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DONDE LOS CUBANOS
SE ARMAN CABALLEROS
 
No te apresures Sancho —lo calmó por esta vez don Quijote—, que el mundo ya ha descubierto todas sus mentiras. Dejémoslos que ladren, es señal de que Cuba avanza y acaba de entrar al siglo XXI con la adarga al brazo.

Félix López | La Habana


En una Isla sin manchas, de cuyo nombre no será fácil olvidarse, vivió en el siglo XX un pueblo hidalgo de los de lucha incansable, dignidad por adarga y corazón solidario. Ni el mismísimo Cervantes, con su ingenio fabuloso, alcanzó a imaginar que las simbólicas batallas entre su caballero andante y los molinos de viento cobrarían vida, cuatro centurias después, en la resistencia de los cubanos a las desaforadas aspas del imperialismo.

Es, pues, de saber, que la historia de este pueblo hidalgo bastaría para escribir la novela de caballería del milenio que termina. De sus cientos de capítulos reales, cada uno de los cuales le han valido la mirada y admiración del mundo, invito a recorrer uno de los más humanos: donde se cuenta la grandiosa manera que tuvieron los cubanos en armarse caballeros y ayudar a sus hermanos pobres en otras tierras del mundo.

Hechas estas prevenciones, sin aguardar más tiempo, dejo la narración en manos de dos irreductibles guerreros. ¿Personajes? que han sobrevivido, con su ética y proverbial sabiduría, cuatro siglos de literatura, donde nadie —a excepción de los héroes reales de esta historia— pudo superarlos en el oficio de deshacer agravios, enmendar sinrazones y enderezar abusos...
 

I

—Decidme, señor —preguntó Sancho—, ¿cómo han hecho los cubanos para estar enseñando, curando o construyendo por cada uno de los países que atravesamos en esta aventura?

—Bien me parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto del internacionalismo. Cuba es hoy por hoy el país más solidario de este mundo. Y son incontables las tierras adonde los cubanos han llegado, entre los primeros y a cambio de nada, a la hora de hacerles frente a una peste, un huracán o un terremoto...

— ¿Y dice usted que entre los primeros...? —insistió Sancho.

—Ahí ha estado la grandeza de su ayuda: la generosidad, amigo Sancho, no consiste en dar mucho, sino en dar lo necesario, a tiempo.

— ¡Entonces, mi señor, han de ser muy ricos en aquella Isla!

—De espíritu, sí —respondió don Quijote—, pero pobres en riquezas.

—Paréceme —reconoció Sancho— que no estoy entendiendo: ¿cómo es que alguien puede arriesgar su pellejo a cambio de nada?

—El que hace un bien sin interés al elogio y a la recompensa, al final de cuentas tendrá ambas cosas... Todos esos hombres han recibido, como el mejor de los pagos, el cariño de aquellos niños que salvaron y enseñaron a leer en los lugares más remotos del planeta... La gratitud, Sancho, es como la memoria del corazón.

—Y los ricos, ¿por qué no hacen lo mismo? —interrumpió Sancho.

—Hace cuatro siglos que me hago la misma pregunta —confesó don Quijote. De Mark Twain, que vivió rodeado de los más vulgares ricos, aprendí que a los generosos los hace felices ver a otros felices. Los avaros, en cambio, no proceden igual, porque pueden conseguir una felicidad mil veces mayor no haciéndolo. No conozco otra razón.

—Si bien entendiendo —concluyó Sancho—, usted ha querido decir que cuando un hombre no arriesga nada por sus ideas es que no valen nada sus ideas o no vale el hombre...

—Genial —lo recompensó don Quijote.

—La verdad sea que yo no había escuchado historia similar a la de estos bravos cubanos..., pero no se quede usted callado y sígame contando —le pidió Sancho.
 

II

Durante horas, don Quijote pudo hablarle a su humilde Escudero de la epopeya internacionalista cubana. Comenzó por narrarle las más remotas historias de esa vocación solidaria, que tuvo uno de sus más heroicos momentos en 1936, cuando hombres de diversas nacionalidades, entre los que se encontraba nuestro Pablo de la Torriente Brau, se juntaron en las trincheras de España para combatir al fascismo.

En lontananza, pintando el humanismo con palabras, llegó al triunfo mismo de la Revolución, hecho que estuvo marcado por la presencia de otro internacionalista, indiscutiblemente el ser más solidario de este siglo. Sancho, que ya había visto la imagen de aquel héroe real, multiplicada por todo el mundo, como amuleto de los desposeídos y paradigma de los jóvenes, le dijo a don Quijote:

—Dichoso siglo que pudo contar con un hombre de tan tamaña estatura como el Che Guevara.

—Dices bien —aprobó don Quijote. Pasan los años, cambian las modas: a los modernismos sucedieron los posmodernismos, las dictaduras fueron reemplazadas por las democraduras, el muro de Berlín por el muro del dinero, el capitalismo se cubrió con la máscara del neoliberalismo..., pero el ejemplo del Che Guevara sigue ahí, intacto, y sus mensajes recobran cada vez más vigencia dentro de esa mayoría atormentada y rebelde, tantas veces explotada y siempre bajo el influjo de nuevas esperanzas.

—¿Y es cierto que el Che Guevara era un ferviente admirador suyo, que le leía sus historias a los reclutas en la Sierra Maestra y hasta le envió una carta a sus padres, donde se identificaba, irónicamente, con sus quijotescas hazañas? —quiso saber Sancho.

—Eso supe, pero advertid, hermano Sancho, que ese es un honor que no merezco. Yo he sido, en verdad, un aventurero, pero el Che no fue solamente un combatiente heroico, sino también un pensador revolucionario. Para él, el verdadero comunista, el revolucionario, es quien considera los grandes problemas de la humanidad como sus problemas personales. Su manera de asumir el internacionalismo sigue siendo, muy a pesar del imperialismo, la expresión combativa y concreta del humanismo revolucionario y marxista.

—Es increíble —le dijo Sancho en voz baja—, pero a veces creo verlo en todas partes.

—No son visiones —aseguró don Quijote—, él está entre esos médicos que hoy salvan vidas en Centroamérica o los que vacunan a los niños negros africanos contra la desesperanza. El Che anda metido en cada uno de los que hicieron suya aquella frase de José Martí que él citaba a menudo en sus discursos: "Todo ser humano verdadero debe sentir en su rostro la bofetada dada en el rostro de otro ser humano".

—Pero no cree usted, que tanto conoce del sacrificio y el dolor, que andan como muy alegres esos cubanos por el mundo —comentó el Escudero.

—Virtud que tienen —sentenció don Quijote. Ya lo decía Emerson: "Nada grande ha sido conquistado alguna vez sin el entusiasmo". Tú mismo, Sancho, vas a necesitar de mucho prejuicio para no sucumbir al abrazo de ese pueblo cariñoso, que habla y ríe a viva voz y contagia dignidad y frescura a quien se arrime.

—Pues continuemos la marcha, que ardo en deseos de conocerlos —se alegró Sancho.
 

 III

En uno de sus descansos, don Quijote registró las alforjas de su rocín y puso en las manos de Sancho un abultado álbum de fotografías: "Estas imágenes, le aseguró, te ayudarán a comprender la dimensión de todo cuanto te he contado. No pierdas ni un solo detalle. Es la más completa historia de la solidaridad".

A la sombra de un árbol, el Escudero inició un inesperado viaje a través del tiempo: en la primera foto un joven médico carga a un niño árabe que lleva sus dos pies enyesados (al dorso unos datos mínimos: "Argelia, 1960". En la siguiente, un obrero cubano levanta una pancarta por encima de la multitud: "Ayudemos a Viet Nam del Norte a rechazar la agresión"... Como respuesta: un barco con diez mil toneladas de azúcar; uno, dos, tres contingentes de constructores...

Como en un caleidoscopio se suceden las demás imágenes: el Che en la profundidad de la selva, allá en el Congo; escribiendo en su diario, allá en Bolivia; sobreviviendo a sus asesinos, allá en La Higuera... Un negro cubano se confunde con los combatientes mozambicanos. Otros cavan trincheras en Tanzania. Socorren heridos en Iraq. Miles de hombres y mujeres que envían su sangre a sus hermanos del Perú; aviones de Cubana que aterrizan en Armenia y Ciudad de México, agrietadas por los terremotos... Y están también los gritos de "¡Libertad!" para Angela Davis y Nelson Mandela.

Dos soldados, uno etíope y otro cubano, posan abrazados en lo alto de un tanque, sonríen. Las de Angola llegan como en una caravana: en la retaguardia y en el frente, siempre de camuflaje, los cubanos avanzan junto a las FAPLA rumbo al sur. Están todos los colores de la guerra. Una lluvia de cohetes y un puente tomado a las puertas de Cuito-Cuanavale. La alegría de la victoria. Y el dolor por los que no llegaron a celebrarla. Allí está, para orgullo de todos, el mensaje dejado por un sudafricano en su estampida final: "Los MIG cubanos nos partieron el corazón". Era la muerte del apartheid.

De Nicaragua, la guerra traicionera y la lucha contra la ignorancia. Un maestro cubano es víctima del odio. Otros miles de manos piden ocupar su puesto. Ingenieros cubanos levantan un central azucarero; los constructores, un pueblo entero arrasado por un ciclón... Por Granada se congelan otros instantes de crímenes y prepotencia imperial. Allí también los cubanos les molestaban a los yanquis.

En las fotos menos amarillas, las de estos días, predominan las batas blancas y los rostros jóvenes. Van a pie o a caballo. Bordean los ríos que el huracán Mitch sacó de sus cauces en casi toda Centroamérica. Duermen en hamacas o sobre el suelo. Comparten el dolor de los que lo perdieron todo en el venezolano estado de Vargas, mitigan el desamparo de los haitianos o combaten enfermedades desconocidas en Zimbabwe, Gambia o Nigeria...
 

IV

—Ya estamos en Cuba— le anunció don Quijote a su Escudero—, el país que a lo largo de 42 años ha derrotado su hambre, ha multiplicado la dignidad latinoamericana y ha dado un continuo ejemplo de solidaridad al mundo.

— ¡Quitémosnos el sombrero ante este hidalgo pueblo! —propuso Sancho.

—Razón que tienes —contestó don Quijote—, me parece una reverencia justa ante tanta dignidad... Como vez, nada hay por acá de opulencia. Más bien se trata de un país humilde que aprendió a compartirlo todo, incluido el cariño... ¿Ves allá? —le preguntó apuntando a lo lejos. Es una escuela donde se preparan miles de médicos de otros países, y solo a cambio de que no dejen morir a más niños en las remotas y olvidadas aldeas de este mundo.

—Lindo gesto —dijo Sancho, como quien amanece a través de la mirada. Valdría la pena —propuso a don Quijote— que desde aquí siguiéramos a enfrentar al gigante que vocifera y difama de Cuba allá en el Norte...

—No te apresures Sancho —lo calmó por esta vez don Quijote—, que el mundo ya ha descubierto todas sus mentiras. Dejémoslos que ladren, es señal de que Cuba avanza y acaba de entrar al siglo XXI con la adarga al brazo.

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