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LA CIA, SU HISTORIA Y SU PAPEL EN EL MUNDO DE HOY (II)
Manuel
Medina-Anaya y Cristóbal García Vera|
Canarias
LA GUERRA CULTURAL
Poco o nada hay en
común entre un auténtico agente de la CIA y la imagen
que Hollywood nos ha transmitido de ellos a través de
las pantallas de cine o de TV. El perdonavidas duro y
frío, pero con principios morales, que el británico Ian
Fleming describe en sus célebres novelas, no encaja con
los personajes que empezamos a conocer gracias a la
documentación secreta a la que hoy tienen acceso los
investigadores. En realidad, esto no es extraño. En el
contexto de la Guerra Fría se convirtió en una necesidad
que los agentes secretos contaran con la simpatía del
gran público. Para lograrlo los voceros de la
comunicación de masas se esforzaron en dibujar un perfil
que encajara con lo que el imaginario colectivo podía
aceptar como héroe contemporáneo: un hombre medianamente
joven, atractivo, defensor de los valores de la libertad
y capaz de dar la vida por sus semejantes. De acuerdo
con ese estereotipo, su papel consistía en enfrentarse
con un enemigo brutal y desalmado que, invariablemente,
se proponía destruir el «mundo libre» y los valores de
Occidente.
La realidad ha sido, y
es, bien distinta. Esos personajes épicos que han
inundado las salas de cine, la TV, la novela, los comics
y, como consecuencia, nuestra propia imaginación, nunca
han existido.
Las actividades de la CIA se nos han mostrado como una
confrontación en la que los diferentes servicios de
inteligencia se batían cruentamente en una batalla entre
el bien y el mal. De esta forma se creó una ficción nada
inocente que trataba de camuflar otras tareas menos
confesables. Hoy, sin embargo, ya se dispone de
suficientes datos para afirmar que, en muchas ocasiones,
los creadores de esa realidad distorsionada formaban
parte de los mismos servicios de inteligencia que
caricaturescamente pretendían representar en los medios
de comunicación.
Contrariamente a la imagen que se ha confeccionado de la
CIA, la función que le otorgaron sus patrocinadores
originarios, no era primordialmente estratégico-militar.
Su objetivo consistió, desde el principio, en ganar la
batalla de las ideas. Si el Fondo Monetario
Internacional, el Plan Marshall y el Banco Mundial se
convirtieron en los instrumentos económicos que los
EE.UU. utilizaron a partir de 1945 como muro de
contención contra el avance de los movimientos de
izquierda; la Agencia fue la herramienta que permitió
vencer las resistencias ideológicas que colisionaban con
los propósitos norteamericanos de hegemonía mundial.
Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no
escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de
dominio ideológico. Se compró la conciencia de
destacados intelectuales aparentemente intachables. Se
sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a
los sectores más radicales del movimiento obrero. Se
crearon decenas de revistas de cultura y arte en las
que, desde una perspectiva aparentemente «neutral» y
«libertaria», se atacaba y desprestigiaba a los
intelectuales más comprometidos con su tiempo. Y cuando
la trama de la corrupción no resultaba suficiente para
imponerse, se preparaban las condiciones para el golpe
de estado y el asesinato del enemigo.
UN FANTASMA RECORRE EUROPA
Después de la Segunda Guerra Mundial, el descrédito de
la derecha europea alcanzó posiblemente los niveles más
altos de su historia. Los efectos de su abierta
cooperación con el fascismo amenazaban incluso su
existencia como fuerza política en algunos países
europeos. En Francia, por ejemplo, no pocos
representantes de los partidos conservadores estaban
manchados por su apoyo al gobierno colaboracionista del
mariscal Petain. En Italia, la monarquía, los sectores
financieros, los terratenientes y el mismo Vaticano
fueron quienes facilitaron el ascenso de Mussolini al
poder; manteniendo la connivencia con el dictador hasta
un cuarto de hora antes de su oportuna destitución. En
Alemania, los Krupp, los Heinkel, los Siemens y demás
industriales germanos se habían comprometido
políticamente con Hitler; delegando en éste la tarea de
acabar con la «marea roja» que amenazaba con
arrebatarles su poder económico. El panorama de la
posguerra no era tranquilizador ni siquiera para la
propia burguesía inglesa que, a diferencia de la
continental, resistió el ataque del fascismo. El
recuerdo de la política económica conservadora de la
preguerra, lesiva para los intereses populares, provocó
que los torys obtuvieran un estrepitoso fracaso
en las elecciones de 1945. Y eso había sucedido en un
país en el que el premier conservador Wiston Churchill
gozaba de una enorme popularidad como líder de la lucha
británica contra la Alemania nazi.
En cambio, las izquierdas, y particularmente los
comunistas europeos disfrutaban de un prestigio bien
ganado en la lucha guerrillera contra el fascismo. Al
fin y al cabo, para los pueblos de Europa, la Unión
Soviética había cargado con los capítulos más dolorosos
y sangrientos de la guerra. El sacrificio de 20 millones
de soviéticos, muertos durante la contienda, generó una
gran corriente de simpatía hacia ese país. El
pensamiento revolucionario y progresista se convirtió en
hegemónico entre una buena parte de las multitudes
recién liberadas del fascismo. También entre la inmensa
mayoría de la intelectualidad del viejo continente
predominaba un fuerte sentimiento anticapitalista.
Brecht, Rolland, Bertrand Russell, Ehremburg, Bernard
Shaw, Barbusse, Jean Paul Sartre, Diego Rivera,
Siqueiros, Chaplin, Visconti, Picasso, Thomas Mann,
Luckacs, Buñuel… eran algunos de los intelectuales de la
época cuyos nombres estaban asociados, de una u otra
manera, con la izquierda. Así pues, el mundo de las
artes, las letras, el cine y la filosofía se hallaba
fuertemente impregnado por los aires optimistas de
renovación social.
En el ámbito laboral, la hegemonía de los sindicatos de
izquierda era evidente, y no solo por razones de
tradición histórica, sino también gracias a la
combatividad desplegada en los años de la inmediata
posguerra. Ante este auge izquierdista, incluso las
corrientes sindicales socialdemócratas y cristianas,
próximas a los postulados pronorteamericanos, tuvieron
que radicalizar la apariencia de su discurso para evitar
que sus competidores socialistas y comunistas provocaran
la deserción de sus afiliados.
El panorama francamente adverso para los objetivos
norteamericanos. Los EE.UU. entendieron que era
necesario dar un cambio radical a un contexto que hacía
peligrar gravemente sus intereses. Sin el
restablecimiento de la hegemonía ideológica del
pensamiento conservador, su proyecto de control
planetario tendría que enfrentarse con un difícil
porvenir. Las clases poderosas de los EE.UU. necesitaban
un mundo seguro y estable para el capitalismo, donde sus
intereses económicos fueran incontestados e
incontestables.
Los recursos para lograr esta «seguridad» fueron
diversos: la intervención armada, (Grecia y Corea), la
presión y el control económico (Plan Marshall y las
instituciones de Brettons Wood) y la guerra ideológica.
Hasta ahora muchos historiadores y comentaristas
políticos habían sostenido que la función de la CIA era
esencialmente militar. Y, en efecto, la Agencia
desempeñó un importante papel en la preparación de
golpes de Estado, en labores de espionaje, en la
contribución a la logística militar, en la compra de
dirigentes sociales, etc. Pero su tarea fundamental
consistió en la penetración cultural e ideológica.
Ya desde el mismo momento de su creación, la CIA intentó
colarse en todos los entornos productores de
información. La compra de intelectuales vacilantes, la
creación de millonarias Fundaciones «filantrópicas», la
apropiación ideológica de aquellos escenarios que
transmitieran cualquier forma de pensamiento, se
convirtió en una de sus primeras misiones. Desde 1947,
fue autorizada para subsidiar programas de colleges;
para crear entidades culturales; editoriales; magazines;
o para organizar vistosos «congresos» de escritores y
científicos a los que, invariablemente, se le prestaba
una extraordinaria cobertura mediática.
También se encontraba entre los quehaceres de la Agencia
suscribir contratos con Universidades privadas, emisoras
de radio, periódicos, etc. Mediante esta vinculación
financiera la Central conseguía ejercer una influencia
directa y poderosa en los ámbitos académicos y
mediáticos. La mayoría de las veces estas actividades se
realizaban a través de sociedades fantasmas
interpuestas. Por la documentación, hasta hace poco
reservada, se sabe que la CIA consideró que las
fundaciones de carácter supuestamente altruista serían
un vehículo idóneo para la articulación de sus fines.
Las fundaciones Farfield, Kaplan, Carnegie, Rockefeller
y Ford fueron las tapaderas culturales más notorias de
la CIA. A través de ellas, podía canalizar sus
cuantiosos fondos sin que los destinatarios pudieran
sospechar que estaban siendo manipulados por los
servicios de inteligencia de los EE.UU.
La
Fundación Ford se distinguió especialmente en el
despliegue de la ofensiva ideológica norteamericana en
Europa. A finales de los años cincuenta disponía de
activos que superaban los tres mil millones de dólares.
Algunos comentaristas de la época reseñaban, no sin
cierta ironía, que «a veces parecía como si la Fundación
Ford fuera una extensión del gobierno en el área de la
propaganda cultural internacional». Esta última
observación cobró sentido cuando, en 1964, su presidente
abandonó el cargo para convertirse en el principal
asesor de Allen Dulles, director de la CIA.
Una investigación del Congreso de los EE.UU. pondría de
manifiesto en 1976 que cerca de la mitad de las 700
subvenciones concedidas por las fundaciones fueron
financiadas por la Agencia Central de Inteligencia.
Según un antiguo miembro de la Agencia, la infiltración
de esta en las fundaciones hizo posible la financiación
de una «variedad aparentemente ilimitada de programas de
acción clandestina que afectan a grupos juveniles,
sindicatos, universidades, editoriales y otras
instituciones privadas.»(1)
Después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa se tenía
una opinión despectiva —y probablemente injusta— acerca
del nivel cultural del estadounidense medio. La
caricatura del yanqui masticador de chicle, ignorante y
exclusivamente preocupado por la limpieza de su
deslumbrante furgoneta Oldsmobile, era indudablemente
exagerada, pero muchos europeos la compartían. Los
círculos gubernamentales norteamericanos eran
conscientes de que esa deformación popular europea no
iba a facilitar el avance de su influencia en el viejo
continente. Con objeto de hacer cambiar esa percepción y
así favorecer su propio trabajo ideológico, se promovió
el desembarco en Europa de compositores de la talla de
Leonard Berstein, Elliot Carter y Gian Carlo Menotti.
Las grandes editoriales americanas incrementaron la
distribución de libros de autores como Pearll Buck,
James Burnham, Norman Cousin y, también, de Ernest
Herminway o William Faulkner. Se trataba del preámbulo a
una invasión cultural menos amable e, indudablemente,
mucho más sospechosa.
Muy pronto, en 1947, se inició de manera explícita la
promoción de algunos escritores europeos, con pasado
izquierdista, pero ya desilusionados de su antigua
militancia. Centenares de miles de ejemplares de la obra
de Arthur Koestler El cero y el infinito,
encontraron un lugar destacado en las librerías del
viejo continente. Vino y pan, de Ignacio Silote y
1984, de George Orwell, fueron rápidamente
elevadas a la categoría de best seller. No se
trataba de hechos casuales. Los Servicios de
Inteligencia norteamericanos pusieron especial énfasis
en la promoción de aquellas obras que contribuyeran a
romper cualquier esperanza de construir una sociedad
diferente. Se trataba de desprestigiar los peligrosos
sueños de cambio que se alojaban en el cerebro de los
«cabezas de huevo», término despectivo utilizado para
referirse a los intelectuales. El reclutamiento de
antiguos escritores «de izquierda» era particularmente
apreciado por la CIA. Se les consideraba «cuñas del
mismo palo» y, con razón, calculaban que los estragos
que causarían en las filas del «enemigo» podían ser
formidables.
En los años siguientes, una larga lista de intelectuales
anticomunistas, serían catapultados por la Agencia.
Isaiah Berlin, Stephen Spender, Daniel Bell, Dwight
MacDonald, Robert Lowell, Hannah Arendt, Mary McCarthy,
Raymond Arond, Anthony Crosland y Michael Josselson
recibieron el apoyo económico y publicitario de la CIA.
Esta afirmación no es una conjetura más o menos
arriesgada. La investigadora británica Frances Stonor
Saunders, de la Universidad de Oxford —teniendo como
principales fuentes la documentación oficial y el acopio
de entrevistas a algunos de los muñidores de esas
operaciones— desveló la naturaleza de la ofensiva
ideológica norteamericana a lo largo de cuatro décadas
en su libro La CIA y la guerra cultural. En esta
obra, a la que algunos historiadores califican como
«maestra en la investigación histórica», Stonor Saunders
pone al descubierto en qué consistieron los resortes de
la trama.
Cuando el The New York Times y otros periódicos
airearon públicamente en 1966 el origen de la
financiación de aquellos «congresos», empresas
periodísticas y promociones editoriales, muchos de los
intelectuales «reclutados» pretendieron excusar su
participación en las operaciones de la CIA, alegando su
ignorancia acerca de la identidad de quienes movían los
hilos de esas iniciativas. Resulta difícil entender, sin
embargo, que en una época en la que la escasez dominaba
hasta en el último rincón de Europa, los intelectuales
favorecidos por las preferencias de la CIA no se
preguntaran nunca por el origen de la financiación de
tanto «festín cultural». Todos los datos ayudan a pensar
que la mayor parte de los participantes en la ofensiva
ideológica conservadora de la «guerra fría» tenían plena
conciencia de quién era el dueño del caballo por el que
apostaban. Escritores, filósofos o científicos sociales
como Hannah Arendt, Daniel Bell, Isaiah Berlin, Mary
McCarty, Sydney Hook, André Gide, Irving Kristoll,
Freddie Ayer, André Malraux, Nicolás Nabokov, Jacques
Maritain, T.S.Elliot, Benedetto Croce, Arthur Koestler,
Raymond Aron, Salvador de Madariaga y Karl Jaspers
defendían los «valores de la libertad» de acuerdo con
los parámetros anticomunistas definidos por sus
benefactores de la CIA. Resulta revelador que ninguno de
ellos cuestionara con su rúbrica las intervenciones de
los EE.UU. en Irán, Guatemala, Corea, la caza de brujas
emprendida por el Senado estadounidense contra
intelectuales norteamericanos, las matanzas masivas en
la Indochina colonial y Argelia o los linchamientos de
negros por el Ku Klux Klan, en el Sur de los EE.UU.
Algunos, incluso, no dudaron en traspasar la frontera de
la mera complicidad y se convirtieron en simples
delatores de sus colegas, como fue el caso de George
Orwell.
ORWELL, O EL GRAN HERMANO QUE TODO LO VE
Orwell, cuyo nombre real era Eric Blair, nació en la
India en 1903 —donde su padre ejercía como funcionario
colonial— en el seno de una aristocrática familia
británica venida a menos. Parte de su adolescencia la
pasó en el famoso y elitista Eton Collage, escuela en la
que las clases pudientes inglesas educan a sus vástagos.
Al cumplir 20 años, su admiración por el Imperio
británico lo empujó a enrolarse en la Policía Imperial,
siendo destinado a Birmania. En 1927, después de
constatar de cerca la naturaleza de los cuerpos
represivos británicos en las colonias, regresó a
Londres, donde trató de abrirse camino como escritor.
Como resultado de su experiencia birmana, en la que pudo
presenciar la tortura y el escarnio contra la población
autóctona, su pensamiento político se radicalizó hacia
posiciones de izquierda.
Aunque su relación con la policía británica y sus
experiencias en los bajos fondos parisinos le
proporcionaron abundantes materiales para la creación
literaria, sus primeras novelas no tuvieron ningún
éxito. En 1936, Orwell viajó a España y se alistó en las
filas del ejército republicano para luchar contra la
rebelión franquista. Esa experiencia bélica, que se
redujo a unos pocos meses, le sirvió para escribir
Homenaje a Cataluña, posiblemente su mejor obra. Su
presencia en España estuvo jalonada por los
enfrentamientos entre militantes comunistas y
republicanos, por un lado, y anarquistas y miembros del
POUM(2), por el otro. El dramatismo de ese
combate fraticida, que Orwell vivió del lado de los
perdedores, lo llevaría a definirse ideológicamente en
un extraño cóctel que combinaba el anarquismo con una
original variante del trotskismo.
En 1945 escribió Rebelión en la granja. La obra
consistía en una amarga sátira de la revolución rusa,
protagonizada caricaturescamente por los animales de una
hacienda. La narración tuvo una pobre acogida en
Inglaterra donde Orwell solo logró vender 23.000
ejemplares. Sin embargo, poco tiempo después, en 1946,
la novela cruzó el Atlántico; y, en los EE.UU., los
servicios de inteligencia norteamericanos se encargaron
de convertirla en un auténtico best-seller. La obra se
vendió por centenares de miles, aunque su calidad
literaria fuera algo más que dudosa. No en vano, la CIA
disponía de la influencia necesaria en los medios de
comunicación para convertir lo mediocre en excelente.
Los elogios fueron casi unánimes en la prensa
norteamericana. El periódico New Yorker, por
ejemplo, cuyos exigentes críticos literarios solían ser
muy tacaños a la hora de emitir un elogio, calificaba a
Rebelión en la granja como un libro
«absolutamente magistral», y sostenía que había que
empezar a considerar a Orwell como «un escritor de
primera línea, comparable con Voltaire». Como no podía
ser menos, la infraestructura de la CIA en Hollywood se
hizo cargo también de financiar la versión
cinematográfica de Rebelión en la granja. No se
escatimaron dólares a la hora de invertir. Un ejército
de ochenta dibujantes asumió la tarea de construir las
750 escenas con los 300.000 dibujos a color que requería
la producción del film en dibujos animados. El guión fue
asesorado por el Consejo de Estrategia Psicológica, que
procuró que el mensaje fuera nítido y favorable a los
planes de la CIA. La película contó con una enorme
cobertura publicitaria y pudo verse hasta en el último
confín de Occidente.
En 1949, apenas unos meses antes de su muerte, Orwell
publicó la novela 1984. Animado por el inesperado
éxito de su anterior bestseller, el escritor británico
rescató el anticomunismo como tema central de su nuevo
libro. Orwell no fue en esta ocasión un dechado de
originalidad. Su novela resultó ser un auténtico plagio
de la obra Nosotros, escrita por Evgeni Zamiatin,
un narrador ruso de principios del siglo XX, que huyó de
su país en 1917, en las vísperas de la Revolución. Tiene
escasa importancia si el tipo de sociedad descrito por
Orwell en 1984 correspondía al estalinismo o a la
sociedad de consumo de los países capitalistas. El hecho
cierto es que el libro le vino de mil maravillas a la
CIA y a la logística de su ofensiva ideológica en
Europa. Y eso Orwell no solo no lo ignoraba, sino que lo
utilizó como desahogo de su anticomunismo enfermizo.
Isaac Deustcher, un teórico trotskista de reconocido
prestigio internacional, describía, con esta
significativa anécdota, el impacto que el libro había
provocado en la opinión pública norteamericana:
«¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor.
¡Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la
bomba atómica sobre los bolcheviques!». «Con esas
palabras, —decía Deustcher— un miserable ciego, vendedor
de periódicos, me recomendó en Nueva York 1984,
pocas semanas antes de la muerte de Orwell.»
Pero el escritor ingles no solo contribuyó, junto con
otros intelectuales «arrepentidos», a crear un clima de
insufrible pánico anticomunista en las sociedades
occidentales. George Orwell, que con 1984 había
aterrado a millones de personas con la posibilidad de
que el futuro nos deparara una sociedad escrupulosamente
vigilada por un omnipresente «Gran Hermano» que todo lo
controlaba, se convirtió el mismo en un vil delator de
los intelectuales de izquierda residentes en su país.
Durante años Orwell ha sido considerado en el ámbito de
algunos sectores progresistas como un autor
paradigmático de la defensa de los derechos de los
individuos frente al omnipresente poder del Estado.
Paradójicamente, la realidad ha puesto de manifiesto que
tan solo fue un vulgar alcahuete de los servicios
policíacos británicos y norteamericanos. La recuperación
del material secreto de la época demuestra que Orwell
denunció hasta 125 escritores y artistas como
«compañeros de viaje, testaferros del comunismo o
simpatizantes». Haciendo uso de las lecciones aprendidas
en la policía colonial del Imperio, Orwell se dedicó a
anotar escrupulosamente los datos e impresiones de
aquellos intelectuales con los que mantenía relación. En
lo que el mismo denominaba como «su listita» no solo se
incluían los nombres de sus denunciados, sino también
las observaciones venenosas que le merecían. La mayoría
de ellos ni siquiera eran comunistas, sino intelectuales
liberales o, simplemente, progresistas. En una libreta
de tapas azules, quien creara la imagen novelesca del
superpoder totalitario, iba anotando escrupulosamente
sus impresiones acerca de aquéllos a quienes luego
denunciaría al Servicio Secreto británico y a la CIA.
Del poeta inglés Tom Driberg, por ejemplo, decía: «Se
cree que es miembro clandestino del P.C., judío inglés,
homosexual». Del músico de color Paul Robenson: «muy
antiblanco». A Kingsley Martin, director del conocido
semanario del laborismo de izquierda News Statesman lo
definía como «un liberal degenerado, muy deshonesto». A
Malcolm Nurse, uno de los padres de la liberación
africana, lo calificaba de «Negro, antiblanco». Al
universalmente conocido John Steimbeck lo insertó en su
cuaderno delator por ser, según su opinión, un «escritor
espurio y pseudoingenuo». Ni Charles Chaplin, ni el
novelista JB Priestley, ni el entrañable Bernard Shaw,
ni el celebérrimo Orson Welles, ni el prestigioso
historiador E.H. Carr, se libraron del lápiz acusador de
George Orwell.(3)
Orwell fue una creación de la CIA, independientemente de
la opinión que se tenga acerca de la calidad literaria
de su obra. La Agencia no escatimó a la hora de invertir
fondos para promocionar su obra. Era conocedora del
efecto devastador que el mensaje de un supuesto
representante de los valores de la izquierda, podía
tener sobre amplios sectores de la opinión. Como otros
intelectuales de aquella —y de esta— poca, sucumbió a la
seducción del éxito fácil y la notoriedad rápida que
posibilitaba la transmisión de un mensaje construido por
los diseñadores de la guerra fría.
La tragedia para su memoria ha sido doble. Por una
parte, la apertura de unos archivos polvorientos del
Foreign Office ha puesto al descubierto su personalidad
fraudulenta. La ausencia de escrúpulos del escritor
británico solo fue equiparable con la de los más
despreciables protagonistas de sus propias novelas. La
historia, finalmente, le ha pasado factura, colocándolo
en el lugar donde le corresponde, aunque para ello hayan
tenido que transcurrir más de cincuenta años. Por otro
lado, la sociedad siniestra que Orwell describió se
parece cada día más a la que, paradójicamente, él
contribuyó a reproducir y a nosotros nos está tocando
vivir. Toda la panoplia orweliana de «policías del
pensamiento», «semanas del odio», «no personas» y esa «neolengua»
que se empequeñece en lugar de agrandarse, haya su
réplica en la estampa que nos está ofreciendo la
sociedad actual. ¿Qué más da que la uniformización del
pensamiento corra a cargo del «Gran Hermano» o de las
siete multinacionales de la comunicación que controlan y
«depuran» la transmisión planetaria del pensamiento?
¿Hay tanta diferencia entre las «Semanas de odio» que
organizaba el Big Brother y las que hoy organiza Bush,
con la finalidad de preparar psicológicamente a la
población de los EE.UU. para una guerra de conquista?
¿Existe una divergencia tan grande entre el «Ministerio
de la Verdad» de 1984, que diariamente
determinaba lo que debía pensar el ciudadano, y la
aplastante uniformidad de opiniones que cada mañana
puede escucharse en todas las emisoras radiofónicas del
Estado español? ¿En qué se diferencian los delitos de
opinión que cometían los «criminales del pensamiento», y
los que hoy se atribuyen a los perseguidos redactores de
Egunkaria?
Se equivocan quienes consideren que la guerra cultural
de la CIA, la batalla ideológica por el control del
pensamiento, es solamente una secuencia del pasado, un
capítulo oscuro de la Guerra Fría. Nada más lejos de la
realidad. Mientras en nuestro planeta existan pueblos
que dominan y otros que son dominados; clases que
detentan la propiedad de las riquezas y otras que no
tienen acceso a ella, la batalla de las ideas no
concluirá.
El sueño de los estrategas norteamericanos de la
posguerra se ha cumplido. Hoy la hegemonía ideológica,
política, económica y militar de los EE.UU. en el mundo
es indiscutible. Pero… ¿por cuánto tiempo?
NOTAS:
1.- La CIA y la guerra
fría cultural, Frances Stonor Saunders Editorial
Debate, 2001.
2.- Partido Obrero de Unificación
Marxista.
3.- La CIA y la guerra fría cultural,
Frances Stonor Saunders Editorial Debate, 2001, pág.
417-419.
El presente artículo forma parte de un
capítulo del libro Algunas claves para entender el
siglo XXI, de próxima aparición en Canarias.
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