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Las voces de Sorel
Los
personajes que Sorel nos muestra de manera magistral en
su novela, no son los que han llegado a ese espejismo;
sino los que han dejado sus huesos y carnes en las
turbias aguas del canal; los que claman, los que aún
gritan en medio de la noche, los sufridos, los apresados
por una tormenta mayor; seres que vagan condenados por
su terrible realidad.
Enrique
Cirules|
La Habana
Hoy asistimos al lanzamiento de una extraordinaria
novela, y contamos además con la presencia de su autor,
uno de los más significativos escritores de la
literatura española actual.
Debo confesar que me siento profundamente impresionado
con la lectura de la novela Las voces del Estrecho;
más que fascinado, admirado con el tejido narrativo con
que nos va construyendo un conjunto de historias y
relatos, de imaginerías y leyendas, cuyas voces nos
llegan desde los más diversos ángulos, entre sutiles y
múltiples entornos, hasta conformar uno de esos
dramáticos y reveladores textos alrededor del fenómeno
de la emigración, reflejo de la trágica situación por la
que atraviesa una buena parte de la civilización
contemporánea.
Es por lo que deseo expresar un conjunto de ideas con el
ánimo de que sirvan de presentación a la edición cubana
de esta notable novela del escritor Andrés Sorel; y es
que el tema que autor refleja, como bien subraya la nota
a la edición cubana, alcanza magnitudes considerables,
dadas las abismales diferencias que existen entre los
países donde se ha congregado la riqueza y los pueblos
que han sido empobrecidos y asolados, de inicio a través
del despiadado dominio colonial, y más tarde con las
feroces relaciones de rapiña y desigualdad que han sido
impuestas a la mayoría de las culturas, territorios y
pobladores del planeta.
Pero Sorel, con este dramático tema, no construye un
texto de historia, ni siquiera un ensayo; sino que nos
trasmite esa terrible realidad con los elementos que
caracterizan el fabuloso entramado de la novela, con sus
ilusiones y desesperanzas, frustraciones y derrotas, con
el grito desgarrador de personajes que arrastran pasado
y presente, en medio de una complicada urdimbre de
pasiones humanas.
Lo cierto es que, tan pronto como uno logra instalarse
en el mundo narrativo que novelista nos propone,
comienza a presentir que todo lo que está por acontecer
guarda una relación con ese principio de diálogos y
reflexiones entre Ismael, el sobreviviente (quien es el
sepulturero de la comarca) y un oscuro y enigmático
personaje que responde por el nombre de Abraham.
A través de estos personajes penetramos en la raíz y
génesis de lo sucedido, con cambios de tono y contrastes
y diversos puntos de vista, mientras los pasajes se van
entremezclando, en una evocación (en una reconstrucción)
de tristes y fatales historias que aparecen como
sepultadas en un hotel fantasma, más que en la memoria
colectiva o en el recuerdo de los alemanes que se
establecieron en aquellos parajes durante la pasada
guerra mundial; en un hotel-barco cuyas ruinas se
encuentran muy cerca de la mar, asediadas por la furia
de las olas y el embate de los vientos y donde, en las
noches, suelen congregarse los que han desaparecido, los
destrozados en la corriente o contra las piedras de los
acantilados, hostigados por una ventisca tan usual en el
estrecho que separa el Norte de África de las costas
sureñas de la península Ibérica, en un continuado y
terco intento por arribar a la tierra prometida, a un
mundo soñado, perseguido, mundo delirante, refugio y
aliento, en el que los emigrantes aspiran a paliar toda
la miseria y la desesperación, ansiosos por dejar atrás
su trágico destino, empujados a un total desamparo, a
una feroz agonía; y cuando no, a una irreparable y
despiadada mezquinización.
Sin embargo, los personajes que Sorel nos muestra de
manera magistral en su novela, no son los que han
llegado a ese espejismo; sino los que han dejado sus
huesos y carnes en las turbias aguas del canal; los que
claman, los que aún gritan en medio de la noche, los
sufridos, los apresados por una tormenta mayor; seres
que vagan condenados por su terrible realidad.
Y es que la fuerza de esta novela radica justo en las
vicisitudes que atraviesan sus personajes, en la
humillante huella evocada por los testigos, gracias a la
impetuosa magia con que el autor nos entrega los
relatos, contados o narrados con la pasión de un
verdadero maestro; de un escritor que, con mano diestra,
ha sabido incorporar a la urdimbre novelesca las
angustias, temores, dudas, ilusiones y derrotas: son las
voces de los muertos y desaparecidos Las voces del
Estrecho, el rostro terrible de la muerte, no una
muerte, sino el perfil múltiple de la muerte, a lo largo
de todo un texto en el que uno apenas encuentra un
resquicio para el respiro; donde lo narrado, por ese
fatídico signo del remordimiento, de impotencia, tiene
la capacidad de sacudir, de estremecer, incluso de
angustiar.
Esta es una novela que enfrenta al lector a una de las
más crudas realidades de hoy; una novela diversa y
abarcadora, que va de lo cotidiano a la rememoración
mítica; de la delicada y simple leyenda al solitario
tono de lo bíblico; y en otras ocasiones, nos acerca al
claro y preciso modo de lo testimonial, siempre con un
altísimo nivel, como suele ocurrir cuando nos
enfrascamos en la lectura de los grandes maestros de
todos los tiempos.
Bienaventurados los que suelen escribir obras con una
materia tan real, tan terriblemente desgarrante, y al
mismo tiempo capaz de alcanzar una formidable dimensión.
Bienaventurados los que pueden paladear temas
escabrosos, convertidos en obras de arte, de la mano de
un autor que, además, se complace en darnos una radiante
visión cervantina, con sus constantes cambios de tonos,
timbres, colores, emociones y sinsabores, evocaciones y
nostalgias, y a veces con una tímida y vaga esperanza,
antes de que se produzca la irremediable tragedia de los
que están condenados, en uno y otro espacio de la
realidad.
Sin dudas, Andrés Sorel, con varias de sus novelas:
Babilonia y la puerta del cielo, Editorial Exadra,
1989; La noche en que fui traicionada, Ed.
Planeta, 2002; y ahora Las voces del Estrecho,
Editorial José Martí, 2003, se instala entre nosotros
como el gran escritor que es, como un narrador capaz de
mostrar los más complejos niveles del fascinante mundo
del lenguaje, para abrir un imprevisible horizonte de
aventuras, de historias pasadas y presentes, portadoras
de la salvaje presencia de la muerte que acompaña a cada
uno de los personajes del Estrecho; de una muerte que se
encuentra en toda la urdimbre de lo relatado, incluso
cuando lo narrado se desplaza hacia las excitaciones del
erotismo, a la complacencia de los sexos, entre
confesiones que nos llevan a la mítica leyenda con la
que cada noche Sherezada alejaba su muerte una y otra
vez, en un tiempo que se destruye y resurge impetuoso
para integrarse en los espacios de la lejanía y la
contemporaneidad.
Esta novela que hoy ofrecemos al lector cubano posee el
misterioso hálito que atesoran las pasiones humanas, a
través de una prosa que por momentos aparece tocada por
una delicada poesía, como es usual en un gran poeta,
sobre todo cuando el discurso narrativo se desplaza como
el torrentoso cauce de un río que exige hondura y
luminosidad, torrente que confluye y se dispersa, antes
de regresar al sitio original con renovada maestría;
porque Sorel posee la portentosa facultad de transitar
de un estilo a otro, de un espacio a otro, de una
circunstancia a otra. Los que nos ocupamos del oficio
literario sabemos cuan difícil es entretejer múltiples
historias, y que todas aparezcan engarzadas por un hilo
dorado.
En esta magnifica novela, con esa manera tan suya, Sorel
se nos revela como un escritor que conoce muy bien las
reglas del oficio; quizás por eso no es raro que
estuviera exiliado en París ―Franco prohibió varios de
sus libros― en los años setenta del siglo pasado. La
época es obvia para quien conozca los avatares
históricos de España.
De Sorel se puede añadir que también ha entregado a sus
lectores muy diversas reflexiones y ensayos. Actualmente
dirige la revista “República de las Letras”, y es
Secretario General de la Asociación Colegial de
Escritores de España. Ha colaborado y colabora en los
principales diarios y revistas de su país; y ha
impartido conferencias y lecturas de sus textos en
Universidades y Centro Culturales en los más diversos
países; pero sobre todo, su genio creador ha conformado
libros como Yo, García Lorca, 1997; Los
españoles no imaginarios, 1994; Jesús, llamado el
Cristo, 1997; y Concierto en Sevilla en el
2003. Su obra ha sido traducida al eslovaco, inglés,
rumano, sueco, alemán y portugués.
Su última novela, Las voces del Estrecho, es un
texto que se desliza de un encantador rumor poético a
una prosa que desgarra y apresa con singular fuerza: es
una novela reveladora, agreste como la propia existencia
de los personajes convertidos en una voz, en las voces
de la muerte.
Los personajes que Sorel proyecta a través de este
complejo tejido verbal poseen una diáfana transparencia
hemingwayana y al mismo tiempo el prodigioso
encadenamiento de que hacen gala las más preciadas
historias faulknerianas.
Lo uno y lo otro, pero en el caso de Sorel, todo aparece
como tocado por la deslumbrante y terca herencia
literaria de don Miguel.
Hoy asistimos al encuentro con esta novela, grito de
rebeldía, terrible realidad que ensombrecen el devenir
humano; de sórdidas evocaciones, en un mundo asfixiante;
inhumano dominio que aprisiona las relaciones de los
países ricos con las poblaciones de la periferia,
abatidas, míseras, desposeídas. Texto fabuloso de un
experimentando narrador, dueño y señor de un magnifico
oficio.
La Feria Internacional del Libro de La Habana 2004 lo
saluda jubilosa, y este Caribe ardiente le augura nuevos
y mayores éxitos, fruto de un talento que le permite
revelar con extraordinaria belleza los espacios menos
conocidos, pero sin dudas los más cautivantes.
Palabras del escritor Enrique Cirules
en la presentación de la novela Las voces del Estrecho,
de Andrés Sorel, en la recién concluida Feria
Internacional del Libro de La Habana 2004.
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