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MI SOCIO DE LA YUMA
Su
escritura era un arma política, una forma de llegar y
movilizar a los trabajadores, de crearles conciencia. Lo
vi escribir varias veces y lo hacía como si tuviese una
necesidad urgente de sacar a flote aquella parte de la
realidad norteamericana que los grandes medios y, por
supuesto Hollywood, silencian.
M. H.
Lagarde|
La Habana
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Breve biografía de Jon Hillson
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De
izquierda a derecha, Jon Hillson, Rolando Pérez
Betancourt y M. H. Lagarde
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Recién
llegado del Primer Encuentro de Escritores Cubanos
Venezolanos que tuvo lugar en Caracas, encontré un
correo con la infausta noticia: Jon Hillson ha muerto.
Al
principio pensé que se trataba de alguna broma de mal
gusto y para confirmar lo que aún me resulta
inconcebible me dediqué a indagar, vía email, entre
varios amigos comunes. De pronto, sonó el teléfono e
identifiqué la voz de Hilda, una salvadoreña que reside
en Los Ángeles. “Es cierto, aseguró, Jon ha muerto”.
Según contó, ella estaba en un acto de solidaridad con
Cuba cuando alguien dijo: “Es una pena que Jon no esté
con nosotros” “¿Y dónde está?” preguntó, creyendo que
Hillson andaba en uno de esos viajes que solía realizar
para apoyar alguna huelga o manifestación de la clase
obrera norteamericana. Pero su interlocutor le respondió
que, hacía solo unas horas, Jon había muerto de un
repentino ataque cardiaco. Hilda me especificó aún más:
Hillson preparaba una barbacoa para una actividad en
defensa de la Revolución cubana. Había ido al mercado a
comprar unos pollos y al salir del establecimiento,
camino al parqueo donde se encontraba su modesto VW
descapotable, se desplomó en el suelo.
No cabe
duda de que La Jiribilla ha perdido al mejor de
sus colaboradores, la Revolución Cubana a uno de sus más
fieles defensores en los EE.UU. y yo —que no tengo
muchos, por cierto— a mi socio de la Yuma.
Conocí a
Hillson en septiembre de 2001 a propósito del viaje de
la delegación de músicos cubanos a la premiación de los
Grammy Latinos que se celebraría en Los Ángeles. Antes
de partir, le había escrito un correo diciéndole que en
pocos días llegaría a esa ciudad para cubrir para La
Jiribilla el evento y que, por supuesto, contaba con
su ayuda. Por la misma vía, Hillson, a quien nunca antes
había visto —sólo había leído su conocido ensayo sobre
Reynaldo Arenas—, me respondió algo así como que me
despreocupara: “Mi casa es tu casa”.
Lo vi por
primera vez en una de las salidas del aeropuerto de Los
Ángeles. Era un hombre de mediana estatura, cabello
entrecano, que aparentaba unos cuarenta y tantos años.
El zarcillo que llevaba en una oreja, la barba de cuatro
días, sus sandalias, el short y camiseta desteñidos,
nada tenían que ver con el catedrático de espejuelos y
levita que, en mi imaginación, debía ser el autor de
aquel objetivo y serio ensayo sobre la homosexualidad en
la Revolución cubana.
El
coordinador de la Asociación de Solidaridad con Cuba en
Los Ángeles estaba de pie ante una docena de amigos
estadounidenses de Cuba que portaban carteles en contra
del bloqueo y banderas cubanas, y pronunciaba, en su
español angelino, una arenga de bienvenida a los
hermanos artistas de la Isla que, a pesar de las muchas
presiones de la mafia de Miami para impedirlo, acababan
de arribar a los EE.UU.
Para suerte
de Rolando Pérez Betancourt, el crítico y periodista de
Granma que también reportaba el evento, y mía,
Hillson se brindó, junto a su esposa, la amable Beverly,
para servirnos de guía por Los Ángeles. A veces, Jon
tenía turno en el aeropuerto donde trabajaba como
maletero y entonces ella nos servía de chofer; pero
siempre que Jon tenía un rato libre se aparecía temprano
en nuestra habitación del hotel.
Así ocurrió
aquella mañana del 11de septiembre del 2001. Mientras
Rolando y yo contemplábamos en la pantalla del
televisor, entre sorprendidos e incrédulos, desmoronarse
una y otra vez las torres del World Trade Center, llegó
Hillson. Como todo el mundo en Los Ángeles — la ciudad
se paralizó y las congestionadas avenidas de repente se
transformaron en señalizados desiertos de asfalto—
pasamos la mañana entera comentando lo sucedido. Jon no
parecía muy afectado por las imágenes de los aviones
estallando contra los rascacielos o de las personas
lanzándose al vacío para escapar de las llamas y, de vez
en cuando, realizaba una llamada por su celular o
confrontaba con nosotros sus criterios. Los tres
coincidimos en que, sin duda, aquellas imágenes sacadas
de algún filme del peor Hollywood, marcaban el inicio de
una nueva era imperial. “Los americanos —dije—, en
venganza, van a arrasar con alguna que otra Guernica del
mundo”. Hillson por su parte, como si presagiara el
decreto de la llamada Acta Patriótica, apuntó que el
atentado de Nueva York serviría como pretexto para
frenar la lucha por las reivindicaciones de los
trabajadores y otros derechos civiles.
Después de
pasar toda la tarde especulando sobre los posibles
ejecutores del crimen de las torres, concluimos que ni
los palestinos —los primeros acusados según unas falsas
imágenes de televisión que mostraban a unos niños
saltando de regocijo—, ni los atrasados países árabes,
tenían nada que ver con una operación terrorista tan
meticulosamente planificada.
Hillson nos
invitó a cenar. Junto a Beverly y otros dos amigos de
origen ecuatoriano, atravesamos en sendos autos parte de
la fantasmagórica ciudad de Los Ángeles hasta la Playa
de Santa Mónica. En un restaurante mexicano situado en
la punta del muelle que se extiende sobre el Pacífico,
la conversación tomó por otros rumbos y Hillson abordó
varios temas históricos y políticos sobre los que
demostró tener una vasta cultura.
Jon era
algo más que un maletero y dirigente sindical del
aeropuerto de Los Ángeles. Por esos días, en una ocasión
que vistamos su casa en el barrio de Inglewood, mientras
comentaba su magnífico ensayo sobre Reynaldo Arenas, le
pregunté: “¿Por qué no trabajas para algún periódico?”
“¿Y tú crees que con mis ideas me a van a dejar
escribir en alguna parte?”, respondió. En parte tenía
razón pero, más allá de la consabida censura, la
verdadera causa de que un hombre de su capacidad
intelectual trabajara como maletero en el aeropuerto se
debía a que asumía su quehacer de activista sindical
cual una suerte de misión religiosa. “Un verdadero
militante —me dijo una vez mientras comíamos en mi casa
en La Habana—, debe trabajar en la base”. Por esa razón
había trabajado también durante muchos años en una
fábrica textil. Vivía orgulloso de ser un obrero. En dos
conferencias que impartió ante jóvenes cubanos sobre la
realidad en los EE.UU., lo presenté como el intelectual
norteamericano que colaboraba para La Jiribilla.
Pero él nunca comenzaba a hablar sin anteponer la
aclaración de la que era, para él, su mayor virtud: su
condición proletaria.
Al mismo
tiempo, tampoco era uno de esos escritores puros que
abordaba la palabra por simple pretensión estética. Su
escritura era un arma política, una forma de llegar y
movilizar a los trabajadores, de crearles conciencia. Lo
vi escribir varias veces y lo hacía como si tuviese una
necesidad urgente de sacar a flote aquella parte de la
realidad norteamericana que los grandes medios y, por
supuesto Hollywood, silencian.
En La
Jiribilla muchas veces nos preguntábamos cómo era
posible que aquel hombre, que tenía que cumplir con un
horario de trabajo en el aeropuerto, pudiera escribir
aquellos largos reportes que casi siempre enviaba a la
crítica hora del cierre. Según sus relatos visitaba, en
una misma semana, varias ciudades diferentes cual si
poseyese el don de la ubicuidad. A veces, es cierto, sus
textos, principalmente los de carácter sindical, se iban
más allá de los temas políticos o culturales de la línea
editorial de la revista, sin embargo no había que estar
muy informado para darse cuenta que Hillson escribía
sobre algo totalmente inédito. Sus crónicas sobre las
luchas de los trabajadores norteamericanos, por lo menos
en español, eran únicas. Reportaba la historia más
reciente del movimiento obrero norteamericano en un
idioma que no dominaba completamente.
Beverly lo
había iniciado en los secretos del castellano en los
días de la Revolución sandinista.
A
diferencia del profesor que yo esperaba encontrarme a mi
llegada a los Ángeles, Jon, el periodista, no se andaba
por las ramas ni cambiándole el significado a las
palabras. Como era un intelectual sin ninguna pretensión
de serlo, llamaba a las cosas por su nombre. La lucha de
clases era simplemente eso y los principales
protagonistas de sus relatos eran los obreros y los
burgueses capitalistas, la humanidad y el imperio, la
justicia y la injusticia, la verdad y la mentira. En
realidad, era una suerte para cualquier revista contar
con un colaborador como Hillson. Nunca le pagamos un
centavo. Escribía simplemente por su fe en que sus
denuncias podían ayudar a mejorar el mundo.
En esa
misma convicción, la defensa de Cuba tenía un lugar
destacado. Hillson, quien desde que estudiaba allá por
mediados de los años 60 en una escuela secundaria en las
cercanías de la ciudad de Nueva York se había iniciado
como activista político, se convirtió en un apasionado
partidario de la Revolución cubana tras leer el ensayo
del Che Guevara El hombre y el socialismo en Cuba.
Cuba no
solo aparecía en sus artículos o en las continuas
actividades que organizaba en Los Ángeles a favor de la
Isla, sino que su ejemplo le servía para su misión como
sindicalista en el aeropuerto. Tenía tan presente a Cuba
en su prédica sindical que sus compañeros de trabajo le
replicaban en tono de sorna: “¡Cállate, Fidel! ¡Cállate,
cubano!” Siempre al servicio de la Revolución, sus
últimas actividades a favor de Cuba estuvieron
relacionadas con la lucha por la libertad de los Cinco
Héroes cubanos prisioneros del imperio, así como por los
derechos de los norteamericanos de viajar a la Isla. Su
última estancia en La Habana, fue como organizador de
una delegación de un centenar de jóvenes norteamericanos
deseosos de conocer, por ellos mismos, la realidad
cubana.
La última
vez que nos vimos fue en el portal del Palacio del
Segundo Cabo. “Cuando vuelvas —le dije a modo de
despedida—, nos vamos con Beverly a dar una vuelta por
los carnavales”. “No me gustan”, aseguró. “Ya verás que
sí —insistí—, tú no sabes nada de eso”.
Casi una
semana antes de su muerte, justo dos días antes de salir
yo para Venezuela, me llamó por teléfono, como solía
hacer casi todos los viernes, para preguntarme si había
leído un correo que me había enviado con algunas
consideraciones suyas sobre la intelectualidad liberal
norteamericana. No había tenido tiempo de leerlo, pero
de todas formas hablamos como 20 minutos sobre las
próximas elecciones, los posibles candidatos demócratas
y el acto que estaban preparando para combatir las
nuevas restricciones de la actual administración para
impedir los viajes a Cuba. Me dijo que participaría en
un acto donde hablaría el traductor de tailandés de Bush
recientemente sancionado por viajar a la Isla. “Un buen
tipo”, agregó. Mencionó también una manifestación que
sería la más grande de todos los tiempos que se
realizaría en Los Ángeles y en donde, de alguna manera,
estarían presentes los Cinco. Como siempre, le pedí que
me mandara un buen trabajo sobre todo eso. Después, le
pregunté para cuándo volvía. “Para el 26 de marzo, dijo,
viajaré en la última delegación con licencia”.
La muerte
le impidió el regreso para esa fecha. Pero si como yo
creo Jon Hillson está leyendo estas líneas en alguna
parte, sabe, también como yo, que regresará nuevamente a
la Isla el día que las barreras del engaño dejen de ser
el obstáculo que impide consumar la amistad de nuestros
pueblos.
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