La Jiribilla | Nro. 144
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
LETRA Y SOLFA
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

MI SOCIO DE LA YUMA
 
Su escritura era un arma política, una forma de llegar y movilizar a los trabajadores, de crearles conciencia. Lo vi escribir varias veces y lo hacía como si tuviese una necesidad urgente de sacar a flote aquella parte de la realidad norteamericana que los grandes medios y, por supuesto Hollywood, silencian.


M. H. Lagarde| La Habana

Breve biografía de Jon Hillson
 


De izquierda a derecha, Jon Hillson, Rolando Pérez Betancourt y M. H. Lagarde

Recién llegado del Primer Encuentro de Escritores Cubanos Venezolanos que tuvo lugar en Caracas, encontré un correo con la infausta noticia: Jon Hillson ha muerto.

Al principio pensé que se trataba de alguna broma de mal gusto y para confirmar lo que aún me resulta inconcebible me dediqué a indagar, vía email, entre varios amigos comunes. De pronto, sonó el teléfono e identifiqué la voz de Hilda, una salvadoreña que reside en Los Ángeles. “Es cierto, aseguró, Jon ha muerto”. Según contó, ella estaba en un acto de solidaridad con Cuba cuando alguien dijo: “Es una pena que Jon no esté con nosotros” “¿Y dónde está?” preguntó, creyendo que Hillson andaba en uno de esos viajes que solía realizar para apoyar alguna huelga o manifestación de la clase obrera norteamericana. Pero su interlocutor le respondió que, hacía solo unas horas, Jon había muerto de un repentino ataque cardiaco. Hilda me especificó aún más: Hillson preparaba una barbacoa para una actividad en defensa de la Revolución cubana. Había ido al mercado a comprar unos pollos y al salir del establecimiento, camino al parqueo donde se encontraba su modesto VW descapotable, se desplomó en el suelo.

No cabe duda de que La Jiribilla ha perdido al mejor de sus colaboradores, la Revolución Cubana a uno de sus más fieles defensores en los EE.UU. y yo —que no tengo muchos, por cierto— a mi socio de la Yuma.

Conocí a Hillson en septiembre de 2001 a propósito del viaje de la delegación de músicos cubanos a la premiación de los Grammy Latinos que se celebraría en Los Ángeles. Antes de partir, le había escrito un correo diciéndole que en pocos días llegaría a esa ciudad para cubrir para La Jiribilla el evento y que, por supuesto, contaba con su ayuda. Por la misma vía, Hillson, a quien nunca antes había visto  —sólo había leído su conocido ensayo sobre Reynaldo Arenas—, me respondió algo así como que me despreocupara: “Mi casa es tu casa”.

Lo vi por primera vez en una de las salidas del aeropuerto de Los Ángeles. Era un hombre de mediana estatura, cabello entrecano, que aparentaba unos cuarenta y tantos años. El zarcillo que llevaba en una oreja, la barba de cuatro días, sus sandalias, el short y camiseta desteñidos, nada tenían que ver con el catedrático de espejuelos y levita que, en mi imaginación, debía ser el autor de aquel objetivo y serio ensayo sobre la homosexualidad en la Revolución cubana.

El coordinador de la Asociación de Solidaridad con Cuba en Los Ángeles estaba de pie ante una docena de amigos estadounidenses de Cuba que portaban carteles en contra del bloqueo y banderas cubanas, y pronunciaba, en su español angelino, una arenga de bienvenida a los hermanos artistas de la Isla que, a pesar de las muchas presiones de la mafia de Miami para impedirlo, acababan de arribar a los EE.UU.

Para suerte de Rolando Pérez Betancourt, el crítico y periodista de Granma que también reportaba el evento, y mía, Hillson se brindó, junto a su esposa, la amable Beverly, para servirnos de guía por Los Ángeles. A veces, Jon tenía turno en el aeropuerto donde trabajaba como maletero y entonces ella nos servía de chofer; pero siempre que Jon tenía un rato libre se aparecía temprano en nuestra habitación del hotel.

Así ocurrió aquella mañana del 11de septiembre del 2001. Mientras Rolando y yo contemplábamos en la pantalla del televisor, entre sorprendidos e incrédulos, desmoronarse una y otra vez las torres del World Trade Center, llegó Hillson. Como todo el mundo en Los Ángeles — la ciudad se paralizó y las congestionadas avenidas de repente se transformaron en señalizados desiertos de asfalto— pasamos la mañana entera comentando lo sucedido.  Jon no parecía muy afectado por las imágenes de los aviones estallando contra los rascacielos o de las personas lanzándose al vacío para escapar de las llamas y, de vez en cuando, realizaba una llamada por su celular o confrontaba con nosotros sus criterios. Los tres coincidimos en que, sin duda, aquellas imágenes sacadas de algún filme del peor Hollywood, marcaban el inicio de una nueva era imperial. “Los americanos —dije—, en venganza, van a arrasar con alguna que otra Guernica del mundo”. Hillson por su parte, como si presagiara el decreto de la llamada Acta Patriótica, apuntó que el atentado de Nueva York serviría como pretexto para frenar la lucha por las reivindicaciones de los trabajadores y otros derechos civiles.

Después de pasar toda la tarde especulando sobre los posibles ejecutores del crimen de las torres, concluimos que ni los palestinos —los primeros acusados según unas falsas imágenes de televisión que mostraban a unos niños saltando de regocijo—, ni los atrasados países árabes, tenían nada que ver con una operación terrorista tan meticulosamente planificada.

Hillson nos invitó a cenar. Junto a Beverly y otros dos amigos de origen ecuatoriano, atravesamos en sendos autos parte de la fantasmagórica ciudad de Los Ángeles hasta la Playa de Santa Mónica. En un restaurante mexicano situado en la punta del muelle que se extiende sobre el Pacífico, la conversación tomó por otros rumbos y Hillson abordó varios temas históricos  y políticos sobre los que demostró tener una vasta cultura.

Jon era algo más que un maletero y dirigente sindical del aeropuerto de Los Ángeles. Por esos días, en una ocasión que vistamos su casa en el barrio de Inglewood, mientras comentaba su magnífico ensayo sobre Reynaldo Arenas, le pregunté: “¿Por qué no trabajas para algún periódico?”  “¿Y tú crees que con mis ideas me a van  a dejar escribir en alguna parte?”, respondió. En parte tenía razón pero, más allá de la consabida censura, la verdadera causa de que un hombre de su capacidad intelectual trabajara como maletero en el aeropuerto se debía a que asumía su quehacer de activista sindical cual una suerte de misión religiosa. “Un verdadero militante —me dijo una vez mientras comíamos en mi casa en La Habana—, debe trabajar en la base”. Por esa razón había trabajado también durante muchos años en una fábrica textil. Vivía orgulloso de ser un obrero. En dos conferencias que impartió ante jóvenes cubanos sobre la realidad en los EE.UU., lo presenté como el intelectual norteamericano que colaboraba para La Jiribilla. Pero él nunca comenzaba a hablar sin anteponer la aclaración de la que era, para él, su mayor virtud: su condición proletaria.

Al mismo tiempo, tampoco era uno de esos escritores puros que abordaba la palabra por simple pretensión estética. Su escritura era un arma política, una forma de llegar y movilizar a los trabajadores, de crearles conciencia. Lo vi escribir varias veces y lo hacía como si tuviese una necesidad urgente de sacar a flote aquella parte de la realidad norteamericana que los grandes medios y, por supuesto Hollywood, silencian.

En La Jiribilla muchas veces nos preguntábamos cómo era posible que aquel hombre, que tenía que cumplir con un horario de trabajo en el aeropuerto, pudiera escribir aquellos largos reportes que casi siempre enviaba a la crítica hora del cierre. Según sus relatos visitaba, en una misma semana, varias ciudades diferentes cual si poseyese el don de la ubicuidad. A veces, es cierto, sus textos, principalmente los de carácter sindical, se iban más allá de los temas políticos o culturales de la línea editorial de la revista, sin embargo no había que estar muy informado para darse cuenta que Hillson escribía sobre algo totalmente inédito. Sus crónicas sobre las luchas de los trabajadores norteamericanos, por lo menos en español, eran únicas. Reportaba la historia más reciente del movimiento obrero norteamericano en un idioma que no dominaba completamente.

Beverly lo había iniciado en los secretos del castellano en los días de la Revolución sandinista.

A diferencia del profesor que yo esperaba encontrarme a mi llegada a los Ángeles, Jon, el periodista, no se andaba por las ramas ni cambiándole el significado a las palabras. Como era un intelectual sin ninguna pretensión de serlo, llamaba a las cosas por su nombre. La lucha de clases era simplemente eso y los principales protagonistas de sus relatos eran los obreros y los burgueses capitalistas, la humanidad y el imperio, la justicia y la injusticia, la verdad y la mentira. En realidad, era una suerte para cualquier revista contar con un colaborador como Hillson. Nunca le pagamos un centavo. Escribía simplemente por su fe en que sus denuncias podían ayudar a mejorar el mundo.

En esa misma convicción, la defensa de Cuba tenía un lugar destacado. Hillson, quien desde que estudiaba allá por mediados de los años 60 en una escuela secundaria en las cercanías de la ciudad de Nueva York se había iniciado como activista político, se convirtió en un apasionado partidario de la Revolución cubana tras leer el ensayo del Che Guevara El hombre y el socialismo en Cuba.

Cuba no solo aparecía en sus artículos o en las continuas actividades que organizaba en Los Ángeles a favor de la Isla, sino que su ejemplo le servía para su misión como sindicalista en el aeropuerto. Tenía tan presente a Cuba en su prédica sindical que sus compañeros de trabajo le replicaban en tono de sorna: “¡Cállate, Fidel! ¡Cállate, cubano!” Siempre al servicio de la Revolución, sus últimas actividades a favor de Cuba estuvieron relacionadas con la lucha por la libertad de los Cinco Héroes cubanos prisioneros del imperio, así como por los derechos de los norteamericanos de viajar a la Isla. Su última estancia en La Habana, fue como organizador de una delegación de un centenar de jóvenes norteamericanos deseosos de conocer, por ellos mismos, la realidad cubana.

La última vez que nos vimos fue en el portal del Palacio del Segundo Cabo. “Cuando vuelvas —le dije a modo de despedida—, nos vamos con Beverly a dar una vuelta por los carnavales”.  “No me gustan”, aseguró. “Ya verás que sí —insistí—, tú no sabes nada de eso”.

Casi una semana antes de su muerte, justo dos días antes de salir  yo para Venezuela, me llamó por teléfono, como solía hacer casi todos los viernes, para preguntarme si había leído un correo que me había enviado con algunas consideraciones suyas sobre la intelectualidad liberal norteamericana. No había tenido tiempo de leerlo, pero de todas formas hablamos como 20 minutos sobre las próximas elecciones, los posibles candidatos demócratas y el acto que estaban preparando para combatir las nuevas restricciones de la actual administración para impedir los viajes a Cuba. Me dijo que participaría en un acto donde hablaría el traductor de tailandés de Bush recientemente sancionado por viajar a la Isla. “Un buen tipo”, agregó. Mencionó también una manifestación que sería la más grande de todos los tiempos que se realizaría en Los Ángeles y en donde, de alguna manera, estarían presentes los Cinco. Como siempre, le pedí que me mandara un buen trabajo sobre todo eso. Después, le pregunté para cuándo volvía. “Para el 26 de marzo, dijo, viajaré en la última delegación con licencia”.

La muerte le impidió el regreso para esa fecha. Pero si como yo creo Jon Hillson está leyendo estas líneas en alguna parte, sabe, también como yo, que regresará nuevamente a la Isla el día que las barreras del engaño dejen de ser el obstáculo que impide consumar la amistad de nuestros pueblos.
 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2004
 IE-800X600