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TORTURA DE EE.UU. EN IRAQ:
DE LA COMEZÓN A LA GANGRENA
James
Petras |
EE.UU.
El mundo entero
conoce ahora la sistemática tortura en gran escala que
aplica EE.UU. a los prisioneros iraquíes. La violación
tumultuaria de mujeres y hombres iraquíes, la
degradación sexual de hombres árabes encapuchados y
maniatados; soldados británicos y estadounidenses que
golpean, asesinan y se orinan sobre miles de
"sospechosos" iraquíes detenidos en incursiones masivas
que se llevan a cabo a medianoche en vecindarios y
mezquitas, echando puertas abajo y atrapando a quien
esté a la vista. Los soldados de los dos países
invasores no solo siguen órdenes de sus superiores en la
inteligencia militar y en la CIA: están orgullosos de
sus sucias tareas, toman fotos y videos de recuerdo para
mostrarlos a sus amigos y parientes, o tal vez para
venderlos a la industria de la pornografía violenta
cuando vuelvan "a casa".
Desde el principio de la guerra colonial, e incluso
antes, el gobierno de EE.UU. estimulaba a propósito el
uso irrestricto de la violencia. El secretario de la
Defensa, Donald Rumsfeld, hablaba de valerse de "todos
los medios necesarios para ganar la guerra". Bush
aseguró al público de su país: "haremos cuanto esté en
nuestro poder para llevar esta guerra a una conclusión
exitosa". Los ideólogos sionistas del gobierno
promovieron el uso de "técnicas israelíes", es decir, la
tortura sistemática y humillación de prisioneros
desnudos, atados y encapuchados que se practica contra
los luchadores de la resistencia palestina se usa
también para combatir el "terrorismo" iraquí.
Desde muy pronto el alto mando militar estadounidense,
en especial en Iraq, estimuló entre los soldados el uso
de lenguaje peyorativo contra los iraquíes: "cabezas de
trapo", "camelleros", "hadjis". La "política del
lenguaje colonial" se volvió el punto de arranque para
el salto hacia una política de torturas sin fin y de
perversas prácticas sicópatas de los soldados
angloestadounidenses.
La infección ha avanzado de la comezón a la gangrena.
Las torturas y abusos practicados por Washington contra
prisioneros son paralelas a las políticas del Estado
israelí contra los palestinos. No es una coincidencia
casual, puesto que los arquitectos sionistas de la
guerra en el Pentágono han establecido sesiones
conjuntas de entrenamiento en técnicas de interrogatorio
dirigidas por instructores del ejército y del Mossad
israelíes, expertos en explotar los más humillantes
tormentos de prisioneros musulmanes y árabes.
Algunos de los grandes medios de EE.UU. han publicado
elocuentes fotografías de la tortura infligida a
prisioneros iraquíes desnudos. Sin embargo, la principal
preocupación de la elite política estadounidense y de
los medios masivos no son los crímenes contra la
humanidad, la gran malignidad moral que tiene sus raíces
en la guerra colonial contra todo un pueblo, sino el
impacto que tendrá para las relaciones públicas entre el
"pueblo árabe", entre los musulmanes del mundo, la
"imagen" de EE.UU., su "credibilidad" como potencia
imperial. Les gustaría hacernos creer que las únicas
personas a quienes asquean los actos de barbarie
perpetrados por la inteligencia militar estadounidense
son árabes y musulmanes, y no la inmensa mayoría de
cristianos, budistas, ateos y otros en Europa, América
Latina, Asia y África. El esfuerzo del presidente Bush y
de sus colegas sionistas por limitar la indignación por
los crímenes de guerra cometidos contra "árabes y
musulmanes" es indicativo de su ignorancia supina de la
opinión mundial y una táctica manipuladora para socavar
el escándalo moral dentro de su propio país. El
encabezado de la primera plana del Financial Times
(6/5/04) rezaba: "Un humilde Bush hace un voto de
justicia a los árabes". El propósito del Presidente es
convertir estos crímenes contra la humanidad en un
asunto de justicia "árabe".
Sin embargo, la justicia no es solo un problema árabe,
ni se obtendrá por medio de "votos" presidenciales. La
injusticia está ligada de manera estructural e
inexorable con las ocupaciones coloniales, las guerras y
el imperio. El 6 de mayo de 2004, la BBC publicó
extractos de un informe de Amnistía Internacional sobre
Kosovo y la forma en que soldados de Naciones Unidas y
de la OTAN (en su mayoría estadounidenses y europeos)
"alimentan el negocio del sexo". Describe el caso de
niñas de 11 años que son vendidas a los mercados del
sexo de Bosnia y Kosovo (de 60 a 2 mil dólares cada una)
y obligadas a trabajar en más de 200 burdeles (antes de
la ocupación encabezada por EE.UU. había solo 18).
En Afganistán, miles de prisioneros fueron torturados y
asesinados en contenedores de metal y arrojados a fosas
comunes por señores de la guerra tribales supervisados
por la CIA... Y la tortura es práctica rutinaria de
interrogadores estadounidenses y de sus contrapartes
israelíes.
El colonialismo saca a la luz la peor brutalidad de los
ejércitos conquistadores. Hasta el más vil de los
soldados —hombre o mujer— se siente superior a su
prisionero, libre de aplicar al "otro", al "cabeza de
trapo", toda la humillación que ha experimentado en la
vida civil y militar. El alto mando militar, en general
distante de la violencia sexual, del hedor de la orina y
de las heces, de la vista de la sangre fresca o
coagulada, de los gritos y gemidos de los prisioneros
atormentados, deja la rienda suelta a sus subordinados,
como beneficio lateral para quienes no reciben ganancias
económicas de la guerra colonial y en cambio corren
todos los riesgos de morir a manos de un combatiente de
la resistencia.
Y ahora que el tufo de la muerte ha llegado a la opinión
pública mundial y le ha causado repulsión, y que la
tortura de iraquíes se ha vuelto conocida en todas
partes, los generales y el Presidente alegan ignorancia,
demandan investigaciones, juegan con la ingenuidad del
público de su país, que no está enterado de que desde 16
meses antes existe un informe militar de 53 páginas que
proporciona todos los detalles de la participación de la
CIA y de inteligencia militar en la tortura sistemática.
Ya aparecen fisuras en la monolítica estructura elitista
que apoya las guerras coloniales de Washington en Medio
Oriente. A fines de abril de 2004, Lakhdar Brahimi,
enviado de la ONU que cuenta con el respaldo de EE.UU.,
criticó la política colonial de ese país, señalando que
los iraquíes están cansados de que los soldados los
detengan sin cargos, los retengan sin juicio, los
torturen, les inflijan tratos brutales y a menudo los
maten. El enviado expresó asimismo que las políticas
coloniales de Israel y sus brutales ataques contra los
palestinos constituyen "el gran veneno en la región",
que mina los esfuerzos para asegurar la paz. De
inmediato el régimen de Tel Aviv denunció al enviado y
puso en movimiento su cadena de transmisión en EE.UU.:
todas las organizaciones judías importantes (la Liga
Antidifamación, la Conferencia de Presidentes de Grandes
Organizaciones Judías, el Comité Judío Estadounidense,
etc.) se apresuraron a condenar y desacreditar a Brahimi.
Hasta ahora todas las principales organizaciones judías
de "derechos civiles" han apoyado el asesinato israelí
de palestinos y ninguna ha condenado la tortura de
prisioneros iraquíes, y ninguna lo hará, a menos que
Sharon oprima el botón.
Decenas de diplomáticos estadounidenses en retiro se
unieron a sus colegas británicos y condenaron la
brutalidad de la ocupación colonial de Iraq y la
consideraron, junto con la purga étnica israelí de los
palestinos, un obstáculo a los esfuerzos de paz.
La liga entre el colonialismo israelí, la guerra con
Iraq y el sionismo estadounidense se ha hecho del
dominio público en todo el mundo, excepto en EE.UU.,
donde, según Abraham Forman, de la Liga Antidifamación (ADL,
por sus siglas en inglés), "los grupos judíos se
preocuparon desde el principio por el vínculo
Israel-Iraq pero lograron detenerlo". Añadió: "Ahora ha
resurgido en forma aún más fea (sic) con Brahimi y la
carta de los embajadores británicos" (The Forward,
semanario judío neoyorquino, 5/5/2004). ¿Cómo logró la
ADL "detener" las versiones de una liga Israel-Iraq?
Valiéndose de toda su influencia directa e indirecta en
los medios masivos para censurar toda mención del tema y
amenazando a periodistas, académicos y políticos con
represalias financieras o, peor aún, con tildar de
"antisemita" a cualquier crítico.
Los alegatos de inocencia de Bush y la campaña sionista
en los medios masivos para negar los crímenes de Estado
de Tel Aviv y Washington en Iraq y Palestina han
conducido a la gran mayoría del público estadounidense a
permanecer pasivo ante las imágenes e informes de la
bárbara tortura infligida por soldados del Pentágono a
civiles iraquíes, si es que no de plano la apoya.
En cambio, las imágenes del tormento sistemático
ejecutado en todo Iraq no serán borradas de la mente de
los ciudadanos del mundo por unas cuantas protestas de
intelectuales en EE.UU. Lo escandaloso e indignante en
el EE.UU. actual es la ausencia de cualquier protesta
pública en vista del conocimiento explícito de esa
tortura de Estado. Peor que en Alemania, nuestro pueblo,
nuestros intelectuales no pueden alegar que "no sabían",
a pesar de haber recibido la "noticia" en la sala de su
casa (con todo y los esfuerzos sionistas por "detener"
el debate). O lo saben y se niegan a reconocerlo, o
fingen no saber y se niegan a actuar, o no les importa
lo que les ocurra a los "malditos árabes".
Hasta los "mejores y más brillantes" de nuestros
intelectuales se niegan a contar la verdad sobre el
vínculo entre la tortura en Iraq e Israel, y sobre el
papel de las organizaciones sionistas en la "detención"
del debate. ¿Se trata de un caso de amnesia selectiva
intelectual, de arraigadas lealtades irracionales, o de
mera cobardía intelectual?
Tomado de:
La
Jornada
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