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TODO EN ESTA VIDA SE SABE
Salvador
E. Morales Pérez|
La Habana
¡Qué
razón tenía Jorrín! Como decía en aquel clásico cha cha
chá, no hay que averiguar para enterarse de todo: el Cid
Campeador internacional de los derechos humanos ha
quedado más desnudo que una china pelona. Ya se sabe en
todas las esquinas del globo que detrás de tantas
palabras y golpes de pecho se ocultaban inconfesables
inclinaciones a los abusos calculados. Abusos sí,
expresión usada uniformemente por los medios masivos de
difusión para calificar sistemáticas e intencionadas
violaciones de elementales derechos humanos. Las
víctimas, prisioneros de los ejércitos de ocupación en
Iraq. La oportuna filtración de testimonios gráficos ha
levantado olas: reacciones escandalosas en esa “opinión
pública” usualmente cloroformada. Súbito papeleo
jurídico y declaraciones distanciadoras para intentar
persuadir a ciertos estupefactos de ignorancia y
deslinde. Yerba vieja para incautos. Y los medios
cercanos a esos poderes repiten como papagayos
amaestrados la noticia elaborada con técnico cuidado.
Apenas pueden reducir el impacto. La evidencia está tan
clara que hasta los ciegos pueden dar detalles.
A la
vista hasta de los más encallecidos por tanta violencia
mediática, real o fingida, ha quedado el ejercicio del
más despiadado terrorismo. No importa si estos forzados
protagonista eran culpables o inocentes de resistir la
agresión y la ocupación del territorio iraquí, eran
seres humanos reducidos a la más brutal agresión.
Víctimas y victimarios reunidos en el más asqueante
espectáculo de abyección. Y como en aquella esclavitud,
tan cercana en nuestras historias, la víctima y el
victimario hundidos en el mismo nivel de degradación. Un
bochorno para la humanidad, desde cualquier punto que se
le mire. Así de horrible, sin apelaciones retóricas.
Abuso
es, dicho con simplicidad, la exageración de poder hacia
quien no puede defenderse en proporción análoga a la
empleada en su contra. Lo que hemos visto en testimonios
gráficos son algo más, son violentos ataques a la
integridad física y moral de individuos inermes. Es
vejación premeditada, degradación intencional, regocijo
de los ejecutores: sadismo oficial, pleno regodeo en el
instante climático de la ejecución.
A
primera vista parece que a ciertos milicos de la
ocupación angloamericana
—oficiales
y “contratistas” privados—
no les bastó el lujo de fuerza desplegado por
ultramodernos aviones y cohetería, derroche de tanques y
demás quincallería sofisticada con la cual se hace la
guerra que hoy alimenta la alicaída economía
estadounidense. Quizá creyeron que hacía falta un
ingrediente sin el cual el plato fuerte no se haría
digerible con rapidez, una suerte de sal y pimienta al
traumatismo indispensable a la condición de vencidos. El
sometimiento totalizador para hundirlos a la condición
más baja de la sumisión. En la misma medida exorcisar
las etnofobias y miedos raciales subyacentes inculcados
por los medios indecentes de información y espectáculos.
Además
de todo lo visto y especulado hay algo más turbio y
horripilante que se abre paso con el transcurrir de las
olas. Se destapa que estos no son hechos aislados:
accidentes humanos. Como dijimos al inicio “todo en esta
vida sabe sin siquiera averiguar”. La “engañadora” está
siendo puesta en evidencia. Las almohaditas de teórica
preocupación por humanos derechos se han caído y la
horrible huesa ha enseñado su feo rostro. Estas
prácticas, en Guantánamo, con los prisioneros de
Afghanistán y ahora los de Iraq estaban previstas y
autorizadas. Las revelaciones han estrechado el margen
de maniobras mediáticas. El estallido de pus ha
salpicado a la pluscuamperfecta democracia.
Ahora
otros saben lo que ya teníamos sabido de sobra: los
derechos humanos no son solamente un puñado de
apreciables libertades públicas contaminadas con
trapacerías desde el poder. Los derechos humanos son una
escala de valores que tienen por epicentro indiscutible
las condiciones de conservación y protección de la vida.
Todo lo que tienda a limitar a un ser pensante de esas
condiciones básicas es un atentado. El atropello físico
y moral, la privación de medios para ganar el sustento,
el hambreamiento y la insalubridad son las principales
agresiones al derecho de garantizar la supervivencia y
la integridad. Los demás aspectos deben subordinarse y
enriquecerlos. Todo lo que deprima a un ser humano debe
ser rechazado, denunciado, condenado de acuerdo a la
magnitud y los contextos en que se produce.
La
flagrancia revelada no ha sido un hecho aislado. Cada
día afloran más datos que desentierran un enfoque
sórdido del trato a adversarios para quebrantar sus
voluntades. Muy valiente el informe del General Antonio
Taguba. Los intentos por silenciarlo han sido
patéticos. Parece confirmarse los dichos del periodista
irlandés Gordon Thomas acerca del estímulo,
adiestramiento y financiamiento de prácticas de torturas
por la CIA y otros órganos secretos de EE.UU. El
Washington Post ha aireado las instrucciones del
Pentágono al respecto. Una historia tenebrosa, como la
de aquella temida Inquisición, parece a punto de
estallar. No solo en Iraq, en Afghanistán y en la base
de Guantánamo, hay mucha tela por donde cortar. El
alegato de una comisión visitadora cobra fuerzas. Al
parecer cabría dar espacio a la moción promovida por la
diplomacia cubana.
Una
acción de esta naturaleza tendría un enorme valor. La
más grande potencia militar del orbe no se puede dar el
lujo de salir impune en el ejercicio de tan horrendas
prácticas. En primer lugar para favorecer a las propias
víctimas de los atropellos en curso, luego para
reenquiciar mejor la jerarquía de los derechos y para
orillar de una vez por todas una posición de prepotencia
calificadora que ha contaminado las relaciones del mundo
con EE.UU.: todos los países en pie de igualdad. Un
choque terapéutico de tal naturaleza concertada podría
dar un vuelco a las tareas nobles de esta notable
Comisión. La ayuda conjunta a EE.UU. para mejorar la
situación sería una gran lección para la historia. Ello
daría una oportunidad de legitimar las preocupaciones en
esa materia de algunos gobiernos heridos en su
reputación a causa de las presunciones de negociar votos
en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra a cambio
de ventajas o por cobardía pura. Una potencia desaforada
como EE.UU. necesita con urgencia las visitas de un
respetado relator que colabore a sanear tan indeseable
contaminación. Es mucho e importante lo que está en
juego. Es una hora para actuar con coraje, previsión y
honestidad. La oportunidad está sobre el tapete. A ver
quiénes se atreven a ponerle el cascabel al gato. |