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EL TOQUE DE BARRETO
Un percusionista
completo, un caballero del tambor: eso fue Guillermo
Barreto.
En el ritmo llevado por los timbales y la batería cifró
su gloria de intérprete chispeante y seguro, abierto a
la novedad desde la raíz de su alma de tamborero mayor.
Pedro de
la Hoz |
La Habana
Todo el que vuelva los oídos a la música cubana que en
la medianía del siglo pasado entrecruzó las aguas de la
tradición popular y el jazz, tropezará más de una vez
con el nombre de Guillermo Barreto.
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Junto a
la canadiense Jane Bunnet,
The Spirits of Havana
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En el ritmo llevado por los timbales y la batería cifró
su gloria de intérprete chispeante y seguro, abierto a
la novedad desde la raíz de su alma de tamborero mayor.
Cada año en La Habana se le rinde tributo con la
realización de la Fiesta del Tambor, espacio ecuménico
en el que convergen, como sucedió a mediados de
noviembre de este 2003, los más diversos ejercicios
percutivos que puedan imaginarse en la sazón de las
especies musicales cubanas.
Símbolo de continuidad con el quehacer de Barreto lo es
Giraldo Piloto, presidente de la Fiesta. Los bailadores
de la Isla y de otras partes del mundo identifican en él
al director de la banda Klímax y autor de temas de buena
pegada.
Pero no todos saben que si Piloto llegó a la batería
logrando desarrollarse también como un explosivo
ejecutante del jazz latino, es porque desde muy pequeño
tuvo frente a sí a un paradigma: su tío Guillermo
Barreto.
Del viejo Barreto se cuentan numerosas anécdotas, en su
mayoría relacionadas con su elevada exigencia, su
retórica lexical implacable y su ingenio.
Le daban corcomilla la clave atravesada, la
desafinación, las ínfulas, los desplantes, los
aduladores, los mentirosos, los imitadores, la suciedad
y la música hecha de mala gana.
Antes de cada sesión de grabación, limpiaba
escrupulosamente el puesto de trabajo y los
instrumentos, rodeado él mismo de la aureola de una
colonia con notas herbóreas.
A un colega que insistía en llamar a la compañera de
Barreto, Mercedita, corrigió de modo tajante:
«Merceditas, por favor, que la ese en el alfabeto es la
sílaba de la serpiente y usted no debe olvidarla».
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Merceditas Valdés y Guillermo Barreto |
Ambos formaban una pareja entrañable. Ella, la pequeña
Aché, con su voz aérea venida del fondo de los tiempos,
preferida de Fernando Ortiz, la gran Merceditas Valdés.
Él, ocupado hasta el último minuto de su aliento —el
maestro falleció el 15 de diciembre de 1991 a los 62
años— en otorgarle a ella su debida jerarquía como uno
de los símbolos imprescindibles del arte insular de
todos los tiempos.
Ya desde fines de los 40, la enorme disposición de
Barreto para la percusión se hizo notar en los medios
musicales de la capital. El maestro Obdulio Morales, que
era un infatigable cazador de talentos, le ofreció una
plaza en su orquesta.
Pero donde creció su toque fue en la orquesta del
cabaret Tropicana, a lo largo de los 50. Allí, bajo la
dirección de Armando Romeu, maduró el sentido de la
polirritmia que sirve de base a la variedad de estilos y
géneros cubanos y, a la vez, perfeccionó una proyección
jazzística de amplio espectro.
Ello le permitió ser uno de los principales
protagonistas del espíritu de la descarga cubana. No
solo participó en las legendarias sesiones que animó
Chico O’ Farrill en una de sus vueltas al origen, sino
que en 1958 tuvo la iniciativa de propiciar el hoy
mítico Quinteto Instrumental de Música Moderna, que
después derivó en el grupo Los Amigos.
Al comentarle al gran pianista Frank Emilio aquella
experiencia, en una ocasión recordó: «Eso nos condujo,
de una manera muy espontánea, a hacer música cubana,
incorporándole elementos del jazz. Y eso empezó en el
lobby del hotel Saint John. Entonces nos conectamos con
un aficionado a la grabación, un abogado que tenía un
estudio magnífico. Quisimos hacer un experimento, y de
allí salieron nuestros dos primeros discos».
Ya en los 60, cuando alguna agrupación quería tener las
espaldas cuidadas en la percusión, trataba de fichar a
Barreto. Así llegó a la constelación de estrellas que
reunió la Orquesta Cubana de Música Moderna en 1967.
De sus últimos trabajos discográficos considero esencial
su participación en The Spirits of Havana, de la
canadiense Jane Bunnet, en el que participó también
Merceditas. Pero si se quiere ver en todo su esplendor
la maestría de un oficio apegado a la tierra, habrá que
revisar nuevamente los títulos que la EGREM dedicó a
Merceditas, Ache y Aché II.
Un percusionista completo, un caballero del tambor: eso
fue Guillermo Barreto. |