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Orígenes de Formell
El
Premio Nacional de la Música al creador de Los Van Van
reconoce una de las más importantes contribuciones
contemporáneas a la música bailable en el ámbito latino.
Pedro de
la Hoz |
La Habana
Juan Formell llegó a la música cubana en el momento
justo y en el espacio adecuado. Traía lo principal:
talento y un mundo de cosas por decir.
Deben contarse los antecedentes personales y culturales.
Entre los primeros, las tempranas enseñanzas de su
padre, la alternancia de la guitarra y el contrabajo
(tuvo el privilegio de consolidar los conocimientos de
este último instrumento con Orestes Urfé, miembro de una
principalísima dinastía de músicos cubanos), el oficio
adquirido a la sombra de agrupaciones dirigidas por
Guillermo Rubalcaba y Pedro Jústiz (Peruchín), en las
que bebió maneras genuinas de encarar los géneros
característicos de la música bailable insular de la
primera mitad del siglo XX, el trabajo en cabaret y
clubes nocturnos que propician a los espíritus abiertos
un sentido de la comunicación con el público, y, sobre
todo, el aprendizaje de los secretos de la orquestación
en manos de dos profesores de altura: Rafael Somavilla y
Félix Guerrero.
En
1967, al incorporarse a la orquesta de Elio Revé, la
música de baile se hallaba estancada. De una parte, en
el orden estrictamente musical, las charangas se
consumían en fórmulas convencionales, aún cuando la
agrupación insignia, la Aragón, se distinguía por el
espíritu alerta de su líder Rafael Lay, de sensibilidad
siempre abierta. Ante el anquilosamiento de los
conjuntos, una corriente «combera» ocupaba el borde
delantero mediante concesiones a un pop deslavado
que nos llegaba de Europa. La plataforma de recíprocas
influencias que se había establecido a lo largo de la
segunda mitad del ciclo republicano —el toma y daca
entre EE.UU. y Cuba— se había hecho trizas en medio de
la hostilidad de Washington contra la Isla, a partir de
1959. La pretensión de sustituir el pasado con nuevas y
muy atendibles propuestas bailables —el pilón, el pacá,
el mozambique— resultaron efímeras más por la endeblez
de una promoción artificial que por la propia naturaleza
de la música.
De
otra parte, había emergido una generación de jóvenes
crecidos con la Revolución que no se sentían
representados por una música bailable que respondiera al
cambio de vida que habían experimentado. En los círculos
sociales, en los salones de baile (pocos a fines de los
60), en las fiestas populares (interrumpidas por el
idealismo productivo que nos lanzó a los campos para
conseguir la zafra azucarera más grande de la historia),
en los albergues de becarios (en los que se ponía la
radio para bailar), en las fiestecitas y descargas de
sábado por la noche (donde los adolescentes llevaban
encubiertos discos de The Beatles), no hubo
motivaciones suficientes para reconocerse en un baile
propio nacional hasta que irrumpió una transformada
Charanga de Elio Revé.
Detrás de esa formación se encontraba el bajista, autor
y arreglista de los números de mayor pegada del
Charangón: Juan Formell, un joven que por entonces
también había logrado conjugar el tiempo shake de
una zona del pop con la impronta trovadoresca en
una muy gustada pieza de la época, «De mis recuerdos».
Elena Burke, que la interpretaba, tuvo la genial
intuición de incorporar al mismo tiempo en su repertorio
temas que constituyeron dos claras señales de los nuevos
derroteros que la música popular cubana recién comenzaba
a emprender, puesto que junto a la creación de Formell
popularizó «Mis 22 años», de Pablo Milanés, anticipo de
la Nueva Trova.
Las contradicciones lógicas de Formell en el seno de la
agrupación de Revé le indicaron la ruta de la formación
de su propia orquesta.
Fue así como en 1969 Formell creó Los Van Van, que se
estrenó públicamente el 4 de diciembre. El punto de
partida fue una charanga, en la que el director,
compositor y arreglista podía concretar lo que había
comenzado a cuajar con la formación de Revé.
Por primera vez en nuestro medio, la música bailable
contaba con una asimilación de la potencialidad de la
electrónica, en los figurados del bajo, los teclados y
las cuerdas amplificadas. Pero el hallazgo mayor de
Formell, compartido con José Luis Quintana (Changuito)
radicó en la elaboración del son en la batería —a la
modalidad se le llamó songo—, con lo que se logró un
ámbito tímbrico-ritmático realmente innovador, en
correspondencia con el carácter de las composiciones de
Formell: mientras la veta «trovasonera» se hacía
ostensible en piezas como «Yuya Martínez», las piezas de
naturaleza danzaria proponían un nuevo patrón para los
bailadores.
Formell apelaba al sonido de dos flautas, a los
comentarios «mambeados» de los violines, a la
preponderancia del bajo en un primer plano sonoro. Luego
introduciría la pareja de trombones.
El
escritor y musicólogo Leonardo Acosta, a la altura de
los 90 contó cómo «Van Van e Irakere se mantuvieron al
frente de nuestra música bailable por dos décadas,
ganando al mismo tiempo reconocimiento internacional,
tan importante en cualquier país y mucho más en Cuba,
donde casi nadie ha sido profeta». La profecía «vanvanesca»
rebasó esa década con la aceptación universal de la
timba, y ha entrado en pleno siglo XXI con nuevos bríos.
Formell ha sabido estar en la Isla precisa y en la
música adecuada en estos tiempos. Y es muy seguro que lo
siga estando.
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