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LA
VIDA EN CUADRITOS
Paquita
Armas Fonseca
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La Habana |
CARLOS NINE
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Caricaturas
de Nine
Abrir un
e-mail a la una de la madrugada y encontrar la respuesta
de Carlos Nine a un cuestionario es como para ponerse a
saltar de alegría. No lo hice, comencé a leer su
mensaje. Lo primero, una disculpa por haberse demorado y
enseguida explicar un cúmulo de compromisos inmediatos.
Y un detalle: «Felicitaciones
por los 45 años de la Revolución».
Comprendí una vez más que hombres y mujeres hechos de
talento puro, son, precisamente por eso, personas
sencillas y asequibles.
Confeso
militante de la izquierda Nine ha hecho suya una frase
del brasileño Ziraldo:
«Si yo dibujo es
porque me falló la revolución». Este padre de cuatro
hijos aún asegura con orgullo que siempre fue un
militante. «Cuando llegó el golpe de Estado, llegué a
sacar unos pasajes para irme a Venezuela, pero al final
decidí quedarme», explica. «Tengo fama de francotirador
y rompepelotas, y la quiero mantener», ha dicho en
entrevistas de prensa.
Calificado por el articulista francés Eric Loret como el
Kafka de los bajos fondos, nuestro invitado de hoy es
considerado un clásico de la historieta argentina y del
mundo. «Nine
es un clásico argentino, una marca inconfundible»,
escribió Juan Sasturain en el prólogo de la edición de
Colihue de Keko el Mago (1996). «En realidad ya era un
clásico de salida. Cuando apareció fuerte en los medios
ya estaba (muy bien) hecho: donde lo pusieran —la
ilustración, la caricatura, la historieta, las portadas
de libros y revistas— lo suyo siempre fue impecable,
maduro y diferente».
Hijo de un zapatero
que también formaba parte de una orquesta de tango y de
tíos ferroviarios, Nine cuenta con orgullo que esa es la
cultura de la que siempre intentó nutrirse. «Aquel mundo
de la peluquería del barrio, del cine antiguo, de
aquellos bailes bravos en Haedo o Morón a los que
acompañaba a mi viejo cuando iba a tocar con su orquesta
los fines de semana».
Es un
autor admirado en cualquier punto del planeta, con una
agenda de trabajo repleta de compromisos de todo tipo.
Al comentarme sus
quehaceres actuales dice: «Te mando por attachment
una especie de biografía donde también figuran los
premios y exposiciones, a excepción de este año donde
haré una en Milano para marzo, con el fin de presentar
un libro llamado Prints of the West (una parodia
de las historias del oeste norteamericano). Este mismo
libro se presenta ahora en el festival de Angouleme, del
20 al 23 de este mes, al cual viajo invitado. Saldrá en
España por abril.
Actualmente estoy
trabajando en una serie de tres libros de historieta,
Pampa, que se publican simultáneamente en Francia y
en España. Es una historia con gauchos (la primera que
se publica en Francia) hilvanadas por un facón (cuchillo
de gran tamaño, casi una espada corta, que se usaba para
pelear) que pasa de mano en mano, a través de diferentes
personajes y circunstancias. Vamos por el tomo segundo.
Me he enfrascado en
la continuación de una historia que apareció años atrás
en Francia, Fantagas, en la preparación de una
publicación semestral que lleva el nombre de un
personaje que ganó el premio de festival de Angouleme
del 2000, y en otro libro Keko, el mago que
publiqué en Argentina y que está siendo adaptado para
Francia.
Este año inauguré una
pequeña editorial, con la intención de publicar algunos
materiales míos que se editan fuera de mi país y que
aquí no son conocidos (por el alto precio de las
importaciones). El primero se llama GESTA DEI, es una
recopilación de dibujos en blanco y negro, y es la
versión argentina de uno editado en Francia.
Nacido en Buenos
Aires, Argentina, el 21 de febrero de 1944, Carlos Nine
tuvo una formación académica: estudió en las Escuelas
Nacionales de Artes Visuales: Manuel Belgrano y
Prilidiano Pueyrredón, respectivamente. Ha hecho
ilustraciones, comics, cine de animación, pinturas,
esculturas y es también autor de libros y obras de
teatro.
Su obra ha sido
publicada en la Argentina, Brasil, México, Estados
Unidos, España, Italia, Francia, Inglaterra, Bélgica,
Alemania, Taiwán, Hong Kong y Macao.
Ha tomado
parte en numerosas exhibiciones (tanto colectivas como
individuales) en Argentina, Italia, España y Bélgica. Se
cuentan entre las más célebres las de Sátira Política
(Italia, 1983), Primer Encuentro de Humoristas Gráficos
Latinoamericanos en España (1984) y la Sexta Muestra de
la Historieta en Nápoles (Italia, 1984). Ha recibido
variedad de premios: en la Quinta y Sexta Bienales de
Humor Gráfico e Historietas de Córdoba (Argentina, 1984
y 1986), Mejor Dibujante Extranjero en el Salón
Internacional del Comic en Barcelona (España, 1988),
Primer Premio Adquisición en el Concurso Internacional
Gianduja (Turín, Italia, 1988), Primer Premio
Adquisición en el Concurso Internacional organizado por
la Escuela Panamericana de Artes (Buenos Aires, 1989),
el Premio Pleyade (otorgado por la Asociación Argentina
de Editores de Revistas, 1990), Silver Clio, ilustración
(International Clio Awards, Nueva York, EE.UU., 1993),
Caran D’Ache al mejor ilustrador (Roma, Italia, 1995).
Galerías y salas de
Argentina han mostrado exposiciones individuales suyas y
en Europa, las galerías Nuages, Milano y Lizard, Roma,
las dos de Italia, la Sans Titre, de Bruselas, Bélgica y
las Ecole Superieur de L’Image de Poitiers y de
Angouleme, ambas en Francia se han prestigiado con
muestras de este singular autor.
Sus ilustraciones
para público infantil fueron seleccionadas y expuestas
en cuatro ocasiones (durante los años 90, 94, 96, 2000)
en la Feria de Ilustración Infantil de Bologna, Italia.
Algunos de
sus libros son: Meurtres et Chatiments (Albin
Michel, París 1991), Fantagas (Delcourt, Paris
1995), Keko el Mago (Colihue, Buenos Aires 1996),
Saubon, le canard qui aimait les poules (Albin
Michel, París, 2000), Gesta Dei (Amok, París,
2001), Oh merde, le lapins!
(Les Reveurs des
Rhunes, París, 2002).
También ha ilustrado
gran cantidad de libros infantiles, entre ellos Much
Ado About Nothing (Grimm Press, Taiwan), Swan
Lake (Grimm Press, Taiwan), El Topo Amable (Aike,
Argentina), ¡Qué Animales! (Sudamericana,
Argentina), El Príncipe Feliz, Wilde-Borges (Emecé,
Argentina), Three Bears ( Harcourt Brace & Co.,
USA).
Desarrolló cursos o
seminarios en institutos, escuelas y universidades de su
país y también en Francia (Angouleme). Ha colaborado en
diarios y revistas, entre los que cabe destacar Sur,
El Periodista, Clarín, La Nación,
Noticias, de Argentina; Le Monde
(Francia), La Modificación (España); The New
Yorker (Estados Unidos).
En el año 2001 ganó
el premio al mejor libro de autor extranjero traducido
al español en el Festival de Angouleme (Le canard qui
aimait les poules), y el premio al conjunto de la
obra otorgado por La Escuela Superior de la Imagen de
Angouleme, que posibilitó concretar sendas exposiciones
y talleres en esa ciudad y en Poitiers.
En el año 2002
publicó Oh merde, les lapins! (Les reveurs de
runes, Francia), una fábula sobre política
internacional, y la versión española de Fantagas
(Ed. Sinsentido). Actualmente está preparando material
que será publicado por Dargaud y Delcourt (Francia), Raw
(USA), y Deponent (España).
Nine ha opinado sobre
los más diversos temas desde su obra o con sus
reflexiones. Aquí están algunas:
Saubon
Es un
pato muy especial, que tiene como característica
destacada ser de izquierda. Es una historieta que
apareció hace años en la revista Fierro, pero
solo dos o tres capítulos. Fue un respiro que me di para
salir de un atolladero argumental en que me había metido
haciendo Keko, el Mago, un ilusionista muy chanta
como recordarán los que siguieron la historieta. Estos
trabajos me permiten desarrollar el costado de escritor
y también desplegar mi humor. Le advertí al traductor,
una persona acostumbrada a trabajar con escritores
latinoamericanos, que aquí usábamos un español
particular y muy mechado con palabras de origen
italiano. Así que, después de algunas oportunas
consultas, se logró un buen resultado.
Si le tapás los
dibujos es como una novela de Chandler marxista, de tono
existencial y confesional
Los
personajes de los comics suelen venir de regiones un
tanto indefinibles, etéreas, gaseosas. Este pato, en
cambio, tiene nacionalidad concreta, es argentino y lo
dice todo el tiempo. Hay una cosa que lo saca de quicio
y es que le tiren mocos. Sus amigos se aprovechan de esa
debilidad y lo mortifican continuamente con bolitas de
esa sustancia. «Se aprovechan porque soy un humilde pato
argentino, porque soy un intelectual. Y no me perdonan
además que siga siendo de izquierda», responde él ante
esas provocaciones. Saubon es, además de alcohólico, un
mujeriego infernal y desaforado. Su novia es una gallina
que se llama Cu Cu, pero ella es estéril e histérica y
él se acuesta con todas: vacas, gatas, chanchas y hasta
amas de casa. Él justifica esta promiscuidad diciendo
que es la forma que ha encontrado para dinamizar sus
ideas marxistas, darles cierta cuota de aventura e
improvisación. Según él, la izquierda anterior a la
caída del Muro era victoriana y moralista. Todo se ha
derrumbado a su alrededor, pero él no puede dejar de
pensar como pensaba.
Entonces, ¿qué hacer? Adapta la práctica, trata de darle
otro sentido, pero no renuncia a sus ideas.
Saubon
es un desocupado y vende cepillos a domicilio. Luego me
permite hablar de la crisis ideológica. ¿Qué se puede
hacer en medio de ese remolino? Además es un pato con
problemas de identidad, que es un debate habitual entre
nosotros. Él no es hijo de pata y pato, sino de pata con
ganso. Y eso lo conflictúa. Me parece que lo que
interesó a los franceses fue que la pequeña caricatura
de un pato pudiera convertirse en un cruce de caminos de
innumerables conflictos reales.
El
jurado que me dio el premio estaba formado por ocho
mujeres presididas por Florence Cestac, una humorista y
dramaturga de mucho prestigio y gran vendedora de libros
en toda Francia. Pensé que con este pato las mujeres me
iban a ignorar. Pero no fue así.
Estilo
Tal vez
podría definirme como neofigurativo, pero no sé, es como
para decir algo. Cuando entré en la Escuela de Bellas
Artes había una fuerte tendencia hacia la abstracción.
Así que todos los que por entonces hacíamos figuración
pertenecíamos a un espacio marginal. Después me di
cuenta de que toda la pintura es abstracta. Lo que se
usa como «figuración», y ponemos esta palabra entre
comillas, es una convención. No pintamos narices,
cuerpos, ni siquiera perspectivas. Eso que denominamos
perspectiva es una elucubración intelectual geométrica,
una convención. Después vino Cézanne y destruyó esta
convención que costó siglos elaborar. Y no hablemos ya
de Picasso. La pintura es abstracción porque es
bidimensional, es una representación convencional en dos
dimensiones de algo que realmente tiene tres, por lo
tanto es abstracta. Lo que hay son referencias. El Ratón
Mickey, ¿qué es, abstracto o figurativo? En realidad son
formas geométricas. Si se toman fragmentos de Velázquez,
y este año lo vi en el Museo el Prado, son pequeños
cuadros abstractos.
Uno es
el aspecto artesanal de la pintura y otro el aspecto de
la forma. Se puede dominar la parte artesanal, pero hay
que saber sobre qué forma se va a pintar. Eso lo tenía
muy claro la Bauhaus de Alemania. El alumno entraba y
practicaba con el artesano, trabajaba la madera, la
pintura, los metales, etcétera. Y luego estaban los
maestros de la forma, que son fundamentales porque la
pintura es también un ejercicio intelectual. Básicamente
es una tarea intelectual. Por eso, mi pintura siempre ha
estado a caballo entre mi amor al arte plástico y esos
amores bastardos, un poco nocturnos y clandestinos, con
las artes populares como, por ejemplo, la historieta.
No
reniego de la palabra ilustrador. Los que tienen
problemas con esa palabra son los teóricos frente a
algunos artistas que son denominados así, pero luego
resulta que estos tipos saltan la tranquera, y entonces
el teórico no sabe qué hacer con la lengua. Es lo que
pasó con Molina Campos. La fuerza de sus imágenes se
impuso finalmente y forzó su aceptación. Hoy para
conseguir sus cuadros se debe pagar mucha plata. Decían
que era un ilustrador. ¡Más que ilustrador! ¿Cómo hacés
para diferenciar al ilustrador del que va más allá de
ese límite? ¿Qué se hace con Daumier? Ahora, quien llega
al Museo d’Orsay se encuentra con sus caricaturas,
hechas en barro coloreado, al lado de los cuadros de
Toulouse Lautrec, de Degas, de Monet, de Renoir, de
Cézanne.
A mí,
cuando hacía pintura, la gente del campo plástico me
decía que incluía muchos elementos anecdóticos. Y a su
vez, cuando hacía historietas, los ilustradores me
reprochaban contrabandear pintura. Es una situación poco
cómoda, fronteriza, pero al mismo tiempo interesante,
porque en realidad lo que uno hace es una guerra de
saqueo en ambos lados para tomar de esas regiones lo que
le interesa.
Yo
asocio formas extrañas, pero lo que creo que realmente
impresiona a la gente, es el aspecto verosímil que esas
formas toman. Eso es por los efectos de luz y sombra,
una técnica completamente clásica. Algo que no existe,
al ser iluminado de manera creíble, adquiere una
dimensión real. Es lo que ocurre con un afiche que llevé
a Poitiers, que lo hice para la obra El herrero y el
diablo que se representó en el San Martín. Allí hay
una suerte de forma que tiene arriba una cabeza de
gaucho. Lo de abajo es un envoltorio de trapos cosidos.
Y a su lado una paisana que es una pollera arremolinada
con un rostro en la parte superior. A pesar de que son
figuras amputadas, tienen un efecto muy real.
Esas
deformidades no están armadas al azar, obedecen a leyes
de oposición de formas. Yo siempre tiendo
instintivamente a equilibrar las formas. Puedo hacer una
forma loca, que sola no dice nada, pero en contrapunto
con otra se produce un equilibrio. Adentro de la forma
meto la anécdota, que puede ser un culo, una cabeza, un
tipo sacando un revólver, en fin, cualquier cosa, pero
aquello a lo que aspiro es tener una forma general
atrayente. Una forma abstracta que sea operativa.
Formación
Estudié
en las Escuelas Nacionales de Artes Visuales Manuel
Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Quería ser pintor.
Pero el ambiente académico me asustó, me resultó
insufrible y pensé que yo podía terminar convertido en
alguno de esos personajes que pululaban por allí. El
artista plástico cree pertenecer a un mundo muy
especial. Y yo quería aprender para aplicar los
conocimientos adquiridos sobre cualquier disciplina,
incluido el arte gráfico. En la década del 60 era de mal
gusto que en ese ambiente te interesara la historieta.
Si alguien confesaba esa «debilidad» lo linchaban. A mí
me parece que todo tiene la misma dignidad y un problema
común: la imagen. En Francia, no hay conflicto entre
abstracción y figuración, entre arte gráfico y arte
pictórico.
En el
Louvre se hacen exposiciones de historietas. Aquí es
inimaginable. Se puede integrar todo perfectamente: la
arquitectura, el teatro, la música. Las artes
interactúan entre sí, se influencian unas a otras, toman
préstamos entre ellas todo el tiempo. Después de todo,
es recuperar de alguna manera cierto espíritu
renacentista.
Oesterheld
Si no
fuera por él estaríamos todavía relatando idioteces.
Pertenezco a la generación de pibes que iban al
secundario y compraban Hora Cero para leer «El
Eternauta». Después de esa lectura yo no podía pegar un
ojo. Se había acabado la joda. El Eternauta peleaba
atrincherado en la cancha de Ríver y avanzaba por la
avenida Libertador llena de nieve mortal. De repente, la
historieta era un drama al alcance de la imaginación. No
era algo tan lejano. Además, fue él, un historietista, y
no un escritor venido de las letras consagradas, el que
anticipó un producto histórico típicamente argentino, un
personaje que iba a reciclarse años más tarde: el
traidor. El mérito principal de «El Eternauta» es la
configuración del traidor. Alguien tiene el aspecto de
tu amigo, pero detrás del cuello, disimulada, ya tiene
una válvula que le pusieron los invasores. Son los
Galimberti que vendrían. Él era un escritorazo, pero
deambuló por un barrio despreciado por los escritores,
progres incluidos. Él lo vio todo antes. Así le
fue, así lo pagó.
Alberto
Breccia
Era un
gran artista, un capo–capo. Él vivía en Haedo, como mi
familia y yo, así que lo traté bastante. Tenía mucha
consideración por mis trabajos. No era un viejo amable,
sino más bien ríspido, una persona con un humor muy
ácido, de esos que hablan todo el tiempo puteando.
Siempre me acuerdo de un chiste terrible que me hizo
hace años. Una noche de invierno me llamó por teléfono,
me notó raro y me preguntó qué tenía. Le dije que
fiebre. ¿Y no te duele el paladar?, me preguntó. No,
¿por qué?, le dije. Porque a todos los pajeros les duele
el paladar y después se les caen los dientes, me
contestó entre risotadas salvajes. Una vez fuimos a Río
Gallegos, a la escuela de Bellas Artes para dar una
charla, y una chica se levantó y le preguntó si en sus
historietas no había mucha elaboración plástica. «No,
para nada. A mí me interesa un pito la plástica».
Enseguida se levantó otro chico y le dijo que estaba de
acuerdo con él, que no veía ningún elemento de la
plástica en sus trabajos, y que lo consideraba un
verdadero historietista. «Pero, ¡ni loco! Yo lo que
quiero realmente es pintar». Era así. Inolvidable. Otro
artista al que admiré mucho por su sutileza, era Oski.
Escritores
Hay dos
que tuvieron una influencia decisiva en lo que terminó
siendo mi escritura. Son bastante distintos entre sí,
pero yo los junté para mis necesidades. Uno es Boris
Vian, del cual me interesa el factor sorpresivo, la
función engañosa que tiene un texto que finge llevarte
por un determinado lugar y de pronto te hace saltar
hacia otro. El segundo es Roberto Arlt. De él me
interesa sobre todo la locura y la construcción de
arquetipos. En Francia, una cosa que me preguntaron
algunos es con qué me drogaba. ¡A mí, que nunca me
drogué y que el último cigarrillo Particulares me lo
fumé en 1982, cuando decidí dejar el vicio para siempre!
Se ve que asocian la imaginación con algún estímulo
externo...
Pintores
Claro,
Goya, Velázquez. Y también Hieronymus Bosch. A este
también le podrían haber preguntado con qué droga se
daba. Y por ahí era un ascético que solo tomaba sopa. En
El Prado está la mayor colección de este pintor. Y uno
se da cuenta de que es coherente, porque el único lugar
donde se podía creer en semejante locura era en la corte
española, que estaba poblada de enanos y seres deformes.
Como su admirado
Alberto Breccia, en su casa de Olivos, Carlos Nine todos
los viernes recibe a los chicos que vienen con sus
carpetas. Son jóvenes que recién empiezan, que van a
mostrar lo suyo, a buscar una opinión, a pedir consejos.
«En Fierro lo hacíamos todos los miércoles», recuerda.
«Algunos de los chicos que vienen son buenísimos. Y uno
no tiene mucho que decirles, porque desde que cerró
Fierro acá no hay dónde publicar. Pero no deja de
sorprenderme que, con toda la maquinaria que hay para
que te desalientes y no hagas nada, los chicos van y
dibujan igual. Seguro que no escuchaste hablar nunca de
Vladimiro Moreno, pero un día lo va a conocer todo el
mundo», dice.
Además de insistir
con la historieta durante los 90, incluso cuando no
había ninguna revista local donde publicar sus trabajos,
Nine no dejó nunca de hacer ilustraciones para diarios y
revistas, así como algunos trabajos para publicidad.
Acerca de la
caricatura, me comentó: «Ya hace tiempo que no hago
porque encuentro al género demasiado condicionado por
una serie de mecanismos bastante previsibles, donde al
espectador solo le queda reservada la función de
descifrar, sin mucho esfuerzo, que a pesar de la
narizota, se trata evidentemente del diputado Fernández.
Habría que tratar de
meterse en el espíritu o las intenciones del personaje
en cuestión. Del libro GESTA DEI que te acabo de
comentar, te envío dos páginas a modo de ejemplo
ilustrativo. Está armado como una enciclopedia, con un
título y un epígrafe en cada página, y como material
central, en vez de un texto, encontramos un dibujo. El
primero es bastante reconocible, es el dictador Pinochet,
en cambio, el otro nada tiene que ver con el aspecto
físico del dictador Franco. Traté de dibujarle el alma a
este cerdo, y también me ayudé con los textos».
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Y de la historieta:
«Me parece más atrayente y peligrosa, porque te da la
posibilidad de desarrollar innumerables sutilezas a
través de las páginas, es una construcción más trabajosa
pero que otorga tiempo y espacio suficientes para
producir en el consumidor de este tipo de obras
verdaderos estados de encantamiento. Son increíbles las
reacciones que una conjunción de textos y dibujos puede
producir en el imaginario de la gente. Son iconos que
pueden llegar a tener una verosimilitud más tangible que
un hecho real. Lo sabían muy bien los muchachos de la DC
comics cuando machacaban con los superhéroes. Hay que
conocer estas técnicas para poder contrarrestarlas,
creando alternativas más eficaces que voluntariosas, y
que también sean artísticas en lo posible».
Con dibujos, Carlos
Nine habló de amor, paz, amistad y patria.
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Caricaturas
de Nine |