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EN BUSCA DE LA
RISA
Amado del Pino
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La Habana
Ya se sabe que reír
es un alimento básico para el espíritu. Los cubanos
solemos tenerlo a menudo en nuestra mesa intelectual,
aunque me pregunto si abunda más la risa amplia, a
mandíbula batiente o la sonrisa entrecortada y burlona.
Ya Jorge Mañach, en 1928, habló de nuestra propensión al
choteo y la tendencia nuestra sigue siendo más bien al
chiste rápido, el sarcasmo instantáneo, la propensión a
burlarnos de cualquier cosa, empezando por nosotros
mismos.
En mi vida he estado
cerca de los que provocan la hilaridad y hasta me conté
durante varios años en la nómina de los “hacedores de
cuentos”. Ese chiste de fiesta, oral y natural, es un
arte también complicado. Depende mucho del estado de
ánimo del grupo, de la hora de la noche y hasta de los
niveles de alcohol en la sangre o viceversa. Yo tenía
dos o tres viejos cuentos de relajo de la cultura
popular cubana como mis caballos de batalla. Claro, a
veces sucedía que una ocurrencia que hace una semana
provocó arrebatos de hilaridad, la noche siguiente
dejaba ese vacío, esa hueco, ese mal sabor de un “pujo”
o acto fallido del humorista. Hay chistosos de fiesta
realmente virtuosos. Recuerdo a Oscarito, un santiaguero
que dice a su público: “¿De qué lo quieren? ¿De
gallegos, de guajiros, de Pepito?”, como si se tratara
de la oferta de un buen restaurant.
Entre los
profesionales del género también suele ocurrir que la
recepción varíe de una jornada a otra. Osvaldo
Doimeadiós, uno de mis humoristas preferidos, tiene la
máxima de no trabajar mientras la gente come. Parece que
la gula no es aliada del buen humor. También me ha
contado sobre la sabiduría que se debe tener para no
prolongar la estancia en el escenario ni un minuto más
de lo deseable. En el mundo del cabaret, la relación con
el público obliga a una especial eficacia, sobre todo
cuando uno o más borrachos pretenden robar el show y
convertirse en centro del espectáculo.
Recuerdo un debate en televisión sobre los límites y
características de la risa en el contexto cubano. Yo me
alistaba en el bando de los que pedíamos confianza y
amplitud para este arte. Sigo pensando que si en un
grupo de cinco o seis personas no existe confianza y
relajación es casi imposible bromear con algo. Un
respetado intelectual defendía la idea de diferenciar lo
chistoso de la burla corrosiva y, sobre todo, la
emprendía con los que se ríen de las personas con
defectos físicos o de los accidentes casuales. El
programa era en vivo y al final medio ocurría y medio se
fingía un saludo cordial y desenfadado entre los
participantes en el panel. Cuando estábamos en pleno
acting nos percatamos de que nuestro brillante
contradictor se había caído de espaldas y se levantaba
sin lesión alguna. Todos reímos. Nuestro sabio colega
también. |