tal vez el
capítulo primero tenga la rara posibilidad de resistir y
sostener mejor —por su esencia y aún si fuera arrancado
de la novela — todo análisis literario y encajar en el
género del cuento. Y eso, como una joya.
En medio de numerosos
localismos — ¡cojudos!—, cultismos —zahorí,
celebérrima—, arcaísmos —conciliábulo— y
barbarismos—«funeraciones»—, puestos en función de la
ironía, el sistema de personajes es otra de las tantas
aristas disfrutables de la novela. Nombrados también por
sus epíteto al estilo homérico, Héctor Chacón —El
Nictálope, El Negado, El Valiente—, el Niño Remigio,
Fortunato, El Abigeo y doña Sulpicia, situados al lado
del lado de los rebelados, son héroes mitad reales mitad
imaginarios, armados desde sus virtudes e imperfecciones
y capaces de despertar las simpatía a pesar de las
últimas. «Ciertos nombres han sido excepcionalmente
modificados para proteger a los justos de la justicia»
aclaró el propio Scorza.
Del lado de esa
«justicia» actúan el doctor Montenegro, Egoabil, el
comandante Guillermo —o Guillermo el carnicero—, Don
Herón de los Ríos y Doña Pepita.
Lo trágico como
categoría está en la esencia misma de la obra —una
novela «de acontecimientos»— y más profundamente
dramático en el final, no solo con la muerte de la
mayoría de los justos, sino también en las actuaciones
signadas por lo siniestro y miserable de otros
personajes sobre la resbaladiza viscosidad del miedo.
En la intensidad de
sus humanidades, entre sus enterezas, esperanzas y
angustias, o en sus miserias y villanías, cada personaje
termina por ser real, en situaciones reales que siguen
reiterándose en el tiempo, con una contemporaneidad que
asusta.
El narrador manejó la
fantasía sobrecogedoramente al final de la novela,
cuando masacrados por la soldadesca, muertos en la fosa
común, cada quien intercambia información sobre la parte
que le tocará morir en la sangrienta batalla.
La emoción colectiva
que provocó Redobles… entre muchos intelectuales
peruanos logró en 1971 la libertad de Héctor Chacón, El
Nictálope —que ve de noche— quien penó durante 15 años
en un remoto presidio del Sepa, en el fondo de la selva
amazónica, luego del desastre provocado por la
represión.
Scorza quiso —según
dijera alguna vez— homenajear al pueblito de Rancas y
con él a todas las otras aldeas, donde la vida de los
campesinos es aún «un compás de espera».
Con un destino de
curiosa trascendencia, el escritor participó en 1960 en
la rebelión que luego reflejara en sus novelas, y se le
acusó de ataque a las fuerzas armadas por lo que tuvo
que vivir en Francia durante diez años. A su regreso
organizó festivales de libros en varios países
latinoamericanos, y en Perú se dedicó a la edición de
libros conocidos como Colección Populibros, con tiradas
masivas de autores nacionales y extranjeros
Bien miradas, estas
disquisiciones de homenaje pudieran titularse «Donde el
zahorí lector es invitado a recordar a un importante
novelista peruano, que falleciera hace 20 años y que
conviene releer, en medio de tanta literatura violada
por el mercado y tantas plumas vendidas a las tendencias
de moda.
Y es cierto. En la
madrugada del 27 de noviembre de 1983 —aún la noche del
27 en Cuba—,
en un accidente aéreo en las inmediaciones del
aeropuerto Barajas de Madrid, fallecía Manuel Scorza,
quien había nacido en Lima en 1928. El escritor
viajaba a un encuentro de intelectuales que se
celebraría en Santa Fe de Bogotá, «cuando —dijeron los
cables noticiosos— el boeing 747 de la compañía
colombiana Avianca, procedente de París, se estrelló a
unos ocho kilómetros del aeropuerto madrileño. Junto a
él morían también el crítico uruguayo Ángel Rama, y los
escritores Marta Traba, de Argentina, y Jorge
Ibargüengoitía, de México».
El lector cubano
conocía a Scorza sobre todo a partir de Redoble por
Rancas, la primera de la pentalogía que entre 1970
y 1978 había publicado sobre el tema de las rebeliones.
Las cuatro obras
siguientes —que el autor llamara baladas o cantares—
seguían con Garabombo el invisible, (1972), El
jinete insomne (1976), —también publicada en Cuba
por la misma casa editora— Cantar de Agapito Robles
(1976) y La tumba del relámpago (1978). Scorza había
llamado a la pentalogía como la Guerra Silenciosa,
dentro de lo que varios estudiosos definían como la
corriente neoindigenista, algo que el propio Scorza
criticaba por considerarlo algo racista. El éxito de
algunos de sus títulos motivó que se tradujeran a una
veintena de idiomas.
Poco tiempo antes de
morir había dejado lista para publicar una última
entrega: La danza inmóvil, «una reflexión
existencial»
—que según él mismo dijera en entrevista— «sería el
primer volumen de una trilogía dedicada a los conflictos
individuales y colectivos en las guerras revolucionarias
de América Latina».
Periodista y editor,
Scorza había iniciado sus creaciones en el género lírico
con varios libros, entre los cuales están Las
imprecaciones (1955) y El vals de los
reptiles (1956), con el que recibiera en su país
el premio Nacional de Poesía, y que calificara, en
entrevista concedida al español José Pulido Perlado,
como «poemas impregnados de rabia por la desesperación
peruana de hace veinte años, cuando había una dictadura
militar, la del general Odria». Otros poemarios
conocidos, fueron Los adioses (1958),
Desengaños del mago (1861), y Réquiem para un
gentilhombre (1962).
Manuel Scorza es
considerado uno de los intelectuales más representativo
de la generación de los años 50 del Perú. En su poema «
Voy a la batalla, sed felices para que yo no muera»
—del poemario Las imprecaciones— había escrito. «Yo
sé que es difícil/hallar entre las tumbas/ un lugar para
la risa./Yo mismo, a veces, caigo,/y el viento levanta
mi cara como una alfombra rota,/pero aun en las
celdas,/bajo la lluvia,/yo no perdí la fe(….)guardad
rocío/para que las flores/no padezcan las noches
canallas que vendrán! (…) Aquí dejo mi
poesía/para que los desdichados se laven la
cara./Buscadme cuando amanezca/.Entre la hierba estoy
cantando. |