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"MARX NO ESTÁ MUERTO"
 
Y lo voy a probar trayéndolo de regreso a un escenario. Desde allí le enseñaría al público estadounidense lo que realmente era el marxismo. Él mismo, Marx, le explicaría la diferencia entre stalinismo y marxismo. Le recordaría a los espectadores en qué consiste la crítica marxista al capitalismo. Demostraría que esas ideas tienen que ver mucho con los EE.UU. de la actualidad. En otras palabras, que la crítica marxista al capitalismo todavía es exacta y actual. Entrevista exclusiva con el escritor norteamericano Howard Zinn.


M. H. Lagarde | La Habana
Fotos: Alain Gutierrez

 


Leyendo La Jiribilla de papel

"¡Gracias a Dios, un auditorio! Me alegro de que hayáis venido. No habéis hecho caso de esos idiotas que han dicho: ¡Marx está muerto! Bueno, lo estoy... y no lo estoy" —dice Carlos Marx en pleno corazón de La Habana.

El auditorio al que se refiere el redivido eterno aguafiestas está conformado por una docena de personas que ocupan los asientos de la pequeña sala teatral Adolfo Llauradó situada en la céntrica barriada del Vedado. Mientras el actor que encarna a Marx se mueve y habla en el escenario, los presentes reparten la atención entre su ejecución y la silueta recortada por una tenue luz del hombre alto y canoso que desde su silla no deja de hacer anotaciones en una libreta. Es Howard Zinn, el escritor e historiador norteamericano que ha venido a presenciar la versión que sobre su monólogo Marx en el Soho ha hecho el actor y director teatral cubano Michael Cué.


El escritor norteamericano Howard Zinn (al centro)
con el equipo que pondrá su obra en escena en La Habana.

Invitado por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y el Instituto Cubano del Libro, Zinn aprovecha su segunda estancia en la Isla —había venido anteriormente a Cuba en los años 70 con un grupo de turistas canadienses—, para repasar su conocimiento de la realidad cubana.

Entre otros sitios de interés, el escritor de 81 años, ha visitado el Palacio de Bellas Artes, la Escuela de pintura San Alejandro, y la Escuela Nacional de Ballet. En esta última institución, luego de que visitar los modernos salones e instalaciones que la conforman y que fueron definidos por el autor de La historia popular de Estados Unidos, como “un palacio de la danza lleno de princesas y príncipes” tuvo lugar esta entrevista. En ella, el también autor de El lector de Zinn y Nadie puede ser neutral en un tren en marcha habla sobre la obra teatral que los espectadores cubanos tendrán la oportunidad de apreciar a finales de junio próximo, así como de algunos aspectos de la actualidad  norteamericana.

Una de sus alumnas, la conocida novelista norteamericana Alice Walker, ha definido al escritor como una suerte de médium... ¿Cómo le vino a Howard Zinn la inspiración de convertirse en el resucitador de Carlos Marx?

Cuando tenía 17 años comencé a  leer a Marx y a Engels. A los 18 empecé a trabajar en un astillero. Conjuntamente con otros tres jóvenes radicales organicé allí la Unión de los jóvenes trabajadores de los astilleros. Los sindicatos entonces eran muy exclusivos y no se les permitía a los jóvenes trabajadores pertenecer a ellos. Los cuatros nos convertimos en un equipo y nos reuníamos una vez a la semana. Leíamos las ideas de Marx y muchos años después, cuando me hice profesor, impartí un seminario de marxismo. Leí mucho más sobre Marx y me interesé mucho por su vida familiar. Para mí no solo era importante conocer sus ideas, sino también conocerlo como ser humano.

Mi primera obra de teatro no fue sobre Carlos Marx, sino sobre una mujer anarquista y feminista, Emma Goldman. Esa obra se exhibió en varias ciudades de EE.UU., Nueva York, Boston, pero también en Londres, en Japón. Después, interesado ya en el teatro, fue cuando decidí escribir una obra sobre Marx. Esa decisión la tomé luego de la caída de la Unión Soviética, porque cuando la Unión Soviética se derrumbó, todo el mundo decía que el marxismo había muerto. Así que traté de decirle al público estadounidense: Marx no está muerto y lo voy a probar trayéndolo de regreso a un escenario. Desde allí le enseñaría al público estadounidense lo que realmente era el marxismo. Él mismo, Marx, le explicaría la diferencia entre stalinismo y marxismo. Le recordaría al público en qué consiste la crítica marxista al capitalismo. Demostraría que esas ideas tienen que ver mucho con los EE.UU. de la actualidad. En otras palabras, que la crítica marxista al capitalismo todavía es exacta y actual.

Como no quería que la obra solo representase ideas, le agregué datos sobre la relación de Marx con su familia, un poco de humor, así como una visión de lo que pudiera ser una nueva sociedad. Por eso hago que Marx hable sobre la Comuna de París de 1871. La Comuna es una pequeña luz.

¿Qué aceptación ha tenido Marx en el Soho en los Estados Unidos? ¿No lo confundieron con Groucho Marx?

Los norteamericanos conocen mucho mejor a Groucho Marx que a Carlos Marx. La obra se ha presentado en cuarenta sedes en los EE.UU., la mayoría de las veces ante un público universitario. Los espectadores suelen oscilar entre trescientos y mil, y la obra siempre ha tenido una buena aceptación, quizás porque se presentan las ideas del marxismo de una forma clara y sencilla. Es una cuestión de sentido común. La obra es una combinación de humor y experiencias, humanas y familiares, y uno hasta puede reírse de Marx. Es lo que pasa cuando Jenny se burla de él y su hija Eleonor hace lo mismo. Creo que eso resulta más atractivo para el público. Marx no aparece en el escenario como alguien que lo sabe todo.

¿En las academias norteamericanas, las universidades, hay una presencia de Marx, se estudia su obra?

A veces. Quizás en una de cada cien universidades hay un curso de marxismo. Hay muchos cursos de filosofía política y en estos quizás se le dedique algunos días a Marx. Usualmente no se enseñan sus ideas de forma exacta.


Zinn compartió criterios con un grupo de historiadores y escritores cubanos en el Hotel Ambos Mundos

¿Puede ser intencional esta disminución de Marx?

Es ignorancia.

En la obra se tocan varias ideas que tiene que ver mucho con la actualidad. Una de ellas es la alusión que hace el personaje de Marx sobre la cobardía de la prensa. ¿Cuál es su  opinión sobre el cobarde papel que tiene la prensa hoy en los EE.UU. en relación con la guerra de Iraq?

Hay dos partes de la prensa en EE.UU. Una es la de las televisoras y periódicos poderosos que generalmente apoyan las posiciones del gobierno, especialmente sus posiciones en política exterior. Por ejemplo, ni un solo periódico de los más importantes dice que los EE.UU. deben retirarse de Iraq. Plantean hacer las cosas de otro modo, proponen inmiscuir a la ONU, a la que ellos ignoraron desde principio. Dicen cosas como que se necesitan más soldados y no tenemos más soldados. “Deberíamos tener un mejor plan para ocupar a Iraq”, pero no aparece ningún tipo de crítica básica. Eso es lo que su sucede en la prensa más poderosa. Existe también la prensa de oposición que es mucho más pequeña. Por ejemplo, The New York Times llega a más de un millón de personas, The Nation, llega a 100 mil personas. Las grandes cadenas de televisión llegan a 30 millones de personas, mientras que pequeñas estaciones por cable pueden llegar a solo unos miles de personas. Lo mismo sucede con las emisoras de radio progresistas las cuales tal vez alcancen cerca de 50 mil personas.

¿Cómo se explica que después del libro como el de Richard Clarke o el de Bod Woodward que han dejado claro las mentiras y maquinaciones de la actual administración, no haya ocurrido en los EE.UU. un escándalo al estilo Watergate?

Es muy difícil de explicar la ignorancia del público estadounidense. Ellos saben que hubo mentiras, pero quizás ya están acostumbrados a esas mentiras. Ellos ven en la televisión y los periódicos que hay cosas que no son verdad, pero de ahí no sacan la conclusión de que la invasión a Iraq fue incorrecta. Bush puede decir: “Bueno, no encontramos armas de destrucción masiva, pero teníamos que acabar con Saddam Hussein”. Siempre cambian las razones de la invasión y si alguna razón resulta ser falsa, inventan otra. Le pongo un ejemplo sobre la influencia de la prensa. Una encuesta nacional sobre cuáles eran los canales televisivos que los estadounidenses más veían, arrojó que  la mayoría de las personas se informaban a través de la  cadena Fox. El 80 % de estas personas dicen que en Iraq se han encontrado armas de destrucción masiva. En otras palabras, los grandes medios confunden a las personas. No va a encontrar nunca en ellos una crítica verdadera y osada sobre la guerra en Iraq. Es interesante ver que en EE.UU. existan todas esas televisoras y grandes periódicos y que al mismo tiempo el pueblo estadounidense sea el más desinformado del mundo.

En su obra, Marx cita la conocida frase de Lincoln que dice que se puede engañar al pueblo algunas veces, pero no todo el tiempo. ¿Cuánto tiempo habría que esperar para que el pueblo de EE.UU. deje de ser manipulado?

Ese proceso ya ha empezado. Ya ha comenzado a bajar el porcentaje de personas que apoyan la guerra. Cuando se le pregunta al pueblo norteamericano si ha valido la pena la guerra, solamente el 35 % dice que sí. Esto es diferente a lo que ocurría hace seis meses o tres meses. Cada día se hace más notable la diferencia entre las páginas editoriales y las noticiosas. Mientras los editoriales no hacen una crítica básica de la guerra, las páginas de noticias reportan sobre las crecientes bajas norteamericanas. Estas últimas semanas, como sabes, se ha estado informando sobre las torturas de los prisioneros en Iraq. Cuando los estadounidenses ven esas historias una y otra vez, tiene un efecto erosivo en sus creencias sobre el gobierno. Sí, Lincoln tenía razón, pero él no dijo cuánto tiempo demoraría eso.

En muchos de sus artículos usted se ha mostrado muy optimista respecto a la idea de que la gente puede cambiar el mundo si todos hacemos algo, aunque ese algo parezca insignificante. Por supuesto, que dentro de la gente están también los intelectuales. ¿Qué podrían hacer estos últimos para que el mundo cambie?

Los intelectuales solo pueden hacer parte del trabajo. Cuando una nación cambia no es por el trabajo de los intelectuales. Sí, el papel de los intelectuales tiene un efecto, pero el mayor efecto lo hace la realidad cuando esta llega a las personas. Ahí está el ejemplo del movimiento contra la guerra de Vietnam. Al principio, dos tercios del pueblo estadounidense apoyaba la guerra. Dos años después, esa misma cifra se oponía a la guerra. ¿Qué pasó mientras tanto? Por supuesto, los intelectuales con sus artículos y enseñanzas consiguieron un efecto, pero el más fuerte factor que influyó fue la realidad. Esta se reflejó en los grandes medios. Un ejemplo de ello fue la publicación de las fotos de lo que realmente ocurría en Vietnam. A veces los intelectuales tienen una visión exagerada de su propia importancia.

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