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LOS INTELECTUALES Y EL APOCALIPSIS CULTURAL
Por
primera vez en la historia de la disidencia, contamos
con medios alternativos de información y producción
intelectual desde los que podemos, extramuros del
mercado, ampliar nuestro abrazo y empequeñecer e incluso
aislar, con paciencia y trabajo, el de los
monopolizadores del espacio público. Lo que no podemos
hacer es engañarnos. No podemos creer demasiado en los
«intelectuales».
Santiago
Alba Rico|
España
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«Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿innovar, luego, el tropo, la metáfora?»
César Vallejo-Poemas Humanos
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Empezaré por expresar el malestar personal que me
producen los dos términos sobre los que inevitablemente
gira la cuestión propuesta a discusión esta tarde:
«intelectuales» y «compromiso». No soy un incrédulo. Aún
más: me declaro premeditada, militantemente ingenuo en
un mundo tan alegremente escéptico que ―por decirlo con
mi admirado Chesterton― «no cree en la tabla de
multiplicar, pero sí en los periódicos». Recordaré que
«ingenuo» era para los romanos lo contrario de «esclavo»
y que la ingenuidad tiene algo que ver, por tanto, con
el origen, con el comienzo: con la fuerza, la confianza,
la energía necesarias para comenzar algo ―un libro, una
conversación o una labor de punto― en una sociedad cada
vez más desencantada y menos libre para la acción. No
soy, digo, un incrédulo. Creo en los colores primarios y
en el vino. Creo en la existencia de los melocotones y
del círculo polar ártico. Creo en el poder carnal, casi
quirúrgico, de la música. Creo en una interminable lista
de cosas pequeñas y menudas satisfacciones. Creo también
en algunas cosas grandes. Creo en la luciérnaga
intermitente de la razón finita. Creo en la intervención
providencial de las miradas. Creo en la legítima
resistencia de los pueblos. Creo en los buenos modales.
Creo en la buena literatura. Pero no creo, no, en los
intelectuales.
Creo más bien que la sociedad
presente está dispuesta de tal modo que su intervención
en los asuntos públicos es más dañina que beneficiosa.
Creo que hacen más en favor de esa concreta disposición
de las cosas que en su contra. Creo, por tanto, que solo
se puede hablar de los intelectuales como se habla de la
gota fría o de las consecuencias de un corrimiento de
tierra, a regañadientes y en estado de alerta, aceptando
de entrada que de lo que se trata es más bien de
neutralizar sus efectos. Y creo ―de ahí mi malestar― que
no se puede hablar de intelectuales sin autodenunciar la
propia comodidad, el propio narcisismo, las modestas
ventajas que presupone y que uno obtiene ―por pequeña
que sea nuestra estatura― del hecho de trabajar y luchar
con la pluma y no con las manos. Cuando rechazo irritado
el dudoso título de «intelectual», nunca sé si lo hago
por modestia, por una asociación refleja de grandes
nombres y actos mezquinos o sencillamente porque
prefiero que no se me pida más de lo que hago. Ponerse a
cubierto detrás de un libro o bajo una lámpara puede ser
legítimo y hasta necesario, pero resulta hoy demasiado
cómodo para que no resulte incómodo; porque incluso
permite la muy cómoda solución de confesar la propia
incomodidad.
Tal y como escribí varias veces a
mi regreso de Iraq, la misma noche del comienzo de los
bombardeos sobre Bagdad, uno tiene la sensación de que
la palabra se ha vuelto tan desproporcionadamente banal
frente a la agresión generalizada como lo eran esos
diminutos, infantiles saquitos terreros amontonados por
los bagdadíes en las calles de su ciudad para detener a
los B-52 y las bombas de racimo. Tenemos esa pequeñez,
tenemos que cuidarla; pero tiene en cualquier caso que
desazonarnos. Tanto como para que la conciencia de esta
desazón no tranquilice nuestra conciencia.
Tras esta profesión de fe,
comenzaré por definir normativamente a los
intelectuales, en un plano, pues, completamente ideal,
con arreglo a la fórmula muy sencilla de unos de los
pocos hombres que, en las últimas décadas, se ciñó
realmente a ella. El recientemente fallecido Edward
Said, en efecto, escribió en un librito de 1994: «El
intelectual está precisamente dotado de la facultad de
representar, de encarnar, de expresar un mensaje, una
visión, una posición, una filosofía o una opinión
delante ―y para― un público. Ahora bien, este papel
tiene sus reglas; no puede ser ejercido, sino por
aquellos a los que se sabe comprometidos a plantear
públicamente las cuestiones que molestan a enfrentarse
al dogma y la ortodoxia (y no a producirlos); por
aquellos a los que no se puede reclutar a voluntad por
un gobierno o una multinacional y cuya razón de ser es
la de representar a todas las personas y todos los
problemas sistemáticamente olvidados o dejados de lado.
El intelectual se basa en este cometido en principios
universales; a saber, que todos los seres humanos tienen
el derecho de esperar, no importa a qué nación
pertenezcan, la aplicación de las mismas normas de
decencia y de conducta en materia de libertad y de
justicia, y que toda violación de estas normas,
deliberada o no, debe ser denunciada y valientemente
combatida». La cita es larga, pero «ingenua»; es decir,
perfecta para comenzar nuestra discusión.
Antes de pasar a marcar los límites
y preceptos que deben guiar a un «intelectual», Said
define su condición misma, en la primera línea, por la
relación de su actividad con el espacio público. Un
novelista, un artista, un filósofo, un dramaturgo, son
intelectuales en la medida en que vehiculan «un uso
público de la palabra». Por eso, su influencia ha sido
habitualmente utilizada o combatida. Por eso, también,
para comprender cuál es el papel actual de los
intelectuales, tenemos que preguntarnos en general por
la naturaleza del lenguaje y del espacio público y por
sus relaciones recíprocas. Tenemos que preguntarnos en
particular por la naturaleza del lenguaje y del espacio
público y por sus relaciones recíprocas en la sociedad
capitalista llamada por unos postmoderna y por otros
postfordista.
La primera paradoja que hay que
aceptar al hablar de «intelectuales» es que el
«compromiso» por la libertad implica ya un cierto grado
de libertad. Uno solo puede comprometerse ―al igual que
ocurre con el matrimonio― si se es libre. Pero la
libertad en este mundo es una rareza; un privilegio del
que solo goza una minoría, irregularmente distribuida
por todo el planeta, que incluye a algunos pocos
millones de personas: gobernantes, propietarios de
empresa, grandes accionistas, 500 altos ejecutivos que
se reparten 30 000 cargos, expertos, francotiradores a
sueldo, artistas de la televisión, etcétera. También los
intelectuales. Los trabajadores, los campesinos, los
hombres comunes en todos los infiernos de la Tierra no
pueden estar comprometidos porque están atrapados,
esclavizados, encadenados y, en el mejor de los casos,
«contratados». No son dueños de la materia que manipulan
ni del producto de sus trabajos ni tienen acceso alguno,
o solo limitado, al espacio público, salvo en la
vertiente cada vez más restringida, más insostenible, de
la «tradición». Esos hombres no pueden poner nada por
delante de ellos, no pueden ponerse más allá de sí
mismos (que es el sentido original del verbo
«comprometerse») porque están puestos siempre debajo y
al mismo tiempo que aquello que manipulan y que no les
pertenece. Los trabajadores y campesinos
revolucionarios, los trabajadores y campesinos cuando
son revolucionarios ―lo que ha ocurrido poquísimas veces
en comparación con el número y gravedad de los agravios―
no son exactamente hombres «comprometidos»; son hombres
«entrometidos», metidos dentro y capaces de calibrar
desde dentro, ―del cuerpo y de sus penosas tareas―, por
una especie de milagro del sufrimiento, la necesidad de
una transformación general de la sociedad. Para
comprometerse hace falta participar del circuito
desigual del poder y la riqueza; hace falta aceptar y
sublevarse al mismo tiempo contra los propios
privilegios. Por su particular relación con los
instrumentos de trabajo y con el espacio público, los
«intelectuales» pertenecen al mismo grupo social que los
banqueros y los hombres de Estado. ¿Por qué estos, sin
embargo, ponen tanto empeño en abducirlos, sobornarlos o
a veces silenciarlos?
Porque por la propia naturaleza de
su oficio, por la naturaleza también de la materia prima
que manipulan, su genealogía es de algún modo
transversal a las clases y su estatuto mundano se
asienta en una independencia virtual que no puede ser
nunca «comprada» de una vez: el lenguaje es la
única sustancia que no puede ser completamente
«privatizada» (por eso, como veremos, la
alternativa es destruirlo por completo). Por un lado, el
intelectual es dueño de sus instrumentos de trabajo y
puede reconocerse, al contrario que los obreros y
campesinos, en el producto del mismo; por otro, al
contrario que los asalariados del sector servicios,
liberados como él de las penalidades directamente
físicas, introduce en el mundo una «obra»; finalmente
esta obra, por su definición y ejecución misma, se
propone al «juicio», el cual ―como sabemos desde Kant―
es precisamente la condición misma de todo espacio
público o compartido. Libres de la inmanencia de la
labor, virtualmente independientes de los dueños de los
medios de producción por la naturaleza misma de la
materia que manipulan (colores, ideas, palabras), estas
figuras fronterizas se inscriben en la esfera pública,
exigen la existencia de un mundo compartido, abren y
presuponen el recinto de un espacio común. Los obreros,
campesinos y asalariados en general están sujetos a un
régimen de producción social, pero ellos mismos
segregados del espacio público; los escritores, los
filósofos, los artistas, al contrario, ejecutan su obra
en un régimen de producción individual, pero pertenecen
desde el principio al espacio público. Manipulan la
materia sin estar encadenados a ella; se inscriben en el
espacio público sin tener que encadenar a nadie. Esta
relación única y particular, al mismo tiempo, con «la
materia» y con «el público» les coloca en una
posición privilegiada. En un sentido pertenecen al mundo
de los pobres y sometidos; en otro, al de los ricos y
poderosos. Operan con instrumentos, como los demás
trabajadores, pero apropiándose de ellos en el mismo
acto de usarlos; acumulan tanto capital cultural y
simbólico como los ricos y poderosos, pero sin tener que
arrebatárselo a nadie.
Tienen, pues, la posibilidad de
«comprometerse», de inclinarse hacia un lado o hacia
otro, de decidir públicamente el destino de sus obras.
Esta posibilidad es peligrosa y por eso los ricos y
poderosos han tratado siempre, de una manera o de otra,
de adueñarse también de la materia prima de los
escritores y los artistas, como se adueñan de la materia
prima de los albañiles, los torneros y los campesinos;
han tratado siempre de someter, corromper y, en último
extremo, silenciar las líneas y las palabras. Casi
siempre lo han conseguido. En la sociedad capitalista,
lo veremos, mediante un procedimiento propio que en los
centros primermundistas necesita un ejercicio cada vez
menor de violencia.
Las cosas, por supuesto, no son así
de simples, pero a veces es útil ―amén de expeditivo―
simplificarlas. En todo caso, la materia prima que
manipulan los así llamados intelectuales es el lenguaje
y el lenguaje es una sustancia muy rara, una cosa que
está al mismo tiempo dentro y fuera de nosotros, una
cosa nuestra y una cosa de todos, una cosa privada e
inmaterial como un dolor de cabeza y una cosa al mismo
tiempo dura, mensurable, social como un ladrillo. Su
enorme poder tiene que ver precisamente con esta su
doble naturaleza, mental y pública, en virtud de la cual
si nadie puede apoderarse enteramente de él, como se
apodera uno de un cuerpo o de un territorio, tiene
simultáneamente la objetividad de un dolmen o de una
silla. Su enorme poder, su enorme peligro, reside en que
nos parece propio porque es subjetivo ―y lo creemos
siempre resultado de nuestra inalienable soberanía― y
nos parece seguro, fiable, común, porque es público y
objetivo.
Veamos. Hay ciertas convicciones
que no podemos probar, pero que más vale no tocar;
ciertas convicciones cuya verdad es indemostrable, pero
sin las cuales no habría nada que demostrar ni nada por
lo que luchar. Son convicciones, si se quiere,
performativas, organizativas, socialmente constructivas.
Son convicciones, en general, que tienen que ver con una
cierta unanimidad inconsciente ―de la que participan
incluso los marines y los banqueros― en torno al
supuesto de que no todos los hombres ni en todas las
ocasiones actuamos por interés, bajo presiones o por
obediencia debida. Puede parecer una ingenuidad por mi
parte semejante afirmación, pero sin esta ingenuidad,
que habitualmente es operativa precisamente porque no se
afirma, no nos atreveríamos siquiera a preguntar la hora
o la ubicación de una calle a un desconocido. Por muy
mala que sea la opinión que tengamos de nosotros mismos,
por mucho que desconfiamos en la naturaleza del ser
humano, todos los días, a todas horas, estamos confiando
alegremente nuestra vida, nuestras propiedades, nuestra
seguridad, nuestros placeres, a intervenciones ajenas
que el cálculo o el interés, de alguna forma,
«inmovilizarían». En este sentido hay toda una serie de
actividades que preceden al contrato social mismo, sin
las cuales no podría haber ningún tipo de contrato
social, y que entrañan un «compromiso»
auto(eu)regulado ―como pedantemente lo llamaba en
otro sitio― independiente, pues, de las instituciones
donde esa actividad se realiza y de las ventajas que se
obtienen de su práctica.
Conviene creer, por ejemplo, que
los padres quieren a sus hijos, aunque algunos les
apaguen cerillas en las plantas de los pies, porque el
riesgo de un abuso individual es siempre menor que el de
encomendar las técnicas de reproducción material del
tejido social a un Estado totalitario como el descrito
por Huxley. Conviene creer, por ejemplo, que los médicos
se guían solo por el juramento de Hipócrates, aunque
algunos fabriquen las dolencias de sus pacientes por
interés, porque es más fácil y más sensato intervenir
contra violaciones particulares que hacer de cada
ciudadano su propio médico. Conviene creer, también, por
ejemplo, en la insobornabilidad de los jueces, aunque
algunos prevariquen, porque sin esa convicción
restableceríamos la venganza privada como instrumento
para dirimir los litigios privados. Conviene, pues, dar
por supuesto que los padres, los médicos y los jueces
regulan su conducta, más allá del interés, el placer y
las inclinaciones personales, a partir de una instancia
impersonal (amor, ley o humanidad) porque solo puede ser
algo impersonal lo que garantiza la existencia del
mundo, la salud de nuestros cuerpos y el funcionamiento
de nuestras instituciones (por imperfectas que sean).
Precisamente los padres que maltratan a sus hijos, los
médicos que matan a sus pacientes y los jueces que
prevarican lo hacen con cierta impunidad amparados en la
convicción social inconsciente (institucionalizada) de
que sus actuaciones están siempre
auto(eu) reguladas por el amor, el respeto a la
ley y el deber hacia la humanidad. Y si hay que
perseguirlos y castigarlos con todo el rigor del código
penal es menos por el perjuicio que causan a hombres
individuales que por el daño terrible e irreparable que
infligen a esta convicción.
Conviene creer también que los
periodistas, los escritores, los filósofos solo se guían
por el amor a la verdad, la objetividad y el rigor
desinteresado. Conviene creer, en general, que la base
del lenguaje mismo consiste en una involuntaria,
incontrolable pureza; en eso que Habermas llamaría una
impersonal «racionalidad comunicativa».
Esta convicción es la posibilidad
misma de un entendimiento entre los hombres, de esa
inmaterial ciudad compartida sin la cual sería imposible
no solo obtener la sal del comensal con el que
compartimos la mesa, sino jugar al ajedrez, disfrutar de
los poemas de Leopardi, Lorca y René Char o entender el
mecanismo de un automóvil o los libros de Kant (y
aumentar así, y mejorar mínimamente, nuestro mundo). El
presupuesto de esta «pureza» es, pues, la condición de
todo entendimiento. Solo podemos entendernos si: a)
admitimos que las cosas están ya enlazadas fuera de
nosotros a través de las palabras y si este enlace se
caracteriza por su estabilidad semántica; es decir, si
los nombres significan siempre lo mismo o si sus
desplazamientos son geológicos y tienden a
estabilizarse; y b) si aceptamos que el lenguaje (como
los padres, los médicos y los jueces) se puede pervertir
pero no es en sí mismo perverso; o, lo que es lo mismo,
si damos por supuesto que la mentira, gramaticalmente
coherente, no pertenece a la esencia del lenguaje. «El
mentiroso», decía Hannah Arendt, «hallará imposible
imponer la mentira como principio». Nadie haría nunca
una pregunta si esperase siempre una mentira; nadie
aceptaría una promesa si el lenguaje mismo no fuese una
sustancia comprometida. El terrible poder del lenguaje
tiene que ver con su «pureza» y con la capacidad de los
hombres para malversarla y corromperla. A los
intelectuales, en cuanto que depositarios, espeleólogos
y «cuidadores» del lenguaje, se les supone ―como el
valor en la mili― la «pureza» del instrumento que
manipulan y es solo culpa suya si los hombres dejan de
creer en ella. Es bueno, es necesario, que crean en
ella. Nos puede parecer muy irritante el escándalo con
que se recibió la «fatua» de Jomeini contra
Rushdie en contraste con la indiferencia con que
aceptamos la muerte de 35 inmigrantes en una patera,
pero este «escándalo» entraña un homenaje espontáneo,
una espontánea afirmación de la necesidad social
―independientemente de que Rushdie cumpla o no sus
preceptos― de la defensa del lenguaje y de su frágil
«pureza» inmanente. Nuestra convicción, nuestro
compromiso con la «pureza» del lenguaje es tan grande
que los propios gobiernos ―y los medios de comunicación
a ellos uncidos― la explotan en sus maniobras
propagandísticas y legitimadoras: así, por ejemplo, los
detenidos por «terrorismo» en Cuba son siempre
«intelectuales» o «periodistas» y, al contrario,
intelectuales y periodistas como Taiser Alouni, Pepe Rey
o Martxelo Otaimendi ―por citar algunos casos
familiares― son siempre detenidos por «terrorismo». Esta
pureza presupuesta, por lo demás, al igual que en el
caso del padre, del médico y del juez, hace más fáciles,
impunes y peligrosas sus violaciones: el éxito de casi
todas las manipulaciones se basa, en efecto, en la
confianza de los hombres en la objetividad del lenguaje.
Y debemos combatir la manipulación, la mentira y el
engaño ―y a sus artífices― no solo porque legitiman y
lubrican la injusticia, la dictadura y el crimen, sino
por el modo en que destruyen esta confianza.
Pero el poder del lenguaje ―y el
éxito de sus corruptoras manipulaciones― no reside
solamente en nuestra inconsciente confianza social en su
pureza y objetividad, sino en el hecho asimismo de que
esta confianza aumenta y se refuerza cuanto más
«público» es el uso que hacemos de él. Creemos
menos en las palabras de amor de nuestra novia que en
las de Lorca. Del mismo modo, el pescadero nos puede
engañar; el ministro, no. La propia Hannah Arendt, antes
citada, comentaba así en 1971 las manipulaciones del
gobierno de EE.UU. para prolongar su intervención en
Vietnam después de que salieran a la luz los llamados
Documentos del Pentágono: «En la pugna entre las
declaraciones públicas, siempre superoptimistas, y los
informes ciertos de los servicios de información,
persistentemente fríos y ominosos, las declaraciones
públicas estaban abocadas a ganar simplemente porque
eran públicas».
Evidentemente, a mayor poder y
mayor riqueza, más «público» es el uso que
hacemos del lenguaje. El poder de convicción de los
grandes periódicos y canales de televisión, en este
sentido, reside menos en su buena o mala factura que en
su existencia misma. Cuanto más concentrado está el
poder y la riqueza en las propias manos, por otra parte,
más posibilidades existen de ser creído. Un gobierno o
una oligarquía dueños absolutos del espacio público
constituyen una dictadura también en el sentido de que
lo primero que dictan es la «credibilidad»; son
inevitablemente autoritarios porque autogeneran su
propia legitimidad. Por el contrario, los medios
alternativos que dicen la verdad o los disidentes que se
oponen a una dictadura tienen menos posibilidades
siempre de ser creídos porque les desautoriza su propia
oscuridad o su propia clandestinidad. Es lo que llamo la
maldición de Apolo: a Casandra, la hija de Príamo, que
solo anunciaba la verdad, la había escupido el dios en
la boca y por eso nadie la creía. Esta es la ley mágica,
imprescindible y terrible de la objetividad lingüística:
las mentiras, los insultos, las llamadas al exterminio,
«en público» son moderadas y razonables;
las verdades, las denuncias bien fundadas, las llamadas
a la paz, en privado son demagógicas, radicales y
«terroristas».
Edward Said definía al intelectual
por el uso público del lenguaje y hemos examinado
rápidamente las condiciones generales del lenguaje y de
su dimensión pública. Pero, ¿de qué lenguaje estamos
hablando concretamente? ¿A qué espacio público nos
referimos? Imaginemos ahora un mundo en el que se diese
por supuesto que los padres maltratan a sus hijos, que
los médicos están interesados en la enfermedad ―y no en
la curación― de sus pacientes, que los jueces prevarican
y que los periodistas y los intelectuales mienten; un
mundo en el que se aceptase que el principio de las
instituciones fuese la corrupción y el principio del
lenguaje, el embuste; en el que el término «publicidad»
aludiese no la objetividad y el control político del
pueblo ―como quiso la Revolución francesa― sino al
derecho de los apetitos subjetivos y los intereses
privados a hacer propaganda de sus ambiciones en
público, en todas las paredes, en todos los formatos, en
todos los recintos; en el que ya no hubiese nada
impersonal, nada
auto(eu)regulado; en el que el agua, la luz, las
medicinas, las semillas, los colores, el amor, las
palabras, se confiasen a la gestión personal de los
peores. Un mundo así es absurdo; no sería un mundo. En
un mundo así no habría nada estable, nada razonable,
nada justificable, nada defendible, nada tangible, nada
seguro. En un mundo así no habría ley ni instituciones;
no habría ni siquiera literatura.
En un mundo así, estructuralmente
constituido sobre la corrupción y la mentira, la
hijoputez ―perdóneseme esta salida de tono― introduciría
siempre efectos gigantescos mientras que la bondad, las
buenas intenciones, el coraje y la piedad se fundirían
inanes en el océano o servirían, en todo caso, para
legitimar el conjunto; en un mundo así, al contrario que
en las películas de Hollywood, los malos siempre
vencerían y los buenos siempre serían derrotados. Y aún
peor: en un mundo así la bondad, el coraje, la piedad,
el compromiso acabarían por incurrir en una paradoja
fatal, dejándose llevar por la legítima tentación de
―contra esa estructura― prohibir la maternidad, cerrar
la Facultad de Medicina, restablecer el talión, cerrar
los periódicos y fusilar a los filósofos.
Pues bien, ese mundo es el nuestro.
Ese es nuestro espacio público. Es decir, nuestro
espacio público no es un mundo: es un mercado. No
podemos aquí detenernos a analizar ese orden económico
―llamado por Marx capitalista― que la futura
constitución europea sanciona por encima de la voluntad
de los ciudadanos como verdadero sujeto soberano de
nuestra sociedad. Lo que me importa recordar aquí ahora
es que ese orden funciona desde hace al menos dos siglos
como un sistema, no de intercambio, sino de destrucción
generalizada; que acumula beneficios a través de la
explotación, la sobreproducción y el consumo; que su
esencia es la guerra; y que esta condena mortal que
lleva en su seno, contra los hombres y contra las cosas,
no ha hecho sino acelerar y ampliar su proceso en las
últimas décadas mediante esa levadura que llamamos
globalización y que exige, como en el siglo XIX, imponer
«la ley natural de la oferta y la demanda» con ejércitos
y cañones. Desde el punto de vista económico este orden
es una matanza: de hombres, de árboles, de animales y de
objetos. Desde el punto de vista cultural, este orden es
un nihilismo.
Recordando reflexiones que he hecho
en otro lugar, lo que caracteriza a la sociedad
capitalista «como sociedad» es que no distingue
entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar; es
decir, entre objetos de consumo, objetos fungibles y
maravillas.
Esta división, con su diferente
distribución según épocas y lugares, ha sido respetada
por todas las culturas de la tierra mientras ha durado
el neolítico, como sello precisamente del abandono de la
naturaleza, como marca diferencial de la civilización
humana. Pues bien, la ley íntima de la reproducción
capitalista es la de no hacer diferencias, la de tratar
a los hombres como a las cosas y la de tratar las cosas
sin distinguir entre texturas ni funciones, fuera del
espacio, de sus reglas y de las relaciones que la
acompañan. La ley íntima del capitalismo exige a «su»
sociedad tratar las patatas, las mesas y los cuadros
de la misma manera; es decir, «como patatas».
Tratar las chucherías, los
automóviles y el lenguaje democráticamente: es decir,
«como chucherías». La ley íntima del capitalismo es la
de sustituir al hombre libre por el hambre libre y
«comérselo todo sin distinción», las manzanas, las
lavadoras, las palabras, las imágenes, bajo la forma
«mercancía», envoltorio místico de una comestible
civilización de chocolate. Consumir ―lo olvidamos con
frecuencia― significa destruir; comer significa hacer
desaparecer las cosas en un proceso al mismo tiempo
crecientemente rápido e infinito. La velocidad misma del
consumo capitalista, con su renovación ininterrumpida y
acelerada de las mercancías, ha acabado por imponer a la
sociedad humana un régimen de catástrofe permanente en
el que ya no tenemos tiempo ni para usar nuestros
instrumentos y herramientas ni para contemplar nuestras
«maravillas», esas cosas «dignas de ser miradas» (según
su acepción etimológica) indispensables para crear un
espacio público, un espacio común, donde sean posible la
distancia, la discusión y el contrato (incluida esa
forma particular de «contrato» que es el arte).
Nos lo comemos todo: nada dura,
nada resiste, nada vincula. No hay ya cosas. Pero bajo
un régimen de hambre generalizada, de destrucción
generalizada, de tabú generalizado, donde todo se vuelve
intangible, no puede haber política. No puede haber
literatura. El exceso y rapidez de las cosas ha abolido
la cosidad misma. El exceso y rapidez de los mercados ha
abolido las instituciones. El exceso y rapidez de los
acontecimientos ha abolido el relato. En un mundo en el
que la producción de palabras, imágenes y discursos se
somete al régimen de producción acelerada de mercancías
y se rige, por tanto, por los principios de «novedad»
y «sucesión», el pensamiento es demasiado lento, la
memoria demasiado frágil, el espacio demasiado rígido;
los libros no viven lo suficiente para volverse
clásicos, las imágenes se devoran como tostadas y no
dejan más huella que un sabor estándar en la boca, los
periódicos y televisiones nos ofrecen todos los días
acontecimientos, discursos, partidos, conciertos
«históricos», suspendiendo así esa secuencia de causas y
efectos en que consiste la Historia. El hambre
generalizada es incompatible con un espacio político;
pero es una amenaza también para «el lenguaje mismo». El
mercado, que no puede comprar o privatizar enteramente
el lenguaje, está a punto de destruirlo al alterar las
condiciones mismas de su objetividad: la estabilidad
semántica y el principio inmanente de verdad. En los
años 70 el antropólogo italiano De Martino llamaba la
atención sobre ciertas crisis históricas recurrentes que
él definía como épocas de «apocalipsis cultural»
caracterizadas por una subversión y fragmentación del
sentido y materializadas en dos fenómenos paralelos: la
oligosemia y la polisemia. La oligosemia implica un
empobrecimiento radical del significante, acompañado en
el ámbito de la conducta del confinamiento en
estereotipos rígidos y fórmulas sumarias (los
fanatismos, por ejemplo, que reducen su universo
lingüístico a dos o tres palabras transformadas en
preceptos). La polisemia, por el contrario, entraña un
enriquecimiento excedentario del sentido que suspende de
algún modo la significación: la palabra «genocidio», por
ejemplo, está tan sobresemantizada que ya no significa
nada (¿y qué decir del término «donante», empleado
recientemente para nombrar a los saqueadores de Iraq
reunidos en Madrid? ¿O de la expresión «cielos
abiertos», nombre dado por las compañías aéreas al
acuerdo mediante el que pretenden repartirse el espacio
aéreo del planeta?). Ambos fenómenos juntos, oligosemia
y polisemia, cierran el horizonte del entendimiento,
suprimen las condiciones mismas de la comunicación.
Al hilo de la crisis diplomática y
política que precedió a la invasión de Iraq y con no
menos perplejidad desde entonces, no hemos dejado de
preguntarnos cómo es posible que se haya ejecutado a un
país a pesar de o mediante la utilización de mentiras
flagrantes y de declaraciones falsas. Por primera vez
quizás en la historia, la mayor parte del planeta ha
sabido que las justificaciones dadas para la
intervención eran vergonzosamente insostenibles y no ha
pasado nada; incluso periódicos de gran difusión,
partidos políticos y jefes de Estado de naciones
poderosas han dejado claro que no se creían los alibís
de EE.UU. y no ha pasado nada. Por primera vez todos
sabíamos y todos declarábamos en voz alta la verdad y no
ha pasado nada. ¿Por qué Bush puede seguir hablando de
las armas de destrucción masiva de Sadam Husein?
¿Por qué Aznar y Berlusconi pueden
seguir hablando de «misiones de paz» en Iraq?
¿Por qué, en otro orden de cosas,
el diario El Mundo puede defender la constitución
en el Estado español y el golpe de Estado en Venezuela?
¿Por qué el diario El País puede apoyar el asalto
al Parlamento de Yeltsin en 1991 o el derrocamiento
«popular» de Milosevic en el 2000 y calificar en cambio
de golpistas a los aymara rebeldes en Bolivia en el
2003? ¿Por qué el juez Garzón puede denunciar en el
mismo periódico en 1998 la legislación antiterrorista
como potencialmente encubridora de torturas y defender
públicamente y aplicar de hecho esa legislación para
encarcelar a vascos disidentes, negando al mismo tiempo
que haya torturas? Nos creemos una cosa y otra, aunque
sean contradictorias entre sí, porque se trata, en
efecto, de declaraciones «públicas». Pero hay más. Ya no
es ni siquiera un problema de «creer». Se trata de que
ese «espacio público» es un sistema de destrucción
generalizada, una trituradora de hombres y de cosas,
pero también de opiniones, declaraciones, promesas y
acontecimientos. Oligosemia y polisemia, en un mundo en
el que todo puede ser dicho, creído y demostrado; en el
que no hay ya memoria ni historia; en el que se ha
impuesto «el principio de mentira», no importa la
coherencia porque las condiciones mismas de toda
coherencia han sido suprimidas. Los periódicos que
mienten también dicen a veces la verdad ―como demuestra
Chomski espigando cuidadosamente sus páginas―; pero es
que se puede decir la verdad sin que cambie nada porque
incluso la mentira más descarada es igualmente
irrelevante. La maldición de Apolo, el síndrome de
Casandra ha extendido su jurisdicción: todo puede
decirse en público, incluso la verdad, sin que eso
determine ninguna «decisión», ni siquiera cuando se
trata de evitar la ocupación de una nación soberana y la
muerte de miles de personas. ¿Los «intelectuales» están
muy contentos de nuestra «democracia»? Los ricos y
poderosos han intentado adueñarse siempre, decíamos, de
la materia prima y de las obras de los «intelectuales»
virtualmente libres por la naturaleza de su trabajo.
Por primera vez están a punto de
conseguirlo sin necesidad de violentar otra cosa que el
lenguaje mismo. Como todos sabemos, en la última crisis
mundial, bajo el totalitarismo nazi, lo intentaron a
base de propaganda con resultados corruptores y
subversivos que han descrito dantescamente Steiner o
Klemperer. Hoy los ricos y poderosos no desdeñan la
propaganda, pero ni siquiera necesitan de ella: les
basta con dejar obrar al espontáneo y mortal poder de
licuefacción del mercado. Por eso, hoy más que nunca hay
que exigir a los «intelectuales» compromiso: compromiso,
no ya con la verdad, sino con sus condiciones mismas de
posibilidad; compromiso con el lenguaje que les ha sido
confiado en depósito para que lo cuiden y le hagan decir
todo lo que los demás no ven, ocupados como están en
poner ladrillos, accionar máquinas o empuñar las armas.
Si en lugar de asumir su responsabilidad y conservar la
«pureza» del lenguaje para evitar así la destrucción de
la humanidad y la civilización, eligen contribuir a
minarlo, malversarlo y sabotearlo, habrá que pedirles
cuentas también por eso, como se hace con los que
manipulan, no palabras, sino balances contables o
bombarderos de combate.
Por lo demás, hay que decir que
esta suspensión de las condiciones mismas de las
diferencias civilizadas (verdad/mentira, sí, pero
también guerra/paz, civil/militar, objetos de consumo/de
uso/maravillas) bajo la presión estructural del régimen
de renovación acelerada de las mercancías debe llevarnos
a abandonar toda ilusión de cambiar las cosas «desde
dentro», de infiltrarnos en sus periódicos y medios de
comunicación, en sus empresas y sus órganos de decisión
para darles la vuelta desde el interior. Nada incomoda,
nada importa, nada compromete. Es necesario operar desde
fuera y contra ellos. Decía Said que los «intelectuales»
lo eran en la medida en que «no se dejaban reclutar a
voluntad por gobiernos o multinacionales». ¿No hay,
pues, intelectuales? Las editoriales en que publican
pertenecen todas, con muy pocas excepciones, a tres o
cuatro grupos con inversiones en la industria del
armamento, de la alimentación o de la energía; los
periódicos en los que escriben extienden sus tentáculos
a compañías hidráulicas y petrolíferas en Asia y
Latinoamérica; las televisiones desde las que pontifican
son propiedad de los propietarios del mundo. Si nuestro
espacio público es el mercado, los «intelectuales», para
serlo, tienen que «desconectarse» de él. Mientras sigan
ahí, son tan «comestibles», tan funcionales para su
reproducción, tan operativos para la destrucción del
lenguaje como todos aquellos de los que a veces se
burlan o denuncian: expertos del Pentágono, periodistas
pagados con fondos reservados, presentadores-estrella,
comicastros televisivos o afamados publicitarios.
En ese ámbito, lo decíamos, solo la fealdad, la mentira
y la hijoputez son eficaces; la belleza, la verdad y la
virtud (cosas que nunca sentiré la tentación de derribar
para derribar ningún gobierno) son apenas excipientes
que conducen mejor lo que querrían combatir.
Desconectarse es difícil, como bien lo expresaba Bertolt
Brecht en vísperas de la II Guerra Mundial, en un
llamamiento a los «intelectuales» de su época de título
Cinco obstáculos para decir la verdad: «(el
intelectual) no debe doblegarse ante los poderosos, no
debe engañar a los débiles.
Por supuesto que es difícil no
doblegarse ante los poderosos y, en cambio, muy
ventajoso, engañar a los débiles. No agradar a los
potentados significa renunciar a la propiedad. Renunciar
al pago por trabajo realizado, supone, según los casos,
renunciar al trabajo, y rechazar la fama entre los
poderosos implica muchas veces rechazar la fama
enteramente. Para ello hace falta valor». Así están las
cosas hoy también. Alguien añadirá que renunciar al
trabajo y renunciar a la fama es renunciar también al
«público» y renunciar al «público»
significa renunciar asimismo a ser creído. Ya he
explicado por qué aferrarse a él, en estas condiciones,
significa renunciar a ser «decisivo». En cualquier caso,
los poquísimos que lo han hecho, los pocos grandes que
han decidido apearse del mercado, esas excepciones ante
las que debemos inclinarnos con admiración y respeto,
demuestran con su tesón y su coraje que, si podemos
alimentarnos y divertirnos sin aceptar sobornos, también
podemos avanzar con poco público. De hecho hoy, por
primera vez en la historia de la disidencia, contamos
con medios alternativos de información y producción
intelectual desde los que podemos, extramuros del
mercado, ampliar nuestro abrazo y empequeñecer e incluso
aislar, con paciencia y trabajo, el de los
monopolizadores del espacio público.
Lo que no podemos hacer es
engañarnos. No podemos creer demasiado en los
«intelectuales», aunque sí en algunos escritores,
algunos dramaturgos, algunos periodistas y algunos
pintores. En general, la situación es tan
descorazonadora como en el durísimo alegato de Jack
London, en su premonitoria novela de 1906, El talón
de hierro, recientemente recuperada por la editorial
Hiru: «Del primero al último», truena Ernesto Everhard,
el revolucionario concebido por la exactísima
imaginación de London, «profesores, predicadores,
editores, se mantienen en sus empleos sirviendo a la
plutocracia, y su servicio consiste en no propagar otras
ideas que las inofensivas o elogiosas para los ricos.
Cuantas veces se ponen a divulgar ideas amenazantes para
estos, pierden sus puestos: en este caso, si no
guardaron algunos ahorros para los malos tiempos,
descienden al proletariado y vegetan en la miseria o se
hacen agitadores populares. Y no olvidéis que la prensa,
el púlpito o la Universidad modelan a la opinión pública
y marcan el paso a la marcha mental de la nación. En
cuanto a los artistas, sirven simplemente de agentes
para los gustos más o menos innobles de la plutocracia».
Desgraciadamente los ricos y poderosos han triunfado
casi siempre en su propósito de sobornar, abducir o
silenciar a los centinelas del lenguaje y solo
excepcionalmente, cuando el capitalismo ha abandonado su
forma «temerosa» y «liberal» para mostrarse en «su forma
más desnuda y brutal» (nos decía también Brecht), han
renunciado a sus privilegios y comodidades. La última
vez fue frente al fascismo. Después y durante cincuenta
años, legitimados además por esa victoria, pudieron
creer que vivían por fin en un mundo donde las palabras
podían aspirar a ser sencillamente bellas y los hombres
a ser sencillamente buenos. No hay que olvidar, sin
embargo, que la «guerra fría cultural» ―por citar el
título de la impresionante obra de investigación de
Frances Stonor Saunder― fue concebida y dirigida por
algunos notables «intelectuales»: «Detrás de la aún no
estudiada nostalgia de la Edad de Oro de la inteligencia
americana», nos dice su autora en las últimas líneas,
«había una verdad demoledora: las mismas personas que
leían a Dante y fueron a Yale y se educaron en la virtud
cívica, reclutaron nazis, manipularon el resultado de
elecciones democráticas, proporcionaron LSD a personas
inocentes, abrieron el correo de miles de ciudadanos
americanos, derrocaron gobiernos, apoyaron dictaduras,
tramaron asesinatos y organizaron el desastre de bahía
de Cochinos». No hay que olvidar tampoco que, con casi
las únicas excepciones del vituperado Jean-Paul Sartre y
el propio Bertolt Brecht, los nombres más respetados,
los más admirados, algunos de los que yo mismo he leído
con más provecho y placer, participaron, consciente o
inconscientemente, en esta gran operación de marketing
capitalista: Orwell, Hannah Arendt, Navokov, Borges,
Ignazio Silone y una lista interminable de enanos y
gigantes a los que se había encargado de cuidar y
proteger nuestra ciudad lingüística común.
¿Qué hacer, pues? ¿Dejar de leer a
Orwell y a Arendt? ¿Renunciar al placer de su lectura,
condenarlos, quemar sus libros? No, denunciar esta otra
«traición de los clérigos» y no seguir su camino;
despertar más bien a los Orwell, los Arendt y los Silone
de nuestros días y convencerlos de que las últimas
líneas del libro de Saunder no describen solo la
realidad que sus antecesores ignoraron, sino la de
nuestro presente inmediato; convencerlos de que, sin la
oposición distractiva de un bloque soviético, tenemos
que enfrentarnos sin ambages, todos juntos, a un nuevo
fascismo, un fascismo ―anunciaba otra vez Brecth― ahora
«democrático» y «humanitario» que está amenazando, al
mismo tiempo, la justicia, la dignidad, la vida y el
lenguaje.
¿Qué hacer, pues? En los actos
impuestos hay una especie de naturalidad: nadie
cuestiona la necesidad de cumplir un horario, de acoplar
el cuerpo a una máquina o de inclinarse ante el rey. Hay
gestos, sin embargo, que no reclama nadie, que no son el
resultado de ninguna presión directa, que no son la
respuesta a una orden o a una imposición y que por eso
mismo, paradójicamente, parecen violentos y
artificiales.
El arte, la escritura es uno de ellos. Esa
violencia, esa artificiosidad de la escritura es lo que
llamamos «compromiso» y debe servir precisamente para
que los demás hombres, el «público» al que está
dirigida, deje de percibir como naturales las cosas
impuestas y se incline ante las cosas bellas, serias y
verdaderas, pero nunca ante los reyes. En su hermosísima
primera novela Un pintor de hoy, John Berger
planteó en 1958 el dilema de un viejo pintor húngaro que
creía verdaderamente en la pintura y creía
verdaderamente en el socialismo y que justamente en el
momento en el que inesperadamente alcanzó el éxito que
perseguía desde hacía años decidió «desconectarse» y
huir de nuevo a su pasado de militante, consciente de
que en determinados momentos no se puede ser
verdaderamente las dos cosas a la vez. «La manera de
luchar depende de la situación en la que nos
encontremos», escribe en su diario Janos Lavin, el
protagonista. «Las maneras en que emplean la pistola o
la reunión clandestina de urgencia no suelen ser muy
duraderas. Claro está que siempre estamos en una
situación urgente. Que se lo digan si no a mis camaradas
políticos.
Pero si un hombre escoge o se ve
obligado a estar continuamente resolviendo situaciones
urgentes, tendrá que dejar de ser artista». Siempre, es
verdad, hemos estado en una situación urgente, pero
quizás después del 11-S la situación es más perentoria
que nunca. Vivimos una gran crisis, la más grande tal
vez en sesenta años, y el «intelectual» tiene que tomar
una decisión. Curiosamente es el propio Berger, quien
también renunció a la pintura, el que mejor defiende el
arte, al mismo tiempo, de los escépticos postmodernos y
de los malos socialistas; y el que siempre defendió la
escritura como un potencial elemento de transformación:
«Hay muchos pintores o escritores», escribe su
personaje, «que no quieren mejorar el mundo, sino
simplemente divertir o justificarse a sí mismos: esos
hombres no son artistas. Hay otros que anhelan mejorar
la condición humana, pero que, en términos de su propio
arte, apenas aportan nada. (...) Al artista importante
se le ocurre de hecho la forma en la que él puede
mejorar el mundo. La mejora es mínima. La originalidad
de cada artista es muy pequeña. Y además debemos tener
claro lo que entendemos por mejora. No tiene nada que
ver con la moral. (...) Para el artista la mejora es en
gran medida una cuestión de mayor precisión al contar la
verdad tal como la ve». En la crisis de hoy, que amenaza
por igual a los hombres y a las palabras, el dilema de
nuestros «intelectuales» en Occidente no es todavía
entre la escritura y la pistola (los pintores y
escritores de Iraq no tienen tanta suerte); el dilema es
el de explorar un solo género y un solo registro,
acumulando honores que siempre se sospecharán
inmerecidos, o el de multiplicar su fuerza, con pocas
recompensas y escasos elogios, para cubrir al mismo
tiempo al menos tres frentes con su escritura:
― hay que escribir para transformar
el mundo.
― hay que escribir para producir
las obras que se leerán en ese mundo transformado.
― y hay que escribir para proteger
el derecho a la escritura, amenazado por el hambre
estructural del capitalismo.
Para esta tarea, los pequeños
escritores tendremos que hacernos grandes y los grandes
escritores tendrán que hacerse inevitablemente pequeños.
Y todos ―grandes y pequeños― tendremos que aceptar los
riesgos.
Acabo. He comenzado diciendo que no
soy un incrédulo. Aparte de algunas otras pequeñas
cosas, creo en la buena literatura y en la legítima
resistencia de los pueblos.
Por el más elemental sentido de la
cortesía he reprimido varias veces, a lo largo de esta
intervención, el deseo, casi la necesidad, de citar a
Alfonso Sastre, presente aquí a mi lado, el único
intelectual vivo del Estado español que se ha ceñido a
lo largo de toda su vida a la definición de Edward Said
y a los preceptos ―literarios y políticos― de Bertolt
Brecht. Digo el único sin menoscabo de otros igualmente
comprometidos, algunos de los cuales participan
precisamente en estos encuentros, porque la importancia
y calidad de su obra lo emparientan más estrechamente
que a ningún otro con los dos nombres citados. Alfonso
Sastre cree verdaderamente en la literatura y cree
verdaderamente en el socialismo; cree que un verdadero
escritor comprometido es un escritor comprometido con el
lenguaje; ha creído siempre que «desconectarse» del
capitalismo es conectarse a la verdad y a la buena
literatura; y no ha desdeñado nunca, además, volverse
pequeño cada vez que hacía falta una mano más, una
palabra más, en una brega de urgencia. La cita con la
que termino no está sacada de su excelente librito
Los intelectuales y la utopía, lo que vendría muy al
caso, ni de su vasta obra teatral, hoy más indispensable
que nunca, sino de un texto por el que siento especial
aprecio, Diálogo para un teatro vertebral, en el
que Alfonso Sastre teoriza sobre el teatro y la
literatura como refinadísimos, potentísimos instrumentos
para ―como decía Berger― contar «con mayor precisión» la
verdad; un texto, es decir, en el que responde
afirmativamente al dilema del poema de César Vallejo, en
el sentido de que, en efecto, cuando un obrero se cae de
un andamio es más perentorio que nunca «innovar el tropo
y la metáfora». Y más aún si todo un país, todo un
mundo, son derribados andamio abajo con sus viejas
metáforas y sus tropos ya inservibles.
«Las metáforas nos ayudan»,
escribe, «mediante la autonomía del nivel poético, al
desvelamiento de la realidad, a ese desvelamiento... que
es la verdad. Mientras que las alegorías, mediante la
heteronomía de ese nivel poético, destruyen este
nivel o, al menos, lo deterioran gravemente, ¡y tampoco
funcionan, claro está, como discurso propiamente
ideológico, pues que se han vestido con andrajos de la
imaginación poética! Es por lo que siempre hemos dicho
que una obra de intención política debe ser, antes que
nada y sobre todo, una buena obra poética.
Desengañémonos: es la realidad la que con frecuencia
miente; la que se presenta muchas veces a nuestros ojos
como una negación de la verdad. Y toda identificación
entre realidad y verdad ‘es una mentira’».
Hasta aquí la cita; hasta aquí mi
intervención. Gracias a la Asociación Cultural Alfonso
Sastre por invitarme a esta mesa; gracias sobre todo a
Alfonso Sastre por ser al mismo tiempo tan grande y tan
pequeño.
Intervención en los ASKE encuentros
2003, Donosti 18, 19 y 20 de
noviembre, sobre el tema «El retorno de los
intelectuales a la realidad».
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